Los cubanos, dice The Manufacturer, tienen "aversión a todo esfuerzo", "no se
saben valer", "son perezosos. " Estos "perezosos" que "no se saben valer", llegaron
aquí hace veinte años con las manos vacías, salvo pocas excepciones; lucharon contra
el clima; dominaron la lengua extranjera; vivieron de su trabajo honrado, algunos en
holgura, unos cuantos ricos, rara vez en la miseria; compraron o construyeron sus
hogares; crearon familias y fortunas; gustaban del lujo, y trabajaban para él: no se les
veía con frecuencia en las sendas oscuras de la vida: independientes, y bastándose a
sí propios, no temían la competencia en aptitudes ni en actividad: miles se han vuelto a
morir en su hogares: miles permanecen donde en las durezas de la vida han acabado
por triunfar, sin la ayuda del idioma amigo, la comunidad religiosa ni la simpatía de raza.
Un puñado de trabajadores cubanos levantó a Cayo Hueso. Los cubanos se han
señalado en Panamá por su mérito como artesanos en los oficios más nobles, como
empleados, médicos y contratistas. Un cubano, Cisneros, ha contribuido
poderosamente al adelanto de los ferrocarriles y la navegación de ríos de Colombia.
Márquez, otro cubano, obtuvo, como muchos de sus compatriotas, el respeto del Perú
como comerciante eminente. Por todas partes viven los cubanos, trabajando como
campesinos, como ingenieros, como agrimensores, como artesanos, como maestros,
como periodistas. En Filadelfia, The Manufacturer tiene ocasión diaria de ver a cien
cubanos, algunos de ellos de historia heroica y cuerpo vigoroso, que viven de su trabajo
en cómoda abundancia. En New York los cubanos son directores en bancos
prominentes, comerciantes prósperos, corredores conocidos, empleados de notorios
talentos, médicos con clientela del país, ingenieros de reputación universal,
electricistas, periodistas, dueños de establecimientos, artesanos. El poeta del Niágara
es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal
de Nicaragua. En Filadelfia mismo, como en New York, el primer premio de las
Universidades ha sido, más de una vez, de los cubanos. Y las mujeres de estos
"perezosos", "que no se saben valer", de estos enemigos de "todo esfuerzo", llegaron
aquí, recién venidas de una existencia suntuosa, en lo más crudo del invierno: sus
maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos: la "señora" se puso a
trabajar: la dueña de esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un mostrador;
cantó en las iglesias; ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal; rizó plumas de
sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en el trabajo; ¡éste es el
pueblo "deficiente en moral!"
Estamos "incapacitados por la naturaleza y la experiencia para cumplir con las
obligaciones de la ciudadanía en un país grande y libre. " Esto no puede decirse en
justicia de un pueblo que posee–junto con la energía que construyó el primer ferrocarril
en los dominios españoles y estableció contra un gobierno tiránico todos los recursos
de la civilización–un conocimiento realmente notable del cuerpo político, una aptitud
demostrada para adaptarse a sus formas superiores, y el poder, raro en las tierras del
trópico, de robustecer su pensamiento y podar su lenguaje. La pasión por la libertad, el
estudio serio de sus mejores enseñanzas; el desenvolvimiento del carácter individual en
el destierro y en su propio país, las lecciones de diez años de guerra y de sus
consecuencias múltiples, y el ejercicio práctico de los deberes de la ciudadanía en los
pueblos libres del mundo, han contribuido, a pesar de todos los antecedentes hostiles, a
desarrollar en el cubano una aptitud para el gobierno libre tan natural en él, que lo
estableció, aun con exceso de prácticas, en medio de la guerra, luchó con su mayores