mejor, y más atractivo y ameno, que todos los libros de enseñar historia que hay en
castellano? La página al día, pues: mi hijita querida. Aprende de mí. Tengo la vida a un
lado de la mesa, y la muerte a otro, y un pueblo a las espaldas:-y ve cuántas páginas te
escribo.
El otro libro es para leer y enseñar: es un libro de 300 páginas, ayudado de
dibujos, en que está, María mía, lo mejor-y todo lo cierto-de lo que se sabe de la
naturaleza ahora. Ya tú leíste, o Carmita leyó antes que tú, las Cartillas de Appleton.
Pues este libro es mucho mejor, -más corto, más alegre, más lleno, de lenguaje más
claro, escrito todo como que se lo ve. Lee el último capítulo. La Physiologie Végétale,-la
vida de las plantas, y verás qué historia tan poética y tan interesante. Yo la leo, y la
vuelvo a leer, y siempre me parece nueva. Leo pocos versos, porque casi todos son
artificiales o exagerados, y dicen en lengua forzada falsos sentimientos, o sentimientos
sin fuerza ni honradez, mal copiados de los que los sintieron de verdad. Donde yo
encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden
del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y amores,
en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas, -y en la unidad del universo, que
encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno, y reposa en la luz de la noche del
trabajo productivo del día. Es hermoso, asomarse a un colgadizo, y ver vivir al mundo:
verlo nacer, crecer, cambiar, mejorar, y aprender en esa majestad continua el gusto de
la verdad, y el desdén de la riqueza y la soberbia a que se sacrifica, y lo sacrifica todo,
la gente inferior e inútil. Es como la elegancia, mi María, que está en el buen gusto, y no
en el costo. La elegancia del vestido, -la grande y verdadera, -está en la altivez y
fortaleza del alma. Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y
más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas. Mucha tienda, poca
alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera,
tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco. Quien siente su belleza, la belleza
interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz.
Procurará mostrarse alegre, y agradable a los ojos, porque es deber humano causar
placer en vez de pena, y quien conoce la belleza la respeta y cuida en los demás y en
sí. Pero no pondrá en un jarrón de China un jazmín: pondrá el jazmín, solo y ligero, en
un cristal de agua clara. Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la
flor. -Y esa naturalidad, y verdadero modo de vivir, con piedad para los vanos y
pomposos, se aprende con encanto en la historia de las criaturas de la tierra. -Lean tú y
Carmita el libro de Paul Bert: a los dos o tres meses; vuelvan a leerlo: léanlo otra vez, y
ténganlo cerca siempre, para una página u otra, en las horas perdidas. Así sí serán
maestras, contando esos cuentos verdaderos a sus discípulas, en vez de tanto
quebrado y tanto decimal, y tanto nombre inútil de cabo y de río, que se ha de enseñar
sobre el mapa como de casualidad, para ir a buscar el país de que se cuenta el cuento,
o donde vivió el hombre de que habla la historia. - Y cuentas, pocas, sobre la pizarra, y
no todos los días. Que las discípulas amen la escuela, y aprendan en ella cosas
agradables y útiles.
Porque ya yo las veo este invierno, a ti y a Carmita, sentadas en su escuela, de 9
a 1 del día, trabajando las dos a la vez, si las niñas son de edades desiguales, y hay
que hacer dos grupos, o trabajando una después de otra, con una clase igual para
todas. Tú podrías enseñar piano y lectura, y español tal vez, después de leerlo un poco