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León Tolstoy
Resurrección
Entonces se le acercó Pedro y le
preguntó: « Señor, ¿cuántas ve-
ces he de perdonar a mi hermano
si peca contra mí? ¿Hasta siete
veces? » Dícele Jesús: «No digo
yo hasta siete veces, sino hasta
setenta veces siete.»
SAN MATEO, 18, 21-22.
¿Cómo ves la paja en el ojo de
tu hermano y no ves la viga en
el tuyo?
SAN MATEO, 7, 3.
El que de vosotros esté sin pe-
cado, arrójele la piedra el pri-
mero.
SAN JUAN, 8, 7.
Ningún discípulo está sobre su
maestro; para ser perfecto ha de
ser como su maestro.
SAN LUCAS, 6, 40.
PRIMERA PARTE
I
En vano los hombres, amontonados por centenares y miles
sobre una estrecha extensión, procuraban
mutilar la tierra sobre
la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese
germinar en ella; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el
petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animale
s ya los pájaros; la primavera era la
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primavera, incluso en la ciudad. El sol calentaba, brotaba la hierba y verdeaba en todos los sitios donde
no la habían arrancado, tanto en los céspedes de los jardines como entre las grietas del pavimento; los
chopos, los álamos y los cerezos desplegaban sus brillantes y perfumadas hojas; los tilos hin
chaban sus
botones a punto de abrirse; las chovas, los gorriones y las palomas trabajaban gozosamente en sus nidos,
y las moscas, calentadas .por el sol, bordoneaban en l
as paredes. Todo estaba radiante. Únicamente los
hombres, los adultos, continuaban atormentándose y tendiéndose trampas mutuamen
te. Consideraban
que no era aquella mañana de primavera, aquella belleza divina del mundo creado para la felicidad de
todos los
seres vivientes, belleza que predisponía a la paz, a la unión y al amor, lo que era sagrado e
importante; lo im
portante para ellos era imaginar el mayor número posible de medios para convertirse
en amos los unos de los otros.
Así, en la oficina de la pri
sión de una cabeza de partido se consideraba como sagrado e importante
no el hecho de que la primavera regocijase y encantase a todos los hombres ya todos los animales, sino
el de. haber recibido la víspera una hoja timbrada y numerada que contenía la orden de conducir
aquel
mismo día, 28 de abril, a las nueve de la mañana, al Palacio de Justicia a tres detenidos: dos mujeres y
un hombre. Una de esas mujeres, considerada la más culpable, debía ser conducida por separado. Y he
aquí que, de conformidad con se
mejante aviso, el 28 de abril, ,a las ocho de la mañana, el vigilante jefe
entró en el sombrío e infecto coorredor del de
partamento de mujeres. Iba seguido por la vigilanta, mujer
de aspecto cansado, de cabellera gris, vestida con una camisola cuyas manga
s estaban adornadas de
galones y la cintura recamada de azul.
-¿Viene usted a buscar a Maslova? -preguntó, acercán
dose con el guardián a una de las celdas que
daban al corredor.
El vigilante, con un ruido de chatarra, hizo funcionar. a cerradura y abrió
la puerta, por la que se
escapó un aire más nauseabundo aún que el del pasillo.
-¡Maslova! ¡Al tribunal! -gritó.
Luego cerró la puerta y aguardó.
Incluso en el patio de la prisión, el aire que llegaba de los campos era fresco y vivificante. Pero en .aquel
corredor, la at
mósfera se mantenía pesada y malsana, infectada de estiércol, de podredumbre y de brea,
lo que hacía que todo recién llegado, desde el mismo momento de su entrada, se pusiera tríste y
taciturno. La vigilanta lo notó también, por muy acostu
mbrada que estuviese a aquel aire viciado.
Apenas entró en el comedor experimentó una especie de fatiga y somnolencia. .
En la celda común de las presas se oían voces y el ruido de pasos producidos por pies descalzos.
-¡Vamos! ¡Más aprisa! ¡Te digo que te apresures, Maslova! -gritó el vigilante jefe por la rendija de la
puerta entornada.
Dos minutos después apareció una mujer joven, bajita, de pecho amplio, vestida con un capotón de
tela gris puesto encima de una camisola y de una saya blanca.
Con
paso seguro se acercó al vigilante y se detuvo a su lado. Llevaba medias de tela y, como calzado,
unos trapos bastos arreglados en la misma cárcel a manera de zapatos; se cu
bría la cabeza con una
pañoleta blanca que coquetamente dejaba escapar los bucle
s de una abundante cabellera negra. Su rostro
tenía esa palidez particular que sigue a un largo enclaus
tramiento y que recuerda el tinte de las simientes
de patatas guardadas en los sótanos. La misma palidez había invadido igualmente sus manos, pequeñas y
anchas, y su cuello lleno, que emergía de la gran abertura del capotón. y en aquel color mate del rostro
se destacaban unos ojos negros, brillantes y vivos, uno de los cuales bizqueaba ligeramente.
La joven se mantenía erguida, adelantando su amplio busto
. Al llegar al corredor levantó la cabeza,
miró directamente al vigilante a la cara y se detuvo en una actitud que daba a en
tender que estaba
dispuesta a hacer todo lo que se le man
dase. La puerta de la celda iba a cerrarse cuando apareció el
rostro páli
do, arrugado y severo de una anciana que se puso a hablarle a Maslova. Pero el vigilante
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rechazó con el batien
te de la puerta la cabeza de la presa, que desapareció. Una risa de mujeres resonó
en el interior. Maslova sonrió igualmente y se acercó a la mi
rilla enrejada. Desde el otro lado la vieja le
gritó con voz ronca: ,
-¡Sobre todo, procura no decir demasiado! ¡Repite siempre lo mismo y nada más!
-¡Bah! -dijo Maslova sacudiendo la cabeza-. Me pase lo que me pase, nada podrá ser peor de lo que
es. Todo es una misma cosa.
-Desde luego que todo es una cosa, y no dos -
dijo el vigilante jefe, convencido de haber hecho un
brillante juego de palabras -.¡Vamos, en marcha!
El ojo de la vieja, pegado tras la mirilla de la puerta desapareció y .Maslova siguió
al guardián con
cortos y precipitados pasos. Bajaron la ancha escalera de piedra, pasaron ante las celdas de los hombres,
más malolientes aún y más ruiidosas que las de las mujeres, y, bajo las miradas de los inquilinos de las
celdas, llegaron así a la oficina de la cárcel, donde aguar
daban dos soldados con el fusil en bandolera. El
escribiente que se encontraba allí dio a uno de los soldados una hoja impregnada de olor a tabaco y dijo,
señalando a la detenida:
-Hazte cargo.
El soldado, un campesino de Nijni-Novgorod, de cara mar
cada por la viruela, se puso el papel en la
vuelta de la manga, sonrió y guiñó maliciosamente los ojos a su camarada, un
chuvaco de anchos
pómulos prominentes. Los soldados y la presa salieron de la oficina y luego franquearon la gran verja
de la cárcel.
El grupo caminó por la ciudad por el centro de la calzada. Los cocheros, los tenderos, las cocineras,
los obreros y los empleados se detenían, examinando con curiosidad a la presa. Algunos sacudían la
cabeza y pensaban: «He ahí ad
ónde lleva una mala conducta, que afortunadamente no se parece a la
nuestra.» Los niños miraban con espanto a «aquella criminab>, pero se tranquilizaban a la vista de los
soldados que la ponían en la imposibilidad de hacer daño. Un campesino que acababa de
tomar té en la
posada y vendía carbón se acercó a ella, hizo la señal de la cruz y le entregó un copec. La joven en-
rojeció, bajó la cabeza y murmuró algunas palabras.
Sintiendo miradas fijas en ella, observaba sin volver la cabeza a quienes se quedaban
contemplándola
al pasar, diverti
da por verse objeto de tanta atención. Gozaba también de la dulzura del aire primaveral
al salir de la atmósfera malsana de la cárcel.
Pero, habiendo perdido la costumbre de caminar, con sus zapatos de trapo se lastimaba al
pisar sobre
las piedras, esfor
zándose por no apoyarse demasiado en el suelo. Al pasar ante la tienda de un vendedor
de harina en cuyo umbral picoteaban algunas palomas, la presa estuvo a punto de pisar a una de ellas.
Ésta levantó el vuelo y, con un bati
do de alas, casi rozó la oreja de MasIova. Ella sonrió; luego, al
recordar su situación lanzó un profundo suspiro.
II
La historia de la acusada Maslova era de las más triviales.
Maslova era hija natural de una guardiana de ganado en la finca de dos v
iejas señoritas. Aquella
mujer, soltera, traía un niño al mundo cada año. Como sucede ordina
riamente, los pobres pequeños,
nada más nacer, eran bauti
zados, y luego no tardaban en morir. La madre en efecto no quería alimentar a
aquellos niños venidos sin que ella los pidiese, de los que no tenía necesidad y que la impedían trabajar.
Hasta el número de cinco, todos se habían ido así. El sex
to, nacido de un gitano de paso, era una
niña, y su suerte habría sido la misma si el azar no hubiese llevado a una
de las dos viejas señoritas a
entrar en el establo para hacer re
proches con motivo de una cierta nata que tenía gusto a vaca. Encontró
allí a la parturienta tendida en tierra, con una niña muy hermosa a su lado que no pedía más que vivir. La
vieja señorit
a reprochó a las sirvientas, además de la nata, haber dejado en aquel lugar a una mujer en
ese estado. Luego, cuando se disponía a salir, percibió a la niña, se enterneció e in
cluso expresó el deseo
de ser su madrina. Hizo, pues, bautizar a la pequeñuela
y, apiadándose de su ahijada, mandó dar a la
madre leche y un poco de dinero. Así, la niña pudo vivir.
Tenía tres años cuando su madre cayó enferma y murió. y como su abuela, también guardiana de
ganado, no sabía qué hacer de ella, las dos viejas señorita
s la acogieron en su casa. Con sus grandes ojos
negros, era una niñita extraordinaria
mente viva y graciosa, y las dos ancianas se divertían viéndola. La
más joven, y también la más indulgente, se llamaba Sofía Ivanovna; era la madrina de la niña. La mayor
,
María Iva
novna, se inclinaba más bien a la severidad. Sofía Ivanovna vestía a la niña, la enseñaba a leer
y soñaba con hacer de ella una hija adoptiva. María Ivanovna, por el contrario, pretendía hacer de ella
una sirvienta, una complaciente doncella. Partien
do de este principio, se mostraba exigente, daba
órdenes a la niña y, en sus accesos de mal humor, incluso llegaba a pegarla. Cuando la niña creció,
resultó que, debido a estas dos influencias .divergentes, se encontró siendo a medias una doncella
ya
medlas una señorita. Así, le daban un nombre correspondiente a esta situación intermedia: en efecto, no
la llamaban ni Katka ni Kategnka, sino Katucha. Ella cosía, arreglaba las habitacio
nes, limpiaba el
icono, servía el café y hacía lavados pequeños. De vez en cuando acompañaba a las señoritas y les leía.
Varias veces la habían solicitado en matrimonio, pero siem
pre se había negado: mimada por el
contacto con la existencia regañona de las dueñas, comprendía cuán difícil le resultaría vivir con un rud
o
trabajador.
Hasta la edad de dieciocho años había vivido de esta ma
nera. Por aquella época llegó a casa de las
viejas señoritas su sobrino, entonces estudiante y rico príncipe además; y Katu
cha lo había amado, sin
osar confesárselo ni a él ni a sí mism
a. Dos años después, el joven, en camino para la guerra contra los
turcos, se detuvo durante cuatro días en casa de sus tías. Pero antes de su partida sedujo a Katucha; en el
último instante le deslizó rápidamente un billete de cien rublos y partió. Cinco
meses después, la
muchacha no podía ya dudar de que estaba en cinta.
A partir de ese momento, todo le pesaba, y su único pensamiento era conjurar la vergüenza que la
amenazaba; servía a las ancianas señoritas, pero negligentemente y de mala gana: era alg
o más fuerte
que ella. Se inso
lentaba con las ancianas y se arrepentía después. Finalmente, ella misma solicitó
marcharse y nadie se opuso.
Después que hubo abandonado a sus protectoras, entró como doncella en casa de un comisario de
policía rural; pero e
l comisario, un viejo de más de cincuenta años, se apresuró a hacerle la corte, de
forma que no pudo quedarse en casa de él más de tres meses. Como un día se hubiera mostrado más
audaz aún, ella lo trató de imbécil y de viejo verde, y él la despidió por su
impertinencia. Ya no podía
pensar en buscar otro puesto, porque se acercaba el término de su embarazo. Entonces entró en pensión
en casa de una viuda que tenía una taberna y era al mismo tiempo comadrona. El parto se realizó sin que
tuviese que sufrir demasiado. Pero la comadro
na, habiendo tenido que dirigirse al pueblo a asistir a una
al
deana, pegó la fiebre puerperal a Katucha. El niño de ésta cayó igualmente enfermo. Hubo que
enviarlo a un hospicio, donde murió en presencia de la mujer que lo condujo allí.
Por toda riqueza, Katucha estaba en posesión de ciento veintisiete rublos: veintisiete ganados por ella y
cien rublos que le había entregado su seductor. Pero al salir de casa de la comadrona no le quedaban más
que seis. El dinero se le derretía en
los dedos, bien por culpa de ella, bien sobre todo por culpa de los
demás: se lo daba a quien lo quería. Sus dos meses de pensión en casa de la comadrona le habían
costado cuarenta rublos; veinticinco se habían empleado para enviar al niño al hospicio; lue
go, en forma
de préstamo y pretextando la compra de una vaca, la comadrona le había sacado cuarenta rublos más;
quedaban veinte rublos y Katucha los había gas
tado sin saber cómo, en adquisiciones inútiles o en
regalos; así, cuando estuvo curada, no tenía
ya dinero y se encontraba en la obligación de buscar un
puesto. Aceptó uno en casa de un guardia forestal, que estaba casado. Pero, lo mismo que el co
misario,
éste se puso, desde el primer día, a perseguirla con sus asiduidades. A la joven sirvienta le re
pugnaba, y
procura
ba defenderse de sus tentativas. Pero su amo la sobrepasaba en experiencia y en astucia y,
justamente porque era el amo, podía darle las órdenes que convenían a sus propósitos; ha
biendo, pues,
acechado el momento propicio, consiguió poseer
la. Sin embargo, su mujer, que no tardó en saberlo,
sorprendió un día a su marido en una habitación hablando a solas con Katucha, y golpeó a esta última en
la cara. Se originó entonces una pelea, y esto fue el pretexto para despedir a la sirvienta sin
pagarle su
salario.
Entonces, Katucha se dirigió a la ciudad, a casa de una tía suya casada con un encuadernador. En
otros tiempos, éste había estado en buena situación, pero sus clientes lo habían abandonado; se había
entregado a la embriaguez y se gastaba en la taberna todo el dinero que podía procurarse.
Los magros beneficios de un pequeño establecimiento de la
vandería explotado por la tía permitían a
ésta proveer a la alimentación de sus hijos y al sostenimiento de su borracho marido. Ofreció a Katuch
a
enseñarle su oficio. Pero la existencia de las obreras empleadas en casa de su tía pareció tan pe
nosa a la
muchacha, que su sola vista la hizo vacilar y prefi
rió recurrir a una oficina de colocación y pedir allí un
empleo de sirvienta. En efecto, enco
ntró uno en casa de una dama viuda que vivía con sus dos hijos,
todavía en el colegio. El mayor era alumno de sexto año, de bigote incipiente, y no llevaba una semana
en la casa la bonita criada, cuando él descuidaba sus estudios para hacerle la corte. Per
o la madre se dio
cuenta y la despidió. No había otro empleo a la vista.
No obstante, Katucha entabló conocimiento un día en la oficina de colocaciones con una dama cuyas
carnosas manos estaban sobrecargadas de sortijas y brazaletes. Puesta al corriente d
e la situación de la
joven, la dama le dio su direcci6n y la invitó a ir a verla, cosa que hizo Katucha. Recibió de la dama la
acogida más afable, fue colmada de pastelillos y de vino azucarado y retenida hasta la noche, no sin que,
en el intervalo, una d
oncella portadora de una esquela hubiese sido enviada afuera. Llegada la noche, un
hombre de alta estatura, con barba y largos cabellos grises, penetró en la habitación y con ojos brillantes
y labios risueños fue a sentarse cerca de Katucha y se puso a ex
aminarla ya bromear con ella. La dama
lo llamó un momento a la habitación contigua y algunas pala
bras llegaron a oídos de Katucha:
«Completamente fresca, vie
ne directamente del campo.» A continuación, la dama la hizo venir a ella y
le dijo que aquel anci
ano señor era un escritor que tenía mucho dinero: dependía de ella saber agradarle
y, en en ese caso, él le daría mucho. En efecto, ella le agradó, y el escritor le dio veinticinco rublos y
prometió que vendría a verla con frecuencia. Katucha se dio prisa en gastar el dinero, em
pleando una
parte en pagar la pensión que debía a su tía y el resto en comprarse un vestido, un sombrero y cintas. Al
cabo de algunos días recibió un aviso del escritor para una nueva cita; y, como la primera vez, él le dio
veinticinco rublos y la animó a instalarse en una habitación amueblada.
Habiéndole alquilado el escritor un apartamento, Katucha conoció allí a un dependiente, muchacho
divertido que vivía en una habitación que daba al mismo patio. Habiéndose enamorado de él, fue
abandonada por el escritor, a quien le había contado lo que ocurría; y el dependiente no tardó en abando-
narla igualmente, aunque le había prometido casarse con ella. Encontraba agradable vivir así, sola, en
una habitación amueblada y se proponía continu
ar; pero la informaron de que eso no le estaba permitido:
para obtener la autorización oportuna, si querla vlvlr de aquella manera, tendría que proveerse en la
comisaría de policía de un billete amarillo y someterse al examen médico. Katucha volvió a casa
de su
tía, y cuando ésta la vio con un vestido a la moda, con un hermoso sombrero y un abrigo, la recibió con
respeto y no se atrevió ya a reno
varle su proposición de tomarla en su taller; a sus ojos se había elevado
ahora a una categoría superior en la
sociedad. Por lo demás, la misma Maslova no podía ya pensar en
convertirse en lavandera. Provisionalmente, podía desde luego consen
tir aún en residir en casa de su tía;
pero a su piedad se mezclaba un poco de desprecio cuando consideraba la vida de traba
jos forzados que
llevaban en el taller las lavanderas, pá1idas y delgadas en su mayoría, algunas ya roídas por la tubercu-
losis, agotadas por el lavado y el planchado y sometidas a treinta grados de calor con la ventana abierta
en invierno y en verano. Ma
slova entonces se encontraba completamente sin dinero y en la
imposibilidad de hallar un solo protector, y por esta época se encontró en su camino con una alcahueta
encargada de recoger muchachas para las casas de tolerancia.
Desde hacía ya mucho tiempo,
Maslova había contraído la costumbre de fumar; además se había
dedicado a beber, sobre todo al final de sus relaciones con el dependiente. El aguar
diente la atraía; en
primer lugar porque le encontraba un gusto agradable, pero más aún porque le permitía olvi
dar todas las
miserias del pasado y le daba un aplomo, una superioridad que ella no tenía de otro modo; por el
contrario, sin beber, experimentaba fastidio y el sentimiento de su ver
güenza. Antes que nada, la
alcahueta empezó, pues, invitándola a una
comida donde la emborrachó; después de lo cual, le ofreció
hacerla entrar en la casa más hermosa y mejor de la ciudad, resaltándole todas las ventajas y todos los
privilegios de la existencia que la aguardaba allí. Maslova, por tanto, tenía que elegir; po
r un lado, la
humillación de ser criada y probablemente objeto de las persecuciones de los hombres, con la sola
perspectiva de una prostitución clandestina y sin pro
vecho; por el otro, una situación segura y tranquila,
una prostitución declarada, muy luc
rativa, bajo la protección de la ley. Se decidió, pues, por el segundo
partido, que le daba ade
más la ilusión de una especie de venganza contra el príncipe que la había
seducido, contra el dependiente y contra todos los hombres a los que tenía motivos par
a detestar. Sin
em
bargo, había para decidirla una tentación más poderosa; era la promesa hecha por la alcahueta de que
tendría libertad para elegir todos los vestidos que le agradaran: de terciopelo, de brocado, de seda, y
vestidos de baile que dejan al d
escubierto los hombros y los brazos. Maslova se vio ya, con el
pensamien
to, con un vestido de seda, de color amarillo claro; escotado y adornado con vueltas de
terciopelo negro; entonces, no pudo resistir y firmó su compromiso. Inmediatamente fue pedido u
n
coche y la alcahueta condujo a Maslova a una casa conocida y bien reputada en toda la ciudad: la casa
de la señora Kitaieva. Aquel día marcó para Maslova el principio de una existen
cia que consiste en
violar sin descanso las léyes divinas y humanas, esa vida a la que actualmente están condenadas cente-
nares de miles de mujeres, no solamente con la autorización del poder legal, cuidadoso del bienestar de
sus administrados, sino bajo su protección efectiva: vida degradada, monstruosa, que tiene por
consecuencia, en nueve de cada diez casos, la decre
pitud y la muerte prematura, después de horribles
sufrimientos.
Por la mañana, luego durante la mayor parte del día, es un sueño pesado, después de las orgías
nocturnas. Hacia las tres o las cuatro de la tarde,
un despertar extenuado, entre sábanas llenas de
manchas; tomas, a sorbos, de café y de agua de Seltz; luego, en camisa, en peinador, en camisola, vagar
ocio
samente por las habitaciones, echando de cuando en cuando alguna mirada hacia la calle, por la
ven
tana con las cortinas corridas; luego, aburridas, las mujeres se querellan; hay que lavarse,
maquillarse el rostro, comprimir hasta el ahogo el cuer
po en un corsé, elegir un nuevo vestido y disputar
para eso con la patrona, estudiar ante el espejo postura
s sugestivas, cubrirse las mejillas de colorete y
pintarse las cejas con khol,
ingerir comidas grasas y almibaradas, endosarse un vestido de seda bajo el
cual el cuerpo está medio desnudo, bajar a un salón donde los adornos chispean a las luces y, por últi
mo,
recibir a los clientes: música, bailes, bombones, vino, tabaco. Después de eso, el comercio carnal con
hombres jóvenes o maduros, adolescentes y viejos que renquean; solteros y casados; comer
ciantes,
dependientes, armenios, judíos y tártaros; ricos y po
bres; hombres sanos y enfermos; borrachos y
sobrios; brutos y mundanos; soldados, funcionarios, estudiantes, colegiales; con gente de todas las
clases, de todas las edades, de todos los temperamentos. Gritos, burlas y risas, y música, y tabaco, y
vino,
y otra vez vino y tabaco, y otra vez música, y así desde el crepúsculo al amanecer. y solamente
llegada la mañana, la liberación y el sueño pesado. y todos los días así, desde el co
mienzo al final de la
semana. Luego, al cabo de cada semana, la visita im
puesta por la ley a la comisaría de policía. Los
médicos y los funcionarios presen.tes se muestran un día graves y rudos. otro día su distracción consiste
en humillar el pudor natural que debería proteger tanto a las criaturas humanas como a las bestias. E
s la
inspección de las mujeres, devueltas con licencia de continuar, durante toda la semana. que va a se
guir,
cometiendo los crímenes de lesa humanidad realizados con sus cómplices la semana anterior. Y así
todos !os. días, los laborables como los festivos, en verano como en invierno.
Durante siete años, Maslova vivió esta vida. Con el inter
valo de una estancia en un hospital, cambió
dos veces de casa. Tenía veintiséis años cuando se produjo el acontecimiento por el cual la habían
detenido y que la llevaba, en. prisión pre
ventiva ya desde hacía seis meses, ante el tribunal de la
Audiencia.
III
En el mismo momento en que Maslova, fatigada por una larga marcha, se acercaba con sus guardas a
los edificios del tribunal, el sobrino de sus antiguas amas, e
l príncipe Dmitri Ivanovitch Nejludov, su
seductor de antaño, estaba aún acostado sobre el blando colchón de plumas, en su gran cama de muelles.
Vestido con un camisón de dormir de tela de Holanda, con una pechera finamente plisada, fuma
ba un
cigarrillo y
, con los ojos en el vacio, reflexionaba sobre lo que había hecho la víspera y sobre lo que
tendría que ha cer aquel día.
Recordó que la víspera había. pasado la velada en casa de los Kortchaguin. Eran gentes muy ricas,
muy honorables y, según opinión general, él debía casarse con su hija. Al recor
dar esto, suspiró; luego
tiró su cigarrillo y alargó el brazo para coger otro de una pitillera de plata. Pero bruscamente cambió de
idea y se decidió a incorporar su pesado cuerpo para echar fuera de la cama sus
blancos y lisos pies y
calzarlos con pantuflas. Recubrió seguidamente sus anchos hombros con un pei
nador de seda y, con
paso pesado pero vivo, abandonó su al
coba para pasar al lado, a un gabinete de tocador impregnado de
olor a elixires, agua de Colonia
y perfumes. En varios sitios, sus dientes estaban rellenos o sujetos con
plomo: empezó por cepillárselos con cuidado, con un polvo especial, y en se
guida se los enjuagó con un
agua perfumada; luego, con un jabón oloroso, se lavó las manos en un lavabo de
mármol y puso gran
cuidado en limpiar y pulir sus uñas, que conservaba muy largas. Terminado esto, abrió del todo el grifo
del lavabo y se lavó la cara, las orejas y el cuello. En una tercera pieza, adonde pasó seguidamente,
había instalado un aparato de du
chas, cuyo surtidor de agua fría accionó a fin de refrescarse su
musculoso y blanco cuerpo, ya pesado por la grasa. Se secó con un trapo-
esponja, se puso ropa blanca
bien planchada, se ca1zó sus botines brillantes como espejos, se sentó delante de la lu
na del tocador y,
sirviéndose de un doble juego de cepillos, se peinó primero los bucles de su corta barba negra, y luego
los cabellos, que ya le clareaban en la coronilla.
Para su vestimenta no empleaba nunca nada -ropa blanca, trajes, calzados, corbatas
, alfileres,
pasadores- que no fuese a la vez de primera calidad, simple y poco llamativo, pero sólido y caro.
Habiendo cogido, entre una docena de corbatas y otros tan
tos alfileres, los que le vinieron más a
mano (en otros tiempos le habría divertido el
egir, pero ya hoy esto no le decía nada), Nejludov se puso
el traje que encontró cepillado y preparado sobre una silla y, aunque incompletamente refrescado, pero
limpio y perfumado, entró en el largo comedor cuyo entarimado había sido encerado la víspera
por tres
mujiks. Este co
medor estaba amueblado con un enorme aparador de roble y una mesa extensible,
igualmente de roble, con las patas esculpidas en forma de garras de león y ampliamente separadas, lo
que daba a aquel mueble un aspecto imponente. La mes
a estaba recubierta por un mantel fino, y sobre
ella había una cafetera de plata llena de oloroso café, un azucarero también de plata, una ponchera llena
de nata, y panecillos frescos, así como bizcochos, en una cesti1la. El correo de la mañana había sido
colocado cerca de! cubierto: cartas, periódicos y un ejemplar de la Revue Jes Deux Mondes.
Cuando
Nejludov iba a abrir las cartas, la puerta que daba acceso al corredor se abrió para dar paso a una mujer
alta, ya de edad, vestida de negro y tocada con una
pañoleta de encajes. Era Agrafena Petrovna, doncella
de la difunta princesa, la madre de Nejludov, ésta muerta recientemente en la misma casa. La doncella
de la madre ejercía ahora con el hijo las funciones de ama de llaves.
Durante un período de diez años, Agrafena Petrovna ha
bía hecho, con la madre de Nejludov,
estancias prolongadas en el extranjero, y esto le había dado el porte y los modales de una dama. Estaba
desde su infancia en la casa de los Nejludov, y así había conocido a Dmitri Ivanovitch cuan
do éste era
solamente «Mitegnka».
-Buenos días, Dmitri Ivanovitch -dijo ella.
-Buenos días, Agrafena Petrovna. ¿ Qué hay de nuevo? preguntó Nejludov.
-Es una carta de la princesa -respondió ella -.No sé si es de la señora o de la señorita. La doncella de
los Kort chaguin la ha traído hace ya bastante tiempo y espera en mi habitación.
Y tendiendo la misiva, Agrafena Petrovna sonrió significativa.
Nejludov cogió la carta y respondió: -Está bien; que espere un momento.
Pero al mismo tiempo había visto
la sonrisa de Agrafena Petrovna y se había ensombrecido, a causa
del significado de aquella sonrisa: evidentemente, Agrafena Petrovna no ignoraba que la carta procedía
de la joven princesa Kortchaguin, con quien, probablemente, iba a casarse su amo. y est
a suposición le
resultaba desagradable a Nejludov.
-Entonces -dijo Agrafena Petrovna -, voy a avisar a la doncella que siga esperando.
Previamente volvió a colocar en el sitio que le estaba asig
nado un cepillo de mesa que alguien había
movido y abandonó la estancia.
Nejludov abrió el sobre perfumado entregado por Agrafena Petrovna; la carta que abrió estaba escrita
sobre un papel gris y grueso, con una letra suelta de rasgos puntiagudos. Y leyó:
«Habiéndome encargado voluntariamente de recordarle las cos
as, le traigo a la memoria que hoy, 28
de abril, debe usted formar parte de! jurado en el tribunal de la Audiencia y que por consiguiente no le
será posible en absoluto acompañarnos, con Kolossov, a visitar la galería de cuadros, según la promesa
hecha por usted ayer con su habitual falta de reflexión;
à moins que vous ne soyez disposé à payer a la
cour d'assises les 300 roulbles d'amende que vous vous refusez pour votre cheval.
Pensé en esto ayer,
inmediatamente después que se marchó. ¡Piense usted ahora por su parte!
»Princesa M. Kortchaguin.»
La otra página llevaba escrito:
«Maman vous fait dire que votre couvert vous attendra jusqu'à la nuit. Venez absolument à quelle
heure que ce soit.
»M.K.»
Nejludov, fruncidas las cejas, vio en este billete una nue
va tentativa de la campaña iniciada hacía
justamente dos meses por la princesa, con la intención de encerrarlo en lazos cada vez menos fáciles de
romper. Por diversas razones, indepen
dientes de ese estado de espíritu que hace vacilar, en el umbral del
cas
amiento, a los hombres de edad madura acostumbrados al celibato, y, por otra parte, medianamente
enamorado, no pensa.ba apenas en declararse en aquellos momentos, aunque estuviera decidido a
casarse. El motivo que se lo impedía no tenía nada que ver en abs
oluto con la seducción y el abandono,
sobrevenidos diez años antes, de Katucha por Nejludov; esto él lo había olvidado totalmente y no tenía
por qué encontrar en ello un obstáculo para su casamiento. El motivo era, pues, completamente distinto
y consistía
en relaciones mantenidas con una mujer casada y que ésta no quería en modo alguno romper,
aunque él se hubiese decidido recientemente a hacerlo.
Nejludov era muy tímido con las mujeres, y esta misma timidez había incitado precisamente a la
dama en cuestión
a plegarlo bajo su yugo. Estaba casada con un mariscal de la nobleza del distrito en el
que Nejludov participara en las elecciones. Nejludov se había sentido arrastrado poco a poco aun
amorío, que por días resultaba más envolvente y, al mismo tiempo, más
penoso. Al principio no había
podido resistir a la seduccion; pero luego se reconocía culpable para con su aman
te, Sin por eso
resolverse a romper contra la voluntad de ella los vínculos existestes. He ahí por qué Nejludov creía no
poder declararse a la señorita Kortchaguin, ni siquiera aunque él lo hubiese querido.
Justamente en el correo del príncipe había una carta. del marido de su amante. Al reconocer la letra y
el sello, enrojeció y se sintió fustigadó por una oleada de energía, como ocurre a la apr
oximación de un
peligro. Pero, una vez que hubo abier
to la carta, recuperó su calma. El mariscal de la nobleza del distrito
donde se encontraban las principales propiedades de Nejludov escribía al príncipe para informarlo de
que a finales de mayo se iba a inaugurar una sesión extraordinaria del Con
sejo general, y le rogaba que
acudiese sin falta a fin de «echarle una mano»; se debía, en efecto, deliberar allí sobre dos cues
tiones de
gran importancia: la de las escuelas y la de los caminos vecinales, des
tinadas las dos a levantar, por parte
de los reaccionarios, una violenta oposición.
Este mariscal de la nobleza, liberal él mismo, luchaba, con el apoyo de algunos otros liberales del
mismo matiz, contra la reacción que se había producido bajo Alejandro II
I; dedicado enteramente a esa
tarea, no encontraba ya tiempo para darse cuenta de que lo engañaba su mujer
A propósito de esto, Nejludov repasó en su memoria las angustias que ya lo habían asaltado varias
veces, como por ejemplo aquel día en que había creído que todo estaba descu
bierto, y el duelo que
juzgaba inevitable con aquel marido, aunque él se proponía tirar al aire; luego, una escena terrible con su
amante: ésta, en un acceso de desesperación, corriendo para ahogarse en el estanque del parque, y có
mo
él la buscó.
Y pensó: «No puedo ir allí en estos momentos ni puedo hacer nada mientras no haya recibido su
respuesta.» En efecto, ocho días antes había escrito a la dama una carta categórica en la que reconocía su
falta y se declaraba dispuesto a todo p
ara redimirla, pero insistía al final en la necesidad, por interés de
ella misma, de romper para siempre sus relaciones. Y la res
puesta a aquella carta no llegaba, lo que, sin
embargo, era para él un buen augurio. Porque si, en efecto, ella estuviese resu
elta a no romper, habría
respondido hace ya tiempo, mejor aún, habría acudido ella misma, como ya lo había hecho otras veces.
Nejludov se había enterado de que cierto oficial le hacía la corte y, aunque experimentaba un
sufrimiento causado por los celos, s
e alegraba por la esperanza de haberse liberado de una mentira que le
pesaba.
En su correo, Nejludov encontró una segunda carta que le llegaba del intendente pnncipal de sus
bienes. Éste insistía en que el príncipe se dirigiese a su finca, a fin de ver con
firmar allí los derechos
sucesorios que tenía de su madre y para decidir al mismo
tiempo el tipo de gerencia que quería aplicar
en lo sucesivo a sus bienes. La cuestión se planteaba de dos mo
dos: ¿se debía continuar administrando
aquellos bienes como se
había en vida de la princesa difunta? O bien, siguiendo los consejos dados
antaño por el intendente a la princesa y reno vados al joven príncipe, ¿no convendría más aumentar el in-
ventario y cultivar directamente las tierras que se habían arrendado a los
campesinos? En este último
caso, el rendimiento de la explotación sería superior. El intendente se excusaba además, del ligero
retraso sufrido en el envío al príncipe de una suma de tres mil rublos de renta la cual le sería expedida
por el próximo correo.
La, culpa era de los colonos, tan poco escrupulosos en la ejecución de sus pagos,
que el intendente había tenido que pasar lo suyo para conseguir recaudar aquel dinero, y con algunos
incluso había tenido que recurrir a la fuerza. Esta misiva le resultó a N
ejludov a la vez agradable y
desagradable. Le complacía verse a la cabeza de una fortuna mas considerable que en el pasado; pero se
acordaba, por otra parte, de. que en los tiempos de su primera juventud, partida
no entusiasta de las
teorías sociologistas
de Spencer, y siendo él mismo gran terrateniente, había quedado impresionado tras
la lectura de Social statics,
por su situación y por el hecho de que la equidad no admite la propiedad
rústica individual. Con la franqueza y la decisión de la juventud, no s
olamente había dicho entonces que
la tierra no puede ser objeto de una propiedad pnvada; no solo había escrito a la universidad un estu
dio
sobre este tema, sino que además había distribuido realmente entre los mujiks
la parcela de terreno que
su padre l
e había dejado, no queriendo poseer esa tierra en contra de sus convicciones. Ahora que había
heredado de su madre grandes propiedades, debía: o bien renunciar a su tierra, como lo había hecho diez
años antes respecto a las doscientas deciatinas ( una deciatina vale aproximadamente una hectarea
nota
del traductor.) de la tierra de su padre, o bien considerar como erróneas sus antiguas teorías sobre esta
cuestión.
El primero de estos dos partidos era de hecho inaceptable, ya que las rentas de sus propiedade
s
constituían sus únicos medios de vida. No se sentía con valor para volver a entrar en el ejército; y la
costumbre de una vida de ocío y de lujo no era cosa que le pudiera hacer pensar en renunciar: sacrificio
que sin duda por otra parte sería inútil, ya
que Nejludov no se sentía ni con la fuerte convicción ni con el
amor propio y el deseo de asombrar que había tenido en su juventud. En cuanto al segundo partido,
consistente en olvidar la argumentación clara y bien trabada que prueba la ilegitimidad de la
posesión
individual de la tierra, argumentación que había extraído del Social statics
de Spencer y cuya brillante
confirmación había encontrado posteriormente en las obras de Henry George, no podía ya adoptarlo.
Por eso la carta de su intendente le resultaba desagradable.
IV
Habiendo acabado de tomar su café, Nejludov pasó a su despacho para asegurarse, por la citaci6n
oficial, de la hora en que debía presentarse en el Palacio de Justicia y para responder a la princesa. Para
dirigirse a ese gabinete at
ravesó su estudio, donde, sobre un caballete, se alzaba un cuadro empezado, en
tanto que diversos bosquejos colgaban de las paredes. Desde hacía dos años trabajaba en aquel cuadro
sin conseguir acabarlo nunca; viéndolo, así como todos aquellos bosquejos y
el estudio entero,
experimentó más fuertemente que nunca la sensación de su incapacidad para progresar en la pintura y se
convenció de que carecía de talento. En verdad, esta sensación podía provenir de una delicadeza
exagerada de su gusto artístico; con todo, la comprobación le resultó desagradable.
Siete años antes había abandonado el ejército porque se había descubierto talento de pintor, y desde lo
alto de su ca
rrera artística había considerado con desdén todas las demás ocupaciones. Ahora se daba
cu
enta de que ya no tenía derecho para proceder así. Incluso el solo recuerdo de sus tentativas de artista
le resultaba desagradable. Estaba, pues, en un estado de espíritu más bien melancólico cuando penetró
en su inmenso despacho, tan adomado y cómodo como era posible.
Se acercó a una enorme mesa de escritorio provista de ca
jones etiquetados y abrió el que llevaba la
indicaci6n Urgente, donde encontró en seguida la citación que buscaba. Se le in
formaba en ella que
debería encontrarse a las once en el Pala
cio de Justicia. Nejludov se sentó y empezó su carta dando las
gracias a la princesa por su invitación y diciéndole que trataría de llegar para la cena. Pero rompió el
billete que acababa de escribir, encontrándolo demasiado íntimo. Escribió otro; lo halló
demasiado frío,
casi descortés, y lo rompió igualmente. Llamó, y un lacayo, hombre de edad, de aspecto grave, mentón
rasurado y patillas, con un delantal de indiana gris, se presentó en la habitación.
-Haga venir un coche, por favor.
-A sus órdenes.
-y di
ga a la enviada de los Kortchaguin que está bien, que doy las gracias y que haré todo lo posible
por ir.
-A sus órdenes.
Nejludov pensó: «No es lo más educado, pero no puedo de cidirme a escribir. Por lo demás, hoy la
veré.»
Seguidamente se vistió y salió
a la escalinata. En la calle lo esperaba ya un elegante coche, el que
utilizaba de costumbre, con ruedas de caucho.
-Anoche -le dijo el cochero, volviendo a medias su mo
reno y poderoso cuello, embutido en el blanco
cuello de su camisa -llegué a casa del
príncipe Kortchaguin cuando usted acababa de salir. El portero me
dijo: «Se acaba de marchar.»
Nejludov pensó: «¡Hasta los cocheros están enterados de mis rdaciones con los Kortchaguin!» y de
nuevo afrontó la cuestión de casarse o no con la joven princesa.
Y, como en la mayoría de las cuestiones
que se le planteaban en aquellos momentos, seguía sin conseguir resolver ésta en un sentido o en otro.
El casamiento, desde un punto de vista general, se presen
taba con dos bazas favorables.
Primeramente, además de
la calma del hogar doméstico, había la posibilidad de una vida honesta que
suprimiría los inconvenientes de una vida sexual irregular; por otra parte, y éste era un punto importante,
Nejludov tenía la esperanza de dar, con una familia e hijos, un sentido
a su vida, ahora sin objeto. Por el
contrario, reacio al matrimonio en general, había en él ese tipo de temor profesado por los solteros de
una cierta edad, relativo a.la pérdida de su libertad, y también el miedo irrazonable que inspira siempre
el misterio de la naturaleza femenina.
Favorable en el caso particular del casamiento con Missy ( como ocurre en todas las familias de la
alta sociedad, Missy era el sobrenombre usado en la intimidad por la joven princesa Kortchaguin: su
verdadero nombre de pila era María), el argu
mento perentorio se basaba en la excelente familia a la que
pertenecía la muchacha y también en que, en todas partes, en sus vestidos su manera de hablar, de
caminar, de reír, se diferenciaba del común de las mujeres, no por una virtud particu
lar, sino por su
«distinción». Él tenía esta cualidad en alta estima y no encontraba otra palabra para definlrla. Segundo
argumento: la joven princesa lo apreciaba más que. nadie y, consiguientemente, según él, ella lo
comprendía mejor; ahora bien,
por el hecho de que ella lo comprendiera y por tanto reconociese sus
brillantes cualidades, Nejludov sacaba la con
clusión de que ella era inteligente y de juicio acertado. Pero
esto no impedía que hubiese, contra d casamiento con Missy en particular, argu
mentos igualmente
sólidos: primero, no era imposible que Nejludov conociese a una muchacha que tuvlese más cualidades
aún que Missy y que, por tanto, fuera más digna de él; en segundo lugar, puesto que ella tenía
veinitisiete años, sin duda había querido a
otros hombres, y Nejludov encontraba en este pensamiento
motivo para atormentarse. Que en el pasado ella hubiese querido a alguien que no fuera. él, era una cosa
inadmisible para su vanidad. En buena logica, ¿cómo habría podido exigir de ella el presentim
iento de
que un día lo encontraría en la vida? y sin embargo, corisideraba como una ofensa que ella hubiese
podido amar a otro hombre antes que a él.
Así los argumentos adversos eran de fuerza igual; y Nejlu
dov, riéndose de sí mismo, se comparaba
sin mole
stia con el asno de Buridán. Pero le era preciso resignarse a hacer como el asno, puesto que no
sabía hacia cuál de los dos haces de heno dirigirse.
«Por lo demás -pensó-
, antes de poder comprometerme, me haría falta haber recibido la respuesta de
la mujer del mariscal de la nobleza y que no se interpusiese ya este asunto.
Así, le resultó agradable verse obligado a retrasar su decisión.
Y mientras su coche corría silenciosamente sobre el asfalto, en el patio del Palacio de Justicia se dijo
aún: «Pensaré en
todo eso más tarde. Lo que me importa ahora es cumplir un deber social, poniendo en
eso el mismo cuidado que en todo
lo que hago. Estas sesiones, a la larga, son frecuentemente muy
interesantes.»
Y , pasando ante el portero, entró en el vestíbulo del tribunal.
V
Cuando Nejludov entro en el Palacio de Justicia, los corredores ofrecían ya una gran animación.
Corrían guardias, portadores de papelotes; los ujie
res, los abogados y los procuradores se paseaban
de arriba abajo; los demandantes y los procesados
en libertad se pegaban humildemente a las paredes o
aguardaban sentados en los bancos.
_¿El tribunal? -preguntó Nejludov a un guardián. -
¿Qué tribunal? ¿Es la sala de lo civil o la sala de
lo criminal?
-Entonces, es la sala de lo criminal. Es lo primero que tenía que haber dicho. Vaya a la derecha y
luego a la izquierda, segunda puerta.
Nejludov siguió las indicaciones.
Ante la puerta designada había dos hombres
en pie, conversando. Uno de ellos, un grueso comerciante, se había preparado sin duda para su tarea
bebiendo y comiendo copiosamente, porque parecía estar en una disposición de ánimo de lo mas gozoso;
el segundo era un dependiente de origen judío.
Los dos estaban hablando de la cotización de las lanas; Nejludov se acercó y les pregunt
ó si era
efectivamente allí el lugar de reunión de los jurados.
-Aquí, caballero, aquí, desde luego. ¿Un jurado también, sin duda, uno de nuestros colegas? -
añadió
el buen comerciante con una sonrisa y un regocijado guiño de los ojos -. Pues bien, vamos a
trabajar
juntos -continuó en cuanto Nejludov hubo respondido de manera afirmativa. y añadió -
: Baklachov, del
segundo gremio -tendiendo su ancha mano al príncipe -.¿ Ya quién tengo el gusto de hablar?
Nejludov dijo su nombre y pasó a la sala del jurado.
En aquella salita se habían reunido unos diez
hombres de todas las condiciones. Acababan de llegar, y unos estaban sen
tados en tanto que los otros
paseaban de arriba abajo. Se exa
minaban mutuamente y entablaban conocimiento. Se veía allí a un
coronel ret
irado, vestido con su uniforme; otros miembros del jurado iban con redingote o chaqueta; sólo
uno tenía una blusa de mijik.
Algunos de ellos habían tenido que abandonar sus asuntos para cumplir con
su deber de jurados y se quejaban de ello en voz alta, lo
que, por otra parte, no impedía leer en sus
rostros una satisfacción mezclada de orgullo y la conciencia que tenían de cumplir un gran deber social.
Después de examinarse previamente, los jurados habían for
mado grupos, sin ligazón más completa.
Se hablaba
del tiempo, de la primavera precoz, de los asuntos escritos en el registro de los pleitos.
Muchos de entre ellos mostraban un gran interés en entablar conocimiento con el príncipe Nejludov,
cuya presencia en medio de aquella asamblea constituía evidenteme
nte, a los ojos de aquéllos, un honor
excepcional. y Nejludov, como le pasaba siempre en circunstancias parecidas, encontraba eso natural y
legítimo. Si le hubiesen preguntado qué razón podría invocar que justificase su superioridad sobre el
común de los h
ombres, se habría visto muy apurado para responder: su vida, durante estos últimos
tiempos sobre todo, no había tenido nada de muy meritorio. A decir verdad, sabía hablar fluida
mente el
inglés, el francés y el alemán; su ropa blanca, sus trajes, sus corba
tas y sus pasadores procedían siempre
de los primeros proveedores; pero, incluso a sus propios ojos, eso no podía constituir la prueba evidente
de una superioridad manifiesta. Y sin embargo, tenía el convencimiento profundo de esta superioridad;
considerab
a todos los homenajes recibidos como cosa que se le debía, y habría tenido como afrenta no
recibir
los. Justamente una afrenta de este tipo le aguardaba en la sala de los jurados. Entre éstos se
encontraba un tal Peter Guerassimovitch (Nejludov nunca había
sabido su nombre de familia y poco le
-Soy jurado.
importaba), al que conocía porque aquel hom
bre había sido en otros tiempos preceptor de los hijos de su
hermana. Después, había terminado sus estudios y actualmente era profesor en el liceo. Nejludov lo
había encontr
ado siempre insoportable, a causa de su familiaridad, de su risa llena de suficiencla y sobre
todo de su «vulgaridad», según la palabra empleada por la hermana de Nejludov.
-¡Ah, también la suerte lo ha designado a usted! -dijo el otro, avanzando hacia él
con una risa espesa
-.¿ y no se ha hecho usted dispensar?
-Nunca he pensado en obtener una dispensa -replicó secamente Nejludov.
-
¡Ah...! ¡Es verdaderamente un hermoso rasgo de valor cívico. Pero ya verá usted el hambre que va a
pasar sin tener tampoco la posibilidad de dormir -replicó el profesor acentuando su risa.
«He aquí- pensó Nejludov -
un hijo de pope que pronto me va a tutear.» y le dio a su rostro una
expresión tan sombría como si acabara de enterarse de la muerte de todos sus parientes; tras lo
cual
volvió la espalda a Peter Guerassimovitch y se dirigió hacia un grupo formado alrededor de un personaje
de alta estatura, rasurado, de lo más representativo, y que pe
roraba con animación. Este personaje refería
un proceso que se juzgaba actualmente e
n la sala de lo civil, y hablaba de él como si conociese todos los
entresijos del asunto, designando por sus nombres de pila a jueces y abogados. Se empeñaba particular-
mente en demostrar la dirección maravillosa dada a los debates por un abogado famoso, t
anto que la
parte contraria, una anciana. señora, perdería su causa con toda seguridad, aun tenien
do cien veces
razón.
-¡Un abogado de genio! -exclamó.
Se le escuchaba con respeto, y algunos jurados que trataban de decir algo se veían interrumpidos en
seguida, ya que sólo él tenía la pretensión de saber con certeza lo que se ventilaba.
Aunque había llegado con retraso al Palacio de Justicia, Nejludov tuvo que resignarse a una espera
prolongada en la sala del jurado. Se aguardaba, para abrir la vista, la l
legada de uno de los miembros del
tribunal que faltaba.
VI
El
presidente del tribunal de la Audiencia, por su parte, había llegado muy temprano al Palacio. Era
un hombre alto y grueso que llevaba largas patillas grisáceas. Aun que estaba casado, hacía un
a vida
muy disipada, y su mujer obraba de igual manera: el principio de ambos era no moles
tarse el uno al otro.
Ahora bien, aquella misma mañana, el presidente había recibido de un aya suiza que en tiempos había
vivido en casa de él un billete en el que l
e daba cuenta de que pasaba por la ciudad para dirigirse a
Petersburgo, y que lo esperaría en el hotel de Italia, entre las tres y las seis horas de la tarde. Se
comprenderá la prisa del "residente en querer empezar la vista del día y, sobre todo, terminar
la, para
poder reunirse antes de las seis con la pelirroja Clara Vassilievna, con la que el verano precedente había
esbozado una novela.
Nada más entrar en su despacho, echó el cerrojo a la puer
ta, cogió dos pesas de un cajón de su
armario y ejecutó vein
te movimientos hacia arriba, hacia abajo, al frente, detrás y de costado; hecho esto
tres veces, flexionó las rodillas con agilidad, elevando las pesas por encima de la cabeza.
«La hidroterapia y la gimnasia; no hay nada como eso para dar agilidad», pensa
ba, pellizcándose los
prominentes bíceps del brazo derecho con la mano izquierda, en la que brillaba un anillo de oro. Se
disponía además a hacer el molinete, ya que siempre se preparaba para las vistas largas con este doble
ejercicio, cuando la puerta se
movió bajo el empuje de una mano que intentaba abrirla. A toda prisa, el
presidente hizo desaparecer sus pesas y abrió la puerta.
-Excúseme -murmuró.
Uno de los jueces del tribunal, hombre bajito de hombros angulosos, de cara triste y que llevaba
gafas con montura de oro, entró en el despacho.
-¿También hoy se ha retrasado Matvei Nikititch? dijo el juez con aire descontento.
-Desde luego -dijo el presidente, poniéndose su uniforme-. Siempre se atrasa.
-Es de una frescura inaudita-dijo el otro, quien se sentó y cogió un cigarrillo.
Este juez era, por su parte, de una escrupulosa exactitud. Por la mañana había tenido con su mujer
una escena muy desagradable, a causa de que ella había gastado demasiado rá
pidamente el dinero que él
le había entregado para el m
es. Él le había negado un anticipo que ella le pedía, y así se había formado
la escena. La mujer había declarado entonces que suprimiría la cena y que por tanto que no contase con
cenar en casa. Seguidamente él se había marchado y, sabiendo que su mujer er
a capaz de todo, temía
que llegase a ejecutar su ame naza. «¿Qué ventaja tiene vivir de una manera honrada e irre
prochable?»,
pensaba, mirando al grueso presidente, rebosante de salud y de buen humor, quien, con los codos
separados, alisaba con sus hermos
as y blancas manos los abundantes y sedosos pelos de sus grandes
patillas y los extendía a continua
ción por los dos lados de su galoneado cuello. «Éste está siempre
contento y satisfecho. Yo, por el contrario, no tengo más que disgustos.»
En aquel momento, el escribano vino a traerle al presidente los papeles que éste había pedido.
El presidente encendió también un cigarrillo.
-Gracias -dijo -.Bueno, ¿por qué asunto vamos a empezar?
-Pues por el envenenamiento -respondió el escribano con semblante de indiferencia.
-Está bien; sea entonces el envenenamiento -
replicó el presidente, calculando que aquel asunto
bastante simple estaría acabado a eso de las cuatro y que así podría marcharse.
-¿Todavía no ha llegado Matvei Nikititch? -pregunt6.
-Todavía no.
¿Y Breve?
-Está ahí.
-
Dígale, si lo ve, que empezaremos por el envenena.miento En aquella temporada judicial, Breve era
el fiscal interino encargado de sostener la acusación.
Efectivamente el escribano, al salir, se cruzo con el por el encargado de sostener la acusación.
Efectivamente el escribano, al salir, se cruzo con él por el corredor. La cabeza echada hacia delante,
el uniforme desabro
chado, su cartera bajo la axila, el fiscal marchaba a grandes zancadas, casi corriendo,
haciendo sonar sus tacones y gesticulando con el brazo.
-Mijail Petrovitch pregunta si está usted preparado le dijo el escribano.
-Desde luego. Siempre estoy preparado. ¿Por qué se empieza?
-El envenenamiento.
-Perfectamente-respondió el fiscal.
En realidad, era menos perfector de lo que
ría dar a entender: una parte de la noche se la había pasado
juzgado a las cartas en el café con algunos jóvenes; luego, despedida de un camarada y libaciones
numerosas; habían jugado hasta las dos de la madrugada, tras de lo cual habían ido a ver mujeres,
justamente en la casa donde, seis meses antes, vivía Maslova. Así, el joven fiscal ni siquiera había tenido
tiempo para echar un vistazo al sumario de aquel caso de envenenamtento que se iba a juzgar. El
escribano no lo ignoraba; precisamente por eso le h
abía sugerido al presidente empezar por aquel asunto
del que el fiscal no había estudiado aún una palabra. El escrlbano era liberal, casi podría decirse un
radical. Breve, por el contrario, era conservador, ortodoxo lleno de celo, como buen funcionario ale
mán
que ejercía en Rusia. Además de que le tenía antipatía y envidiaba su puesto, el escribano lo detestaba
personalmente.
-¿Y el asunto de los Skoptsy?
(Secta religiosa cuyos adeptos formulan voto de castidad y, como
garantía preventiva, se hacen castrar)-preguntó el escribano.
-Es imposible faltando los testigos -replicó el fiscal-
. Así lo he declarado y lo confirmaré en el
tribunal.
-¿Qué importancia: tiene eso?
-Imposible -reiteró Breve. Y corrió a su despacho agitando el brazo.
No era tanto la ausencia
de algunos testigos insignificantes lo que lo impulsaba a diferir aquel asunto
de los Skoptsy
como su suposición de que, juzgado en una gran ciudad y por jurados pertenecientes en
su mayor parte a clases instruidas, terminaría sin duda con una absolución.
De acuerdo con el presidente,
preferiría que esa causa fuera trasladada a la audiencia de una ca
beza de partido; habría así más
posibilidades de obtener una con
dena por parte de un jurado compuesto casi exclusivamente de
campesinos.
Sin embargo, la ani
mación aumentaba en el corredor. La concurrencia se amontonaba sobre todo
ante la sala del tribunal de lo civil, donde se celebraba la vista del caso del que había ha
blado, en medio
de los jurados, el personaje representativo, aficionado a los procesos «interesantes».
Durante una interrupción se había visto salir de la sala a aquella anciana señora a la que el «genial
abogado» había sabido desposeer de todos sus bienes, en provecho de un hombre de negocios que no
tenía a ellos el menor derecho; esto lo sa
bía los jueces y, mejor aún, el demandante abogado. Pero los
argumentos de este último eran tan sutiles que resultaba imposible no despojar a la anciana señora de sus
bienes para dárselos al hombre de negocios. La pleiteante era una mujer fuerte, envuelt
a en un vestido
nuevo, con grandes flores en el sombrero. Al salir al corredor se detuvo y agitó sus cortas y gordezuelas
manos, repitiendo a su abogado;
-¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Se lo suplico! Dígame lo que hay.
El abogado miraba las flores del sombrero, no escuchaba y reflexionaba, el espíritu en otra parte.
Detrás de la anciana señora salió de la sala de audiencia el abogado famoso que había sabido arreglar
las cosas de forma que la mujer de las flores quedase tan bien expoliada, en tanto que el hombr
e de
negocios, del que había recibido diez mil rublos, obtuvo de aquello más de cien mil. Pasó rápidamente
con aire satisfecho, bombeando su reluciente pechera en la ancha esco
tadura de su chaleco. Todos los
ojos se volvieron hacia él y, ante esas miradas
, todo su porte parecía decir: «¡Por favor, señores, estos
testimonios de admiración son exagerados!» Luego se alejó con paso rápido.
VII
Matvei Nikititch, el juez al que aguardaban, llegó por fin. Imediatamente después, el portero de
estrados, hombre bajito y enjuto, de cuello largo, de paso desi
gual, entró en la sala del jurado. Era un
buen hombre, que había hecho sus estudios en la universidad; pero, debido a su afi
ción por la bebida, lo
habían despedido de todos los puestos que había ocupado. Obtuv
o el empleo de portero de estrados tres
meses antes, gracias ala recomendación de una condesa que esta
ba encariñada con su mujer; y él, por su
parte, se alegraba, como de una cosa extraordinaria, de haberse mantenido allí hasta entonces.
-Bien, señores, ¿están aquí todos? -preguntó, poniéndose su binóculo para mirar a los jurados.
-Me parece que sí -respondió el festivo comerciante. -Vamos a comprobarlo-
dijo el portero de
estrados.
Según una lista que se sacó del bolsillo, fue diciendo los nombres y mira
ndo a los jurados, bien a
través de su binóculo bien por encima de éste.
-¿El consejero de Estado I. M. Nikiforov?
-Heme aquí- respondió el personaje representativo que conocía tan a fondo los procesos.
-¿El coronel retirado Iván Semenovitch Ivanov?
-Aquí estoy -respondió el hombre del uniforme. -
¿El comerciante del segundo gremio Peter
Baklachov? -iPresente! -
exclamó el jovial comerciante, paseando su ancha sonnsa por toda la
concurrencia -.Estamos listos. -¿El teniente de la Guardia, príncipe Dmitri Nejludov? -Yo soy-
dijo
Nejludov.
El portero de estrados se inclinó, pareciendo así, con esta muestra, de deferencia y de amabilidad,
querer establecer una distinción entre Ne¡ludov y los demás jurados.
.-¿El capitán Yuri Dmietrivitch Dantchenko? ¿El comerciante Grigory Efimovitch Kulechov?
Etcétera, etcétera.
Excepto dos, todos los jurados estaban allí.
-Y ahora, señores -dijo el portero con un ademán de invitación hacia la puerta -
, tómense la molestia
de entrar en la sala de audiencia.
Se produjo un movimient
o de conjunto, pero al salir de la sala, cada cual se apartaba con cortesía a
la puerta para dejar pasar a su colega. Luego, desde el corredor, los jurados penetra
ron en la sala de
audiencia.
Ésta era una pieza larga y grande, una de cuyas extremidades es
taba ocupada por un estrado realzado
con tres escalones. En el centro de aquel estrado se alzaba una mesa, cubierta por un ta
pete verde con
bordes de verde más oscuro; tres sillones, con altos respaldos de roble esculpido, estaban alineados
detrás de la m
esa; colgado de la pared, detrás de los sillones, un retrato de colores llamativos, con marco
dorado, representaba al empera
dor de uniforme, con el gran cordón en forma de collar cayendo en punta
sobre el pecho, las piernas separadas y la mano sobre el po
mo de la espada. En el ángulo de la derecha,
una imagen del Cristo coronado de espinas estaba empotrada en un retablo ante el cual había un pupitre;
una pequeña tarima estaba reser
vada al fiscal igualmente a la derecha del estrado. En el fondo de la
izqui
erda se alzaba la mesa del escribano; y delante, más cerca del público, el banco de los detenidos,
desocupado aún como el estrado, estaba rodeado de una barandilla de madera. A la derecha, y frente al
banquillo de los detenidos, había una serie de asientos de altos respaldos para los jurados, y, por deba
jo
de ellos, mesas dispuestas para los abogados. Una reja de ma
dera separaba el estrado del resto de la sala,
donde bancos en forma de gradas se elevaban hasta la pared del fondo. En las primeras filas de
esos
bancos estaban sentados cuatro mujeres y dos hombres: aquéllas, vestidas como obreras o sirvientas;
éstos, sin duda obreros también. Seguramente aquel grupo estaba muy impresionado por la decoración
imponente de la sala, porque no hablaban más que en voz baja, con timidez.
Después de haber introducido y colocado a los jurados, el portero avanzó hacia el centro del estrado
y, para impresionar a la concurrencia, anunció con voz retumbante:
-jEl tribunal!
Todo el mundo se puso en pie, y los jueces subie
ron al estrado. Primero el presidente, con sus bíceps
y sus hermosas pa
tillas; luego el juez tristón de gafas con montura de oro, que parecía más enfurruñado
aún, porque precisamente cuando iba a entrar en la sala se había encontrado con su cuñado, candid
ato a
la magistratura, el cual le advirtió que volvía de casa de su hermana y que no habría cena
-Así es que tendremos que irnos a comer a un restaurante -había dicho el cuñado riéndose.
-No veo motivo alguno de risa -había respondido el juez, cada vez más melancólico.
Iba seguido por el segundo juez del tribunal, aquel mismo Matvei Nikititch que siempre se retrasaba.
Era un hombre bar
budo, con grandes ojos bondadosos de bolsas hinchadas. Pero sufría de una dolencia y
estómago, y aquella misma mañana el
doctor lo había sometido a un nuevo régimen que lo obligaba a
permanecer en casa hasta mucho más tarde que antes. Llegaba al estrado con aire muy preocupado, y lo
estaba, en efecto. Tenía la manía de querer adivinar, por diferentes procedimientos basados e
n el azar, la
respuesta a enigmas que él mismo se plan
teaba. Esta vez se había dicho que si, para recorrer el trayccto
de su despacho a su sillón, el número de pasos resultaba divisible por tres, es que se curaría de su
dolencia con el nuevo régimen; si
no, resultado nulo. Pero como en total sólo había veintiséis pasos, el
juez, en el último momento, hizo trampa dando un pasito más; y así pudo contar el vigesimoséptimo al
llegar a su sillón.
El presidente y los dos jueces, erguidos sobre el estrado con su
s uniformes de cuello galoneado de
oro, ofrecían un espectáculo imponente. Ellos mismos, por lo demás, tenían con
ciencia de eso, y, casi
confusos por su grandeza, los tres se apresuraron a sentarse, bajados los ojos con modestia, sobre sus
asientos esculp
idos, ante la gran mesa verde sobre la cual estaban depositados un objeto triangular
coronado por el águila imperial, recipientes de cristal parecidos a los que se ven, llenos de bombones, en
los escaparates de las confiterías, tinteros, plumas, hojas de
papel en blanco y una gran cantidad de
diversos lápices recién afilados.
El sustituto del fiscal entró detrás de los jueces. También él se dirigió lo más rápidamente posible a
su asiento, con su iruceparable cartera bajo la axila y agitando el brazo. Inme
diatamente que se
acomodó, no teniendo un minuto que perder para preparar su requisitoria, se sumergió en el estudio de
los autos. Hay que decir que, nombrado recientemente fiscal inte
rino, era sólo la cuarta vez que actuaba
en el tribunal de la Audiencia
. Su gran ambición le dejaba esperar una brillante carrera, con la condición
esencial de obtener condenas en todos los procesos en que interviniera. Del asunto del envenena
miento
no conocía más que las líneas generales, y ya había montado el plan de su r
equisitoria; no le quedaba
más que profundizar los detalles, cosa en la que trabajaba activamente en aquellos momentos, tomando
notas, en sus papeles.
En cuanto al escribano, sentado al extremo opuesto del estrado, y habiendo desplegado ante él todos
los folios que ten
dría que leer, daba un vistazo a un articulo de un periódico prohibido que había
recibido la vispera, pues se proponía hablar de eso al juez de la gran barba, que tenía las mismas opi-
niones políticas que él.
VIII
Habiendo consultado sus papeles y hecho algunas pregun
tas al portero de estrados y al escribano,
que respondieron afirmativamente, el presidente ordenó introducír a los acusados.
Al punto, detrás de la reja de madera, la puerta se abrió y entraron dos guardias con la gorra en l
a
cabeza y el sable desenvainado. Detrás de ellos aparecieron los tres detenidos, primeramente el hombre,
pelirrojo, pecoso, y luego las dos mujeres. El primero llevaba un capote de preso, demasiado largo y
demasiado ancho para él. Mantenía sus grandes ded
os alargados sobre la costura del capote para sujetar
así sus mangas demasiado largas, que le caían sobre las manos. Ni los jueces ni el público atraían en
absoluto sus miradas, que fijaba obstmadamente en el banco junto al cual estaba pasando. Después de
haberle dado la vuelta, se sentó, elevó los ojos hacia el presidente y se puso a agitar sus músculos
maxilares como si hubiese murmurado algo. Iba seguido por una mujer de cierta edad, vestida
igualmente con un capote carcelario. Un pañuelo de lana le cubría la cabeza; su rostro era de una pa
lidez
mate; sus ojos, enrojecidos, sin cejas ni pestañas. Pare
cía perfectamente tranquila. Al llegar a su sitio,
habiéndosele enganchado el vestido, lo desenganchó cuidadosamente, sin apresurarse, y se lo alisó antes
de tomar asiento.
La otra mujer era Maslova.
Desde su entrada, atrajo sobre ella las miradas de todos los hombres presentes en la sala, que se
volvieron para examinar intensamente su dulce rostro, su fino talle, su robusto pecho, que se combaba
bajo el ca
pote. Incluso el guardia ante el cual tuvo que pasar la siguió con los ojos hasta el momento en
que se sentó; y, como si hubiera cometido una falta al hacer eso volvió bruscamente la cara, se sacudió y
miró con fijeza la ventana que se hallaba delante de él.
Sentados los detenidos y Maslova ya en su sitio, el presidente se volvió hacia el escribano.
Empezaron los trámites habituales: lista de los jurados, jui
cio contra los ausentes, condena a una
multa, examen de las excusas presentadas por algunos, sustit
ución de los ausentes por suplentes. Luego
el presidente enrolló unos papelitos, los colocó en la vasija de crlstal y, después de haber estirado ha
cia
arriba ligeramente las bordadas mangas de su uniforme dejando ver su antebrazo fuertemente velludo, se
p
uso con ademanes de prestidigitador a retirar los papelitos uno tras otro, a desenrollarlos ya leerlos.
Luuego se bajó las mangas e invitó al pope a que prcocediera a obtener por parte de los jurados la
prestación del juramento.
Este pope era un viejecillo
de cara amarilla y biliosa, de sotana pardusca; llevaba alrededor del
cuello una cruz de oro, y, prendida en la pechera, una pequeña condecoración. Arras
trando penosamente
sus hinchadas piernas, se acercó al pupitre colocado ante el icono.
Los jurados se pusieron en pie y lo siguieron en masa.
-Os lo ruego -dijo el pope, haciendo mover con su re
gordeta mano, mientras esperaba la llegada de
todos los jurados, la cruz suspendida sobre su pecho.
Ordenado desde hacía cuarenta y seis años, se preparaba, como
lo había hecho últimamente el
arcipreste de la catedral, a celebrar dentro de cuatro años sus bodas de oro. Sus fun
ciones en el tribunal
databan de la inauguraci6n de ]a jurisdicción de audiencia territorial. Se enorgullecía de haber he
cho
prestar jura
mento a más de diez mil personas y de emplear su vejez en bien de la Iglesia, del Estado y de
su familia; a esta última calculaba poder legarle cómodamente, además de su casa, unos treinta mil
rublos en títulos seguros. Nunca se le había ocurrido pensar qu
e hacía mal obligando a la gente a jurar
sobre aquel evangelio que prohibe expresamente todo juramento; y, lejos de pesarle, esta función le
agradaba, por. que le proporcionaba ocasión de entablar conocimiento con personajes de categoría. Así,
aquel día se
había sentido encantado por sus relaciones con el abogado célebre y le había respetado
doblemente al enterarse de que el juicio contra la an
ciana señora del sombrero de grandes flores le había
reportado diez mil rublos.
Cuando los jurados subieron los e
scalones del estrado el pope, inclinando a un lado su calva cabeza,
coronada de cabellos grises, la hizo pasar por la abertura grasienta de la estola volvió a poner en orden
sus ralos cabellos y, volviéndose hacia los jurados, dijo con su lenta voz de anci
ano al mismo tiempo
que su regordeta mano, con roscas, se levantaba. plegados los dedos como para tomar una pulgarada de
rapé:
-Levantaréis la mano derecha y colocaréis vuestros dedos así. Ahoha, repetid conmigo. -Empezó-
:
Prometo y Juro, ante Dios todopod
eroso, ante el Santo Evangelio y la cruz vivificante de nuestro
Señor... -dijo, deteniéndose tras cada miembro de la frase. -¡No bajéis la mano! ¡Mantenedla así!-
reprochó a un joven que había dejado caer ]a suya- que el asunto en el cual...
El personaje re
presentativo de ]as patillas, el coronel, el comerciante y otros jurados mantenían con
un placer particu
lar la mano alta y fija; los demás, por el contrario, lo hacían con pocas ganas, si no con
negligencia. Algunos proferían muy alto la fórmu]a del juram
ento, con un aire que parecía decir:
«¡Hablaré, hablaré bien!» Los otros hablaban en voz muy baja, se retrasaban y, asustándose luego, se
apresuraban a recuperar el compás. Y algunos, como si temiesen soltar algo. Mantenfan
firmemente su
pulgarada con un gesto provocativo; otros apar
taban los dedos y volvían a juntarlos. Pero todos parecían
molestos, excepto el pope, convencido de que realizaba una obra grave y útil.
Después del juramento, el presidente invitó a los jurados a escogerse un jefe. Se levanta
ron de nuevo,
pasaron a la sala de deliberaciones y casi todos se pusieron a fumar cigarrillos. Hubo quien propuso dar
la presidencia al personaje represen
tativo, y todos consintieron en ello. Luego tiraron sus cigarrillos y
volvieron a entrar en la sala.
El jefe del jurado declaró al presidente que él era el elegido, y todos se
volvieron a sentar en sus sillas de altos respaldos.
A continuación, todo transcurrió sin incidentes, y también con una cierta solemnidad; y esta
solemnidad, esta regularidad hacían pensar a los magistrados ya los jurados que cum
plían un deber
social grave e importante. y éste era también el sentimiento experimentado por Nejludov.
Habiéndose sentado los jurados, el presidente les dirigió un discurso sobre sus derechos,
obligaciones y responsabili
dades. Hablando, cambiaba sin cesar de postura: se acodaba, bien sobre el
brazo izquierdo, bien sobre el derecho; ora se adosaba al fondo de su sillón, ora se apoyaba en el brazo
del mismo; o también apilaba ordenadamente las hojas de pape
l que tenía sobre la mesa, levantaba la
plegadera o jugaba con un lápiz.
Hizo conocer seguidamente a los jurados sus derechos: hacer preguntas a los detenidos por conducto
del presidente, tener un lápiz y papel, examinar las piezas de convicción; sus oblig
aciones eran: juzgar
según la justicia, no según la injus
ticia; su responsabilidad consistía en observar el secreto de sus
deliberaciones; por tanto, si en el ejercicio de sus funciones de jurados se comunicaban con terceros, se
harían acreedores a una pena severa.
Toda la concurrencia escuchó aquello con recogimiento. El comerciante, que expandía en torno de él
un tufo a aguar
diente y reprimía ruidosos hipidos, inclinaba la cabeza a cada frase del presidente en
señal de aprobación.
IX
Después de su alocución, el presidente se volvió hacia los acusados:
-Simón Kartinkin, levántese usted - dijo.
-Simón se levantó bruscamente; sus músculos faciales se movieron aún más aprisa.
-¿Su nombre?
-Simón Petrov Kartinkin - respondió de una sola tirada, con una vo
z seca, el acusado, que de
antemano habla preparado sus respuestas.
-Profesión?
-Nos somos campesino.
-¿Qué gobierno? ¿Qué distrito?
-Gobierno de Tula, distrito de Kaprivino, comuna de Kupianskkkoie, pueblo de Borki.
-¿Qué edad tiene usted?
-Año trigésimo cuarto, nacido en mil ochocientos...
-¿Qué religión?
-Nos somos de la religión rusa, ortodoxa.
-¿Casado?
-De ninguna manera.
-¿En qué trabajaba usted?
-Nos trabajábamos en los corredores del Hotel de Mauritania.
-¿Ha comparecido ya alguna vez ante la justicia?
-Nos no hemos comparecido nunca ante la justicia, porque como nos vivíamos antes...
-¿Nunca ha comparecido usted ante la justicia?
-¡Dios me libre! ¡Nunca!
-¿Ha recibido usted una copia del acta de acusación?
-Nos la hemos recibido.
-Siéntese usted... Eufemia Ivanovna Botchkova-
prosiguió el presidente dirigiéndose a una de las
mujeres.
Pero Simón seguía estando en pie y tapaba a Botchkova.
-¡Kartinkin, siéntese usted!
Kartinkin persistía en quedarse de pie.
-¡Kartinkin, siéntese usted!
El portero de
estrados, adelantando la cabeza y poniendo ojos feroces, lo intimó, con voz severa, a
que se sentase. Solo entonces se sentó; pero puso en ello la misma brusquedad que había puesto en
levantarse y, envolviéndose en su capote, continuó moviendo las mejillas.
-¿Cómo se llama usted?
El presidente se dirigía así a una de las acusadas, sin ni siquiera mirarla, sin dejar de consultar un
papel que tenía en la mano. Acostumbrado a este procedimiento, y para ir más aprisa, le era fácil hacer
dos cosas a la vez.
Botchkova tenía cuarenta y tres años. Estado social: al
deana de Koloma. Profesión: sirvienta en el
mismo Hotel de Mauritania. Nunca había comparecido ante la justicia. Había re
cibido copia del acta de
acusación. Pero había una especie de provocación atrevida en sus respuestas, como si hubiese que
rido
decir: «Sí, es muy cierto que soy Eufemia Botchkova, y he recibido la copia, y me enorgullezco de ello,
y no concedo a nadie el derecho a reírse de eso.» No hubo que decirle que se sentara: lo hizo en cuanto
su interrogatorio acabó.
-¿Cómo se llama usted? -
dijo el galante presidente con una dulzura muy particular a la otra acusada.
Y añadió de una manera afable, viendo que Maslova se quedaba sentada -: Tiene usted que levantarse.
Maslova se puso en pie con aire
sumiso; la cabeza derecha, el pecho adelantado, sin responder,
clavando en el presidente sus ojos negros y risueños que bizqueaban ligeramente.
-¿Cómo la llaman a usted? -¡Lubov! respondió ella vivamente.
Mientras tanto, a cada interrogatorio de los deten
idos, Nejludov, provisto de sus impertinentes,
examinaba al interrogado. y fijos los ojos en el rostro de esta acusada, pensa
ba: «Es imposible. ¿Cómo
Lubov?», se decía al oír la respuesta.
El presidente quería hacer otra pregunta. Pero el juez de gafas
le había dicho humorísticamente
algunas palabras que lo detuvieron. Asintió con una inclinación de cabeza y se volvió hacia la detenida:
-¿Cómo Lubov? -preguntó-. Está usted inscrita con nombre.
La acusada guardaba silencio.
-Le pregunto cuál es su verdadero nombre.
-Su nombre de pila -intervino el juez escrupuloso. -En otros tiempos me llamaban Catalina.
Y Nejludov seguía diciéndose: «¡Es imposible!» Sin embargo, ya no dudaba: era desde luego
la ahijada-doncella por la que había tenido un acceso de pasión, a la que había seducido, en un
momento de locura, y abandonado luego. Desde entonces, es verdad, había evitado traer a la
memoria aquel recuerdo desagradable, humillante para él, porque él, tan orgulloso de su lealtad,
tenía conciencia de haberse conducido cobardemente con aquella mujer.
Y era ella, en verdad. Él reconocía en sus rasgos ese no sé qué de misterioso que caracteriza
cada rostro, lo singulariza entre todos y lo hace único, sin sosias... A pesar de la palidez
enfermiza y del abotagamiento, volvía a encontrar aquella singularidad en todo el conjunto del
rostro, desde la boca, los ojos que bizqueaban un poco, el timbre de la voz, sobre todo la mirada
sumisa y tentadora, en fin, en la persona toda.
-Debería usted haber respondido todo eso inmediatamente -dijo el presidente, siempre con el
mismo tono benévolo-. ¿y el nombre de su padre?
-Soy hija natural- respondió Maslova.
-Eso es indiferente; ¿cómo la han llamado, por el nombre de su padrino?
-Mijailovna.
«Pero, ¿qué crimen ha podido cometer?», se preguntaba Nejludov, todo anhelante.
-¿Su nombre de familia, su apellido? -siguió preguntando el presidente.
-Por el nombre de mi madre se me llamó Maslova.
-¿Clase social?
-Mestchanka. (Clase intermedia entre campesinos V burgueses, con residencia en una
ciudad)
-¿De religión ortodoxa?
-Ortodoxa.
-¿Qué profesión tenía usted? ¿Qué oficio? Maslova se quedó callada. El presidente insistió:
-¿Qué oficio?
-Yo estaba en una casa -dijo ella.
¿En qué casa? -preguntó severamente el juez de gafas.
-Ustedes lo saben muy bien -replicó Maslova con una sonrisa. y después de haber lanzado
rápidamente una mirada hacia la sala, volvió a clavar los ojos en el presidente.
En la expresión de sus rasgos había algo tan extraño como la había. de tan trágico y lastimero
en sus palabras, y también en la mirada rápida que había paseado por la concurrencia, que el
presiden:e bajó la cabeza, al mismo tiempo que se hacía un gran silencio en la sala. Pero, desde
el sitio donde estaba el público se alzó una risa. Alguien dijo «chist» para imponer silencio. El
presidente levantó la cabeza y continuó su interrogatorio.
-¿Ha sido procesada alguna vez?
Maslova lanzó un suspiro y respondió en voz muy baja:
-Nunca.
-¿Ha recibido copia del acta de acusación?
-La he recibido -respondió ella.
-Siéntese usted.
La acusada levantó los bajos de su saya con la gracia que ponen las damas de gran atuendo en
levantar la cola de su vestido, y se sentó. Luego, escondió las
manos en las mangas de su capote y
continuó mirando al presidente.
Se llamó seguidamente a los testigos, a los que se hizo sa
lir luego. A continuación se invitó al médico
perito a venir a la sala de audiencias. Finalmente, el escribano se levantó y leyo el acta de acusación con
voz fuerte y clara. Pero como pronunciaba mal las eles y las erres y además leía rápida
mente, el
sonsonete continuo de su voz daba ganas de dormir.
Los jueces se apoyaban ora sobre un brazo, ora sobre el otro de su sillón, sobre la mesa, sobre sus
papeles; cerraban y abrían alternativamente los ojos y hablab
an en voz baja. Un guardia ahogó un
bostezo nervioso.
En el banco de los detenidos, Kartinkin no dejaba de mover sus maxilares; Botchkova, sentada, no
perdía nada de su cal
ma y de vez en cuando se rascaba con un dedo los cabellos bajo el pañolón,
Maslova,
ora permanecía inmóvil, los ojos clavados en el lector, ora se agitaba, como si hubiese querido
protestar; enrojecía, luego suspiraba penosamente , cambiaba la posición de sus brazos, lanzaba una
mirada hacia el fondo de la sala y la volvía luego hacia el escribano.
Nejludov, sentado en la segunda silla de la primera fila de los jurados, sin abandonar sus
impertinentes, continuaba examinando a Maslova: un trabajo profundo y doloroso se llevaba a cabo en
su alma.
X
El acta de acusación estaba formulada así:
«El 17 de enero de 188..., la policía fue informada por el gerente del Hotel de Mauritania,.
sito en
esta ciudad, de la muerte repentina, en su establecimiento, de un comerciante de paso del segundo
gremio, procedente. de Sliberia: Feraponte Smielkov. S
egún la declaraclon del médico del cuarto
distrito, la muerte de Smielkov fue causada por una congestión cardíaca provocada por el uso excesivo
de licores; y el cuerpo de Smielkov fue enterrado al tercer día despues de su muerte. Pero al cuarto día
que sig
uio al fallecimiento, al volver de Petersburgo uno de sus camaradas, comerciante de Siberia,
Timojin, habiéndose enterado de la muerte de su com
pañero Smielkov y de las circunstancias en que se
había producido, la declaró sospechosa y poco natural. Estaba conven
cido de que Smielkov había sido
envanenado por crimmales que le habían robado su di.nero y un anillo de brillantes que no se había
encontrado en el inventario de su equipaje.
»En consecuencia, se ordenó un atestado que reveló lo que sigue:
»Primero. -Que tanto el gerente del Hotel de Maurztania
como el empleado del comerciante
Starikov, con quien Smielkov tenía negocios en la ciudad, sabvan que Smielkov debía poseer 3.800
rublos, que había retirado del banco, siendo así que en la maleta y en la c
artera de Smielkov, selladas
inmediatamente después de su muerte, no se encontraron más que 312 rublos y 16 copeques.
»Segundo. -
Que la víspera de su muerte, Smielkov pasó todo el día y toda la noche en compañía de
la prostltuta Lubka, que había ido en dos ocasiones a su ,habitación del hotel.
»Tercero. -
Que esta prostituta vendío a su patrona el anillo de brillantes que había pertenecido a
Smielkov.
»Cuarto. -
Que la sirvienta del hotel, Eufemia Botchkova, al día siguiente de la muerte del comerciante
Smielkov, puso en su cuenta corriente en el Banco del Comercio 1.800 rublos.
»Quinto. -
Que según declaración de la prostituta Lubka, el sirviente de corredor Simón Kartinkin le
entregó un paquete de polvos, incitándola a verter este polvo en vino ya darlo al
comerciante Smielkov,
lo que la prostituta Lubka reconoció por su parte haber hecho.
»En su interrogatorio, la prostituta Lubka declaró que du
rante la visita del comerciante Smielkov a la
casa de tolerancia donde ella “trabajaba”, como ella dice, fue en
efecto enviada por él a la habitación que
él ocupaba en el Hotel de Mauritania, para coger dinero y llevárselo al comerciante, y que ha
biendo
abierto la maleta con la llave que él le entregó, ella cogió cuarenta rublos, según la orden que le habían
dado,
pero que no cogió más, de lo que pueden testimoniar Simón Kartinkin y Eufemia Botchkova, en
presencia de los cuales había abierto y vuelto a cerrar la maleta tras recoger el dinero.
»En lo que concierne al envenenamiento de Smielkov, la prostituta Lubka h
a declarado que durante
su tercera visita a la habitación de Smielkov, impulsada por Simón Kartinkin, efectivamente dio a beber
al comerciante, diluidos en aguar
diente, ciertos polvos que ella creía simplemente que eran un
soporífero, a fin de que se durm
iese y ella pudiera quedar libre más pronto; pero que no cogió ningún
dinero y que la sortija se la dio el mismo Smielkov, porque le había pegado y ella había querido irse.
»Interrogados por el juez de instrucción, en concepto de acusados, Eufemia Botchkov
a y Simón
Kartinkin, han declarado lo que sigue:
»Eufemia Botchkova ha declarado que no sabe nada sobre el dinero robado, que ella no entró en la
habitación del comer
ciante y que Lubka hacía allí lo que quería. y que si le han robado algo al
comerciante, no podía haberlo hecho más que
Lubka cuando vino a buscar dinero con la llave dada por
Smielkov .»
Al llegar a este pasaje del acta de acusación, Maslova se estremeció y, boquiabierta, se quedó
mirando a Botchkova.
»Cuando se le mostró a Eufemia Botchkova su recibo de! banco de 1.800 rublos -
continuó leyendo
el escribano-
y se le preguntó de dónde había sacado tanto dinero, declaró que lo había ganado, durante
dieciocho años de servicio, en común con Simón, con quien tenía el propósito de casarse.
»Interrogado en concepto de acusado, Simón Kartinkin con
fesó, en un primer interrogatorio, que él y
Botchkova fueron incitados por Maslova, venida de la casa de toleranaa con la llave, que él robó el
dinero y lo repartió con Maslova y Botchkova; igualmente confes
ó haber dado a Maslova los polvos
para dormir al comerciante. Pero, en su segundo interrogato
rio, negó su participación en el robo y el
hecho de haber en
tregado los polvos a Maslova, echando la culpa de todo sobre esta última. En cuanto al
dinero deposit
ado en el banco por Botchkova declaró como ella que lo habían ganado juntos, durante sus
servicios de dieciocho años en el hotel, gracias a las propinas dadas por los clientes.
»Al fin de dilucidar las circunstancias de! asunto, se juzgó necesario hacer la
autopsia de! cadáver de
Smielkov y examinar tanto el contenido de sus vísceras como las modificacio
nes sobrevenidas en el
organismo. El examen de las vísceras ha demostrado, en efecto, que la muerte de! comerciante Smiel
kov
fue causada por envenenamiento.»
Seguía el enunciado de los careos e interrogatorios de testigos, y el acta de acusación concluía así:
«El comerciante de segundo gremio Smielkov, dado a la embriaguez y al desenfreno, había entrado
en relaciones con la prostituta llamada Lubka, en la casa de tolerancia de Ki
taieva. Encontrándose en la
dicha casa de tolerancia el día 17 de enero de 188..., envió a la mencionada prostituta Lubka, pro
vista de
la llave de su maleta, a la habitación que él ocupaba en el hotel, para que ella retirase de e
sa maleta una
suma de cua
renta rublos de la que tenía necesidad para sus liberalidades. Habiendo llegado a la
habitación de! hotel y habiendo reti
rado el dinero, Maslova se puso en connivencia con Botchkova y
Kartinkin, a fin de robar todo el dinero y los objetos pre
ciosos del comerciante Smielkov y repartírselos
entre ellos. Y eso es lo que ocurrió (en este punto, de nuevo Maslova se estreme
ció tuvo un sobresalto y
se puso toda roja): Maslova recibió una sortija de brillantes y probablemente una pequeñ
a suma de
dinero que, o bien la ha escondido, o bien la ha perdido, ya que aquella misma noche se hallaba en
estado de embria
guez. A fin de disimular los rastros del robo, los cómplices resolvieron atraer de nuevo
al comerciante Smielkov a su ha bitación y envenenarlo con arsénico que se encontraba en po
der de
Kartinkin. Con este objeto, Maslova regresó a la casa de tolerancia y persuadió al comerciante Smielkov
para que volviese con ella al Hotel de Mauritania. En cuanto éste regresó, Maslova, quien hab
ía recibido
los polvos de manos de Kartinkin, los vertió en el aguardiente que dio a beber a Smiel
kov, y de ello
resultó la muerte de este último.
»Por lo expuesto en estos resultandos, el campesino del pueblo de Borki, Simón Kartinkin, de treinta
y tres años; la mestchanka Eufemia Ivanovna Botchkova, de cuarenta y tres años, y la
mestchanka
Catalina Mijailovna Maslova, de veinti
siete años, son acusados de haber, el 17 de enero de 188..., siendo
cómplices, robado al comerciante Smielkov su dinero, que se
elevaba a la suma de 2.500 rublos, y, con
el fin de ocul
tar las huellas de su crimen, de haber hecho beber veneno al comerciante Smielkov y de
haber así ocasionado su muerte.
»Este crimen está previsto en el artículo 1.455 del código penal.»
En virtud de
tales y cuales artículos de la jurisdicción penal, Simón Kartinkin, Eufemia Botchkova y
Catalina Maslova comparecen ante el tribunal de la Audiencia que se reúne con participación de los
jurados.
Habiendo terminado así la larga lectura de! acta de acusaci
ón, el escribano alineó las hojas delante
de él, se sentó y se alisó con las dos manos sus largos cabellos negros. Toda la concurrencia lanzó un
suspiro de alivio, cada cual teniendo la agradable convicción de que el debate estaba ya abierto y que
todo iba
a esclarecerse para satisfacción de la justicia. Nejludov fue el único que no experimentó aquel
sentimiento: continuaba pensando con angustia en el crimen que había podido co
meter aquella Maslova,
a quien, diez años antes, él había conocido jovencita, inocente y graciosa.
XI
Terminada la lectura del acta de acusación, el presidente,
después de haber recogido el parecer de sus asesores, se volvió
hacia Kartinkin con un aire que quería decir: «Ahora, de un modo cierto, vamos a enterarnos de todo en
sus menores deta1les. »
-¡El campesino Simón Kartinkin! -dijo, inclinándose hacia su izquierda.
Simón Kartinkin se levantó, alargados los brazos sobre la costura de su capote, en una actitud
militar, e inclinó todo el cuerpo hacia delante, sin cesar de agitar sus maxilares.
-
Se le acusa a usted de haber robado el 17 de enero de 188..., con complicidad de Eufemia
Botchkova y Catalina Maslova, de la maleta del comerciante Smielkov, una suma de dine
ro que era
propiedad de éste; luego, de haberse procurado ar
sérnco y de haber aconsejado a Catalina Maslova que
lo ver
tiera en el aguadiente del comerciante Smielkov, cosa que ella hizo y que ocasionó la muerte del
mencionado Smielkov. ¿Se reconoce usted culpable? -
concluyó el presidente inclinándose hacia la
derecha.
-Es absolutamente imposible, porque nuestro oficio es servir a los clientes.
-Ya dirá usted eso más tarde. ¿Se reconoce usted culpable?
-De ninguna manera... Yo solamente...
-¡Ya nos dirá usted eso más tarde! ¿Se reconoce usted culpable? -reiteró el
presidente con voz
tranquila pero firme.
-No puedo hacerlo, porque...
-Bruscamente, el portero de estrados se volvió de nuevo ha
cIi Simón Kartinkin y lo hizo callar con
un «¡chist!» enérgico.
Con un aire que quería decir que esta parte del asunto estaba
liquidada, el presidente, sujetando un
papel en una mano alzada en alto, cambió el codo de sitio y se dirigió a Eufemia Botchkova:
-Eufemia Botchkova, se la acusa de que el 17 de ene
ro de 188..., en complicidad con Simón
Kartinkin y Catalina Maslova, robó
una suma de dinero y una sortija de la maleta del comerciante
Smielkov; luego, habiéndose repartido ustedes el producto del robo, de haber hecho tragar al
comerciante Smielkov, para que no descubriera el latrocinio, veneno, a resultas del cual murió. ¿Se
reconoce usted culpable?
-¡No soy culpable de nada! -respondió la acusada con voz firme y atrevida -
.Ni siquiera entré en la
habitación, y, puesto que entró esta basura, ella es la que hizo todo.
Ya nos dirá usted eso más tarde dijo de nuevo el presidente con su voz tranquila y firme -
.Entonces, ¿no se reconoce usted culpable?
-No cogí dinero ninguno, no di nada a beber, ni siquie
ra entré en la habitación. Si hubiese entrado,
la habría echado a ella afuera.
-¿No se reconoce usted culpable?
-Catalina Maslova -dijo en seguida el presidente, dirigiendose a la otra detenida-
, se la acusa a usted
de haber ido desde la casa pública a una habitación del Hotel de Mauritania,
con la llave de la maleta
del comerciante Smielkov de haber robado de esta maleta dinero y una sortija...
Decía esto como si recitase una lección aprendida, incli
nando al mismo tiempo el oído hacia el
asesor de la izquier
da, quien le hacía notar que, en la enumeración de las piezas de convicción, faltaba
un bote.
Robó usted de la maleta el dinero y la sortija- repitió el presidente-
, y, después de haber repartido los
objetos robados, después de haber vuelto con el comerciante Smielkov al Hotel de Mauritania,
dio usted
a beber a Smielkov veneno en su aguardiente, causándole así la muerte. ¿Se reconoce usted culpable?
-¡No soy culpable de nada! -
respondió vivamente la acusada Como lo dije desde el principio, lo sigo
diciendo: «No cogí nada, nada, nada. y fue él quien me dio el anillo.»
iJamás!
-Está bien.
-¿No se reconoce usted culpable
de haber
cogido los dos mil seiscientos rublos de
plata? -preguntó el presidente.
-No cogí nada, nada más que los cuarenta rublos.
-¿Y de haber vertido los polvos en el vaso del comerciante Smielkov, se reconoce usted culpable?
-Eso, lo confieso. Pero me
habían dicho, y yo lo creía, que esos polvos eran para dormir y que no
producirían ningún mal. No pensé en eso ni lo quise. ¡Juro ante Dios que no lo quise! -dijo ella
-Así, pues, no se reconoce usted culpable de haber robado el dinero y la sortija del c
omerciante
Smielkov- dijo el presidente -; pero, por el contrario, confiesa usted que echó los polvos, ¿ no es así?
-
Eso, lo confieso; pero yo creía que eran unos polvos para dormir. Se los di solamente para que se
durmiese. Yo no quería que pasase aquello, y no lo pensé.
-Muy bien -dijo el presidente, visiblemente satisfecho por los resultados obtenidos -
.Cuéntenos usted
ahora cómo ocurrió la cosa -prosiguió adosándose a su sillón y poniendo las manos sobre la mesa -
Diga
todo lo que sabe. Puede usted aliviar su situación mediante una confesión sincera.
Maslova continuaba mirando con fijeza al presidente, pero guardaba silencio.
-Vamos, díganos cómo ocurrieron las cosas.
-¿Qué cómo ocurrieron?- dijo bruscamente Maslova-. Yo había llegado al hotel. Me condu
jeron a la
habitación donde él se encontraba, ya muy cargado de bebida. Pronunció la palabra él
con los grandes
ojos abiertos de par en par y una expresión significativa de terror -.Yo quería irme, y él se opuso...
Se calló de nuevo, como si hubiese perdi
do el hilo de su relato, o bien como si otro recuerdo le
hubiese atravesado la memoria.
En aquel momento, el fiscal interino se levantó a medias, apoyandose con afectación sobre los
codos.
-¿Desea usted hacer una pregunta? -preguntó el presidente.
Y, a la respuesta afirmativa del fiscal, el presidente le hizo comprender con un ademán que podía
hablar.
-He aquí la pregunta que querría hacer: ¿conocía con anterioridad la detenida a Simón Kartinkin? -
preguntó el fiscal con énfasis y sin mirar a Maslova.
Y, hecha la pregunta, contrajo los labios y frunció las ce
jas. Habiendo repetido la pregunta el
presidente, Maslova lanzó sobre el fiscal miradas de espanto.
-¿A Simón? -dijo ella -.Sí, lo conocía.
-Me
haría falta saber además cuáles eran las relaciones de la acusada y de Kartinkin. ¿Se veían a
menudo?
-¿Que cuáles eran nuestras relaciones? Él me recomen
daba a los viajeros del hotel, pero eso no eran
relaciones -respondió Maslova, pasando alternativamente sus miradas del presidente al fiscal.
-Quisiera saber por qué Kartinkin recomendaba solamen
te a Maslova a los viajeros, excluyendo a
otras muchachas -dijo el fiscal, con los ojos semicerrados y una ligera sonrisa mefistofélica.
-No lo sé. ¿Cómo podría saberlo? -
respondió Maslova, quien detuvo un instante su mirada sobre
Nejludov -Él recomendaba a las que quería.
«¿Me habrá reconocido?», pensaba Nejludov, sintiendo que toda la sangre le subía al rostro. Pero
Maslova no lo había distinguido en el grupo
de los jurados, y en seguida volvió a clavar en el fiscal sus
miradas despavoridas.
-Así, pues, la detenida niega haber tenido relaciones ín
timas con Kartinkin. Está bien. No tengo más
que preguntar.
Y el fiscal, retirando prestamente su codo del pupitre
, se puso a escribir. En realidad, no escribía
nada y se limitaba a pasar su pluma sobre las letras de sus notas; pero había vis
to que después de haber
-¿y después?
-¿Después? Pues me quedé y luego me marché.
hecho una pregunta, los fiscales y los abogados anotaban para sus
discursos puntos de referencia destinados seguidamente a aplastar al respectivo adversario.
El presidente no se dirigió a continuación a la detenida, por
que en aquel momento le pedía al juez de
gafas su aprobación sobre el orden de las preguntas preparadas y anotadas con anticipación:
Y prosiguiendo su interrogatorio, preguntó:
-¿Qué pasó después?
-Volví a casa- continuó Maslova, ya con un poco más de valor y mirando sólo al presidente -
; di el
dinero a la patrona y me acosté. Apenas me había quedado dormida, la mu
chacha Berta me despertó
diciéndome: «iBaja, tu comerciante ha vuelto!» Yo no quería bajar, pero mi patrona me dio la orden de
que lo hiciera. y él estaba allí, en el salón, ofrecien
do bebidas a todas las señoritas; y luego quiso pedir
más vino, pero ya no tenía dinero. (La palabra él
la había pronunciado con un terror evidente.) La
«señora» no quiso fiarle. Entonces él me envió a su habitaci6n del hotel, habiéndome dicho dónde tenía
el dinero y la cantidad que debía coger. y me marché.
El presidente proseguía en voz baja su conve
rsación con el de la izquierda y no había oído nada de lo
que había dicho Maslova; mas, para hacer creer que lo había escuchado todo, creyó que era su deber
repetir las últimas palabras:
-Llegué al hotel e hice exactamente lo que el comerciante me había ordenado- dijo Maslova -
. Entré
en la habitaci6n, pero no entré sola; llamé a Simón Mijailovitch ya ésa también-
añadió señalando a
Botchkova.
-¡Mentira! ¡Lo que se dice entrar, no entré...! -empezó a decir Botchkova; pero le cortaron la palabra.
En presencia de ellos cogí los cuatro billetes rojos ( los billetes rojos eran los de diez rublos-
N del
T.) -contmuó Maslova con aire sombrío y sin mirar a Botchkova.
-Al coger esos cuarenta rublos- intervino de nuevo el fiscal-
, ¿no vio la acusada cuánto dinero había
en la maleta?
A esta pregunta del fiscal, Maslova se estremeció de nuevo. No sabía cómo ni por qué, pero sentía
que aquel hombre quería hacerle daño.
-No conté- dijo Maslova -; vi que no había más que billetes de cien rublos.
-Por tanto, la acusada vio billetes de cien rublos. No tengo más que preguntar.
-Y luego -continuó el presidente, consultando su reloj-, llevó usted el dinero, ¿no?
-Lo llevé.
-¿Y después?
-Después, el comerciante me hizo ir de nuevo a su habitación- dijo Maslova.
-Y bien, ¿como le hizo usted tomar los polvos? -preguntó el presidente.
-Los eché en el aguardiente y se lo di.
-¿ Y por qué se los dio usted?
Ella no respondió en seguida y dejó escapar un profundo suspiro.
-Él no me dejaba nunca. En fin, yo estaba cansada. En
tonces salí al corredor y le dije a Simón
Mijailovitch: «¡Si quisiese dejarme marchar! ¡Estoy tan cansada!» y Simón Mijailo
vitch me dijo:
«También a nosotros nos fastidia. Démosle unos polvos para hacerlo dormir y podrás
irte.» Yo dije:
«Bien», y pensé que eran unos polvos que no causaban daño. Me dio un papel, volví a entrar en la
habitación, y él, que estaba acos
tado detrás del biombo, me mandó que le diese aguardiente. Entonces
cogí la botella que estaba sobre la mesa
; llené dos vasos, uno para él y otro para mí, eché los polvos en
su vaso y se lo di. ¿Cómo iba a dárselos si hubiese sabido lo que era?
-Bueno, ¿y cómo entró usted en posesión del anillo? -preguntó el presidente.
Él mismo me lo dio.
-E
n cuanto llegué a su habitación, quise irme; entonces me dio un golpe en la cabeza y me rompió el
-Usted se marchó. ¿ y qué pasó después?
-¿Cuándo se lo dio?
peine. Me enfadé y quería marcharme; para que
no me fuese se quitó la sortija del dedo y me la
dio.
En aquel momento, el fiscal interino se levantó de nuevo y
, con el mlsmo aire de falsa bonachonería,
pidió autorización para hacer unas nuevas preguntas. Habiendo recibido el per
miso, inclinó la cabeza
sobre el cuello bordado de oro de su uniforme y preguntó:
-Quisiera saber cuánto tiempo permaneció la acusada en la habitación del comerciante Smielkov.
Un espanto súbito se apoderó de nuevo de Maslova. Paseó del. fiscal al presidente una mirada
inquieta y respondió muy aprisa:
-No me acuerdo cuánto tiempo.
-Está bien. Pero, ¿no ha olvidado igualmente la acusada s
i, a su salida de la habitación del
comerciante Smielkov entró en algún otro sitio del hotel?
Maslova reflexion6 un momento:
-Entré en la habitación contigua, que estaba vacía respondió.
-¿Y para qué entró usted allí? -preguntó el fiscal, que se olvidó de dirigirse a ella indirectamente.
-Para arreglarme un poco mientras esperaba un coche.
-¿Kartinkin entró no entro en esa habitación con la acusada?
-Todavía quedaba en la botella aguardiente, que bebimos juntos.
-¡Ah! Bebieron ustedes juntos. Muy bien. ¿y la detenida habló de algo con Simón?
Maslova, de súbito, se ensombreció, se puso púrpura y respondió vivamente:
-
No hablé de nada. Todo lo que hubo, lo he dicho; y no sé nada más. ¡Hagan de mí lo que quieran:
no soy mentirosa, eso es todo!
-No tengo nada más que preguntar-
dijo el fiscal al presidente, con un encogimiento de hombros, y
se apresuró a anotar en el boceto de su discurso que la detenida misma confesaba haber entrado con
Simón en una habitación vacía.
Hubo un silencio.
-¿No tiene usted nada que añadir?
-Lo he dicho todo -repitió Maslova. Luego lanzó un suspiro y se sentó.
El presidente anotó entonces algo en sus papeles. Escuchó una comunicación que le fue hecha al
oído por el juez de la izquierda y declaró suspendida la vista durante veinte minu
tos; luego se levantó a
toda prisa y abandonó la sala.
El asesor que le había hablado era el juez de luenga barba y grandes ojos bondadosos; ese juez se
sentía el estómago un poco revuelto y había expresado el deseo
de darse un masaje y tomar alguna
medicina. Es lo que había dicho al presidente y por lo que éste había suspendido la vista.
Después de los jueces, se levantaron igualmente los juraos, los abogados y los procuradores, con la
conciencia de haber cumplido ya en gran parte una obra importante, y se dispersaron por todos lados.
En cuanto entró en la sala del jurado, Nejludov se sentó ante la ventana y se puso a pensar.
XII
Sí, desde luego era Katucha.
Y las relaciones entre Nejludov y ella habían sido las siguientes:
Él la había visto por primera vez cuando, en su tercer año de universidad se había instalado en casa
de sus tías para preparar allí cómodamente su tesis sobre la propiedad de la tierra. Pasaba ordinariamente
los veranos con su madre y su hermana,
en la finca que la primera poseía en los alrededores de Moscú.
Pero, habiéndose casado su hermana aquel año mismo, su madre había partido al extranjero. Nejludov,
-Entró también.
-¿Y para qué entró?
teniendo que escribir su tesis, se había decidido a pasar el verano en casa de sus tías. Sa
bía que en aquel
retiro encontraría una calma propicia para su trabajo, sin que nada viniera a dis
traerlo. Las viejas
señoritas querían mucho a su sobrino y heredero, y él también las quería y le gustaba la simplicidad de
aquella vida a la antigua usanza.
Se encontraba entonces en aquella disposición de ánimo en
tusiasta propia del joven que por primera
vez reconoce por si mismo y no por indicación de los demás toda la belleza y todo el precio de la vida;
que concibe la posibilidad de una perfección contin
ua, tanto para él como para el mundo entero, y que se
entrega a ella no solamente con la esperanza, sino con la completa certidumbre de alcanzar la perfección
con que sueña. Aquel mismo año, en la universidad, había leído la Social statics de Spencer, y l
a
argumentación de éste sobre la propie
dad rústica le había causado una impresión muy fuerte, sobre todo
en su condición de hijo de una propietaria de grandes fincas. Su padre no había tenido fortuna; pero su
madre había aportado como dote diez mil deciatinas de tierras. y por pri
mera vez comprendía él la
crueldad y la injusticia del régimen de la propiedad rústica privada. Siendo, por naturaleza, de esos que
extraen del sacrificio, realizado en vista de una necesidad social, un alto gozo moral, había de
cidido
inmediata
mente renunciar por su parte al derecho de propiedad sobre su tierra y dar a los campesinos
todo lo que le correspondía de su padre. Sobre ese tema estaba concebida su tesis.
En casa de sus tías, en el campo, llevaba una vida de las más re
gulares. Se levantaba muy temprano,
a veces a las tres de la madrugada, y, antes de la salida del sol, a menudo inclu
so entre la neblina del
alba, iba a bañarse al riachuelo que corría al pie de la colina; luego volvía a la vieja casona, a través de
los p
rados húmedos todavía de rocío. Después de haber tomado café, trabajaba en compulsar
documentos para sus tesis; pero con más frecuencia aún, en lugar de leer o de es
cribir, salía de nuevo y
erraba a través de campos y bosques. Antes del almuerzo descabeza
ba un sueñecito en un rincón del
jardín; durante la comida, divertía y encantaba a sus tías con su alegría comunicativa; seguidamente
montaba a caballo o se paseaba en barca; por la noche se ponía a leer, o bien, en el salón, charlaba con
las viejas señoritas. y como frecuente
mente, en las noches de luna sobre todo, no podía dormir, hasta tal
punto la alegría de vivir tenía en vela a su juven
tud, bajaba al jardín y caminaba por él hasta el alba,
dando rienda suelta a sus fantasías.
Así, apacible y gozosa, había sido su vida durante su pri
mer mes de estancia en casa de sus tías; y
durante ese mes, ni una sola vez había parado la atención en la muchacha, semi
pupila y semidoncella, en
aquella viva y ligera Katucha de ojos negros que convivía con él.
Habiénd
ose criado bajo las alas de su madre, era todavía, a los diecinueve años, tan ingenuo como
un niño. La mujer no evocaba en él otra idea que la del matrimonio; y todas las que, desde su punto de
vista, no podían casarse con él, eran a sus ojos «gentes» y no mujeres.
Ahora bien, aquel mismo verano, el día de la Ascensión, las viejas señoritas recibieron la visita de
una dama vecina, acom
pañada por sus hijos: dos muchachas y un colegial; además, un pintor joven, de
origen campesino, que estaba en casa de ella
. Después del té, la gente joven se divirtió persiguiéndose
por un prado cuya hierba había sido segada recientemente y que se extendía delante de la casa. Habiendo
rogado a Katucha que toma se parte en el juego, llegó un momento en que Nejludov tuvo que c
orrer con
ella. Le gustaba ver a Katucha, pero no se le ocurría que entre ella y él pudiera establecerse alguna
relación particular .
-A esos dos -dijo el alegre pintor -será imposible alcanzarlos -
.Y sin embargo él corría muy bien, con
sus piernas de mujik, cortas y un poco zambas, pero poderosas -.A menos que no tropiecen.
-¡Y no nos alcanzaréis nunca!
-¡Uno, dos, tres!
Dieron la señal con palmadas. Katucha, reteniendo apenas su risa, cambió de sitio con Nejludov, le
agarró la mano con su nerviosa man
ecita y se lanzó ligeramente hacia la izquierda, haciendo oír el frufrú
de su falda almidonada.
También Nejludov corría bien. Pero como le interesaba no dejarse alcanzar por el pintor, se puso a
correr con toda la velocidad que podía. Cuando se volvió, vio que el pintor per
seguía a Katucha y que
ésta, que corría rápidamente, con sus jóvenes y ágiles piernas, lo esquivaba y seguía alejándose ala
izquierda. Había allí un bosquecillo de lilas tras el cual no se había aventurado nadie. Ahora bien,
Katucha miró
a Nejludov y le hizo una señal con la cabeza para que viniese detrás del macizo, adonde él
la siguió en cuanto hubo comprendido. Pero detrás del bosquecillo de lilas se encontraba una zanja
cubierta de ortigas y de cuya existencia él no tenía idea. Tropezó, se pin
chó las manos, se mojó con el
rocío que la proximidad de la noche había puesto ya en las hojas, y cayó en la zanja. Pero se levantó
muy pronto, riéndose, y de un salto volvió a encontrarse en terreno llano.
Katucha, cuyos grandes ojos negros resplandecían como ca
sis húmedos, se 1anzó a su encuentro. Se
abordaron y se tendieron la mano.
-¿Qué ha sido? ¿Se ha pinchado usted? -
le preguntó ella, sonriendo y mirándole a los ojos mientras
con una mano se arreglaba la trenza deshecha.
-No sabía que hubiera una zanja -
respondió Nejludov, sonriendo igualmente y sin soltar la mano de
Katucha.
Y como ella se le había acercado, él, sin saber cómo, acercó su rostro al de la muchacha. Ella no se
apartó y él le estrechó más fuertemente la mano y la besó en la boca.
-¡Vaya una ocurrencia! -
dijo ella, y con un rápido movimiento se soltó la mano y se alejó de
Nejludov.
La muchacha cogió dos ramas de lilas, se golpeó con ellas las ardientes mejillas, lanzó hacia atrás
una mirada a Nejludov y, balanceando vigorosam
ente el brazo, corrió a reunirse con los demás
jugadores.
A partir de aquel momento, las relaciones entre Nejlúdov y Katucha se modificaron. En lo sucesivo,
la situación de ambos pasó a ser la de un muchacho y una muchacha, los dos inocentes e ingenuos y
que
se sienten atraídos el uno hacia eo otro.
Todo se llenaba de sol para Nejludov si Katucha penetraba en la habitación donde él se encontraba o
si distinguía a lo lejos su delantal blanco; todo le parecía lleno de interés, gozoso, importante: la vida
par
a él se transformaba en embriaguez. Por su parte, ella experimentaba una impresión semejante. y no
solamente la presencia o el acercamiento de Katucha producían este efecto sobre Nejludov, sino que el
solo pensamiento de que ella existía lo colmaba de feli
cidad; y también en ella, el pensamiento de que
existía él. y si, por casualidad, recibía él de su madre una carta que lo entristecía; si estaba descontento
de su trabajo o sentía uno de esos accesos de vaga tristeza frecuentes entre los jóvenes, Nejludov
pensaba en Katucha, y su pena se desvanecía inmediatamente.
Katucha estaba muy ocupada en la casa, pero era diligente; le gustaba leer en sus momentos de ocio.
Nejludov le prestó obras de Dostoievski y de Turgueniev que él mismo acababa de leer; el Remanso
de
paz, de Turgueniev, tuvo sobre todo la virtud de encantarla. Varias veces al día, cuando se encontra
ban
en el corredor, en el balcón, en el patio, cambiaban algu
nas palabras; y a veces, Katucha, que vivía con
la anciana Matrena Pavlovna, camarera de las dos señoritas, era acom
pañada por Nejludov a la
habitación que ocupaban las dos sirvientas, y allí tomaban el té. y los dos extraían un encanto delicioso
de esas conversaciones en presencia de Matrena Pav
lovna. Pero cuando se encontraban solos, sus
c
onversaciones languidecían: Sus ojos inmediatamente se ponían en desacuerdo con sus labios y
mantenían un lenguaje más grave: entonces sus bocas se callaban; sentían que los invadía la desazón y
se apartaban inmediatamente.
Todo el tiempo que Nejludov pasó en casa de sus tías se des
lizaron así las nuevas relaciones entre
los dos jóvenes. Pero las señoritas se dieron cuenta; se inquietaron por ello y creye
ron que era su deber
informar por carta a la princesa Elena Ivanovna, madre de Nejludov. La tía María
Ivanovna temía
una.relación galante entre Dmitri y Katucha: ¡temor muy qui
mérico! Desde luego, Sin darse cuenta,
Nejludov amaba a Katucha, pero como aman los inocentes; y su amor era la prin
cipal salvaguardia
contra una caída de uno u otro. No sólo no te
nía deseo de poseerla físicamente, sino que una especie de
terror lo invadía ante el solo pensamiento de que eso fue
ra posible. La otra tía, Sofía Ivanovna, tenía un
temor diferente. De espíntu más poético y conociendo el carácter entero y resuelto de su
sobrino, tenía
miedo de que se le ocurriese el pensamiento de casarse con la muchacha a pesar del origen y de la
condición social de ésta. y este temor no dejaba de tener sus fundamentos.
Si Nejludov mismo hubiese tenido conciencia de su amor por Katucha
y hubiesen tratado de
persuadirlo de la imposibili
dad en que se encontraba de unir su destino con el de la joven, seguraemente,
con su franqueza habitual, habría decidido que nada impediría su casamiento con cualquier muchacha
que fuese, con tal que él la
amase. Pero sus tías no le participaron sus temores, y se marchó sin darse
cuenta de su amor por Katucha.
Estaba convencido de que el amor que sentía por ella era más que una manifestación de la alegría de
vivir que llenaba todo su ser y que era compartid
a por aquella muchacha gozosa y encantadora. Pero
cuando, el día de su partida la vio de pie en la escalinata, al lado de sus tías, cuando vio los grandes ojos
negros llenos de lágrimas, clavados tiemamente en él, tuvo sin embargo la impresión de que aquel
día
abandonaba algo muy bello que no volvería a encontrar jamás. y una dolorosa tristeza lo invadió.
-¡Adiós, Katucha, y gracias por todo! -
le murmuró tras el gorrito de Sofía Ivanovna, antes de subir
en el coche que iba a llevárselo.
-¡Adiós, Dimitri Iva novitch!- dijo ella con su voz acariciadora.
Luego, esforzándose en reprimir las lágrimas que empezaban a correrle de los ojos, huyó a la
antecámara para llorrar allí a sus anchas.
XIII
Tres años pasaron antes de que Nejludov volviese a ver a Katucha. y
cuando volvió a verla, durante
un alto que hizo en casa de sus tías, cuando iba a incorporarse a su regimiento, pues acababa de ser
nombrado oficial, era ya un hombre muy diferente del que había pasado el verano, tres años antes, en
casa de las ancianas señoritas.
En otros tiempos había sido un muchacho leal y desinte
resado, siempre dispuesto a entregarse de
todo corazón a lo que pensaba que era el bien; hoy no era más que un egoísta refinado, un libertino que
no amaba más que su placer. En otros tiempos,
el mundo divino se le aparecia como un enigma que él se
esforzaba en descifrar con un gozoso entusiasmo; ahora, todo en esta vida era para él simple y claro,
todo le pa
recia subordinado a las condiciones del medio ambiente. En otros tiempos consideraba
importante y necesario la comunión con la naturaleza, con los hombres que habían vivido, pensa
do y
sentido antes que él (filósofos y poetas); ahora consideraba necesarias e importantes las instituciones
humanas y la compenetración con sus camaradas. En ot
ros tiempos, la mujer era a sus ojos una criatura
misteriosa y encantadora, que extraía su encanto de su misterio mismo; ahora, la mujer, cualquier mu
jer,
exceptuando a sus parientes o a las mujeres de sus amigos, tenía según él un sentido muy definido:
era
únicamente el instrumento de un goce ya apreciado y que era el que más le agradaba. En otros tiempos
no tenía necesidad alguna de di
nero; apenas gastaba la tercera parte de la asignación que le entregaba su
madre; podía renunciar a la herencia paterna
y dársela a los campesinos; ahora hallaba insuficientes los
mil quinientos rublos mensuales dados por su madre y ya había tenido con ella desagradablés
explicaciones sobre asuntos de dinero. En otros tiempos consideraba que su ser espiritual era su
verdadero yo; ahora consideraba como su yo su ser bestial, sano y vigoroso.
Y la transformación tan profunda que se había operado en él provenía simplemente de que había
abandonado su creencia en sí mismo en provecho de su creencia en los demás. y la causa de es
te cambio
de creencia se fundaba en que vivir cre
yendo en sí mismo le parecia demasiado difícil, porque para vivir
creyendo en sí mismo tenía que decidirse no en favor de su yo
animal, únicamente preocupado por el
placer, sino casi siempre en contra de él
; mientras que al vivir creyendo en los demás se ahorraba tener
que decidir nada, pues todo se encontraba decidido de antemano contra su yo moral, en bene
ficio de su
yo animal. Más aún, su creencia en sí mismo lo exponía sin cesar a la desaprobación de
los hombres;
creyendo por el contrario en los demás, estaba seguro de merecer el elogio de quienes lo rodeaban.
Así., cuando los pensamientos, las aventuras o las palabras de Nejludov versaban sobre Dios, la verdad,
la riqueza o la pobreza, todos los que él frecuentaba juzgaban sus preocupacio
nes irrazonables, a
menudo ridículas; con una benévola ironía, su madre y sus tías lo llamaban «nuestro querido filósofo»; y
cuando, por el contrario, leía novelas, contaba anécdotas escabrosas o citaba detalles sobr
e el vodevil
representado en el Teatro Francés, todo el mundo lo aplaudía y lo encontraba encantador. Si, creyendo
que era su deber limitar sus necesi
dades, llevaba un abrigo usado o se abstenía de beber vino, todo el
mu.ndo lo tachaba de originalidad que
tenía por móvil la vanagloria y el deseo de singularizarse; pero,
por el con
trario, cuando el dinero gastado en sus placeres excedía de sus recursos, bien en las cacerías,
bien en el lujo con que había adornado su despacho, todos alababan su buen gusto
y le daban objetos de
valor. Cuando era casto y experimentaba el deseo de seguir siéndolo hasta su casamiento, su familia
entera temblaba por su salud; por el contrario lejos de entristecerse su madre casi se había alegrado al
enterarse de que ya se ha:bía
convertido en hombre y que acababa de quitarle a uno de sus camaradas
una cierta dama francesa. En cuanto al episodio de lo que había podido pasar con Katucha y en las
veleidades que había tenido Nejludov de casarse con ella, la princesa no podía pensar en eso sin terror.
Igualmente, cuando Nejludov había dado a los campesinos la pequeña finca que había heredado de
su padre, porque la po
sesión de la tierra le parecía una injusticia, su decisión había dejado estupefactos a
todos sus familiares y conocidos, que acu
dieron a hacerle reproches y a gastarle bromas sin cuento. Le
habían repetido hasta la saciedad que, lejos de enriquecerlos, el regalo hecho por él a los campesinos los
había empobrecido, que habían montado tres tabernas en su pueblo y habían dej
ado en absoluto de
trabajar. Por el contrario, cuando su entrada en el regimiento de la Guardia le había abierto las puertas de
la alta aristocracia y había empezado a gastar tan
to dinero, que su madre había tenido que tomar un
anticipo Sobre su capital,
la princesa Elena Ivanovna apenas se había contristado, considerando que era
natural e incluso convenien
te para él vacunarse así contra la enfermedad de la locura de la juventud, y
eso en buena con'tpañía.
Al principio, Nejludov había presentado cierta r
esistencia a aquel nuevo género de vida; pero la
lucha le resultaba muy difícil, porque todo lo que él tenía por bueno, cuando creía en sí mismo, era
tenido por malo por los demás, en tanto que, a la inversa, lo que le parecía malo lo declaraba excelente
l
a gente que lo rodeaba. Por eso acabó cediendo: había dejado de creer en sí mismo para empezar a creer
en los demás. Muy al principio, esta capitulación ante sí mismo le había resultado desagradable; pero
esta primera impresión fue pasajera; había comenza
do a fumar y a beber vino, y como aquel sentimiento
penoso había desaparecido por sí mismo, se sintió como aliviado de un peso.
Desde entonces, con su naturaleza apasionada, Nejludov se había entregado por entero a aquella vida
nueva que era la de su medio
ambiente y había ahogado por completo en él la voz que reclamaba otra
cosa. Su llegada a Petersburgo mar
có el principio de ese cambio que cu1minó al ser admitido en el
regimiento de la Guardia.
En general, el servicio militar es disolvente, desde el mome
nto en que pone a los hombres en
condiciones de completa ociosidad. El honor especial del regimiento, del uniforme, de la bandera, al
mismo tiempo que el poder discrecional de los jefes y la sumisión de los subordinados, ocupan el lugar
del trabajo útil y de los deberes impuestos a todos los hombres.
Pero cuando, a este disolvente contenido en el servicio mi
litar mismo, desde el punto de vista
general, con su honor del regimiento, del uniforme y de la bandera y la autorización de la violencia y del
asesina
to, viene a añadirse el de la riqueza y el del contacto con la familia imperial ( como sucede en los
regimientos de la Guardia, donde sirven solamente los oficia
les ricos y nobles), resulta de ello un estado
de egoísmo insensato. y en este estado se enco
ntraba Nejludov después que se había hecho oficial y que
vivía como sus camaradas.
No había más que hacer sino ponerse un bonito uniforme bien confeccionado por otros; un casco y
armas, igualmente hechos, limpiados y servidos por otros; caracolear sobre un so
berbio caballo, nutrido
y educado también por otros; galopar con sus camaradas, blandir el sable, disparar tiros y enseñar este
oficio a otros hombres. Ésa era toda la tarea, y los colo
cados en más altos lugares: jóvenes y viejos, el
zar, su camarill
a, todos, no solamente aprobaban esta ocupación, sino que la alababan y se mostraban
agradecidos por la misma. Se consideraba, además, bueno e importante gastar el dinero sin pro
fundizar
en sus orígenes, comer y sobre todo beber en los círculos de oficia
les o en los establecimientos más
caros; luego, los teatros, los bailes, las mujeres; de nuevo la galopada y el molinete del sable; y una vez
más el dinero tirado a manos llenas, el vino, las cartas y las mujeres.
Un paisano que llevase una vida semejante no podría me
nos de sentir vergüenza en el fondo. Los
militares, por el con
trario, consideran esa vida como absolutamente indispensable y se glorían de ella,
sobre todo durante la guerra, como le ocurría a Nejludov, que había entrado en el servicio despu
és del
comienzo de las hostilidades contra Turquía.
«¡Estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida!, y, por con
siguiente, esta vida despreocupada y
alegre que llevamos es no solamente excusable, sino incluso indispensable para nosotros. Por eso es la
que llevamos.»
Tal era el razonalniento inconsciente de Nejludov en este período de su vida; y gozaba viéndose
liberado de todos los frenos morales a los que se había atenido en su juventud, con lo que no cesaba de
dejar que se consumase en él un verdadero estado de locura egoísta.
Y en ese estado se hallaba cuando, después de tres años, volvió junto a sus tías.
XIV
Nejludov se había parado en casa de sus tías primeramente porque la finca de éstas se encontraba en
la ruta que él tenía que seguir para incorporarse a su regimiento; después, porque las dos viejas señoritas
se lo habían suplicado encarecidamente; pero a él mismo lo que le interesaba sobre todo era volver a ver
a Katucha. Quizá llevaba de antemano, en el fondo de su alma, respecto a la muchacha, un mal designio
dictado por el instinto animal predominante en él; en cualquier caso, no se lo confesaba, y lo único que
se confesaba era su deseo de volver a encontrarse en los lugares testigos de la felicidad que había
experimentado con ellas, y volverla a ver, y volver a ver a sus tías, personas un poco ridículas, pero
amables y buenas y que siempre lo habían envuelto en ternura y admiración.
Llegó a finales de marzo, un Viernes Santo, en pleno deshielo, con una lluvia torrencial, tanto que al
acercarse a la casa se sentía mojado y empapado, pero valiente y muy en forma, como lo estaba siempre
en aquel período de su vida.
«Con tal que ella siga todavía aquí!», pensaba al penetrar en el patio, todo lleno de nieve fundida, y
al distinguir la vieja mora
da y el muro de ladrillos que rodeaba el recinto y que él conocía tan bien. Se
había forjado la esperanza de que, en cuanto ella oyese la campanilla, correría a recibirlo en la
escalinata, pero en su lugar aparecieron dos mujeres, con los pies descalzos y
las faldas arremangadas,
que llevaban cubos y estaban ocupadas sin duda alguna en fregar el suelo. Ni el me
nor rastro de
Katucha. y Nejludov vio solamente avanzar a su encuentro al viejo lacayo Tijon, él también con
delantal, y que evidentemente acababa
de suspender alguna operación de limpieza. En la antecámara fue
recibido por Sofía Ivanovna, con vestido de seda y sombrero.
-¡Qué amable has sido viniendo! -exclamó Sofía Ivanovna besándolo -.Machegnka ( diminuto de
María, N del T.) está un poco malucha; esta mañana se ha cansado en la iglesia. Nos hemos confesado.
-Tía Sonia (diminuto de Sofía, N del T.), le deseo unas felices fiestas -dijo Nejludov, besándole la
mano -.¡Perdóneme, la he mojado!
-¡Ve ahora mismo a cambiarte a tu habitación! Estás empapado. ¡Si ya tienes bigote...! ¡Katucha,
pronto, Katucha, que le preparen café!
-¡Inmediatamente! -
respondió, desde el corredor, una voz, tan agradablemente conocida por
Nejludov. y el corazón de éste latió gozosamente. ¡Ella aún seguía allí!
Y era como si el sol se hubiese mostrado entre las nubes, Alegremente, Nejludov siguió a Tijon,
quien lo condujo a la misma habitación donde se había alojado en otros tiempos.
Le habría gustado preguntar al sirviente cómo estaba Katucha, lo que hacía, si tenía novio. P
ero
Tijon se mostraba a la vez tan respetuoso y tan digno, insistía tanto para echar él mismo agua de la jarra
sobre las manos de Nejludov, que éste no se atrevió a hacerle preguntas sobre la muchacha, y se limitó a
interesarse por los nietecitos del criad
o, por el viejo caballo de su hermano, por el perro guardián
Polkan. Todo el mundo estaba con vida y con buena salud, excepto Polkan,
afectado por la rabia el año
anterior.
Mientras Nejludov se cambiaba de traje, oyó unos pasos rápidos en el corredor y lue go llamar a la
puerta. Nejludov reconoció los pasos y la forma de llamar: sólo ella andaba y llamaba de esta forma.
Se echó a toda prisa sobre los hombros su abrigo completamente empapado; luego se acercó a la
puerta y gritó:
-¡Entre!
Era ella, Katucha, s
iempre la misma, pero más encantadora que en otros tiempos. Como antes, sus
negros ojos bizqueaban ligeramente, brillaban y reían; y, como antes, llevaba un de lantal blanco de una
limpieza incomparable. Venía a traerle, de parte de su tía, un jabón perfum
ado al que hacía un momento
le habían desgarrado la envultura; una toalla esponja y otra mayor, de tela, con bordados rusos. y el
jabón, acabado de sa
lir de su envoltura, con sus letras en relieve, y las toallas, y la misma Katucha, todo
estaba igualmente limpio, fresco, intacto y delicioso. Los labios de la muchacha, rojos, fuertes, encan-
tadores, se plegaban como antes, con una alegría desbordante, a la vista de Nejludov.
-¡Bienvenido, Dmitri Ivanovitch! -dijo ella con un ligero esfuerzo, y su rostro se ruborizó.
-¡Te saludo...! ¡La saludo...! -No sabía si debía hablar
le de «tú» o de «usted», y también él sintió que
se ruborizaba -.¿Cómo está usted?
-Bien, a Dios gracias. Su tía le manda su jabón preferido, el de rosa -
dijo ella dejando el jabón en la
mesa y colocando después las toallas sobre el respaldo de una silla.
-
Ellos tienen los suyos ( Por deferencia, los sirvientes rusos hablan de sus amos en tercera persona y
en plural ) -protestó solemnemente Tijon, señalando con el dedo un gran neceser con
cerraduras de plata
lleno de frascos, brochas, polvos, perfumes y de instrumentos de aseo.
-Déle las gracias a mi tía. ¡ Y qué contento estoy de haber venido! -
añadió Nejludov, sintiendo que
en el fondo de su alma todo volvía a ser dulce y luminoso como en otros tiempos.
Katucha sonrió, y ésa fue su respuesta; luego abandonó la habitación.
La acogida que hicieron a Nejludov sus tías, quienes siem
pre lo habían adorado, fue esta vez más
solícita aún que de costumbre. ¡Dmitri, que se iba a la guerra, podía resultar he
rido, muerto! Esto las
emocionaba.
La primera intención de Nejludov había sido detenerse allí solamente un día; pero, al volver a ver a
Katucha se decidió a quedarse junto a ella hasta el día de Pascua, y como había quedado citado con su
camarada Schönbok en Odessa, le tele
grafió que sería mejor que viniera a reunirse con él en casa de sus
tías.
Desde el primer instante en que volvió a ver a la mucha
cha, Nejludov sintió renacer en él el
sentimiento de antes. Como en otros tiempos, no podía impe
dir una sincera emoción cuando veía el
delantal blanco de Katucha; ni oír sin placer su voz, su risa, el ruido de sus pasos; ni soportar con
indiferencia, sobre todo cuando ella sonreía, la mirada de sus ojos ne
gros como casis humedecidos;
igualmente, y aún más que antaño, no podía, sin turbarse, verla ruborizarse en su presen
cia. Se sentía
enamorado, pero no ya como en los tiempos en que su amor era para él un misterio, cuando no osaba
confesárselo a sí mismo, cuando tenía la convicción de que no se p
odía amar más que una vez; ahora
sabía que estaba enamora
do y se alegraba de ello y, siempre tratando de no pensar en eso, sabía también
en qué consistía este amor y sus resultados posibles.
Como en todos los seres humanos, en Nejludov había dos hombres:
uno, el hombre moral que
buscaba su bien en el bien de los demás; otro, el hombre animal, que busca tan sólo su bien personal a
costa del de todos los demás. y en el período de locura egoísta provocado en él por la vida en Pe-
tersburgo y por la vida militar, el hombre animal había ad
quirido suficiente ventaja para ahogar las
necesidades del alma. Sin embargo, cuando volvió a ver a Katucha y sus antiguos sen
timientos respecto
a ella se despertaron, el hombre moral alzó de nuevo la cabeza y reclamó sus dere
chos. Esto fue la causa
de una lucha inconsciente, pero sin tregua, que se libró en él durante estas dos jornadas que precedieron
a las Pascuas.
En lo íntimo de su alma, él sabía que su obligación era marcharse y que obraba mal al prolongar su
estancia en
casa de sus tías; sabía que nada bueno podría salir de ello; pero en vista del placer y la
alegría experimentados, imponía silencio a su conciencia y permanecía allí.
El sábado por la tarde, víspera de Pascuas, el sacerdote, acompañado del diácono y del sa
cristán,
vinieron para celebrar maitines; hablaron de todas las fatigas que habían tenido que soportar para
franquear en trineo las charcas producidas por el deshielo durante el camino de tres verstas que separaba
la iglesia de la casa de las ancianas señoritas.
Nejludov, con sus tías y todos los sirvientes, asistió a la ceremonia. No
dejó de examinar a Katucha,
quien permanecía junto a la puerta, el incensario en la mano. y cuando, siguien
do la costumbre, hubo
cambiado con el pope, y luego con sus tías, l
os tres besos, y cuando estaba a punto de regresar a su
habitación, oyó en el corredor la voz de Matrena Pavlovna, la vieja camarera; y ésta decía que se
preparaba a ir a la iglesia con Katucha para asistir a la bendición del pan pascual. «¡También yo iré
!», se
dijo Nejludov.
El camino estaba tan intransitable, que no se podía soñar siquiera en ir a la iglesia ni en coche ni en
trineo. Por eso Nejludov hizo ensillar el viejo caballo, aquel al que llamaban «el potro del hermano», y,
en lugar de irse a acost
ar, se puso su brillante uniforme, se colocó su capote de oficial y, sobre el viejo
caballo demasiado nutrido, pesado, relinchando sin ce
sar en medio de la noche, a través de la nieve y del
fango, se dirigió a la iglesia del pueblo.
XV
Aquella misa nocturna debía marcar uno de los recuer
dos más duraderos y radiantes en la vida de
Nejludov.
Cuando, después de una larga carrera a través de las tinieblas, alumbradas solamente, a trechos, por
el reflejo blanco de la nieve, penetró por fin, cabalgando el pot
ro, que movía las orejas al ver las
lamparitas encendidas alrededor de la iglesia, en el patio de ésta, el servicio había comenzado ya.
Al reconocer en el jinete al sobrino de María Ivanovna, los campesinos lo condujeron a un sitio seco,
donde pudo apearse, le recogieron el caballo y le abrieron las puertas. de la iglesia, ya llena de gente.
A la derecha estaban los mujiks.
Los viejos, con caftanes confeccionados en casa, los pies rodeados
de tiras de tela blanca y calzados con alpargatas hechas de corteza
de tilo nuevo. Los jovenes, con
caftanes de paño nuevo, ceñidos los riñones con una faja clara, y en los pies grandes botas. A la
izquierda es
taban las mujeres, tocadas con pañolones de seda vestidas con justillos de terciopelo de
mangas rojo vivo faldas azules ver
des, rojas, y calzadas con zapatos herrados: Las de más edad,
modestas, con sus pañolones blancos y sus caftanes grises, se habían colocado en el fondo. Entre ellas y
las mujeres mejor vestidas se alineaban los niños, muy arregladitos, con los ca
bellos untados de aceite.
Los mujiks
se santiguaban haciendo grandes ademanes y ceremoniosos saludos, echando hacia atrás su
cabellera cuando se incorporaban; las mujeres, sobre todo las viejas, miraban obstinadamente el icono
rodeado de cirios, apoyaban
vigorosamente sus dedos cruzados por turnos sobre la frente, los hombros y
el vientre, mascullando oraciones, se inclinaban y se ponían de rodillas. Imitando a las personas
mayores, los niños rezaban con fervor, sobre todo cuando las miradas se posaban en
ellos. El iconostasio
o biombo de oro lanzaba un raudal de luz en medio de los cirios envueltos en oro. De la misma manera
el gran candelabro estaba todo guar
necido de velas. Cantores de buena voluntad formaban dos coros en
que el mugido de los bajos se acompasaba con el soprano agudo de las voces infantiles.
Nejludov avanzó hasta la primera fija. La aristocracia ocupaba el centro, representada por un
propietario rural del país, con su mujer y su hijo, este último vestido de marinero; luego el comisario
de
policía rural, el telegrafista, un comerciante calzado con botas altas y el alcalde del pueblo con su
medalla al cuello; ya la derecha de la tribuna-
púlpito, detrás de la mujer del propietario, Matrena
Pavlovna, con un vestido de colores cambiantes, cub
iertos los hombros con un chal ribeteado por una
banda blanca. Cerca de ella, Katucha, con vestido blanco plisado, ceñido el talle por un cinturón azul, y
con un lazo rojo en sus negros cabellos.
Todo tenía aire de fiesta; todo era solemne, alegre y encan
tador: los sacerdotes, con su casulla de
plata, cortada por una cruz de oro; el diácono y el sacristán, con sus estolas bor
dadas de oro y de plata;
los cantos de alegría de los sochantres aficionados, de relucientes cabellos; las bendiciones repetidas del
sacerdote, que elevaba el cirio por encima de los fieles; la manera como todo el mundo salmodiaba
muchas veces: «¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!» Todo eso era bello, pero más bella aún era
Katucha, con su vestido blanco, su cinturón azul, su
lazo rojo en sus negros cabellos y sus ojos
encendidos de alegría.
Nejludov comprendió que ella lo veía sin volverse. Vio eso al pasar muy cerca de ella para ir hacia el
altar. No teniendo por qué hablarle, se las compuso sin embargo para decirle:
-Mi tía
la avisa que se comerá después de la misa final. Como siempre, en cuanto Katucha divisó a
Nejludov, su joven sangre le afluyó al rostro y sus negros ojos se detuvieron en él risueños, dichosos, en
una mirada ingenua de arriba abajo.
-Sí, ya lo sé- respondió ella.
En aquel momento, el sacristán, que atravesaba por entre la muchedumbre con un jarrón de cobre,
pasó cerca de la mu
chacha y, sin verla, la rozó con su estola. Por deferencia había querido borrarse ante
Nejludov y así había rozado a Katucha. Pero
Nejludov se quedó estupefacto al ver que el sacristán no
comprendía que todo lo que existía en la iglesia, en el mundo, no existía más que para Katucha y que
ella sola, centro del universo entero, no debía pasar inadvertida. Para ella brillaba el oro del i
conostasio,
ardían los cirios del candelabro; para ella subían todos aquellos cantos de alegría: «¡La Pascua del
Señor! ¡Humanos, alegraos!». Y todo lo que era hermoso y bueno en la tierra era para Katucha, y
Katucha debía comprenderlo así, porque Nejludov lo sentía al ver las formas es
beltas de la joven,
moldeadas en su vestido blanco plisado, y su rostro lleno de alegría recogida, diciéndole que todo lo que
cantaba en él debía también cantar en ella.
En el intervalo entre la misa nocturna y la misa de la
aurora, Nejludov salió de la iglesia. Delante de
él, la muche
dumbre se apartaba y lo saludaba. Algunos lo reconocían; otros preguntaban: «¿Quién es?»
Se detuvo en el atrio. Los mendigos lo rodearon; les distribuyó todo el dinero menudo que llevaba en el
portamonedas y bajó la escalera del patio.
Ya el alba empezaba a despuntar, pero el sol no aparecía aún. Los fieles iban a sentarse entre las
tumbas que rodeaban la IglesIa. Katucha se había quedado en el interior, y Nejludov se detuvo para
aguardarla.
Hac
iendo resonar los clavos de las botas sobre las losas, la multitud continuaba saliendo y se
diseminaba por el patio y por el cementerio de la iglesia.
Un viejo de cabeza bamboleante, antiguo pastelero de María
Ivanovna detuvo a Nejludov y lo besó
tres vece
s; luego su mujer, una viejecita toda arrugada, cubierta la cabeza con un pañuelo de seda, le
tendió un huevo teñido de amarillo azafrán. Detrás de ellos, un joven y vigoroso mjik,
vestido con un
caftán nuevo con un cinturón verde, se acerco sonriendo.
-¡Cristo ha resucitado! -
dijo con una mirada risueña y bondadosa; y pasando los brazos por el cuello
de Nejludov, cosquilleándole el rostro con su. corta barba rizada, mIentras lo impregnaba con su olor
especial y sano de mujik, lo besó tres veces en plena boca con sus labios fuertes y frescos.
Mientras Nejludov se besaba con el mujik
y recibía de él un huevo teñido de color de ladrillo, vio salir
de la iglesia el vestido tornasolado de Matrena Pavlovna y la querida cabecita negra de lazo rojo.
Inmediatament
e Katucha lo divisó, a pesar de la mucheumbre que los separaba; y él vio cómo se le
aclaraba el rostro.
En el atrio, la joven se detuvo para dar unos céntimos a los mendigos. Uno de ellos, que se le acercó,
tenía una gran llaga roja en lugar de nariz. Ella
cogió algo de su vestido, luego avanzó hacia él y lo besó
tres veces, sin repulsión, con el mismo centelleo en los ojos. Al mismo tiempo sus ojos se encontra
ron
con los de Nejludov; y era como si le hubiesen preguntado: «¿Está bien lo que estoy haciendo
«¡Desde luego, mi bienamada, todo está bien, todo es hermoso, te amo!»
Las dos mujeres bajaron los escalones, y Nejludov avanzó hacia ellas. Su intención no era desearles
la Pascua, pero no podía impedir acercarse a Katucha.
-¡Cristo ha resucitado! -di
jo Matrena Pavlovna con una señal de cabeza, una sonrisa y una voz que
demostraban la igualdad de todos aquel día; luego se secó la boca con el pañuelo y se la ofreció a
Nejludov.
-¡Verdaderamente resucitado! -respondió él, y la besó.
Lanzó una mirada a Katucha, que enrojeció y vino a colcarse muy cerca de él.
-¡Cristo ha resucitado, Dmitri Ivanovitch!
-¡Verdaderamente resucitado! -
dijo él. Se besaron dos veces y se detuvieron, preguntándose si
debían continuar; e inmediatamente, habiendo decidido que sí
debían, se besaron una tercera vez, y los
dos sonrieron.
-¿No van ustedes a casa del sacerdote? -preguntó Nejludov.
-No, esperaremos aquí, Dmitri Ivanovitch -dijo ella, haciendo un esfuerzo para hablar.
El pecho se le levantaba febrilmente; ella no dejaba
de mirarlo a los ojos con sus ojos sumisos,
vírgenes y amantes.
En el amor entre hombre y mujer sobreviene siempre el minuto en que este amor alcanza su apogeo
y no tiene ya nada de premeditado ni de sensual. Nejludov había conocido ese minuto en aquella
noche
de la resurrección de Cristo. Aho
ra, sentado en la sala del jurado, si trataba de rememorar todas las
circunstancias en que había visto a Katucha, se alzaba aquel minuto único borrando todo el resto: la
negra cabecita cuidadosamente peinada, con su
lazo rojo, su vestido blanco plisado, moldeando su talle
virgen y esbelto y su pecho naciente, y aquel rubor, y aquellos ojos negros radiantes y tiernos, y, en todo
su ser, los dos rasgos principales: la pureza de su amor virginal, no solamente hacia él,
él lo sabía, sino
hacia todos y hacia todo; no solamente hacia lo que había de bueno en el mundo, sino también hacia
aquel mendigo al que había besado.
Ese amor, él lo sentía aquella noche en ella como en él mismo; y sentía que ese amor los fundía a los
dos en un ser único.
«¡Ah, si hubiese podido perdurar en el sentimiento experimentado aquella noche! Sí -
cavilaba,
sentado ante una ventana en la sala del jurado-
, todo lo que ocurrió de terrible entre nosotros no llegó
sino después de aquella noche aniversario de la resurrección de Cristo.»
XVI
Al regreso de la iglesia, Nejludov comió con sus tías. Para reaccionar contra la fatiga, siguiendo una
costum
bre contraída en el regimiento, bebió varios vasos de aguardiente y de vino. Luego se retiró a su
habitación, se tendió en la cama sin desnudarse y se quedó dormido inmedia
tamente. Lo despertó un
golpe dado a la puerta, y la manera de golpear le indicó que era ella. Saltó de la cama frotándose los
ojos.
-Katucha, ¿eres tú? ¡Entra! -dijo él.
Ella entreabrió la puerta.
-Lo llaman para comer dijo
Llevaba su mismo vestido blanco, pero no el lazo en los cabellos.
Ella lo miraba a los ojos, el rostro radiante, como si le hubiesen anunciado alguna cosa
extraordinariamente feliz.
-Ahora mismo voy- respondió, cogiendo un peine para ponerse en orden los cabellos.
Ella permaneció todavía unos minutos sin decir nada. Él, dándose cuenta, tiró el peine y se lanzó
bruscamente hacia ella. Pero, en el mismo instante, ella se volvió con un movimiento ligero y se deslizó,
con paso rápido, por la alfombra del corredor.
«¿Cómo he podido ser tan imbécil como para no retenerla?», pensó Nejludov.
Y corrió detrás de ella por el pasillo.
Él mismo no sabía lo que quería de la muchacha. Pero tenía la impresión de no haber hecho, cua
ndo
ella había entrado en su cuarto, lo que habría hecho todo el mundo.
-¡Katucha, espérate! -le dijo.
Ella se volvió y preguntó, deteniéndose:
-¿Qué pasa?
-No pasa nada; únicamente...
Y, haciendo un esfuerzo. sobre sí mismo, recordando cómo obraban todos
en casos parecidos, le
pasó el brazo alrededor del talle.
Ella le miró fijamente a los ojos.
-No está bien, Dmitri Ivanovitch, no está bien dijo, poniéndose toda roja ya punto de llorar.
Luego, con su nerviosa manecita, apartó el brazo que la había enlazado..
Nejludov la soltó. Tuvo de pronto una sensación de males
tar y de vergüenza, más aún, de
repugnancia contra sí mismo. En aquel instante decisivo habría debido creer en él mis
mo; pero no
comprendió que esa vergüenza y esa repugnancia eran el mejor se
ntimiento de su alma; por el contrario,
se imaginó que sólo su estupidez hablaba en él y que su deber era hacer como hace todo el mundo.
Persiguió de nuevo a Katucha, la volvió a agarrar por el talle y le deslizó un beso en el cuello. Pero
ese beso no se p
arecia en nada a los dados en dos ocasiones anteriores: el primero, inconsciente, tras el
bosquecillo de lilas; luego, los de aquella mañana, en la iglesia. En este momento su beso tenía algo de
terrible, y ella lo comprendió.
-Pero, ¿qué hace usted? -excl
amó ella con espanto, como si hubiese destruido para siempre algo
infinitamente precioso; y huyó a todo correr.
Nejludov llegó al comedor. Encontró allí, ya sentados a la mesa, a sus tías vestidas con sus mejores
galas, al médico y a una vecina. Todo trans
currla como de ordinario, pero en el alma de Nejludov rugía
la tempestad. No comprendía nada de lo que se le decia, respondía equivocadamente y no pensaba más
que en el beso robado a Katucha, no pudiendo pensar en ninguna otra cosa. Cuando ella entró en el
comedor, él no levantó los ojos hacia ella, pero todo su ser sentía, aspiraba su presencia, y tenía que
hacer un esfuerzo para no mirarla.
Después de la comida volvió a su habitación. Muy con
movido, caminó largo rato de arriba abajo, el
oído al acecho de los rumores de la casa, esperando el paso de Katucha. No sola
mente el animal que
estaba en él había levantado la cabeza, sino que había pisoteado al ser espiritual que había existido en
Nejludov cuando su primera estancia y todavía aquella mañana en la
iglesia. y esta temible bestia
humana reinaba ahora en su alma. Pero, aunque no cesase de espiar a Katucha, no pudo, ni una sola vez
durante el día, encontrarse a solas con ella. No cabía duda de que ella lo esquivaba. Pero, hacia el
anochecer, se vio obli
gada a entrar en una habitación contigua a la que él ocupaba. Habiendo consentido
el médico en quedarse hasta el día siguiente, la joven había recibido la orden de prepararle una
habitación donde pasar la noche. Al ruido de sus pasos, Nejludov, caminando q
uedamente y reteniendo
el aliento, como si fuera a cometer un crimen, se deslizó en la habitación donde ella estaba.
Ella tenía las manos metidas en una funda a fin de introducir allí la almohada. Se volvió hacia
Nejludov y sonrió, pero no con aquella sonr
isa gozosa y confiada de otros tiempos, sino con una sonrisa
temerosa, angustiada. Parecía decirle a Nejlu
dov que lo que hacía estaba mal, y éste se detuvo un
instante. En aquel momento la lucha aún era posible. Muy débilmente, él oía la voz de su verdade
ro
amor, que le hablaba de ella de sus sentimientos para con ella, de la vida de ella.
Pero otra voz le decía:
«¡Ten cuidado, vas a dejar escapar tu felicidad, tu
placer!». Y la última voz ahogó a la primera. Con
paso resuelto, avanzó hacia la joven, obedeciendo a un sentimiento bestial, irresistible.
Teniéndola ceñida en un sólido abrazo, sintió que era nece
sario hacer algo más; y la sentó en la cama
y él se sentó junto a ella.
-¡Dmitri Ivanovitch, querido, por favor, déjeme! -murmuró ella con voz suplicante -
¡Ahí viene
Matrena Pavlovna! -exclamó desprendiéndose bruscamente.
En efecto, alguien venía.
-¡Escucha! -le susurró Nejludov -. Iré a reunirme contigo por la noche. Estarás sola, ¿verdad?
-¿Qué dice. usted? ¡Nunca en la vida! ¡No está bien! -decían
sus labios; pero toda su persona,
conmovida, turbada, decia otra cosa.
Era, desde luego, Matrena Pavlovna. Entró en la habitación trayendo cobertores. Lanzó a Nejludov
una mirada de reproche y regaño a Katucha por haberse olvidado de recoger la colcha que hacía falta.
Silenciosamente, Nejludov salió, sin ni siquiera sentir ver
guenza. En la mirada de Matrena Pavlovna
había leído una censura, y ella tenía, bien lo sabía él, derecho a censurarle, porque lo que él hacia estaba
mal; pero es que ya el instinto bestial, suplantando su antiguo amor por Katucha, lo domi
naba, reinaba
unico en él. Se sentía obligado a satisfacer ese instinto y no pensaba más que en los medios de
conseguirlo.
No pudo estarse quieto en un sitio durante la velada, y unas veces entraba
en la sala de sus tías y
otras iba a su habi
tación o salía a la escalinata. Su solo pensamiento era volver a ver a Katucha; pero
ésta lo esquivaba, vigilada además por Matrena Pavlovna.
XVII
Transcurrida así la velada, vino la noche. El médico fue a ac
ostarse y las tías se retiraron a sus
habitaciones. Nejludov sabía que en aquellos momentos Matrena Pavlovna ayudaba a desnudarse a las
viejas señoritas. Katucha debía de estar sola en la cocina. De nuevo Nejludov salió a la escalinata. La
noche era sombrí
a, húmeda, pegajosa; una neblina blanca, producida en primavera por la fusión de la
nieve, llenaba el aire. Del río, a cien pasos de la casa, llegaban ruidos extraños: era el hielo que se
rompía.
Nejludov bajó la escalinata, franqueó los charcos de agua pa
ra poner los pies en nieve dura y avanzó
hasta la ventana de la cocina. El corazón le latía con tanta fuerza en el pecho, que llegaba a oír los
latidos; ora se le paraba la respiración, ora le salía jadeante en un soplo penoso. Una lamparilla alum-
braba la
cocina. Katucha estaba allí sola, sentada cerca de la mesa, los ojos fijos en el vacío, la expresión
pensativa. Y, durante largo rato, Nejludov se quedó observándola, con la curio
sidad de saber qué haría
ella a continuación. La muchacha conservó la mism
a postura durante algunos minutos, alzó los ojos,
sonrió, hizo una señal de cabeza como si se hubiese di
rigido un reproche a sí misma; luego, con ademán
convulso, posó las manos sobre la mesa y volvió de nuevo a mirar el vacío.
Él seguía allí mirándola, escuchando a pesar suyo los lati
dos de su propio corazón y los ruidos
extraños que llegaban del río. Allá. lejos, en medio de la bruma, se proseguía un trabajo incesante y
lento; algo parecía roncar, partirse, hundirse, y delgados témpanos resonaban como cristal.
Nejludov, inmóvil, seguía en el fatigado y pensativo rostro de Katucha las fases de un trabajo
interior igualmente peno
so; y tenía lástima de ella, pero era una lástima singular que le aumentaba su
deseo de poseerla.
A partir de aquel instante, e
l deseo lo invadió por entero. Llamó a la ventana. Como movida por un
choque eléctrico, todo su cuerpo se estremeció y su rostro adquirió una expre
sión de terror. Luego se
levantó sobresaltada, corrió a la ventana y pegó la cara al cristal. La expresión de susto se man
tuvo
cuando, con las dos manos colocadas por encima de los ojos para ver mejor, reconoció a Nejludov. Éste
nunca le había visto un semblante tan serio. Ella sonrió después que él le hubo sonreído, pero por
sumisión a él, pues Nejludov notó claramente que en el alma de la muchacha persistia el espan
to en
lugar de la sonrisa. Con la mano le hizo señas para que viniese a reunirse con él en el patio. Ella sacudió
la cabeza: ¡no, no saldría!, y se quedó cerca de la ventana. Él volvió a pegar la
cara al cristal, dispuesto a
gritarle que sa
liera; pero ella se volvió en el mismo instante hacia la puerta. Sin duda, alguien la había
llamado. Él se alejó de la ventana. La neblina era tan intensa, que a cinco pasos de la casa no se
distinguían ya las
ventanas, sino solamente una gran masa sombría, agujereada por el resplandor rojo de
una lámpara. En el río, siempre el mismo ronquido, el mismo frotamiento el mismo, crujir, el. mismo
tintineo de los témpanos. De pronto, a traves de la niebla, cantó un ga
llo, y otros respondieron en el.
corral; otros, más lejos, en el campo, lanzaron sus llama
mientos alternados, que pronto fueron
fundiéndose en un único gran ruido. Era ya el canto de los gallos anunciando el alba. El silencio
planeaba por los alrededores de donde sólo subía el tumulto del río.
Habiendo dado algunos pasos de arriba abajo delante de la casa y habiéndose mojado varias veces
los pies en los char
cos de agua, Nejludov se acercó de nuevo a las ventanas de la cocina. A la luz de la
lámpara volvió a ver a Katucha, sen
tada cerca de la mesa, en una actitud indecisa. Pero apenas se hu~
acercado a la ventana, ella levantó los ojos hacia él. Él llamó. Inmediatamente, sin ni siquiera mirar
quién llamaba, salió de la cocina; él oyó el rechinar de la puer
ta al abrirse y luego, al cerrarse. Corrió a
esperarla delante de la escalinata y, sin decir palabra, la enlazó entre sus brazos. Apretada contra él, ella
alzó la cabeza y ofreció sus labios al beso. y se mantuvieron de pie, en la esquina de la casa, en u
n sitio
seco. y cada vez mas crecía en Nejludov el
deseo de poseerla. Pero la puerta rechinó de nuevo, y, en la noche, la. voz irritada de Matrena Pavlovna
gritó:
-¡Katucha!-
Ésta se arrancó de los brazos de Nejludov y se lanzó hacia la cocina. Él oyó ech
ar el cerrojo; luego,
en el silencio que se hizo de nuevo, el resplandor rojo de la lámpara desapareció. No quedó nada más
que la bruma y el estruendo del río.
Nejludov se acercó a la ventana y no pudo ver nada. Llamó y no recibió respuesta. Volvió a entra
r en
la casa por la escali
nata grande y se dirigió a su habitación, pero no se acostó. Un rato más tarde, se
quitó las botas y avanzó por el pasillo hasta la habitación donde se acostaba Katucha. Al pasar ante la de
Matrena Pavlovna, oyó que ésta roncaba
apaciblemente. Siguió andando, pero de pronto Matrena
Pavlovna tosió y se removió en su lecho. Nejludov quedó inmóvil durante cinco minutos. Luego todo se
calló y él oyó de nuevo el ronquido de la anciana.
Prosiguió su camino, evitando con cuidado hacer cr
ujir el suelo. Por fin se encontró ante la puerta de
Katucha. Ni un soplo en el interior; con toda seguridad, ella no dormía, porque él habría oído el
murmullo de su respiración. Pero, apenas susurró: «¡Katucha!», ésta se lanzó hacia la puerta y, con un
tono que parecía de enfado, lo intimó a que se márchase.
-Pero, ¿qué hace usted ahí? ¿Es posible? ¡Van a despertarse sus tías! -
decían sus labios. Pero todo su
ser decía: «¡Soy toda tuya!» Y eso fue lo único que oyó Nejludov.
-Te lo ruego, ábreme solamente un momento, te lo suplico- Hablaba sin pensar en lo que decía.
Se hizo un silencio; luego Nejludov oyó palpar una mano que en las tinieblas buscaba el cerrojillo de
la puerta. Ésta se abrió y Nejludov penetró en la habitación. Agarró a Katucha, vestida sol
amente con un
camisón de tela gruesa, con los brazos desnudos, la alzó en vilo y se la llevó.
-¡Oh!, ¿qué hace usted? -murmuraba ella.
Pero, sin escuchar sus palabras, se la llevaba a su habitación. -¡Oh, no está bien! ¡Déjeme! -
decía
ella; y, sin embargo, se apretaba contra él.
. . . . . . . . . . . . . .
Cuando la hubo abandonado, toda temblorosa y callada, él salió a la escalinata y se quedó allí de pie,
buscando el sentido de lo que acababa de ocurrir.
Fuera había más claridad. Abajo, el crujido, el derrumba
miento, el tintineo de los témpanos
aumentaban cada vez más ya aquellos ruidos se añadía además el murmullo del agua. Detrás de la
cortina de bruma que empezaba a desvanecerse transparecía vagamente la media luna, alumbrando en
semitinieblas algo sombrío y trágico.
«¿Qué es todo esto? ¿Me ha sucedido una gran dicha o una gran desgracia? -
se preguntaba Nejludov
-.¡Bah, todo el mundo se comporta así», concluyó; y fue a acostarse.
XVIII
Al día siguiente, Schönbok, amigo de Nejludov, vino a recogerlo
a casa de sus tías. Guapo, brillante,
jovial, encantó literalmente a las señoritas con su elegancia, su cortesía, su generosidad y su afecto hacia
Dmitri. Pero aun gustándoles mucho, su generosidad les parecía exagerada. Se asombraron al verle dar
un rubl
o aun mendigo ciego, distribuir quince como propinas a la servidumbre y desgarrar sin vacilación
un pañuelo de batista bordado para vendar la pata de Suzette,
la perrita de Sofía Ivanovna. Ahora bien,
ésta sabía que semejantes pañuelos no pueden costar me
nos de quince rublos la docena. Nunca las
dignas tías habían visto nada parecido; igno
raban igualmente que ese Schonbok tenía 200.000 rublos de
deudas y que estaba bien resuelto a no pagarlos jamás; por eso veinticinco rublos más o menos apenas
tenían importancia para él.
No pasó más que un día en casa de las señoritas ya la noche siguiente volvió a ponerse en camino
con Nejludov. Llegados al límite extremo del plazo que les habían concedido para incorpo
rarse a su
regimiento, no podían prolongar su estancia.
Durante este primer día, el alma de Nejludov no podía li
brarse del recuerdo de la noche anterior. Dos
sentimientos opues
tos combatían en ella: uno, el recuerdo ardiente de un amor bestial que, aun no
habiendo dado todo lo que prometía, dejaba sin emb
argo la satisfacci6n de un deseo realizado; el otro, la
conciencia de haber cometido un acto malo, con obligación de repararlo, y esto no por ella, sino por él.
Porque, en el estado de locura egoísta en que se encontraba, Nejludov no podía pensar más que e
n él.
Se inquietaba por la manera como se podría considerar su conducta respecto a la mu
chacha, y no
pensaba en modo alguno en lo que ésta podría sentir ni en lo que a ella le sucedería.
Creía desde luego que Schonbok había adivinado sus relaciones con K
atucha, y eso halagaba su
amor propio.
-He aquí -le dijo este último desde que hubo visto a la muchacha -
la causa de tu repentino afecto por
tus tías y el porqué estás aquí desde hace cuatro días. La verdad es que en tu lugar yo habría hecho otro
tanto: es encantadora.
Y Nejludov pensaba que, a despecho de sus deseos no sa
ciados, era más ventajoso aún partir y
romper de un solo golpe relaciones difíciles de continuar. Pensaba también que era deber suyo dar
dinero a Katucha, no por ella ni porque tuviera nece
sidad, sino porque eso es lo que se hace siempre y
porque lo habrían considerado como un hombre sin honor si no le hubie
se pagado por haberla poseído.
Y, en efecto, resolvió darle una suma adecuada a la respectiva situación de ambos.
El día de la parti
da, después del almuerzo, la esperó en la antecámara. Al verlo, ella se puso toda roja
y quiso pasar, señalando con una mirada la puerta abierta de la cocina. Pero él la retuvo.
-Quería decirte adiós -le dijo, tratando de meterle en la mano un sobre donde
había puesto un billete
de cien rublos -. Toma..
Ella comprendió, frunció las cejas, sacudió la cabeza y rechazó la mano tendida de Nejludov.
-¡Vamos, toma! -
murmuró él. Le hundió el sobre en la abertura del corpiño. Y, como si se hubiese
quemado los dedos, frunciendo a su vez las cejas y gimiendo, corrió a encerrarse en su habitación.
Allí, caminando de arriba abajo, se retorcía, se sobresaltaba, lanzaba exclamaciones, como torturado
por un dolor físico al recuerdo de su última entrevista con Katucha.
Pe
ro, ¿qué hacer? ¿No obraba todo el mundo así? ¿No era así como había obrado Schonbok con
aquella institutriz cuya historia le había referido? ¿y su tío Gricha? ¿y su propio pa
dre, cuando había
tenido de una campesina de sus tierras aquel hijo natural, Mit
egnka, que vivía aún? Y puesto que todo el
mundo obraba así, así era como él tenía que obrar. Basándose en todo aquello, procuraba tranquilizarse,
pero sin conseguirlo completamente.
En lo más profundo de su alma juzgaba su acción tan fea, tan baja, tan cr
uel, que no solamente había
perdido el derecho de juzgar a los demás, sino incluso de mirarlos a la cara. Y sin embargo, estaba
obligado a considerarse a sí mismo como un hombre lleno de nobleza, de honor y de generosidad:
solamente a ese precio podía cont
inuar viviendo la vida que vivía. No tenía para eso más que un solo
medio: no pensar en lo que acababa de hacer. Empleó ese medio.
La existencia que le aguardaba. el ambiente, los camaradas, la guerra, eran propicios a ese olvido. y
cuanto más vivía, más olvidaba; tanto, que había olvidado del todo.
Sin embargo, una vez, a su regreso de la guerra, habiéndose detenido en casa de sus tías con la
esperanza de volver a ver allí a Katucha, había sentido que se le oprimía el corazón al enterarse de que
ya no est
aba allí, que había abandonado la casa poco después de haberse él marchado, para dar a luz, y
que luego, según las ancianas señoritas, se había degradado completamente.
A juzgar por las fechas, el niño nacido de ella podría ser de él; pero también podía n
o ser de él. Al
contarle aquello, sus tías habían añadido que incluso antes de abandonarlas, Ka
tucha se había
desenfrenado completamente: era una naturaleza viciosa como su madre. Este juicio de sus tías agradaba
a Nejludov, quien se encontraba así absue
lto en cierto modo. Tuvo al principio la intención de buscar a
Katucha y al niño; pero en el fondo de su alma le resultaba penoso y humillante el recuerdo de su
conducta, y no realizó esfuerzo alguno para encontrarla; más aún, olvidó su falta y cesó comple
tamente
de pensar en aquello.
Y he aquí que ahora un azar extraordinario le recordaba todo eso, lo obligaba a condenar el egoísmo,
la crueldad y la bajeza gracias a los cuales. durante. diez años, había podido vivir tranquilamente con
una falta semejante sobre la conciencia. Pero estaba aún lejos de consentir en una confesión since
ra de
su indignidad; y, todavía en aquel momento, pensaba
únicamente en evitar que todo fuera descubierto y
que las revelaciones de Katucha, o de su defensor, no lo mostrasen ante todos tal como había sido.
XIX
Tal era la disposición de espíritu de Nejludov mientras, en la sala del jurado, aguardaba que se
reanudase la vista. Sentado cerca de la ventana, ola el ruido de las conversaciones de sus colegas y
fumaba sin cesar.
Sin d
uda alguna, el comerciante jovial apreciaba mucho la manera de matar el tiempo empleada por
Smielkov.
La verdad es que las francachelas del individuo eran bárbaras, a lo siberiano. y no tenía pelo de
tonto: había elegido una agradable jovencita.
El jefe d
el jurado exponía consideraciones tendentes a colocar todo el nervio del asunto en los
expertos. Peter Guerassimovitch bromeaba y se reía a carcajadas con el depen
diente judío. Nejludov
respondía con monosílabos a las preguntas que le hacían y deseaba solamente que lo dejasen tranquilo.
Cuando, con su pasito saltarín, el portero de estrados entró en la sala para volver a llamar a los
jurados, Nejludov experimentó un sentimiento de espanto, como si fuese, no a juzgar, sino a ser juzgado
él mismo. En el fo
ndo de su alma, a partir de entonces, se encontraba miserable, indigno de mirar a los
demás hombres a la cara, y, sin embargo, la fuerza de la costumbre lo llevó, con un paso muy seguro, al
estrado, donde volvió a ocupar su asiento, en primera fila, muy ce
rca del asiento del jefe del jurado; tras
lo cual cruzó con desenvoltura las piernas y se puso a jugar con sus lentes.
Traían en aquel momento a los detenidos, a los que también habían llevado fuera de la sala.
Habían introducido a nuevas figuras: los test
igos. Nejludov observó que Katucha lanzaba ojeadas
frecuentes a una gruesa dama chillonamente vestida de seda y de terciopelo y tocada con un enorme
sombrero adornado con un gran lazo. Sentada en primera fila detrás de la rejilla, tenía sobre el brazo
desnudo hasta el codo un elegante ridículo. Nejludov se enteró pron
to de que era la patrona de la casa
donde Maslova había vivido en último lugar.
Inmediatamente se procedió a la audición de los testigos: nombres, religión, etcétera. Después que
les preguntar
on si querían o no declarar bajo juramento, el pope reapareció sobre d estrado arrastrando
penosamente las piernas; de nuevo, ajustando la cruz de oro que le colgaba sobre el pecho, se dirigió
hacia el icono, para hacer prestar allí el juramento a los test
igos y al perito, con la misma serenidad y la
misma segu
ridad de cumplir una función esencialmente importante y útil. Acabada esta formalidad, el
presidente hizo salir a todos los testigos, con excepción de la dama gruesa, Kitaieva, patrona de la casa
de
tolerancia. La invitaron a que dijese lo que sabía sobre el envenenamiento. Con una sonrisa afectada,
la cabeza escondida en su sombrero y cada una de sus frases pronuncia
da con acento alemán, expuso,
con minuciosidad y método, todo lo que sabía.
Primeram
ente, el mozo del hotel, Simón, había venido a su establecimiento para buscar en él a una
de sus señoritas y llevársela al comerciante siberiano. Ella había enviado a Luba
cha, esto es, Lubov.
Algún tiempo después aquélla había vuelto con el comerciante.
Estaba ya en éxtasis -añadió Kitaieva con una ligera sonrisa -
Luego había continuado bebiendo y
convidando a todas las mujeres hasta que, no teniendo ya más dinero enci
ma, había enviado, al hotel
donde se alojaba, a esa misma Lubacha, por la que sentía una verdadera predilección -
aña.dió, volviendo
los ojos hacia la detenida.
A estas palabras, Nejludov creyó ver sonreír a Maslova y eso le hizo sentir disgusto. Un sentimiento
extraño, impreciso, de repulsión y de sufrimiento, le invadió el corazón.
-¿Querría la testigo damos a conocer su opinión sobre Maslova? -
preguntó, tímido y ruborizándose,
el defensor de signado de oficio para la muchacha.
Mi opinión no puede ser mejor -respondió Kitaieva -
. Es una joven de excelentes modales y llena de
elegancia. Se h
a criado en una noble familia y sabe incluso francés. Quizás alguna vez haya bebido con
cierto exceso, pero jamás hasta el punto de perder la cabeza. ¡Es una muchacha excelente!
Katucha, que había tenido los ojos clavados en la patrona, los volvió en segui
da a los jurados y los
detuvo en Nejludov. El rostro de la joven se puso grave, rígido. Bizqueando, uno de sus ojos tenía una
expresión severa y, durante un rato bastante largo, aquella extraña mirada pesó sobre Nejludov; y, a
pesar del espanto de éste, le
era imposible despegar su vista de aquellos ojos que bizqueaban y cuyo
blanco despedía chis
pas. Se acordó de la espantosa noche, del crujido del hielo en el río, de la niebla y
sobre todo de aquella luna escotada y tumbada que, habiendo salido hacia el amanecer, había alum
brado
algo sombrío y terrible. y esos dos ojos negros, atorni
llados a los suyos, le recordaban vagamente
aquella cosa negra y terrible.
«iMe ha reconocido!», pensaba. Y, maquinalmente, se retrepó en su asiento, aguardando el choque.
P
ero ella no lo había reconocido. Tranquilamente lanzó un suspiro, y de nuevo se quedó mirando con
fijeza al presidente. y Nejludov suspiró también: «¡Ah! -pensó-
. ¡Que acabe esto de una vez!»
Experimentaba una impresión a menudo sentida ya en las cacerías
, cuando se trataba de rematar a un
pájaro herido: mezcla de repulsión, de lástima y de pena. El pájaro herido se debate en el morral: se
vacila y se siente al mismo tiempo disgusto y lástima, y uno querría acabar lo antes posible y olvidar.
Sentimientos i
dénticos llenaban por aquel entonces el alma de Nejludov al escuchar las respuestas de
los testigos.
XX
Ahora bien, como hecho a posta, el asunto se iba alar
gando. Cuando, uno a uno, fueron interrogados
los testigos y el perito; cuando, según la costum
bre, el fiscal y los abogados hubieron hecho, con aire
muy importante, numerosas preguntas perfectamente inútiles, el presidente invi
tó a los jurados a tomar
conocimiento de las piezas de convicción, consistentes en un anillo enorme con una rosa de bril
lantes,
hecho para un índice de grosor extraordinario, y un filtro que había servido para analizar el veneno.
Tales objetos estaban sellados y etiquetados.
Los jurados iban a levantarse de sus asientos para exa minar esos objetos, cuando el fiscal se puso
en
pie para pedir que antes de mostrar las piezas de convicción se diese lectura de los resultados de la
autopsia practicada en el cadáver. El presidente, metiendo prisa al asunto para ir lo más pronto posible a
reunirse con su suiza, no ignoraba que el ún
ico efecto de esta lectura sería aburrir a todo el mundo y
retardar la hora de comer, ni que el fiscal exigía esa lectura únicamen
te porque tenía derecho para ello.
No pudiendo oponerse, tuvo que consentir. El escribano exhibió unos papeles y, con voz mon
ótona,
hablando con media lengua al llegar a las eles ya les erres, se puso a leer.
Del examen exterior del cadáver resulta que:
1.º La estatura de Feraponte Smielkov era de 2 archines y 12 verchoks.
(aproximadamente 1.90 m.
N de T).
2.º La edad, por lo que era posible juzgar a resultas del examen exterior, era de unos cuarenta años.
3.º En el momento del examen, el cadáver estaba hinchado.
4.º La epidermis era de color verdoso y estaba cubierto de manchas negras.
5.º La piel estaba levantada con ampol
las de diversos tamaños, en algunos sitios reventadas y
colgantes.
6.º Los cabellos, de un rubio oscuro, muy espesos, se separaban de la piel al menor contacto del
dedo.
7.º Los ojos estaban fuera de sus órbitas, y la córnea turbia.
8.º De las ventanill
as de la nariz, de las orejas y de la boca entreabierta fluía un pus pegajoso y
fétido.
9.º El cuello del cadáver había casi desaparecido a consecuencia de la hinchazón de la cara y del
busto.
Etcétera, etcétera.
En cuatro páginas, en veintisiete puntos,
se alargaba así la descripción detallada resultante del
examen exterior del espantoso, del corpulento, del gran cadáver hinchado y descompues
to del jovial
comerciante que tanto se había divertido en la ciudad. Y esta lectura macabra aumentó aún más el
indefinible sentimiento de disgusto experimentado por Nejludov. La exis
tencia de Katucha, el pus que
fluía de las ventanillas de la nariz del comerciante, los ojos salidos de sus órbitas, y su pro
pia conducta
pasada con relación a la muchacha, eran otros
tantos hechos que le pareclan del mismo tipo y que le
daban la impresión de apretarlo y sofocarlo.
Terminada esta lectura del examen exterior, el presidente, creyendo que ya se había acabado, lanzó
un suspiro de alivio y levantó la cabeza, pero a continuac
ión el escribano pasó a un segundo documento:
el examen interior del cadáver.
El presidente volvió a dejar caer la cabeza, se acodó en la mesa y cerró los ojos. El comerciante,
vecino de Nejludov, esforzándose en escapar al sueño, no por ello dejaba de per
der algunas veces el
equilibrio; los acusados mismos y los guardias que los custodiaban se habían inmovilizado.
El examen interior del cadáver había demostrado que:
1 La piel que envolvía el cráneo estaba ligeramente se parada de los huesos, pero sin huella
alguna
de hemorragia.
2 Los huesos del cráneo eran de dimensiones normales y estaban intactos.
3 En la envoltura cervical se veían manchitas pigmentarias de un matiz mate pálido.
Etcétera, etcétera. Y así 13 puntos más del mismo género.
Seguían los nombres de los testigos de la encuesta, sus fir
mas y por fin las conclusiones del
médico perito afirmando que por los accidentes comprobados en el estómago, en los intesti
nos y en los
riñones del comerciante Smielkov se podía deducir, con un cierto grado de verosimilitud,
que Smielkov
había muerto por la absorción de un veneno, tragado por él con el aguar
diente. En cuanto a juzgar con
exactitud, por las modificaciones sufridas en el estómago y en los intestinos, sobre la natu
raleza misma
del veneno, eso era imp
osible; y en cuanto a la hipótesis de la absorción del veneno junto con el
aguardiente, se derivaba de la gran cantidad de aguardiente encontrada en el estómago del comerciante.
-Bueno, eso prueba que bebía de lo lindo - murmuró de nuevo al oído de Nejlud
ov el comerciante,
su vecino, que se ha bía despertado de pronto.
La lectura del llamado proceso verbal había durado casi una hora; pero el fiscal era insaciable.
Cuando el. escribano hubo acabado de leer las conclusiones del médico perito, el presidente
dijo,
volviéndose hacia el fiscal:
-Creo que no hay utilidad ninguna en leer el resultado del análisis de las vísceras.
-Perdón; pido que se lleve acabo su lectura -
dijo el fiscal con tono severo, sin mirar al presidente e
inclinandose un poco hacia un la
do; y el tono de su voz daba a en.tender que tenía derecho a exigir esta
lectura, que no renunciaría a ella a ningún precio y que la negativa de esta lectura entrañaría la casación
del proceso.
El juez de la gran barba se sentía trabajado de nuevo por su dolencia de estómago.
-¿Para qué esa lectura? -preguntó al presidente-
. No puede ser más que una pérdida de tiempo.
¡Esta escoba no barre mejor, pero emplea más tiempo!
El juez de gafas con montura de oro permanecía mudo. Miraba ante él con aire sombrío, re
signado
a no esperar nada bueno de su mujer en particular ni de la vida en general.
Y la lectura del acta empezó:
«Año 188..., día 15 de febrero, nosotros, los abajo firmantes, a requerimiento de la inspección
médica nº 638... -el escribano se había puesto
de nuevo a leer con tono resuelto, elevando la voz para
tratar de vencer su propia somnolencia y la de todos los asistentes -, en presencia del inspector mé
dico,
hemos procedido al análisis de los objetos que se enuncian más abajo:
»1.º Del pulmón derecho y del corazón (contenidos en un recipiente de cristal de seis libras);
»2.º del contenido de! estómago (en un recipiente de cristal de seis libras);
»3.º del estómago (contenido en un recipiente de cristal de seis libras);
»4.º del hígado, el bazo y de los riñones (contenido en un recipiente de cristal de tres libras);
»5.º de los intestinos (contenidos en un recipiente de greda de seis libras)...»
Al principio de esta lectura, el presidente murmuró algo al oído de cada uno de sus asesores. Luego,
habiendo respondido los dos afirmativamente, hizo una señal al escribano para que se detuviera.
- El tribunal declaró estima inútil la lectura de esa acta.
Inmediatamente el escribano se calló y reunió sus folios, en tanto que el fiscal, con aire furibundo
,
garrapateaba una nota.
- Los señores jurados- dijo el presidente-
pueden desde ahora tomar conocimiento de las piezas
de convicción.
Muchos se levantaron, visiblemente preocupados por sa
ber cómo pondrían las manos durante esta
inspección, y se acercaron a la mesa, donde sucesivamente examinaron la sor
tija, los recipientes y el
filtro. El comerciante se aventuró a probarse la sortija en uno de sus dedos.
-¡Vaya- dijo al volver a su puesto-, vaya un dedo! Grueso como un pepino -
añadió, visiblemente
divertido por la talla hercúlea que atribuía al comerciante envenenado.
XXI
Después del examen por los jurados de las piezas de con
vicción, el presidente declaró cerrada la
instrucción judicial; y, sin interrupción, deseando además terminar cuanto antes la vi
sta, concedió la
palabra al fiscal, esperando que éste, siendo hombre, también tendría deseos de fumar y de comer y que
se apiadaría de la concurrencia. Pero el fiscal interino no tuvo más piedad de él mismo que los demás.
Tonto por naturaleza, tenía adem
ás la desgracia de haber salido del instituto con una medalla de oro y,
luego, en la universidad, de haber ganado un premio por su tesis sobre las servi
dumbres en derecho
romano; por lo que era vanidoso en el más alto grado y estaba infatuado de su persona, a lo que ha
bían
contribuido además sus éxitos con las damas; y, como con
secuencia, su estupidez natural era gigantesca.
Cuando el pre
sidente le concedió la palabra, se levantó majestuosamente, haciendo resaltar, en su
uniforme bordado, sus elegantes
formas; puso las manos sobre el pupitre y, con la cabeza inclinada,
paseando una amplia mirada por la concurrencia, exceptuando a los detenidos, empezó:
-
El asunto que se les somete, señores del jurado, constituye, si puedo expresarme así, un hecho de
criminalidad esencialmente característica.
Tal fue el comienzo de su discurso, preparado durante la lectura de los procesos verbales.
En su opinión, su requisitoria debía tener un alcance social y semejarse así a los famosos discursos
que habían servido de
base a la gloria de los grandes abogados. Su auditorio, a decir verdad, no estaba
formado aquel día más que por tres mujeres: una costurera, una cocinera, luego la hermana de Simón y,
por fin, un cochero; pero esta consideración no podía detenerlo. Las cel
ebridades del foro habían
empezado de la misma manera. El principio que él profesaba consistía en estar siempre a la altura de su
situación, es decir, penetrar hasta lo más profundo de la psicología del crimen y poner al desnudo las
llagas de la sociedad.
Ven ante ustedes, señores del jurado, un crimen absoluta
mente característico, por decirlo así, de
nuestro fin de siglo y que lleva en él, si me atrevo a decirlo, los rasgos específicos de ese proceso
especial de descomposición moral que afecta en nuestros
días a los numerosos elementos de nuestra
sociedad y que se encuentra particularmente iluminado, por decido así, por las ardientes irradiaciones de
este proceso...
Habló así mucho tiempo, buscando, por un lado, acordarse de la agrupación de las frases que
había
preparado y, por otra parte y sobre todo, no detenerse un solo minuto, para que su discurso fluyese sin
interrupción por lo menos durante una hora y cuarto. Una vez, sin embargo, perdió el hilo de su
argumentación, y, durante bastante tiempo, tragó
saliva; pero recuperó su impulso y hasta consiguió, con
un torrente de elo
cuencia exacerbada, redimir su fallo pasajero. Ora hablaba con una voz blanda e
insinuante, balanceándose sobre uno u otro pie y mirando fijamente a los jurados, ora con un tono
calmo
so y solemne, consultando sus papeles; o bien con una voz atronadora y exaltada, volviéndose
hacia el publico y el jurado. Pero no se dignó honrar con una sola mirada .a los acusados, cuyos ojos
estaban fijos en él. Su requisitona hormigueaba de fórmula
s nuevas, de moda en su mundo, reputadas
enton
ces, y todavía hoy, como el último grito de la ciencia. Hablaba de herencia, de criminalidad nata,
de Lombroso, de Tarde, de evolución, de lucha por la vida, de hipnotismo y de sugestion, de Charcot y
de decadentismo.
Según su definición, el comerclante Smlelkov era el prototipo del ruso poderoso y natural que, con
su naturaleza amplia, confiada y generosa, se había convertido en la presa de seres profundamente
depravados en cuyo. poder había caído.
Simón Karti
nkin, producto atávico de la antigua servidubre, era el hombre incompleto, ignorante,
desprovisto de principios e incluso de religión. Su amante, Eufemia, era una víc
tima de la herencia: su
aspecto fisico y su carácter moral estigmatizaban bastante su d
egeneración. Pero el motor pnncipal del
crimen era Maslova, fruto podrido hasta el corazón de la decadencia social contemporánea.
- Esa criatura- proseguía él, siempre sin mirarla -, pri
vilegiada entre sus cómplices, fue llamada a los
beneficios de la ins
trucción. Acabamos de oír hace un rato la declaraclon de su patrona: nos hemos
enterado no solamente de que la acu
sada sabe leer y escribir, sino de que sabe francés. Huerfana,
llevando sin duda en ella el germen del crimen, criada en el seno de una famil
ia noble e instruida, habría
podido vivir de un trabajo honorable; pero abandonó a sus bienhechores para entregarse sin freno a sus
instintos perversos; y, para satisfacerlos mejor, entró en una casa de tolerancia, donde se dis
tinguía de
sus compañeras g
racias a su instrucción y, sobre todo, como ustedes mismos acaban de oírlo afirmar,
señores del jurado, por boca de su misma patrona,. gracias a su, poder misterioso sobre los clientes,
poder estudiado en estos últimos tiempos por la ciencia, por la escuel
a de Charcot sobre todo, y
conocido con el nombre de sugestión. y este poder lo ejer
ció ella sobre el honrado e ingenuo gigante
ruso caído entre sus manos; abusó de su confianza para despojarlo primero de su dinero y, después, de
su vida.
-.Caramba, lleva un poco lejos sus comparaciones!
dijo sonriedo el presidente, quien se inclinó
hacia el juez severo.
-¡ Un terrible imbéci1! -respondió este último.
-Señores jurados -proseguía mientras tanto el fiscal, con un movimiento nervioso de su fino talle -
, la
suerte de estas gentes está ahora en manos de ustedes; y también, en parte, la suerte de la sociedad, que
depende de la forma como us
tedes juzguen. No dudo de que calarán el sentido fundamental de este
crimen; de que se convencerán del peligro que hacen c
orrer a la sociedad estos fenómenos patológicos,
estas individualidades como la de Maslova; y ustedes preservarán a la sociedad de su contagio; ustedes
salvarán a los elementos sanos y robustos de esta contaminación que engendra la muerte.
Y como aplasta
do él mismo por la importancia social del veredicto que habría de dictarse,
encantadísimo con su discurso, el fiscal se dejó caer sobre su asiento.
El sentido de su requisitoria, despojado de las flores de elocuencia, consistía en sostener que
Maslova había hipnotiza
do al comerciante; que había monopolizado su confianza y que, una vez llegada,
provista de la llave, a la habitación del hotel, para buscar allí una parte del dinero, había querido
apoderarse de todo; pero que, sorprendida por Eufemia y Simón,
había tenido que repartir con ellos.
Luego, para borrar las huellas de su latrocinio, había obligado al comerciante a volver con ella al hotel, y
allí lo había envenenado.
Terminada la requisitoria, se vio como en el banco de los abogados se levantaba un
hombrecito de
edad madura, con levita y una amplia pechera almidonada, que inició inmediata
mente un discurso para
defender a Kartinkin ya Botchkova. Este abogado había recibido de ellos 300 rublos por su defen
sa, y,
para hacerlos parecer inocentes, no d
escuidó nada en lo que se refería a echar todas las culpas sobre
Maslova.
Refutó primeramente la afirmación de esta última de que había requerido la presencia de Botchkova
y de Kartinkin en la habitación cuando ella cogió el dinero. Esta afirmación, decla
raba el abogado, no
podía tener ningún valor por cuanto emanaba de una persona convicta de envenenamiento. Los 2.500
rublos ingresados en el Banco por Simón podían ser perfectamente el producto de las ganancias de dos
criados laboriosos y probos, que recib
ían cada día de los clientes de tres a cinco rublos de propina. Pero
el dinero del comercian
te lo había robado, sin duda, Maslova, quien se lo había dado a álguien o lo había
perdido, ya que el sumario demostraba que aquella noche ella se había hallado en
un estado anormal. En
cuanto al envenenamiento, ella sola lo había cometido.
Consiguientemente, el abogado rogaba a los jurados que declarasen inocente a Kartinkin y a
Botchkova del robo del dinero; añadía que en cualquier caso, si los jurados los recono
cían culpables de
robo, les rogaba que descartasen la participación en el envenenamiento y la premeditación.
Para concluir y fastidiar al fiscal, el abogado hizo notar que «las consideraciones brillantes del señor
fiscal sobre la herencia», a pesar de su importancia desde el punto de vista cien
tífico, no eran de tener en
cuenta, ya que Botchkova había nacido de padre y madre desconocidos.
Con expresión de enfado, el fiscal garrapateó rápidamente algo en un papel y se encogió
desdeñosamente de hombros.
El defensor de Maslova se levantó a continuación y, tímidamente, vacilante, expuso su defensa.
Sin negar la participación de Maslova en el robo del dinero, insistió en desmentir que ésta tuviera
intención de envenenar a Smielkov, arguyendo que no le había d
ado los polvos más que para dormirlo.
Ensayó a su vez hacer una muestra de elo
cuencia, exponiendo el modo como su clinte había sido
arrastrada al vicio por un seductor que quedó sin castigo y que, en cambio, todo el peso de la falta había
recaído sobre el
la. Pero esta incursión en el dominio de la psicologia no tuvo ningún éxito; todos
comprendieron que el efecto había fallado y expe
rimentaron una especie de malestar. En el momento en
que el defensor insistía con torpeza sobre la crueldad de los hombres
y la debilidad de la mujer, el
presidente, para sacarlo de apuros, lo invitó a no apartarse de la discusión de los hechos.
Después del abogado se levantó de nuevo el fiscal. Tenía que defender contra el primer abogado su
teoría de la herencia y demostrar que aunque Botchkova fuese hija de padres
desconocidos, no resultaba
de ello una disminución del valor científico de sus argumentos. Porque esta ley de la herencia, está tan
só1idamente establecida por la ciencia, que no solo se puede deducir el crimen de
la herencia, sino
también la herencia del crimen. En cuanto a la suposición emitida por el otro defensor, según el cual
Maslova habría sido pervertida por un seductor imaginario (el fiscal recalcó con ironía especial esta
palabra «imaginario»), todo llevab
a más bien a creer que la acusada, por el contrario, había sido siempre
la seductora de las víctimas caídas entre sus manos. Después de exponer esto, volvió a sentarse con aire
triunfal.
El presidente preguntó entonces a los detenidos qué tenían que añadir en su propia defensa.
Eufemia Botchkova reiteró por última vez que no sabía nada ni había participado en nada y afirmó
con energía que Maslova era culpable de todo.
Simón se limitó a repetir:
-Será lo que ustedes quieran, pero yo soy inocente.
Maslova no
dijo nada. Habiéndole preguntado el presidente si tenía que añadir algo en su defensa se
limitó a alzar los ojos sobre él, y luego, como un animal acorralado, los paseó por toda la sala, los bajó
por fin y estalló en sollozos.
-¿Qué tiene usted? -preguntó el comerciante a su ve
cino Nejludov, quien acababa de emitir
bruscamente un sonido extraño, como un sollozo reprimido.
Pero Nejludov seguía sin darse cuenta de su nueva situa
ción, y atribuyó a la tensión de sus nervios
tanto aquel sollozo imprevlsto com
o las lágrimas que inundaban sus ojos. Se puso sus lentes para
ocultarlas, luego sacó el pañuelo y se sonó.
El temor al oprobio en que incurriría si todas las personas presentes en el tribunal se enterasen de su
conducta para con Maslova le impepedía tener
conciencia del trabajo interior que se operaba en el. Y
este temor era, desde el principio, más potente que todo lo demás.
XXII
Habiendo terminado de decir los detenidos lo que tenían que alegar en su defensa, se redactaron las
preguntas que había que hacer a los jurados. El presi
dente empezó a continuación su resumen de los
debates.
Antes de entrar en el fondo del asunto explicó a los jurados, en el tono familiar de una charla íntima,
que un robo con fractura es un robo con fractura; que un hurto es u
n hurto; que un robo en un sitio
cerrado con llave es un robo en un sitio cerrado con llave, y que un robo en un sitio no cerrado con llave
es un robo en un sitio no cerrado con llave. Explicando esto, miraba preferentemente a Nejludov, como
si estas expli
caciones se dirigiesen a él con la esperanza de que las comprendería y las haría comprender
a sus colegas del jurado. Luego, pensando que los jurados ya estaban suficientemente penetrados de
estas importantes verdades, pasó a desarrollar otro tema. Explicó
que el asesinato es un acto que
ocasiona la muerte de un hombre y que por tanto el envenenamiento constutuía desde luego un
asesinato. Y cuando le pareció que los jurados estaban suficientemente imbuidos de esta verdad, les
explicó que, en el caso en que
robo y asesinato se hallasen reunidos, se daba lo que se llama un asesinato
acompañado de robo.
Aunque tuviese prisa en acabar el asunto lo antes posible, a fin de ir a reunirse con su suiza, el
presidente tenía hasta tal punto la rutina del oficio, que un
a vez que había empezado a hablar, ya no se
detenía. Por eso explicó prolijamente a los jurados que tenían derecho a declarar a los acusados
culpables, si les parecían culpables; a declararlos inocentes, si les paredan inocentes; que si los
reconocían culp
ables en un punto de la acusación e inocentes en el otro, tenían derecho a declararlos
culpables en uno e inocentes en otro. Les dijo seguidamente que este derecho se les otorgaba en toda su
extensión, pero que el deber de ellos era hacer un uso razonable
de este derecho. Y cuando iba a
explicarles que una respuesta afirmativa dada a las preguntas hechas se aplicaría al conjunto de la
pregunta y que si querían que se aplicase únicamente sobre tal o cual fracción de la pregunta deberían
especificarlo, se le ocu
rrió la idea de consultar su reloj y vio que eran ya las tres menos cinco. Así, pues,
abordó inmediatamente el fondo del asunto.
-Las circunstancias de este asunto son las siguientes - em
pezó él; y repitió todo lo que ya se había
dicho muchas veces por los abogados, por el fiscal y por los testigos.
Hablaba y, a sus costados, los dos asesores lo escuchaban con recogimiento, mirando sus relojes a
hurtadillas; encontraban el discurso excelente, tal como debía ser, pero un poco largo. El fiscal era de la
misma opinión, así como todo el personal del tribunal y la sala entera.
Habiendo terminado el presidente su resumen, todo pare
cía dicho. Pero él no podía decidirse a dejar
de hablar, tanto le agradaba oír las entonaciones acariciantes de su voz, por lo
que juzgó oportuno repetir
una vez más a los jurados la importancia del derecho conferido a ellos por la ley, con qué pru
dencia y
circunspección debían usar de ese derecho, usar y no abusar, y cómo estaban ligados por su juramento.
Les dijo que representaban la conciencia de la sociedad y que el secre
to de sus deliberaciones era
sagrado, etcétera, etcétera.
Desde el comienzo de su discurso, Maslova había clavado sus miradas en él, como con el temor de
perderse una sola palabra. Así, Nejludov pudo examin
arla largo rato sin temor a tropezar con su mirada.
Sintió pasar entonces en él lo que ocu
rre en cada uno de nosotros cuando volvemos a encontrar un rostro
familiar en otros tiempos.
Primeramente nos impresionan los cambios sobrevenidos desde la separació
n; luego, poco a poco, la
impresión de estos cambios se borra, el rostro vuelve a ser tal como era varios años antes. y ante los ojos
del alma aparece sola la personalidad espiritual, exclusiva, de ese ser único. Eso era lo que ex-
perimentaba Nejludov.
; a pesar del capote de encarcelada, a pesar de todo el conjunto del cuerpo que se había hecho más
ancho, el pecho ampliamente desarrollado, el espesamiento de la parte baja del rostro, las arrugas de la
frente y de las sienes y la hinchazón de los párpado
s, era desde luego la misma Katucha que, en la noche
aniversario de la resurrección de Cristo, había levanta
do hacia él su mirada tan inocente, lo había mirado
con sus ojos llenos de amor y de felicidad y resplandecientes de vida.
«¡Qué casualidad tan pro
digíosa! ¡Este caso juzgado precisamente en esta vista en la que soy jurado,
y yo, que no había vuelto a ver a Katucha desde hace diez años, la encuentro ahora aquí, en el banquillo
de los acusados! ¿Cómo va a acabar todo esto? ¡Ah, si pudiera terminar pronto!»
No cedía sin embargo al sentimiento de arrepentimiento que empezaba a hablar en él. Creía ver en
aquello algo imprevisto, temporal, que pasaría sin modificar su vida. Se sentía en la situación de un
perrito que habiéndose portado mal ha sido cogido p
or su dueño y le mete la nariz en su inmundicia. El
perrito habría chillado y habría intentado alejarse lo más po
sible para escapar a las consecuencias de su
acto; pero su dueño, implacable, no lo había soltado. Del mismo modo, Nejludov sentía la bajeza
que
había cometido, y también el brazo po
deroso del dueño; pero no comprendía aún toda la gravedad de su
acto, ni tampoco reconocia al dueño. Se. empeñaba en creer que la obra que estaba ante él no era la
suya; pero brazos invisibles, aunque implacables,
lo sujetaban de tal modo que él presentía no poder
escaparse.
Se esforzaba en aparecer valiente; cruzaba con aire desenvuelto las piernas una sobra otra, jugaba
con sus lentes y, sentado en la segunda silla de la primera fila de los jurados, se comportaba
con
abandono y naturalidad. Sin embargo, en d fondo de su alma se daba ya cuenta de toda la crueldad, de la
ignominia y de la bajeza, no sólo de su acto, sino de toda aque
lla vida ociosa, libertina, licenciosa y
cruel que, desde hacia doce años, era la su
ya. y el terrible telón caído, durante esos doce últimos años,
entre su crimen y los años que iban a seguir, empezaba a levantarse ya, permitiéndole por instantes echar
una mirada hacia atrás.
XXIII
Por fin el presidente terminó su discurso; levantó, co
n un ademán elegante, la lista de las preguntas y
entregó la hoja al jefe del jurado. Los jurados se levantaron y, sin saber qué hacer con las manos, felices
por poder abandonar sus asientos, pasaron en fila a su sala de deliberaciones. Habiéndose cerrado
la
puerta detrás de ellos, fue custodiada por un guardia, quien, con el sable desenvainado, se quedó allí de
centinena
Los jueces se levantaron y salieron a su vez; igualmente fueron sacados los acusados.
Apenas llegaron a la sala de deliberaciones, los
jurados, como ya habían hecho antes, empezaron a
encender cigarrillos.
El sentimiento de lo que había en su situación de artificial y de falso, la impresión experimentada
más o menos profundamente por todos durante su permanencia ante el tribunal, se borr
ó de sus almas en
cuanto se sintieron libres, con el cigarrillo en los labios; así, aliviados y puestos a sus anchas, se
instalaron con comodidad e inmediatamente empezaron las conversaciones más animadas.
-La pequeña se ha dejado enredar; no es culpable- opinó el buen comerciante -
. Hay que tener
lástima de ella.
-Ahora examinaremos todo eso -respondió el jefe del jurado-
. Guardémonos bien de ceder a nuestras
opiniones personales.
-El presidente ha hecho una excelente exposición- dijo el coronel.
-Sí, puede ser; yo estaba a punto de dormirme.
-
Lo que está claro es que si Maslova no hubiese estado de acuerdo con ellos, los dos criados habrían
ignorado que el comerciante tenía tanto dinero -dijo el dependiente de tipo judío.
-Entonces, según usted, ¿es ella la que ha robado? - preguntó un jurado.
-¡Nunca adrnitiré eso! -exclamó el gordo comerciante -
. La que dio el golpe fue esa canalla de
sirvienta de ojos encarnados.
-Todos estaban en el ajo- interrumpió el coronel-.
Pero esa mujer afirma no haber entrado en la habitación.
-Sí, sí, vaya usted a creerla. En toda mi vida creeré a semejante carroña.
-Que usted la crea o no la crea, no significa nada dijo el dependiente, con ironía -
. Maslova era la
que tenía la llave.
-¿Y qué importancia tiene eso? -replicó el comerciante.
- ¿ Y la sortija?
-Pero si ella lo ha explicado muy bien- reiteró el comerciante -
.El buen comerciante siberiano era un
hombre de carácter; y además, había bebido mucho, y entonces le pegó. Después, eso se comprende,
sintió lástima: «Vamos, toma, no llores más.» No olviden ustedes qué tipo de hombre era: dos
archines
y doce verschoks de altura y ciento treinta kilos de peso.
-La cuestión no radica en eso -intervino Peter Guerassimovitch -
.Lo que hay que saber es si ella
premeditó y cometió el crimen o si fueron los criados.
-Pero los criados no habrían podido actuar sin ella, puesto que era ella la que tenía la llave.
Así, desordenadamente, la discusión prosiguió bastante tiempo.
-Permitan ustedes, señores- opinó por fin el jefe dd jurado
Sentémonos a la mesa y deliberemos, se lo ruego -añadió, sentándose en su sillón presidencial.
-jSon una plaga esas muchachas! -dijo entonces el dependiente.
Y para confirmar su opinión de que Maslova era la principal culpable, contó cómo un día, una de
esas muchachas, en el bulevar, había robado el reloj a uno de sus colegas. A continua
ción, el coronel
contó algo más raro y más concluyente todavía: el robo de un samovar de plata.
-Por favor, señores, pasemos a las preguntas -dijo el jefe del jurado, gol
peando en la mesa con su
lápiz.
Todos se callaron.
Las preguntas estaban propuestas así al jurado:
1.º ¿ El campesino Simón Petrovitch Kartinkin, del pue blo de Borki, distrito de Krapivino, de treinta
y tres años, es culpable de haber, el 17 de enero de
188..., en la ciudad de N..., con la intención de quitar
la vida al comerciante Smielkov, con objeto de robarlo, en complicidad con otras perso
nas, puesto
veneno en el aguardiente, causando así la muerte de Smielkov, tras de la cual le habría robado una s
uma
de cerca de 2.500 rublos y una sortija de brillantes?
2.º ¿La mestchanka
Eufemia Ivanovna Botchkova, de 43 años, es culpable del crimen definido en la
primera pregunta?
3.º ¿La mestchanka Catalina Mijailovna Maslova, de 27 años, es culpable del crimen
definido en la
primera pregunta?
4.º
Si la acusada Eufemia Botchkova no es culpable en lo que se refiere a la primera pregunta, ¿lo
sería por el hecho de haber, el 17 de enero de 188..., en la ciudad de..., estando de servicio en el
Hotel de
Mauritania, robado de la maleta cerrada con llave de un viajero de ese hotel, el comcrciante Smiel
kov,
la suma de 2.500 rublos y, a este fin, de haber abierto, en aquel sitio, la maleta con una llave que se
había procurado a este efecto?
El jefe del jurado leyó la primera pregunta. -¿Qué dicen ustedes, señores?
La respuesta no se hizo esperar. Todos opinaron en senti
do afirmativo, tanto en lo referente al robo
como al envenenamiento. Un solo jurado se negó a declarar a Kartinkin culpable: un viejo
artelstchik
(De la palabra Artel, asociación de artesanos, de obreros, et
cétera, que trabajan en común y se reparten
seguidamente las ganancias.-N del T.)que, por lo demás, respondía ne
gativamente a todas las preguntas.
El jefe del jurado pensó al principio que aquel hombre no comprendía y empezó a explicarle que
Kartinkin y Botchkova eran desde luego culpables; pero el artelstchik a
firmó haber comprendido muy
bien y que, según él, lo mejor era tener piedad.
-Tampoco nosotros -añadió -somos santos. y nada pudo hacerlo desistir de aquella idea.
La respuesta a la segunda pregunta, relativa a la Botchkova, fue: «No, no es culpable.» Se j
uzgó que
faltaban las pruebas de su complicidad en el envenenamiento, como, por lo demás, había dicho con tanta
insistencia su abogado.
El comerciante, empeñado en que se considerase inocente a Maslova, insistió en sostener que
Botchkova era el eje de todo
el asunto. Varios jurados fueron de su opinión; pero el jefe del jurado,
deseoso de permanecer en una legalidad estricta, hizo notar que no existía de eso ninguna prueba ma-
terial.
Después de una larga discusión, prevaleció su parecer. Por el contrario,
en la cuarta pregunta se
declaró a Botchkova cúllpable de haber robado el dinero. A petición del artelschik,
se añadió: «Pero
merece circunstancias atenuantes.»
La pregunta concerniente a Maslova provocó un debate muy vivo. El jefe del jurado afirmaba que
era culpable tanto del envenenamiento como del robo. El comerciante sostenía lo contrario; el coronel,
el dependiente y el artelstchik eran de esta opinión. Los demás jurados vacilaban, pero se incli
naban más
bien hacia la opinión de su jefe: la principal
razón de ello era la fatiga general, y la opinión preferida
sería aquella que pusiese antes de acuerdo a todo el mundo y liberase a los jurados.
Por los interrogatorios y por lo que él sabía de Maslova, Nejludov albergaba la convicción de que
ella no era
culpable ni del robo ni del envenenamiento. Había creído al principio que ése sería el parecer
de todo el mundo; pero tuvo que re
conocer su error. A consecuencia de la oposición provocada por el
jefe del jurado, del cansancio de todos y del hecho de que
el buen comerciante no sabía disimular que
Maslova le agradaba físicamente y ponía mucha torpeza en defenderla, la ma
yoría, respecto a aquella
pregunta, se inclinaba en un sentido afirmativo. Nejludov, viendo eso, pensó en tomar la palabra; pero se
llenó
de miedo ante la idea de interceder en favor de Maslova, como si todo el mundo fuera a adivinar
sus relaciones con ella. Se decía, sin embargo, que no podía consentir en de
jar pasar así las cosas y que
su deber era intervenir. Enrojecía, palidecía luego;
y por fin iba a decidirse a hablar, cuando Peter
Guerassimovitch, silencioso hasta entonces, pero evidentemen
te irritado por el tono autoritario del jefe
del jurado, intervino para decir precisamente lo que quería decir Nejludov.
-Permítame -dijo -.Afir
ma usted que ella es culpable del robo porque tenía la llave de la maleta; pero
¿es que los criados no podían, también, abrir la maleta con otra llave?
-¡Claro, naturalmente! -apoyaba el comerciante. -
En realidad, es imposible que ella haya cogido el
dinero. En su situación, ¿qué habría podido hacer con él?
-¡Exactamente, es lo mismo que yo digo! -insistía el comerciante.
-
Soy más bien de la opinión de que su llegada al hotel con la llave inspiró la idea del robo a los
criados, quienes aprovecharon la ocasión y luego le echaron todas las culpas a ella.
Peter Guerassimovitch hablaba con voz irritada, irritación que se transmitió al jefe del jurado y que
lo incitó a aferrarse con más fuerza a su propio parecer. Pero Peter Guerassimovitch habló con tanta
convi
cción, que la mayoría se puso de su parte; se reconoció que Maslova no había robado el dinero ni
la sortija, y que ésta le había sido dada como regalo.
Quedaba por determinar su culpabilidad en el envenena
miento. El comerciante, su ardiente defensor,
declaró que se la debía declarar inocente, puesto que ella no tenía motivo al
guno para envenenar a
Smielkov; a lo que el jefe del jurado respondió que era imposible declararla inocente toda vez que ella
misma confesaba haber echado los polvos.
Los echó, es verdad -dijo el comerciante -, pero creyendo que era opio.
-También el opio puede causar la muerte -
interrumpió el coronel, al que le gustaban las digresiones.
A propósito de eso, contó !a aventura de la mujer de su cuñado, que había tomado opio por acciden
te y
habría muerto si oportunamente no se hubie.se. encontrado un médico. Hablaba con tanta digni
dad y
dominio, que nadie se atrevía a interrumpirlo. Sólo el dependiente, siguiendo el ejemplo, se arriesgó a
cortar el hilo de su relato.
-Uno puede muy bien acostumbrarse al veneno -dijo
y tomarlo sin peligro hasta cuarenta gotas... Un
pariente mío...
Pero el coronel. no era hombre que se dejase interrumpir; prosiguio su historia y todo el mundo tuvo
que enterarse detalladamente del papel que el opio había
representado en la vIda de la mujer de su
cuñado.
-Pero, ¡señores! ¡Son ya más de las cuatro! exclamó un Jurado.
-Bueno, señores -propuso el jefe del jurado-
, ¿qué les parece si la reconocemos culpable sin
intención de robar? ¿Les parece bien?
Satisfecho por su éxito, Peter Guerassimovitch consintió.
-Pido que se añada: «pero merece circunstancias atenuantes» -exclamó el comerciante.
Inmediatamente todos consintieron en eso. Sólo el artelstchik
insistió de nuevo en declararla no
culpable.
-Pues a eso es a lo que llegamos -le explicó el jurado -. Es como si dijéramos: ella no es culpable.
-¡Vaya, pues! Pero añdiendo: « y merece circunstancias atenuantes.» Eso borrará lo que queda -
dijo
gozosamente el comerciante.
Estaban todos tan fatigados, se habían embr
ollado tanto en todas aquellas discusiones, que a nadie se
le ocurrió la idea de añadir a la respuesta. «Sí, pero sin intención de causar la muerte.»
Nejludov estaba tan conmovido, que tampoco él cayó en la cuenta. Las respuestas, pues, se
redactaron y se entregaron en esta forma al tribunal.
Rabelais cuenta que un jurista, llamado a dirimír un pro
ceso, después de haber enumerado una
multitud de artículos y de leyes y leído veinte páginas de galimatías latino-
jurídico, propuso a los
pleiteantes dictar el
juicio a la suerte. Si los dados arrojaban un número par, el acusador tendría razón; si
el número era impar, la tendría el acusado.
En este caso ocurrió lo mismo. Se tomó tal decisión, y no otra, no porque todos los jurados fuesen de
la misma opinión, sino
porque el presidente del tribunal había prolongado tanto su resumen, que se le
había olvidado decir, siguiendo la cos
tumbre en casos parecidos, que los jurados podían responder: «Sí,
pero sin intención de causar la muerte.» Además, las respuestas fueron
adoptadas porque el coronel
había contado demasiado prolijamente la aventura de la mujer de su cuñado; en tercer lugar, porque
Nejludov estaba tan conmovido, que no se había dado cuenta de que las palabras «sin intención de
robar» deberían haber ido acomp
añadas de las otras palabras: «sin intención de causar la muerte»; en
cuarto lugar, porque Peter Guerassimovitch había salido de la sala momentáneamente mientras el jefe
del jurado releía las respuestas. Principalmente, estas respuestas fueron adoptadas po
rque los jurados,
fatigados y deseosos de recobrar su libertad, habían atrapado al vuelo el primer parecer que se les había
propuesto.
El jefe del jurado llam6. El guardia, que se había mante
nido ante la puerta con el sable
desenvainado, volvió a meter la
hoja en la vaina y se apartó. Los jueces volvieron a sentarse en sus
sillones, y los jurados entraron en la gran sala.
El jefe del jurado llamó. El guardia, que se había mante
nido ante la puerta con el sable
desenvainado, volvió a meter la hoja en la vai
na y se apartó. Los jueces volvieron a sentarse en sus
sillones, y los jurados entraron en la gran sala.
¡Vea usted la estupidez que han hecho!-dijo el presidente a su asesor de la izquierda -
.Esto significa
.trabajos forzados y, sin embargo, ella es inocente.
-¿Y por qué habría de ser inocente? -dijo el juez severo. -
Es algo que salta a la vista. Creo que sería
ocasión de aplicar el artículo ochocientos diecisiete.
(El artículo 817 establece que el tribunal tiene derecho a módificar la decisión del jurado
si la juzga
mal fundamentada.)
-¿Y usted, qué piensa usted de esto? -preguntó el presidente al juez benévolo.
Este no respondió inmediatamente. Miró el número del pa
pel que tenía delante de él, sumó las cifras
y vio que la suma no era divisible por tres. Se había dicho que si el total era divisi
ble, daría su
consentimiento, y, aunque no era así, se decidió, por bondad, a dar su aquiescencia.
-Creo también -respondió -que se debería proceder así.
-¿Y usted? -preguntó el presidente al juez escrupuloso.
-Bastante hablan ya los periódicos -respondió éste con tono resuelto -de que-
los jurados absuelven a
los culpables. ¿Qué dirían si es el tribunal mismo quien se pone a absolver?
No doy mi consentimiento.
El presidente sacó su reloj.
«Lo siento, pero, ¿qué puedo hacer?», pensó. Luego de
volvió las respuestas al jefe del jurado para
que las leyese.
Todos los jurados se levantaron, y su jefe, después de ha
ber cargado el peso del cuerpo, ora sobre un
pie, ora sobre otro, leyó las preguntas y las respuestas. Ninguno de los fun
cionarios: el escribano, los
abogados y hasta el fiscal, pudo ocultar su asombro.
Unicamente los detenidos, que no comprendían el sentido de las respuestas, permanecían inmóviles
en su banquillo. Luego todo el mundo volvió a sentarse y el p
residente preguntó al fiscal qué penas
proponía contra los acusados.
Este, encantado por el inesperado éxito de su requisitoria contra Maslova, éxito que atribuyó a su
elocuencia, consultó un volumen, se levantó y dijo:
-Pido, para Simón Kartinkin, la apli
cación del, artícu1o 1.452 y del 4.º párrafo del artículo 1.453;
para Eufemia Botch
kova, la aplicación del artículo 1.659; y para Catalina Maslova, la aplicación del
artículo 1.454.
Todos estos artículos enunciaban las penas más severas, -El tribunal va a
retirarse para deliberar
sobre la aplica ción de la pena -dijo el presidente, levantándose.
Todos se levantaron después de él y, con el sentimiento de haber cumplido una obra buena, salieron
y se dispersaron por la sala.
-Pues bien, padrecito, hemos metid
o la pata dijo Peter Guerassimovitch acercándose a Nejludov, a
quien el jefe del jurado daba algunas explicaciones -, He aquí que hemos des
pachado a la desgraciada a
trabajos forzados.
-¿Cómo? ¿Qué dice usted? -exclamó Nejludov, sin darse cuenta, esta ve
z, de la chocante
familiaridad del profesor.
-Sin duda alguna -respondió éste -. Se nos olvidó ana
dir en nuestras respuestas... «Culpable, pero sin
intención de causar la muerte.» El escribano acaba de decirme que el fiscal pide contra ella quince años
de trabajos forzados.
-Pues todos estuvimos de acuerdo- dijo el jefe del jurado.
Peter Guerassimovitch protestó, declarando que era eviden
te que, puesto que Maslova no había
cogido el dinero, no podía haber tenido la intención de causar la muerte.
-Pero -replicaba el jefe del jurado para justificarse-
yo releí las respuestas antes de que entráramos en
la sala.
-No tuve más remedio que salir unos momentos durante esa lectura -
dijo Peter Guerassimovitch,
quien se dirigió lue go a Nejludov -:Pero usted, ¿cómo ha podido dejar pasar eso?
-No me di cuenta de nada -dijo Nejludov.
-Pero se puede reparar el error -dijo Nejludov, -No, ahora ya todo está acabado,
Nejludov dirigió los ojos hacia los detenidos, Mientras se decidía el des
tino de éstos, ellos
continuaban sentados e inmóviles entre la reja de madera y los guardias, Maslova son
reía, Entonces, un
mal pensamiento se deslizó en el alma de Nejludov. Cuando hacía unos momentos preveía la absolución
y la puesta en libertad de Mas
lova, se había inquietado por el modo con que tendría que conducirse
respecto a ella. Ahora, la deportación a Siberia iba a suprimir tajantemente la posibi
lidad de reanudar las
relaciones. El pájaro herido iba a dejar pronto de debatirse en el morral y de evocar el recuerdo.
XXIV
Se confirmaron las previsiones de Peter Guerassimovitch.
Cuando los tres jueces volvieron de la sala de deliberaciones, el presidente sacó un papel y leyó:
«El 28 de abril de 188.,., por orden de Su Majestad Imperial, la secci
ón criminal del tribunal del
distrito de N..., en virtud de la decisión de los señores miembros del jurado, con
forme al tercer párrafo
del artículo 771, al tercer párrafo de los artículos 776 y 777 del código de procedimiento criminal, ha
condenado al campesino Simón Kartinkin, de 33 años de edad, y a la mestchanka
Catalina Maslova, de
27 años de edad, a la privación de todos sus derechos civiles e individuales y a trabajos forzados:
Kartinkin, por un plazo de ocho años; Maslova, por un plazo de cuatro años, con, para los dos, las con-
secuencias del artículo 25 del código penal.
»A la mestchanka
Eufemia Botchkova, de 44 años de edad, ala privación de sus derechos
individuales y del uso de sus bienes ya un encarcelamiento de tres años, con las consecuencia
s del
artículo 48 del código penal.
»Ha condenado además a los tres detenidos, conjunta y solidariamente, a pagar todos los gastos del
proceso, debiendo a cargo de la Hacienda dichos gastos en caso de insolvencia, la cual procederá a la
venta de las piezas
de convicción, a la restitución de la sortija ya la destrucción de los recipientes. de
cristal.
Kartinkin permanecía inmóvil, en la misma actitud militar, los brazos rígidos a lo largo dd cuerpo y
las mejillas en movimiento; Botchkova aparecía absolutamen
te tranquila; Maslova, al leerse la
sentencia, enrojeció.
-¡No soy culpable! ¡No soy culpable! -exclamó, con una voz que resonó en toda la sala -
.¡Es pecado!
¡No soy culpable! ¡Yo no quería eso; no lo pensaba! ¡Es verdad lo que digo!
Y, dejándose caer en el banquillo, estalló en violentos sollozos.
Cuando Kartinkin y Botchkova se levantaron para salir, ella se quedó sentada, sin dejar de sollozar;
para obligarla a levantarse fue necesario que uno de los guardias le tirase de la manga del capote.
.«No, no se
puede dejar que las cosas queden así», se dijo Nejludov, olvidando su mal pensamiento
de hacía unos instan
tes. Y, sin reflexionar, se precipitó hacia el corredor para ver una vez más a
Maslova.
Ante la puerta se apretujaba la muchedumbre animada de los j
urados y de los abogados, dichosos
por haber concluido; Nejludov tuvo que esperar algunos minutos antes de poder abandonar la sala.
Cuando llegó al corredor, Maslova estaba ya lejos. Corrió hacia ella, sin preocuparse de la extrañeza que
provocaba, y no se
detuvo hasta haber llegado a su altura. Ya ella no lloraba, pero dejaba escapar
grandes sollozos entrecortados, mientras se enjugaba con la punta de su pañolón el en
rojecido rostro.
Pasó ante él sin verlo, y él la dejó pasar para luego reemprender su ca
rrera a través del corredor con
objeto de buscar al presidente del tribunal. Cuando Nejludov lo al. canzó, el presidente estaba ya en el
vestíbulo y dispuesto a marcharse. Acercándose a él, que en aquel momento se ponía un elegante abrigo
claro y recibía de manos del portero su bastón con puño de plata, Nejludov le dijo:
-Señor presidente, ¿Podría hablarle un momento del asun
to que se acaba de juzgar? Soy miembro del
jurado.
-Pero, ¡cómo! ¿No es usted el príncipe Nejludov? Tengo mucho gusto en volverlo a ver -
respondió
el presidente, con un apretón de manos.
Se acordaba con placer del baile en que se habían conoci
do y donde él mismo había bailado con más
encanto y viveza que los jóvenes.
-¿En qué puedo servirle?
-Nuestra respuesta referente a Maslova se ba
sa en una equivocación. Inocente del envenenamiento,
he aquí que se la condena a trabajos forzados -dijo Nejludov con aire sombrío.
-Pero el tribunal ha dictado su sentencia según las respuestas de ustedes -
dijo el presidente,
avanzando hacia la puerta -,
aunque en modo alguno hayamos encontrado relación en esas respuestas
con las preguntas.
El presidente se acordó entonces de que había tenido la intención de explicar a los jurados que la
respuesta: «Sí, culpable., no haciendo constar la salvedad: «sin int
ención de matar afirmaba el asesinato
con premeditación; pero que, con la prisa de acabar, no lo había dicho.
-Pero, ¿no se podría reparar este error?
-Siempre se encuentran motivos de casación. Hay que dirigirse a los abogados -
dijo el presidente,
ladeándose el sombrero sobre la oreja y acercándose a la puerta.
-¡Pero es espantoso!
-Mire usted, para Maslova no había más que dos soluciones posibles...
Haabiéndose sacado las patillas sobre el borde del traje, aga
rró ligeramente a Nejludov para
arrastrarlo hacia la salida, pues el presidente parecía sin duda deseoso de ser agradable al príncipe.
¿Sale usted también? -le dijo.
-- respondió Nejludov, quien se puso con rapidez su abrigo y siguió al presidente.
Fuera brillaba un sol radiante, y las calles est
aban llenas de ruido y de animación. A causa del
estrépito que formaban so
bre d pavimento las ruedas de los vehículos, el presidente tuvo que levantar la
voz:
-Mire usted- dijo -, la situación era un poco rara. Para este asunto no había más que dos soluci
ones
posibles. Maslova podía ser casi absuelta, es decir, condenada a algunos meses de carcel, condena de la
que se habría deducido su prisión preventiva; la pena que quedara sería insignificante. O bien había que
condenarla a trabajos forzados. Nada de té
rminos medios. Si ustedes hubiesen añadido las palabras:
«pero sin intención de causar la muerte», habría sido absuelta.
-¡Es imperdonable en mí no haber pensado en eso! -dijo Nejludov.
-Pues bien, ahí está el quid de la cuestión -replicó el presidente, so
nriendo y mirando su reloj. El
último plazo de la cita fijada por Clara iba a expirar dentro de tres cuartos de hora -
.Y ahora, si usted lo
desea, diríjase a un abogado. No se trata más que de encontrar una motivo de casación: eso se encuentra
siempre. Calle Dvorianskaia- dijo a un cochero -. Treinta copeques por la carrera; nunca doy más.
-¡Dígnese subir su excelencia!
-Mis mejores saludos -terminó el presidente, despidiéndose de Nejludov -
.Y si puedo serle útil: casa
Dvornikov, calle Dvorianskaia: ¡es fácil de retener!
Luego saludó a Nejludov con una última inclinación con descendiente de cabeza y se alejó.
XXV
Su conversación con el presidente y el contacto con el aire fresco del exterior habían calmado un
poco a Nejludov. Atribuyó en gran parte a la fa
tiga la extraña emoción que acababa de experimentar y
que habían exagerado las circunstancias anormales en que se encontraba desde por la mañana.
«Desde luego- pensó -
, he aquí un encuentro asombroso y extraño. Mi deber es suavizar lo antes
posible la suer
te de esa infortunada. Por tanto, ahora mismo voy a enterarme de la dirección de Fanarin,
o de Nikichin.»
Se trataba de dos abogados famosos cuyos nombres le acudieron a la memoria.
Deshizo el camino andado, volvió a entrar en el Palacio de Justicia, se qu
itó el abrigo y subió la
escalera. En el primer corredor encontró a Fanarin y lo abordó diciéndole que tenía que hablar con él. El
abogado, que lo conocía de vista y de nombre, se apresuró a dispensarle una buena acogida.
Estoy un poco cansado; pero si no es cosa de mucho tiempo, cuénteme su asunto. Pasemos por aquí.
Hizo pasar a Nejludov a una sala, sin duda el despacho de algún juez, donde se sentaron cerca de la
mesa.
-Bueno, ¿de qué se trata?
Ante todo -dijo Nejludov -, debo rogarle que no diga a nadie
la participación que tomo en el asunto
del que quiero hablarle.
Naturalmente, ni que decir tiene. ¿Y bien...?
Soy jurado. y hoy hemos condenado a trabajos forzados a una mujer que no es culpable. Eso me
atormenta.
A pesar suyo, enrojeció y se turbó. Fanarin lanzó sobre él una rápida mirada, bajó los ojos y escuchó.
-Dígame -instó.
-Hemos condenado a una inocente. Quisiera que se pre
sentara recurso contra la sentencia, llevando
el juicio a una jurisdicción superior.
-Al Senado- precisó el abogado.
Y he venido a pedirIe a usted que se encargue de este asunto.
Nejludov tenía prisa sobre todo de zanjar un punto delicado, y añadió ruborizándose:
-Sus honorarios y todos los gastos, por considerables que sean, corren de mi cuenta.
-Sí, sí, no discutiremos sobre eso -
replicó el abogado, sonriendo complacidamente al ver la
inexperiencia de Nejludov -. Bueno, ¿en qué consiste ese asunto?
Nejludov sé lo resumió brevemente.
-
Muy bien. Mañana mismo pediré los autos y los examinaré. y pasado mañana... No, más bien el
jue
ves... El jueves, pues, si usted quiere venir a mi casa a eso de las seis de la tarde, le daré una
respuesta. Estamos de acuerdo, ¿no es así? Tengo todavía varias cosas que hacer en el Palacio antes de
volver a casa.
Nejludov se despidió de él y abandonó el Palacio de Justicia.
Aquella nueva conversación había aumentado su calma; se estimaba dichoso por haber emprendido
ya algunas medidas en defensa de Maslova. Gozaba del hermoso tiempo y aspiraba deliciosamente los
efluvio primaverales. Conductores de coc
hes de punto parados delante de él le ofrecían sus servicios,
pero él prefería caminar. Todo un enjambre de pensamientos y recuerdos relativos a Katucha y a su
conducta para con ella ocupaban su mente. y se sintió lleno de tristeza. «N- se dijo-, ya pensar
é en eso
más tarde. Ahora tengo que distraerme de tantas impresiones penosas.»
Recordó la cena de los Kortchaguin y consultó su reloj. No era tan tarde que no pudiese llegar para
cenar. Las campanas de un tranvía resonaron detrás de él; echó a correr, lleg
ó al vehículo y subió.
Descendió más lejos, en la plaza, escogió un coche. bien enjaezado y, diez minutos después, se vio ante
la escalinata de la gran casa de los Kortchaguin.
XXVI
Que su señoría se digne entrar; lo esperan arriba- dijo con una complaci
ente sonrisa el grueso portero
de los Kortchaguin, avanzando hasta la escalinata al encuentro de Nejludov -
. Están a la mesa y han
dado orden de no recibir a nadie más que a usted.
Luego, el portero fue hacia la escalera y tiró del cordón de una campanilla.
-¿Hay gente? -preguntó Nejludov, quitándose el abrigo.
-Aparte la familia, están los señores Kolossov y Mijai Sergueievitch -respondió el portero.
En el rellano de la escalera apareció la elegante silueta de un lacayo con librea y con guantes
blancos.
-Que su señoría se digne subir. Le ruegan que entre.
Nejludov subió la escalera, atravesó el grande y magnífico salón que le era tan conocido y penetró en
el comedor. Toda la familia Kortchaguin estaba reunida alrededor de la mesa, con excepción de la
prince
sa Sofía Vassilievna, la madre de Missy, que comía siempre en su habitación. La cabecera de la
mesa estaba ocupada por el viejo Kortchaguin, quien tenía a su izquierda al médico de la casa ya su
derecha a Iván Iva novitch Kolossov, ex mariscal de la nobleza, actualmente miem
bro del consejo de
administración de un banco y colega de opinión liberal de Kortchaguin. A la izquierda, miss Rader,
institutriz de la hermanita de Missy; luego, esta hermana, de cuatro años de edad; a la derecha, frente a
ella, Petia, el hermano de Missy, colegial de sexto año, que preparaba sus exá
menes, prolongando así la
estancia de toda la familia en la ciudad, y un estudiante, su repetidor. Más lejos, uno frente a otro,
Catalina Alexeievna, madura señorita de cuarenta años, esla
vófila, y Mijail Sergueievitch o Micha
Teleguin, primo de Missy; finalmente, al otro extremo de la mesa, Missy, y cerca de ella un cubierto no
utilizado.
-¡Ah, esto sí que es magnífico! ¡Dése prisa; no estamos más que en el pescado! -
exclamó el viejo
Kortchaguin, alzando los ojos sobre Nejludov y masticando con precaución con sus dientes postizos.
-¡Esteban! -
gritó en seguida al majestuoso camarero principal, con la boca llena y señalando con los
ojos el cubierto vacío.
Nejludov conocía al viejo Kortchagui
n desde hacía mucho tiempo, y lo había visto muy a menudo a
la mesa. Pero aque
lla noche quedó desagradablemente impresionado por su rostro sanguíneo y
congestionado, por su boca sensual, por su grueso cuello, por el conjunto de su semblante, además de la
manera como se metía un pico de la servilleta en el escote de su cha
leco. y por toda aquella corpulencia
de general obeso.
A pesar suyo, se acordó de haber oído hablar de la dureza de aquel hombre .en los tiempos en que,
siendo gobernador de provincia, había hecho fusilar y ahorcar a numerosos desgra
ciados, Dios sabe por
qué, puesto que, rico y bien emparentado, no tenía motivo alguno para mostrar tanto celo.
-¡En seguida van a servir a su señoría! -dijo Esteban, sacando de un cajón del aparador un cucha
rón,
mientras el ele
gante lacayo ponía en orden el cubierto colocado junto a Missy en el que la servilleta
almidonada y artísticamente plegada dejaba ver en una de las esquinas un escudo de armas bordado.
Primeramente, Nejludov dio la vuelta alrededor de
la mesa v estrechó las manos de los comensales.
Todos, con excepción del viejo Kortchaguin y de las damas, se levantaron para ten
derle la suya. Aquel
paseo y aquellos apretones de mano, da
dos a gentes en su mayor parte desconocidas, le parecieron
aquel
la noche particularmente ridículos y desagradables. Se excusó de su retraso e iba a sentarse en el
sitio vacante entre Missy y Catalina Alexeievna, cuando el viejo Kortchaguin exigió que tomase al
menos entremeses, si no un vasito de aguardiente. Le fue pr
eciso, pues, acercarse a la mesita donde
estaban la langosta, el caviar, el queso y los arenques. Creía no tener hambre; pero, habiendo probado el
queso, se puso a devorar con avidez.
-Bueno, qué, ¿ha socavado usted los cimientos? -le preguntó Kolossov, em
pleando con ironía la
expresión reciente de cierto periódico reaccionario que hacía campaña contra la institución del jurado -
.
Habrá usted absuelto a culpables y condenado a inocentes, ¿no es así? ¿Qué me dice?
-¡Socavado los cimientos! ¡Socavado los cimientos! -
repitió el viejo príncipe con una risita. Su
confianza en el ingenio y en la ciencia de su amigo, cuyas ideas compartía, no tenía límites.
A riesgo de parecer descortés, Nejludov no respondió a Ko
lossov. Se sentó ante su plato, se sirvió
sopa y continuó comiendo con un apetito feroz.
-¡Déjenlo que se fortalezca!-
dijo Missy, sonriendo y mostrando con el empleo de aquella frase la
familiaridad de sus relaciones.
Kolossov, con un tono desenvuelto y en voz alta, siguió discutiendo el artículo del pe
riódico
reaccionario sobre la institución del jurado. Miguel Sergueievitch replicaba contrapo
niendo los errores
groseros que se contenían en otro artículo reciente del mismo periódico.
Como siempre, Missy se mostraba totalmente distinguida y llevaba un a
tuendo de una elegancia
discreta y sobria.
-Sin duda estará usted agotado de hambre y de cansancio, ¿no?-
le dijo a Nejludov cuando éste hubo
acabado su sopa.
-Pues no, no demasiado. ¿ y usted? ¿Han ido ustedes a ver esos cuadros?
-No; nuestra visita se ha diferido para más adelante. Hemos ido a jugar al lawn-tennis
en casa de los
Salamatov. Y, mire usted, la verdad es que míster Crooks juega de una manera admirable.
Nejludov había venido a casa de los Kortchaguin para distraerse. El lujo y la riqueza de la
casa, de
acuerdo con sus gustos refinados, habían hecho siempre que le resultaran agradables esas visitas, así
como la atmósfera de halago acariciante con que se le envolvía allí. Pero aquella noche, por una
casualidad singular, todo lo encontraba desagradable: desde el por
tero, la ancha escalera, las flores, los
lacayos y los adornos de la mesa, hasta Missy, a la que no tuvo más remedio que juz
gar afectada y poco
seductora. Le molestaba el tono de suficiencia y grosería de Kolossov, su liberalismo, y l
a silueta bovina
y sensual del viejo Kortchaguin, y las citas francesas de la madura señorita eslavófila, y los rostros
enfurruñados de la institutriz y del repetidor; y más aún aquella frase de tono familiar con que había
hablado de él Missy.
Ésta seguía
inspirándole dos sentimientos contrarios. Unas veces era perfecta, porque la veía a través
de un velo o como al claro de luna, y le parecía fresca, bella, inteligente, natural; otras veces, como bajo
los rayos deslumbrantes del sol, le era imposible no dar
se cuenta de sus imperfecciones. y aquel día él
estaba en esta última disposición. Distinguía las arrugas de su frente, la señal de las tenacillas rizadoras
en sus cabellos, y los huesos salientes de sus codos; le impresionaba sobre todo la anchura de las
uñas de
sus grandes dedos, que le recordaban los dedos macizos del padre de la joven.
-¡Qué juego tan aburrido ese lawn-tennis! -opinó Kolossov -
. En nuestros tiempos, el juego de la
pelota era mucho más divertido.
-Pues no -exclamó Missy -.No sabe usted lo que es. No hay nada más locamente fascinante.
Nejludov tuvo la impresión de que ella había dicho aquella palabra «locamente» con una afectación
insoportable.
Se entabló una discusión. Intervinieron en ella Mijail Sergueievitch y Catalina Alexeievna.
Únicamente la institutriz, el repetidor y los niños permanecieron mudos y aburridos.
-Vamos, siempre están disputando! -
dijo con una risa exagerada el príncipe Kortchaguin, quitándose
la servilleta de! escote del chaleco.
Cuando se levantaba, un lacayo se apr
esuró a retirarle la silla. Después de él, todo el mundo se
levantó para dirigirse hacia una mesita donde había vasos de agua tibia perfumada. Los comensales se
enjuagaron la boca y continuaron una conversación que no interesaba a nadie.
-¿No es verdad que no hay nada como el juego que revele tanto el carácter de la gente? -
preguntó
Missy a Nejludov, invitándolo así a corroborar su propia opinión.
Había visto en el rostro del príncipe una expresión concen
trada y severa, que ya le había notado otras
veces, y quería conocer la causa de la misma.
-A decir verdad, no sé nada de eso y nunca he pensado sobre esa cuestión- respondió Nejludov.
-¿Quiere usted que subamos a la habitación de mamá? -preguntó ella entonces.
-Sí, sí- respondió él, y encendió un cigarr
illo. Pero el tono de su respuesta indicaba con bastante
claridad que no tenía grandes deseos de hacer eso.
La joven se calló y le lanzó una mirada inquisitiva que lo puso de mal humor.
«Verdaderamente -se dijo-, parece que he venido aquí para propagar el
aburrimiento.» Y ,
esforzándose en parecer amable, dijo que iría con gusto a presentar sus homenajes a la princesa, si es
que ella quería recibirlo.
-Mamá estará encantada. Podrá usted fumar en su habi
tación como aquí. Iván Ivanovitch ya está allí
sin duda.
Sofía Vassilievna, la señora de la casa, no se dejaba ver más que acostada. Desde hacia ya ocho años
recibía a sus visi
tantes tendida en un canapé, envuelta en encajes y cintas, entre los terciopelos, los
dorados, los marfiles, los bronces, las lacas y
las flores. No veía, y lo repetía frecuentemente, más que a
«sus amigos», es decir, a aquellos que a su juicio se destacaban sobre el común de los mortales.
Nejludov era uno de ésos, porque pasaba por inteligente, porque su madre había hecho buenas migas
con
los Kortchaguin y porque la princesa deseaba que Missy se casara con él.
La habitaci6n de Sofía Vassilievna estaba precedida de un salón grande y de otro pequeño. En el
grande, Missy, que caminaba delante de Nejludov, se detuvo de pronto y se quedó mi
rándolo, agarrando
nerviosamente el respaldo dorado de una silla baja.
Ella tenía el más vivo deseo de casarse; Nejludov era para ella un buen partido. Además, le agradaba
y se había hecho a la idea, no de que ella le pertenecería, sino de que él sería de
ella. Perseguía su
objetivo con esa astucia inconsciente y tenaz que ponen en ello las neuroticas. Queriendo, pues, obli
gar
a Nejludov a explicarse, le dijo a quemarropa:
-A usted le ha pasado algo; lo veo. Dígame qué es.
Él se acordó de su aventura en la Audiencia frunció las cejas y enrojeci6.
--respondió, negándose a mentir -, me ha ocurrido algo extraño, inesperado y grave.
-¿Qué es? ¿No puede usted decirmelo?
-Por ahora, no. Permítame que no le diga nada. Me ha pasado una cosa sobre la cual es prec
iso que
siga reflexionando- añadió, ruborizándose aún más.
-¿Y no me lo dirá usted?
Se le contrajo un músculo del rostro, y la joven soltó el respaldo de la silla.
-No, no puedo- replicó Nejludov, comprendiendo que, con aquella respuesta suya a la joven,
se
respondía a sí mismo y reconocía la gravedad de lo que le había pasado.
-Como usted quiera. Entonces, venga conmigo.
Sacudió la cabeza, como para alejar un pensamiento inopor
tuno, y reanudó más rápidamente su
marcha.
Nejludov creyó notar que ella hacia un esfuerzo para repri
mir las lágrimas. Le dio vergüenza y se
reprochó la pena que le estaba causando; pero la menor debilidad lo habría perdido, o ligado para
siempre, y, aquella noche sobre todo, eso era lo que más temía. Así, pues, silencioso, la acom
pañó hasta
la habitación de la princesa.
XXVII
La princesa Sofía Vassilievna acababa de terminar su cena, muy delicada pero muy reconfortante y
que ella siem
pre tomaba sola, por temor a que la vieran en aquella ocupación poco poética. El café lo
servían sobre un velador cerca de su canapé, y ella fumaba cigarrillos. Era morena, del
gada y
larguirucha, con largos dientes y grandes ojos negros, y se esforzaba en darse aún aires de jovencita.
Se chismorreaba sobre sus relaciones con su médico. Nejludov, ha
sta entonces no interesado por
aquellas hablillas, no tuvo más remedio que acordarse de ellas al entrar en la ha
bitación, cuando
distinguió, sentado muy cerca del canapé, al médico de barba untada de brillantina y elegantemente
recortada. Al verlo, experimentó una impresión de desagrado.
En una butaca blanda y baja estaba sentado Kolossov, agitando con su cuchara el azúcar de su café,
cerca de un va sito de licor colocado en el velador.
Missy, habiendo entrado en la habitación con Nejludov, no permaneció más que un instante.
-Cuando mamá se canse y los despida, vendrán ustedes a verme, ¿no es así? -
dijo ella a Kolossov ya
Nejludov, con un tono como si nada anormal hubiese ocurrido entre ella y este último.
Salió de la habitación alegremente y con un paso deslizante sobre la blanda alfombra.
-Hola, ¿cómo está usted, querido amigo? Siéntese y cuente -
dijo la princesa Sofía Vassilievna, con la
sonrisa afectada y que quería parecer natural de su boca surtida de hermosos y largos dientes muy bien
imitados -. Ha
vuelto usted de la Audiencia, decían estos señores, de muy mal humor. ¡Tales sesiones
deben resultar tan penosas para hombres de corazón...! -añadió ella en francés.
-Sí, es verdad -replicó Nejludov -. Allí uno siente muy a menudo su... uno siente, quiero
decir, que
no tiene derecho a juzgar...
-Comme c'est vrai! -exclamó la princesa, fingiéndose im
presionada por lo acertado de aquella
reflexión; porque poseía el arte de adular siempre a sus interlocutores.
-Bueno, ¿cómo va su cuadro? -continuó -. Me intere
sa enormemente. Si no fuera por mi debilidad,
hace ya mucho que habría ido a verlo a su casa.
-Lo he abandonado por completo -respondió secamen
te Nejludov, asqueado por la falsedad de
aquellas adulaciones, tan visible, aquella noche, como por el disimul
o de la vejez. Y, a pesar de sus
esfuerzos, ya no podía ser amable.
-
¡Qué lástima! ¿Sabe usted que el mismo Repin me ha afirmado que nuestro amigo tiene un gran
talento? -dijo ella, volviéndose hacia Kolossov.
«¿Cómo no le da vergüenza mentir de esa manera?», pensaba Nejludov, indignado.
Sin embargo, dándose cuenta de que Nejludov no estaba verdaderamente en forma y que una
conversación agradable con él era imposible, Sofía Vassilievna se volvió hacia Kolos
sov y le pidió su
opinión sobre un nuevo drama qu
e se acababa de representar; eso con un tono que hacía prever la
aceptación, como de un oráculo, de la opinión que él emitiera: Kolossov se mostró muy duro en su juicio
y aprovechó la ocasión para exponer sus teorías sobre el arte. Como siempre, la princes
a se mostraba
impresionada por lo acertado de los comentarios de su amigo y no se arriesgaba a defender al autor del
drama más que para capitular al instante o encontrar un término me
dio. Nejludov miraba y escuchaba,
pero veía y oía otra cosa.
Escuchando ora a Sofía Vassilievna, ora a Kolossov, com
probaba que ninguno de los dos tenía el
menor interés por el drama, como no lo tenían el uno por el otro, y que el solo objeto de su conversación
era satisfacer una necesidad física: activar la digestión por la
agitación muscular de la lengua y de la
garganta. Comprobaba además que Kolossov, habiendo be
bido aguardiente, vino y licores, estaba un
poco ebrio; no con esa embriaguez de los mujiks
que beben de cuando en cuando, sino con la de la gente
que está acostumbrada a beber. No ti
tubeaba y no decía estupideces, pero su estado de excitación y de
contento de sí mismo era anormal. Además, Nejludov se daba cuenta de que en lo más animado de la
conversación, la princesa, inquieta, no apartaba los ojos de la ventana
, por la que se deslizaba un oblicuo
rayo de sol capaz de alumbrar demasiado crudamente su propio ocaso.
-¡Qué verdad es eso! -
respondió ella a un comentario de Kolossov, al mismo tiempo que apretaba el
botón de un timbre eléctrico.
En aquel momento, sin d
ecir nada, como familiar de la casa, el médico se levantó y salió. y Sofía
Vassilievna lo siguió con los ojos, sin interrumpir la conversación.
-¡Felipe! Tenga usted la bondad de bajar esa cortina -
dijo al guapo lacayo que había entrado a la
llamada de! timbre -
. No; por mucho que usted diga, hay algo místico; y no existe poesía sin misticismo
-continuó, dirigiéndose a Kolos
sov, mientras uno de sus negros ojos espiaba con mal humor los
movimientos del lacayo, ocupado en bajar la cortina -. Sin poesía, el m
isticismo es superstición; y la
poesía sin misticismo es prosa -prosiguió ella con una sonrisa contrita y el ojo clavado en el lacayo -
.
Pero, no, Felipe! No es esa cortina. Es la de la ventana grande -
dijo al fin con un aire de sufrimiento y
como si hubiese quedado agotada por el esfuerzo que le habían costado tantas palabras.
Para calmarse, se llevó a la boca, con su mano cargada de sortijas, el perfumado cigarrillo.
Silencioso y sumiso, caminando ligeramente sobre la alfombra, con sus piernas muscul
osas y sus
pantorrillas salientes, el guapo lacayo se acercó a la otra ventana y, mirando a la princesa, se puso a
bajar cuidadosamente la cortina, a fin de que ni el menor rayo pudiese caer sobre ella. Pero tampoco esta
vez estaba haciendo lo que quería S
ofía Vassilievna, quien de nuevo tuvo que interrumpir su disertación
sobre el misticisimo para aleccionar al implacable y torpe Felipe que tanto la fatigaba. Por un momento,
un relámpago pasó por los ojos de lacayo.
«El pobre debe de estarse diciendo: ¿qué
diablos es lo que quieres en definitiva?», pensó Nejludov
ante aquella escena.
El guapo y robusto Felipe reprimió inmediatamente su mo
vimiento de impaciencia y se puso a
ejecutar las órdenes de la indolente, débil y sofisticada princesa.
-Desde luego, hay mucho de verdad en la doctrina de Darwin, pero a veces va demasiado lejos -
continuó Kolossov, agitándose en su butaca y mirando a la princesa con ojos soñolientos.
-Y usted, ¿cree usted en la herencia? -preguntó a Nejludov, cuyo silencio la tenía desazonada.
-¿La herencia? No, no creo en ella-
respondió sin desprenderse de las visiones extrañas que
obsesionaban su imaginación.
Se figuraba posando como modelo, al lado del robusto y guapo Felipe, a Kolossov desnudo, con su
vientre en forma de calabaza, su
cabeza calva y sus brazos esqueléticos, caídos como cuerdas. Y,
vagamente también, entrevió los hombros de Sofía Vassilievna, recubiertos ahora de seda y de
terciopelo, tal como debían de ser. Pero esa imagen resultaba realmente demasiado repugnante, y la
rechazó.
Sofía Vassilievna se quedó mirándolo con fijeza.
-Pero -dijo ella -me olvido de que Missy le está es
perando. Vaya a reunirse con ella; creo que tiene
intención de interpretarle un trozo de Grieg. Es muy interesante.
«¡No tiene que interpretarme
nada! ¿A qué vienen todas estas mentiras?», pensó Nejludov,
levantándose y estrechando la mano transparente, huesuda y cargada de anillos de Sofía Vassilievna.
En el salón se encontró con Catalina Alexeievna, quien lo detuvo al pasar.
-Lo cierto es -le dijo ella en francés, siguiendo su costumbre -
que las funciones de jurado, ya lo veo,
le deprimen a usted un poco.
-
Sí, excúseme. Esta noche no me siento en forma, y no tengo derecho a imponer mi malhumor a los
demás -respondió Nejludov.
¿Y por qué no está usted en forma?
-Eso, permítame que no se lo diga- replicó él, buscando su sombrero.
-
¿Se olvida usted, pues, de que nos dijo que había que decir siempre la verdad y que incluso se
aprovechó de eso para decirnos a todos verdades crueles? ¿Por qué hoy no q
uiere usted decir la verdad?
¿Te acuerdas, Missy? -añadió Catalina Alexeievna, volviéndose hacia la joven, que acababa de entrar.
-Es que entonces era un juego - respondió gravemente Nejludov -
.El juego permite esas cosas. Pero
en la vida real, somos tan malos... o yo soy tan malo..., que no me es posible pensar en decir la verdad.
-No se retenga usted. Diga más bien que todos somos malos -
replicó alegremente la madura
muchacha, sin fijarse en la gravedad de Nejludov.
-No hay nada peor que decirse que no se está en forma- interrumpió Missy -
.Por mi parte, nunca me
lo confieso a mí misma; por eso siempre estoy en forma. Vamos, sígame, va
mos a tratar de disipar su
mauvaise humeur.
Nejludov experimentó el sentimiento que deben de experimentar los caballos e
n el momento de ser
embridados y enjae
zados. Nunca hasta entonces había experimentado tanto miedo a dejarse enjaezar. Se
excusó diciendo que tenía necesidad de volver a su casa, y se preparó a despedirse. Missy le retuvo la
mano más tiempo que de costumbre.
Recuerde que lo que es grave para usted lo es al mismo tiempo para sus amigos -dijo ella -
.¿Vendrá
usted mañana?
-No lo creo- respondió Nejludov, y sintiendo que el rubor le subía al rostro, se apresuró a salir.
-¿Qué significa todo esto? Comme cela m’intrigue! -
dijo Catalina Alexeievna cuando él hubo
abandonado el salón -. Es preciso que me entere. Quelque affaire d'amour-
propre. Il est tres susceptible,
notre cher Mitia !
«Plutôt une affaire d'amour sale», pensó Missy, pero sin decirlo. Miraba delante
de ella con aire
sombrío, muy distinto del que tenía en presencia de Nejludov. Sin embargo, ni si
quiera delante de
Catalina Alexeievna se habría atrevido a for
mular aquel juego de palabras de mal gusto, y se limitó a
decir:
-Todos tenemos nuestros días buenos y nuestros días malos.
«¿También se escapará éste? -pensó Missy -
.Estaría muy mal por su parte, después de todo lo que ha
pasado.»
Si le hubiesen preguntado a Missy lo que quería decir con aquellas palabras «todo lo que ha pasado»,
no habría podido alegar nada preciso. Tenía, sin embargo, una impresión absoluta
mente clara de las
esperanzas despertadas en ella por Nejludov y casi una promesa de casamiento. Desde luego, ninguna
pala bra precisa los había ligado, pero miradas, sonrisas, alusiones y sil
encios bastaban, a juicio de ella,
para. que lo considerase como si le perteneciese. Por eso el pensamiento de perderlo le resultaban tan
penoso.
XXVIII
Vergüensa y disgusto, disgusto y vergüenza! », pensaba Nejludov, volviendo a pie a su casa. por un
ca
mino recorrido a menudo. La penosa lmpresión nacida en el de su conversación con Missy no se
disipaba. Se sentía «formal
mente» al abrigo de los reproches de la joven, en cuanto se trataba de
declaración que hubiera podido comprometerlo; y sin embargo, no
estaba menos ligado a ella. Lo
compr:ndía, y con todas las fuerzas de su ser comprendía también la imposibilidad de casarse con ella.
¡Vergüenza y disgusto, disgusto y vergüenza!», se repetía ante el pensamiento no sólo de sus
relaciones con Missy, sino
de todo lo que lo rodeaba. «¡Todo es disgusto y vergüenza!», repitió, ubiendo
la escalinata de su casa.
-No cenaré -le dijo a su criado Kornei, quien lo esperaba en el comedor dispuesto a servirle-
. Puede
usted retirarse.
-A sus órdenes -respondió el criado, que, en lugar de marcharse, quitó la mesa.
Nejludov no pudo abstenerse de creer que el otro obraba así para contrariarlo. Miraba a Kornei con
malhumor; habría querido que todo el mundo lo dejase en paz, y todo el mundo se ponía de acuerdo para
llevarle la contraria.
Cuando Kornei salió, Nejludov se acercó al samovar paraprepararse su té; pero oyó en la antecámara
los pasos de Agra
fena Petrovna, y, para no verla, salió precipitadamente y pasó al salón, cuya puerta
cerró tras él. Tres meses antes, su mad
re había muerto en aquel salón. Dos lámparas de reflectores lo
alumbraban, iluminando los dos grandes retratos del padre y de la madre de Nejludov colgados en la
pared. Y éste se acordó de sus últimas relaciones con su madre. Falsas también, y, también al
lí,
vergüenza y disgusto. Se acordaba de que en los úl
timos tiempos de la enfermedad de su madre había
deseado positivamente su muerte. Era, había pensado entonces, para
que se librase de sus sufrimientos;
hoy comprendía que la había deseado para librarse él mismo de la vista de sus sufrimientos.
Con el deseo de evocar en él recuerdos mejores, se acercó al retrato, firmado por un pintor célebre y
por el que se pagó en tiempos cinco mil rublos. La madre de Nejludov estaba re
presentada con vestido
de terciopelo negro, descubierta la garganta. El artista, eso se notaba, había puesto el mayor cuida
do en
pintar bien el nacimiento de los senos, su separación, el cuello y los hombros, que su modelo tenía muy
bellos. A él le pareció esta vez que era absolutamente vergonzoso y desagra
dable. Se espantó de lo que
había de repulsivo y de sacrílego en aquella figura de su madre bajo el aspecto de una belleza
semidesnuda. La cosa resultaba tanto más chocante cuanto que hacía tres meses, allí mismo, la misma
mujer se h
abía tendido sobre un diván, seca como una momia, exhalando un olor que infectaba toda la
casa. Se acordó de que, la víspera de su muerte, ella le había cogido una mano entre sus pobres manos
descarnadas, lo había mirado a los ojos y le había dicho: «¡No m
e juzgues, Mitia, si no he hecho lo que
era preciso! » Y que de sus ojos enturbiados por el sufrimiento habían salido lágrimas.
«¡Qué disgusto!», se dijo una vez más frente al retrato donde su madre, con una sonrisa triunfante,
desplegaba sus magníficos
hombros y sus brazos de mármol. y la desnudez de aquel pecho lo hizo
pensar en otra joven, vista por él aquellos últi
mos días e igualmente escotada. Era Missy, quien, una
noche de baile, le había rogado que viniese a verla con su nuevo vestido. Con verdad
era repugnancia se
acordó del placer que había experimentado al ver los bonitos hombros y los bellos brazos de Missy. «¡Y
delante de ese padre grosero y sensual, con su pasado de crueldad, y esa madre bel esprit,
de reputación
sospechosa!», pensaba. Todo aquello era repugnante y vergon
zoso. ¡Vergüenza y disgusto, disgusto y
vergüenza!
«No, no -se dijo -
, ¡Es preciso que me libere, que rompa todas estas relaciones mentirosas con los
Kortchaguin, con María Vassilievna, con la herencia y con todo lo demás...!
Sí, escaparme, respirar en
paz. Ir al extranjero, trabajar en mi cuadro en Roma.»
Y se acordó de sus propias dudas sobre su talento.
Bah, ¿qué importa eso? Lo importante es respirar en li
bertad. Iré a Constantinopla y luego a Roma.
Me iré en cuanto cierren los tribunales y quede arreglado este asunto con el abogado.»
De nuevo se irguió ante él la imagen viviente de la conde
nada, con sus negros ojos que bizqueaban
un poco. ¡Ah, cómo había llorado ella al gritar aquellas últimas palabras! Con un gesto bru
sco, tiró el
cigarrillo que acababa de encender, encen
dió otro y se puso a caminar de arriba abajo por la habitación.
Luego, con el pensamiento, volvió a ver los minutos sucesivos pasados con Katucha: la escena de la
habitacioncita, el desencadenamiento de su pasión bestial, su desilusión una vez satisfe
cha aquélla.
Volvió a ver el vestido blanco y el cinturón azul, y la misa nocturna.
«Sí, aquella noche la amé, la amé verdaderamente, con un amor fuerte y puro; y la había amado
antes, ¡oh, cuantísimo!, cuando residía en casa de mis tías para escribir mi tesis.»
Volvió a verse a sí mismo tal como era entonces, y eso lo inundó con un perfume de frescor, de
juventud, de vida dichosa; y se agravo aun mas su tristeza.
Le pareció enorme la diferencia existente
entre el hombre de entonces y el de ahora: tanta y quizá
más aún que la que existía entre la Katucha de la iglesia y la prostituta, la amante del comerciante
siberiano, juzgada por él hacía poco. Valeroso y libre entonces, nada le parecía imposible; ahora,
sepultado en una existencia inútil y vacía, miserable y estúpida, sin salida y de la cual muy a menudo se
negaba a salir. Recordó que orgullo extraía entonces de su franqueza y de su principio de decir siempre
la verdad, y de su manera de decirla; en tant
o que ahora estaba sumido en la más espantosa mentira,
considerada verdad por quienes lo rodeaban.
Y tampoco había salida de aquella mentira en la que se hundía por la fuerza de la costumbre, en la
que se pavoneaba.
¿C6mo liberarse en sus relaciones con M
aría Vassilievna? ¿Cómo resolverse a poder mirar cara a
cara al marido y a los hijos de aquella mujer? ¿Cómo romper su trato con Missy? ¿Cómo poner de
acuerdo el hecho de haber proclamado él mis
mo la injusticia de la propiedad rústica y el de poseer la
heren
cia de su madre, indispensable para su existencia? ¿Cómo redimir su falta para con Katucha? Y,
sin embargo, las cosas no podían quedar así. «No puedo -se decía él-
abandonar a una mujer amada en
otros tiempos, pagando solamente a un abogado para arranc
arla de esa cárcel que no ha merecido.
¡Querer lavar mi falta con dinero es lo que yo creía suficiente cuando daba cien rublos a Katucha!»
Volvió a ver el momento en que, en el vestíbulo de la casa de sus tías, se había acercado a la joven,
le había desliz
ado el dinero y había huido. «¡Ah, ese maldito dinero, ah, ah, qué asco!», se dijo en voz
alta, como lo había dicho entonces. «So
lamente un miserable, un canalla, podía obrar así. ¿ Y soy yo ese
canalla, ese miserable? exclamó- ¿Pues quién sino yo?», se
respondió. y continuó denunciándose a sí
mismo: «Y ade
más, no es eso todo. ¿No es una bajeza tus relaciones con Maria Vassilievna, tu amistad
con su marido? ¿Y tu actitud en lo que se refiere a tus bienes? So pretexto de que el dinero procede de tu
madre,
¿no disfrutas de la riqueza que consideras ilegítima? ¿Y toda tu vida, ociosa e inútil? Y, como
coronamiento de todo eso, ¿qué puedes decir de tu conducta respecto a Katucha? ¡Eres un miserable!
¿Qué importa el juicio de los demas? Tú puedes engañados, pero no puedes engañarte a ti mismo.»
Y comprendió que el objeto de una aversión que él sentía desde hacía algún tiempo, y sobre todo
aquella noche no eran ni los hombres ni el viejo príncipe, ni Sofía Vassilievnna, ni Mis
sy, ni Kornei,
sino él mismo, y, ¡cosa extraña!, aquel recono
cimiento de su indignidad, aunque penoso, contenía algo
de calmante y de consolador.
Varias veces en el curso de su existencia había ya procedido a lo que él llamaba «limpiados de
conciencia»; crisis morales en las que el decaim
iento, casi la detención de su vida in. terior, lo habían
obligado a barrer las porquerias que manchaban su alma.
Hecho eso, no dejaba nunca de imponerse reglas jurándose seguirlas. Escribía un diario, volvía a
empezar una nueva vida «turning a new leaf»,
como él decía. Pero la seducción del mundo volvía de
nuevo a atrapado, y volvía otra vez al punto de partida, si no más bajo.
El verano en que pasó las vacaciones en casa de sus tías había marcado la primera de aquellas
«limpiezas». Fue su despertar más
vivo y más entusiasta. Sus consecuencias habían durado bastante
tiempo. El segundo despertar ocurrió cuando, habiendo abandonado su empleo de funcionario, soñó con
sacrificar su vida y había partido a guerrear contra los turcos. En aquella ocasión, la rec
aída tuvo lugar
antes que otras veces. Un nuevo despertar había ocurrido cuando abandonó el ejército y partió al
extranjero para dedicarse a la pintura.
Desde entonces, y hasta el día de hoy, había transcurrido un largo período sin que «limpiase su
concien
cia». Por eso nunca había llegado a una suciedad tal, a un tal desacuerdo entre lo que exigía su
conciencia y la vida que llevaba. Se quedó aterra
do. El abismo era tan grande, y la suciedad tan fuerte,
que en el primer momento desesperaba de poder desprenderse de ella.
«Más de una vez has tratado de corregirte, de hacerte mejor, y has fracasado -
le decía una voz
tentadora -
.¿Vale la pena empezar una vez más? ¿Es que eres tú el único que estás en ese caso? Todo el
mundo es como tú. ¡Es la vida!»
Pero el ser libre, el ser moral, y que es en nosotros el úni
co verdadero, el único poderoso, el único
eterno, ese ser, en aquel momento, se había despertado en él. Le era imposible no creer en él. Por colosal
que fuera la distancia entre lo que era y lo que habría
querido ser, aquel ser interior afirmaba que todo le
era posible aún.
«Romperé, por mucho que me cueste, los lazos de mentira en los que me revuelco, y confesaré todo;
diré y haré la verdad -se dijo con decisión en voz alta -. Diré la verdad a Missy: que s
oy un libertino, que
no puedo casarme con ella y que le pido perdón por haberla turbado. Diré a Maria Vassilievna..., o
mejor, no a ella, sino a su marido, le diré que soy un mi
serable, que lo he engañado. Dispondré de la
herencia conforme a la verdad. Di
ré también a Katucha que soy un miserable, que pequé contra ella. y
haré todo lo posible por suavizar su suer
te. Iré a verla y le pediré que me perdone. Sí, le pediré perdón
como hacen los niños... Me casaré con ella si es preciso...»
Se detuvo, juntó las manos como hacía en su infancia, elevó los ojos y dijo:
-¡Señor, ven en mi ayuda, instrúyeme, penetra en mí para purificarme!
Rezaba. Pedía a Dios que penetrara en él para purificarlo; y ese milagro, pedido en su oración, se
había, sin embargo, cumplido y
a en él. Dios, viviendo en su conciencia, había vuelto a tomar posesión
de ella. Y no solamente sentía Nejludov la libertad, la bondad, la alegría de la vida; sentía también la
fuerza del bien, y todo el bien posible que un hombre pudiera hacer, él se sabí
a capaz de hacerlo
también.
Sus ojos estaban bañados de lágrimas. Buenas, en tanto que lágrimas de felicidad, nacidas del
despertar del ser moral dormido en él desde hacía años; pero malas también, porque eran lágrimas de
enternecimiento por sí mismo y por su bondad de alma.
Se ahogaba. Avanzó y abrió la ventana que daba al jardín. La noche era fresca, blanca de luna. A lo
lejos resonó un ruido de ruedas, y luego todo volvió a quedar en silencio. Bajo la ventana, sobre la arena
de la alameda y sobre el césped, se per
filaba la sombra de un gran álamo desnudo. A la izquierda, bajo
los diáfanos rayos de la luna, el techo de la cochera parecía todo blanco. Al fondo se entrecruzaban las
ramas de los árboles y transversalmente la línea negra del seto. Y Nejludov
contemplaba el jardín, lleno
de una dulce luz argentada, y la cochera, y la sombra del álamo; escuchaba y aspiraba el soplo
vivificante de la noche.
-¡Qué hermoso es todo! ¡Qué hermoso es todo, Dios mío! -decía.
Y estas palabras eran la expresión de lo que pasaba en su alma
XIX
Maslova no fue llevada a la cárcel hasta las seis, doloridos los pies después de quince verstas (
medidas itineraria equivalente a 1.067 metros) de marcha desacostumbrada por una calzada de piedra.
Aunque aniquilada por la severidad imprevista de la sentencia, tenía hambre.
Durante una suspensión de la vista, los guardianes habían comido en su presencia pan y huevos
duros; la boca se le hizo agua y se dio cuenta de que tenía hambre, pero le habría parecido humillante
pedirles algo.
y la vista recomenzó y duró todavía más de tres horas, y había acabado por no sentir ya
hambre, sino únicamente debilidad. La lectura de la sentencia la había encontrado en esta disposición de
espíritu, y al escucharla creyó estar soñando. La idea de los
trabajos forzados no consiguió implantarse
fácilmente en su espritu. Pero la acogida que se le dio a la lectura de su condnna por los magIstrados y
los jurados le hizo ver pronto la realidad de la misma. Enton
ces, sublevada, había gritado su inocencia
con todas sus fuer
zas, pero también su grito fue acogido como una cosa natural, prevista y sin alcance en
su situación. Se había deshecho en lá
grimas, fatalmente resignada a soportar hasta el fin la extraña y
cruel injusticia que se había realizado en detri
mento de ella. Una cosa sobre todo la asombraba: que
aquella dura sentencia le fuese infligida por hombres, por hombres jóvenes y no vie
jos, los mismos que
de ordinario la miraban con tanta complacencia. Únicamente el fiscal era la excepción. En la sala
de los
presos, aguardando el comienzo de la vista, y luego, durante las suspensiones, había visto que aquellos
hombres, so pretexto de que tenían que hacer algo allí, pasaban por delante de la puerta de la estancia
donde se encontraba e incluso entraban para te
ner ocasión de mirarla. ¡Y estos mismos hombres la
habían condenado a la cárcel, aunque ella fuese inocente de lo que se la acusaba! Había comenzado a
llorar, hasta quedar, poco a poco, sin lágrimas y completamente postrada. Cua.ndo, despues de la vi
sta,
la encerraron en el calabozo del Palacio de Justicia en espera de su traslado a la cárcel, no tenía más que
un pensamiento: fumar.
En este estado la encontraron Botchkova y Kartinkin, llevados igualmente después de la sentencia al
mismo calabozo. Botchkova se había puesto a insultarla, diciéndole que era un «piojo carcelario».
-Qué, ¿has ganado, te has justificado? ¡No te has esca
pado, pendón! ¡No tienes más que lo que
mereces! ¡En la cárcel no te darás ya aires de princesa!
Maslova permanecía impasi
ble, con las manos hundidas en las mangas de su capote, la cabeza baja,
mirando obstinadamente a dos pasos delante de ella; se limitó a decir:
-Yo no me ocupo de usted; déjeme tranquila. No me ocupo de usted -repitió varias veces.
Luego se calló.
Se animó
un poco cuando se llevaron a Botchkova ya Kartinkin, y un guardia entró a traerle un
envío de tres rublos.
-¿Eres tú Maslova? -preguntó. Y añadió, tendiéndole el dinero -: Esto te lo envía una señora.
-¿Qué señora?
-¡Vamos, toma! No tenemos por qué daros conversación.
El dinero le era enviado a Maslova por Kitaieva, la patrona de la casa de tolerancia. Ésta, al salir de
la Audiencia, había preguntado al portero de estrados si podía dar un poco de dinero a Maslova. Al
escuchar la respuesta afirmativa, se qui
tó con precaución el guante de piel de Suecia que recubría su
blanca y gordezuela mano y sacó del bolsillo de detrás de su falda de seda una cartera de última moda
atiborrada de billetes. Entre una gran cantidad de cupones y de títulos ganados por ella, e
ligió un billete
de dos rublos cincuenta, añadió cincuenta copeques en plata y entregó todo al portero de estrados. Éste
llamó al guardia y le entregó la suma en presencia de la señora.
-Se lo ruego, le entregará eso, ¿verdad? -dijo Karolina Albertovna al guardia.
Este último se sintió vejado por semejante desconfianza; de ahí su malhumor contra Maslova.
Ésta no dejó de sentirse encantada al recibir tal dinero, que le iba a permtir realizar su deseo.
«¡Con tal que pueda procurarme pronto cigarrillos...!», s
e dijo; y en este único deseo de fumar se
concentraban todos sus pensamientos. Tenía tantas ganas, que aspiraba con avidez el olor de tabaco que
entraba, a bocanadas, en su celda. Pero tuvo que aguardar mucho tiempo para satisfacer su deseo. El
escribano,
encargado de ordenar el traslado de los condenados desde la Audiencia a la cárcel se había en
efecto olvidado de ellos y se había retrasado discutiendo con un abogado el articulo del periódico
prohibido
Por fin, a eso de las cinco se hizo partir a Maslova entre sus dos guardias, el de Nijni-
Novgorod y el
chuvaco, que la hicieron salir por una puerta trasera del palacio. En el vestíbulo del tribunal ella les
había dado veinte copeques rogándoles que fuesen a comprarle dos panes blancos y cigarrillos.
El chuvaco se había echado a reír:
-Está bien, te lo compraré- había dicho.
Honradamente, había ido a comprar los panes y los cigarrillos y le había devuelto lo que quedaba.
Pero estaba prohibido fumar en ruta; así, pues, Maslova había llegado hasta la cárcel si
n haber podido
satisfacer sus ganas de fumar.
En el momento de llegar entraba un convoy de un centenar de presos y se había cruzado con ellos a
la puerta. Los había viejos y jóvenes, barbudos o afeitados, rusos y de otras razas. Algunos llevaban
rapada la
mitad de la cabeza y tenian hierros en los pies. Llenaban el vestíbulo de polvo, del ruido de sus
pasos y de sus conversaciones y de un acre tufo a sudor. Todos, al pasar cerca de Maslova, la habían
mirado; algunos se habían acercado a ella para requebrarla.
-iVaya, vaya, la hermosa muchacha! -había dicho uno.
¡Mis respetos a la madrecita!- había dicho otro, guiñando un ojo.
Y uno de ellos, moreno, con la cabeza rapada y enormes bigotes, haciendo resonar sus hierros, se le
había acercado para agarrarla del talle.
-¿Es que no reconoces a tu amiguito? ¡Vamos, no tengas tantos escrúpulos! -
le dijo, enseñando los
dientes y con los ojos brillantes cuando ella lo rechazó.
-¿Qué haces tú ahí, bribón?- gritó el subdirector de la cárcel, apareciendo de improviso.
Inmediatamente, el forzado se retiró, agachando la espalda. y el subdirector se volvió hacia Maslova.
-¿ Y tú, qué vienes a hacer aquí?
Maslova estaba tan cansada, que le faltaron fuerzas para decir que volvía del tribunal.
-Llega de la Audiencia, señoría -respondió uno de los soldados, llevándose la mano a la garra.
-Hay que entregársela al guardián jefe. ¿Qué significa este desorden?
-A sus órdenes. señoría.
-jSokolov! ¡Hazte cargo de ella! -
gritó el subdirector. El guardián jefe se acercó, la agarró por un
hombro con malhumor y, haciéndole una señal con la cabeza, la condujo él mismo por el corredor de las
mujeres. Allí la registraron por todas partes sin encontrar nada (el paquete de cigarrillos lo había
escondido dentro del pan) y la hicieron entrar de nuevo en la sala de donde había partido por la mañana.
XXX
Esta sala a la que llevaban de nuevo a Maslova era una gran pieza de nueve archines
( medida de
longitud = 0.71m.- N.del T.) de largo por siete de ancho con dos ventanas; por todo mobiliario, una vie
ja
estufa blanca en sus tiempos y una veintena de camas de tablas desunidas y que ocupaban los dos tercios
de la superficie de la sala. Hacia el centro, frente a la puerta, ardía un cirio ante un icono ennegrecido de
grasa y adornado con un viejo ramille
te de siemprevivas. A la izquierda, detrás de la puerta, el cubo de
las basuras.
Acababan de pasar la lista de retreta y de encerrar alas presas para la noche.
Quince personas ocupaban la sala: doce mujeres y tres niños.
Había aún claridad y sólo dos mujer
es estaban acostadas. Una de ellas dormía, tapada la cabeza con
su capote: era una idiota, encarcelada por vagabunda, y que dormía día y noche. La otra, condenada por
robo, era tísica. Sin dormir, permanecía extendida, abiertos los grandes ojos, posada la
cabeza sobre su
capote; un hilo de saliva corría de sus labios, apretada la gar
ganta en un duro esfuerzo para no toser.
Entre las demás mu
jeres, vestidas la mayoría solamente con camisas de tela gruesa, unas cosían,
sentadas en sus camastros; otras, de p
ie junto a las ventanas, miraban pasar por el paño el convoy de los
presos. De las tres mujeres que cosían, una era la vieja Korable
va, quien por la mañana había hablado a
Maslova por la mirilla de la puerta. Era una mujer alta y fuerte, de cara enfurruñ
ada, con grandes cejas
fruncidas, carrillos que le caían bajo el mentón, cabellos ralos y amarillentos, griseando ya en las sienes,
y una verruga cubierta de pelos en la mejilla. Había sido condenada a prisión por haber matado a su
marido, al que encontró
a punto de violar a su hija. Decana de la sala, gozaba del privilegio de vender
aguardiente. En aquellos momentos cosía, provista de gafas y sosteniendo la aguja al modo campesino,
esto es, con tres dedos de su gran mano callosa. Cerca de ella, cosiendo ig
ualmente, estaba una mujercita
morena de nariz roma, con ojillos negros, aire bonachón y, ade
más, muy charlatana. Guardabarrera de
ferrocarril, había sido condenada a tres meses de cárcel por haber causado un acci
dente al olvidar, una
noche, agitar su bandera al paso de un tren. La tercera era Fedosia, o Fenitchka, como la denomina
ban
sus compañeras, joven aún, toda blanca y toda rosa, con claros ojos de niña y, alrededor de su cabecita,
dos largas trenzas enrolladas de rubios cabellos. Estaba en la cárcel por ten
tativa de envenenamiento
contra su marido, al día siguiente de casarse, sin motivo aparente; tenía entonces apenas dieciséis años.
Ahora bien, durante sus ocho meses de prisión preventi
va no sólo se había reconciliado con su marido,
sino, más
aún, se había enamorado de él. Cuando se celebró el juicio, ella le pertenecía en cuerpo y
alma, lo que no había impedido que el tribunal la condenase a trabajos forzados en Siberia, a pesar de las
súplicas de su marido, de su suegro y sobre todo de su su
egra, que sentían por ella una verdadera ternura
y que habían hecho toda clase de esfuerzos para que la absolvieran. Buena, alegre, siempre risueña, era
vecina de cama de Maslova y había congeniado pronto con ella, y la colmaba de cumplidos y de
atenciones.
Cerca de allí, en una cama, estaban sentadas otras dos mu
jeres. Una, de unos cuarenta años, delgada
y pálida, con al
gunos restos de belleza marchita, amamantaba a un niño. Era una campesina condenada
por rebelión contra la autoridad. Habiendo ido un d
ía a su pueblo la policía para llevarse por la fuerza al
regimiento a uno de sus sobrinos, los campesinos, juzgando ese acto ilegal, se habían rebelado,
avasallando al comisario de policía rural, y la mujer había saltado a los belfos del caballo sobre el
cual
habían hecho subir a su sobrino, a fin de liberar a éste. Una viejecilla, jorobada, de cabellos ya grises,
estaba sentada cerca de la joven madre. Fingía querer atra
par a un grueso niñito de cuatro años,
ventrudo, que corría alrededor de ella lanzand
o carcajadas. Y, en camisa, el niño corría, repitiendo sin
cesar:
-¡No me coges! ¡No me coges!
El hijo de aquella vieja había sido condenado por tentativa de incendio, y ella había sido reconocida
cómplice. Resignándose, en cuanto a ella, a su pena, no de
jaba de gemir por su hijo, encarcelado
igualmente, y sobre todo por su viejo marido; pues ella temía que su nuera se hubiese ido y que el viejo
no tuviera a nadie para lavarlo y quitarle los piojos.
Además de estas siete mujeres, otras cuatro. en pie ante
una ventana abierta, se agarraban a los
barrotes de hierro; hablaban con los presos que pasaban por el patio, los mismos que Mas
lova había
encontrado en el vestíbulo. Una de esas mujeres, que expiaba un robo, era una alta pelirroja de cuerpo
desmalazado,
con pecas en todo su joven rostro. Con voz aguardentosa, lanzaba a través de la ventana
gran cantidad de palabras chocarreras. A su lado había una mujercita morena a la que su largo tronco y
sus cortas piernas daban el aire de tener diez años. Su rostro,
de color de ladrillo, estaba lleno de
manchas; sus ojos eran grandes y negros, con gruesos labios recortados, levantados sobre una fila de
blancos y prominentes dientes. Soltaba risotadas al escuchar las respuestas de su vecina a los pre
sos del
patio. Su coquetería le había merecido el apodo de la Hermosa.
Estaba condenada por robo e incendio.
Delgada, hue
suda, lastimosa, se erguía detrás de ella otra mujer, condenada por ocultación de objetos
robados; inmóvil, con una camisa de tela gris muy sucia, pesad
a con su vientre fecundado, permanecía
en pie, muda, sonriendo a veces, con aire aprobador y enternecido, a lo que ocurría en el patio. La cuarta
detenida, de pequeña estatura, fuerte, de ojos salientes y aire bonachón, había sido condenada por venta
fraud
ulenta de aguardiente. Era la madre del niño que jugaba con la jorobada y de una niñita de siete
años, autorizados a compartir su prisión porque no habían sabido a quién confiárselos. La madre, como
las demás mujeres, miraba por la ventana, pero sin dejar
de hacer punto de media, y cerraba los ojos,
pareciendo desaprobar lo que decían los presos que pasaban por el patio. En cuanto ala niñita de siete
años, tenía cabellos de un rubio casi blanco, en desorden; agarrada con su delgada manecita a la falda de
la pe
lirroja, fija la mirada, escuchaba atentamente los juramentos cruzados entre las mujeres y los presos
y los repetía en voz baja, como si se los hubiese aprendido de memoria.
Por último, la duodécima detenida era la hija de un sacristán; había ahogado
a su hijo recién nacido
en un pozo. Era una muchacha alta, larguirucha, rubia, con una trenza gruesa y cor
ta, dorada y mal
peinada, y ojos salientes y fijos. Descalza y en camisa de tela gris, caminaba sin tregua de arriba abajo
por el estrecho espacio qu
e dejaban las camas, sin ver a nadie ni hablar con nadie, y, cuando llegaba a la
pared, daba una brusca media vuelta.
XXXI
Cuando la puerta se abrió para dejar paso a Maslova, to
das se volvieron hacia ella; incluso la hija del
sacristán detuvo su paseo,
levantó las cejas al examinar a la recién llegada y luego, sin decir palabra,
reemprendió su mar
cha de autómata. Korableva pinchó su aguja en el saco que estaba cosiendo, y, por
encima de sus gafas, interrogó a Maslova con la mirada:
-¡Perra suerte! -exclamó con su voz de bajo -
.¡Ha vuelto! ¡Yo que pensaba que la iban a dejar en
libertad!
Se quitó las gafas y las depositó sobre la cama, juntamente con su labor.
-Precisamente estábamos diciendo con la madrecita que quizá te habrían soltado ya. Parece que d
e
vez en cuando ocurre eso. Y hay veces en que incluso le dan a una dinero -
dijo la guardabarrera con voz
cantarina -. Y he aquí lo que te ocurre; no hemos adivinado. ¡Estamos en las manos de Dios, cariño! -
añadió ella con voz enternecida y continuando su costura.
-Entonces, ¿de verdad te han condenado? -
preguntó Fedosia con compasión, mirando a Maslova con
sus azules ojos infantiles. y todo su rostro joven y alegre pareció a punto de inundarse de lágrimas.
Maslova no respondió nada. Se acercó a su cama, vecina a la de Korableva, y se sentó.
-Y quizá ni siquiera has comido, ¿verdad? -dijo Fedosia, sentándose al lado de ella.
Maslova, sin responder, depositó los panes sobre la cabecera y se desnudó; se quitó su polvoriento
capote, deshizo el pañolón que recubría los bucles de sus negros cabellos y volvió a sentarse.
La vieja jorobada, que, al extremo de la sala, jugaba con el niño, se acercó a su vez:
-¡Ts!, ¡ts!, ¡ts! -dijo con un chasquido de la lengua e inclinando compasivamente la cabeza.
El niño acudió d
etrás de ella. Boquiabierto y con ojos como platos, se quedó mirando los panes
traídos por Maslova. esta, después de todo lo que le había pasado, al volver a ver aquellos rostros llenos
de compasión, sintió ganas de llorar y le temblaron los labios; sin em
bargo, se contuvo hasta el
momento en que la vieja y el niño se le acercaron. Pero ante las excla
maciones de la primera y las
miradas serias del niño que iban desde los panes a ella, no pudo dominarse. Todos sus rasgos se
estremecieron y estalló en sollozos.
-Siempre te lo dije: ¡escoge un abogado ladino! -dijo Korableva-
. Bueno, ¿qué ha pasado?
¿Deportación?
Las lágrimas le impidieron a Maslova responder. Recogió el pan y tendió a Korableva el paquete de
cigarrillos, donde estaba representada una dama to
da rosa de alto pescuezo y escotada en triángulo.
Korableva miró la imagen y meneó la ca
beza, pareciendo desaprobar a Maslova por haber gastado tan
tontamente su dinero; luego sacó un cigarrillo, lo encendió en la lámpara y, habiendo dado una chupada,
se lo tendió a Maslova, quien, todavía llorando, se puso a fumar con avidez.
-¡Trabajos forzados! -gimió ella por fin entre dos sollozos.
-¡No sienten temor de Dios esos malditos vampiros! -exclamó Korableva -
¡Han condenado a esta
muchacha por nada!
En aque
l momento, las cuatro mujeres, en pie ante la otra ventana, lanzaron una gran risotada. Se
oyó también la risa fresca de la niña mezclada a las risas enronquecidas y agudas de las mujeres. Sin
duda, uno de los presos había provocado aquel estallido de alegría chocarrera con un gesto equívoco.
-¡Vaya, el perro rapado! ¿Habéis visto lo que ha hecho? -
clamó la mujer pelirroja, moviendo su
desmalazado cuerpo.
-¡Vaya una piel de tambor! ¡Pues sí que hay mucho de qué reír!-
dijo Korableva, señalando con la
cabeza a la mujer pelirroja. Y, dirigiéndose a Maslova -: ¿ y por cuántos años?
-Por cuatro -
respondió Maslova, con una abundancia tal de lágrimas, que una de ellas cayó sobre su
cigarrillo.
Maslova lo miró con malhumor, lo tiró y cogió otro.
Aunque ella no fumaba, la guardabarrera recogió inmedia tamente la colilla y dijo a su vez:
-
¡Ay, hermosa mía, qué verdad cuando dicen que nos comen los puercos! Hacen lo que les da la
gana. ¡Y nosotras que habíamos creído que te pondrían en libertad! Matveievna aseguraba
que te
absolverían. Y yo le respondí: «No, cariño, mi corazón presiente que la van a devorar.» Y he aquí que es
cierto- proseguía la guardabarrera, escuchando con un placer visible el sonido de su propia voz.
Durante este tiempo, los presos habían acabado de atrave
sar el patio. Las mujeres que habían
cruzado con ellos groseras pullas abandonaron la ventana para acercarse a Maslova. Llegó primeramente
la tabernera con su hijita.
-Qué, ¿han sido muy severos?- preguntó sentándose al lado de Maslova y sin de
jar de hacer punto
apresuradamente.
-¡La han condenado porque no tenía dinero! -replicó Korableva -
.Si lo hubiese tenido, habría podido
pagar a un abogado astuto y ladino que habría hecho que la absolvieran. Hay uno (no me acuerdo ya de
su nombre), uno pel
udo, con una gran nariz; ése, muchacha, te sacaría completamente seca del fondo del
agua. Había que haber cogido a ése.
-¡Ah, sí, cogerlo! -dijo la Hermosa mostrando sus dientes -.¡Ese no pediría menos de mil rublos!
-Sin duda,. es tu estrella- interrumpió la buena vieja condenada por incendio -
. No es porque yo lo
diga. El mi
serable que le quitó la mujer a mi hijo y que le hizo poner a él entre rejas para que alimentase
a los piojos y que me ha hecho encerrar a mí en mi vejez... -continuó, recomenzando s
u historia por
centésima vez.
-No hay medio de evitar la cárcel ni la pobreza. Si no es la una, es la otra. Son todos lo mismo -
dijo
la tabernera. Y de repente, mirando la cabeza de su hija, soltó la media que estaba tejiendo cogió a la
niña entre sus rodillas y, con gran destreza, se puso a buscarle entre los cabellos -
.¿Por qué te dedicaste a
vender aguardiente? -y se respondió -:¿Con qué, si no, habría dado de comer a mis hijos?
Esta palabra de «aguardiente» dio a Maslova ganas de beberlo.
Me gustaría beber un vaso -dijo a Korableva. Se enju
gó las lágrimas con la manga de la camisa y no
dejó escapar un sollozo más que de tarde en tarde.
-Entonces, dame- dijo Korableva.
XXXII
Maslova había escondido también su dinero en el pan. Lo retiró y tendió el bi
llete a Korableva. Ésta
no sabía leer; se lo enseñó a la Hermosa,
quien le dijo que aquel cuadradito de papel valia dos rublos
cincuenta. La vieja fue entonces a la estufa, abrió la puerta del tiro y sacó un frasco de aguardiente. Al
ver aquello, las mujer
es que no eran vecinas suyas regresaron a sus puestos. Esperando el aguardiente,
Maslova sacudió el polvo de su capote y de su pañolon, subió a su camastro y se puso a comer su pan:
-Te había dejado té, pero ahora está frío -le dijo Fedosia, quien tomó de
una plancha una tetera y un
vaso de hierro fundido envueltos en un trapo.
La bebida estaba en efecto completamente fría y sabía más a hierro que a té. Sin embargo, Maslova
la bebió comiendo su pan.
-¡Toma, Finaschka! -le gritó al niño, partiendo un pedazo de pan, que le dio.
Korableva tendió el frasco de aguardiente y el vaso, y Maslova le ofreció un poco, igual que a
la
Hermosa.
Ellas tres componían la aristocracia del lugar , siendo las únicas que de vez en cuando tenían
dinero, y compartían siempre entre ellas lo que tenían.
Maslova, pronto toda animada, contó lo que le había impre
sionado en la Audiencia y remedó los
ademanes y el tono del fiscal. Dijo el interés que habían mostrado todo el día los hom
bres por
acercársele. En la vista, todo el mundo l
a había estado mirando, y aun después del juicio, en la
habitación donde la habían encerrado, no dejaba de venir gente a verla.
-
Uno de los guardias me decía: «Es a ti a quien vienen a ver.» Entonces llegaba alguien: «¿Dónde
está tal papel?, Y yo veía que
él no tenía necesidad de papel alguno, pero que me comía con los ojos.
¡Vaya unos farsantes! -
contaba ella, sonriendo, con un movimiento de cabeza en el que se
transparentaba un reproche.
-Siempre ocurre así- aprobó la guardabarrera, quien de nuevo empezó
a perorar con su voz cantarina
-
.Caen como moscas sobre el azúcar. Para otra cosa, no se les ve venir; mas para eso, siempre están
dispuestos.
-Y aquí -continuó Maslova, sonriendo -
también tuve una buena acogida. Al entrar en la cárcel, el
paso estaba cortado por una bandada de presos a los que traían de la esta
ción. Menos mal que el
subditector acudió a librarme. Había uno sobre todo que estaba rabioso: tuve que pegarle para que me
soltase.
-¿ Y cómo era? -preguntó la Hermosa.
-Uno moreno, con grandes bigotes.
-Seguro que era él.
¿Quién?
-Pues Stcheglov. Acaba de pasar por el patio.
¿Qué Stcheglov es ése?
-
¿Cómo, no conoces a Stcheglov? Se ha escapado ya dos veces de Siberia. Lo han vuelto a coger,
pero se evadirá una vez más. Los guardias le tienen miedo -añadió la Hermosa,
que a menudo transmitía
clandestinamente cartitas a los presos y conocía todos los líos de la cárcel-
. Seguro que se escapará de
nuevo.
-Es posible. Pero no nos llevará con él -comentó Korableva Escucha -continuó, volviendose
hacia
Maslova -
, será mejor que nos cuentes lo que te ha dicho tu abogado para tu instancia. ¿Tienes que
firmarla ahora?
Maslova respondi que no sabía nada de eso.
Entonces la mujer pelirroja, con los brazos manchados de pecas hundidos en su espesa cabell
era y
rascándose furiosamen
te la cabeza con las uñas, se acercó a las tres mujeres, que continuaban
saboreando su aguardiente.
-¿Quieres que te diga lo que tienes que hacer, Catalina? -le dijo a Maslova -
.Es preciso que digas:
«Estoy descontenta del juicio», y declarárselo así al fiscal.
-¿Qué tonterías vienes a decir? -le preguntó Korableva con su voz irritada de bajo -
.¡Tiene que ver
esta fulana que ha comerciado con aguardiente! ¡No hace falta que vengas a damos consejos! Sabemos
lo que hay que hacer; no se te necesita.
-¿ Es que te estoy hablando a ti? ¿ A qué te metes en esto?
- Lo que te tienta es el aguardiente, ¿verdad? Por eso vienes a dártelas de sabia.
- Vamos, sírvele un vaso- dijo Maslova, siempre generosa.
- Espera, tú verás qué es lo que le voy a servir.
- ¿Cómo? Has de saber que no te tengo miedo-
exclamó la mujer pelirroja avanzando hacia
Korableva- ¡ Basura!
- ¿Basura yo? ¡ Piojo de carcel!- gritó la pelirroja.
Y como ésta hubiera dado un paso al frente, Korableva le dio un golpe en el pecho desnudo y graso.
Como si no hubiera esperado más que aquella provocación la pelirroja hundió bruscamente los dedos
de una de sus manos en los cabellos de Korableva, tratando con la otra mano de golpearla en la cara,
mientras su adversaria le agarraba el brazo. Maslova y la Hermosa
intentaron apartarlas, pero la
pelirroja había agarrado tan sólidamente los cabellos de la vieja, que no se podía conseguir que los
soltara. Korableva, bajada la cabeza, golpeaba al azar sobre el cuerpo de su enemiga y se esforzaba en
mo
rderle el brazo. Alrededor de ellas se habían amontonado las mujeres, que gesticulaban y gritaban.
Incluso la tísica se había levantado para ver la pelea. Los niños se apretaban uno contra otro y lloraban.
Y el estrépito se hizo de tal magnitud, que acudieron la vigilanta y el vigilante.
Separaron a las dos adversarias. Korableva deshizo su tren
za gris, de la que cayeron puñados de
cabellos arrancados por la pelirroja. Ésta, por otra parte, trataba de arreglarse sobre el pecho amarillento
los jirones de su
camisa desgarrada. Y a coro se pusieron a gritar, a vocear sus agravios y sus
explicaciones.
-Sí, sí, ya sé- dijo la vigilanta -
; el aguardiente es la causa de todo esto. Mañana por la mañana se lo
diré al director, que va a ajustaros las cuentas. Huelo muy bien el aguar
diente. Bueno, calladas ya, o, si
no, ¡ay de vosotras! No tengo tiempo de poneros de acuerdo. Cada una a su sitio y silencio.
Pero no era cosa fácil lograr el silencio. Durante mucho tlempo, las mujeres disputaron entre ellas,
en desacuerdo so
bre el origen de la pelea. Por último, el vigilante y la vigilanta se marcharon y las
mujeres se dispusieron a acostarse para pasar la noche. La vieja jorobada fue a rezar delante del icono.
-¡Vaya dos piojos carcela:ios que querían damos una lección. -
dijo de repente la pehrroja desde el
otro extremo de la sala, con su voz aguardentosa y añadiendo los juramentos más soeces de su
repertorio.
--
replicó Korableva usando vocablos parecidos ten culdado de que no vaya a dejarte tuerta esta
noche.
Se callaron un instante.
-Si no me hubieran sujetado, te habría arrancado todos los pelos -gritó de nuevo la pelirroja.
A lo que no se hizo esperar una respuesta apropiada de Korableva. Y, de cuando en cuando, el
silencio de la sala se veía cortado por una nueva explosión de amenazas y de invectlvas.
Las presas estaban todas acostadas y algunas roncaban ya. Únicamente la vieja jorobada y la hija del
sacristán seguían en pie. La primera,. en sus largos rezos, continuaba sus salutacio
nes. delante del icono;
la segunda, después de la marcha de los vlgilantes, se había levantado para reanudar sus idas y venidas.
Maslova no dormía tampoco, no dejando de pensar que ahora era «un piojo carcelario». Dos veces
ya, en pocas horas, le habían aplicado aquel epíteto: prime
ro Botchkova y luego la pelirroja. No podía
acostumbrarse a. aquella idea.
Al principio, Korableva le había vuelto la espalda para dor mir; luego se volvió bruscamente.
-Era algo en lo que no había pensado, que no había previsto en absoluto. ¡Yo, que no he
hecho nada!
-gimió Maslova en voz muy baja -
. A los demás que hacen daño, no les dicen nada, y yo, sin haberlo
hecho, me veo perdida.
-¡No te atormentes, muchacha! También se vive en Siberia. No morirás aí.
-No moriré, ya lo sé; pero, ¿y la vergüenza? ¿E
ra ésa la suerte que me esperaba a mí, que estaba
acostumbrada a vivir con el mayor desahogo?
-Contra Dios no puede ir nadie -respondió Korableva, suspirando -. Contra El, nadie puede ir.
-Es verdad, madrecita, pero de cualquier manera es duro.
Se callaron.
-Escucha a la llorona esa -
dijo Korableva, haciendo observar a Maslova un ruido extraño que llegaba
desde el fondo de la sala.
Era la mujer pelirroja que lloraba porque la habían insul
tado, la habían pegado y le habían negado
aquel aguardiente del que
tenía tantas ganas. Lloraba también porque en toda su vida no había sufrido
más que injurias, afrentas, humillaciones y golpes. Había creído poder consolarse con el recuerdo de su
primer amor, de sus relaciones con un joven obrero. Se había acordado bien d
el comienzo, pero también
del fin, cuando su amante, ebrio, le había rociado con vitriolo el sitio más sensi
ble y se había regocijado,
con sus camaradas, viéndola retor
cerse de dolor. y llena de tristeza, creyendo no ser oída, se había
puesto a llorar, como los niños, resollando y bebiéndose las saladas lágrimas.
-Es una lástima -murmuró Maslova.
-Desde luego, es una lástima- respondió Korableva -; pero, ¿por qué se mete en líos?
XXXIII
A la mañana siguiente, al despertar, Nejludov experimentó al punto
la sensación vaga de que la
víspera le había ocurrido algo muy hermoso y muy importante. y sus recuerdos se precisaron. «Katucha,
el tribunal.» Sí, y su reso
lución de repudiar la mentira, de decir en lo sucesivo toda la verdad. Y, por una
extraña coincid
encia, encontró en su correo la carta tanto tiempo esperada de María Vassilievna, la
mujer del mariscal de la nobleza. Ella le devolvía su libertad y le expresaba sus mejores deseos de
felicidad en su próximo casamiento.
«¡Mi casamiento! -pensó él con ironía -. ¡Cuán lejos está eso!»
Se acordó de su proyecto de la víspera de decir todo al marido, de pedirle perdón y de ofrecerle la
reparación que exigiera. Aquella mañana eso no le parecía ya tan fácil de cum
plir. ¿Para qué hacer la
desdicha de un hombre con la reve
lación de una verdad que lo haría sufrir? «Si me lo pregunta se lo
diré; es inútil ir a decírselo yo mismo.»
Al reflexionar, vio que tampoco era nada fácil decirle toda la verdad a Missy. También en ese caso,
si hablaba, resultaría ofensivo para ella. Más valía dejar la cosa en un sobrenten
dido. Decidió solamente
no ir más a casa de los Kortchaguin excepto para decirles la verdad si se la pedían.
Por el contrario, en lo concerniente a sus relaciones con Katucha, no había por qué recurrir a ningú
n
sobrentendido. «Iré a verla a la cárcel, se lo diré todo, le pediré que me per
done. Y, si es necesario, me
casaré con ella.»
La idea de sacrificarlo todo por satisfacer su conciencia y de casarse con Katucha en caso necesario
lo enternecía particularme nte aquella mañana.
Su jornada empezaba con una energía a la que no estaba habituado desde hacía mucho tiempo.
Cuando acudió al come
dor Agrafena Petrovna a recibir sus órdenes, él le declaró inmediatamente,
sorprendido él mismo de su firmeza, que iba a ca
mbiar de alojamiento y que se veía obligado a
renunciar a sus servicios. Desde la muerte de su madre, nunca había ha
blado con el ama de llaves de lo
que pensaba hacer con sucasa. Por un convenio tácito, estaba reconocido que, hallán
dose a punto de
casars
e, continuaría habitando la grande y lujosa morada. Su proyecto de abandonar aquel apartamento
indicaba, pues, algo imprevisto. Agrafena Petrovna lo miró con sorpresa.
-Le estoy muy agradecido, Agrafena Petrovna, por su solicitud para conmigo, pero en lo s
ucesivo no
tengo necesi
dad ni de una residencia tan grande ni de un personal tan numeroso. Mientras pueda usted
seguir ayudándome, le pediré que se cuide de que embalen todas mis cosas, como se hacía en vida de mi
madre. Cuando Natacha venga -Natacha era la hermana de. Nejludov -
, ya verá ella lo que convenga
hacer con esas cosas.
Agrafena Petrovna meneó la cabeza.
-¿Cómo lo que convenga hacer? -dijo -. Usted las necesitará.
-No, Agrafena Petrovna, no las necesitaré -dijo Nejludov, respondiendo a los pens
amientos secretos
del ama de llaves -. Y luego, haga el favor de decirle a Kornei que le pa
garé dos meses anticipados y que
desde hoy vaya pensando en colocarse en otra parte.
-Hace usted mal al obrar así, Dmitri Ivanovitch. Aunque vaya usted al extranj
ero, siempre le hará
falta un apartamento.
-No es lo que usted piensa, Agrafena Petrcivna -respondió Nejludov -
. No voy al extranjero, o, si
voy a alguna parte, no será allí.
Al decir estas palabras se le empurpuraron las mejillas. «Vamos -pensó -, hay q
ue decírselo todo.
Aquí, nada me obliga a callarme y debo empezar inmediatamente diciendo la verdad.»
Ayer me ocurrió una aventura muy rara y muy grave. ¿Se acuerda usted de Katucha, que servía en
casa de mi tía María Ivanovna?
-¿Cómo no? Fui yo quien la enseñé a coser.
-Pues bien, ayer la condenaron en la Audiencia en un juicio donde yo era jurado.
-¡Oh, señor, qué lástima! -exclamó Agrafena Petrovna-. y ¿por qué crimen la han condenado?
-Por asesinato. y yo me siento responsable.
-¿Cómo es posible? He ahí una cosa blen extraña, en efecto-
dijo Agrafena Petrovna; y una llama
paso por sus apagados ojos.
Ella conocía toda la historia de Katucha.
Sí, soy yo quien tiene la culpa de todo. Y todos rnis planes han quedado trastornados por este
encuentro.
-¿Qué cambio puede resultar de eso para usted? -dijo Agrafena Petrovna reteniendo una sonrisa.
-
Puesto que yo tengo la culpa de que ella tomase ese camino, ¿no soy yo quien debo llevarle
socorro?
-Demuestra usted que tiene muy buen corazon. Pero ¿qué culpa tiene en
todo eso? La misma
aventura ocurre a todo el mundo; con una persona de juicio todo se arregla, todo se olvida, y la vida
continúa- dijo Agrafena Petrovna con tono grave -
.y usted no tiene por qué acusarse. Me enteré de que
después ella se había salido dd buen camino: ¿de quén es la culpa?
-Mía. Y soy yo quien tiene que repararla.
-¡Oh, con lo difícil que será reparar eso!
-
Es una cuestión que me incumbe. Pero si esta usted preocupada por su propia situación, Agrafena
Petrovna, me apresuro a decirle que lo que mi madre dejó dicho...
-
¡Oh, no, no me preocupo por mí! La difunta me colmó de tantos favores, que no tengo necesidades.
Mi sobrina Lizegnka está casada y me invita a irme con ella: iré cuando tenga la certidumbre de que ya
no puedo servirle a usted. P
ero hace usted mal al tomar ese asunto tan a pecho: cosas parecidas le
ocurren a todo d mundo.
-
Pues bien, yo pienso de otra manera. Y, se lo vuelvo a rogar, disponga todo lo necesario para que
pueda marcharme de aquí. y no me guarde rencor. Le estoy muy agradecido por todo lo que ha hecho.
Cosa sorprendente: desde que se había descubierto así mismo malvado y egoísta, Nejludov había
cesado de despreciar a los demás. Por el contrario, experimentaba hacia Agra
fena Petrovna y Kornei los
más afectuosos sentim
ientos. Sintió el deseo de arrepentirse también ante Kornei; pero éste tenía un aire
tan gravemente respetuoso, que no se atrevió a hacerlo.
Al dirigirse al Palacio de Justicia, en el mismo coche y por las mismas calles que la víspera,
Nejludov se asombrab
a de! cambio sobrevenido en él desde el día anterior. Se sentía un hombre
completamente distinto.
Su casamiento con Missy, tan próximo el día anterior, por lo que él creía, se le aparecía ahora como
irrealizable. La víspera estaba persuadido de que ella s
e sentiría feliz casándose con él; hoy, no sólo se
sentía indigno de desposarla, sino in
cluso de tratarla. «Si ella me conociera tal como soy, por nada en el
mundo me recibiría. ¡ Y yo era lo bastante inconsciente como para reprocharle sus coqueterías con
aquel
otro joven! E incluso, unido a ella, ¿Podría yo tener un solo instante de felicidad o simplemente de
reposo sabiendo que la otra, la desgraciada cuya perdición causé, está en la cárcel y que uno de estos
días saldría para Siberia, por etapas, en tan
to que yo, aquí, recibiría felicitaciones o haría visitas con mi
joven espo
sa? O bien estando sentado en la asamblea, al lado del mariscal de la nobleza al que he
engañado indignamente, contaría los votos a favor o en contra del nuevo reglamento de inspe
cción de
escuelas, etcétera, y me iría seguidamente a reu
nirme en secreto con la mujer de ese mismo amigo. ¡Qué
ver
güenza! O bien, reemprendería ese maldito cuadro que no acabaré jamás, porque no tengo por qué
ocuparme con tales puerilidades. No, en lo sucesivo, nada de eso me es ya posi
ble», se decía,
alegrándose cada vez más de! cambio interior sobrevenido en él.
«Ante todo -seguía pensando -
, volver a ver al abogado, saber el resultado de su gestión; y luego,
después de eso..., después de eso, ir a verla a la cárcel, y decírselo todo.»
Y cada vez que, con el pensamiento, se representaba el modo como la abordaría, cómo le diría todo,
cómo expondría ante ella la confesi6n de su falta, cómo le declararía que él solo tenía la culpa de todo y
que se casaría con ella para repa
rar su falta, cada vez que pensaba en eso, se extasiaba con su resolución
y los ojos se le llenaban de lágrimas.
XXXIV
En el corredor del Palacio de Justicia, Nejludov encontró al portero de estrados de la sala de lo
criminal. Le pr
eguntó a qué sitio llevaban a los condenados después del juicio y qué persona podía dar la
autorización para verlos. El portero le informó de que estaban repartidos por diversos lugares y que sólo
al fiscal correspondía dar esa autorización.
-Después de la vista -añadió -
vendré a buscarlo a usted para conducirlo al despacho del fiscal, quien,
de momen
to, no ha llegado aún. Ahora, le ruego que se dirija lo antes posible a la sala del jurado: la
vista va a comenzar.
Nejludov dio las gracias al portero, que hoy le pareció par
ticularmente digno de lástima, y se dirigió
hacia la sala del jurado.
En el momento en que se acercaba a ella, los jurados salían para pasar a la sala de audiencias. El
comerciante estaba tan alegre como la víspera y parecía haber bebido
y comido copiosamente antes de
venir. Acogió a Nejludov como a un viejo amigo; Peter Guerassimovitch, por su parte, a pesar de su
familiaridad, no produjo en Nejludov la misma impresión desagradable.
Este se preguntó si no debía revelar a los jurados sus pa
sadas relaciones con la mujer condenada la
víspera. «Para hacer bien las cosas -pensaba -
, habría debido levantarme ayer, en plena sesión, y
confesar públicamente mi falta.» Pero, al volver a entrar en la sala de audiencias, cuando vio renovarse
el proc
edimiento de la víspera: el anuncio del tribunal, los tres jueces de cuello bordado reaparecidos
sobre el estrado, el si
lencio, el llamamiento a los jurados, el viejo pope, comprendió que, la víspera, no
habría tenido. nunca el valor necesario para perturbar aquel aparato imponente.
Los preparativos del juicio fueron los mismos que en la primera sesión, excepto que se suprimió el
juramento de los jurados y la alocución del presidente dirigida a los mismos.
Se juzgaba aquel día un robo con fractura. El acus
ado era un muchacho de veinte años, delgado, de
hombros estrechos, la cara exangüe y vestido con un capote gris. Custodiado por dos guardias con el
sable desenvainado, lanzaba una mirada a todo el que llegaba. Con un camarada, este muchacho había
forzado l
a puerta de una cochera y se había apoderado de un paquete de viejas alfombras que valía en
total tres rublos sesenta y siete copeques. El acta de acusación mencionaba que un agente había detenido
a los ladrones en el momento en que emprendían la fuga con
las alfombras a la espalda. Habían
confesado completamente y los habían metido en la cárcel. El compañero del muchacho, un cerrajero,
había muerto; por eso éste comparecía solo ante el jurado. Las alfombras figuraban sobre la mesa de las
piezas de convicción.
El proceso siguió las mismas fases que el de Maslova: el mismo aparato de interrogatorios, de
declaraciones de testigos, de peritos. El agente que había detenido al acusado respondía a todas las
preguntas del presidente, del fiscal, del abogado:
-¡Perfectamente! ¡Yo no puedo saberlo! ¡Perfectamente!
Pero, a pesar de su embrutecimiento y de su automatismo militar, se veía que sentía lástima del
acusado y que no estaba muy orgulloso de su captura.
Un segundo testigo, un viejecillo, propietario de la casa
donde se había cometido el robo y
propietario asimismo de las alfombras, hombre indudablemente bilioso, respondió, con visible
malhumor, que reconocía desde luego el cuerpo del de
lito. y cuando el fiscal le preguntó si aquellas
alfombras le eran de gran utilidad, respondió con tono irritado:
-
¡Que el diablo se lleve esas malditas alfombras! No me servían para nada. Dada gustosamente diez
rublos más, e in
cluso veinte, por haberme evitado tantas molestias. Sólo en coches ya me he gastado
cinco rublos. Y, además, estoy enfermo. Tengo una hernia y reúma.
Así hablaron los testigos. En cuanto al acusado, confesó y contó todo lo que había pasado. Como un
animal cogido en el cepo, los ojos huraños, volviendo la cabeza en todas las di
recciones, refería todo sin
malicia.
El asunto era de los más claros; pero, lo mismo que la vís
pera, el fiscal se encogía de hombros y se
ingeniaba en hacer preguntas insidiosas, como para desmontar la astucia del acusado y rebatirla.
Estableció, en su requisitoria, que el robo se h
abía cometido en una habitación cerrada, con fractura,
y merecía, por consiguiente, el castigo mas severo.
Por su parte, el abogado, designado de oficio, afirmó que el robo se había realizado en un anexo de
edificio no cerrado; y, aunque no hubiera por qué
negar el delito, el acusado no era tan peligroso para la
sociedad como decía el fiscal.
.Luego el presidente, esforzándose en mostrarse tan imparcial como la vispera, explico punto por
punto a los jurados lo que ellos sabían del asunto y no tenían derecho
a ignorar . Como. la víspera, se
suspendió la vista; los jurados fumaron cigarrillos; el portero de estrados anunció: «¡El tribunal!» Como
la víspera, los guardias, que parecían amenazar al reo con sus sables, resistieron lo mejor que pudieron al
sueño.
S
e supo por los debates que el acusado había sido colocado por su. Padre en una fábrica de tabaco,
donde había permanecido cinco años y que, en el año en curso, había sido des
pedido como consecuencia
de una disputa entre el director de la fábrica y sus ob
reros. Entonces se halló sin trabajo. Errando por las
calles a la ventura, había entablado conocimiento con un obrero cerrajero, igualmente sin trabajo y
bebedor. Una noche en que los dos estaban ebrios, habían violentado la puer
ta de una cochera y se
hab
ían apoderado del primer objeto que les cayó en las manos. Los cogieron. Habían confesado todo. El
cerrajero había muerto en la cárcel, y sólo su cóm
plice era presentado ante el jurado como un ser
peligroso que amenazaba a la sociedad.
«¡Tan peligroso como la condenada de ayer! -pensaba Nejludov siguiendo las fases del proceso -
.¡Los dos son se
res.peligrosos! ¡Sea! Pero nosotros que los juzgamos, ¿no somos peligrosos...? ¿ Yo, por
ejemplo, el libertino, el mentiroso? ¿ Y los que, no conociéndome tal como
yo era en lugar de
despreciarme, me estimaban?
»Con toda seguridad, este muchacho no es un gran criminal, sino un hombre como los demás. Todo
el mundo se da cuenta de eso; todos lo ven, desde luego; no se ha convertido en lo que es, más que en
virtud de condiciones propicias para hacerlo así. Parece, pues, claro que hay que suprimir primera
mente
las condiciones que producen tales seres.
»Habría bastado con que hubiese un hombre -seguía pen
sando Nejludov mirando el rostro enfermizo
y asustado del muchacho -, un hombre que lo hubiera socorrido en el mo
mento en que, por necesidad, lo
trasladaron del campo a la ciudad, o bien en la ciudad misma, cuando después de sus doce horas de
trabajo en la fábrica iba a la taberna, arrastrado por camaradas de más edad. S
i hubiese habido entonces
alguien que le hubiera dicho:
¡No vayas ahí, Vania, no está bien!", no habría ido y no habría hecho
daño.
»Pero ni un solo hombre tuvo piedad de él durante todo el tiempo que vivió en su fábrica como un
animalito. Todo el mundo,
por el contrario: capataces, camaradas, durante esos cinco años le enseñaron
que, para un muchacho de su edad, la sabiduría consiste en mentir, en beber, en jurar, en pelearse y en
correr detrás de las muchachas.
»Cuando luego, agotado, gangrenado por un trabajo mal
sano, por el alcoholismo y la disipación,
habiendo errado a la ventura por las calles, se deja arrastrar a introducirse en una cochera para robar allí
unas viejas alfombras fuera de uso, entonces, nosotros que no nos hemos cuidado de hacer desapa
recer
las causas que han traído a este niño a su estado actual, pretendemos remediar el mal castigándolo a é1...
¡Es horrible!»
Así pensaba Nejludov, sin atender a nada de lo que le ro
deaba. Se preguntaba cómo ni él ni los
demás se habían dado cuenta de todo aquello.
XXXV
Durante la primera suspensión, Nejludov se levantó y salió al corredor, con la intención de
abandonar el Palacio de Justicia para no volver más a él. «¡Que hagan lo que quieran con ese
desgraciado!- se dijo -. Por mi parte, no quiero participar más tiempo en esta comedia.»
Preguntó dónde estaba el despacho del fiscal y se dirigió allí inmediatamente. El escribiente se negó
al principio a dejarlo pasar, alegando que el fiscal estaba ocupado; pero Nejlu
dov siguió adelante, abrió
la puerta de la antecámara, se diri
gió al empleado que estaba allí sentado y le rogó que avisase al fiscal
que un jurado deseaba hablarle por un asunto urgente. Su título de príncipe y su porte elegante
impresionaron al empleado, que lo anunció al fiscal, y Nejludov pudo pasar en seguida.
Visiblemente disgustado por su insistencia, el fiscal lo recibió de pie.
-¿En qué puedo servirle? -le preguntó con tono severo.
-
Soy jurado, me llamo Nejludov y tengo absoluta precisión de ver a la condenada Maslova en la
cárcel donde se encuentre -
respondió Nejludov de un tirón, enrojeciendo al pensar que aquel paso
tendría sobre toda su vida una influencia decisiva.
El fiscal era un hombre bajito, delgado y seco, de cabellos cortos, grisáceos ya, con ojos muy vivos y
una barbita puntiaguda sobre un mentón prominente.
-
¿Maslova? Sí, ya sé. Acusada de envenenamiento, ¿no es así? Mas, ¿para qué tiene usted necesidad
de verla?
Luego, con un tono más amable:
-Disculpe mi pregunta, pero no puedo autorizarle sin estar enterado del motivo.
-Tengo necesidad de ver a esa mujer; es para mí un asunto de la mayor importancia -
dijo Nejludov,
enrojeciendo de nuevo.
-Bien -dijo el fiscal, que a1zó los ojos para fijar sobre NeJludov una mirada penetrante -
.¿Ha venido
ya su proceso, o no?
-Fue juzgada y condenada irregularmente ayer a cuatro años de trabajos forzados. ¡Es inocente!
-Bien -replicó d fiscal sin parecer escandalizarse por aquella afirmación de inocencia -
. Juzgada ayer,
debe de encontrarse todavía, antes de que expire el plazo pa
ra recurrir, en la perutenciaría de detención
preventiva. Hay días señalados para ver a los presos. Le sugiero que se dirija allí.
-Es que tengo necesidad de verla inmediatamente -
dijo Nejludov con un temblor de su mandíbula
inferior y comprendiendo que había llegado el momento decisivo.
-Pero ¿por qué tiene usted necesidad de verla inmediatamente? -
preguntó el fiscal, un poco inquieto
y con las cejas fruncidas.
-Porque ella es inocente y la han condenado a trabajos forzados. ¡Soy yo quien tiene la culpa
de
todo, y no ella! -aña
dió Nejludov con voz temblorosa y comprendiendo que no expresaba bien su
pensamiento.
-¿ y cómo es eso?
-
Fui yo quien la sedujo y la colocó en la situación donde se encuentra. Si yo no hubiese obrado así,
ella no habría tenido que responder de la acusación que se le ha hecho.
-No comprendo cómo justifica eso su deseo de verla. -
Es que quiero seguirla... ¡Y casarme con ella!
-declaró Nejludov.
Y, como siempre, cuando se afirmaba en esa resolución, le subieron lágrimas a los ojos.
-¡Ah, se trata de eso! -dijo el fiscal-. El caso es cu
rioso, en efecto. ¿No es usted el mismo que fue
miembro de! Zemstvo ( Asamblea electiva de provincia o de distrito- N.del T.) de Krasnopersk? -
continuó, como acordándose de haber oído hablar ya de este Nejludov que venía a comu
nicarle una
resolución tan extraña.
-Perdóneme, pero, que yo sepa, eso no se relaciona en lo más mínimo con mi petición -
replicó
Nejludov con tono molesto.
-No, desde luego- respondió el fiscal con una imperceptible sonrisa y sin desconcertarse -
; pero ese
proyecto de usted es tan singular y tan diferente de las formas ordinarias...
-Bueno, ¿Puedo conseguir esa autorización?
-¿La autorización? Desde luego. Voy a entregársela ahora mismo. Tenga la bondad de sentarse.
Él se sentó a su mesa y se puso a escribir.
-¡Siéntese, se lo ruego!
Nejludov permaneció en pie.
Cuando el fiscal acabó de escribir, se levantó y, sin dejar de observar con curiosidad a Nejludov, le
alargó el pase.
-Debo decirle todavía otra cosa -explicó este último -,
y es que, en lo sucesivo, me será imposible
participar como jurado en esta serie de vistas.
-Como usted sabe, tendrá entonces que alegar sus motivos ante el tribunal, que le otorgará dispensa.
-Considero que todos sus juicios son inútiles e inmorarales: ¡he ahí mis motivos!
-Está bien -dijo el fiscal con aquella misma impercep
tible sonrisa, que equivalía a decir que esos
principios ya le eran conocidos y que lo habían regocijado más de una vez -
. No le costará trabajo
comprender, ¿verdad? , que en mi cali
dad de fiscal no pueda ser de su opinión sobre este punto. Pero
donde hay que explicar eso es ante el tribunal. Apreciará sus argumentos, los declarará aceptables o no,
y, en este último caso, le impondrá una multa. Diríjase usted al tribunal.
-Ya he dicho lo que tenía que decir y no iré a ninguna parte -replicó Nejludov con malhumor.
-Reciba usted mis saludos -dijo entonces el fiscal, mos
trando impacientemente sus deseos de verse
libre de su extraño visitante.
-¿A quien acaba usted de recibir?- le pregunt
ó algunos instantes después un juez que se había cruzado
con Nejludov en la puerta.
-Es Nejludov, ya usted sabe, el que hace algún tiempo, en el Zemtsvo
de Krasnopersk, se hizo notar
por sus propuestas excéntricas. Imagínese que, siendo jurado, ha vuelto a
encontrar, en el banquillo
de los acusados, a una muchacha seducida por él, según dice. ¡Y quiere casarse con ella!
-¿Es posible?
-Acaba de decírmelo. Y no puede usted imaginarse con qué exaltación extravagante.
-Se diría verdaderamente que ocurre algo de anormal en el cerebro de la gente joven de hoy día.
-Pero es que éste no tiene un aire muy joven que diga
mos... Dígame, padrecito, ¿ha dicho ya todo lo
que tenía que decir su famoso Ivanchekov? ¡Ese animal se ha propuesto matamos de aburrimiento!
¡Habla y habla hasta el infinito!
-Simplemente, debería retirársele la palabra. Hablar has
ta tal punto significa una verdadera
obstrucción.
XXXVI
Al
abandonar al fiscal, Nejludov se dirigió derechamente a la penitenciaría de detención preventiva.
Pero no encon
tró allí a Maslova. El director le explicó que debía de estar, provisionalmente, en la vieja
prisión de los deportados, adonde Nejludov se hizo llevar en seguida.
En efecto, Catalina Maslova se encontraba allí.
La distancia entre las dos cárceles era muy g
rande, por lo que Nejludov no llegó sino al caer la
noche. Cuando se disoponía a entrar, el centinela lo detuvo, y luego llamó; se abrió la puerta, y un
vigilante avanzó al encuentro de Nejludov. Habiendo exihibido éste su pase, el otro le declaró que no
podía dejado entrar sin autorización de! director.
Nejludov se dirigió, pues, a la vivienda de dicho funcio
nario. En la escalera que llevaba a su
apartamento oyó al piano los sonidos apagados de un trozo de música complicado y arre
batador. Una
criada hosc
a, con un parche en un ojo, le abrió la puerta del apartamento, y los sonidos del piano,
escapando de una habitación contigua, resonaron en sus oídos. Era la más conocida de las Rapsodias
de
Liszt, muy bien tocada, pero con la singularidad de que el ejecut
ante no pasaba nunca de un determinado
pasaje, al llegar al cual se detenía y volvía a empezar.
Nejludov preguntó a la criada de! parche si el director estaba en casa. La criada dijo que no.
En aquel momento, la rapsodia se detuvo de nuevo y, tan ruidosa
y retumbante como las veces
pasadas, recomenzó hasta el punto fatídico.
-¿Volverá pronto?
-Voy a preguntar.
Y la criada se alejó.
La rapsodia se lanzaba ya en su carrera, cuando se detuvo, esta vez sin haber alcanzado su término
habitual, y se dejó oír una voz de mujer:
-Dile que no está ni estará hoy. Está de visita. ¿Para qué vienen a molestado aquí? -
dijo la voz
femenina detrás de la puerta.
Y la rapsodia recomenzó, mas para interrumpirse después de algunas compases. Y Nejludov oyó el
ruido de una silla movida por alguien. Sin duda alguna, la pianista, irritada, ha
bía tomado la decisión de
acudir en persona a despedir al importuno capaz de atreverse a molestada.
-¡Mi padre ha salido! -declaró ella, en efecto, con tono de malhumor.
Era una muchacha pálida, con cabellos rubios en desorden y grandes ojeras.
A la vista de un joven elegantemente vestido, cambió de tono.
-Entre, si quiere. ¿Qué desea usted?
-Quisiera ver a una mujer, detenida aquí.
Sin duda una detenida política, ¿verdad?
-No, no política. Tengo un pase del fiscal.
-
Lo siento muchísimo. Mi padre ha salido y no puedo hacer nada sin él. Pero, entre, se lo ruego,
siéntese unos momentos -continuó -
.O bien, dirijase al subdirector. Debe de estar en el despacho y le
dirá lo que haya... ¿Cómo se llama usted?
-Muchísimas gracias -dijo Nejludov, eludiendo la pregunta.
Y salió.
Apenas había cerrado la puerta tras él, cuando resonaton los mismos sonidos brillantes, ruidosos y
alegres, poco en armonía con el lugar y con el aspecto lastimoso de la joven
que se empeñaba en
repetidos con tanta terquedad. En el patio, Nejludov encontró a un joven funcionario de bigotes
retorcidos y le preguntó dónde podría encontrar al subdirector. Precisamente era él. Cogió el permiso, lo
examinó y declaró que allí se mencionaba únicamente la penitenciaría de deten
ción preventiva, pero que
no valía para aquella cárcel.
-Por lo demás, es una hora muy avanzada. Vuelva ma
ñana, si quiere. A las diez, todo el mundo
puede visitar a los presos. El director estatá aquí. Podrá ver
usted a la presa en el locutorio común o en la
oficina, si el director lo consiente.
Frustrado así su esperanza de verla aquel día, Nejludov regresó a su casa. Caminaba por las calles
conmovido ante el pensamiento de aquella entrevista, y los detalles de
aquella jornada se amontonaban
en su memoria. Se acordaba no del juicio, sino de su conversación con el fiscal y con los funciona
rios de
las cárceles. Y el hecho de haber buscado una entre
vista con Katucha, de haber manifestado su intención
al fiscal y
de haber ido a las dos cárceles para verla lo trastornaba hasta tal punto, que tardó mucho
tiempo en recuperar su calma.
Una vez en su casa, sacó de un cajón su diario íntimo, abandonado desde hacía tanto tiempo, releyó
algunos pasajes y añadió las líneas siguientes:
«Desde hace dos años no he escrito nada en este diario y estaba convencido de que jamás volvería a
entregarme a esta niñería. ¿Niñería? Nada de eso, sino una conversación conmigo mismo, con ese
yo
verdadero y divino que vive en cada hombre. Durante todo este tiempo, ese yo
estaba dormido en el
fondo de mi alma y yo no tenía a nadie con quien hablar. Pero bruscamente.. el 28 de abril, un
acontecimiento extraor
dinario, que ha tenido como teatro la Audiencia donde yo era jurado, lo ha
despertado. En el banquillo de los acusados ves
tida con el capotón de las presas, volví a encontrar a
aquella Katucha a la que en otros tiempos seduje y abandoné. Una ex
traña equivocación, que era deber
mío haber evitado ha tenido como consecuencia su condena a tr
abajos forzados. Hoy me he dirigido al
fiscal y a la cárcel donde está detenida. No he podido hablar con ella, pero mi firme resolución es hacer
todo lo posible por volver a verla, pedirle perdón y reparar mi falta, aunque para eso tuviera que casarme
con ella. ¡Señor, ayúdame! ¡Qué alegría y qué bienestar llena mi alma!
XXXVII
Aquella noche de su condena, Maslova tardó mucho tiem
po en dormirse. Acostada, abiertos los ojos
y pensativa, miraba hacia la puerta, tapada de cuando en cuando por la hija del
sacritán que seguía
caminando por la sala.
Pensaba que por nada en el mundo, cuando estuviese en la isla Sajalín, consentiría en casarse con un
forzado y que se arreglaría de otra manera. Trataría de colocarse con algunas
de las autoridades: un
escribiente
. un vigilante o incluso un simple guardián. Esas gentes son fáciles de seducir. «Con tal que
no adelgace demasiado, porque entonces estaría perdida.»
Se acordaba del modo como la habían mirado el abogado y el presidente y cómo la habían mirado
también en la Audien
cia todos aquellos con los que se había cruzado o que se habían acercado a ella de
propio intento. Berta, su amiga, que había venido a verla a la cárcel, le había contado hasta qué punto su
cliente preferido, un estudiante, estaba desolado por no
encontrarla ya en casa de la Kitaieva. Se acordó
de la pelea con la pelirroja y sintió lástima de ella; se acordó del panadero, que le había enviado un pan
de más, y se acordó de muchos otros, excepto de Nejludov.
En su infancia y en su juventud, pero sob
re todo en su amor por Nejludov, no pensaba nunca. Eran
para ella recuerdos de
masiado penosos; los había sepultado en lo más profundo de su corazón para no
tocarlos nunca más. En el curso de las sesiones de la Audiencia, ella no lo había reconocido no sol
o
porque, cuando lo vio la última vez, iba de uniforme, sin barba, con un breve bigote y cabellos cortos
pero abundantes, y sin embargo ahora había envejecido y llevaba toda su barba, sino, sobre todo, porque
ella no había pensado jamás en él. Todos los re
cuerdos de su encuentro con él habían quedado
sepultados en aquella terrible noche negra en que él pasó, a su regreso de la guerra, sin detenerse en casa
de sus tías.
En aquel momento, Katucha sabía ya que estaba encinta. Mientras había esperado volver a v
er a
Nejludov, el pensamien
to del niño que iba a nacer, lejos de apenarla, la ponía por el contrario contenta y
la enternecían los movimientos que a veces notaba en su vientre. Pero desde aquella noche había
cambiado. y el niño que iba a nacer no sería en lo sucesivo más que un estorbo.
Sabiendo que Nejludov debía pasar cerca de su casa, las dos ancianas tías le habían rogado que se
detuviese con ellas; pero él había telegrafiado que no podría hacerlo, pues tenía la obligación de llegar
cuanto antes a San Petersburgo. Katucha formó entonces el proyecto de ir a la estación para verlo pasar .
El tren la atravesaba de noche, a las dos de la madrugada. Después de haber ayudado a las señoritas
a acostarse, Katucha se calzó una botas altas, se cubrió la cabeza co
n un pañuelo y partió en compañía
de Machka, la hijita de la cocinera.
La noche era negra y helada. A intervalos, la lluvia caía en grandes gotas apretadas y se interrumpía.
A través de los campos no se podía distinguir el sendero a dos pasos, y en el bos
que había la misma
oscuridad que en un sótano. Katucha, aun conociendo muy bien el camino, estuvo a punto de extraviarse
y llegó a la estación, donde el tren no se detenía más que tres minutos, cuando ya habían dado el
segundo toque de campana. Corrió al
andén y reconoció inmediatamente, en un coche de primera clase,
a Nejludov sentado junto a la ventana. El vagón estaba vivamente alumbrado. Sentados frente a frente en
las butacas de terciopelo, dos oficiales jugaban a las cartas. Sobre la mesita estaban
encendidas dos
grandes bujías; y Nejludov, con pantalón bombacho y en mangas de camisa, se mantenía apoya
do sobre
el brazo en el respaldo de un sillón y reía.
En cuanto lo vio, ella, con sus dedos entumecidos, golpeó en el cristal. Pero, en el mismo insta
nte, se
dejó oír la señal de partida; el tren se movió lentamente y los vagones empeza
ron a desfilar con
topetazos sucesivos.
Uno de los jugadores se levantó, con las cartas en la mano, y miró por el cristal. Ella golpeó de
nuevo y acercó su rostro a la v
entanilla. Pero, en aquel momento, el vagón junto al cual se encontraba se
puso en movimiento y ella se dedicó a seguirlo, los ojos siempre fijos en la ventanilla. Habiendo
intentado el oficial bajar el cristal sin conseguirlo, Nejludov se levantó a su vez
, apartó a su camarada y
empezó a bajar el cristal. El tren, entonces, aceleró su velocidad, y Katucha tuvo que apretar el paso. Las
ruedas giraban más rápidamente aún cuando, estando ya el cristal completamente bajado, el revisor
apartó a la joven y saltó
al vagón. Ella echó a correr sobre las mojadas losas de! andén, llegó hasta el
final y estuvo a punto de caerse en los escalones que enlazaban el andén con el suelo. Siguió corrien
do
cuando ya estaba lejos el coche de primera clase. Los de segunda, y lu
ego, más rápidamente, los
vagones de tercera clase, pasaron ante la muchacha sin que ésta interrumpiese su carre
ra; por fin, el
último vagón se alejó, con sus farolillos rojos, y Katucha sobrepasó el depósito de agua. El viento, que,
en aquel lugar, no encontraba ya obstáculos, le arrancó el pañuelo
de la cabeza y le pegó las faldas a las
piernas. Aun habiéndosele volado el pañuelo, Katucha seguía corriendo.
-¡Tita Mijailovna! -le gritó la niña, que tenía dificultad para seguirla -. Se le ha caído el pañuelo.
Katucha se detuvo, se cogió con las dos manos la cabeza echada hacia atrás y estalló en sollozos.
-¡Se ha ido! -exclamó.
«Así, pues, él va ahí, en ese vagón bien iluminado, en una butaca de terciopelo, y se divierte y bebe -
se había dicho ella -, y yo,
yo estoy sola aquí, en el fango, en las tinieblas, bajo la lluvia y el viento, y
lloro por mi suerte.» Se había sen
tado en el suelo, estallando en sollozos tan violentos, que la niña,
asustada, no había podido menos que decirle para consolarla:
-¡Tita, vamos a casa!
«Va a pasar otro tren: tirarme debajo y todo habrá acaba
do», pensaba Katucha, sin responder a la
niña. Iba a poner en ejecución ese proyecto, cuando, en un momento de calma que siempre sucede a una
viva emoción, su hijo, el niño que llevaba
en su ser, se había estremecido de pronto, chocando contra las
paredes de su vientre, estirándose dulcemente, ha
ciéndole sentir algo de menudo, de tierno y de
lancinante. Inmediatamente, toda su desesperación desapareció. Todo lo que unos momentos antes
la
había angustiado, el sentimiento de la vida que se le había hecho imposible, su odio hacia Nejludov, su
deseo de vengarse de él mediante el suicidio, todo eso se había desvanecido. Se calmó, se levantó y
volvió a ponerse el pañuelo a la cabeza, y se fue. Extenuada, completamente mo
jada y llena de fango,
volvió a casa.
Y desde aquel día se había producido en ella aquel trastor
no de su alma que la llevó a aquello en que
se había convertido. En aquella noche terrible había dejado de creer en Dios. Hasta
entonces había
creído en Dios y en el bien, y había creído que los otros también creían lo mismo; pero aquella noche se
dijo que no había Dios, que nadie creía en Él, y que todos los que hablaban de Él, así como de su Ley,
no tenían otro objeto que engañar
la. Aquel hombre al que ella amaba, que la había amado, ella lo sabía,
la había abandonado y pisoteado sus sentimientos. ¡Y él era el mejor de los hombres entre los
que ella
había conocido! ¡Los otros eran peores aún! Todo lo que le pasó a Katucha a contin
uación había
fortificado en ella esa convicción. Las tías de Nejludov, aquellas viejas se
ñoritas devotas, la habían
expulsado el día en que ya no le fue posible trabajar como en el pasado. De las diversas perso
nas con las
que tuvo tratos a raíz de aquello, algunas, las mu
jeres, no vieron en ella más que dinero a ganar; las
otras, los bombres, desde el comisario de la policía rural hasta los guar
dianes de la cárcel, la
consideraron únicamente como carne para el placer. No había nadie en el mundo que busc
ase otra cosa
que la satisfacción de sus instintos. Y el viejo escritor del que Katucha fue amante en tiempos había
acabado de hacérselo comprender al declararle abiertamente que la satisfacción de los instintos
sensuales es la única sabiduría, la única belleza de la vida. Él llamaba a eso la poesía, la estética.
Nadie en el mundo vivía más que para sí, para su placer, y todo lo que se decía de Dios y del bien no
era más que engaño. Y cuando, por casualidad, se planteaba la cuestión de saber por qué, en est
e mundo,
todo estaba tan mal organizado y por qué los hombres no hacían más que atormentarse unos a otros y
sufrir, ella se apresuraba a eludir esta pregunta impor
tuna. Un cigarrillo, un vaso de aguardiente, una
hora de amor, ¡Y todo se desvanecía!
XXXVIII
El día siguiente era domingo. A las cinco de la mañana, desde que resonó en el corredor de la
sección de mujeres el sonido del silbato del vigilante, Korableva, ya despierta, despertó a Maslova.
«¡Forzada!», se dijo Maslova con espanto mientras se frota
ba los ojos y aspiraba a su pesar la
hediondez infecta de la sala. Le entraron ganas de volver a dormirse, para encontrar de nuevo un refugio
en la inconsciencia. Pero la costumbre y el espanto le habían ahuyentado el sueño, por lo que se
incorporó, se
sentó sobre el camastro, cruzando las piernas por debajo de ella, y se puso a mirar en
torno.
Todas las mujeres estaban ya despiertas; solo los niños
dormían aún. La tabernera de ojos saltones
retiraba con precaución el capote sobre el cual estaban acosta
das las criaturas. La «amotinada» extendía,
ante la estufa los trapajos que ser
vían de panales a su reclen nacido, mientras éste en brazos de Fedosia,
se retorcía, lloraba y lanzaba gritos contra los cuales resultaban impotentes las caricias de la joven.
La
tísica, el rostro todo inyectado de sangre y sujetándose el pecho con las dos manos, sufría su ataque de
tos matinal y, en los intervalos de respiro, exhalaba profundos suspiros, casi gritos. La pelirroja, tendlda
de espaldas, extendía sobre la cama sus gruesas pier
nas desnudas; en voz alta y rasposa, contaba un
sueño embro
llado que la tenía obsesionada. La vieja incendiaria, en pie ante el icono, farfullaba sin
tregua las mismas palabras y hacía señales de la cruz y salutaciones. La hija del sacristán
sentada en su
cama, fijaba ante ella sus grandes ojos, agotados de insomnio. La Hermosa
rizaba entre sus dedos sus
negros cabellos gracientos.
Pesados pasos de hombre retumbaron en el corredor; la puerta dejó paso a dos presos de expresión
adusta y hura
ña, vestldos. con chaquetas y pantalones grises arremangados hasta por encIma de la
pantorrilla. Levantaron el pestilente cubo y se lo llevaron. Una a una, las mujeres salieron al pasillo para
ir a lavarse al grifo. Esperando su turno, la pelirroja tuvo un
altercado con. otra mujer salida de una sala
vecina, y también con ella cambió injurias, gritos y vociferaciones.
Por lo visto, estáis empeñadas en ir al calabozo -
gritó el vlgliante, quien se acercó a la pelirroja y le
aplicó en su espalda grasa y desnuda un golpe tan violento, que resonó en todo el corredor.
-Que no te oiga más -añadió, alejándose.
-.Verdareramente, el viejo tiene un puño sólido
dijo la pelirroja sin enfadarse por aquella dura
caricia.
-¡Darse prisa!- continuó el vigilante-. Es hora de ir a misa.
Maslova no había acabado de peinarse cuando el director llegó con su séquito.
En fila para la lista -gritó el vigilante.
Salieron mujeres igualmente de otras salas; todas las presas se alinearon a lo largo del corredor en
dos filas, las de la se
gunda colocando las manos sobre los hombros de las mujeres situadas delante de
ellas, y así se las contó.
Después de la lista apareció la vigilanta, quien conducía a las detenidas a la misa. Maslova y Fedosia
se encontraban en el centro de la columna,
compuesta por más de cien mujures salidas de todas las
celdas. Estaban uniformemente vestidas con camisolas y sayas blancas y la cabeza cubierta. con
pañuelos igualmente blancos. Solamente algunas tenían vestidos de color: eran mujeres a las que se
admitía a compartir la suerte de sus maridos. La larga columna cogía toda la escalera. Se oian los pa
sos
amortiguados de los pies con calzados de fieltro, y un mur
mullo de voces, mezclado a veces con risas..
En un recodo, Maslova entrevió la figura malvada de
su enemiga Botchkova, quien caminaba a la
cabeza de la columna, y se la mostro a Fedosia.
Al final de los escalones se estableció el silencio entre las mujeres que con señales de la cruz y
profundos saludos, entraron dos a dos en la capilla todavía vacía
y resplandeciente de dorados. En
apretado tropel, fueron a colocarse a la dere
cha. Inmediatamente después, los hombres, con capote de
tela gris, vinieron a colocarse a la izquierda y en el. centro de la capilla. Eran detenidos condenados a la
deportación a, Siberia por decisión de sus comunidades rurales y presos allí provi
sionalmente. En lo alto
de la nave se encontraban ya, a un lado, los forzados, con la mitad de la cabeza afeitada y cuya presen
cia
revelaba un ruido de cadenas; al otro lado, los presos preventivos, no rapados y sin cadenas.
La capilla de la prisión había sido edificada recientemente, gracias a la generosidad de un rico
comerciante que había gastado en eso varias docenas de millares de rublos. Chorreaba do
rados y colores
vivos.
La ca
pilla permaneció cierto tiempo silenciosa: no se oía más que los ruidos de narices que se
sonaban, de toses, de gritos de niños y, de cuando en cuando, el chirrido de cadenas re
movidas. Pero
pronto los presos del centro se apartaron para dejar paso al dir
ector de la prisión, quien avanzó hasta la
primera fila.
XXXIX
Comenzó el oficio divino.
Este oficio se desarrollaba como sigue: el sacerdote, llevando un vestido especial, de brocado,
extraño y muy incómodo, rompía y colocaba menudos trozos de pan sobr
e un plato y luego los metía en
una copa llena de vino, sin dejar de mascullar frases y plegarias. Durante este tiempo, el sacristán
primeramente leía, y luego cantaba, alternando con el coro de los presos, diversas plegarias en eslavón (
antigua fórma, co
mparable al latín medieval, de la lengua rusa, empleda en el ritual de la iglesia
ortodoxa. N. del T.), ya casi incompren
sibles de por sí y que se hacían completamente ininteligibles a
causa de la rapidez de la lectura y del canto... Su fin principal era
desear la felicidad del emperador y de
su familia. Se repetían varias veces, con otras o por separado, y de rodillas. El sacristán leía
seguidamente algunos versículos de los Hechos de los Apóstoles, mascullando tan bien, que no se com-
prendía palabra. El sacerdote leía por el contrario muy clara
mente el pasaje del evangelio de San Marcos
donde se dice que habiendo resucitado Cristo, y antes de subir al cielo y de sentarse a la derecha de su
Padre, se apareció primero a María Magdalena y la exorcizó de los siete demonios; luego se apa
reció a
sus once discípulos y les enseñó la manera de predicar d evangelio a todo ser viviente, declarando que el
que no crea perecerá, en tanto que el que crea y sea bautizado, se salvará; y también que podrá exorcizar
los demonios, curar a los hombres de la enfermedad por la imposición de manos, hablar nue
vas lenguas,
fascinar serpientes y, si bebe veneno, ser preservado de la muerte.
El oficio consistía en transformar el trozo de pan cortado por el sacerdote y mojado en
vino, gracias
a manipulaciones y oraciones, en carne y sangre de Dios. Estas manipulaciones consistían en que el
sacerdote elevaba los brazos cadenciosa
mente, aunque la túnica de brocado molestase sus movimientos,
luego los bajaba hacia sus rodillas y to
caba la mesa o lo que allí se encontraba. El punto más importante
era cuando el sacerdote, teniendo con sus dos manos una servilleta, la agitase se
gún el rito por encima
del plato y del cáliz de oro. En aquel momento, el pan y el vino se transformaban en
carne y en sangre
de Dios. Así, toda esta parte del oficio divino estaba rodeada por una especie de solemnidad particular.
-¡Roguemos mucho a la santa, pura, bienaventurada Virgen María! -
gritaba en voz muy alta el
sacerdote desde detrás de un tabique; y
el coro cantaba solemnemente la alabanza de la que, sin que su
virginidad fuera manchada, puso en el mundo a Cristo: la Virgen María, más honrada a causa de eso que
los querubines, más gloriosa que los serafines. Después de eso, la transubstanciación se h
abía realizado;
y el sacerdo
te quitó la servilleta que cubría el plato, rompió en cuatro el pedazo de pan del medio, lo
mojó previamente en el vino y se lo metió en la boca. Había comido un trozo de la carne de Dios y
bebido un sorbo de su sangre. El sace
rdote descorrió seguidamente una cortina y abrió una puerta por la
que iba a pasar,.después de haberse provisto de una taza dorada, para invitar a los fieles a comer
igualmente la carne y a beber la sangre de Dios, contenidas en la taza.
Únicamente se acercaron algunos niños.
Después de haberles preguntado sus nombres, el sacerdote cogió con precaución de la taza, con la
ayuda de una cucharilla, trozos de pan mojados en el vino y los hundió profunda
mente en la boca de
cada uno de aquellos niños. Y el sacris
tán, después de haberles enjugado los labios, cantó con alegría un
cántico en el que se decía que aquellos niños habían comido la carne de Dios y bebido su sangre. El
sacerdote se llevó después la taza detrás del tabique y bebió toda la sangre y comió
todo el trozo de la
carne de Dios que quedaban; luego secó cuidadosamente sus bigotes con los labios, se enjuagó la boca,
enjuagó la taza y volvió a salir todo contento, con paso firme, haciendo crujir las finas sudas de sus
botas.
Allí terminaba la parte
principal del oficio cristiano. Pero, deseoso de consolar a los desgraciados
presos, el sacerdote aña
dió al servicio ordinario una ceremonia particular. Se colocó ante la imagen de
aquel Dios, de rostro negro y negras manos, que acababa de comer y que e
staba alumbrado por una
docena de cirios, y empezó a declamar, con voz de falsete, en un tono entre recitado y cantado, la serie
de palabras siguientes:
-
¡Dulce Jesús, gloria de los apóstoles! ¡Jesús, alabanza de los mártires! ¡Señor todopoderoso,
sálvame
! .¡Jesús, sálvame! ¡Jesús, a ti recurro! ¡Sálvame, Jesús! ¡Ten piedad de mí! ¡Por las plegarias de
tu nacimiento, Jesús; por todos tus santos, Pro
feta de todos, sálvame, Jesús! ¡Y concédeme las dulzuras
del paraíso, Jesús, amante de la humanidad!
Aquí se
detuvo, respiró, hizo la señal de la cruz y se inclinó hasta el suelo; y todos lo imitaron. El
director, los vigi
lantes, los presos, todos se inclinaron; y en lo alto de la nave se oyó resonar más fuerte
las cadenas.
-¡Creador de los ángeles y dueño de las fuerzas! -continuó el sacerdote -
.¡Jesús maravilloso, sorpresa
de los ángeles! ¡Jesús todopoderoso, salvador de nuestros primeros pa
dres! ¡Dulce Jesús, grandeza de
los patriarcas! ¡Jesús el glorioso, Rey de reyes! ¡Jesús el bienaventurado, voluntad d
e los profetas!
¡Jesús espléndido, firmeza de los mártires! ¡Jesús el resignado, alegría de los monjes! ¡Jesús
misericordioso, dulzura de los sacerdotes! ¡Jesús magnánimo, abstinencia de los que ayunan! ¡Jesús, el
más dulce, felicidad de los santos! ¡Jesús
el puro, castidad de las vírgenes! ¡Jesús eterno, salvación de
los pecadores! ¡Jesús, hijo de Dios, ten piedad de nosotros!
Era el punto de detención y la palabra «Jesús» se pronun
ciaba con un silbido estridente. Con la
mano, el sacerdote se levantó ent
onces su sotana recamada de seda, hincó una rodilla y se inclinó hasta
el suelo mientras el coro cantaba las últimas palabras: «¡Jesús, hijo de Dios, ten piedad de nosotros!»
Los presos cayeron de rodillas y se levantaron a su vez, sacudiendo los cabellos
que les quedaban en la
mitad de la cabeza y haciendo resonar los hierros que laceraban sus piernas enflaquecidas.
Eso continuó todavía mucho tiempo. Eran primero alaban
zas que acababan con las palabras: «¡Ten
piedad de nosotros!»; luego, otras alabanzas
terminadas con aleluyas. Al principio, los prisioneros se
santiguaban y prosternaban a cada invocación; luego empezaron a no inclinarse más que a cada dos
invocaciones, y por fin a cada tres, y se sintieron muy dichosos cuando aquello acabó. Después de u
n
suspiro de alivio, el sacerdote recogió su breviario y regresó detrás del tabique.
Pero quedaba un último acto: el sacerdote cogió de encima de la gran mesa una cruz dorada cuyas
extremidades estaban adornadas de medallones esmaltados y avanzó hasta el c
entro de la iglesia. Todos
empezaron a desfilar y a besar la cruz: el director primeramente, y luego los vigilantes; a continuación,
apretándose e intercambiando juramentos en voz baja, pasaron todos los presos. El sacerdote, charlando
con el director ten
día la cruz o la mano, ya hacia las bocas, ya hacia las narices de los presos, quienes se
esforzaban en besar la cruz y la mano.
Así terminó el oficio cristiano, celebrado para consuelo y enseñanza de las ovejas extraviadas.
XV
Nadie en la concurrencia,
desde los sacerdotes y el director hasta Maslova, habían pensado un
instante que ese mismo Jesús, cuyo nombre acababa de repetirse tantas veces con un silbido, había
prohibido no solo juzgar a los hombres, encarcelarlos, martirizarlos, degradarlos e infl
igirles toda clase
de suplicios, como se hacía aquí, sino además todas las violencias, diciendo que había venido para
liberar a todos los presos.
Nadie, entre los asistentes, había pensado que lo que se
cometía allí era la más enorme blasfemia y
una burla
sangrienta contra aquel mismo Cristo, en el nombre del cual se cometían todos aquellos actos.
Nadie había pensado que la cruz dorada con sus medallones esmaltados, traída por el sacerdote y be
sada
por los fieles, no era otra cosa que la reproducción de la
cruz sobre la cual Cristo fue ajusticiado
precisamente porque había prohibido esos mismos actos que se cometían aquí en su nombre.
El sacerdote procedía a ejecutar estas ceremonias con una conciencia tranquila, porque desde la
infancia le habían inculcado que eran la verdadera y única creencia, profesada por to
dos los santos y
adoptada hoy por todas las autoridades espi
rituales y temporales. Y lo que lo confirmaba
particularmente en esta creencia era el hecho de haber, desde hacía dieciocho anos, extr
aído beneficios
del cumplimiento de su sacerdocio de haber podido asegurar la existencia de su familia, pagar el co
legío
para su hijo y enviar a su hija a la escue]a eclesiástica.
Idéntica y más firme aún era la creencia del sacristán; porque el había ol
vidado completamente la
esencia de los dogmas de su fe y solo sabía que la plegaria por los muertos, las horas eclesiásticas, las
misas simples y las misas cantadas en fin to
dos los servicios tenían un precio fijo, pagado gustosamente
por los verdaderos c
ristlanos. Por eso clamaba sus «misereres» y leía y cantaba todo lo que comportaba
la regla con aquella misma tranquila seguridad que caracteriza para otros hombres la necesidad de
vender madera, harina o patatas.
El director de la cárcel y los vigilantes,
aunque nunca se hubiesen planteado dudas ni hubiesen jamás
tratado de saber en qué consistían los dogmas de aquella creencia ni lo que sigrnficaban esas ceremonias
de iglesia, creían que era absolutamente preciso creer en aquella creencia, porque la auto
ridad Superior,
y el zar mismo, creían en ella.
Además, muy vagamente, porque no podían explicárselo, tenían la sensación de que aquella creencia
justificaba sus funciones crueles. En cuanto a los presos, salvo un pequeño núme
ro que se burlaba de
aquella
religión, la mayoría creía que los iconos dorados, los cirios, las copas, las casullas, las cruces y
las incomprensibles letanías contenían una fuerza misteriosa gra
cias a la cual se podían adquirir grandes
comodidades en esta vida y en la vida futura.
Aunque la mayoría, en diversas ocasiones y sin ningún resul
tado, había intentado conseguir esa
adquisición de comodidades terrestres por medio de oraciones, de misas y de cirios, sin que sus plegarias
hubiesen sido oídas, todos estaban firmemente convencid
os de que esa falta de éxito se debía al azar y
que esta institución, aprobada por los sabios y por los obispos, era una institución muy grave, importante
y útil, si no en esta vida, al menos en la vida futura.
Maslova creía lo mismo. Como los demás, exper
imentaba durante el oficio un sentimiento de
recogimiento mezclado de fastidio.
De pie en medio de la multitud de las presas, no podía ver más que las espaldas de las mujeres
colocadas delante de ella. Pero cuando los asistentes se pusieron en movimiento p
ara ir a besar la cruz y
la mano del sacerdote, distinguió al director y a los vigilantes y reconoció detrás de ellos a un hombre de
barbita y de cabellos rubios, el marido de Fedosia, que tenía los ojos tiernamente clavados en su mujer.
Entonces Maslova,
aun rezando, santiguándose y saludando como los demás, se absorbió en su
conversación con Fedosia y en la contemplación de su marido.
XLI
Nejludov
se había levantado temprano. En la ciudad, cuando salió de su casa, todo el mundo parecía
dormir aún. Por la callejuela únicamente pasaba un campesino que gritaba con una voz especial:
-¡Leche! ¡Leche! ¡Leche !
La primera lluvia cálida de la primavera había caído la vís
pera. La hierba verdecía en las junturas de
los adoquines. En los parques, los abedules se habían adornado con frondas ver
deantes; los cerezos de
monte y los álamos estiraban sus hojas alargadas y olorosas. En las casas y en las tiendas limpiaban los
cristales. Pero en el baratillo de los ropavejeros, que Nejludov tuvo que atravesar, había ya un
a
muchedumbre que se apre
taba alrededor de las barracas, en tanto que hombres cubiertos de harapos
deambulaban con botas bajo el brazo y pantalones y chalecos remendados echados al hombro.
Había mucha gente también en las tabernas. Se veía penetrar en el
las a obreros con blusas limpias y
botas relucientes, felices de verse libres por un día de los trabajos de las fábricas, y mujeres que llevaban
a la cabeza pañolones de seda de vistosos matices y chaquetillas adornadas de abalorios. Agentes de
policía con
uniforme de gala, sujetas sus pistolas al cinto por cordones amarillos, se inmovilizaban en las
esquinas de las ca
lles, esperando poder distraerse reprimiendo algún desorden. En las alamedas de los
bulevares, sobre la hierba de los céspedes, húmeda aún,
corrían y jugaban niños y perros mientras las
nodrizas, para charlar alegremente, se sentaban por grupos en los bancos. En las calles, todavía frescas y
húmedas por la parte izquirda, a la sombra, y secas en el centro, retumbaba el ruido de pesadas carret
as y
de ligeros coches de punto y el sonido de los tranvías. En el aire tintineaban ruidos diversos, y el repique
de campanas convocaba a los fieles a asistir a un oficio parecido al que se celebraba en la capilla de la
cárcel. Por grupos, la gente endomingada se dirigía a las parroquias.
El cochero de Nejludov no fue hasta la cárcel, sino que se detuvo en el recodo del camino que
conducía hasta allí. Cerca de aquel recodo, a cien pasos de la cárcel, había un grupo de hombres y de
mujeres, la mayoría con pa
quetes en las manos. A la derecha se extendían unas construcciones bajas, de
ma
dera, y a la izquierda se alzaba un edificio de dos pisos con un cartel. Al fondo se destacaba la
enorme construcción de la cárcel, defendida por un soldado con el fusil al hombro.
Ante la puertecita de las casas de madera estaba sentado un vigilante, con uniforme galoneado y con
un libro registro sobre las rodillas. Era el encargado de inscribir los nombres de los presos que los
visitantes solicitaban ver.
Nejludov se le acercó y dijo:
-Catalina Maslova.
El vigilante anotó aquel nombre.
-¿Por qué no se permite entrar? -preguntó Nejludov.
-Están diciendo misa. En cuanto acabe podrá usted entrar.
Nejludov se acercó al grupo de visitantes, del cual se destacó, para deslizarse hacia
la puerta de la
cárcel, un individuo cubierto de harapos, con un sombrero muy ajado, los pies en
vueltos en unas bandas
de tela, sin más calzado, y la cara toda surcada en líneas rojas.
-¡Eh, tú!, ¿adónde vas? -le gritó el soldado, empuñando el fusil.
-¿Y tú por qué tienes que gritar así -
respondió el hombre retrocediendo lentamente y sin
impresionarse por los gritos del soldado -
.¿No quieres dejarme entrar? Está bien, esperaré. Pero, ¿dónde
se ha visto gritar así? ¡Ni que fuera un general!
Una risa aproba
dora acogió aquella broma. Casi todos los visitantes eran pobres diablos. Iban
míseramente vestidos, y algunos completamente andrajosos; sólo unos pocos, hombres y mujeres, tenían
un porte más cuidado. Cerca de Nejludov había un hombre bien trajeado, recié
n afeitado, gordo y
sonrosado, que llevaba en la mano un pesado paquete que parecía estar lleno de ropa blanca. Nejludov le
preguntó si venía a la cárcel por primera vez. El hombre respondió que ya había ve
nido muchas veces,
todos los domingos. Portero en
un Banco, venía a ver a su hermano, condenado por falsificación; le
contó a Nejludov toda su historia, y se preparaba a interrogarlo a su vez cuando su atención fue atraída
por una calesa de ruedas cauchutadas, tirada por un buen caballo, de la que descendie
ron un joven
estudiante y una dama con velo. El estudiante llevaba en la mano un gran paquete. Avanzó hacia
Nejludov y le preguntó si creía que lo autorizarían a distribuir entre los presos una ración de pan blanco
contenida en su paquete.
-Es por deseo de mi novia, que me acompaña. Sus padres nos han permitido traer esto a los presos.
-
Vengo aquí por primera vez e ignoro las costumbres; pero haría usted bien dirigiéndose a aquel
hombre- respondió Nejludov mostrando con el dedo al galoneado guardián sentado ante su registro.
En aquel momento, la puerta principal, horadada por una ventanilla en el centro, se abrió para dejar
paso a un funcio
nario con uniforme de gala, escoltado por un vigilante que cambió en voz muy baja
algunas palabras con él y anunci
ó luego que los visitantes podían entrar. El centinela se echó a un lado,
y todo el mundo se precipitó por la puerta de la cárcel como temiendo llegar con retraso. Detrás de la
puerta había un guardián que contaba en voz alta los visitantes al pasar: 16, 1
7, etcétera... Más lejos, en
el interior del edificio, otro guardián les tocaba el brazo, antes de dejarlos franqucar una puertecita, y los
recontaba. De esta manera podía asegurarse, a la salida, de que ningún visitante había quedado den
tro de
la prisió
n y que ninguno de los presos había salido de ella. Demasiado ocupado con su cálculo para
examinar las fi
guras de quienes entraban, aquel guardián tocó bruscamente el hombro de Nejludov, lo
que no dejó de irritar a éste un poco, a pesar de sus buenas inte
nciones. Pero inmediatamente se acordó
de para qué había venido y le dio vergüenza de su descontento.
La puertecita daba a una gran sala abovedada, con estrechas ventanas guarnecidas con barras de
hierro. En aquella sala había un nicho donde Nejludov divisó con sorpresa un gran crucifijo.
«¿A qué viene eso aquí?», pensó, uniendo involuntaria
mente en su pensamiento la imagen del Cristo
con hombres libres y no con presos.
Caminó con paso lento, dejando fluir delante de él la oleada apresurada de los visita
ntes.
Experimentaba a la vez un sen
timtento de horror hacia los malhechores encerrados en aquella cárcel y
un sentimiento de compasión hacia los inocentes como el acusado de la víspera y Katucha, que estaban
encerrados allí en compañía de aquéllos, y un s
entimiénto de timidez y de emoción ante la idea de la
entrevista que iba a celebrar.
Al otro extremo de la gran sala, un guardián anunció a]go. Pero, sumido en sus reflexiones, Nejludov
no lo oyó y siguió en pos del grupo más numeroso. Así se encontró llevado al locu
torio de los hombres,
cuando habría debido dirigirse al de las mujeres.
En el momento en que, el último de todos entró en el locutorio, se sintió impresionado meramente
por un ruido ensordecedor, mezcla de voces numerosas que gritaban todas al
mlsmo tiempo. Sólo
comprendió la causa de aquella barahúnda al llegar al centro de la sala, donde, a semejanza de un enjam-
bre de moscas sobre un trozo de azúcar, la muchedumbre de los visltantes se apretaba ante un enrejado.
Ese enrejado era doble; iba d
esde el techo hasta el suelo y dividía la sala en dos mitades. Por el
pasillo intermedio se paseaban los vigilantes. A un lado estaban los presos; al otro, los visitantes.
Estaban separados por dos enrejados y un espacio vacío de tres archines, lo que impo
sibilitaba a los
visitantes no solo entregar cualquier cosa a los presos, sino incluso verlos bien. Y no resultaba menos
difícil hablar a través de ese espacio; para hacerse oír había que gritar con todas las fuerzas A ambos
lados de la división, las caras
se apretaban contra ei enrejado: mujeres, maridos, padres, madres e hijos
trataban de verse y de decirse lo que querían. Y como todos deseaban ha
cerse oír y las voces se cubrían
recíprocamente pronto cada cual se creía obligado a gritar más fuerte que su
s vecinos. De ahí la
barahúnda que había impresionado a Nejludov al entrar en la sala.
No había que pensar en aprehender el sentido de las pala
bras. La única cosa posible era adivinar en
los rostros de qué se trataba y las relaciones existentes entre los intelocutores.
Muy cerca de Nejludov, pegada al enrejado, había una vie
jecita con un pañuelo a la cabeza que
interpelaba a un joven, un forzado, cuya cabeza estaba semirrapada; y el preso, con las cejas fruncidas,
parecía escucharla con la más viva atenci
ón. Al lado de la vieja, un hombre joven, con blusa, hacía señas
con la cabeza a un preso que se le parecía, de barba gris, de rostro fatigado. Más lejos aún estaba el
hombre harapiento, que gesticulaba mucho, gritaba y reía a carcajadas. Luego, sentada en
el suelo, una
joven de porte decoroso con un niño en bra
zos lloraba y sollozaba al volver a ver, sin duda por primera
vez a un hombre de edad que estaba frente a ella, al otro lado del enrejado, con uniforme carcelario,
cabeza rapada y hierros en los pie
s. Más allá de esta mujer, el portero de Banco que había hablado con
Nejludov elevaba mucho la voz para ser oído por un preso calvo, de ojos chispeantes.
Ante la perspectiva de tener que hablar con Katucha en se
mejantes condiciones, Nejludov se llenó de
i
ndignación contra los hombres que habían podido inventar y autorizar semejante suplicio. Se quedó
estupefacto al pensar que nadie antes que él nunca, se había indignado ante una institución tan
espantosa, ante una violación tan cruel de los sentimientos más sa
grados. Lo escandalizó ver que
soldados y vigilantes, visitantes y presos aceptaban como cosa natural e inevitable esta manera de
conversar.
Nejludov permaneció así, inmóvil, durante varios minutos, bajo el peso de una extraña impresión de
tristeza, consciente de su propia debilidad y de su desacuerdo con todo lo que le ro
deaba. Sintió algo
parecido a un mareo en el mar.
No importa -se dijo Nejludov, volviendo a hacer acopio de valor -
.Es necesario que haga lo que he
venido a hacer. Pero, ¿cómo conseguirlo?»
Buscó con los ojos una autoridad cualquiera, y vio, detrás de la multitud, al subdirector con el que
había hablado la noche anterior. Nejludov avanzó hacia él.
-Perdón, señor -le dijo con una deferencia exagerada -, ¿no podría usted indicarme la s
ección de las
mujeres y dónde se autoriza a verlas?
-O sea, que usted quería ir a la sección de las mujeres, ¿no?
-Sí, deseo ver a una presa-respondió Nejludov, siempre con la misma cortesía afectada.
-¿Por qué no lo dijo usted hace un momento, cuando se
le indicó en la primera sala? ¿ Ya quién
desea usted ver?
-A Catalina Maslova.
-¿Una detenida política? -preguntó el subdirector. -No, es simplemente...
-Entonces, ¿una condenada?
-Eso es, condenada desde anteayer -respondió dulcemente Nejludov, temiendo,
por una palabra
demasiado viva, enajenarse la buena disposición que percibía en el subdirector.
Por el aspecto exterior de Nejludov, el funcionario juzgó que
merecía una consideración particular y
llamó a un funcionario subalterno todo cubierto de medallas.
-Sidorov, lleve al señor a la sección de las mujeres -dijo. -¡A sus órdenes!
En aquel momento, unos sollozos que desgarraban el alma se dejoron oír cerca del
enrejado.
Todo aquel espectáculo pareció extraño a Nejludov, y más extraño aún resultó para él
la necesidad
de dar las gracias al subdirector y al vigilante jefe y de sentirse agradecido a aque
llas gentes,
instrumentos de una obra tan cruel como la que se desarrollaba en aquella casa.
Desde el locutorio de los hombres, el funcionario subalterno hi
zo pasar a Nejludov por el corredor, y
por una puerta que estaba enfrente lo condujo al locutorio de las mujeres.
Exactamente igual que el otro, este locutorio estaba dividido, mediante dos enrejados, en tres partes;
aunque fuese sensiblemente más pequeño
y los visitantes menos numerosos, los gritos y el ruido eran
allí lo mismo de violentos. Igualmente allí la autoridad velaba entre los dos enrejados, pero esta vez en
la persona de una vigilanta también de uniforme: galones en las mangas, ribetes azules y
cinturón del
mismo color. Y, como en la sección de los hombres, los visitantes, con los trajes más variados, se
aferraban al enrejado; al otro lado estaban las presas, en su mayoría con uniforme carcelario; las de
más,
con sus vestidos de ciudad. No había
ni siquiera un sitio libre en toda la extensión del enrejado. y el
amontonamiento era tal, que varias personas se vieron obligadas a ponerse de puntillas para gritar por
encima de la cabeza de las que se encontraban delante de ellas; también otras estaban senta
das en el
suelo.
La atención de Nejludov fue atraída por la alta y delgada figura de una gitana cuyos rizados cabellos
se escapaban de un pañolon; cerca de la columna del enrejado, por la parte de las presas, ella explicaba
algo con voz chillona y g
esticulando con viveza a un visitante de traje azul ceñido por un cinturón, un
gitano también, en pie al otro lado. Cerca del gitano, un soldado, sentado en el suelo, hablaba con una
presa. Luego, asido al enrejado, un mujik bajito calzado con almadreñas d
e corteza, de barba rubia y
rostro todo rojo, no hacía ningún es
fuerzo por reprimir sus lágrimas. Escuchaba lo que le decía frente a
él una presa rubia y bonita que, mientras le hablaba, lo miraba tiernamente con sus azules ojos. Eran
Fedosia y su marido.
Cerca de ellos había un hombre harapiento que hablaba con una mujer de pómulos
salientes y de rala cabellera; luego, dos mujeres, un hombre y de nuevo una mujer; y, fren
te a cada
visitante, una presa.
Maslova no se dejaba ver. Pero, oculta detrás de la prime
ra fila, estaba en pie una mujer; y Nejludov,
adivinando que era ella, sintió redoblar los latidos de su corazón y que se le paraba el aliento.
Se iba acercando el momento decisivo.
Se aproximó al enrejado; penosamente logró hacerse un sitio y clavó s
u mirada en Maslova.
Colocada detrás de Fedosia, ella parecía escuchar sonriendo la conversaci6n de ésta con su marido. En
lugar del capotón gris de la antevíspera, llevaba, ce
ñida al talle por un cinturón, una camisola blanca que
se le abombaba por el pecho. De su pañolón se escapaban los bucles de sus cabellos negros.
«Vamos, el momento se acerca- pensó Nejludov-
. Pero, ¿cómo llamarla? ¿No se le ocurrirá acudir a
ella?»
Pero ella no venía. Esperaba la visita de Berta y no podía sospechar que aquel hombr
e estuviese allí
por ella.
-¿A quién desea usted ver? -preguntó la vigilanta a Nejludov, parándose delante de él.
-A Catalina Maslova -respondió Nejludov, hablando con esfuerzo.
-¡Eh, tú, Maslova- gritó la vigilanta -, gente que viene a verte!
Maslova se v
olvió, levantó la cabeza, sacó el pecho, con aquella expresión de apresuramiento que
Nejludov le había co
nocido antaño, y, deslizándose entre dos presas, se acercó al enrejado. Se puso a
mirar a Nejludov con una mezcla de asombro y de interrogación, sin r
econocedo. Pero muy pronto, por
su porte, reconoció a un hombre rico y le sonrió.
-¿Ha venido usted por mí? -preguntó, pegando al enrejado sus ojos risueños, bizqueando un poco.
-Sí, he querido...
Se detuvo, no sabiendo si debía hablarle de «usted» o de«tú». Se decidió por el «usted».
-He querido verla... Yo...
-¡No me hagas faenas! -gritaba, cerca de él, un visitante harapiento -.¿La cogiste o no?
-¡Te digo que se muere! -gritaban del otro lado.
Maslova no pudo entender nada de las palabras de Nejludov. P
ero por la expresi6n del rostro de éste,
mientras hablaba, creyó reconocerlo. Pero todavía dudaba. Se borró la sonrisa de sus labios, y un pliegue
de sufrimiento le surcó la frente.
-No se oye lo que usted dice -gritó ella, entornando los párpados para ver
mejor, y la frente cada vez
más arrugada.
-He venido...
«jSí, cumplo mi deber, expío », pensaba Nejludov.
Ante este pensamiento, las lágrimas le llenaron los ojos y la garganta, y, aferrándose con los dedos al
enrejado, se calló. Sentía que a la primera palabra estallaría en sollozos.
Al lado de él gritaban:
-Yo me dije: ¿por qué ibas adonde no debías ir?
-¡Tan verdad como que Dios me oye que no sé nada de eso! -respondió una presa al otro lado.
La emoción había impreso en el rostro de Nejludov una expres
ión que Maslova reconoció
inmediatamente.
-No estoy muy segura de reconocerlo -creyó ella, sin embargo, que era su deber decir, sin mirarlo.
Y las mejillas se le empurpuraron; su rostro se ensombreció aún más.
-He venido a pedirte perdón- dijo entonces Nej
ludov, con la voz más alta que pudo, monótonamente,
como una lección aprendida.
Tras decir a gritos estas palabras, se llenó de vergüenza y miró en torno de él. Pero juzgó que esa
vergüenza era saludable y que su deber consistía en exponerse a ella. Con todas sus fuerzas gritó:
-
¡Perdóname! ¡Tengo una gran culpa para con...! Inmóvil, ella no dejaba de mirarlo con sus
bizqueadores ojos.
Él no tuvo fuerzas para acabar su frase y, haciendo un esofuerzo para reprimir los sollozos que le
sacudían el pecho, se alejó del enrejado.
El subdirector, evidentemente interesado por aquel visitan
te, se había dirigido al locutorio donde
estaba Nejludov. Al verlo apartarse del enrejado, le preguntó por qué interrumpía su conversación con la
mujer que había venido a ver. Nejludov se sonó, se esforzó en dominarse y respondió:
-Es imposible entenderse a través de ese enrejado.
El subdirector reflexionó un instante.
-Bueno -dijo -, se podría hacer venir aquí a la detenida algunos momentos. ¡María Karlovna! -
gritó a
la vigilanta -, haga venir aquí a Maslova.
XLIII
Pronto por una puerta lateral, entró Maslova. Acercán
dose suavemente a Nejludov, se detuvo y lo
miró de arriba abajo. Como la antevíspera, sus negros cabellos se escapaban en bucles del pañolón. Su
rostro enfermizo
, abotagado, exangüe, sin embargo siempre agradable de ver, respiraba calma; sólo los
negros ojos bajo los párpados hinchados resplandecían con un brillo particular.
-Pueden ustedes hablar aquí -dijo el subdirector, alejándose.
Nejludov estaba sentado en un banco pegado al muro. Mas
lova miró primeramente al subdirector
con aire interrogativo. Cuando éste se hubo apartado, ella tuvo un encogimiento de hombros que
denotaba su sorpresa y, decidiéndose a acercarse a Nejludov, se levantó la falda y se sentó ju
nto a él
sobre el banco.
-Le será a usted difícil perdonarme, lo sé-
empezó a decir Nejludov. Se detuvo, sintiendo que de
nuevo las lágrimas le subían a los ojos; luego continuó -
: Pero si no está en mis manos reparar el pasado,
a lo menos estoy resuelto a hacer todo lo que pueda. Dígame usted...
-¿Cómo se las ha arreglado usted para encontrarme? -pre
guntó ella eludiendo su pregunta. y ora su
mirada se clavaba en él, ora la apartaba hacia el suelo.
«¡Dios mío, ayúdame! ¡Enséñame lo que debo hacer!», se dec
ía a sí mismo Nejludov, consternado
por el cambio sobrevenido en el rostro ahora tan enfermizo de la joven.
Fue anteayer- dijo él-; yo era jurado cuando la juzgaron en la Audiencia... ¿No me reconoció usted?
No, en absoluto. No era momento de reconocer a nadie.
-Así, pues, ¿hubo un niño? -preguntó Nejludov, sintiéndose enrojecer.
Murió inmediatamente, a Dios gracias -
respondió Maslova con voz seca y maligna, apartando los
ojos.
-¿Y de qué? ¿y cómo?
-Yo misma me encontraba enferma y estuve a punto de morir -prosiguió ella sin levantar los ojos.
-¿Cómo fue que mis tías la despidieron?
-
¿Es que se conserva a una criada con un niño? En cuanto me vieron encinta, me despidieron... Pero,
¿de qué sirve hablar de todo eso? Ya no me acuerdo de nada, lo he olvidado todo. Está bien acabado.
-¡No, no está acabado! ¡No sabría resolverme a eso! ¡Quiero al menos redimir mi falta!
-No hay nada que redimir: lo que se hizo, hecho está, y todo eso pasó -insistió ella.
Y, con gran sorpresa por parte de él, Katucha lo miró de p
ronto con una sonrisa seductora y
lastimosa.
Maslova no había soñado nunca con volver a ver a Nejlu
dov, sobre todo en aquellos momentos y en
aquel sitio. Su vis
ta, pues, la había sorprendido al principio; luego la había hecho acordarse de cosas
resueltam
ente enterradas en el fondo de ella misma. En los primeros momentos, al volver a ver a
Nejludov, había recordado el mundo espléndido de sentimientos y de sue
ños suscitado en otros tiempos
por el encantador adolescente que la había amado y al que ella habí
a amado a su vez. Después recordó la
crueldad de su incomprensible abandono y la larga serie de humillaciones y de sufrimientos que siguió a
tales ins
tantes de felicidad. Pero, sin fuerzas para ahondar en aquello, había recurrido al medio de
rechazar los
recuerdos dolorosos y ahogarlos en las brumas de su vida de disipación. Una vez más,
acababa de hacer lo mismo. Al volver a ver a Nejludov, lo había identificado al principio con el
adolescente amado en otros tiempos; pero resultándole aquello penoso, había renun
ciado a los pocos
instantes. Y, desde entonces, aquel señor vestido con elegancia, con su barba perfumada, no era para ella
más que uno de esos «clientes» acostumbrados, cuando te
nían necesidad, a servirse de criaturas como
ella y de los que criat
uras como ella tenían el deber de servirse mientras podían hacerlo. De ahí su
sonrisa acariciadora.
Muda, reflexionaba, pues, sobre la manera como mejor podría servirse de él.
--insistió ella -, todo eso acabó. ¡Y ahora resulta que me condenan a trabajos forzados!
Estas terribles palabras llevaron un estremecimiento a sus labios.
-Yo sabia que usted no era culpable, estaba seguro -dijo Nejludov.
-Desde luego que no era culpable. ¿Es que soy
quizás una ladrona? Aquí dicen que todo es culpa del
abogado -continuó -; y que habría que firmar una instancia. Pero aseguran que eso cuesta muy caro..
-Sí, sin -duda -dijo Nejludov -.yo ya me he puesto de acuerdo con un abogado.
-Pero hay que coger uno bueno... uno caro..
-Haré todo lo que sea posible.
Nuevo silencio.
Una breve y seductora sonrisa floreció otra vez en los labios de Maslova.
Quisiera pedirle a usted... un poco de dinero. No mucho... diez rublos. Con eso me bastará.
-¡Desde luego, no faltaba más! -respondió Nejludov todo confuso, sacando su cartera.
Maslova lanzó una mirada rápida hacia el subdirector, que se paseaba por la sala.
-Démelo sin que él lo vea; de lo contrario, me lo qui tarán.
Nejludov sacó de la cartera un billete de diez rublos; pero, en el momento en que iba a dárselo, el
subdirector se volvió. Escondió el billete en la palma de la mano.
«¡Pero ésta es una criatura muerta!», pensaba Nejludov examinando aquel rostro tan encantador en
otros tiempos, aho ra degradado y abotagado, y el brillo maligno de los ojos ne
gros que bizqueaban
espiando alternativamente los movimien
tos de! subdirector y los de la mano que tenía el billete de diez
rublos. Y Nejludov tuvo un momento de vacilación.
El tentador, cuya voz había oído la pasada noche, habló de nuevo en él, para desviarlo de pensar en
lo que debía hacer y para que pensase más bien en las consecuencias de lo que quería hacer.
«Nunca -decía el tentador -
harás nada de esta mujer. No conseguirás más que colgarte una piedra al
cuello para ahogarte y dejar así de ser útil a los demás. Está bien darl
e dinero: todo el que lleves en la
cartera. y luego decirle adiós y terminar con ella para siempre. »
Pero Nejludov comprendió que en aquellos momentos se desarrollaba en él la crisis decisiva; que su
alma se hallaba como colocada en una balanza oscilante
y que el menor peso, el menor esfuerzo la
harían inclinarse a un lado o a otro. Hizo ese esfuerzo, después de haber llamado en su ayuda a aquel
Dios cuya presencia había sentido la víspera en su corazón. y Dios se manifestó en él.
Resolvió decir todo inmediatamente a Maslova. -
¡Katucha! ¡He venido a ti para implorar tu perdón!
Y tú no me has respondido; no me has dicho si me perdonabas, si me perdonarás alguna vez-
dijo,
pasando al tuteo.
Pero Maslova no lo escuchaba y continuaba acechando alternativament
e los diez rublos y al
subdirector. En el momento en que éste se volvía de espalda, ella tendió la mano con un ademán rápido,
agarró el billete y se lo guardó en el cinturón.
-Es muy extraño lo que usted me dice -replicó ella con una sonrisa que a Nejludov
le pareció un
poco despreciativa.
Tuvo la impresión de que esa sonrisa ocultaba una especie de odio hacia él y que nunca él llegaría a
penetrar a fondo en aquella alma. Pero, cosa extraña, no sólo esa impresión no lo apartaba ya de
Maslova, sino que, por
el contrario, lo atraía más fuertemente hacia ella. Se sentía obligado, costase lo
que costase, a despertar a aquella alma y, cuanto más difícil se le pre
sentaba la tarea, tanto más lo atraía.
Nunca, respecto a persona alguna, había experimentado un sentimiento como el que ex
perimentaba
hacia Maslova; no deseaba de ella nada para él mismo, sino únicamente que dejase de ser tal como la
veía para volverse a convertir en la que él había visto en otros tiempos.
-Katucha, ¿por qué me hablas así? Tú sabes, sin
emba;go, que te conozco, que me acuerdo de lo que
eras en otros tiempos en Panovo...
-¡Lo que es viejo, se borra!- respondió ella secamente. -
¡Me acuerdo de todo eso, Katucha, para
reparar, para redimir mi falta! -insistió Nejludov.
E iba a decirle que es
taba dispuesto a casarse con ella; pero encontró su mirada y leyó en la misma
algo tan vil y repulsivo, que no encontró fuerzas para acabar su confesión. ...
En aqud instante, las personas que habían venido a visitar a los presos empezaron a salir. El
subd
irector, acercándose a Nejludov, le comunicó que había llegado el momento de poner fin a la
entrevista. Maslova se levantó, esperando con resignación el momento de marcharse.
-Hasta la vista; todavía tengo muchas cosas que decirle -dijo Nejludov tendiéndole la mano -
.Vendré
a verla de nuevo -añadió.
-Pero me parece que ya ha dicho usted todo lo que tenía que decir.
Ella le tocó la mano, pero no se la estrechó.
-No, no he dicho todo. Trataré de conseguir la autori
zación necesaria para poder verla con más
libertad, y entonces le diré la cosa importante que tengo que decirle.
-Pues bien, venga usted-
respondió ella, encontrando de nuevo para él la sonrisa que concedía a los
hombres cuando quería agradarles.
-Está usted más cerca de mí que una hermana -añadió aún Nejludov.
-¡Qué cosa tan rara! -dijo ella, meneando la cabeza. y desapareció detrás del enrejado.
XLIV
Nejludov se había figurado que al volverlo a ver, al comprobar su arrepentimiento y su intención de
acudir en su ayuda, Katucha se alegraría, se ent
ernecería y volvería a ser inmediatamente la Katucha de
otros tiempos. Comprendió que Katucha no existía ya y que, en lo sucesivo, existía sólo Maslova. Y eso
lo sorprendió y lo consternó.
Lo que lo asombraba sobre todo no era solamente que Katucha no se
avergonzara de su estado ( de
su estado de prostituta, porque sí tenía bastante vergüenza de su estado de presa), sino que incluso
pareciera satisfecha y casi orgullosa de ser una prostituta.
A decir verdad, aquello no tenía nada de sorprendente. Para pode
r obrar, todos tenemos necesidad de
considerar como im
portante y buena nuestra ocupación. Resulta de ello, cualquiera que sea la condición
de un ser humano, que él se hace naturalmente de la vida una concepción que hace resaltar, como im-
portante y buena, su propia actividad.
Gustosamente, uno se persuade de que el ladrón, el espía, el asesino, la prostituta, se avergüenzan de
su oficio o, al menos, lo consideran detestable. Eso es un error. Los hombres coloca
dos por su destino y
sus faltas en una situac
ión determinada, por inmoral que sea ésta, se las componen siempre para que su
concepción general de la vida haga resaltar, como buena y ho
norable, su situación particular. y para
confirmar en ellos esta concepción, se apoyan instintivamente en otros homb
res que se encuentran en
una situación idéntica, que tienen un concepto semejante de la vida y del lugar que ellos ocupan en la
vida.
Uno se asombra al ver cómo los ladrones se enorgullecen de su destreza; las prostitutas, de su
corrupción; los asesinos, d
e su crueldad. Pero uno se asombra solamente porque, siendo limitada la
especie de aquéllos, el círculo y la atmós
fera de los mismos se encuentran fuera de los nuestros. Y a
nosotros no nos asombra, por ejemplo, ver a ricos enorgullecerse de su riqueza,
es decir, de su robo y de
sus defraudacio
nes; a los jefes del Ejército, enorgullecerse de su victoria, es decir, del asesinato; a los
soberanos, enorgullecerse de su poder, es decir, de su violencia. No notamos en estos hombres su
equivocada concepción de
la vida, del bien y del mal, concepto que deforman con vistas solamente a
justificar su situación. No lo notamos porque el círculo de estos hombres es grande y noso
tros formamos
parte de él.
Maslova se había forjado una concepción de este tipo de la vida
en general y de su propio papel en
particular. Prostituta, condenada a trabajos forzados, no por eso dejaba de hacerse una concepción de la
vida propia para justificar su conducta e incluso para enorgullecerse ante los demás de su condición.
Esta concepción reposaba sobre la idea de que la mayor fe
licidad de los hombres ( todos sin
excepción, viejos y jovenes, c01egiales y generales, sabios y analfabetos) consiste en la po
sesión carnal
de la mujer. Maslova se creía segura de que, a despecho de todos los
demás pensamientos que decían
tener en la cabeza, todos los hombres no tenían otro pensamiento que aquél .
Y sabiéndose una mujer agradable, apta para satisfacer o no, a voluntad, este deseo de los hombres,
se estimaba en consecuencia infinitamente import
ante y necesaria. Toda su vida pasada, como su vida
actual, no hacían más que confirmar la justeza de esta concepción.
En todas partes, desde hacía diez años ( empezando por Nej
ludov, pasando por el viejo comisario de
policía rural, para terminar en los g
uardianes de la cárcel), había visto a todos los hombres penetrados
del deseo de poseerla. Quizás hubo en su camino a!gunos que no tuvieron aquel deseo, pero a ésos
nunca se había parado a mirarlos. Así, pues, el mundo entero se le aparecía como una reunió
n de
hombres llenos de lujuria, infatigables en desearla y que se esforzaban en poseerla por todos los medios
posibles: seducción, violencia, astucia o dinero.
Así era como Maslova comprendía la vida, lo que le permitía creer en la importancia de su posi
ción.
Se había adherido tanto más a aquella concepción cuanto que al perderla habría perdido al mismo
tiempo la importancia que ella se atribuía. y para no perderla se aferraba instintivamente al círculo de
personas que comprendían la vida de la misma manera. Presin
tiendo que Nejludov quería atraerla a otro
ambiente, ella se resistía, previendo que allí perdería aquella posición en la vida que le daba la seguridad
y la estima de sí misma. De ahí provenía también el cuidado con que procuraba ahogar en su co
razón los
recuerdos de su primera juventud, ya que aquellos recuerdos de sus primeras relaciones con Nejludov no
concordaban con su concepción presente de la vida; sin duda, no ha
bía conseguido apagarlos por
completo, pero los había relegado a lo más profundo de su corazón; los había borrado empa
redados,
como las abejas taponan la entrada de los nidos de ciertos gusanos que podrían, ellas lo saben, destruir
sus colmenas. y por eso, al volver a ver a Nejludov, se había negado a considerar en él al adol
escente al
que amó en otros tiempos con un amor cándido y casto, y no había querido ver en él más que aun señor
rico, con el que tenía el derecho y el deber de apro
vecharse, manteniendo con él relaciones del mismo
género que con los demás hombres de su «clientela».
«No, hoy no he podido decirle lo principal- pensaba Nej
ludov, abandonando el locutorio con la
muchedumbre de los visitantes-.No le he dicho que me casaré con ella. Pero la pr6xima vez se lo diré.. »
En la sala grande, los guardianes contaban de
nuevo a los que pasaban, para que no saliese ningún
preso y para que nin
gún visitante se quedase en la cárcel. y de nuevo Nejludov fue zarandeado y tocado
en el hombro: no pensó en ofenderse por ello, ni siquiera en darse por enterado.
XLV
La resoluci6
n de Nejludov era cambiar su forma material de vivir, alquilar su apartamento, despedir
a su servidumbre e irse a vivir al hotel.
Pero Agrafena Petrovna le demostró que no había para él ninguna razón plausible de cambiar su vida
antes del invierno, porque
en verano nadie querría alquilar el apartamento y, hasta entonces, hacía falta
vivir y depositar los muebles en alguna parte. Así, todos los esfuerzos de Nejludov por modificar su vida
exterior {habría querido vivir como simple estudiante} no desembocaban
en nada. Y no solamente en su
casa continuó todo como en el pasado, sino que se pusieron a descolgar, a inventariar, quitar el polvo de
la ropa de lana y de las pieles, trabajo al que se dedicaron el portero y su ayudante, la cocine
ra y Kornei,
el criado.
Nejludov vio retirar de los guardarropas y colgar de cuerdas una gran cantidad de trajes, de
uniformes, de viejas pieles de las que en lo
sucesivo nadie podría hacer uso; vio descolgar tapices y
transportar muebles de una habitación a otra; asistió a una
multitud de limpiezas y tuvo que soportar el
olor a naftalina esparcido por todas las habitaciones. Al pasar por el patio y mirar por las ventanas se
asombró al descubrir la enorme cantidad de cosas inútiles que había guar
dado en su apartamento. «Su
única razón de ser y su destino -pensaba él-
no pueden ser otros, sin duda, que permitir a Agrafena
Petrovna, a Kornei, al portero y a su ayudante, y a la cocinera, matar el tiempo. En realidad-
seguía
diciéndose a sí mismo -, no puedo cambiar mi tren de vida m
ientras no se decida la suerte de Maslova.
Todo depende de lo que hagan con ella: devolverle la libertad o enviarla a Siberia. En este último caso,
iré con ella.»
El
día convenido, Nejludov fue a casa del abogado Fanarin. Éste vivía en una casa grande y
suntuosa, adornada con plantas raras, con espléndidas cortinas en las ventanas y un mo
biliario
impresionante, demostrando así el dinero ganado sin molestia y locamente disipado, como se ve en los
advenedizos que se enriquecen demasiado rápidamente. En la sala de espe
ra, Nejludov encontró, como
en casa de un médico, a clientes que aguardaban su turno y que, melancólicamente sentados al
rededor de
las mesas, buscaban algún consuelo en la lectura: de revistas. Pero el pasante del abogado, instalado al
fondo del salón delante de un majestuoso pupitre, reconoció inmediata
mente a Nejludov, avanzó hacia él
y le dijo que iba a advertir al «patrón» que había llegado.
En el mismo instante se abrió la puerta del despacho de Fa
narin y se vio salir de él al propio
ab
ogado, hablando con mucha animación con un hombre joven, rechoncho, de rostro rubicundo y
grandes bigotes, vestido con un traje completa
mente nuevo. Por la expresión particular de las caras de
los dos se adivinaba que acababan de concertar un espléndido nego
cio, no muy limpio, pero totalmente
provechoso.
-¡Es culpa suya, padrecito! -decía sonriendo Fanarin. -
Yo bien quisiera ir al paraíso, pero mis
pecados me lo impiden.
-¡Está bien, está bien! ¡Ya sabemos lo que pasa!
Y los dos se echaron a reír con afectación.
-¡Ah, príncipe, tómese la molestia de entrar! -dijo Fa
narin al distinguir a Nejludov; y, después de un
rápido y últi
mo saludo al comerciante que se retiraba, introdujo a Nejludov en su despacho, severamente
amueblado.
-Se lo ruego, fume a su gusto -continuó, sentándose fren
te a Nejludov y disimulando la alegría que
seguía sintiendo por su excelente negocio.
-Gracias -respondió Nejludov -. He venido por ese asunto de Maslova...
-Sí, sí, perfectamente. ¡Qué canallas estos grandes burgueses! ¿Ha vi
sto usted el que salía de aquí?
¡Figúrese que tiene doce millones de capital! ¡Y, si puede birlarle a uno un billete de veinticinco rublos,
lo arrancará si es preciso con los dientes!
Nejludov sintió una involuntaria repulsión hacia aquel hombre que, con
sus modales caballerescos,
parecía querer recordarle que él era de la misma formación que el príncipe y que no tenía nada de común
con su anterior visitante.
-Excúseme usted, pero ese canalla me ataca los nervios. Tenía necesidad de desahogarme un poco -
continuó, como para excusar su digresión-
.Y ahora, veamos nuestro asunto. He estudiado
cuidadosamente los autos y «no he aprobado su contenido», como dice un personaje de Turgueniev. Ese
maldito abogaducho se ha comportado horrendamente. Ha dejado escapar todos los motivos de casación.
-En ese caso, ¿qué dice usted?
-Espere un momento. Digale -declaró a su pasante, que acababa de entrar -
, dígale que tendrá que ser
como yo he dicho. Si tiene los medios, de acuerdo. Si no, todo es inútil.
-Pero es que él insiste en que no puede aceptar.
-Entonces, todo es inútil-
repitió Fanarin; y de alegre y amable que era, su rostro se puso, de pronto,
taciturno y malévolo.
-Se dice que los abogados ganan dinero sin hacer nada -
continuó, volviéndose para sonreír
diligentemente a Nejludov-. Figúrese usted que he sacado de un proceso casi perdi
do de antemano a un
deudor de mala fe, y he aquí que ahora todos sus compañeros vienen a acosarme. ¡Y si supiera usted el
trabajo que me da eso! Pero nosotros también, como dice un esc
ritor, «nosotros dejamos trozos de
nuestra carne en el tin
tero». Volviendo. a su asunto de usted, o mejor dicho, al asunto que le interesa, le
decía, pues, que ella ha sido condenada a despecho del sentido común. Apenas he encontrado motivos
serios para
el recurso; pero en fin, siempre se puede intentar. Vea usted aquí un proyecto de instancia
que he preparado.
Cogió un papel de su mesa y empezó a leerlo en voz alta, pasando rápidamente por encima las
fórmulas de procedimiento para recalcar, por el contrario, ciertos pasajes:
-«Instancia de fulano de tal, etcétera... ante el departa
mento criminal de casación en el Senado,
etcétera, etcétera... contra el veredicto de la Audiencia, etcétera, etcétera, que reco
noció a la mujer
Maslova culpable de asesinato
por envenenamiento en la persona del comerciante Smielkov y, en virtud
del artículo 1.454 del código penal, la condenó, etcétera, etcétera, a trabajos forzados, etcétera, etcétera..
Al llegar aquí, el abogado se detuvo. Evidentemente, a pesar de su larga c
ostumbre, se complacía en
la lectura de su obra.
-«Este veredicto -prosiguió -, nos parece viciado de ile
galidades de procedimiento y de errores
graves que exigen que sea modificado. En primer lugar, el presidente interrumpió an
tes del fin la lectura
del proceso verbal de autopsia del comerciante Smielkov .» Ya va una.
-Pero ¿no accedió a eso el fiscal? -dijo Nejludov con sorpresa.
-Eso no significa nada. También la defensa podía apoyarse en ese documento.
-Pero dicho documento no tenía utilidad para nadie.
-
Eso no importa; siempre es un motivo de casación. Continuemos: «En segundo lugar, el presidente
intermmpió al de
fensor de Maslova en el momento de su defensa en que juzgaba conveniente
caracterizar la personalidad de la acusada y exponía los motivos
secretos de su hundimiento, lo que el
presidente declaró ajeno al asunto; ahora bien,
como el Senado ha dicho en diversas ocasiones, la
definición psicológica del carácter es de importancia capital en la valoraci6n de la criminalidad.» Ya
tenemos dos -dijo el abogado, alzando los ojos hacia Nejludov.
-Aquel abogado hablaba muy mal y de manera ininteligible -comentó Nejludov.
-Ese pequeñajo es completamente tonto- respondió Fanarin, riendo -
; no podía decir más que
estupideces. Pero de cualquier forma, es
un motivo. Y después: «En tercer lugar, el presidente,
contrariamente al enunciado categórico del primer párrafo del artículo 801 del código de enjuiciamiento
criminal, no explicó a los jurados, en su resumen, de qué elementos jurídicos se compone el pri
ncipio de
culpabilidad; no les dijo que podían declarar que Maslova, al verter el veneno al comerciante Smielkov,
no había tenido intención de causarle la muerte. Si hubiesen sido
advertidos por el presidente de la
posibilidad de semejante restricción, el acto de Maslova dejaba de ser conside
rado asesinato y se
convertía en un homicidio por imprudencia.» Es el prinripal motivo.
-Pero nos tocaba a nosotros comprender, y el error está de nuestra parte.
-«Por último, en cuarto lugar, hay contradicción en las
respuestas de los jurados. Maslova estaba
acusada de envenena
miento premeditado en la persona del comerciante Smielkov, con un fin de lucro
que aparecía como el único móvil del cri
men. Ahora bien, los jurados han desechado el fin de robo y la
participaci
ón de Maslova en ese robo. Se sigue de aquí que tenían la intención de rechazar igualmente
todo propósito de asesinato por parte de la acusada; solamente por una equivoca
ción, nacida de la laguna
contenida en el resumen del presidente, la respuesta ha mot
ivado una interpretación inexacta. Por eso se
pudo aplicar a esta respuesta del jurado los artículos 808 y 816 del código de enjuiciamiento criminal; el
deber del presidente era señalarles el error y enviarlos de nuevo a su sala de deliberaciones a fin de
que
diesen una nueva respuesta.
-Pero, ¿por qué no lo hizo?
-¡Ah, eso también a mí me gustaría saberlo! -exclamó alegremente Fanarin.
-Entonces, ¿reparará el error el Senado?
-Eso dependerá de los senadores que se encarguen de la instancia. Y escribimos m
ás adelante: «Una
situación tal no daba derecho al tribunal a aplicar a Maslova una pena criminal; y la aplicación a la
acusada del tercer párrafo del artículo 771 del código de enjuiciamiento criminal es una violación
flagrante de los principios fundament
ales de nuestro derecho penal. Por lo expuesto, tengo el honor de
solicitar, etcétera, la casación de la sentencia, en virtud de los artículos 909 y 910, del segundo pá
rrafo
del artículo 912 y del artículo 928 del código de enjuiciamiento criminal, etcéte
ra, etcétera, y que el
proceso sea llevado, a fin de un nuevo examen, a otra cámara de jurisdicción com
petente.. Esto es lo que
hay -concluyó el abogado -
. Todo lo que se podía hacer, lo he hecho. Pero, francamente, he aquí lo que
pienso: apenas tenemos e
speranzas de triunfar. Por lo demás, todo dependerá de la composición del
departamento dd Senado. Si dispone usted de algunas influencias, hágalas entrar en juego.
-Sí, tengo algunas.
-Entonces, dése prisa, porque esos venerables magistrados pronto van a
ir a cuidar sus hemorroides y
serían tres me
ses perdidos. En fin, en caso de no tener éxito, nos quedará el recurso de gracia. Ahí es
donde todo dependerá de un trabajo entre bastidores. No
tengo necesidad de decirle que, también entonces, estoy dispuesto
a servirle, no para maniobrar entre
bastidores, sino para redactar la solicitud.
-Se lo agradezco. Y en cuanto a los honorarios...
-Cuando le entregue la copia de la instancia, mi pasante se lo indicará.
-Quería pedirle otra cosa aún. El fiscal me entreg
ó un permiso escrito para ver a la condenada en su
prisión; pero en la cárcel me han dicho que para las entrevistas fuera de los días reglamentarios hacía
falta otra autorizaci6n del gobernador. ¿Es eso verdad?
-Creo que sí. De momento, el gobernador está
ausente y es el «vice» quien lo reemplaza. Pero es un
cretino tan grande, que le será a usted difícil obtener de él lo que quiera que sea.
-¿No es Maslennikov?
-Lo conozco- dijo Nejludov, levantándose para despedirse.
Durante su conversación con el abogado, una mujercita es
pantosamente fea, toda amarilla y huesuda,
con la nariz chata, había entrado con paso rápido en el salón de espera. Era la mujer del abogado. A
pesar de su fealdad, se había vestido con un lujo inaudito, cubierta de seda y de ter
ciopelo de vivos
matices: amarillo y verde; el peinado de sus cabellos, que ya clareaban, era complicadísimo. Irrumpió
triunfalmente en el sa
lón de espera, acompañada por un largo señor de rostro terroso iluminado por una
pálida sonrisa, con un redingote
de forro de seda y una corbata blanca. Era un escritor, y Nejludov lo
cono cía de vista.
-¡Anatolio! -dijo la dama a su marido, entreabriendo la puerta del despacho -
.¡Ven! He aquí a Semen
Ivanovitch que quiere leernos una de sus poesías; y, por tu parte, nos leerás tu ensayo sobre Garchin.
Nejludov quiso retirarse; pero, después de haber cambiado algunas palabras en voz baja con su
marido, la señora se volvi6 hacia él:
-¡Se lo ruego, príncipe! Lo conozco y creo que es inútil toda presentación. jDénos la a
legría de
asistir a nuestra velada matinal literaria! Será muy interesante. Anatolio lee a la perfección.
¡Ya ve usted cuán variadas son mis ocupaciones! -
dijo Anatolio, sonriendo; y con un gesto señalando
a su mujer mostró que no se podía negar nada a una persona tan seductora.
Muy cortésmente, pero con mucha frialdad, Nejludov dio las gracias a la señora Fanarin por el gran
honor y dijo que, sintiéndolo mucho, no podía aceptar. Luego salió.
-¡Qué antipático! -dijo de él la mujer del abogado en cuanto Nejludov se alejó.
En el salón, una copia de la instancia fue entregada por el pasante a Nejludov. A su pregunta
respecto a los honorarios, el otro lo informó de que Anatolio Petrovitch los había fijado en mil rublos, y
eso únicamente por serle agradable, ya que nunca se ocupaba de asuntos de esa índole.
-¿Y quién deberá firmar este papel? -preguntó Nej1udov. -
La condenada misma, si sabe hacerlo; de
lo contrario, Anatolio Petrovitch firmaría en nombre de ella
-No, voy a llevársela a la condenada para que la firme -
dijo Nejludov, muy contento de que se le
presentara aquella ocasión de verla antes del día convenido.
XLVI
A la hora acostumbrada, los silbatos de los guardianes reso
naron en los corredores de la prisión; se
abrieron las puertas de hierro de las s
alas, se oyeron ruidos de pasos y, por los pasillos, se expandió la
hediondez sofocante de los cubos que retiraban los presos. Los presos y las presas se lava
ron, se
vistieron, respondieron a la lista en el corredor y fueron a buscar agua hirviendo para su té.
Aquel día, en todas las salas, las conversaciones fueron es
pecialmente animadas y giraron sobre el
acontecimiento de la
actualidad: la paliza que iban a dar a dos presos. Uno de ellos era un joven
-Sí.
empleado inteligente e instruido, llamado Vassiliev
, condenado por haber matado a su amante en un
acceso de celos. Era muy querido por todos sus camaradas de sala por su buen humor, su liberalidad y la
manera como sabía tenérselas tiesas ante la autoridad; conociendo a fondo el reglamento, no admitía que
se lo transgrediese. Por eso la autoridad no podía sufrirlo.
Tres semanas antes, un preso, al pasar, había derramado sopa sobre el uniforme nuevo de un
vigilante, y éste lo había maltratado. Vassiliev intervino, alegando que el reglamento prohibía golpear
a
los presos.
¿El reglamento? ¡Voy a enseñarte yo el reglamento! -
había respondido el vigilante, injuriando,
además, a Vassiliev.
A una réplica de este último en el mismo tono, el vigilante quiso golpearlo, pero Vassiliev lo agarró
por las manos, lo sujetó y luego lo lanzó fuera de la sala. El vigilante había presen
tado queja, y el
director condenó a Vassiliev al calabozo.
Los calabozos consistían en una fila de celdas tenebrosas, cerradas por fuera con cerrojo. En esas
celdas negras y frías no había ni c
ama, ni mesa, ni silla. Forzoso era, por tanto, que el preso se sentara y
se acostara sobre el repugnante suelo; y las ratas eran allí tan numerosas y tan audaces, que, no contentas
con correr alrededor y por encima de él, acudían a quitarle el pan de entre la manos.
Vassiliev había declarado que, como no era culpable, no iría al calabozo, y lo arrastraron a viva
fuerza. Cuando se debatía, dos de sus camaradas lo ayudaron a escaparse de las manos de los vigilantes,
que habían pedido refuerzos, especialmente
el de un cierto Petrov, de fuerza extraordinaria. Los tres
rebeldes fueron reducidos y llevados al calabozo. Un informe al gobernador, exagerando el incidente, le
había presentado como un comienzo de revuelta. y del palacio del gobernador llegó, como res
puesta, la
orden de inflingir treinta azotes a los dos principales culpables: Vassiliev y un vagabundo llamado
Nepomniastchy.
Los azotes se darían aquella misma mañana, en el locutorio de las mujeres.
Desde la víspera, habiéndose propalado la noticia por l
a cárcel, no se hablaba de otra cosa en todas
las salas.
Korableva, la Hermosa, Fedosia y Maslova estaban sentadas y
charlaban en su rincón favorito,
arreboladas las cuatro y exci
tadas por el aguardiente que, gracias al dinero de Maslova, no faltaba para
ellas. Bebían su té y hablaban de los azotes.
-¡Como si se hubiese sublevado! -
decía Korableva mordisqueando un terrón de azúcar entre sus
sólidos dientes -
.No hizo más que acudir en defensa de su camarada. ¡Pues bien, no hay derecho a azotar
por eso!
-Dicen que el muchacho es muy bueno -añadió Fedo
sia, sentada, con sus dos largas trenzas
colgantes, sobre un taburete de madera frente al camastro en el cual estaba colocada la tetera.
-¡Si tú le hablases del pobre muchacho, Mijailovna! -dijo la guardabarrera
a Maslova, haciendo
alusión a Nejludov.
-Claro que le hablaré. Está dispuesto a hacer por mí cualquier cosa -
respondió Maslova con una
sonrisa de vanidad.
-Pero Dios sabe cuándo vendrá, y dicen que ya han ido a buscar a Vassiliev- replicó Fedosia -
.¡Es
espantoso! -añadió con un suspiro.
-Una vez vi azotar a un mujik
en la prevención del pueblo. Mi suegro me había enviado a ver al
starosta, y al llegar...
Y la guardabarrera empezó un relato interminable.
Pero su narración fue cortada bruscamente por ruido
s de pasos y de voces en el corredor del piso de
arriba.
-¡Ya los están arrastrando los demonios! -declaró la Hermosa -
.Ahora van a matarlo. Sobre todo
porque los vigilantes están furiosos contra él porque les impide que hagan lo que les da la gana.
Arrib
a no se oyó nada más. La guardabarrera reanudó su relato narrando cómo en presencia suya,
bajo un cobertizo, habían azotado a muerte a un mujik;
al ver aquello, las entrañas le habían saltado en el
vientre. La Hermosa contó a su vez cómo habían azotado a
Stcheglov sin arrancarle una queja. Luego
Fe
dosia sirvió el té; Korableva y la guardabarrera se pusieron a coser, y Maslova se sentó en su cama.
encogidas las piernas, con las rodillas entre las manos. Se disponía a descabezar un sueñecito cuando la
vigilanta vino a decirle que fuera a la oficina, donde la requería un visitante.
-¡No dejes de hablarle de nosotros! -
dijo la vieja Menchova a Maslov, en tanto que ésta se arreglaba
el pañuelo ante un espejo medio empañado -.Dile que no fuimos nosotros quienes
prendimos fuego, sino
aquel bribón de tabernero en persona: un trabajador lo vio. Dile que mande llamar a Mitri. Mitri se lo
explicará todo, claro como la luz del día. Que nos han metido en la cárcel, a nosotros que no hemos
hecho nada cuando el bribón se pavonea en su taberna con la mujer de otro.
-Es algo que va contra la ley -confirmó Korableva. -Se lo diré, se lo diré sin falta -
respondió
Maslova ¡Vamos ! -añadió -, bebamos otro trago para darnos valor.
Korableva le sirvió media taza de aguardiente que ella
bebió de un golpe. Luego se enjugó la boca y, con una alegre
sonrisa, repitiendo: «Para darnos valor», se unió a la
vigilanta, quien la aguardaba en el corredor.
XLVII
Nejludov hacía ya mucho tiempo que estaba en el vestíbulo de la cárcel.
Al llegar había enseñado al vigilante de semana la autorización del fiscal.
-A la presa Maslova.
-Imposible en este momento -declaró el vigilante -, el director está ocupado.
-¿En la oficina? -preguntó Nejludov.
-No, aquí, en el locutorio -respondió el vigilante con visible embarazo.
-Espérelo aquí. Cuando pase, dentro de un rato, lo verá usted.
En el mismo momento apareció por una puerta lateral
un joven sargento primero de galones
resplandecientes de rostro sonrosado y de bigotes manchados de humo de tabaco, quien, al ver a
Nejludov, se volvió severamente hacia el vigilante.
-¿Por qué lo ha hecho usted entrar aquí y no en la oficina?
-Me han dicho que el director iba a pasar por aquí
dijo Nejludov, sorprendido de la actitud
embarazada dd suboficial, que ya había notado en el vigilante.
La puerta por la que había entrado el sargento primero se abrió de nuevo para dejar paso a Petrov,
todo acalorado, la cara sudorosa.
-¡Se acordará de esto! -dijo, dirigiéndose al suboficial.
Pero este último señaló con los ojos a Nejludov; Petrov se calló, frunció las cejas y salió por otra
puerta.
«¿Quién se acordará? ¿Por qué tienen un aire tan embarazado? ¿ Y po
r qué el sargento primero le ha
hecho una señal?», se preguntaba Nejludov.
-No se espera aquí. Haga usted el favor de dirigirse a la oficina -le dijo el suboficial.
Nejludov se disponía a salir cuando el director de la cárcel entró por la misma puerta que
los demás.
Parecía más embara
zado aún que sus subordinados y no dejaba de suspirar. Al distinguir a Nejludov,
dijo al vigilante:
-Fedotov, es por Maslova, de la quinta sala... ¡A la oficina! -y dirigiéndose a Nejludov, dijo -
: Haga
-¿A quién quiere usted ver?
-¿Es que es día de visita?
-No, es un asunto especial.
-¿Y cómo haré para ver al director?
usted el favor de pasar.
Subieron por una empinada escalera a una habitacioncita alumbrada por una sola ventana y
amueblada con una mesa y algunas sillas.
El director se sentó.
-¡Qué profesión tan dura! ¡Qué profesión tan dura!-
dijo, suspirando y sacando de su estuche un gran
puro.
-Parece usted fatigado, ¿no? --preguntó Nejludov.
-
Estoy cansado de todo mi servicio. Verdaderamente, las obligaciones son demasiado duras. Uno
querría aliviar la suerte de estos desgraciados, y todo lo que se hace por ellos desemboca en algo peor
.
Si, por lo menos, encontrase un medio de irme de aquí. ¡Duro, duro oficio!
Nejludov ignoraba el porqué de la penosa tarea del director; sin embargo, aunque no lo conociera,
creyó percibir en él aquel día un sufrimiento excepcional, un ánimo particularmente tris
te y desalentado
que lo movía a compasión.
-Sí, creo desde luego que su profesión es dura -le dijo -
. Pero, ¿por qué no renuncia usted a este
puesto?
-La falta de medios, la familia...
-Pero, puesto que esto le resulta penoso...
-Sin embargo, puedo
decirle que, en la medida de mis fuerzas, hago todo lo que está en mi mano
para suavizar la suerte de los presos; otro cualquiera, en mi lugar, los trataría de un modo muy distinto.
¿Cree usted que sea una insignificancía gobernar a cerca de dos mil indi
viduos de esta especie? Hay que
saverlos llevar. Son seres humanos; es imposible no tener
les lastima. Pero si se les mima, todo está
perdido.
Luego se puso a contar una aventura reciente: una riña en
tre dos presos, seguida por la muerte de
uno de ellos.
La entrada de Maslova, precedida de un vigilante interrumpió el relato.
Nejludov la vio desde el umbral, incluso antes de que ella se hubiese dado cuenta de la presencia del
director. Traía el rostro rojo e inflamado. Caminaba con paso suelto detrás del vi
gilante, sonriendo y
sacudiendo la cabeza. Al ver al director se detuvo un instante ante él, con aire asustado; pero en seguida
se volvió alegremente hacia Nejludov:
-¡Buenos días! -le dijo toda risueña, estrechándole con fuerza la mano que simplemente hab
ía rozado
la otra vez.
Le he traído su instancia de casación, para que la firme -
le dijo Nejludov, sorprendido al verla tan
exuberante -.La ha redactado el abogado; no tiene usted más que firmarla y la enviaremos a Petersburgo.
-Muy bien, la firmaré. Es fácil- dijo ella sonriendo y guiñando un ojo.
Nejludov sacó el papel de un bolsillo y se acercó a la mesa.
-.¿Puede firmarse esto aquí? -preguntó al director.
-¡Vamos, siéntate allí! -dijo éste a Maslova-. Toma una pluma. ¿Sabes escribir?
-En tiempos sabía- respondió ella con una sonrisa.
Luego, después de haberse recogido la falda y arrezagado una manga de su camisola, se sentó ante la
mesa, empuñó tor
pemente la pluma con su enérgica manecita y miró a Nejludov con una sonrisa
interrogativa.
El le indicó dónde debía poner la firma.
Cuidadosamente, ella mojó y sacudió la pluma y escribió su nombre.
¿Es esto todo? -le preguntó, cuando hubo acabado, mi
rando alternativamente a Nejludov y al director
y poniendo la pluma ora sobre el tintero, ora sobre los papeles.
-Tengo todavía algo que decirle -le respondió él, quitándole la pluma de la mano.
-Pues bien, dígalo.
Al mismo tiempo el rostro volvió a ponérsele serio, como si le hubiese pasado un pensamiento por el
espíritu o la hubiese invadido una somnolencia.
El director se levantó y salió. y Nejludov se quedó a solas con Maslova.
XLVIII
El vigilante que había conducido a Maslova se sentó algo apartado junto al alféizar de la ventana.
Por fin llegó el minuto decisivo para Nejludov. No había dejado de reprochar
se el hecho de no haberse
atrevido, en su primera entrevista con Maslova, a decirle lo principal: su intención de casarse con ella.
Esta vez se lo diría todo, pasase lo que pasase.
Ella se había sentado a un lado de la mesa; Nejludov se sentó al otro lado,
frente a ella. La habitación
donde se encon
traban era clara, y Nejludov pudo, de cerca y por primra vez, examinar a Maslova: vio las
arrugas alrededor de los ojos y de la boca y la hinchazón de los párpados. Y su lástima por ella aumentó
aún más.
Colocán
dose delante de la mesa de manera que no pudiera oírlo el vigilante, un hombre de tipo judío y
de patillas grises, Nejludov se inclinó hacia Maslova y le dijo:
-Si la solicitud de casación no es admitida, dirigiremos un recurso de gracia al emperador. Hare
mos
todo lo que sea posible.
-
¡Si hubiese usted podido hacer todo esto antes! Me habría buscado un buen abogado. Mi defensor era
un completo imbécil y no se ocupaba más que en hacerme cumplidos- añadió ella, echándose a reír -
.¡Ah,
si hubiese sabido que u
sted me conocía, la cosa habría ido de otra manera! Pero sin eso... Pues bien, se han
dicho ellos, no es más que una ladrona.
«¡Qué rara está hoy!», pensó Nejludov. Iba, sin embargo, a abordar la gran cuestión cuando ella tomó
de nuevo la palabra.
-Por mi parte, tengo algo que decirle. Hay en nuestra cár
ccl una viejecita que deja maravillado a todo
el mundo. Una vie
jecita tan buena, que no encontraría usted a nadie igual. y he aquí que, Dios sabe por
qué, la han condenado con su hijo; y todo el mundo sabe que son inocentes, aunque los hayan acu
sado de
haber prendido fuego. Entonces -continuó Maslova remilgadamente -
, al enterarse de que yo lo conocía a
usted, ella me dijo: «Dile que haga venir a mi hijo y que él se lo ex.plicará todo.» El apellido es Menc
hov.
Lo hará usted, ¿verdad? ¡Si usted supiese, una viejecita tan excelente...! En seguida se comprende que no
es culpable. ¿No es verdad, mi buen amigo, que se ocupará usted de eso? -
dijo ella, ora mirándolo, ora
bajando los ojos con una sonrisa familiar.
-Naturalmente, me cuidaré de eso, me informaré- repli
có Nejludov, a quien aquella expansión
asombraba cada vez más -.Pero de lo que quiero hablarle es de un asunto perso
nal. ¿Se acuerda usted de lo
que le dije el otro día?
-¡Me dijo usted tantas cosas el otro día! ¿Qué me dijo? -
preguntó ella, sin dejar de sonreírle y de
volver la cabeza a uno y otro lado.
-Le dije que había venido a rogarle que me perdonase.
-¿Cómo, perdonar? ¡Siempre perdonar! Es inútil... Haría usted mejor...
-Tengo que decirle ademá s -prosiguió Nejludov -
que quiero reparar mi falta, no con palabras, sino con
actos... ¡Estoy resuelto a casarme con usted.
A estas palabras, de pronto, el rostro de Maslova expresó espanto. Sus ojos dejaron de bizquear para
clavarse con severidad sobre los de Nejludov.
-¿ Y para qué hacerlo? -replicó ella con tono maligno.
-Ante Dios, tengo el sentimiento de que debo hacerlo así.
-
¿Qué Dios se ha sacado usted de la manga? ¿Dios? ¿Qué Dios? Habría hecho mejor pensando en
Dios antes, el día en que...
Se detuvo, con la boca abierta.
Por primera vez, Nejludov olió entonces el fuerte olor de aguardiente que exhalaba su aliento y
comprendió la causa de su excitación.
-¡No tengo necesidad de calmarme! ¿Crees que estoy borracha? ¡Pues sí, est
oy borracha, pero sé lo
que me digo! -replicó ella de un tirón, y la sangre le subió al rostro -
. ¡Soy una presa, una cualquiera, y tú
eres un señor, un príncipe! ¡No tienes que liarte conmigo! ¡Ve a reunirte con tus prin
cesas! ¡Por lo que a
mí se refiere, mi precio es un billete rojo!
-Por crueles que sean tus palabras -murmuró Nejludov con un temblor -
, no son nada en comparación
con lo que yo mismo siento. ¡No puedes figurarte hasta qué punto tengo con
ciencia de mi falta para
contigo!
-¡Conciencia de tu falta! -replicó ella con una risa malvada -
.¡Nada de conciencia tenías cuando me
pusiste en la mano los cien rublos! ¡Eso era lo que yo valía para ti!
-
Lo sé, lo sé; pero, ¿qué hacer ahora? Me he hecho el juramento de no abandonarte. Lo he dicho y lo
haré.
-¡Y yo te digo por mi parte que no lo harás! -exclamó ella con una grosera risotada.
-¡Katucha! -dijo Nejludov, tratando de agarrarle una mano.
-¡No me toques! ¡Yo soy una presa; tú, un príncipe! ¡No tienes nada que hacer aquí! -
gritó, loca de
cólera, retirando la mano-. ¡Vete de aquí! -
continuó ella, oprimida con todo lo que volvía a subirle al
corazón -
.¡Te detesto! ¡Para ti he sido un objeto de placer y ahora quieres, gracias a mí, ganar tu salvación
en el otro mundo! ¡De ti me repugna todo, lo mism
o tu monóculo que toda tu sucia cara grasienta! ¡Vete
de aquí!
-¿Qué es eso de armar escándalo? ¡No puede permitirse...!
-No debe comportarse de esta forma- respondió el vigilante.
-Se lo ruego, espere todavía unos minutos.
El guardián se alejó y volvió a colocarse junto a la ventana. Maslova se sentó de nuevo, bajó los ojos y
se puso a jugar febrilmente con los entrecruzados dedos de sus menudas manos.
Cerca de ella, en pie, se mantenía Nejludov, quien no sabía qué hacer.
-¿No me crees? -preguntó.
-
¿Que usted quiere casarse conmigo? ¡Eso no será nunca! ¡Antes preferiría ahorcarme! ¡Sépalo de una
vez!
-No importa, no por eso dejaré de seguirte sirviendo.
-
Eso es cuenta suya. Pero no tengo necesidad alguna de usted. Se lo digo como lo pienso. ¿Por qué no
me quedé muerta en aquel tiempo? -añadió.
Y estalló en lastimeros sollozos.
Nejludov quiso hablarle, pero no pudo: también a él lo ven cieron las lágrimas.
Un instante después, ella alzó los ojos, dirigió hacia él como una mirada de asombro y se puso a
secarse con su pañuelo las lágrimas que le corrían por las mejillas.
El vigilante se acercó de nuevo y recordó que había llegado el momento de volver a conducirla.
Maslova se puso en pie.
-Hoy está usted muy agitada. Mañana volveré, si es po
sible. Y mientras tanto, le ruego que reflexione
dijo Nejludov.
Ella no respondió una sola palabra y, sin mirarlo, salió con el vigilante
-¡Bueno, hermosa mía -dijo Korableva a Maslova cuando ésta volvió a entrar en la sala -
, ahora te van
-Cálmese usted- dijo.
Y con un movimiento enérgico, se puso en pie.
El vigilante se acercó a ella.
-Déjela, se lo ruego- dijo Nejludov.
a sacar de apuros! Por lo visto está loco por ti. No pierdas el tiempo du
rante sus visitas. Él sabrá hacerte
salir de aquí. La gente rica lo consigue todo.
-¡Qué verdad es ésa! -dijo la guardabarrera con su voz cantarina -
. El pobre ni siquiera encuentra una
noche para casarse. Todo ocurre como lo desea el hombre rico. Había uno entre nosotros, querida mía...
-¿Le has hablado de mi asunto? -preguntó la viejecilla. Pero, sin r
esponder a nadie, Maslova se tendió
en su cama y, con los ojos clavados en el vacío, permaneció acostada hasta el anochecer. Una dolorosa
reacción se operaba en ella. Las palabras de Nejludov la transportaron de nuevo a ese mundo donde había
sufrido, del q
ue se había escapado y que empezó a
odiar sin darse cuenta. Ahora, este olvido en el que
vivió se ha
bía disipado; pero, a su vez, el claro recuerdo del pasado le resultaba penoso. A la caída de la
noche, compró de nuevo aguardiente y lo bebió con sus compañeras.
XLIX
Así estamos!», pensaba Nejludov al salir de la cárcel. Solamente ahora, y por primera vez, comprendía
.la extensión de su falta. Si no hubiese intentado redimirla, repararla, jamás se habría dado cuenta de toda
la profundidad de la misma. Y jamás Katucha tampoco habría sentido la in
mensidad del mal que él le
había causado. Y desde aquellos tiempos, solamente ahora salía a la luz del día todo aquello, en todo su
horror. Y solamente ahora se daba cuenta del enorme daño causado por él en el a
lma de aquella mujer,
cuando ella misma vio y comprendió lo que él había hecho de ella.
Hasta entonces él se había complacido en entemecerse de sí mismo, y su expiación le había parecido
un juego; pero ahora experimentaba un verdadero espanto. En lo suces
ivo le era ya imposible abandonar a
aquella mujer e igualmente imposible imaginarse lo que podría resultar de sus relaciones con ella.
Ante la puerta de la cárcel vio que se le acercaba un vigilante todo cubierto de cruces y de medallas,
un hombre de cara astuta y desagradable, que le deslizó con misterio un papel en la mano.
-Esto, para vuecencia -murmuró -.Es una carta de cierta persona...
-
Tómese usted la molestia de leerla; ya lo verá. Una presa política. Yo soy guardián de esa sección.
Pues bien,. ella me suplicó... está prohibido, pero por humanidad... -
añadió el vigilante con tono hipócrita.
Un poco sorprendido al ver a uno de los guardianes de los presos políticos encargarse de semejante
recado, en la cárcel misma, casi a la vista de t
odos ( él no sabía entonces que ese vigilante era al mismo
tiempo un espía), Nejludov cogió el papel y lo leyó una vez que estuvo fuera. A lápiz, a toda prisa, ha
bían
escrito allí las líneas siguientes:
«Habiéndome enterado de que viene usted a la cárcel
y que se interesa por una detenida de la sección
criminal, desearía vivamente hablar con usted. Solicite la autorización para verme: se la concederán. Le
diré muchas cosas importantes, tanto para su protegida como para nuestro grupo. Su agradecida, Vera
Bogodujovskaia.» .
Vera Bogodujovskaia era maestra en un pueblo de la pro
vincia de Novgorod en una época en que
Nejludov fue allí con unos amigos para una cacería de osos. Ella le había pedido al príncipe que le diese
dinero para poder abandonar la escuela
e ir a estudiar a la universidad. Nejludov le dio la suma que ella
deseaba, y, después, la olvidó totalmente. He aquí que aho
ra ella se le reaparecía en forma de una detenida
política que, en la cárcel, habiéndose sin duda enterado de su historia, le proponía sus servicios.
¡Cuán fácil y simple era, pues, todo! ¡Y cómo, ahora, todo resultaba penoso y complicado! Nejludov
tuvo un verdadero alivio al recordar el día en que había conocido a Vera Bogodujovskaia.
Era la víspera del camaval, en un pueblo perdi
do a sesenta verstas del ferrocarril. La cacería había sido
muy afortunada. Habían matado dos osos, cenado copiosamente y, en el mo
mento de marcharse, el
posadero había entrado a decir que la hija del diácono quería ver al príncipe Nejludov.
-¿Qué persona?
-¿Es bonita? -preguntó uno de los cazadores. -¡Vamos, dejaos de bromas! -
respondió Nejludov. Luego
se levantó de la mesa, se enjuagó la boca y salió, no imaginando,qué podría querer de él una hija de
diácono.
En la habitación contigua, vestida con una ligera pelliza y
tocada con un gorro de fieltro, había una
muchacha musculo sa, de rostro delgado y feo en el que únicamente los ojos tenían alguna belleza.
-Aquí está el príncipe, Vera Efremovna. Háblele usted; yo les dejo -dijo el posadero.
-¿En qué puedo servirla? -preguntó Nejludov.
-Yo... yo... Mire, usted es rico, usted tira su dinero a tontas y a locas, cazando. Lo sé -
contestó la
muchacha con mucho embarazo -
.y yo, por mi parte, no deseo más que una cosa: hacerme útil a los
demás. Y no puedo nada porque no sé nada.
Sus ojos eran buenos y francos; su rostro expresaba a la vez tanta resolución y timidez, que Nejludov,
como le ocurría con frecuencia, se hizo cargo inmediatamente del asunto, la com
prendió y sintió lástima
de ella.
-Bueno, ¿qué puedo hacer por usted?
-S
oy maestra; quisiera ir a la universidad, y no me dejan ir. Bueno, no es que no me dejen, es que me
hacen falta me dios. Déme un poco de dinero. Se lo devolveré cuando haya aca
bado mis estudios. Yo me
digo: «Las gentes ricas matan osos, emborrachan a los mujiks,
y todo eso está mal; ¿por qué no harían
también un poco de bien?» No necesito más que ochenta rublos. Y si usted no quiere, peor para mí
concluyó ella con buen humor.
- Todo lo contrario; le agradezco la ocasión que me ofrece. Voy a traérselos en seguida.
Nejludov volvió a entrar en el vestíbulo y divisó a uno de sus amigos que escuchaba la conversación.
Sin responder a las bromas de sus camaradas, fue a sacar el dinero de su cartera y se lo llevó a la maestra.
-Se lo ruego, no me dé las gracias; soy yo quien tengo que dárselas.
Ahora, Nejludov experimentaba un gran placer recordando todo aquello; y también cómo había estado
a punto. de querellarse con uno de sus amigos que qulso convertlr el incidente en una broma de mal gusto;
cómo otro de sus camaradas lo ha
bía aprobado y cómo, habiendo terminado la cacería de manera feliz y
alegre y sintiéndose él mismo contento, habla disfrutado durante la noche en el trayecto del pueblo a la
estación de ferrocarril. Por parejas, los trineos se deslizaban sil:n
ciosamente a lo largo de! camino del
bosque, bordeado de pinos bajos o alargados cargados de nieve. En la oscuridad, cuando uno de los
cazadores encendía un perfumado cigarri1lo, estallaba un resplandor rojo. El batidor Ossip corría de un
trineo a otro y s
e hundía en la nieve hasta las rodillas; hablaba a los cazadores de los alces que, en aquella
época, erraban por el bosque y se alimentaban con la corteza de los álamos; les hablaba tam
bién de los
osos que a esa hora descansaban bien calentitos en el huec
o de sus cubiles. Nejludov se acordaba de todo
eso, pero mucho más aún de la impresión deliciosa que extraía entonces de la conciencia de su salud, de su
fuerza y de su despreocupación.
«Una ligera pelliza, un aire frío y seco, la nieve que cae de las ram
as sacudidas por el atalaje en forma
de arco de las varas del trineo. El cuerpo caliente, la cara fresca, el alma libre de cuidados, de
remordimientos y de temores y de deseos. ¡Qué bueno era todo! ¿Y ahora? ¡Dios mío! ¡Cómo ahora todo
es doloroso y triste
Sin duda alguna, Vera Efremovna se había convertido en una revolucionaria y la habían metido en la
cárcel por su acti
vidad subversiva. Era preciso ir a verla, sobre todo porque había prometido decir cómo se
podría suavizar la situación de Maslova.
L
A la mañana siguiente, al despertar, Nejludov se acordó de pronto de todo lo que le había ocurrido la
víspera, y se sintió lleno de espanto.
A pesar de este terror, decidió proseguir más que nunca la obra empezada.
Con este sentimiento consciente de su deb
er salió de su casa para dirigirse ala de Maslennikov. .Quería
pedirle autorizaci6n para hablar, en la cárcel, no solo con Maslova, sino con la vieja Menchova y con su
hijo, al que había hecho referencia Maslova. Al mismo tiempo quería solicitar autorizaci
ón para ver a
Bodogujovskaia, quien podía ser útil a Maslova.
Nejludov conocía desde hacía mucho tiempo a Maslennikov. Eso databa de! regimiento, donde
Maslennikov era el ca
jero. Era entonces un oficial cnncienzudo y bonachón que ni veía ni quería ver nad
que no fuera su regimiento y la familia imperial. Había pasado a la administración civil a instigación
de su
mujer, persona muy rica y muy hábil.
Ésta se burlaba de su marido, lo mimaba y lo trataba como aun animalito sociable. El invierno último,
Nejlu
dov había ido a visitarlo; pero la pareja le había parecido tan desprovista de interés, que nunca más
había vuelto a aquella casa.
Al ver entrar a Nejludov, Maslennikov se puso radiante. El vicegobernador tenía el mismo rostro
grueso y rubicundo, la misma
corpulencia, el
mismo atildamiento que antiguamente en el
ejército. En el regimiento, Maslennikov llevaba
un uni
forme militar de una limpieza irreprochable,
cortado conforme a la última moda y que le moldeaba los hombros y el pecho; ahora llevaba un unifo
rme
civil del último modelo, que ceñía su grueso cuerpo y hacía resaltar su ancho pecho.
A pesar de la diferencia de edad (Maslennikov tenía cerca de cuarenta años), los dos antiguos
camaradas se tuteaban.
-¡Dichosos los ojos! Es muy amable por tu parte ha
ber venido. Voy a llevarte al salón de mi mujer.
Dispongo justa
mente de diez minutos antes de la sesión. El jefe está ausente. Soy yo quien actúa como
gobernador -dijo sin poder ocultar su satisfacci6n.
-Pero es que yo he venido a verte para tratar de unos asuntos.
-¿Qué ocurre? -
preguntó Maslennikov mostrándose de pronto más reservado y adoptando un tono más
severo.
-Hay en la cárcel una persona por la que me intereso mucho -
al oír la palabra «cárcel», el rostro de
Maslennikov se puso más sombrío aún -; q
uisiera tener autorización para hablar con ella, no en el
locutorio común, sino en la oficina, y no sólo en los días reglamentarios, sino con más frecuencia. Me han
dicho que eso depende de ti, ¿no es así?
-Ni que decir tiene, mon cher, que estoy dispuesto a hacer todo por ti -
respondió Maslennikov tocando
con sus manos las rodillas de Nejludov, como descendiendo de su altura -
. Es posible; pero, mira, no soy
más que un califa provisional.
-Entonces, ¿Puedes darme un papel que me permita ver la a cualquier hora?
-Condenada por envenenamiento. Pero la han condenado injustamente.
-¡Vaya, he ahí la verdadera justicia! Ils n'en font pas d'autres! -
añadió en francés, sin saber a ciencia
cierta por qué -.Sé que no estamos de acuerdo sobre este tema -continuó -; pero, ¿qué hacer?
C'est mon
opinion bien arrêtée! -dijo, expresando las ideas que, durante un año, había extraí
do de los artículos de un
periódico reaccionario -.Sé que tú, por tu parte, eres un liberal.
Se asombraba siempre de que lo catalogasen en un partido cualquiera y de que lo llamasen «liberal»,
simplemente porque decía que, ante la justicia, todos los hombres son iguales y que no hay que hacer
sufrir ni golpear a los hombres en general y muchísimo menos a los que todavía no están condenados.
-No sé si soy liberal o no -continuó -
, pero sé que nuestra justicia actual, con todos sus defectos, vale
sin embar go más que la de antes.
-¿Es una mujer?
-Sí.
-¿Por qué está allí?
-No sé si soy liberal u otra cosa -replicó Nejludov sonriendo.
-¿A qué abogado te has dirigido?
-A Fanarin.
-¡Ah! jFanarin! -
dijo Maslennikov con una mueca, acordándose de que, el año anterior, aquel Fanarin
lo había obli
gado a comparecer como testigo en un juicio y de que durante media hora había divertido
muy cortésmente a la concurrencia a expensas suyas -
.Yo no te habría aconsejado que te dirigieses a él:
C'est un homme taré.
-Tengo que pedirte todavía otra cosa -continuó Nejludov sin prestar atención a aquel comentario
Conocí en otros tiempos a una muchacha, una maestra...
Hoy, la desgraciada está en la cárcel, también
ella, y me ha pedido que vaya a verla. ¿Podrías darme también una autorización?
Maslennikov inclinó ligeramente la cabeza a un lado y reflexionó un instante.
-¿Es una condenada política?
-Sí, eso me han dicho.
-
Es que, mira, el derecho de visitar a los detenidos politicos no se concede más que a los parientes.
Pero voy a darte una autorización general. Je sais que tu n'en abuseras pas... Et la protégée, est-
elle jolie?
-Hideuse.
Con aire desaprobador, Maslennik
ov sacudió la cabeza, se dirigió a la mesa escritorio, cogió un papel
con membrete impreso y se puso a escribir rápidamente:
«Autorizo al portador de la presente, príncipe Dmitri Iva
novitch Nejludov, a visitar en la oficina de la
cárcel a la mestchanka Maslova, así como a la reclusa Bogodujovskaia.» Y firmó con un ancho arabesco.
-
Ya verás el orden que reina en la prisión. Y eso que no es fácil mantenerlo en estos momentos,
cuando los forzados son tan numerosos. Pero yo me cuido severamente de todo; me
intereso mucho por
eso. Verás lo bien organizado que está todo y cómo todo el mundo está contento. Lo esencial es saber
tratar a esa gente. Así, hace poco, hubo algún roce: un caso de insumisión. Cualquier otro, en mi lugar,
habría considerado eso como una revuelta y habría hecho que muchos desgraciados pa
gasen injustamente.
Conmigo, por el contrario, todo se ha resuel
to muy bien. Lo que hace falta es, por una parte, la
preocupación por su bienestar, y por la otra, una mano firme -dijo, cerrando su puño
blanco, gordezuelo,
adornado con una turque
sa montada en anillo, y que salía de una manga de tela fuerte, muy blanca, sujeta
por un botón de oro -.¡La preocupación del bienestar y un puño firme!
-Bueno, no sé- respondió Nejludov -; he ido allí dos veces y he sacado una impresión muy penosa.
-¿Sabes una cosa? Deberías ir a ver a la condesa Passek -
continuó Maslennikov mostrándose más
expansivo -.Se ha dedicado por entero a esta obra. Elle fait beaucoup de bien. Gra
cias a ella, y, puedo
confesarlo sin falsa
modestia, gracias a mí, el régimen de nuestras cárceles se ha transformado por com
pleto. En él no subsiste nada de los horrores del antiguo régi
men; y los presos, ahora, se encuentran muy
bien. Ya lo verás.., Pero, a propósito de Fanarin: no lo conozco
personalmente; nuestras respectivas
situaciones sociales nos alejan; lo que no impide que se trate realmente de un hombre detestable, Y
además, en pleno tribunal, se permite decir unas cosas tales...
-Muchas gracias por tu amabilidad- dijo Nejludov recogiendo el papel.
Y, sin dejarle que acabara, se levantó para salir ,
-Pero, ¿y mi mujer? ¿Es que no vas a venir a verla?
No, Preséntale mis excusas, pero hoy no tengo tiempo.
-Ella no me perdonaría que te dejase marchar insistió Maslennikov, acompañando a
su antiguo
camarada hasta los peldanos de la escalera; lo hacia asi con los hombres que no eran de primera
importancia, sino de importancia media, y entre estos catalogaba a Nejludov -
. ¡Vamos, un pequeño es
fuerzo! ¡Solo un momentito!
Pero Nejludov perma
neció inflexible, Y, mientras el lacayo y el portero le tendian su abrigo y su
bastón y le abrian la puerta, cerca de la cual estaba apostado un agente de policía, Maslenmkov le gritó
desde lo alto de la escalinata:
-¡Bueno, ,entonces ven el jueves sin falta! ¡Es el dia en que recibe mi mujer; le anunciaré tu visita!
LI
Al abandonar a Maslennikov, Nejludov se hizo Llevar di
rectamente a la cárcel y se dirigió hacia el
apartamento del director, que ya sabía dónde estaba situado.
Como, en su primera, visit
a, oyó, al acercarse, las notas de un mal piano. En lugar de la rapsodia,
tocaban hoy un estudio de Clementi, con el mismo exceso de vigor, la misma precisión y la misma
velocidad.
La criada del parche en un ojo, quien salió a abrirle a Nejludov, le dijo q
ue el capitan estaba en casa y
lo hizo entrar en un saloncito amueblado con un diván, una mesa, tres sillas y una enorme lampara
colocada sobre una alfombra de punto de lana y velada con una pantalla de cartón rosa quemada por un
lado. Un instante despues, con su aire cansado y lastimero entró el director.
-Por favor, ¿en qué puedo servirle? -preguntó, abrochandose el botón de en medio de su uniforme.
-He ido a ver al vicegobernador y me ha dado esta autolización -
respondió Nejludov tendiendo el
papel-. Querría ver a Maslova.
-¿Markova? -preguntó el director, que había oido mal a causa de la musica.
- Maslova.
El director se levantó y avanzó hacia la puerta que dejaba pasar las oleadas de Clementi.
-¡Marussia, para por lo menos un minuto! -dij
o con un tono que daba a entender claramente que
aquella música era la cruz de su vida -.¡No se entiende nada!
El piano calló, unas sillas fueron movidas con un arrebato de malhumor, y alguien entreabrió la
puerta.
Aliviado sin duda por el cese de la músic
a, el director sacó de su estuche un gran puro y le ofreció
otro a Nejludov, quien rehusó.
-Bueno, quisiera ver a Maslova.
Muy bien,. es posible. ¿Qué vienes a hacer aquí? -pre
guntó luego el director a una niña de cinco o
seis años que se había deslizado en el salón y que, sin dejar de mirar a Nejlu
dov, se dirijía hacia su
padre-
. ¡Ten cuidado, vas a caerte! continuó con una sonrisa, al ver que la pequeña sin mirar lo que tenía
delante, se enredaba en la alfombra.
-Bueno, si es posible, voy a ir ahora mismo -insistió Nejludov.
-Lo que pasa, desgraciadamente, es que convendría que no viese usted hoy a Maslova.
-¿Por qué?
-La culpa es de usted mismo -respondió el director con una ligera sonrisa -
.Créame, príncipe, no le
entregue más dinero directamente. O b
ien démelo a mí; se lo administraremos. Ayer, sin duda, usted le
dio dinero, y ella se agenció aguar
diente: éste es un mal que no extirparemos nunca, y hoy está
completamente borracha y ha armado un gran escándalo.
-¡Desde luego! Yo mism
o he tenido que adoptar medidas severas: la han trasladado a otra sala. Por
lo demás, corrientemente es una detenida tranquila; pero, se lo ruego, no le entregue ya nunca dinero en
mano. ¡Si conociera usted como yo a esta clase de gente!
Nejludov se acordó de la escena de la víspera y toda su angustia le volvió de nuevo.
¿ Y a Bogodujovskaia, de la sección política, podría verla? -preguntó, después de un silencio.
El director apartó dulcemente a su hijita, que continuaba mirando con fijeza a Nej
ludov, y acompañó
a éste a la antecámara.
Aún
no había terminado Nejludov de ponerse el abrigo que le había traído la criada, cuando los
-¡Claro, claro! .-¿Es cierto eso?
-A ésa, sí.
borbotones de Clementi secamente ritmados,
resonaron de nuevo.
-Estaba en el conservatorio, pero todo va manga por hombro. Y ella tiene disposiciones-
dijo el
director mientras bajaban la escalera -.Querría tocar en conciertos.
El director, acompañado de Nejludov, se dirigió a la cárcel. Al acercarse, la puertecita se abrió en
seguida y los guardianes, saludando militarmente, los siguieron con los ojos. En el co
rredor, cuatro
forzados que llevaban cubos se cruzaron con ellos; se escabulleron al divisar al director. Especialmente
uno de ellos bajó la cabeza, adoptó un aire adusto y sus ojos relampaguearon.
-Naturalmente
, hay que alentar el talento y no se tiene derecho alguno a ponerle trabas; pero, mire
usted, en un apar
tamento pequeño como el nuestro, ese piano que no se para nunca es a menudo penoso
-continuó el director, sin prestar la menor atención a sus presos.
Y, arrastrando sus cansadas piernas, condujo a Nejludov hasta el gran locutorio.
-¿A quién me dijo usted que quería ver? -preguntó.
-A Bogodujovskaia.
-Está en la torre. Tendrá usted que esperar un poco.
-¿No podría, mientras tanto, ver a los presos Menchov, madre e hijo, acusados de incendiaríos?
-Él está en la celda veintiuno. Sí, se le puede llamar.
-¿No puedo ver a Menchov en su celda?
-Pero estará usted más cómodo en el locutorio.
-No, eso me interesará.
-Le advierto que no hay nada de interesante.
En aquel momento, el atildado subdirector entró en la sala. -
Lleve al príncipe a la celda de Menchov,
la celda veintiuno -le dijo su jefe -
. Luego volverá usted a traerlo a la oficina. Mientras tanto, diré que
llamen... Perdón, ¿cómo dice usted que se llama ella?
El subdirector era un joven oficial rubio, de bigotes en pun
ta, que esparcía en torno de él un perfume
de agua de Colonia.
-¿Quiere usted tener la bondad de seguirme? -dijo a Nejludov con una amable sonrisa -
.¿Es que le
interesa nuestro establecimiento?
-
Sí, pero ese hombre me interesa aún más porque, como me han dicho, es inocente del crimen que se
le imputa.
El subdirector se encogió de hombros.
-Puede ser -dijo con placidez, después de haberse detenido
cortésmente para dejar que Nejludov
entrase primero en un amplio corredor de una hediondez nauseabunda-
. Pero con mucha frecuencia
mienten... Pase, se lo ruego.
Las puertas de las celdas estaban abiertas, y varios presos se encontraban en el corredor.
Res
pondiendo apenas al saludo de los guardianes y mirando con el rabillo del ojo a los presos que se
aconchaban contra la pared, se escabullían en sus celdas, o bien, en una rígida actitud militar, seguían
con los ojos a la autoridad, el subdirector franqueó, con Nejludov, un gran pasi
llo y luego otro, a la
izquierda, cerrado por una puerta de hierro y más sombrío y más infecto aún. A ambos lados había
puertas cerradas con llave y atravesadas por pequeñas mirillas de medio dedo de diámetro. Nadie se
encontraba en este segundo corredor, excepto un viejo guardián de cara triste y arrugada.
-¿En qué celda está Menchov? -preguntó el subdirector. -En la octava a la izquierda.
-¿ Y todas estas celdas están ocupadas? -preguntó Nejludov.
-Todas, menos una.
-Vera Bogodujovskaia- respondió Nejludov.
LII
Puedo mirar? -preguntó Nejludov.
Como usted quiera -
respondió el subdirector con su sonrisa amable; y se puso a hablar con el
guardián. Nejludov echó un vistazo a través de la mirilla de una de las celdas. Vio a un joven de elevada
estatura con una barbita neg
ra, que se paseaba de un lado a otro con paso rápido, vestido solamente con
la ropa interior. Al oír ruido levantó la cabeza y la dirigió luego hacia la puerta, frunció las cejas y
continuó caminando.
Nejludov se detuvo delante de otra celda. Su mirada tro
pezó allí, al otro lado, con la mirada
inquietante de un gran ojo negro pegado contra la mirilla. Nejludov se retiró vivamente. Por una tercera
abertura vio a un hombrecillo que dormía en una cama con las piernas encogidas y la cabeza tapada. En
la celda s
iguiente, un preso de ancha cara pálida estaba sentado, la cabeza gacha y los codos
descansando sobre las rodillas. Al ruido de los pasos, aquel hombre enderezó el busto y se volvió ma-
quinalmente hacia la puerta; en todo su rostro, en sus grandes ojos sob
re todo, había una expresión de
aburrimiento y de desesperanza. Evidentemente, nada le importaba lo que a él se refiriese: nada bueno
tenía que esperar .
La angustia se apoderó de Nejludov. Dejó de mirar por las mirillas y se dirigió sin detenerse más a la
celda 21, la de Menchov.
El guardián metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. Un joven musculoso, con un largo cuello,
barbilla y bondadosos ojos redondos, estaba en pie, cerca de su camastro, y se apresuraba a ponerse el
capote con aire de espan
to. Sin detenerse, sus bondadosos ojos redondos, interrogadores e inquietos,
erraban de Nejludov al subdirector y viceversa.
-Éste es un señor que quiere hacerte unas preguntas sobre tu asunto.
-Sí, me han hablado de su caso -dijo Nejludov, avan
zando hasta el fondo de la celda y colocándose
cerca de la ventana enrejada -.Quisiera oír de su propia boca el relato de lo que ocurrió.
También Menchov se acercó a la ventana e inició sin dila
ción su relato. Hablaba al principio con
timidez, lanzando miradas inquietas hacia el subdirector; pero, cuando éste hubo sa
lido de la celda para
ir al corredor a dar órdenes, fue animándose poco a poco y perdió toda su timidez.
Sus palabras y sus modales eran los de un mujik honrado y sencillo; y Nejlud
ov experimentaba una
singular impresión al encontrarlo con el uniforme de preso, en una negra celda. Mientras lo escuchaba
examinaba el bajo camastro con su jergón, la ventana pesadamente enrejada de hierro, las paredes sucias
y húmedas, y el rostro lastimero, las formas enflaquecidas de aquel desgraciado mujik,
tan
desambientado con sus zapatos y su uniforme de penado. y se ponía cada vez más triste, negándose a
creer en la veracidad de lo que le contaba aquel buen muchacho tanto lo horrorizaba el pensamie
nto de
que se había podido, sin motivo, arrancar a un hombre de su vida normal, convertirlo en preso y
encerrarlo en este lugar siniestro. Pero, por otro lado, experimentaba más horror aún al pensar que aquel
relato verídico, hecho con semblante tan franco, pudiera ser una invención y una mentira.
El preso contaba que inmediatamente después de su casa
miento, el tabernero de su pueblo le había
substraído a la mu
jer. Había reclamado justicia en todas partes; pero en todas partes el tabemero había
sobomado
a las autoridades y habla salido indemne. Un día, a viva fuerza, Menchov había llevado a su
mujer a casa, pero ella se había fugado al dia siguiente. Entonces él había ido a reclamarla al tabemero y
este le habla respondido que no estaba en casa {Menchov la había visto en
trar allí) y lo había intimado a
que se marchase, cosa que él no había hecho. Con la ayuda de un obrero, su rival lo había gol
peado
hasta hacerle sangre. Al día siguiente, un incendio se había declarado en la finca del tabemero. Habían
acusado como autores a Menchov y a su madre. Pero Menchov no había pren
dido el fuego; aquel día
estaba en casa de su compadre.
-Se lo agradezco.
-
¿Es verdad que no fue usted quien prendió el
fuego?
-¡Ni siquiera se me ocurrió, barin! ¡Seguro que fue él, el bandido, quien pro
vocó el incendio! Se dijo
que acababa de asegurar sus propiedades. Y he aquí que se nos acusó a mi madre y a mí de haberlo
amenazado con el.incendio. Es verdad que aquel día lo injurié, al reclamarle a mi mujer: mi corazón no
se contenía ya. Pero lo de pre
nder fuego, nunca, nunca lo hice. Ni siquiera estaba allí cuando el incendio
se declaró. Fue él quien lo provocó para cobrar la prima del seguro y quien nos acusó después.
-¡No es posible!
-¡Tan verdad como si hablase delante de Dios, barin! ¡Sea usted mi padre! -
exclamó, queriendo
inclinarse hasta el suelo, pero Nejludov se lo impidió -. ¡Tenga piedad de mí, estoy muriendo por nada!
De pronto, sus labios temblaron, y se puso a llorar. Luego se arrezagó la manga del abrigo y se
enjugó los ojos con la manga de su sucia camisa.
-¿Ha acabado usted? -preguntó el subdirector.
-Sí... ¡Vamos, no se desanime usted; haremos todo lo po sible! -dijo Nejludov, y salió.
Menchov se lanzó hacia la entrada, y el guardián, al cerrar la puerta, lo rechazó al interior. Pero,
mientras la puerta no estuvo completamente cerrada, el pobre diablo se obstinó en seguir mirando por la
rendija.
LIII
Cuando
Nejludov volvió a pasar por el gran corredor, era la hora de la comida, y todas las puertas de
las salas estaban abiertas. Al ve
r en torno de él aquella multitud de hombres, todos vestidos de largos
capotes amarillo claro, de pantalones cortos y anchos, calzados con kolys,
y al examinarlos con
curiosidad, Nejludov experimentó un extraño sentimiento: a la vez de compasión por aquell
os presos, y
de asombro y de horror por los hombres que los tenían así enclaustrados, y de vergüenza por él mismo
que asistía a todo aquello con una mirada plácida.
En uno de los corredores vio penetrar corriendo a un hombre en una sala, de la que saliero
n
inmediatamente presos que se alinearon y saludaron al paso de Nejludov.
-
Dé usted orden, señoría... no sé cómo llamarlo, dé usted orden para que se decida de una vez
nuestra suerte.
-¡No importa! -replicó una voz indignada -
.Hable de nosotros a la autoridad. No hemos hecho nada y
hace ya dos meses que sufrimos aquí.
-¿Cómo? ¿Por qué? -preguntó Nejludov.
-Sí, nos han metido en la cárcel. Hace ya dos meses que estamos aquí, y no sabemos por qué.
-Es exacto -dijo el subdirector -, pero el asunto es pu
ramente fortuito. Todas estas gentes fueron
detenidas porque tenían los salvoconductos caducados y había que enviarlos a su respectiva provincia;
pero no hemos podido hacerlo porque allí se ha incendiado la cárcel. Tod
os los de las demás provincias
han sido reexpedidos, pero nos vemos obligados a retener a éstos.
-¿Cómo, no es más que por eso? -dijo Nejludov deteniéndose a la puerta.
En grupo, unos cuarenta hombres con uniforme carcelario rodearon a Nejludov y al subdi
rector.
Como algunos elevaban la voz al mismo tiempo, el subdirector los detuvo:
Un campesino de unos cincuenta años, de alta estatura y de movimientos flexibles, salió de las filas.
Explicó que los habían metido en la cárcel porque n
o tenían salvoconductos. A decir verdad, los tenían,
pero habían caducado hacía unos quince días. Todos los años ocurría eso de tener pasaportes caducados
y nunca les habían dicho nada; pero esta vez los habían detenido a todos y desde hacía dos meses los
retenían en la cárcel como a criminales.
-No soy una autoridad; no puedo hacer nada.
-¡Que hable uno solo!
-Somos todos carreros y del mismo gremio. Y hemos ve-
nido juntos a trabajar aquí. ¿Tenemos la culpa de que se haya
quemado la cárcel en nuestra provincia? ¡Por el amor de Dios, haga algo por nosotros!
Nejludov, mie
ntras escuchaba aquel discurso, estaba un poco distraído porque, a pesar suyo, su
atención había sido atraída por un enorme piojo gris que había abandonado los cabellos del venerable
carrero para correrle por la mejilla.
-¿Es posible? ¿Es verdad que solamente es por eso? -preguntó Nejludov dirigiéndose al subdirector.
-Pues sí, habría que haberlos reexpedido a su provincia-respondió el subdirector.
Apenas este último había acabado de hablar, cuando un hombrecillo, destacándose del grupo, tomó
la palabra a su vez para quejarse del modo como los atormentaban sin motivo alguno los guardianes.
-¡Nos tratan peor que a perros! -empezó a decir.
-¡Vamos, vamos, tampoco hay que hablar más de la cuenta! -dijo el subdirector -
.De lo contrario, ya
sabes...
-¿Qué tengo que saber? -replicó el hombrecillo con un tono desesperado -
.¿Hemos merecido estar
aquí? -¡Silencio! -gritó el subdirector.
Y el hombrecillo se calló.
«¿Es posible?», continuaba preguntándose Nejludov siguiendo por el corredor mientras centenares
de ojos lo espiaban a su paso.
-Pero, ¿es verdad que se puede retener a inocentes? -preguntó Nejludov una vez fuera del corredor.
-
¿Qué quiere usted que hagamos? Y, además, mire, esta gente miente mucho. Si hubiera que
creerlos, todos serían inocentes.
-Sí, éstos, lo reconozco. Pero es una especie completa
mente depravada; no se conseguiría nada de
ellos sin severidad. Hay aquí unos bribones tan grandes, que sería una impruden
cia acercarles el dedo a
la boca. Por eso ayer no hubo más remedio que castigar a dos.
-Yo creía que los castigos corporales estaban prohibidos.
-No para los presos privados de sus derechos. A ésos se les puede aplicar.
Nejludov se a
cordó entonces de todo lo que vio la víspera, mientras estaba aguardando en el
vestíbulo, y comprendió que en aquellos momentos se había procedido al castigo. Y, más vivamente que
nunca, experimentó una mezcla de curiosidad, de tristeza, de asombro, de ver
güenza y de repugnancia
que lindaba con la náusea.
Sin escuchar al subdirector y sin mirar en torno de él, sa
lió rápidamente de los corredores y se
dirigió hacia la oficina, donde encontró al director; pero, preocupado por otras cosas, éste se había
olvidado de ordenar que llamasen a Bogodujovskaia. No se acordó sino al ver entrar a Nejludov.
-Voy a decir que la llamen inmediatamente --le dijo -. Mientras tanto, tómese la molestia de sentarse.
La oficina se componía de dos habitaciones. En la primera, alu
mbrada por dos ventanas grasientas y
adornada con uná estufa desconchada, se veía en un rincón una regla negra que servía para tallar a los
presos; en otro rincón había colgada una gran imagen de Cristo. En esta primera sala se en
contraban
algunos guardia
nes. La segunda, más amplia, contenía una veintena de personas de uno y otro sexo,
sentadas en gru
pos distintos sobre bancos colocados a lo largo de la pared, y hablando en voz baja. Una
mesa estaba colocada cerca de la ventana.
El director, sentado ante
esta mesa; ofreció, cerca de él, una silla a Nejludov y, una vez sentado, éste
se puso a examinar a las personas que estaban en la habitación.
Ante todo, su atención fue atraída por la visión de un joven enchaquetado, de exterior agradable, que
hablaba, gesticulando con animación, a una mujer de cejas negras, de edad madura.
Más lejos, un hombre de edad, con gafas azules, inmóvil, tenía cogida por la mano a una joven con
uniforme de presa y, sin hacer un movimiento, escuchaba lo que ella le decía. Un pequeñ
o colegial, con
-Pero éstos lo son de verdad.
-¿Qué quiere decir eso de castigarlos?
-
Azotarlos con varas, por orden superior.
uniforme escolar y de aire temeroso, en pie junto al
anciano, no le quitaba ojo.
En un rincón, detrás de ellos, una pareja de
enamorados. La muchacha era una jovencita rubia, bonita, de aire enérgico, los cabellos cortados muy
cortos y ataviada con un vestido a la última moda; él era un guapo muchacho de rasgos finos, de ca-
bellos ondulados, con chaqueta de cuero. Los dos charlaban alegremente mirándose con amor.
Más cerca de la mesa estaba sentada una mujer de cabellos grises, vestida de n
egro; evidentemente,
una madre. Devoraba con los ojos a un joven tísico que llevaba también una chaqueta de cuero; ella
trataba de hablarle, pero, ahogada por las lágri
mas, no podía conseguirlo: empezaba una palabra y se
detenía bruscamente. El joven tení
a en la mano un papel con el que no sabía qué hacer y lo arrugaba con
aire descontento.
Cerca de la llorosa madre estaba en pie una muchacha fuerte y bella de grandes ojos salientes, con
vestido gris y una esclavina, que la miraba tiernamente y le acarici
aba el hombro. Todo era hermoso en
aquella joven: tanto sus grandes manos blan
cas y sus cabellos ondulados, cortados muy cortos, como su
na
riz y sus labios firmes; pero el principal atractivo de su bello rostro procedía de sus grandes ojos de
oveja, castaños, bondado
sos y francos. Los quitó del rostro de la madre en el momento en que entraba
Nejludov, y sus miradas se cruzaron. Pero se vol
vió en seguida para continuar su obra de consuelo. No
lejos de la pareja amorosa estaba sentado un hombre moreno, ve
lludo, de rostro sombrío, que hablaba
con cólera a un visitante imberbe que tenía aire de pertenecer a la secta de los castrados.
Nejludov, sentado cerca del director, examinaba con curio sidad aquellos grupos tan diversos.
Lo distrajo en su tarea un niñ
o de cabellos cortados al rape que se acercó a él y le preguntó con una
vocecita aflautada:
-¿Y usted a quién espera?
Esta pregunta asombró al principio a Nejludov; pero se sin
tió conmovido por el rostro reflexivo, los
ojos vivaces y móviles del niño, y, con la mayor seriedad, le dijo que esperaba a una señora.
-¿Su hermana? -preguntó el pequeño.
-No, no es mi hermana. Pero, ¿y tú, con quién estás aquí? -¿Yo? Con mamá. Es «una política» -
respondió el niño.
-¡María Pavlovna, llame a Kolia! -dijo el director
, considerando sin duda como ilegal la
conversación de Nejludov con el pequeño.
María Pavlovna, la hermosa muchacha de ojos de oveja, se enderezó en toda su alta estatura y, con
paso firme, casi masculino, se acercó a ellos:
-Desde luego, le habrá preguntado a usted quién es, ¿verdad? -
dijo ella a Nejludov con una ligera
sonrisa, mirándolo con sus ojos confiados y tan sencillamente, que no podía du
darse que sus relaciones
fueran con todos naturales, afectuosas y fraternales -.Es que quiere estar enterado de todo -continuó ella.
Y
le sonrió al niño con una sonrisa tan dulce y tan tierna, que éste le sonrió en respuesta, mientras
involuntariamente Nejludov hacía lo mismo.
-María Pavlovna, no tiene usted derecho a hablar a desconocidos; lo sabe muy bien- dijo el director.
Y, tomando en su gran mano blanca la manecita de Kolia volvió junto a la madre del joven tísico.
-Pero, ¿de quién es hijo ese niño? -preguntó Nejludov al director.
-De una detenida política. ¡Y ha nacido en la cárcel! -
respondió el director con una especie de
satisfacción como si hubiese indicado un fenómeno peculiar de su estableciento.
-Perdóneme, no sabría responderle sobre todas esas cosas. Por lo demás, he aquí a Bogodujovskaia.
LV
-Sí, me preguntaba a quién he venido a ver. -¡Está bien, está bien! -respondió ella.
-¿Es cierto?
-Sí, y ahora va a Siberia con su madre.
-¿Y esa joven?
Vera Efremovna, pequeña, delgada, macilenta, cortados cortos los cabellos, entró en la habitación
con su paso ágil, parpadeando sus grandes ojos sin malicia.
-Bueno, gracias por haber venido -dijo ella estrechando la mano de Nejludov -
.¿Se acuerda usted
todavía de mí? Sentémosmos.
-¡Oh, me encuentro aquí muy bien; tanto, que no podría desear nada mejor! -dijo Vera Efremovna.
Según su costumbre, clavaba en Nejludov la mirada de sus bondadosos ojos redondos y, mientras
hablaba, no dejaba de girar en todas direcciones su cuello largo, delgado y amarillento, que salía del
cuellecito sucio y arrugado de su blusa.
Habiéndole preguntado Nejludov el motivo de su encarcela
miento, empezó, con viva animación, un
relato mezclado todo él de palabras extranjeras, hablando de propaganda, de organi
zación, de grupos, de
secciones, de subsecciones y otras divisiones revolucionarias,
conocidas por todo el mundo, creía ella,
pero que Nejludov oía citar por primera vez.
Al hablarle así. se creía segura del vivo placer y del pode
roso interés que él tendría en conocer todos
los misterios del «partido del pueblo». y él mismo, examinando aq
uel cuello flaco, aquellos cabellos
ralos y mal peinados, se preguntaba por qué ella le
contaba y por qué hacía todas aquellas cosas. Le te-
nía lástima, pero una lástima distinta a la que había sentido por el mujik
Menchov, encerrado sin motivo
en su celda
hedionda. No le tenía lástima por la suerte que ella se había buscado sino por la evidente
confusión que se arremolinaba en su cabeza. Ella se creía una heroína, dispuesta a sacrificar su vida por
el éxito de su obra, y, sin embargo, apenas si sabía explicar en qué consistía esa obra.
El asunto del que Vera Efremovna quería hablar a Nejlu
dov era el siguiente. Una de sus camaradas,
llamada Chustova, aunque no formaba parte de su «subgrupo», según su expresión, había sido detenida
con ella y encarcelada, ci
nco meses antes, en la fortaleza de Pedro y Pablo. En su habitación no se
habían encontrado más que papeles y libros, colocados allí en depósito por sus camaradas. Y Vera
Efremovna, atribuyéndose en parte la responsabilidad de aquel encarcelamiento, suplicaba a Nej
ludov
que usase de sus relaciones para obtener la puesta en libertad de Chustova. El otro asunto consistía en
hacer gestiones para que se autorizase a un preso de la fortaleza de Pedro y Pablo, Gurevitch, a recibir la
visita de sus padres y a tener libros técnicos, que le eran necesarios para sus trabajos científicos.
Nejludov prometió hacer todo lo que estuviese en su mano a su llegada a Petersburgo.
En cuanto a su propia historia, ella contó que después de haber terminado sus estudios de comadr
ona
se había afiliado al partido de «La libertad del pueblo» y había trabajado con ellos. Al principio todo
marchó a pedir de boca. Redactaron procla
mas e hicieron propaganda en las fábricas; pero un buen día
la policía detuvo a un miembro del partido y e
ncontró en su casa unos papeles, y se había puesto a
detener a todo el mundo.
-A mí me detuvieron también, y ahora me deportan -concluyó ella acabando su historia -
. Pero está
muy bien así; me siento de maravilla: ¡Una serenidad olímpica! -añadió con una sonrisa turbada.
Habiéndole preguntado Nejludov quién era la hermosa jo
ven que le había llamado la atención,
respondió que era la hija de un general. Afiliada desde hacía mucho tiempo al partido revolucionario, se
había declarado culpable de haber disparad
o con un revólver sobre un gendarme. Ella vivía en el
apartamento de los conspiradores, donde tenían una prensa de impri
mir. Una noche fueron a hacer un
registro; los conspiradores, resueltos a defenderse, apagaron las luces para tratar de hacer desaparec
er
los papeles comprometedores. Pero la policía entró a viva fuerza y uno de los conspiradores disparó e
hirió mortalmente a un gendarme. A continuación se llevó a cabo una en
cuesta para saber quién había
disparado, y la joven dijo que era ella, aunque n
unca en su vida había empuñado un revólver ni matado a
una mosca. Tuvieron que atenerse a su declaración, y ahora la enviaban a trabajos forzados.
-¡Una persona estupenda, una altruista! -dijo Vera Efremovna con tono aprobador.
-No esperaba volver a encontrarla aquí.
El tercer asunto del que ésta quería hablarle se refería a
Maslova. Como toda la cárcel, estaba enterada de la historia de Maslova y conocía ya el interés que
sentía por ella Nejludov. Quería, pues, aconsejarle a este último que obtuviese que su protegida fuera
trasladada a la secció
n política; o por lo menos, como los enfermos eran muy numerosos en aquellos
momentos, que la colocasen como auxiliar en la enfermería, donde tenían necesidad de ayudas
suplementarias.
Nejludov le agradeció aquel buen consejo y le dijo que se esforzaría en aprovecharse de él.
LVI
El director interrumpió la conversación diciendo a los vi
sitantes que la hora concedida para las visitas
había terminado. Nejludov se despidió de Vera Efremovna y se dispuso a salir; pero se detuvo a la
puerta, curioso por saber lo que iba a pasar.
-¡Señores, es la hora, es la hora! -decía el director, le vantándose y sentándose alternativamente.
Su advertencia no había tenido otro efecto que hacer las
conversaciones más animadas, sin que nadie
mostrase intenciones de irse. Algu
nos se habían levantado y hablaban en pie; otros continuaban
conversando sentados, y otros, por último, se despedían llorando. La madre del joven tísico resultaba
particularmente conmovedora. Éste continuaba dando vueltas entre sus dedos a la hoja de pape
l, y, en el
enérgico esfuerzo que ha
cía para no ceder al contagio de la desesperación de su madre, su rostro
adoptaba una expresión más y más maligna. Y la ma
dre, apoyada la cabeza sobre el hombro de su hijo,
se deshacía en lágrimas, con un silbido que le salía de la nariz.
La hermosa joven de ojos de oveja (Nejludov la observaba involuntariamente), en pie, ante la madre
deshecha en lágrimas, no dejaba de prodigarle sus consuelos. Erguido, el anciano de gafas azules retenía
entre sus manos la mano de su hija, asin
tiendo con la cabeza a lo que ella le decía. Los dos enamorados
se habían puesto en pie y, agarrándose por las manos, perma
necían inmóviles uno frente a otro, sin
hablarse clavados los ojos en los ojos.
-¡Solo ésos son felices! -dijo a Nejludov, señalándose
los, el joven enchaquetado, que también se
había detenido y asistía a aquella escena. Sintiendo clavadas en ellos las miradas de Nejludov y del
joven, los enamorados alargaron sus brazos unidos echaron atrás el busto y, riendo, se pusieron a d
ar
vueltas.
-Se casan esta noche, aquí, en la cárcel, y ella lo sigue a Siberia -continuó el joven de la chaqueta.
-
Condenado a trabajos forzados. Por lo menos ellos se muestran alegres; pero esto, en cambio, resulta
espantoso -prosiguió el joven al escuchar los sollozos de la madre del tísico.
-¡Vamos, señores, se lo ruego, no me obliguen a obrar más duramente! -
exclamó el director,
repitiendo sus frases varias veces -.¡Se lo ruego! prosigui¡ con un tono débil e indeciso -.¡Es imposible!
¡Lo digo por última vez! -repitió con tono melancólico, apagando y encendiendo altemativamen
te su
cigarro habano.
Se comprendía que, por muy sutiles, muy inveterados, muy rutinarios que fuesen en él los
argumentos especiosos que dan licencia a un hombre
para hacer sufrir a otros sin considerarse
responsable de estos sufrimientos, el director tenía consciencia, sin embargo, de ser uno de los causantes
de la desesperación que se cernía sobre toda aquella sala. y él mismo se sentía tam
bién oprimido por un
peso doloroso.
Por fin empezó la separación entre presos y visitantes: unos se dirigieron hacia la puerta de atrás, y
otros, hacia la puerta de salida. Primeramente se alejaron los hombres con chaquetas de cuero: el tísico y
el moreno velludo; luego María Pavlovna con el niñito nacido en la cárcel.
-¿Y quién es él?
Llegó después el turno de los visitantes: el
anciano de gafas azules se fue, con su torpe paso, y Nejludov lo siguió.
-Sí, son procedimientos extraordinarios -le dijo en la escalera el joven enchaquetado, por lo
visto muy
locuaz -
.Menos mal que el capitán es un buen hombre y no toma al pie de la letra el reglamento de las
cárceles. Aquí por lo menos se habla, se alivia un poco el corazón.
Cuando Nejludov, que continuaba hablando con Medyntsev (éste era el nombre d
el joven locuaz),
hubo bajado al vestíbulo. el director, con aire fatigado, se acercó a él:
-Así, pues, si quiere usted ver a Maslova, haga el favor de venir mañana -
dijo con la intención
evidente de mostrarse amable con él.
Espantosos le parecían los sufrimientos injustificados de Menchov, y no solamente sus sufrimientos
físicos, sino esa duda, esa desconfianza hacia Dios y hacia el bien, fatalmente experi
mentada por el
preso al comprobar la crueldad
de hombres encarnizados en atormentarlo sin motivo; espantosas, la
coac
ción y la tortura infligidas a aquellos centenares de inocentes, retenidos simplemente en la cárcel
porque sus papeles estaban insuficientemente fechados; espantosa, la locura de aquellos guar
dianes,
ocupados únicamente en hacer sufrir a sus hermanos e imaginándose que así cumplían una obra útil y
buena; pero más espantoso aún se le aparecía a Nejludov el papel de aquel director debilitado, gastado,
bueno sin embargo, obligado a separ
ar a una madre de su hijo, a un padre de su hija, a seres como él
mismo y como sus hijos.
«Por qué todo esto», se preguntaba Nejludov, experimentan
do en el más alto grado ese malestar
moral del corazón que llegaba a hacerse un dolor físico cada vez que ib
a a la cárcel. y no encontraba
respuesta alguna a su pregunta.
LVII
Al día siguiente,. Nejludov se dirigió a casa del abogado; le expuso la situacion de Menchov y le rogó
que hicie ra el favor de encargarse del asunto. El abogado le respondió que estudia
ría el sumario y que, si
las afirmaciones de Menchov eran exactas (lo cual era muy probable), se encarga
ría gratuitamente de la
defensa.
Nejludov le habló a continuaci6n de los ciento treinta desgraciados detenidos a consecuencia de una
equivocación. Quer
ía saber de quién dependía el asunto y quién era el responsable. El abogado,
visiblemente deseoso de dar una respuesta exacta se calló un instante.
¿Quién es el responsable? ¡Nadie! -dijo tajante -
. Diríjase usted al fiscal: le echará toda la culpa al
gobe
rnador. Pregunte al gobernador: descargará toda su responsabilidad sobre el fiscal. En definitiva, no
será culpa de nadie.
-Mañana mismo iré a casa de Maslennikov para ponerlo al corriente.
-Bah, será perder el tiempo -comentó el abogado sonriendo -. Creo
que no es pariente de usted ni
amigo íntimo, ¿verdad? Pues bien, es, permítame la expresión, un cretino de marca mayor y, además, un
canalla tan astuto...
Nejludov se acordó de los términos de que se había servido Maslennikov para definir al abogado. No
respondió nada, se despidió y se hizo llevar a casa de Maslennikov.
Eran dos cosas las que tenía que pedirle: primeramente el traslado de Maslova a la enfermería; luego,
que interviniera a favor de aquellos supuestos ciento treinta vagabundos detenidos erró
neamente. A
pesar de su repugnancia en pedir favores a un hombre al que no estimaba en absoluto, para él era el
único medio de conseguir su objetivo y tenía que pasar por aquello.
Al acercarse a la casa de Maslennikov vio, delante de la escalinata, una hilera de carruajes:
coupés,
calesas y carrozas; se acordó de que era el día de visita de la mujer de Maslennikov y que este último
le
-Muy bien -respondió Nejludov, apresurándose a salir.
había hecho prometer que iría. Un mag
nífico lacayo con esclavina, y escarapela en el sombrero, ayudaba
a bajar de una carr
oza detenida ante la escalinata a una dama cuya cola levantada dejaba ver, moldeados
en una media negra, unos finos tobillos y pies calzados con zapatos descubiertos. y entre los coches que
se estacionaban allí, Nejludov reconoció el landó de los Kortchagu
in. Al divisarlo, el cano y rubicundo
cochero se quitó el sombrero y le sonrió, con una mezcla de deferencia y de amabilidad, como a un
barin al que conocía.
Apenas había acabado de informarse por el portero de si estaba en casa Mijail Ivanovitch
{Maslennikov}, cuando éste apareció en persona en lo alto de la escalera. Guiaba a un in
vitado,
seguramente personaje de gran importancia, a juzgar por el honor que le hacía de escoltarlo hasta el final
de los escalones.
Mientras bajaba la escalera, este importan
te personaje militar hablaba, en francés, de una tómbola
organizada en la ciudad en beneficio de los asilos y expresaba la opinión de que ésa era una ocupación
excelente para las damas: «Ellas se divierten, y el dinero abunda.»
-Qu'elles s'amusent et que le bon Dieu les bénisse! ¡Ah, Nejludov, buenos días! -dijo al divisarlo -
.¿Por qué no se le ve por ninguna parte? Allez présenter vos devoirs à Madame! ¡
Y los Kortchaguin
están aquí! Et Nadíne Buckshevden. Toutes les jolies femmes de la ville! -añadió, ten
diendo, ligeramente
levantados, sus anchos hombros militares a su criado, adornado de galones dorados, que le puso el
abrigo -. Au revoir, mon cher!
Estrechó por última vez la mano de Maslennikov. -¡Subamos-
dijo éste a Nejludov con un aire muy
excitado.
Luego lo cogió del brazo, y corriendo, a pesar de su corpu
lencia, lo arrastró vivamente a la escalera.
Su gozosa excitación se debía a la benevolencia que le había mostrado el alto personaje, Porque toda
benevolencia llegada de lo alto ponía a Maslennikov
tan alegre como aun perrito afectuoso acariciado o
rascado detrás de las orejas por su amo. Mueve la cola, se echa al suelo, endereza las orejas o describe
círculos alocados. Es lo que Maslennikov estaba dispuesto a hacer. No notaba la expresión seria del
rostro de Nejludov, no lo escuchaba e, irresistible
mente, lo arrastraba hacia el salón, hasta el extremo de
que Nejludov no tenía más remedio que seguirlo.
-¡Los negocios, después! ¡Haré todo lo que quieras! -
dijo Maslennikov atravesando el gran salón con
Nejludov.
-¡Anuncie a la générale que es el príncipe Nejludov! -
dijo, sin dejar de caminar, a un lacayo que se
les adelantó y corrió a dar el anuncio.
-Vous n'avez qu'à. ordonner! ¡
Pero antes ve a mi mujer! Ya el otro día tuve un disgtusto con ella por
no haberte llevado a verla.
Cuando entraron en el salón, avisada ya por ellacayo, Anna Ignatlevna, la mujer del vicegobemador,
la «generala», como se titulaba, le hizo a Nejludov una pequeña señal de lo más amable con los ojos, por
encima del círculo de somb
reros y de cabezas que rodeaban su diván. Alrededor de la mesa del té en el
otro extremo del salón, unas damas sentadas hablaban con militares y paisanos que estaban en pie, y se
oía un bordoneo ininterrumpido de voces masculinas y de voces femeninas.
-Enf in! ¿Es que no quiere usted ya tratamos? ¿En qué lo hemos molestado?
Con estas palabras, que dejaban suponer entre ella y Nejludov una intimidad que nunca había
existido, Anna Ignatievna acogió al recién llegado.
-Ustedes se conocen, ¿verdad? La señora Bielavskaia Mi
jail Ivanovitch Tchemov... ¡Vamos, siéntese
ahí, más cerca!
-Missy, venez donc à notre table! On vous apportera votre thé...! Y usted... -
dijo a un oficial que
hablaba a Missy y del que evidentemente había olvidado el nombre -: venga también..
. Príncipe, ¿un
poco de té?
-¡Nunca, nunca me lo harán ustedes creer! ¡Ella no lo
amaba, he ahí todo! -dijo una voz de mujer.
-¡Siempre bromas tontas! -dijo, riéndose, otra dama de gran sombrero y toda resplandeciente de se
da,
de oro y de pedrerías.
¡C'est excellent, estas galletas, y tan ligeras! -dijo otra voz-. Déme una más.
-¿Y usted se marcha en seguida?
-Hoy es el último día. Por eso hemos venido.
-¡Una primavera tan hermosa! Debe de estarse espléndidamente en el campo.
Con sombrero y con vestido de rayas oscuras que dibu¡aba
maravillosamente su fino talle, Missy parecía haber nacido
con su vestido. Era muy bella. Se ruborizó al ver a Nejludov.
-Creí que se había marchado usted- dijo ella
-.Casi me he marchado -respondió Nejludov -
. Sólo me retienen algunos asuntos. E incluso aquí he
venido para resolver varios.
-¡Se lo ruego, vaya a ver a mamá antes dc marcharse! ¡Tiene unos deseos enormes de verlo!
Ella comprendió que mentía y que él lo comprendía también. y se puso más arrebolada aún.
-Creo que no tendré tiempo -
respondió Nejludov con tono sombrío y sin parecer notar el rubor de la
joven.
Missy frunció las cejas, alzó ligeramente los hombros y se volvió hacia el elegante oficial, que tomó
de sus manos su taza vacia
y, chocando con su sable contra los sillones, la condujo mimosamente a la
otra mesa.
-¡Usted, usted también debería suscribirse para nuestro refugio!
-¡Pero si yo no me niego! Únicamente es que quiero re
servarme para la tómbola. Allí mostraré toda
la generosidad de que soy capaz.
-¡Bueno, ya lo veremos! -replicó una voz risueña.
El «día» de Anna Ignatievna era de los más brillantes y la dama se mostraba encantada por eso.
-Mika me ha dicho que se interesa usted por nuestras cárceles- dijo ella a Nejludov -
.¡Cómo lo
comprendo! Mika -era Maslenmkov, su corpulento marido-
puede tener sus defectos, pero ya sabe usted
lo bueno que es. Todos esos des
graciados presos son como hijos suyos. No los considera de otro modo.
Il est d'une bonté...!
Se detuvo, no pudie
ndo encontrar una palabra bastante expresiva para calificar la «bondad» de su
marido, por orden del cual se azotaba a la gente. y de pronto, sonriendo, se volvió hacia una anciana
señora de arrugado rostro, toda envuelta en cintas malvas, que acababa de hacer su entrada.
Nejludov había permanecido sentado algunos instantes y, habiendo cambiado algunas palabras
triviales, lo justo para no mostrarse incorrecto, se levantó y fue a reunirse con Maslennikov.
Entraron en un gabinetito japonés y se sentaron cerca de la ventana.
LVIII
Y ahora, je suis à vous. ¿Quieres fumar? Pero aguarda un momento: no hay que desordenar esto. -
Y
acercó un cenicero -.¿Qué ocurre?
El rostro de Maslennikov se ensombreció. No quedó en él ya ningún rastro de aquella alegre
animación del perrito acariciado por su amo tras las orejas.
Entre los ruidos de voces que llegaban del salón, la de una mujer decía: «Jamais
, jamais je ne
croirai!»
Más allá, una voz de hombre contaba una historia donde salían a relucir sin cesar los nombres
-¡Pero le gustaban los pasteles!
-Entonces, ¿Puedes atenderme un momento?
-¡Ah, sí! ¿Qué pasa? Ven por aquí.
-He venido a hablarte de dos asuntos.
-¿Ah, sí?
de la «comtesse Voronzoff» y de «Victor Apraksine».
Desde un tercer ángulo se oían carcajadas. Y, aun
escuchando a Nejludov, Maslennikov prestaba oídos a lo que ocurría en el salón.
-Vengo a hablarte otra vez a favor de esa mujer- dijo Nejludov.
-¡Ah, sí, esa a la que han condenado injustamente! Lo sé, lo sé.
-Quisiera rogarte que dieses órdenes para que la trasladen al servicio de la enf
ermería. Me han dicho
que es posible, ¿verdad?
Maslennikov apretó los labios y reflexionó un momento.
-Ignoro si es posible- respondió -. Por lo demás, me informaré, y mañana telegrafiaré.
-Me han dicho que los enfermos abundan y que hay necesidad de auxiliares suplementarios.
-¡Sí, sí! En cualquier caso, ya te tendré al corriente. -Si me haces ese favor... -dijo Nejludov.
En el salón resonó una risa general, incluso podría decirse natural.
-¡Otra vez es ese Víctor! -dijo Maslennikov sonriendo -. Una vez q
ue está lanzado, resulta muy
ingenioso.
Y además -continuó Nejludov -
, hay en este momento, en la cárcel del gobierno, ciento treinta
obreros a los que man
tienen tras las rejas simplemente porque sus pasaportes estaban caducados. Llevan
así más de un mes.
Y expuso el asunto con todos los detalles.
-¿Cómo te has enterado de eso? -
preguntó Maslennikov, cuyo rostro bruscamente había adoptado
una expresión de inquietud y de descontento.
-Al ir a ver a un acusado, esos infelices me detuvieron en el corredor y me rogaron...
-¿Ya qué acusado ibas a ver?
-
A un campesino al que se le imputa injustamente el crimen de incendio; me he cuidado de buscarle
un defensor. Pero no se trata de eso. ¿Es que es posible en verdad que estos hom
bres que únicamente
han cometido la falta de haber dejado caducar sus pasaportes, sean encarcelados y que...?
-Eso compete al fiscal- interrumpió Maslennikov con despecho -
.¡Pues bien, ahí lo tienes! ¡Ya ves a
lo que lleva esa justicia rápida y equitativa! Sin embargo, el deber del fiscal
es visitar las cárceles e
informarse de la legalidad de las detenciones. Pero él no hace nada, sino jugar al whist.
-Entonces, ¿no puedes hacer nada? -
preguntó Nejludov con tono contrito, acordándose de las
afirmaciones del abogado respecto a que gobernador y fiscal se echarían las responsabili
dades uno a
otro.
-Sí, lo haré. Voy a informarme sin tardanza.
-¡Tanto peor para ella! C'est un souffre-douleur! -
exclamó en el salón una voz de mujer, con
seguridad muy indiferente respecto a lo que decía.
-¡Tanto mejor, tomaré también ésta! -dijo más lejos la voz ronca de un hombre.
-¡No, no, por nada en el mundo! -replicó una voz de mujer, con la misma risa.
-De acuerdo, haré lo necesario -
continuó Maslennikov apagando su cigarrillo entre los gruesos dedos
de su blanca mano adornada con una sortija de turquesa -.Y ahora, volvamos junto a las damas.
-¡Un momento todavía! -dijo Nejludov, parándose a la puerta -
. Han infligido un castigo personal a
dos presos. ¿Es verdad?
Maslennikov se empurpuró.
-¡Ah, ahora me hab
las de eso! Decididamente, querido mío, será mejor no dejarte entrar allí. ¡Te
metes en todo! Vamos, ven, Annette nos espera -dijo, agarrándolo por el brazo para arrastrarlo al salón.
La animación que tenía después de la visita del alto personaje lo inva
día de nuevo, pero esta vez no
de álegría, sino de inquietud.
Pero Nejludov se zafó el brazo; sin hablar con nadie, sin saludar, atravesó el salón, la gran sala, pasó
ante los lacayos congregados en torno de él, franqueó el vestíbulo y se lanzó a la calle.
-¿Qué le pasa? ¿Qué le has hecho? -preguntó Annette a su
marido.
Alguien se levantó para salir, alguien entró, y las charlas
reanudaron su curso. Toda la concurrencia aprovechó aquel epi
sodio para aumentar el diapasón de las
habladurías.
Al día siguiente, Nejludov recibió de Maslennikov una car
ta de una hermosa letra firme, sobre papel
grueso, satinado y con escudo de armas. Informaba a Nejludov que habí
a escrito al médico para el
traslado de Maslova a la enfermería y que, probablemente, aquello se llevaría a cabo. La carta tenía la
despedida: «Tu viejo camarada, muy afectuoso., y la firma de Maslennikov estaba adornada con una
artística y enorme rúbrica.
«¡Imbécil!»,
no pudo menos de pensar Nejludov, basándose sobre todo en aquella palabra de
«camarada»
que significaba una especie de condescendencia. Dicho de otra manera, aunque ejerciese la
más vergonzosa y más baja de las funciones, se consideraba como
un hombre muy importante y creía, si
no adular a Nejludov, al menos mostrarle que, de cualquier manera, no se envanecía demasiado de su
grandeza, puesto que lo calificaba de «camarada».
LIX
Uno de los más arraigados y extendidos prejuicios reside en l
a creencia de que todo hombre posee en
propiedad ciertas cualidades definidas: que es bueno o malo, in
teligente o tonto, enérgico o apático, y así
sucesivamente. Los hombres no son tan de una pieza. Podemos decir de un hom
bre que es más a
menudo bueno que malo, más a menudo inte
ligente que tonto, más a menudo enérgico que apático, o
vice
versa; pero no es verdad decir de un hombre que es bueno o inteligente, lo mismo que no es verdad
decir que es malo o tonto. Y sin embargo, no dudamos en establecer esta
errónea división. Los hombres
son semejantes a los ríos, hechos todos de la misma agua, pero cada uno de los cuales unas veces es
moderado, otras veces rápido, ora ancho, ora lento, ora frío, ora limpio, ora turbio, ora caliente. Lo
mismo pasa con los hom
bres. Todos llevan en ellos los gérmenes de las facultades humanas: a veces
manifiestan unas, y, en ocasiones, otras, y a menudo parecen diferentes de ellos mismos, continuando
sin embargo siendo ellos mismos. Pero en algunos hombres estos cambios son part
icularmente raros, y
entre estos últimos se alineaba Nejludov.
A consecuencia de causas diversas, tanto físicas como mo
rales, se operaban en él cambios bruscos y
completos. Y uno de estos cambios era el que acababa de producirse.
El sentimiento de gozoso
entusiasmo y el de su renovación, experimentados a raíz de la vista del
tribunal y de su primera conversación con Katucha, habían desaparecido completamente para dejar sitio,
después de su primera entrevista con ella, a una especie de terror, casi de repul
sión contra la joven. Sin
embar
go, había resuelto no abandonarla y continuaba diciéndose que no modificaría su decisión de
casarse con ella, si ella lo deseaba, aunque aquello le pareciese desagradable y doloroso.
Al día siguiente de su visita a Maslennikov, regresó a la prisión para entrevistarse de nuevo con ella.
El director le concedió la autorización para verla, no ya en la oficina, ni en la sala de los abogados,
sino en el locutorio de las mujeres. A pesar de toda su bondad, el director mostraba, fre
nte a Nejludov,
una actitud más reservada que antes. Evidentemente, la visita de Nejludov a Maslennikov había provo-
cado la orden de mostrarse más prudente con este visitante.
- Sí, puede usted verla - dijo el director -. En cuanto al dinero, se lo ruego.
.. Ya se lo he dicho, ¿no es
así? Respecto a su traslado a la enfermería, como me ha escrito su excelencia, es cosa que puede
-¡Es a la française! -dijo alguien.
-¿Cómo
a la française?; à la Zoulou!
-¡Bah, siempre ha sido así!
hacerse, y el médico consiente en ello. Pero es ella la que no quiere. Dice que no tiene necesidad “de ir a
vaciar las escupideras
de los tiñosos”. ¡Ah, príncipe, bien se ve que no conoce usted a la gente de esta
ralea!
Nejludov no respondió nada y solicitó ver a Katucha. El director envió a un vigilante, y Nejludov lo
siguió. Maslova, sola, estaba ya en el locutorio de las mujeres y
salió desde detrás de la reja al entrar
Nejludov. Dulce y tímida, avanzó hacia él y, mirando al vacío, le dijo en voz baja:
- ¡Perdóneme usted, Dmitri Ivanovitch! Anteayer le hablé de mala forma.
- No soy yo quien tengo que perdonarla... - empezó a decir Nejludov.
- ¡No importa! Pero de cualquier forma es preciso que me deje... - continuó ella.
Y en sus ojos, que bizqueaban más que de costumbre, Nejludov leyó de nuevo una expresión hostil.
- ¿Y por qué he de dejarla?
- Pues porque...
- Porque, ¿qué?
Ella tuvo de nuevo aquella mirada que pareció maligna a Nejludov.
- ¡Pues bien, porque sí - dijo ella -
, déjeme! ¡Es cierto lo que le digo! ¡Es más fuerte que yo! ¡No se
preocupe más de mí! - repitió con labios temblorosos -. ¡Preferiría ahorcarme! ¡Le juro
que es verdad lo
que le digo!
En aquella negativa, Nejludov percibía una parte de odio hacia él, la inolvidable ofensa; pero
comprendía que en aquello entraba también algo noble y bello. Y el modo seguro y apaci
ble con que ella
renovaba su prohibición de
preocuparse de ello tuvo por efecto destruir inmediatamente todas sus dudas,
volver a colocario en la disposición grave y enternecida con que se había encontrado respecto a ella días
antes.
-Katucha, sostengo lo que te he dicho -afirmó con una seriedad extraordinaria-
. Te ruego que
consientas en casarte conmigo. Y, si lo niegas, durante todo el tiempo que rehúses, seguiré a tu lado, lo
seguiré; iré contigo adonde te lleven.
- ¡Eso es cuenta suya! ¡Yo no diré una palabra más! - respondió ella.
Y sus labios temblaron de nuevo.
También él guardó silencio, no sintiéndose con fuerzas para hablar. Se arriesgó por fin:
- Ahora tengo que ir al campo - le dijo -
; después iré a Pete;sburgo, donde me cuidaré de su..., de
nuestra instancia; y, si Dios quiere, haré que casen su condena.
- ¡La casen o no, todo me es igual! Si no lo he merecido por esto, lo he merecido por otras cosas...
Se detuvo, y Nejludov creyó ver que hacía esfuerzos para retener las lágrimas.
- Bueno - dijo ella de pronto, como para ocultar su emoción -
, ¿ha visto usted a Menchov? ¿No es
verdad que esos pobres son inocentes?
- Sí, así lo creo.
- ¡Si supiese usted qué viejecita más buena es!
Él le contó con detalle todo lo que había sabido de boca de Menchov. Luego, volviendo a ella, le
preguntó si no tenía necesidad de nada. Ella respondió que no.
Y se hizo un silencio.
- En cuanto a la enfermería - continuó ella bruscamente, mirándolo con sus ojos que bizqueaban -
,
bueno, si usted lo desea, iré. Y en cuanto al aguardiente, está bien, no beberé más...
Sin decir nada, Nejludov la miró a los ojos y vio que éstos sonreían.
- Muy bien.
Fue todo lo que pudo decir, y se despidió de ella.
«¡Sí, sí, se ha convertido en otra mujer distinta!», pensaba. Después de las dudas de los días
anteriores, experimentaba
ahora un sentimiento completamente nuevo, un sentimiento de fe en la
omnipotencia del amor.
LX
Al volver a entrar en la gran celda maloliente, al regre
so de aquella visita, Maslova se quitó el
capote y se sentó en la cama, las manos apoyadas sobre las rodillas.
En la sala se encontraban únicamente la tísica, la madre que amamantaba a su hijo, la vieja
Menchova y la guardabarrera con sus dos hijos. Reconocida como loca la víspera, a la hija del sacristán
la habían trasladado al manicomio. Las otras mujeres estaban en el lavadero.
La vieja dormía, tendida en su camas; los niños jugaban en el corredor, ante la puerta abierta. La
madre que amamantaba a su hijo, y la guardabarrera, ésta sin dejar de tejer la media que tenía en la
mano, avanzaron hacia Maslova:
- ¿Qué, lo has visto? - preguntaron.
Maslova, sin responder, se sentó en su cama, dejando colgar las piernas.
- ¡Vamos, no hace falta que te aflijas! -dijo la guardabarrera -
. Lo esencial es no desanimarse.
¡Vamos, Katucha! - exclamó haciendo punto más aprisa con sus ágiles dedos.
Maslova siguió sin responder.
-
Las demás han ido al lavadero. Dicen que los regalos para los presos han sido hoy muy numerosos
- comentó la otra mujer.
- ¡Finachka! - gritó desde la puerta la guardabarrera -. ¿Dónde estás, granujilla?
Retiró la aguja de la media, la clavó en la madeja y salió al corredor.
En el mismo instante se oyó un gran ruido de pasos y de voces de mujeres, y las inquilinas de la
celda aparecieron en el umbral, desnudos los pies en sus zapatos, cada una l
levando un pan blanco bajo
el brazo; algunas tenían hasta dos.
Fedosia se acercó inmediatamente a Maslova.
- ¿Qué, pasa algo malo? - preguntó ella con ternura alzando hacia su amiga sus claros ojos azules -
.
¡Aqui tenemos para nuestro té! - añadió, alineando los panes sobre la repisa.
- ¿Qué? - dijo Korableva -. ¿Ha cambiado de opinión? ¿No quiere ya casarse?
- No, no ha cambiado de opinión. Soy yo quien no quiere.
- ¡Vaya una tonta! - declaró Korableva con su voz de bajo.
- ¿Por qué? - dijo Fedosia -. Puesto que no pueden vivir juntos, ¿qué objeto tiene casarse?
- Pero, ¿por qué dices eso tú ptecisamente? ¿Es que no va tu marido al destierro contigo? -
preguntó
la guardabarrera.
-Nosotros estábamos ya unidos por la ley. Pero él, ¿de qué le serviría casarse,
si no puede vivir con
ella?
- ¡Vaya una tonta! ¿De qué serviría? Pero, es que si se casa, la cubrirá de oro.
- Él me ha dicho: «Adonde te envíen, yo iré contigo» - dijo Maslova -
. Pero que venga o que no venga,
no he de ser yo quien se lo pida. Ahora se marcha a Petersburgo - continuó después de un silencio -
. Va
a ocuparse allí de mis asuntos. Es pariente de todos los ministros. Pero, de cualquier forma, no tengo
necesidad de él.
-¡Desde luego! - aprobó inmediatamente Korableva, ocupada en poner orden e
n su bolsa y pensando
evidentemente en una cosa muy distinta -. Bueno, ¿qué os parece ahora un poquito de aguardiente?
- Yo, no - respondió Maslova -. Bebed vosotras.
SEGUNDA PARTE
I
El asunto de Maslova debía debatirse en el Senado probablemente lo má
s tarde dentro de quince
días. Nejludov, pues, decidió ir en aquel momento a Petersburgo a fin de realizar allí las gestiones
necesarias y, en caso de que fuera recusada la instancia, presentar el recurso de gracia, como le había
aconsejado el abogado. En
caso de que todo fracasara, y, según el abogado, era algo con lo cual había
que contar, tan débiles eran los argumentos que se esgrimían, a Maslova la íncluirían sin duda en un
convoy de forzados que partiría a comienzos de junio. Como Nejludov continuaba resuelto a se
guirla a
Siberia, había decidido trasladarse inmediatamente a los pueblos que le pertenecían para dejar arreglados
allí todos sus asuntos.
Se dirigió primeramente a Kuzminskoie, que era la pro
piedad más cercana, la más amplia y que le
proporcionaba sus principales ingresos. Había vivido allí en su infancia y en su ju
ventud; después volvió
dos veces, y una tercera aún, a instan
cias de su madre, para instalar allí a un administrador alemán, en
compañía del cual había inventariado la finca. Sa
bía, pues, desde hacía mucho tiempo la situación de
ésta y las relaciones que existían entre los mujiks y la «oficina», es decir, el propie
tario; ahora bien, estas
relaciones se reducían a una sumisión completa de los campesinos a la oficina.
Todo aquello
, Nejludov lo conocía ya, desde su estancia en la universidad, cuando profesaba y
exaltaba la doctrina de Henry George, pues en virtud de esta doctrina había abandonado a los
campesinos la tierra que le provenía de su padre.
Más tarde, es cierto, al abando
nar el ejército, se había puesto a gastar veinte mil rublos por año, y, al
dejar de ser obligatorios para él todos aquellos conocimientos, los había olvida
do por completo; y no
solamente no se preocupaba de saber de dónde venía el dinero que le daba su madre, sino que in
cluso se
esforzaba en no pensar en ello.
Sin embargo, a la muerte de esta última, al ser necesario arreglar la herencia y necesitando disponer
él mismo de sus bienes, había renacido en él el problema de sus derechos y de sus deberes de pr
opietario
rústico. Un mes antes no habría encon
trado en él la fuerza necesaria para cambiar el orden existente de
las cosas: no era él mismo quien administraba la propiedad, limitándose a vivir lejos de sus tierras y
recoger los ingresos.
Ahora que había resuelto hacer un gran viaje a Siberia, don
de le haría falta mantener relaciones
complicadas y difíciles con el personal de las cárceles, lo que le crearía una necesidad de dinero, no
podia, pues, dejar sus asuntos en su antiguo estado, y era importante m
odificarlos, incluso en detrimento
de sus intereses.
Con este objeto había resuelto no cultivar él mismo la tierra, sino alquilarla a bajo precio a los
campesinos, dándoles asi la facilidad de liberarse de la dependencia de los propietarios. A menudo, al
c
omparar la situación del terrateniente actual con la del propietario de siervos, había comparado este
alquiler de la tierra a los campesinos, en lugar de su cultivo por sier
vos de la gleba, a lo que hacían los
poseedores de siervos al sustituir el diezmo
por los trabajos obligatorios. No radicaba ahí la solución del
problema, pero era un paso hacia esa solución: la transición de una forma de mayor violencia a otra más
dulce. Y era lo que tenía intención de hacer.
Nejludov llegó a Kuzminskoie hacia mediodí
a. Habiendo simplificado en todo su vida, ni siquiera
había telegrafiado que llegaba. En la estación alquiló un pequeño tarentass
de dos caballos. El cochero,
joven mujik vestido con una casaca de nanquín, cortada por un cinturón más bajo que su largo tall
e, se
había sentado de costado en su asiento para hablar más cómodamente con el barin
; eso le resultaba tanto
más fácil cuanto el caballo delantero era cojo y estaba fatigado, y el otro caballo era delgado y débil;
podían, pues, así caminar a pasitos, lo que colmaba su deseo.
El cochero hablaba del intendente de Kuzminskoie, no figu
rándose ni remotamente que se dirigía al
propietario, pues Nejludov lo había tuteado en seguida.
- ¡Un alemán muy listo, verdaderamente chic! - dijo el cochero, quien había viv
ido en la ciudad y había
leído novelas.
Medio vuelto hacia el viajero, acariciando con la mano el largo mango de su látigo y queriendo
indudablemente hacer demostración de su saber, continuó:
- Se ha pagado un coche con una troika soberbia; y cuando va a p
asear con su esposa, eclipsa a todo
el mundo. En el invier
no, en Navidad, tenía en su casa un hermoso árbol; llevé allí a invitados. Pues
bien, tenía como chispas eléctricas y no se ha
bría podido encontrar uno semejante en todo el gobierno.
¡Ah, ha amasa
do dinero de una manera espantosa! ¿Y por qué? Hace lo que se le antoja. Dicen que
acaba de comprar una finca excelente.
Nejludov creía que le resultaba indiferente saber la manera como el alemán administraba su
propiedad y se aprovechaba de la misma; pero el relato del cochero de alta estatura no de
jaba de
producirle por eso una impresión desagradable. Gozaba con la esplendidez del día, con la carrera de las
nubes grises que, por instantes, velaban el sol; gozaba con el espectáculo de los cameos de los mujiks
detrás de sus carretas, de los espesos sembrados de verduras por encima de los cuales revolotea
ban las
alondras, de los bosques revestidos ya, de arriba abajo, de hojas tiernas, de los prados donde habían
soltado a los caballos y a los bueyes; pero no gozaba de todo eso con la inten
sidad que habría deseado.
Por momentos, algo desagradable lo ensombrecía, y cuando se preguntaba qué, se acordaba de las
palabras del cochero sobre el modo como el alemán administraba su propiedad.
Llegado a Kuzminskoie, donde empezó a ocuparse en arre
glar sus asuntos, aquella impresión
desapareció.
Examinó los libros de la oficina y recibió las explicaciones de un escribiente que se esforzaba con
toda ingenuidad en demostrarle la plusvalía de una propiedad, siendo así que los cam
pesinos no tenían
más que muy pocas tierras, enclavadas en las tierras señoriales; y eso, por el contrarío, fortificó a
Nejludov en su resolución de ceder enteramente sus tierras a los mujiks
, en lugar de explotar el dominio
por su cuenta. Por
el examen de los libros y las palabras del escribiente adquirió, en efecto, la prueba de
que las dos terceras partes de sus campos seguían siendo cultivadas, como antes, por sus siervos de la
gleba con la ayuda de aparatos perfeccionados, en tanto que se
daba a los campesinos cinco rublos por
deciatina para cultivar la otra ter
cera parte. Dicho de otra manera, a cambio de cinco rublos, el
campesino tenía que labrar tres veces, arar igualmente tres veces y sembrar una deciatina; luego segar,
agaviIlar, tri
llar y ensacar, trabajo por el cual un obrero habría pedido por lo menos diez rublos por
deciatina. Además, se hacía pagar a los mujiks
, a un precio muy elevado, todo lo que les proporcionaba
la administración. Pagaban también con su trabajo el derecho de
pasto en los prados y en los bosques;
pagaban por las hojas de patatas y de cualquier manera siempre seguían siendo deu
dores de la
administración; por tanto, terrenos casi improducti
vos se les alquilaban a cuatro veces más de lo que su
valor podía proporcionar al cinco por ciento.
Nejludov sabía ya todo eso; pero se enteraba hoy como si fuera una cosa nueva y se asombraba de
que él y sus semejan
tes no viesen hasta qué punto era anormal ese estado de cosas. Por su pane, el
intendente se ingeniaba en demostrarle los in
convenientes y los peligros de su proyecto. Según él, habría
que dar por nada el material inventariado, por el que no ofrecían ni la cuarta parte de su valor; sin duda
alguna los campesinos estropearían la tierra y, en definitiva, ¿cuánto no
perdería él mismo? Pero todos
aquellos argumentos no hacian más que confirmar a Nejludov en la belleza del acto que iba a realizar
cediendo sus tierras a los campesinos y sacrificando así la mayor parte de su renta. Por eso quiso acabar
aquello antes de s
u marcha. Encargó, pues, al intendente que se ocupase, cuando hubiera partido, de
segar el trigo y venderlo, así como el mate
rial y las construcciones superfluas. Por el momento, le rogó
que reuniese al día siguiente a los campesinos de Kuzminskoie y de l
os pueblos de los alrededores para
que él mismo pudiera anunciarles su decisión y convenir con ellos el precio del arrendamiento.
Encantado de la firmeza que había opuesto a los argumentos del alemán y de su abnegación en
favor de los mujiks, Nejludov abandonó la oficina para dar una vuelta por la casa. Pasó a lo lar
go de los
parterres, descuidados este año, que se extendían ante la casa del administrador; atravesó la pista de
tenis, invadida por la achicoria silvestre; en la alameda de los tilos, donde
en otros tiempos iba a fumar
su cigarro, se acordó de una novelita de galanteo bosquejada tres años antes con la encantadora se
ñora
Kirimov. Cuando hubo combinado el plan del discurso que pronunciaría al día siguiente ante los mujiks
,
volvió a entrar para tomar el té con el intendente, adoptó rcon él las dis
posiciones completas para la
liquidación de la propiedad y, per
fectamente tranquilo, dichoso por el servicio que iba a prestar a los
campesinos, se dirigió a la habitación reservada para los huéspede
s de paso, que le estaba destinada en la
casa grande.
Era una habitación pequeña y limpia. En las paredes había colgadas vistas de Venecia y un espejo
colocado entre las dos ventanas; sobre una mesa, cerca de la cama de colchón de mue
lles, estaban
situado
s un jarro de agua, un vaso, cerillas y un apagavelas. Delante del espejo, sobre la gran mesa,
estaba abierta la maleta de Nejludov, que contenía el neceser y algunos libros: uno ruso,
Ensayos a
investigaciones sobre la ley de la criminalidad; uno alemán
sobre el mismo tema, y una obra inglesa. Se
había propuesto leerlos en los momentos libres, du
rante el examen de sus propiedades. Aquel día no
tenía ya tiem
po para eso y se disponía a acostarse a fin de estar dispuesto al día siguiente bien temprano
para sostener su conversación con los campesinos.
En un rincón había un viejo sillón de caoba con incrusta
ciones. La vista de aquel sillón, que había
amueblado en otros tiempos la alcoba de su madre, despertó en su alma un senti
miento muy inusitado.
Se sorpr
endió entristeciéndose por aquella casa que caería en ruinas, y aquel jardín que se quedaría
yermo, y aquellos bosques, que serían talados; todas aquellas dependen
cias, cuadras, establos, graneros;
aquellas máquinas, aquellos caballos y aquellas vacas, au
nque no hubiese sido él quien lo hubiese
establecido y conservado todo a costa de tantos esfuer
zos. Hacía un momento le parecía fácil renunciar a
aquellas pertenencias, pero ahora lo lamentaba; lamentaba incluso la pér
dida de las tierras, con su parte
d
e ingresos que pronto podían serle tan útiles. Llegó así a forjar numerosos argumentos para llegar a la
conclusión de que sería insensato ceder sus tierras a los campesinos y abandonarles la explotación de sus
bienes.
«Esas tierras no debo poseerlas; y, sin poseerlas, no puedo cuidarme de toda esta propiedad. Y voy
a irme a Siberia: por tanto, no tengo necesidad ni de casa ni de tierras», decía una voz en él mismo.
«Todo eso es verdad - respondía otra voz -, pero no vas a Siberia para toda la vida. Si te ca
sas, tal vez
ten
gas hijos. Tus propiedades lo fueron legadas en debida forma y debes dejarlas tal como están. Es muy
fácil abandonar, destruir, pero es muy difícil edificar. Te hace falta sobre todo pensar en el porvenir de
tu vida, en lo que harás de ti,
y regular sobre estas bases la cuestión de tus bienes. ¿Y es completamente
definitiva tu decisión? Y otra cosa aún: ¿obras así verdadera
mente pare satisfacer tu conciencia o no es
más bien pare poder jactarte de ello ante otros hombres?»
Nejludov se planteaba esta pregunta y se veía obligado a re
conocer que la opinión de otros, el
pensamiento de lo que di
rían de él, influían en su decisión. Y cuanto más reflexionaba en aquello, más
numerosas se le presentaban las preguntas y más insolubles se hacían.
Pare evadirse de aquello, se acostó en la limpia cama y tra
tó de dormirse, con la esperanza de que al
día siguiente, con la cabeza tranquila, esas preguntas tan complicadas se resolve
rían por sí soles. Pero el
sueño tardó en venir. Las ventanas entreabier
tas al aire vivo de la noche dejaban pasar los rayos de la
luna, el croar de las ranas, el canto de los ruiseñores en el fondo del parque; uno de éstos incluso cantaba
muy cerca, bajo las ventanas, en un bosquecillo de lilas. Y su canto, y el croar de las
ranas, le recordaron
la música de la hija del direc
tor; al acordarse del director, se acordó de Maslova. Y el mismo croar
evocó en él la manera como los labios de la presa tembla
ban al decirle: « ¡Hay que dejar eso! » Y fue el
intendente ale mán el que s
e hundía en el estanque de las ranas y al que hacía falta recoger. En lugar de
ello, se había convertido súbitamente en Maslova y gritaba: « ¡Yo soy una forzada; tú, un príncipe!»
«No-se dijo Nejludov-, no cederé.» Y se despertó preguntándose: «Lo que h
ago, ¿está bien o está
mal? ¡No sé nada y poco me importa! Sólo hace falta dormir.» A continuación sintió que se hundía a su
vez en el mismo sitio adonde habían bajado el intendente y Maslova, y todo se desvaneció.
II
Eran las nueve cuando Nejludov se
despertó a la mañana siguiente. Al primer ruido que hizo, el
joven escribiente destinado a su servicio le trajo sus botines, que nunca habían estado tan relucientes;
puso también a su alcance un cántato lleno de agua fresca y clara de manantial y le comun
icó que los
campesinos empezaban a reunirse. Nejludov saltó de la came y se acordó de los acontecimientos de la
víspera. Ya no quedaba en él ninguna de sus vacilaciones en lo relativo a ceder sus tierras, y estaba
sorprendido de haber tenido aque llos pens
amientos. Se alegraba ahora de tener que ejecutar aquel acto,
que lo hacía sentirse no solamente dichoso, sino complacido consigo mismo.
Desde su ventana distinguía el césped de la pista de tenis, invadida por las achicorias silvestres y
donde, a indicaci
ón del intendente, se agrupaban los campesinos. Las ranas no habían croado sin motivo
la noche anterior: el tiempo había cambia
do. Nada de viento, pero una llovizna menuda y tibia que caía
desde por la mañana y se suspendía en gotitas de las hojas, de las
ramas y de las hierbas. Un olor a
verdura y a tierra sedienta de lluvia penetraba por la ventana entreabierta. Nejlu
dov miraba la llegada
sucesiva de los mujiks
al césped, el modo como se quitaban su gorro o su gorra uno tras otro, formaban
en círculo y hablaban, apoyados sobre sus bastones.
El intendente, un hombre grueso y membrudo, con chaque
tilla de cuello enterizo y de color verdes
con enormes botones, penetró en la habitación. Anunció a Nejludov que la concurren
cia estaba
completa, pero que no hab
ía necesidad de que se diesa prisa en dirigirse allí; podia antes tome su café o
su té, puesto que las dos cosas se las habían preparado ya.
- No, gracias; primero voy a verlos - replicó Nejludov.
Y, a punto ya de hablar con ellos, experimentaba un sentim
iento inesperado de timidez y de
vergüenza.
El deseo que aquellos campesinos habían considerado siempre como un sueño, iba a ejecutarlo en
provecho de ellos. Es
taba dispuesto a cederles a bajo precio todas las tierras del pueblo, a ofrecerles ese
bienestar. Y sin embargo, experimen
taba como una especie de desazón. Cuando estuvo cerca de ellos y
todos se hubieron destocado delante de él y vio al des
cubíerto sus cabezas rubias, rizadas, calvas o
grises, la turbación que se apoderó de él le impidió hablar
durante un largo rato. La fina lluvia
continuaba cayendo, depositando gotitas sobre los cabellos y las barbas y sobre los pelos de los cafta
nes.
Los mujiks clavaban los ojos en el barin
, en espera de lo que éste iba a decir, en tanto que él mismo
estaba demasiado turbado para hablar.
El intendente se decidió a romper aquel silencio penoso; plácido y seguro de sí mismo, aquel
alemán hablaba muy bien el ruso y se vanagloriaba de conocer a fondo al mujik
. Los dos, él, fuerte y
grueso, y, al lado, Nejludov, of
recían un contraste impresionante con los rostros arrugados y los flacos
cuerpos de los campesinos perdidos en sus caftanes.
- He aquí que el príncipe quiere haceros bien. Quiere cederos las tierras, aunque no os lo merecéis --
dijo el intendente.
- ¿Por
qué no nos lo merecemos, Vassili Carlitch? ¿No hemos trabajado para ti? Estábamos muy
contentos con la di
funta princesa, ¡que el Señor le conceda el reino de los cielos!, y en cuanto al joven
príncipe, gracias le sean dadas y que no nos abandone - respondió un pequeño mujik pelirrojo y locuaz.
- Para esto os he convocado: si queréis, os cederé todas mis tierras - dijo Nejludov.
Mudos, los campesinos parecían no comprender aquellas palabras o no creer en ellas.
- ¿Y en qué sentido, por decirlo así, nos cede las tierras? -preguntó por fin un mujik
de edad
mediana, vestido con una casaca.
- Os las arrendaré para que vosotros os beneficiéis de ellas por un precio módico.
- ¡Bonito negocio! - murmuró un viejo.
- Con tal que el precio esté a nuestro alcance... - opinó otro.
'-¿Y por qué no aceptar la tierra?
- Eso lo sabemos: ¡es la tierra la que nos da de comer! -
Y pare usted será más tranquilidad. No
tendrá que hacer más que recibir el dinero, en tanto que ahore, ¡cuántas molestias! - dijeron varias voces.
- Vosotros tenéis la culpa - declaró el alemán -
. Lo que teníais que hacer es trabajar y mantener el
orden.
- Pero eso no es fácil pare nosotros, Vessili Carlitch - replicó un flaco anciano de puntiaguda nariz -
.
Tú nos reprochas haber dejado ir el caballo a
l campo de trigo. Pues bien, yo que trabajo todo el día, un
día largo como un año, manejando todo el tiempo la hoz u otra cosa, ¿qué más natural, cuando la noche
llega, que se quede uno dormido2 Y he aquí que si el caballo se escapa a tu campo, es a mi a q
uien le
arrancas la piel.
- Es obligación vuestra tener más orden.
- Eso del orden es fácil de decir. Pero nosotros no podemos hacer lo imposible - respondió un mujik
de alta estatura, con el cráneo y el rostro todo negro de pelos.
- Os he dicho muchas veces que pongáis vallas en vuestros campos.
- ¡Danos tú la madera! - dijo un hombrecillo seco, escondido detrás de un grupo -
. E1 verano pasado
quise hacer una valla y corté un árbol; y me enviaste durante tres meses a alimentar mis piojos en la
cárcel. ¡He ahí lo que son tus vallas!
- ¿Qué dice? - preguntó Nejludov.
- Der erste Dieb im Dorfe ( El ladrón de la aldea) - respondió el intendente en alemán -
. Todos los
años tala nuestros árboles. - Y, volviéndose hacia el campesino -: Eso te enseñará a respet
ar la propiedad
del prójimo.
- ¿Pero es que no te respetamos? - replicó un viejo -
. Nos vemos obligados a ello porque nos tienes
en tus manos y nos retuerces como al cáñamo.
- ¡Vamos, hermanos! Nunca se os maltrata si no maltratáis vosotros a los demás.
-
¡Sí, maltratarte! Este verano me rompiste la boca, y no, pasó nada. Al rico no le forman proceso,
es evidente.
- No tienes más que comportarte conforme a la ley.
Aquello era, evidentemente, un torneo de palabras en que los campeones no tenían objetivo alg
uno
y no sabían siquiera por qué discutían. Se notaba solamente, por un lado, la cólera contenida por el
terror; y por el otro, la conciencia de la su
perioridad y de la fuerza. Apenado por tener que oír aquella
conversación, Nejludov trató de enderezar la
díscusión hacia el tema principal: establecer los precios y
las fechas de pago.
-
Bueno, ¿qué decidís respecto a la cesión de mis tierras? ¿Estáis de acuerdo? ¿Y qué precio
ofrecéis para arrendarlas?
- La mercancía es de usted: es usted quien tiene que fijar el precio.
Nejludov les propuso uno mucho más inferior al que se pagaba corrientemente, lo que no les
impidió regatear y en
contrarlo demasiado caro. Él había pensado que acogerían su propuesta con
entusiasmo, pero no vio manifestarse en ellos satisfac
ción alguna. Ésta existía no obstante, y Nejludov
tuvo la prueba casi cierta de que consideraban su propuesta como una excelente ganga. En efecto,
cuando se trató de saber si tomarían en arriendo las tierras toda la comunidad o solamente un grupo de
campes
inos, se entabló una discusión muy viva entre los que querían excluir a los débiles y a los malos
paga
dores y aquellos a los que se quería excluir; por fin, tras la intervención del intendente, se fijaron el
precio y los plazos de pago. Los mujiks se retiraron hablando con animación, y Nejlu
dov volvió a la
oficina para redactar con el intendente el proyecto de contrato.
Así, pues, todo se arregló como había deseado y esperado Nejludov. Los campesinos tenían la tierra
con un treinta por ciento menos que e
n cualquier sitio de los alrededores, y, si sus rentas se veían así
reducidas a la mitad, todavía seguían siendo respetables, sobre todo con lo que iba a producir la venta de
la madera y del material. Todo, pues, parecía perfecto, y sin embargo Nejludov s
e sentía desazonado:
había creído ver que, a despecho de las palabras de gratitud de algunos, los muliks
parecían
descontentos, como si hubiesen esperado algo más. Resultaba, pues, que él mismo se había privado de
un gran provecho sin otorgarles sin embargo los beneficios que ellos esperaban.
A la mañana siguiente, habiendo sido firmado el contrato, los ancianos de pueblo acompañaron en
su regreso a Nejludov. Éste, que tenía el sentimiento desagradable de que dejaba de
trás de él algo
inacabado, subió al elegante coche del inten
dente, como lo había calificado el cochero la antevíspera, y
partió hacia la estación, después de haberse despedido de los mujiks
, que meneaban la cabeza con aire
descontento. Y él también, sin saber por qué, se sentía descontento, triste y casi avergonzado.
III
Desde Kuzminskoie, Nejludov se dirigió a la propiedad legada por sus tías, aquella misma donde
había cono
cido en otros tiempos a Katucha. También aquí, como en Kuzminskoie, quería ponerse de
acuerdo con los campesinos p
are cederles sus tierras; y, al mismo tiempo, contaba con informarse lo más
exactamente posible sobre Katucha y su hijo. ¿Había muerto éste verdaderamente? ¿Cómo?
Llegó temprano a Panovo. Primeramente, al entrar en el patio, se sintió impresionado por el a
bandono
de todas las construcciones y sobre todo por la vieja vivienda. El tejado de hierro, otrora pintado en
verde, estaba rojo de herrumbre y en muchos sitios levantado por el viento. En algunos puntos, donde
era más fácil, habían robado las planchas qu
e recubrían las paredes, y de éstas salían, grandes clavos
herrumbrosos. Las dos escalinatas, la de delante y principalmente la de atrás, que era la que estaba más
clavada en su recuerdo, se hallaban podridas, en ruinas, y no quedaba de ellas más que el e
squeleto; en
algunas ventanas había tablas que reemplazaban a los cris
tales; en el interior, todo estaba sucio y
húmedo, desde el ala donde se alojaba el administrador, haste las cocinas y las cuadras. Sólo el jardín
había escapado a aquel ambiente de desolación: había crecido con toda libertad y estaba lleno de flo
res.
Detrás del seto, Nejludov veía, como una cortina de grandes nubes blancas, las ramas floridas de los
cerezos, de los manzanos y de los ciruelos. El macizo de lilas estaba florido del mism
o modo que doce
años antes, el día en que Nejludov, jugando en persecución de Katucha, que entonces tenía dieciséis
años, había caído delante de aquel macizo y se había pinchado con las ortigas del foso. Un alerce,
plantado cerca de la casa por Sofía Ivano
vna y que Nejludov había visto de la altura de una estaca, se
había convertido en un gran árbol y estaba revestido de un musgo aterciopelado, verde y amarillo El río
fluía entre sus orillas, espumeando ruidosamente en la esclusa del molino. Y más allá del
curso de agua,
el ganado disperso del pueblo pasaba en rebaños por la graders.
El administrador, un seminarista que no había terminado sus estudios, salió sonriendo al encuentro
de Nejludov. Sonriendo, lo invitó a entrar en la oficina, y siempre con la mi
sma sonrisa, que parecía
prometerle algo extraordinario, desapareció detrás de un tabique. Nejludov oyó cuchichear algunas
votes, y luego todo calló.
El cochero que había traído a Nejludov volvió a partir con un tintineo de cascabeles, después de
haber recibido su propina. Un gran silencio reinaba alrededor de la casa. En una rá
pida carrera pasaron
ante la ventana primeramente una mucha
cha descalza vestida con una camisa bordada; luego, detrás de
ella, un mujik calzado con grandes bolas.
Nejludov se sent
ó cerca de la ventana y se puso a mirar y a escuchar. El soplo fresco de la
primavera, que levantaba sus cabellos sobre la frente humedecida por el sudor, y al mis
mo tiempo los
cuadrados de papel colocados sobre el alféizar de la ventana, le traía un olor
sano de tierra recién
removida. Procedente del río se escuchaba el ruido cadencioso de las galas que golpeaban la ropa y el
sonido que se extendía sobre la superficie de agua de la esclusa, y todavía, en el hondón del molino, la
caída regular del agua; y
al mismo tiempo, con un bordoneo asustado, una mosca pasó cerca de su oído.
Nejlu
dov se acordó hasta qué punto en otros tiempos, cuando aún era joven e inocente, le gustaba oír
aquel ruido de las galas sobre la ropa mojada, y aquella caída regular de la e
sclusa; cómo entonces la
brisa primaveral venía a levantar sus cabe
llos sobre la frente mojada y levantaba también los cuadrados
de papel sobre el alféizar tallado de la ventana y cómo ya entonces una mosca había pasado zumbando
cerca de su oído; y no sólo su pensamiento le representaba a aquel mismo ado
lescente que él había sido,
sino que de nuevo se sentía fresco, puro, capaz de realizar las cosas más bellas, como lo había sido a los
dieciocho años. Pero al mismo tiempo sentía la ilusión propia de los
suéños, y una profunda tristeza le
invadía.
- ¿A qué hora quiere usted que le sirvan la comida? - le preguntó el administrador sonriendo.
- Cuando usted quiera. No tengo hambre. Primeramente voy a dar una vuelta por el pueblo.
- ¿No querría usted entrar antes en la casa? Dentro, todo está en orden. Ya que en el exterior...
- No, después. Y ahora, dígame, se lo ruego, ¿hay aquí una mujer que se llama Matrena Jarina?
Era la tía de Katucha.
- Sí, está aquí, en el pueblo. Buenos quebraderos de cabeza me da. Es
ella quien tiene la taberna. Por
más que la reprendo y la amenazo con un proceso si no paga, en el último momento, me da lástima.
Pobre vieja. Y además tiene mala suerte -
dijo el administrador con aquella sonrisa en la que se
manifestaban el deseo de ser amable con su dueño y la se
guridad de que éste estaba tan versado como él
en los negocios.
- ¿Y dónde vive? Quiero it a verla.
-
Al otro extremo del pueblo, la tercera casa antes de la última. Después de una casa de ladrillos que verá
usted a la izquierda, está su taberna. Por lo demás, ¿quiere usted que lo lleve? -
dijo el administrador con
una alegre sonrisa.
-
No, gracias, ya la buscaré yo. Mientras tanto, le ruego que reúna a los campesinos delante de la
casa para que pueda hablarles a propósito de las tierras -
dijo Nejludov con la intención de concluir con
los mujiks aquella misma tarde si era posible, mediante acuerdos análogos a los que había con
certado en
Kuzminskoie.
IV
En el sendero trazado a través de la pradera, Nejludov se encontró con la
misma joven campesina de
camisa bordada y delantal abigárrado a la que había visto pasar un momento antes corriendo ante la
casa. Volvía del pueblo, corriendo siempre a paso vivo con sus grandes pies descalzos. Su mano
izquierda, colgante, marcaba la caden
cia de su carrera; con la mano derecha apretaba enérgicamente
sobre el vientre un gallo rojo que balanceaba su cresta purpú
rea y que, tranquilo en apariencia, no cesaba
de mover los párpados, de extender o de recoger debajo de él una de sus negras patas o
de pegar sus
espolones al delantal de la joven campesina. Ésta aflojó el paso al acercarse al barin
, se detuvo al llegar
a su altura y echó atrás la cabeza para saludarlo; y solamente cuando él se hubo alejado ella reanudó su
carrera en compañía de su gal
lo. Cerca del pozo, Nejludov encontró a una vieja de encorvada espalda
que caminaba llevando dos cubos llenos de agua. Dejando los cubos en el suelo con mucha precaución,
la vieja le saludó con aquel mismo movimiento de cabeza.
Pasado el pozo, empezaba el pueblo. El día era claro y cáli
do; a las diez de la mañana hacía ya un
calor bochornoso, y las nubes que se amontonaban velaban de vez en cuando el sol. A lo largo de la
calle, un olor a estiércol, agrio y picante, pero no desagradable, emanaba de los ca
rros que subían la
cuesta y de los montones formados en los patios, cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Detrás de
los carros, los mujiks, descal
zos, con las camisas y los pantalones manchados de estiércol, miraban con
curiosidad a aquel barin alto y vigoroso, de sombre
ro gris, cuya cinta de seda espejeaba al sol y que
subía por la calle del pueblo dando golpecitos a cada paso con su bastón nudoso con puño de plata. Los
campesinos que volvían de los campos se removían sobre el asiento de su carro
s vacíos, se quitaban sus
gorros y examinaban con sorpresa a aquel hom
bre extraordinario que iba avanzando. Para verlo, las
mujeres salían a las puertas y, señalándolo, lo seguían con los ojos. En la cuarta puerta, Nejludov hubo
de detenerse, a la salida de un patio, para dejar salir a una carreta muy alta cargada de estiér
col sobre el
cual habían colocado una esterilla para que sirviera de asiento. Un niño de seis años, esperando la
ocasión para trepar a lo alto de la carreta, caminaba detrás de ella con
el rostro resplandeciente. Un joven
mujik
calzado con botas de fieltro estaba ocupado en hacer salir unos caballos a la calle. Un potrillo gris
azulado, alto de patas, franqueó la puerta; pero, asustado al ver a Nejludov, se arrimó a la carreta,
golpeándose las patas contra las ruedas, y se precipitó hacia su madre, engan
chada al mismo carro, la
cual, inquieta, relinchó dulcemente. Otro carro era conducido por un viejo delgado que aún se man
tenía
bien derecho; iba descalzo, vestido con un pantalón a raya
s y una blusa larga y sucia que dibujaba por
detrás el arco saliente de su columna vertebral.
Cuando por fin los vehículos se encontraron en la calle sem
brada de restos de estiércol seco, el viejo
volvió hacia la puerta y se inclinó ante Nejludov.
- Sin duda es usted el sobrino de nuestras señoritas, ¿no?
- Sí, sí.
- ¡Bienvenido! ¿Ha venido usted a vernos? - prosiguió el campesino, a quien le gustaba hablar.
- Sí, sí... Y vosotros, ¿cómo vivís? - preguntó Nejludov, no sabiendo qué decir.
- ¡Vamos! ¡Hablar de nuestra vida! ¡De lo más miserable! -
respondió el viejo locuaz, pareciendo
hallar placer en decirlo.
- ¿Y por qué miserable? - preguntó Nejludov franqueando la puerta cochera.
- ¡Sí, de lo peor! - dijo el viejo, siguiendo a Nejludov bajo un tejadillo d
onde el suelo estaba limpio
de estiércol-. Mire usted. Aquí, en mi casa, tengo doce almas -
prosiguió, señalando a dos mujeres que,
habiéndose arrezagado las mangas de sus camisas y sus fáldas hasta por encima de las rodillas, dejaban
ver las pantorrillas manchadas de estiércol, y se man
tenían en pie, con la horca en la mano, sobre lo que
quedaba del montón de fiemo -
. Todos los meses tengo que comprar seis libras de harina; ¿y dónde
tomarlas?
- ¿Es que no tienes harina suficiente?
- ¿De la mía? - exclamó el viejo sonriendo con desdén -
. Tengo tierra para tres almas. En Navidad,
toda la provision está ya consumida.
- Pero entonces, ¿qué hacéis?
-
Uno se las arregla: no queda más remedio. Tengo un hijo en el servicio. Además, tomamos anticipos
en casa de vue s
tra señoría, pero ya hemos cogido todo antes de la Cuaresma. Y los impuestos todavía no
están pagados.
- ¿Cuánto son los impuestos?
- Diecisiete rublos cada plazo, nada más que por la casa.
¡Ah, Dios mío, una vida que ni siquiera sabe uno cómo valerse!
- ¿No podría entrar en vuestra isba? - preguntó Nejludov.
Al mismo tiempo avanzaba por el patio y pisaba la capa de estiércol de azafranado color amarillo y
de violento olor que la horca no había removido aún.
- Está bien, entre - respondió el viejo.
Luego
, con un movimiento rápido de sus pies descalzos entre cuyos dedos corría un líquido
amarillento, se adelantó a NejIudov y le abrió la puerta de la isba.
Sin dejar de ajustarse sus pañolones y bajarse las faldas, las mujeres miraban con temerosa
curiosidad a aquel elegante barin, tan limpio, con sus gemelos de oro, que entraba en sus casas.
Dos niñitas salieron corriendo de la isba; Nejludov se aga
chó, se quitó el sombrero y penetró en el
zaguán y luego en la habitación, estrecha y sucia, impregnada de un
agrio tufillo a cocina. Cerca del
fogón, una mujer anciana, arremangada, dejaba ver sus desnudos brazos, flacos y curtidos.
- Es nuestro barin, que viene a visitarnos - le dijo el viejo.
- Pues bien, dignese entrar - dijo la vieja con afabilidad, echándos
e inmediatamente para abajo los
puños de la camisa.
- He querido ver un poco cómo vivíais - dijo Nejludov.
- ¡Ya puedes ver cómo vivimos! - respondió con atrevi
miento la vieja, sacudiendo nerviosamente la
cabeza-. La isba está a punto de desplomarse, y es
seguro que matará a alguien. Pero el viejo opina que
está bien. Y así vivimos y reventamos - dijo la vieja con amargura -
. Mira, voy a reunir a la gente de la
casa para la comida; tengo que dar de comer a los trabajadores.
- ¿Y qué vais a tomar de comida?
- ¿Que qué vamos a tomar? ¡Oh, podemos darnos por satisfechos! Primer plato: pan y kvass
(Bebida
fermentada hecha con harina de trigo y de centeno. - N. del T.); segundo plato: kvass y pan.
Ella se echó a rear, abriendo de par en par su boca desdentada.
- No, sin bromas; enseñadme lo que vais a comer hoy.
- Comer - dijo el viejo riendo -. Nuestra comida no tiene nada de complicada. ¡Enséñasela, vieja!
La mujer meneó de nuevo la cabeza.
- Se te ha ocurrido la idea de venir a ver nuestra comida de mujiks. ¡Ah, eres un barin
curioso, ya lo
veo; quieres saberlo todo! Pues bien, ya te lo he dicho: vamos a comer pan y kvass y luego stchi
(Sopa
de coles con carne, pero la gente humilde reemplaza la carne por el pescado.-
N. del T.), porque nuestras
mujeres han traído unos pescaditos; y después de eso, patatas.
- ¿Y eso es todo?
- ¿Qué más quieres? Le daremos color el stchi con un poco de leche -
respondió la vieja sonriendo
con aire astuto, dirigidos los ojos hacia la entrada.
La puerta se había quedado abierta.
E1 zaguán estaba lleno de gente: niños, jovencitas, mujeres con
recién nacidos agarrados al seno; y toda aquella multitud amontonada miraba al extravagante barin
que
quería enterarse de lo que comían los mujiks. Y la vieja sonreía, evidentemente con mali
cia, porque se
sentía muy orgullosa de su manera de recibir a un barin.
- Sí, puede decirse que es una pobre vida la nuestra - insistió el viejo-
. ¡Bueno!, ¿qué queréis
aquí?-gritó a los curiosos que se estacionaban a la puerta.
- ¡Ahora, adiós! - dijo N
ejludov, experimentando un poco de malestar y de vergüenza, sin saber
definir el motivo.
- Gracias humildemente por su visita - dijo el viejo.
En el zaguán, la multitud se apartó para dejar pasar a Nejlu
dov. Pero una vez en la calle y resuelto a
continuar
su paseo, se fijó en dos chiquillos, descalzos, que lo seguían. El mayor llevaba una camisa
sucia, blanca en otros tiempos; el otro, fla
cucho, tenia una camisa rosa descolorida. Nejludov se volvió
hacia ellos.
- ¿Y adónde vas ahora? - le preguntó el chiq uillo de la camisa blanca.
- A casa de Matrena Jarina - respondió Nejludov -. ¿La conocéis?
El más pequeño, el de la camisa rosa, se echó a reír. El otro respondió con gran seriedad:
- ¿Qué Matrena? ¿Es vieja?
- Sí, es vieja.
-¡Ah! Entonces debe de ser Sem
enija, que vive al extremo del pueblo. Nosotros lo guiaremos.
¡Vamos, Fedia, guiémoslo!
- ¿Y los caballos, entonces?
- ¡Bah, eso no importa!
Habiendo accedido Fediá, los tres empezaron a subir por la larga calle del pueblo.
V
Nejludov se sentía más a sus anchas con aquellos dos chiquillos que con las personas mayores, y
charlaba con ellos mientras seguía caminando. El más pequeño, el de la camisa rosa, no reía ya y
hablaba con tanta inteligencia y discernimiento como el mayor.
- Bueno, ¿quién es el más pobre del pueblo? - preguntó Nejludov.
- ¿El más pobre? Mijail es pobre, y luego Semion Makarov; está también Marfa, que es muy pobre.
- Y Anissia lo es más todavía. Anissia ni siquiera tiene vaca. Pide limosna -
recalcó el pequeño
Fedia.
- Es verdad que no tiene vaca - replicó el de más edad -
, pero en casa de ella no son más que tres,
mientras que en casa de Marfa son cinco.
- Sí, pero Anissia es viuda - insistió el pequeño.
- Dices que Anissia es viuda; pero Marfa es como si lo fuera también. Tampoco ella tiene a su
marido.
- ¿Y dónde está su marido? - preguntó Nejludov.
- Alimenta sus piojos en la cárcel - respondió el mayor, empleando la expresión acostumbrada.
- El verano pasado cortó dos chopos en el bosque del señor; entonces lo metieron en la cárcel -
se
apresuró a decir Fedia -. Hace ya seis meses que está allí, y su mujer pide li
mosna. Tiene tres hijos, y
además su madre, que es muy vieja - añadió con aire de persona mayor.
- ¿Y dónde vive?
- Ésa es su casa - dijo el niño, señalando al borde del
sendero que seguían una isba ante la cual se
balanceaba con esfuerzo sobre sus arqueadas piernecitas un niñito muy pequeño de rubia cabeza.
- Vasska, bribonzuelo, ¿quieres entrar de una vez? - gri
tó desde la casa una mujer joven aún, vestida
con una camisa y una falda tan sucias, que parecían cubiertas de cenizas.
Con aire espantado a la vista de Nejludov, se lanzó a la calle, cogió a su hijo y se lo llevó a la isba.
Se habría dicho que temía para él algo por parte del barin.
Era la mujer cuyo marido est
aba en la cárcel desde hacía seis meses por haber cortado dos chopos
en los bosques de Nejludov.
- Bueno, ¿y Matrena, también ella es pobre? - preguntó a medida que se acercaban a su isba.
- ¿Cómo va a ser pobre? ¡Vende bebidas! - replicó con tono resuelto el chiquillo de la camisa rosa.
Ante la isba de Matrena, Nejludov se despidió de sus dos guías, entró en el vestíbulo y pasó a la
habitación contigua, que no tenía más de dos metros de anchura, por lo que un hombre demasiado alto
no habría podido tenderse en el lecho que se encontraba detrás de la estufa.
«En esta misma cama - pensaba -, Katucha ha dado a luz y ha estado mucho tiempo enferma.»
Casi toda la habitación donde había entrado, tropezando con la cabeza en la baja puerta, estaba
ocupada por un bas
tidor de tejer que la vieja acababa de poner en orden con ayuda de la mayor de sus
nietas. Otras dos nietecillas suyas corrieron a la isba en seguimiento del barin
y se detuvieron a la
puerta, apoyándose en las jambas con las manos.
- ¿Qué quiere usted? -
preguntó con malhumor la vieja, irritada porque el negocio no marchaba
bien, y siempre dispuesta, en su calidad de tabernera, a desconfiar de los desconocidos.
- Soy el propierario. Querría hablar contigo.
La vieja miró primero en silencio, examinándolo con atención. Y de pronto su rostro se iluminó.
-
¡Ah, eres tú, pichoncito mío! Y yo, vieja bestia, que no te reconocía. Y me decía: seguramente es un
forastero cualquiera. ¡Y resulta que eres tú, mi halcón radiante! -
exclamó ella esforzándose en que la
voz le saliera amable.
- Quisiera hablarte a solas -
dijo Nejludov, señalando en dirección a la puerta, que se había quedado
abierta, y donde estaban los niños y una mujer joven y flaca que llevaba un pe
queño ser vestido de
andrajos remendados, de rostro azulenco, sobre el cual el sufrimiento imprimía una especie de sonrisa.
- ¿Qué tenéis que ver aquí? ¡Esperad a que coja la muleta! - gritó Matrena volviéndose hacia ellos -
.
¡Cerrad la puerta, vamos!
Los niños se eclipsaron, y la mujer se alejó con el suyo, tirando de la puerta tras ella.
- ¡Y yo que me preguntaba que quién sería! ¡Y era mi guapo barin
en persona, mi joya de oro que
una querría estar vien
do siempre! ¡Y he aquí dónde ha entrado! ¡No lo ha tenido a menos! ¡Ah, mi
diamante! Siéntate por aquí, excelentísimo, allí, en el banco -
prosiguió ella después de haber limpiado
cuidadosamente, con su delantal, el banco que se encontraba en el sitio de honor, bajo los iconos -
. Y yo
que pensaba: ¿Quién diablos está ahí? ¡Y he aquí que es él, su excelencia en persona, mi barin
, mi
bienhechor, nuestro padre nutricio! ¡Perdóna me! ¡Vieja tonta, me he quedado ciega!
Nejludov se sentó. Delante de él, la vieja permanecía en pie, la mano derecha bajo la barbilla y el
puntiagudo codo del brazo derecho sostenido por la mano izquierda. Y prosiguió con voz cantarina:
-
¡Ay, qué viejo te has vuelto, excelencia! ¡Tú eras antes tan guapo, y ahora hay que ver cómo estás!
Por lo que veo, son también tus preocupaciones.
- Por mi parte, he venido a preguntarte si te acuerdas de Katucha Maslova.
-
¿Catalina? ¿Cómo no acordarme de ella? Es mi sobrina. ¿Cómo no acordarme? ¡Cuántas lágrimas
me ha hecho derra
mar! Y es que yo sé todo lo que pasó. Bueno, padrecito, ¿quién no ha pecado contra
Dios y quién no está en falta con el
zar? Es también la juventud; y el té, y el café que se ha bebido. Y
entonces, el Impuro viene y lo estropea todo. Y es que es muy fuerte. Luego, ¿qué hacer? Porque si tú la
hubieses abandonado, pero, ¡cómo la recompensaste! ¡Le regalaste un billete de cie
n rublos! ¿Y qué
hizo ella? Imposible hacerla atenerse a razones. Tan dichosa como seria si me hubiese escuchado. Por
más que sea mi sobrina, te lo diré francamente: ¡es una muchacha sin principios! Podía haber estado
muy bien en el puesto que le busqué. P
ero no, no quiso someterse; insultó a su amo. ¿Es que nosotras
tenemos derecho a insultar a nuestros amos? Entonces la despidieron. Y tampoco quiso continuar en un
puesto muy bueno que le salió en casa del guarda forestal.
-Quería preguntarte a propósito del niño. Ella dio a luz aquí, desde luego. ¿Dónde está el niño?
-
¿El niño, padrecito? Ya me encargué yo bien de arreglar las cosas. Ella estaba muy enferma; no creían
que pudiese escapar con vida. Entonces hice bautizar convenientemente a la criatura y l
o envié luego a
un hospicio. ¿Para qué dejar que se consumiese aquel angelito, puesto que la madre se moría? Otras se
comportan de una manera distinta: retienen al niño, no pueden alimentarlo y el pobrecito se muere. Pero
yo me dije: tengo que hacer un esf
uerzo; voy a enviarlo al hospicio. Como tenía dinero, pude mandarlo
allí.
- ¿Tenía un número?
- Claro que lo tenía. Pero murió inmediatamente. Ella me dijo que, apenas llegado al hospicio, murió.
- ¿Quién es ella?
- Aquella mujer que vivía en Skorodnoie. Era su profe
sión. Se llamaba Melania; pero ahora ha
muerto. Una mujer muy inteligente. Fíjate lo que hacía: cuando le llevaban un niño, en lugar de
conducirlo inmediatamente al hospicio, lo retenía en su casa y luego lo alimentaba. Cuando le traían
otro, l
o retenía también. Así esperaba hasta tener tres o cuatro para llevarlos todos juntos al hospicio. En
su casa todo estaba organizado con mucho talento: ella tenía una gran cuna, como una cama de
matrimonio, donde podía acostarse uno de largo y de costado.
Pues bien, ella los acostaba a los cuatro,
las cabezas bien se
paradas, para que no se diesen golpes, y las piernas recogidas en pañales. Y de ese
modo los llevaba a todos a la vez. Les ponía biberones en sus boquitas y los pobrecillos no protestaban.
- ¿Y qué pasó?
-
Retuvo así también al hijo de Catalina. Pero a éste no lo conservó más de quince días en su casa y
allí le cogió la enfermedad.
- ¿Era un niño hermoso?
- ¡Oh, un niño tal que no podía haberlo mejor! ¡Tu vivo retrato! - añadió la vieja guiñando s
us
arrugados ojos.
- ¿Y por qué enfermo? ¿Le dieron mal de comer?
- Nada de eso. No fue más que la extrañeza. Se compren
de, no era hijo suyo. ¡Con tal de poderlo
llevar con vida hasta el hospicio! Me dijo que apenas llegado a Moscú, murió. Ella trajo un c
ertificado:
todo estaba en regla. Era una mujer que tenía muy buena cabeza.
Y Nejludov no pudo enterarse de más detalles respecto a su hijo.
VI
Después de haber tropezado de nuevo dos veces con la cabeza en las puertas de la isba, Nejludov
salió a la c
alle, donde lo aguardaban los dos chiquillos. Otros niños se habían unido a ellos, y también
mujeres; entre ellas estaba la desgraciada que llevaba un niñito macilento cubierto de harapos
remendados.
Éste continuaba sonriendo, con una sonrisa de toda su cari
ta de viejecillo, y no cesaba de mover sus
grandes dedos engarfiados.
Nejludov comprendía que era la sonrisa del sufrimiento, y preguntó quién era aquella mujer.
- Es Anissia, de la que te he hablado - dijo el mayor de los chiquillos.
Nejludov se volvió hacia ella.
- ¿Cómo vives? ¿De qué te alimentas? - le preguntó.
- ¿Que cómo vivo? De lo que me dan - respondió Anissia.
Y se echó a llorar.
El rostro del niño envejecido se había dilatado en una son
risa, y sus delgadas piernas se retorcían
como gusanos.
Nejludov sacó su cartera y dio diez rublos a la mujer. No había andado dos pasos cuando lo abordó
otra mujer con un niño, y luego otra mujer. Todas proclamaban su miseria y so
licitaban un socorro.
Nejludov distribuyó entre ellas sesenta rublos en billete
s pequeños que llevaba consigo; y, con un
profundo sentimiento de tristeza, regresó a la casa, o, más bien, al ala habitada por el administrador.
Éste salió a su encuentro con su inalterable sonrisa y le anunció que los campesinos se reunirían por
la tarde
. Nejludov le dio las gracias y, sin penetrar en el interior, fue a pasearse por el jardín, por los
viejos senderos invadidos por la hierba y alfombrados con blancas flores de los manzanos, meditando en
lo que había visto.
Todo estaba tranquilo; pero, poco después, oyó en el aloja
miento del administrador dos voces de
mujeres irritadas que querían hablar a la vez, y de cuando en cuando se mezclaba 1a voz tranquila del
administrador. Nejludov aguzó el oído.
- ¡Esto es superior a mis fuerzas! ¿Es que quieres arran
carme entonces hasta la cruz que llevo al
cuello? - decía una voz indignada de mujer.
- ¡Pero ella no entró en el campo más que un momento! - decía otra voz -
. ¡Devuélvemela, lo digo!
¿Por qué haces sufrir al animal y a los niños que están sin leche?
- Paga, con dinero o con trabajo - respondió la voz plácida del administrador.
Nejludov abandonó el jardín y se acercó a la escalinata, cer
ca de la cual había dos mujeres
desgreñadas, una de ellas a punto de ser madre. En los escalones, las manos en los bolsi
llos de su abrigo
de tela gruesa, estaba en pie el administrador. Al distinguir al barin
, las mujeres se callaron y se
arreglaron el pañolón sobre las cabezas mientras el administrador sacaba las manos de los bolsillos y se
ponía a sonreír.
Según la explicación de este último, los mujiks soltaban ex
presamente a sus ternerillos, incluso a sus
vacas, en el prado señorial. Por el momento se trataba de las vacas de estas dos mujeres, vacas que
habían sido cogidas en los prados y confiscadas. E1 adminis
trador exigía el pago de treinta copeques por
vaca o, en su lugar, dos jornadas de trabajo. Las mujeres afir
maban, primeramente, que sus vacas no
habían hecho más que entrar; luego, que no tenían dinero, y, por último, aunque prometiesen pagar con
su trab
ajo, pedían que les devolviesen inmediatamente los animales, puesto que desde por la mañana
estaban sin forraje y mugían quejumbrosamente.
- No sé la de veces -
dijo el administrador, volviéndose hacia Nejludov como para tomarlo por
testigo - que les he dicho con toda seriedad: «Cuando recojáis vuestro ganado, no dejéis de vigilarlo.»
- Pero si yo no entré en casa más que un momento para ver a mi niño, y ya se habian escapado.
- Pues bien, no hace falta que te vayas cuando es el momento de vigilar.
- ¿Y quién va a dar de comer al pequeño? ¡No vas a ser tú quien le dé la teta!
- Todavía, si mi vaca hubiese pastado realmente en la pradera, bien está, pero acababa de entrar -
decía la otra.
- Han acabado con todos los pastos - dijo el administrador a Nejludov -
. Si no se les hiciese
escarmentar, no habría ni un puñado de heno.
- ¡Ay, no digas pecado! - gritó la mujer encinta -. ¡Nunca han cogido a mis animales!
- Pues bien, hoy han cogido a uno. Así, pues, paga o trabaja.
-Bueno, trabajaré. Pero primero devuélveme la vaca, ¡no dejes que se muera de hambre! -
gritó con
cólera -
. Aparte de eso, no tengo ya ni un solo instante de descanso, ni de día ni de noche. Mi suegra está
enferma, mi marido está siempre borracho perdido; sólo estoy yo para hacerlo todo y y
a no tengo
fuerzas. ¡Ojalá se te atraviese en la garganta mi trabajo!
Nejludov rogó al administrador que ordenase que soltaran las vacas y regresó al jardín para
continuar allí sus reflexiones, pero ya no tenía tema sobre el cual reflexionar.
Ahora todo se
le presentaba tan claro, que no se cansaba de asombrarse de que los demás y él
mismo no hubiesen visto, no hubiesen comprendido desde hacía mucho tiempo lo que era tan evidente.
El pueblo muere, pero está acostumbrado a su lenta agonía; y este estado prec
ario extrae de sí mismo los
elementos particulares que lo sostienen: la mortalidad infantil, el trabajo exagerado impuesto a las
mujeres, la falta de alimentos para to
dos, en especial para los viejos. Y, al llegar gradualmente a esta
situación, el pueblo
acaba por no ver ya el horror de la misma y por no quejarse de ella. Y nosotros, a
nuestra vez, juzgamos esta situación natural y fatal.
Ahora, Nejludov veía claro como el día que la causa principal de la miseria de la que el pueblo tiene
conciencia y que
pone siempre en primer lugar, reside sobre todo en el hecho de que ha sido desposeído
de la tierra, única capaz de alimen
tarlo. Es evidente, por otra parte, que los niños y los viejo mueren
porque no tienen leche, y que no tienen leche porque no tienen ti
erras donde hacer pastar al ganado,
recoger trigo y heno; en una palabra, que la causa principal, o por lo menos inmediata, de la miseria de
los campesinos es que la tierra, su única nutridora, no les pertenece a ellos, sino a los que se aprovechan
de sus propiedades rústicas para vivir del trabajo del prójimo.
Ahora bien, la tierra es hasta tal punto indispensable para los hombres, que mueren por no tenerla.
Y estos mismos hombres, reducidos a la necesidad más extrema, la cultivan a fin de que el grano qu
e
ella produce se venda al extranjero y que el terrateniente pueda comprarse sombreros, bastones, bronces,
ca
lesas, etcétera. Y todo aquello, para Nejludov, era también tan evidente ahora como es evidente que
los caballos encerrados en un prado del que se han comido toda la hierba, adelgazan y re
vientan de
hambre si no se les deja la posibilidad de pastar la hierba del prado vecino. Y eso es terrible, ¡eso no
puede y no debe ser! Hace falta, pues, encontrar el medio de destruir este estado de cosas o al m
enos no
cooperar a él uno mismo.
«¡Y ese medio lo encontraré! - pensaba, yendo y viniendo por la alameda de los chopos -
. En las
sociedades sabias, en las administraciones, en los periódicos, especulamos sobre las causas de la miseria
del pueblo y sobre los medios de hacerla cesar, pero dejamos de lado el único medio que permitiría me-
jorar la suerte de los campesinos, y que consiste en devolverles la tierra que se les ha arrebatado.»
Y se acordó claramente de las teorías de Henry George y del entusiasmo qu
e en otros tiempos había
sentido por ellas; al mismo tiempo se asombró de haber podido olvidarlas.
«La tierra no debería ser un objeto de propiedad particular, ni un objeto de compraventa, como no lo
son el agua, el aire y los rayos de sol. Todos los humanos tienen, respecto a la tie
rra y a lo que ella
produce, un derecho igual.»
Comprendió entonces las causas secretas de su vergüenza en cuanto a los convenios concertados en
Kuzminskoie. Es que, a sabiendas, él mismo se había dejado inducir al error. Al mi
smo tiempo que
negaba al hombre el derecho de poseer la tierra, se había reconocido para sí ese derecho y no había
hecho entrega a los mujiks
más que de una parte de un bien que en el fondo de su alma sabía qúe no
debía pertenecerle.
Hoy, por lo menos, obr
aría de otra manera y desharía en seguida lo que había hecho en
Kuzminskoie. Y mentalmente elaboró un proyecto nuevo: el de alquilar sus tierras a los campe
sinos
cediéndoles incluso el precio que pagarían por el arrendamiento y que serviría para pagar s
us impuestos
y cubrir los gastos de la comunidad. No era todavía el single-tax
soñado, pero era el medio que más se le
acercaba y el más realizable en la actualidad. Lo principal era que él renunciase por su parte a su
derecho de posesión rústica.
Cuando r
egresó al alojamiento del administrador, éste le anunció, con una sonrisa más claramente
halagadora, que la co
mida estaba lista; temía sin embargo que se hubiera quemado un poco, a pesar de
los cuidados puestos por su mujer y por la muchacha encargada de las faenas de la casa.
La mesa estaba cubierta por un mantel de tela cruda, y una toalla bordada hacía las veces de
servilleta; sobre la mesa, en una sopera de vieja porcelana de Sajonia, de asas rotas, humea
ba una sopa
de patatas hecha con la carne de aq
uel mismo gallo que Nejludov había visto alargar alternativamente
sus negras patas. Ahora, el gallo estaba descuartizado, y algunos trozos conservaban aún las plumas. A
la sopa sucedió el gallo con su plumilla tostada y luego pastelillos de queso blanco con abun
dancia de
mantequilla y azúcar. Por poco atractivo que fuese todo aquello, Nejludov comía sin darse cuenta,
absorto en el pensamiento del nuevo proyecto que, hacía poco, había disi
pado el malestar con el que
volvió de su paseo por el pueblo.
Por la puerta entreabierta, la mujer del administrador vi
gilaba la manera de servir de la joven criada.
Y el marido, todo orgulloso de los talentos culinarios de su mujer, se esponjaba cada vez más en su
plácida sonrisa.
Después de comer, Nejludov obligó al adm
inistrador a que se sentara a la mesa. Experimentaba la
necesidad de hablar, a fin de controlarse a sí mismo y, a la par, comunicar a alguien lo que tan
preocupado lo tenía. Participó al administrador su proyecto de ceder las tierras a los mujiks y le pidi
ó su
opinión. La sonrisa del administrador tuvo la pretensión de expresar que pensaba todo eso desde hacía
ya mucho tiempo y que estaba encantado de oírlo decir. En realidad, no había comprendido ni una sola
palabra, no porque Nejludov se hubiese expresado
mal, sino porque lo veía renunciar a su interés
personal en pro del interés de los demás; y por su parte, el administrador juz
gaba que ningún hombre era
capaz de preocuparse de otra cosa que de su interés propio sin importarle quién saliese perjudicado.
Tanto, que creyó haber comprendido mal la propuesta de Nejludov consistente en dedicar todo el
ingreso de sus tierras a constituir para los campesinos un capital que bastase para las necesidades de la
comunidad.
- Ya comprendo. Así es que usted recibirá los intereses de ese capital, ¿no es así? -
dijo, todo
radiante.
- ¡Nada de eso! Compréndame. Les cedo completamente mis tierras.
- Y entonces, ¿no recibirá usted renta? - exclamó el administrador dejando de sonreír.
- Pues bien, no. Renuncio a ellas.
A un profundo suspiro del administrador sucedió rápidamen
te una nueva sonrisa. Ahora había
comprendido, pero había comprendido que Nejludov no estaba en sus cabales, y su pri
mera
preocupación era la de pensar en aprovecharse de aquello. Se esforzaba en enfoc
ar la cuestión desde un
ángulo que le permitiese sacar un beneficio de aquel proyecto de abandono de la tierra.
Pero cuando descubrió que esto era imposible, se entristé
ció y dejó de interesarse por el plan. Sin
embargo, para ser agradable al dueño, siguió sonriendo.
Ál ver que el administrador no lo comprendía, Nejludov dejó que se marchase y se sentó a la mesa
toda manchada de tinta y llena de muescas, donde empezó a redactar su proyecto.
El sol acababa de ponerse tras las hojas nuevas de los tilos. Ban
dadas de mosquitos habían invadido
la habitación y le pica
ban a Nejludov. Y, cuando hubo acabado de escribir, oyó por la ventana el ruido
de los rebaños que regresaban, el rechinar de las puertas que se abrían a los patios, las voces de los
mujiks que se
dirigían a la reunión. Declaró entonces al administrador que no quería recibir a los
campesinos en la oficina, sino que iría a hablarles al pueblo, donde debían reunirse. Luego bebió
rápidamente una taza de té servida por el administrador y se encaminó de nuevo hacia el pueblo.
VII
Los campesinos se habían reunido en el patio del staroste
y charlaban ruidosamente; pero, al
acercarse Nejludov, guardaron silencio y, como los de Kuzminskoie, se qui
taron sucesivamente su gorro
o su gorra. Aquellos mujiks er
an mucho más primitivos que los de Kuzminskoie; y, lo mismo que las
muchachas y las mujeres llevaban zarcillos de piel en las ore
jas, casi todos los hombres iban calzados
con botas de fieltro y vestidos con caftanes. Algunos incluso estaban descalzos y ot
ros en mangas de
camisa, tal como volvían de los campos.
Nejludov, dominando su emoción, les comunicó desde el principio que estaba resuelto a cederles
sus tierras. Ellos lo escuchaban sin decir palabra y con rostro impasible.
- La verdad es que creo - continuó Nejludov, ruborizándose -
que todos los hombres tienen derecho
a disfrutar de la tierra
¡Desde luego; es verdad! - exclamaron algunas voces de mujiks.
Prosiguiendo su exposición, Nejludov dijo que la renta de la tierra debía repartirse entre todos
y
que, por consiguiente, es
taba dispuesto a cederles sus tierras a cambio de una renta que fijarían ellos
mismos y que estaría destinada a constituir un capital social reservado para el propio use de ellos.
Continuaron dejándose oír palabras de aprobación; pero los rostros de los campesinos se iban
poniendo cada vez más serios, y sus miradas, clavadas al principio en el barin
, se bajaban hacia el suelo;
parecían querer evitar alguna vergüenza a Nejludov al mostrarle que habían adivinado su astucia, por la
que ninguno se dejaría engañar.
Él hablaba sin embargo lo más claramente que le era posible y a hombres que no eran unos
zoquetes; pero no lo compren
dían y no podían comprenderlo, por la misma razón por la que también el
administrador había tardado mucho tiempo en com
prenderlo. Estaban convencidos de que la única
preocupación de cualquier hombre es la de buscar su propio interés. Y en cuanto a los terratenientes en
particular, desde hacía varias ge neraciones, sabían por experiencia que estos propietarios bus
caban
siempre beneficiarse a costa de ellos; por tanto, si el amo los reunía para presentarles alguna propuesta
nueva, estaban convencidos de antemano de que era para explotarlos aún más.
- Bueno, ¿qué precio le ponen ustedes a la tierra? - preguntó Nejludov.
- ¿Cómo poner precio? Eso nos es imposible. La tierra es de usted, usted es el que manda -
respondieron varias voce entre la multitud.
-
Pero es que os estoy diciendo que solamente vosotros os beneficiaréis de ese dinero para las
necesidades de la comunidad.
- Eso no puede ser. La comunidad es una cosa, y nosotros somos otra.
- ¡Tratad de comprender! -
dijo el administrador, quien se había acercado a Nejludov con el deseo
de explicar el asunto -. No os dais cuenta de que el príncipe os propone
el arrendamiento de la tierra a
cambio de dinero, pero ese dinero volverá a vuestro capital para vuestra comunidad.
- Comprendemos muy bien - dijo sin levantar los ojos un viejecillo desdentado de aire ceñudo -
. Es
como si se dijera dinero colocado en un
banco. Pero de cualquier forma habrá que pagar al vencimiento,
y es lo que no queremos hacer. Bas
tante trabajo nos cuesta ya ir tirando. Para nosotros sería la ruina
completa.
- Eso no nos conviene en absoluto. Preferimos seguir como antes - gruñeron voce
s descontentas,
incluso groseras.
Pero la resistencia se acentuó mucho más cuando Nejludov anunció que dejaría en la oficina del
administrador un contrato firmado por él y que ellos tendrían que firmar a su vez.
- ¿Firmar? ¿Por qué tendríamos que firmar? L
o mismo que trabajamos ahora, continuaremos. ¿Para
qué sirve todo eso? Somos unos ignorantes y no entendemos ni jota.
-
No podemos aceptar eso, porque no entra en nuestras costumbres. Que las cosas se dejen como
están. Solo que no nos pidan ya más las simientes, con eso bastará - gritaron algunas voces.
Eso significaba que los campesinos estaban obligados a suministrar los granos para los campos que
trabajaban, y pedían ahora que los granos fuesen proporcionados por el propietario.
- Entonces, ¿os negáis? ¿No queréis haceros cargo de la tierra? -
preguntó Nejludov a un joven
campesino de rostro reluciente, vestido con un caftán remendado, descalzo, que lle
vaba en la mano
izquierda su desgarrada gorra, a la manera de los soldados que han recibido la orden de descubrirse.
- ¡Perfectamente! - respondió el mujik
, que todavía no se había desprendido de la hipnosis de la
disciplina militar.
- Entonces, ¿es que tenéis bastante tierra? - insistió Nejludov.
- ¡Absolutamente no! - replicó el ex soldado, manteniendo
delante de él su desgarrada gorra, como
si se la estuviera ofreciendo a alguien que quisiera aprovecharse de ella.
- No importa. Reflexionad sobre lo que os he dicho -
dijo Nejludov, estupefacto. Y les repitió su
propuesta.
- Está todo reflexionado. Será como hemos dicho nosotros -
declaró con tono desdeñoso y rostro
ceñudo el viejo desdentado.
- Permaneceré aquí aún un día. Si cambiáis de opinión, vendréis a decírmelo.
Los mujiks no respondieron.
Así, sin haber podido sacar nada de ellos, Nejludov regresó tristemente a la oficina.
- Ya ve usted, príncipe - le dijo el ádministrador con su sonrisa untuosa -
; no llegará usted nunca a
entenderse con ellos: el mujik
es tozudo. Cuando está en asamblea, se cierra a la banda y ni el mismo
diablo podría convencerlo. Porque tiene miedo de todo. Y sin embargo, entre estos mismos mujiks
los
hay inteligentes, como por ejemplo el moreno y el viejo gruñón que rehusaban las ofertas que usted les
hacía. Cuando éste viene a la oficina y lo invitó a té y lo hago hablar, mue
stra una inteligencia notable:
¡un verdadero minis
tro! Le presenta a uno juicios de una sagacidad asombrosa. Pero en asamblea, ya
usted lo ha visto: es otro hombre, y no se aparta de su idea.
- Entonces, ¿no se podría hacer que vinieran aquí algunos de los más inteligentes? -
preguntó
Nejludov -. Yo les explicaría el asunto con todos los pormenores.
- Sí, es posible - respondió el administrador sin dejar de sonreír.
- Pues bien, haga usted el favor de decirles que vengan mañana por la mañana.
- Nada más fácil; mañana estarán aquí - respondió el administrador, más radiante aún.
- ¡Hay que ver ese taimado! - decía el mujik
moreno de barba enmarañada que no se peinaba nunca,
balanceándose sobre su bien alimentado jumento.
Hablaba a su compañero, viejo y delg
ado, de raído caftán, que cabalgaba al lado de él,
acompañados por el tintineo de las maniotas de hierro del caballo.
Los mujiks
llevaban a pastar de noche sus caballos a lo largo de la carretera principal (es decir, en
secreto, a los bosques del amo).
-
« ¡Os daré la tierra por nada, no tenéis más que firmar! », y ya con eso nos tienen cogidos otra vez.
Es lo que ha ocurrido siempre. Pero hoy nosotros somos tan listos como ellos - añadió el mismo mujik.
Y llamó al potrillo que se había quedado atrás, pero éste ya correteaba por la pradera.
- ¡Fíjate como ese hijo de perra se acostumbra a entrar en los campos del barin! -
continuó, al oír el
relincho y el galope del potrillo en los perfumados prados cubiertos de rocío. Y, al oír bajo los cascos
del animal los crujidos de las acederas silvestres, añadió -: Fíjate, la acedera invade los prados.
- El domingo habría que mandar a las mujeres a arrancarla - dijo el mujik delgado -
. De lo contrario,
se echarían a perder las hoces.
- « ¡Firma! », nos dice - continuó el otro mujik, volviendo a las palabras del barin -
. Y si firmas, te come
crudo.
- Desde luego - respondió el viejo.
Y guardaron silencio. No se oía más que el crujido de los cascos sobre la pedregosa carretera.
VIII
Al regresar, Nejludov encontró, en el cuarto de la ad
ministración que le habían preparado para
pernoctar, una cama muy alta, con colchones de pluma, dos almohadas y una hermosa colcha de seda
roja labrada que evidentemente formaba parte de la dote de la mujer del administrador. Éste, a
l
conducirlo a su habitación, le preguntó si no quería primeramente terminar el resto de la comida. Nejlu-
dov rehusó y le dio las gracias. El administrador lo dejó enton
ces solo después de haberse excusado por
haberle hecho un recibimiento tan modesto.
La
negativa opuesta por los campesinos no turbaba por lo demás a Nejludov. Por el contrario,
aunque los de Kuzminskoie le hubiesen dado las gracias al fin, en tanto que éstos se ha
bían mostrado
descontentos y hostiles, se sentía tranquilo y dichoso.
La habi
tación de la oficina era de una limpieza mediocre, y la atmósfera, demasiado pesada.
Nejludov salió al patio con la intención de dirigirse al jardín; pero se acordó de la noche de otros
tiempos, de la ventana de la cocina, de la escalinata trasera de la ca
sa, y no se sintió con valor para
volver a ver lugares manchados por el recuerdo de una mala acción. Se sentó en la escalinata delantera
y, aspirando el violento perfu
me de los jóvenes brotes de los chopos, esparcido en el sire tibio de la
noche, contempl
ó durante largo tiempo los sombríos macizos del jardín, escuchó el tictac del molino y el
canto de los ruiseñores y el de otro pájaro que silbaba monótonamente en un matorral próximo. La luz
desapareció de la ventana de la habitación del administrador; la
media luna, enmascarada por las nubes,
reapareció hacia el Oeste, por detrás de las granjas; por instantes, relámpagos de calor iluminaron el
jardín florido y la deteriorada casa. A lo lejos rugió la tormenta; poco a poco, una masa sombría invadió
una tercera parte del cielo.
Los ruiseñores y el pájaro que cantaba callaron. El estrépito del agua que hervia en la esclusa se
acompañó con el grazni
do de los patos; luego, en el pueblo, en la parte baja, resonó el canto del gallo,
ese canto que precede al alba en las noches de tormenta.
Un proverbio asegura que, en las noches gozosas, los gallos cantan muy temprano. Y aquella noche
era más que gozosa para Nejludov: estaba llena de felicidad y de encanto. En su imaginación renacían
las impresiones de aquel bendit
o verano en que, joven inocente, había vivido aquí mismo; y se sentía
igual al que era entonces; análogo al que había sido en aquella fase exquisita y soberbia de su vida,
cuando tenía catorce años, cuando rogaba a Dios que le enseñase la verdad, cuando ll
oraba sobre las
rodillas de su madre, jurándole que siempre sería bueno, que nunca le causaría penas; y análogo también
al que había sido cuando su amigo Nicolenka Irteniev y el decidieron prestarse una ayuda mutua en la
vía del bien y consagrar su vida entera a la felicidad de la humanidad.
Se acordó entonces de la mala tentación que, en Kuzminskoie, lo había incitado a echar de menos su
casa, sus bosques, sus granjas y sus tierras. Y se preguntó en aquel momento si las echaba de menos
todavía. No solame
nte no era así, sino que le parecía extraño que eso hubiese podido ser alguna vez. Se
acordó de todo lo que había visto a lo largo de la jornada: la joven madre cuyo marido estaba en la
cárcel por haber cortado un árbol en el bosque de él, de Nejludov; y
la espantosa Matrena, lo bastante
audaz para decirle que las jóvenes de su clase deben satisfacer las pasiones de sus amos. Se acordó de
las palabras de la vieja sobre la manera como se llevaba a los niños al hospicio; volvió a ver la
desgarradora sonrisa
del niño envejecido, agotado por la falta de alimento; se acordó de la débil mujer
encinta a la que querían obligar a trabajar para él porque, extenuada de fatiga, no había podido vigilar a
su vaca, que no tenía nada de comer. E inmediatamente después, su
pensamiento lo llevó a la cárcel, a
las cabezas rapadas, a la hediondez de las celdas, a las cadenas; y, frente a todas estas miserias, vio el
lujo insensato de su propia vida, de toda la vida de las ciudades, de las capitales, de los dueños. Y todo
se hacía para él evidente y cierto.
La luna, despejada ya casi del todo, se había alzado sobre la arboleda; sombras negras se alargaban
en el patio, y los tejados de hierro de la casa grande aparecfan luminosos.
Y como si se hubiera sentido en la obligación de
saludar a esta luz, el pájaro que estaba en el
matorral volvió a silbar y a chasquear con el pico.
Nejludov se acordó de cómo en Kuzminskoie se había to
mado la molestia de reflexionar sobre su
existencia, de pensar en lo que haría, en lo que llegaría a se
r. Se había planteado preguntas, pesando el
pro y el contra, sin poder contestarlas, tan complicada y difícil le parecía la vida. Al plantearse aquí las
mismas preguntas, se asombró de encontrarlas muy simples. Y eran simples porque él había dejado de
pensar y de inte
resarse por lo que pasaría para pensar únicamente en lo que debía hacer. Ahora bien,
cosa extraña, cuanto menos podía decidir lo que podía hacer para él mismo, tanto mejor sabía lo que
debía hacer para los demás. Sabía ahora que le era preciso
dar sus tierras a los campesinos porque estaba
mal que él las retuviese. Sabía que no debía abandonar a Katucha, sino, por el contrario, acudir en
socorro de ella y estar dispuesto a todo para redimir la falta que él había cometido. Sabía que era preciso
estudiar, examinar todo aquello, ver claramente la obra, en la que él tomaba parte, de los tribunales que
juzgan y castigan; sabía que veia lo que otros no ven. Ignoraba lo que debia salir de allí, pero estaba
seguro de que su deber era obrar de aquella manera. Y esta firme seguridad le colmaba de alegría.
La nube negra había invadido todo el cielo; a los relámpa
gos de calor habian sucedido verdaderos
relámpagos que iluminaban el patio y la casa en ruinas; y un brusco trueno resonó por encima de su
cabeza.
Los pájaros se habían callado; por el contrario, las hojas de los árboles empezaron a susurrar, y,
sobre la escalinata donde estaba sentado Nejludov, el viento vino a soplarle en los cabellos. Una gota,
luego otra, se estrellaron sobre el tejado de hierr
o y sobre las hojas; el viento cesó bruscamente; un gran
silencio lo sucedió, y Nejludov no había tenido tiempo de contar hasta tres cuando, por encima de su
cabeza, estalló un trueno que rodó repercutiendo por la inmensidad del cielo.
Volvió a entrar en la casa.
«Sí, sí - pensaba -, la obra de nuestra vida, todo el sen
tido de esta obra, es cosa incomprensible para
mí y que jamás podría comprender. ¿Para qué existieron mis tías? ¿Por qué Nicolenka Irteniev murió y
yo continúo vivo? ¿Por qué Katucha? ¿Por
qué mi locura? ¿Por qué la guerra en la que tomé parte? ¿Y
todo el desarreglo de mi vida ulterior? Comprender todo eso, comprender la obra del Dueño no entra en
mis facultades. Pero cumplir su voluntad, tal como está escrito en mi conciencia, eso sí depen
de de mí, y
sé que debo hacerlo y que no me quedaré tranquilo más que cuando lo haya hecho.»
La lluvia caía a raudales, goteando de los tejados y, por las canales, precipitándose en los barriles.
Cada vez más raros, los relámpagos iluminaban el patio y la
casa. Nejludov regresó a su habitación, se
desnudó y se acostó, bastante inquieto al sospechar, tras el papel sucio y desgarrado de las paredes, la
presencia de chinches.
«¡Sí, sentirme no dueño, sino servidor!», pensaba; y este pensamiento lo llenaba de alegría.
Pero sus inquietudes estaban justificadas. Apenas había apa
gado la vela cuando los insectos
empezaron a devorarlo.
«¡Dar mis tierras, ir a Siberia; las pulgas, las chinches, la suciedad! Sea; puesto que es necesario,
soportaré todo eso.»
Pero a pe
sar de todo su deseo, no pudo soportarlo; fue a sentarse cerca de la ventana abierta y se
absorbió durante largo tiempo en la contemplación de las nubes negras que se disipa
ban y de la luna que
emergía de nuevo.
IX
Como Nejludov no se había dormido hasta por la mañana, se despertó muy tarde.
A mediodía, siete campesinos seleccionados, invita
dos por el administrador, llegaron al huerto,
donde, bajo los manzanos, habían puesto una mesa y bancos hechos de tablo
nes colocados sobre
caballetes. Costó un trabajo enorme con
seguir que los siete delegados se pusiesen sus gorros o gorras y
se sentasen en los bancos.
Sobre todo, el ex soldado se obstinaba en permanecer de pie y sujetaba delante de él su remendada
gorra, del mismo modo que hacen los soldados en
un entierro; estaba calzado aquel día con pedazos de
tela limpia que le servian como calcetines, y con botas nuevas de fieltro.
Pero cuando el decano, un viejo de ancho pecho, de aspecto venerable, con una gran barba blanca
rizada como la del Moisés de Mi
guel Ángel, y de espesos cabellos blancos que coronaban una frente
atezada por el sol, se hubo puesto su gran gorro, abotonado su caftán nuevo y se sentó en el banco, los
demás siguieron su ejemplo. Una vez acomodados todos, Nejludov se sentó frente a ello
s, en el otro
banco, y, con su proyecto en la mano, empezó a leerlo y a explicarlo.
Bien a causa del número restringido de los campesinos, bien porque la importancia de su empresa le
impedía pensar en sí mismo, Nejludov no experimentaba ahora embarazo algu
no. Involuntariamente se
dirigía de modo del todo especial al viejo de la barba blanca rizada, del que parecía aguardar la aproba-
ción o la critica. Desgraciadamente, se hacía ilusiones al for
marse de él una gran idea, porque el
venerable anciano no aprob
aba, con un gesto de su hermosa cabeza de patriarca, o no movía la cabeza en
señal de desconfianza más que después de ver la actitud aprobadora o reprobadora de sus vecinos;
personalmente, no comprendía casi nada de lo que decía Nejludov, y no cogía el se
ntido más que cuando
sus compañeros repetían las mismas palabras en el idioma de ellos. Nejludov era mucho mejor
comprendido por el vecino del anciano, un viejecillo sin barba y tuerto, vestido con una casaca
remendada y calzado con viejas botas. Era fabri
cante de estufas, según informó a Nejludov en el curso
de la charla. Aquel viejecillo acompañaba con un movimiento de cejas cada esfuerzo que hacía por
comprender, y traducía poco a poco y a su manera lo que iba diciendo el barin.
De inteligencia viva también, otro viejo corpulento, de bar
ba blanca y ojos brillantes, no dejaba
escapar ninguna ocasión de insertar comentarios irónicos o divertidos; por lo visto, era su manera de
lucirse.
El ex soldado habría debido comprender también, al parecer, de qué se
trataba si no estuviese
entontecido por el espíritu soldadesco y no se hubiese empeñado en seguir un len
guaje estúpido
aprendido en el servicio. El más serio de los oyentes del grupo era sin duda alguna un alto mujik
con voz
de bajo profundo, de larga nar
iz y corta barbilla, vestido con un caftán limpio y calzado con botas
nuevas de fieltro. Comprendía todo, y, cuando hablaba, lo hacía con conocimiento de causa.
En cuanto a los otros dos ancianos, uno de ellos era aquel viejecillo desdentado que tanta opo
sición
había mostrado con
tra Nejludov el día anterior; el otro era un hombre de gran estatura, muy blanco, de
rostro bondadoso, con delgadas pier
nas rodeadas de tela blanca a guisa de calcetines y envueltas en
polainas. Los dos guardaban silencio, escuchando sin embargo con gran atención.
Nejludov comenzó por exponer sus ideas sobre la propiedad rústica.
- A mi juicio - dijo -
, no se tiene derecho ni a vender ni a comprar la tierra, porque los que tienen
dinero comprarían de ella todo lo que quisieran, o, dicho de otro modo, ex
traerían todo el dinero que
quisieran de quienes la cultivan.
- Es verdad - dijo el hombre de larga nariz, con su profunda voz de bajo.
- ¡Perfectamente bien! - opinó el ex soldado.
- Una mujer coge un poco de hierba para las vacas; la detienen y, ¡venga!, a la cárcel-
dijo el
viejecito de aspecto modesto y bondadoso.
-
Nuestras tierras están a una distancia de cinco verstas; en cuanto a tomarlas en arriendo, no hay
medio: piden precios que sería imposible pagar - añadió el viejo desdentado.
- Nos exprimen retorciéndonos como al cáñamo. Es peor que en los trabajos forzados -
recalcó el
mujik de aire ceñudo.
- Ésa es también mi opinión - dijo Nejludov -; y con
sidero como un pecado poseer la tierra. Por eso
he venido a dárosla.
- Pues es una buena cosa -
dijo el viejó de barba de Moisés, habiendo comprendido indudablemente
que Nejludov quería alquilarles sus tierras.
-
He venido para eso. No quiero ya extraer provecho alguno de mis tierras, sino ponerme de acuerdo
con vosotros sobre el modo como podríais beneficiaros de ellas.
- No tienes más que dárselas a los mujiks, eso es todo - dijo el viejecillo desdentado.
Esta respuesta produjo en Nejludov cierta turbación, porque notaba en ella que sospechaban de su
lealtad. Pero se recobró
en seguida y se aprovechó de aquel comentario para decir todo lo que tenía que
decir.
- Me sentiría muy satisfecho con dároslas - continuó -
, pero ¿a quién y cómo? ¿A qué mujiks? ¿Por
qué más bien a vuestra comunidad que a la de Deminskoïe? - Era un pueblo
vecino casi desprovisto de
tierras.
Nadie respondió. Únicamente el ex soldado dejó oír su: «Perfectamente bien.»
- Pues bien - prosiguió Nejludov -, decidme: ¿qué haríais en mi lugar?
- ¿Que qué haríamos? Un reparto igual entre todos - dijo el fabrican
te de estufas con un rápido
aleteo de los párpados.
- Está claro. Repartiríamos todo entre los campesinos - apoyó el viejo bondadoso.
Y todos, sucesivamente, fueron aprobando aquella respuesta que parecía satisfacerlos por entero.
- Pero, ¿cómo entre todos? - preguntó Nejludov -. ¿In
cluyendo también a los criados de la casa y de
las fincas señoriales?
- ¡Absolutamente no! - declaró el ex soldado, esforzándose en poner el rostro risueño.
Pero el campesino alto y reflexivo fue de opinión contraria:
- Si se reparte, hay que hacerlo igualmente entre todos - declaró con su voz de bajo, después de un
instante de reflexión.
- Eso no es posible - replicó Nejludov, quien ya tenía preparada su objeción -. Si yo hiciese un
reparto igual, todos los que no trabajan
ni cultivan ellos mismos aceptarían su parte para revenderla a los
ricos. Y de nuevo éstos acapararían la tie
rra. Y al multiplicarse la familia de los que cultivan, su tierra
tendría que ser parcelada. Y los ricos volverían a hacerse poderosos, en detri
mento de los que para vivir
tienen necesidad de la tierra.
¡Perfectamente bien! se apresuró a confirmar el ex soldado.
- Prohibir que nadie venda la tierra. Y que sea el poseedor de ella el que la trabaje -
dijo el
fabricante de estufas interrumpiendo con irritación al ex soldado.
Pero Nejludov objetó que era imposible controlar si alguien cultivaba por su propia cuenta o por
cuenta de otro.
El mujik alto propuso organizar el cultivo sobre las bases de la asociación por gremios:
- ¡Que solamente tenga tierra quien la cultiva! ¡Nada para el que no lo haga así! - dijo con su
enérgica voz de bajo.
Para aquel proyecto comunista, Nejludov tenía igualmente dispuesta una objeción irrebatible.
Respondió que todo el mundo debería tener entonces igual número de carretas y de ca
ballos y realizar la
misma cantidad de trabajo; o bien que ca
ballos, carretas, trillos y todo lo que tenían fuesen puestos en
común. Y, para eso, hacía falta que previamente se pusieran de acuerdo.
- Entre nosotros nunca nos pondremos de acuerdo sobre eso - afirmó el viejecillo de aire desdeñoso.
- Inmediatamente habría una batalla - declaró el viejo de barba blanca, con una risa en los ojos.
- Y además, ¿cómo repartir la tierra según sus cualidades? - dijo Nejludov-
. ¿Por qué unos tendrían
tierra de regadío y otros tierra de secano o arenosa?
- Pues se repartiría igualmente cada cualidad - replicó el fabricante de estufas.
Nejludov respondió a eso que no se trataba solamente del reparto en una comunidad única, sino en
general y por todas parte
s: ¿por qué unos habían de tener tierra buena y otros tierra mala? Todos
querrían tierra buena.
- ¡Perfectamente bien! - dijo el ex soldado.
Los demás guardaban silencio.
- Estáis viendo claramente que no es tan fácil como parece - dijo Nejludov -. Y, ade
más de nosotros,
hay otras personas que estudian estos problemas. Por ejemplo, un nor
teamericano llamado George. Pues
bien, he aquí lo que él ha pensado, y yo soy de su opinión.
- Tú eres el dueño, no tienes más que decir lo que piensas: todo depende de ti -
interrumpió el
viejecillo enfurruñado. Esta interrupción turbó a Nejludov. Pero tuvo la satisfac
ción de ver que no era él
el único en considerarla inoportuna.
- Espera, tío Semion, deja primero que se explique - dijo con su voz de bajo el sesudo mujik.
Así animado, Nejludov empezó a explicarles la doctrina de Henry George sobre el impuesto único.
- La tierra no es de nadie más que de Dios - dijo.
- ¡Muy bien dicho! ¡Perfecto! ¡Una gran verdad! - aprobaron varias voces.
- La posesión de toda la tierra
debe ser común, teniendo todos sobre ella un derecho igual. Pero hay
tierra que es buena, y otra que no es tan buena. Y cada cual querría tierra de la buena. ¿Cómo igualar
entonces las partes? Es preciso que el que explota una tierra buena pague, a quiene
s no disponen de eso,
el valor de la suya. Y como es difícil determinar quiénes son los que deben pagar y a quiénes deben
pagar; como, en la vida actual, el dinero es preciso para las necesidades de la comuni
dad, la solución
más prudente es la de decidir
que cualquiera que explote una tierra pague a la agrupación, para las
necesi
dades comunes, una renta proporcionada al valor de su tierra. Así quedaría establecida la igualdad.
Tú quieres poseer una tierra: paga, pues, más por la que es buena que por la qu
e es mala. Y, si no quieres
tener tierra, no tendrás nada que pagar. Solamente los que poseen tierra deberán pagar el impuesto para
las necesidades sociales.
- Es muy justo - dijo el fabricante de estufas arqueando las cejas -. Tu tierra es mejor, paga más
caro.
- ¡Una cabeza bien sentada la de ese George! - exclamó el decorativo anciano con barba de Moisés.
-Con tal sólo que el precio no sobrepase nuestros medios-dijo el mujik
alto, comprendiendo adónde
había que ir a parar.
- El precio no debe calcularse
ni muy alto ni muy bajo. Demasiado alto, no es posible pagarlo, y se
producirían vacíos; demasiado bajo, todos estarían dispuestos a comprar tierras a los demás y
comenzaría de nuevo la especulación de la tierra.
- Todo eso es verdad y lo hemos comprendido muy bien. Eso nos conviene -
respondieron los
campesinos.
- ¡Vaya una cabeza! - repitió el viejo de barba de Moi. sés -
. ¡George! ¡Y pensar que ha inventado
todo eso!
- ¿Y si yo quisiera también adquirir tierras? - insinuó el administrador con una sonrisa.
- La participación es libre: tómela y trabájela - replicó Nejludov.
- ¿Qué necesidad tienes tú de tener tierras? Bastante rico eres ya como estás -
dijo el viejo de ojos
risueños.
Y con aquello terminó la discusión.
Una vez más Nejludov repitió la sínte
sis de su proyecto, pero sin pedir una respuesta inmediata;
aconsejó, por el contrario, a los delegados que no se la hiceran conocer antes de que se hu
bieran puesto
de acuerdo con todos los demás campesinos.
Los mujiks le prometieron comunicarlo todo a la
comunidad y decirle lo que se decidiera; luego se
despidieron y se alejaron. Durante mucho tiempo se oyó en la carretera el estallido de sus voces
animadas y sonoras, que, bien entrada la anochecida, repercutían sún por encima del río del pueblo.
Al día siguiente no hubo trabajo, y los mujiks pasaron el tiempo discutiendo las ofertas del barin
.
Pero la comunidad es
taba dividida en dos bandos: en uno se consideraban ventajosa: y sin peligro las
propuestas del barin, y los campesinos del otro bando se ob
stinaban en ver en aquello una astucia cuya
intención se les escapaba, por lo que la temían más aún.
Sólo al día siguiente pudieron ponerse de acuerdo para acep
tar las propuestas de Nejludov, y
volvieron para anunciárselo. Y este consentimiento era resul
tado de la opinión, expresada por una
anciana y compartida igualmente por los viejos, de que el barin
obraba así por la salvación de su alma.
De este modo, todo peligro de astucia quedaba descartado.
Esta explicación obtuvo crédito tanto más fácilmente cuanto que los mujiks
veían a Nejludov, desde su
llegada a Panovo, caritativo con todo el mundo y distribuyendo mucho dinero. Es que, por primera vez
en su vida, veía de cerca las miserias de los campesinos y su existencia extremadamente precaria. Im-
presionado por esta pobreza y aun juzgando irrazonable des
prenderse así de tanto dinero, no podía
menos que darlo, tanto más cuanto que en Kuzminskoie había recibido una suma bas
tante grande por la
venta de un bosque, y un anticipo sobre la del material.
Al enterarse de que el barin
daba dinero a quien se lo pedía, todos los necesitados de la comarca,
principalmente las mujeres, habían acudido para solicitar de él un socorro. Eso lo ponía muy perplejo,
porque no sabía qué hacer, ni cuánto ni a quién dar. Teniend
o mucho dinero, no se sentía con fuerzas
para ne
gárselo a pobres diablos que se lo pedían, y, por otra parte, no era apenas razonable entregarlo al
azar.
El último día que permaneció en Panovo subió a la casa grande para proceder al examen de los
objetos
que quedaban allí. En el cajón inferior de una cómoda de caoba, ventruda, adornada con anillas
de bronce introducidas en fauces de leo
nes, la cual había pertenecido a una de sus tías, descubrió, entre
un paquete de viejas cartas, una fotografía donde esta
ban reunidos Sofía Ivanovna, María Ivanovna,
Nejludov en uniforme de estudiante, y Katucha, pura, fresca, desbordante de ale gría de vivir.
Renunciando a todos los demás objetos, Nejludov no reco
gió más que las cartas y la fotografía. En
cuanto al resto
: la casa, los muebles, lo cedió todo al molinero por la décima parte del precio, gracias a
la intervención del administrador.
Al recordar el pesar que había tenido en Kuzminskoie por renunciar a sus propiedades, se quedó
estupefacto de haber experimentado
semejante sentimiento. Ahora lo invadía una impresión deliciosa de
liberación, mezclada al encanto de la novedad, tal como debe de sentirla el explorador que descubre una
tierra nueva.
X
Al regreso de Nejludov a la ciudad produjo en el una impresión nu
eva y extraña. Llegó de noche, a
la luz de las farolas, y se dirigió inmediatamente a su aparta
mento. Un violento olor a naftalina llenaba
las habitaciones. Agrafena Petrovna y Kornei estaban, los dos, cansados y de malhumor; incluso se
habían querellado respecto a la colocación de todos aquellos efectos que parecían no tener otro des
tino
que ser extendidos, aireados y vueltos a colocar.
El dormitorio de Nejludov no estaba todavía arreglado, y las maletas estorbaban el paso, de forma
que la llegada de Nej
ludov dificultaba evidentemente todas aquellas faenas que, por una extraña rutina,
ponían periódicamente patas arriba aquel apartamento. Y todo aquello, después de las miserias que había
observado en casa de los campesinos, le pareció de una estupidez tal,
de la que él en parte tenía la culpa,
que decidió irse el mismo día siguiente a instalarse en el hotel; así Agrafena Petrovna podría dedicarse a
aquellos arreglos como mejor le pareciera, hasta la llegada de la hermana de Nejludov, que adoptaría
una resolución definitiva respecto a todo lo que se encontraba en la casa.
Al día siguiente salió temprano y eligió dos habitaciones en un hotel modesto y de una limpieza
relativa, en las proximidades de la cárcel, y, después de haber dado orden de transportar al
lí los efectos
preparados por él la víspera, se dirigiá a casa del abogado.
Hacía frío: las tormentas y las lluvias habían cedido el puesto a las heladas ordinarias de principios
de la primavera. Nejludov, vestido con un abrigo ligero, estaba transido por
la frescura del tiempo y las
mordeduras del viento, y apresuraba el paso para calentarse.
Por su memoria desfilaba lo que había visto en el pueblo: mujeres, niños, ancianos, miseria y
cansancio, que le parecía haber visto por primers vez; volvía a ver sobre todo al desgra
ciado niño
envejecido, sonriendo y entrelazando sus piernecitas sin pantorrillas, a involuntariamente comparaba
aquella exis
tencia del pueblo con la de la ciudad. Al pasar ante las tiendas de los carniceros, de las
pescaderías, de los sa
stres, se sentía impresionado, como si los hubiese visto por primers vez, de aquel
gran número de comerciantes limpios, gordos, de cara hinchada, a los cuales no se podía comparar
ningún hombre del campo. Y, con toda seguridad, aquellos hombres estaban con
vencidos de que sus
esfuerzos por engañar a clientes poco expertos en juzgar la calidad de la mercancía era una ocupación
muy útil. E igualmente orondos le parecían los cocheros de los vehículos particulares, con sus enormes
posaderas y sus botones a la espalda; los porteros de gorra galoneada, las cama
reras de blancos
delantales y rizados cabellos, y, sobre todo, los cocheros de los vehículos de alquiler, afeitada la nuca,
extendidos sobre los cojines de sus coches y mirando a los peatones con una mirada
desdeñosa o cínica.
Pero involuntariamente, Nejludov reconocía en ellos a todos aquellos mismos hombres de los pueblos,
despojados de sus tierras y, por consecuencia, empujados hacia la ciudad. Entre ellos, algunos habían
sabido adaptarse a las condicione
s de la vida urbana y, convertidos en seres como sus amos, se
enorgullecían de su éxito; otros, por el contrario, habían caído en una situación más miserable aún que la
que tenían en el pueblo y hasta eran más dignos de compasión: así aquellos zapateros r
emendones que
Nejludov veía trabajar ante las ventanas de un sótano; aquellas lavanderas delgadas, pálidas,
desgreñadas, planchando la ropa blanca con sus desnudos y violáceos brazos ante ventanas abiertas por
donde se exhalaba el vapor del agua jabonosa;
así también dos pintores de brocha gorda en edificios
existentes en la calle por la que pasaba Nejludov, descalzos y embadurnados de pintura de arriba abajo.
Con las mangas subidas hasta los codos sobre brazos delgaduchos y de señaladas venas, llevaban un
a
enorme cuba llena de cal y se injuriaban; en el rostro de ambos, el cansancio se mezclaba al malhumor.
La misma expresión mar
caba la faz polvorienta y negra de los carreteros erguidos sobre sus vehículos,
los rostros de los hombres, de las mujeres, de l
os niños envueltos en harapos, que mendigaban en las
esquinas, y rostros semejantes aparecían en las ventanas de las ta
bernas ante las cuales pasaba Nejludov.
Alrededor de las mesas sucias, llenas de botellas y de servicios para el té, entre las cuales c
irculaban
camareros vestidos de blanco, había sentados en grupo hombres que gritaban y cantaban, el rostro
inundado de sudor y arreboladas las mejillas. Ante una ventana, Nejludov distinguió a uno que con las
cejas levantadas y el labio caído miraba fijo al frente como tratando de acordarse de algo.
«Pero, ¿por qué han venido todos a amontonarse en la ciudad?», se preguntaba Nejludov al mismo
tiempo que respiraba el polvo levantado por un viento fresco, lo que se mez
claba con el desagradable
olor a aceite que se desprendía de una pintura reciente.
En una calle se cruzó con unos carreteros que transporta
ban un cargamento de hierro, bajo el peso
del cual el suelo temblaba con un ruido ensordecedor de metal que resonó do
lorosamente en su cabeza.
Apretaba el
paso para adelantarse a los carros, cuando, mezclado al estrépito de la chatarra, oyó de
pronto pronunciar su nombre.
Se detuvo y divisó delante de él a un militar de cara reluciente, con puntiagudos bigotes, sentado en
un coche de alquiler y haciéndole señas amistosas con la mano y sonriéndole, des
cubriendo unos dientes
de extraordinaria blancura.
- ¡Nejludov! ¿Eres tú?
Éste experimentó una primera impresión de vivo placer.
- ¡Vaya, Schoenbok! - exclamó con alegría.
Pero, inmediatamente después, comprendió que no había motivo para alegrarse.
Era aquel mismo Schoenbok que fue en otros tiempos a recogerlo a casa de sus tías. Hacía muchos
años que Nejludov lo había perdido de vista; pero le habían dicho que Schoenbok había abandonado la
Infantería por la Caballería y que, a des
pecho de sus deudas, y no se sabía cómo, continuaba viviendo al
mismo tren que las gentes ricas. Su cara oronda y satisfecha confirmaba aquellos rumores.
- ¡Qué suerte haberte encontrado! Porque no hay nadie en la ciudad. ¡Vaya, vaya
, has envejecido,
hermanito! -dijo, bajando del coche y distendiendo los hombros entumecidos -
. Te he reconocido
solamente por tu manera de andar. Bueno, comeremos juntos, ¿no es así? ¿Dónde se puede comer bien
en vuestra ciudad?
- Verdaderamente, no sé si tendré tiempo -
respondió Nejludov, procurando poder despedirse de su
camarada sin molestarlo -. ¿Y qué haces tú por aquí? - continuó.
-
¡Muchísimas ocupaciones, amigo mío! El asunto de mi tutela. Porque has de saber que soy tutor.
Administro los bie nes de Samanov. ¿Conoces a ese ricacho? Es un infeliz. ¡Y cin
cuenta mil deciatinas
de tierra! -
añadió pavoneándose con orgullo como si hubiese sido él mismo quien hubiera adquirido
todas aquellas deciatinas -. Todo estaba en un desorden espantoso. Los camp
esinos detentaban toda la
tierra y no paga
ban nada: había más de ochenta mil rublos de atrasos. Pues bien, en un año he cambiado
todo eso y he aumentado el rendimiento en un setenta por ciento. ¿Qué te parece? -
preguntó con
orgullo.
Nejludov se acordó,
en efecto, de haber oído hablar que este mismo Schoenbok, precisamente, por
haberse comido toda su fortuna y estar acribillado de deudas, como consecuencia de una protección muy
especial, había sido elegido tutor para administrar la fortuna de un viejo ricacho que ya había dilápi
dado
una parte. Y, evidentemente, era de aquella tutela de lo que vivía.
«¿Cómo deshacerme de él sin ofenderlo?», pensaba Nejlu
dov, mirando el rostro adiposo y
abotargado, con soberbios bigotes relucientes de cosmético, de su cama
rada y escuchando su charla
sobre los buenos restaurantes y su jactancia sobre la tutela.
- Bueno, ¿dónde vamos a comer?
- Es que no tengo ni un momento libre - dijo Nejludov mirando su reloj.
- Entonces, he aquí lo que haremos: esta tarde hay cameras. Tú vendrás, ¿no?
- No, no iré.
-
¡Sí, hombre, ven! Ya no tengo caballos míos, pero están a mi disposición los de Grichin. ¿Te
acuerdas de él? Tiene una cuadra soberbia. ¡Vamos, ven y cenaremos juntos!
- Tampoco podré cenar - respondió Nejludov con una sonrisa.
- Pero, bueno, ¿qué te pasa? ¿Y adónde vas ahora? ¿Quieres que te lleve?
- Voy a casa de un abogado que vive cerca de aquí.
- ¡Ah, sí, ahora te preocupas por las cárceles! Te has con
vertido en el encargado de negocios de los
presos. Me han hablado de eso los Kortchaguin - dijo Schoenbok riéndose -
. Ellos ya se han marchado.
Bueno, ¿qué pasa? Háblame de eso.
- Si, sí, es verdad - contestó Nejludov -. Pero no puedo contártelo en la calle.
- Desde luego, desde luego. Siempre has sido un original. Entonces, ¿vendrás a las carreras?
- No; ni puedo, ni quiero. No me lo tomes a mal, te lo ruego.
- ¡Qué idea! ¿Hasta dónde has llegado? - preguntó.
Y de pronto el rostro se le puso serio, su mirada se quedó fija y se levantaron sus cejas. Parecía
querer evocar un recuer
do, y Nejludov observó en su rostro la misma expresión beatífica que había
notado, a través de la ventana de la taberna, en el hombre de cejas levantadas y labios colgantes.
- ¡Qué frío!, ¿eh?
- Sí, sí - asintió Nejludov.
- ¿Llevas ya los paquetes? - preguntó Schoenbok al cochero -
. Bueno, adiós. Me alegro mucho de
haberte encontrado - añadió apretando fuertemente la mano de Nejludov.
Luego saltó a su coche, agitó su ancha mano enguantada de blanco ante su reluciente rostro, y una
sonrisa amistosa descubrió al mismo tiempo sus dientes, largos y demasiado blancos.
«¿Es que yo mismo he sido así? -
se preguntó Nejludov mientras continuaba su camino hacia la casa
del abogado -. Sí, aunque quizá no del todo. Pero, desde luego, así es como quería ser; y
me había
imaginado que mi vida entera transcurriría de esa forma.»
XI
Nejludov no tuvo que hacer antesala en casa del abogado, quien le habló primeramente del asunto
de los Menchov. Después de haber examinado el sumario, quedó indignado por la iniqu
idad de la
acusación.
- Es una injusticia flagrante - declaró -
. No existe duda alguna de que fue el propio tabernero quien
prendió fuego a la granja con objeto de cobrar la prima del seguro. El hecho capi
tal es que la
culpabilidad de los Menchov no está
probada en modo alguno. No existe ni una sola prueba contra ellos.
La condena se deriva únicamente del exceso de celo del juez de ins
trucción y de la negligencia del fiscal
interino. Pero, como el mal ya está hecho, será difícil conseguir algún cambio. De cual
quier modo, si se
consigue el que el asunto llegue, no ante la Audiencia Provincial, sino aquí, ante la Territorial, garantizo
la absolución; y trabajaré sin honorarios. En cuanto al otro asun
to, la petición de Fedosia Birokov al
emperador, ya está
redactada; y si va usted a Petersburgo, llévesela consigo y cuídese personalmente de
recomendarla. De lo contrario, dirigirían aquí un mandamiento de encuesta de la que no saldría nada.
Haga usted, pues, todo lo posible con personas influyentes en la com
isión de indultos. Bueno, está ya
todo, ¿no?
- No. He aquí que me han vuelto a escribir...
-
Por lo que veo, se ha convertido usted en el torno por el que se deslizan todas las quejas de la
cárcel - dijo el abogado con una risotada -. Pero hay demasiadas
injusticias: nunca podría usted acabar
con ellas.
- Pero es que esto es verdaderamente monstruoso - res
pondió Nejludov; y le hizo un resumes del
asunto.
En un pueblo, un campesino se había puesto a leer el Evan
gelio y a comentárselo a sus amigos.
Habiendo visto el clero en eso un delito, lo había denunciado: el juez de instrucción inte
rrogó, el fiscal
redactó un escrito de acusación y el tribunal dictó una sentencia, confirmada por la sala de apelación.
- Y eso es lo que me parece espantoso, que sea posible una cosa así - insistió Nejludov.
- ¿Y qué tiene eso de raro?
-
Pues todo. Comprendo el comportamiento del comisario rural, quien no hizo más que lo que le
ordenaron. Pero el fiscal, que redactó la acusación, es sin embargo un hombre instruido...
- Pue
s bien, ahí está el error. Uno se imagina gustosamente que el foro y la magistratura en general
están compuestos por hombres nuevos y liberales. Sí, así era antiguamente; pero los tiempos han
cambiado. Hoy día, quien dice magistrados, dice funcionarios pre
ocupados únicamente del día veinte de
cada mes, cuando reciben su sueldo, que ellos querrían ver aumentar sin cesar; a eso se limitan sus
principios. Fuera de eso, acusarán, juzgarán y condenarán a quien usted quiera.
-Pero, ¿es que existen leyes que dan
derecho a deportar a un individuo porque haya leído el
Evangelio a sus amigos?
- No solamente a deportar, sino incluso a enviarlo a traba
jos forzados si se demuestra que ha
comentado el Evangelio en un sentido contrario a la regla y que por tanto contradi
ce a la Iglesia. O lo
que es lo mismo, ultraje público a la fe ortodoxa: destierro en virtud del artículo 196.
- ¿Es posible?
-Es como le digo. No ceso de repetir a los magistrados - continuó el abogado -
que no puedo verlos
sin que mi corazón desborde de
gratitud por el hecho de que si no estoy en la cárcel, ni usted, ni todo el
mundo, no se lo debo más que a la bondad de ellos. Pues nada es más fácil que encontrar un artíulo que
permita deportarme a donde quieran.
- Si todo depende del capricho de un fiscal o de otras perso
nas, libres de seguir o no la ley, ¿para
qué sirve la justicia?
El abogado estalló en una risa alegre.
-
¡Vaya unas preguntas que me hace usted! Eso, padrecito, es filosofía. Bien, si usted quiere,
podremos también hablar de eso. Venga, pues, un sábado. Encontrará en nuestra casa hom
bres de letras,
artistas. Podremos discutir a nuestras anchas sobre esas cuestiones generales -
dijo el abogado,
recalcando con ironía las palabras «cuestiones generales» -. Usted conoce a mi mujer, ¿verda
d? Venga,
pues.
- Sí, ya procuraré... -
respondió Nejludov, consciente de que mentía y de que trataría por el contrario
de no acceder a la invitación del abogado y de evitar aquel ambiente de sabios, de hombres de letras y de
artistas.
La risa con la que el abogado había respondido al comen
tario de Nejludov referente a la inutilidad
del tribunal, puesto que los magistrados pueden a su capricho aplicar o no la ley, y el tono con que
pronunció las palabras «filosofía» y «cuestiones generales» demostraban a N
ejludov la divergencia de
puntos de vista entre él y el abogado, como verosímilmente ocurriría tam
bién con los amigos del
abogado; se daba cuenta igualmente de que por grande que fuera la distancia existente entre él y sus
antiguos amigos, como Schoenbok, se sentía más alejado aún del abogado y de las gentes de su mundo.
XII
Era tarde ya; la cárcel estaba lejos y, para dirigirse allí, Nejludov hubo de tomar un coche de punto.
Al pasar por una calle, el cochero, de edad mediana, de rostro bondadoso a in
teligente, se volvió
hacia Nejludov señalándole una enorme casa en construcción.
- ¡Vaya edificio que están levantando ahi! -
dijo con un tono que parecía indicar su participación, en
cierta medida, en aquella construcción, cosa de la que estaba orgulloso.
En verdad, la casa era inmensa y de un estilo extraordinario y complicado. Las largas vigas de pino
de la armazón, manteni
das por anillos de hierro, rodeaban el edificio, separado de la calle por una valla
de planchas. Sobre la armazón hormigueaban los o
breros, todo blancos de cal; unos tallaban las piedras
y otros las colocaban; otros aún subían pesadas cargas o bajaban barriles vacíos. Un hombre alto,
elegantemente vestido, el arquitecto sin duda, señalaba algo al aparejador, quien lo escu
chaba con
deferencia. Delante de ellos entraban y salían, por la puerta cochera, carros cargados.
«¡Y decir que todos los que trabajan y los que los hacen trabajar están convencidos de que eso tiene
que suceder así; que, en tanto que en sus casas, en el campo, sus mujeres, em
barazadas, están abrumadas
por un trabajo superior a sus fuer
zas y que sus niños, a punto de morir de hambre, sonríen con aire
envejecido, ellos tienen que construir este palacio inútil, estúpido, para algún hombre igualmente inútil y
estúpido, para uno de esos que los arruinan y les roban!», pensaba Nejludov mirando la construcción.
- ¡Sí, una casa estúpida! - dijo traduciendo en voz alta su pensamiento.
- ¿Cómo estúpida? - exclamó el cochero con aire ofendido -; por el contrario, gracias a eso,
los
obreros tienen trabajo.
-Pero también ese trabajo es inútil.
- Es útil, puesto que se construye: eso da de comer a la gente.
Nejludov se calló. Además, era difícil hablar en medio del estrépito producido por las ruedas.
No lejos de la cárcel, el coche
abandonó el pavimento para seguir por una calzada de tierra, de
forma que era posible entenderse; y el cochero se volvió de nuevo hacia Nejludov.
- ¡Bien hay gente que deja el campo para venirse a la ciudad!
Y señaló a una cofradía de obreros aldeanos po
rtadores de sierras y hachas, con sus pellizas de
carnero y sus sacos a la espalda. Caminaban en dirección contraría a la del coche.
- ¿Es que son más numerosos que los años anteriores?
-Hay tantos, que ya no encuentran dónde meterse. Los patronos juegan c
on los hombres como
pedacitos de madera. Hay de sobra en todas partes.
- ¿Por qué eso?
- Son demasiados. Ya no saben adónde ir.
- ¿Y qué importa que sean demasiados? ¿Por qué no se quedan en el pueblo?
- En el pueblo no hay nada que hacer: no hay tierra.
Nejludov tuvo la misma sensación que se experimenta al dar
se un golpe en un miembro herido: se
diría que uno se golpea expresamente siempre en ese sitio, y simplemente parece así por
que los golpes
allí son más sensibles.
«¿Es que en todas partes pasará ig
ual?», pensaba. Interrogó al cochero sobre la cantidad de tierras
que había en su pueblo, sobre la extensión de las que poseía él mismo y por qué se ha
bía venido a la
ciudad.
- Tenemos una deciatina de tierra por persona, barin. Poseemos para tres person
as. Tengo en casa a
mi padre y a mi hermano; otro hermano es soldado. Son ellos los que dirigen todo; por lo demás, no hay
nada que dirigir. También mi hermano ha tenido ya el deseo de marcharse a Moscú.
- Pero se puede tomar tierra en arriendo.
- ¿Dónde quiere usted arrendar nada? Los antiguos seño
res se han comido su fortuna, y son los
comerciantes los que han acapado toda la tierra. Ésos no dan nada en arriendo; trabajan ellos mismos.
Entre nosotros, es un francés el que ha comprado la tierra al antiguo barin
. Pues bien, tampoco él
arrienda nada.
- ¿Qué francés?
-
Dufar, el francés. Quizás usted haya oído hablar de él. Hace pelucas para los actores del gran
teatro. Es un buen nego cio, y ha ganado dinero. Ha comprado toda la propiedad de nuestra señorit
a y
ahora nos tiene en sus manos. Nos lleva como quiere. Afortunadamente es un buen hombre. En cambio,
su mujer, que es una rusa, es una perra de la que Dios nos libre. Roba a todo el mundo como un
salteador... Pero ya está aquí la cárcel. ¿Dónde quiere us
ted bajar? ¿En la escalinata? Creo que no lo
permiten.
XIII
Nejludov, con el corazón oprimido y preguntándose con espanto en qué estado de ánimo iba a
encontrar a Maslova, seguía asustado por el misterio que adivinaba en ella y en aquel vínculo que un
ía a
los hombres en la cárcel.
Llamó a la puerta principal y pidió al vigilante que vino a abrirle que lo dejara ver a Maslova.
Después de haberse infor
mado, el hombre le dijo que Maslova había sido trasladada al servicio de la
enfermería.
Nejludov fue al
lí, pues. Un buen viejecillo, guardián de la enfermería, lo hizo entrar y, al enterarse
de a quién iba a ver, lo dirigió hacia la sección de los niños.
Un joven médico, exhalando un fuerte olor a ácido fénico, vino por el corredor al encuentro de
Nejludov y, con tono severo, le preguntó cuál era el objeto de la visita. Este joven mé
dico se mostraba
muy bien avenido con los presos, lo que aca
rreaba a cada instante discusiones poco agradables, bien con
los funcionarios de la cárcel, bien con el médico jefe
. Temiendo quizá que fueran a pedirle un favor
irregular, o queriendo mostrar que no hacía excepciones con nadie, fingió mostrarse rigu
roso frente a
Nejludov.
- No hay mujeres aquí: es la sección de los niños - declaró.
- Sí, ya lo sé; pero se trata de
una presa a la que han trasladado aquí, según me han dicho, como
enfermera.
- En efecto, tenemos dos; ¿qué desea usted de ellas?
- Estoy en relaciones con una, la llamada Maslova - dijo Nejludov-
, y quisiera verla. Me marcho a
Petersburgo, donde voy a ocuparme en que revisen su sentencia. Y además, me ale
graria entregarle esto:
no es más que una fotografía - añadió, sacando del bolsillo un sobre blanco.
- Bueno, eso puede hacerse - dijo el médico suavizándose.
Luego invitó a una vieja enfermera de delantal blanco a que hiciese venir a la presa Maslova.
- ¿Desea usted sentarse o pasar al recibidor?
- Gracias - respondió Nejludov.
Y, observando la benévola disposición del médico, le pre
guntó si estaba satisfecho del trabajo de
Maslova.
-Pues sí, no trabaja mal, teniendo en cuenta las condiciones en que se ha encontrado -
respondió el
médico -. Por lo demás, hela aquí.
En una de las puertas apareció la vieja enfermera, seguida por Maslova. Ésta llevaba un delantal
blanco sobre su vestido de tela a rayas, y, a la cabeza, un pañuelo que ocultaba sus ca
bellos. Al ver a
Nejludov, enrojeció, se detuvo vacilante, luego frunció las cejas y, con los ojos bajos, deslizándose con
paso rápido por la alfombra del corredor, avanzó hacia él. Al principio no le tendió la m
ano; luego,
habiéndose decidido a hacerlo, se ruborizó más aún.
Nejludov no había vuelto a verla desde el día en que ella se había excusado por haberse enfadado
con él, y esperaba encontrarla en la misma actitud. Pero esta vez era completamente distinta,
y sus
rasgos expresaban algo nuevo; se mostraba reser
vada, tímida, como si creyese que Nejludov la miraba
con hostilidad.
Él le repitió lo que le había dicho al médico: se marchaba a Petersburgo. Luego le entregó el sobre
con la fotografía traída de Panovo.
-
He encontrado esto en Panovo: es una fotografía de otros tiempos. Tal vez la vea usted con
agrado. Quédese con ella.
Ella levantó las negras cejas y fijó, bizqueando ligeramente, sus ojos en Nejludov, con aire
sorprendido, como si se preguntase: «¿
A qué viene esto?» Y sin decir palabra cogió el sobre y lo metió
en el bolsilló delantero de su delantal.
- Vi también en el pueblo a su tía - continuó Nejludov.
- ¿La vio usted? - dijo ella con indiferencia.
- ¿Y cómo se encuentra usted aquí?
- Bien, no está mal.
- ¿No es demasiado penoso el trabajo?
- No, no demasiado. Sólo que aún no estoy acostumbrada.
- Me alegro mucho por usted: esto le conviene más que su vida en el otro sitio.
- ¡Oh, en el otro sitio! - dijo ella con las mejillas repentinamente arreboladas.
- Quiero decir allí en la cárcel - se apresuró a explicar Nejludov.
- ¿Y en qué es mejor esto?
Supongo que aquí las gentes serán mejores. No son las mismas que en el otro lado.
- Pero también allí hay buenas personas - afirmó ella.
- Me he ocupado del asunto de los Menchov; espero que los pondrán en libertad.
- ¡Dios lo quiera! Es tan buena esa viejecita -
dijo ella, repitiendo su opinión sobre la anciana presa,
y sonrió ligeramente.
- Cuando llegue a Petersburgo me ocuparé del asunto de usted; e
spero conseguir que anulen la
sentencia.
- La anulen o no, ahora poco me importa.
- ¿Por qué dice usted «ahora»?
- ¿Que por qué? - respondió ella con una breve mirada interrogativa.
Ante aquellas palabras y aquellas miradas, Nejludov creyó comprender que e
lla quería estar segura
de si él persistía en su proyecto o si había aceptado la negativa que ella le había opuesto.
- No sé por qué le importa a usted eso poco, pero real
mente, a mí me importa. Pase lo que pase,
estaré siempre dispuesto a hacer lo que le dije - declaró él con firmeza.
Ella levantó la cabeza; la mirada de sus negros ojos ligera
mente bizcos se detuvo al mismo tiempo
sobre él y al lado de él, y sus rasgos se iluminaron de alegría. Pero lo que ella decía era muy distinto de
lo que decían sus ojos.
- Es completamente inútil hablarme así - murmuró ella.
-Le hablo así para que lo sepa.
- Todo está ya dicho; no hay más que hablar de eso - dijo ella reprimiendo una sonrisa.
En aquel momento, un ruido, seguido de un grito de niño, se oyó en la sala de los enfermos.
- Creo que me están llamando - dijo Maslova, volviéndose, con la mirada inquieta.
- Entonces, adiós.
Ella fingió no ver la mano tendida; luego, se apartó, y, pro
curando disimular su triunfo, se alejó con paso
rápido.
«¿Qué le pasa, qué
piensa, qué siente? ¿Es sólo una prueba que me está haciendo sufrir o es que
realmente no puede per
donarme? ¿No puede o no quiere ella decirme lo que piensa, lo que siente? ¿Está
mejor o peor dispuesta hacia mí?», se preguntaba Nejludov. Y no pudo respo
nderse a estas preguntas.
La única cosa que veía era que se operaba en ella un profundo cambio, gracias al cual no solamente él
mismo se encontraba más cerca de ella, sino más cerca también de Aquel en nombre del cual ese cambio
se realizaba. Y esta comunión lo llenaba de alegría, de energía y de enternecimiento.
Mientras tanto, Maslova, de regreso a la sala a la que estaba destinada y que contenía ocho camas
de niño, se había puesto, por orden de la enfermera oficial, a hacer las camas. Pero al inclinarse
demasiado adelante, con las sábanas en la mano, se resbaló y estuvo a punto de caer. Aquella pequeñez
provocó la hilaridad de un muchachito convaleciente, sentado en una de las camas con el cuello
vendado; y Maslova, en la imposibilidad de contenerse más
, se sentó en la cama y estalló en una franca
carcajada, tan contagiosa, que ganó a todos los demás niños. Lo que provocó en la enfermerá un
movimiento de malhumor.
- ¿Qué es eso de reírte así? - dijo a Maslova -. ¿Crees que sigues estando en el sitio don
de estabas?
¡Ve a buscar la comida!
Maslova dejó de reír, recogió la vajilla y fue adonde la man
daban; pero habiendo cambiado una
nueva mirada con el niño al que estaba prohibido reír a causa de su cuello vendado, se le hincharon los
carrillos, conteniendo a duras penas una nueva carcajada.
En diversas ocasiones, encontrándose sola a lo largo de la jornada, sacó del sobre la fotografía
traída por Nejludov para lanzarle una rápida ojeada. Pero solamente por la noche, sola en la habitación
que compartía con otra presa-
enfermera, sacó la fotografía y la miró largo rato acariciando con los ojos
los más íntimos detalles de las figuras, de los vestidos, de los peldaños de la escalinata, de los macizos
que servían de fondo y sobre los cuales se destacaban el rostr
o de Nejludov, el suyo y los de las ancianas
señoritas. Un encanto extraordinario se desprendía para ella de esta fotografía pasada y amarillenta; pero
le agradaba sobre todo ver allí su propia imagen, joven, bonita, con los bucles de sus cabellos
sureolándole la frente. Estaba engol
fada en una contemplación tan profunda, que ni siquiera vio entrar
en la habitación a su compañera.
- ¿Qué es? ¿Te te ha dado él? -
le preguntó inclinada por encima de su hombro la alta muchacha
bonachona que acababa de entrar-. ¿Eres verdaderamente tú?
- ¿Y quién, si no? - dijo Maslova con una sonrisa, mirando a su compañera.
- ¿Y éste es él? ¿Cuál de ellas es su madre?
- Las dos eran tías suyas. Pero, ¿es verdad que no me habrías reconocido?
- ¡Nunca en la vida! Tu cara no es la misma en absoluto. Debe de hacer más de diez años de esto.
- No son los años los que me han cambiado; ha sido la vida -
respondió Maslova; y su animación se
apagó súbitamente.
Su rostro se puso triste, y una arruga se ahondó entre sus cejas.
- ¿Cómo? Me imagino que la vida «allí» sería fácil.
- ¡Sí, sí, fácil! - respondió Maslova, cerrando los párpados y meneando la cabeza -
. Peor que
trabajos forzados.
- ¿Y por qué eso?
- Porque era así. Desde las ocho de la noche hasta las cuatro de la madrugada. Y eso todos los días.
- ¿Y por qué no lo dejaste?
-Eso es lo que querría una, pero es imposible. Por lo demás, no hablemos de eso - dijo Maslova.
Se puso en pie de un salto, tiró la fotografía en el cajón de la mesilla de noche y, esforzándose en
reprimir lágrimas de rabia, huyó al pasillo, cerrando la puerta con violencia.
Al volver a ver aquella fotografía se imaginó ser tal como estaba allí representada: soñaba con toda
la felicidad que había tenido, que entonces aún podía compartir con él. Pero las p
alabras de su
compañera le recordaron lo que ella era hoy, lo que había sido «en aquel sitio», el horror que vagamente
había intuido de aquella existencia, pero que no había querido confesarse.
Se acordó de las noches horribles; en particular de una noche
de carnaval en que esperaba al
estudiante que había pro
metido sacarla de aquel infierno. Se acordó de que, vestida con un traje de seda
roja, muy escotado y manchado de salpicadu
ras de vino, una cinta roja en los despeinados cabellos,
exhausta, debilita
da, embriagada, después de haber despedido a las dos de la madrugada a los visitantes
y antes de ponerse de nuevo a bailar, había ido a sentarse un momento al lado de la pianis
ta, flaca y
huesuda criatura cubierta de barrillos, y le había confesado lo muy
penosa que le resultaba aquella
existencia. La pianista declaró también estar cansada de la vida que llevaba y, habiéndose acercado
Clara, las tres habían decidido renuncir a aquella existencia. Pensaban que aquella noche había aca
bado,
y ya se separaba
n, cuando de nuevo se dejaron oír a la entrada voces de clientes achispados. El violinista
había em
pezado un estribillo, y la pianista se había puesto a tabalear, a guisa de acompañamiento, los
primeros compases de un aire ruso de los más alegres. Un homb
recillo ebrio, de frac y corbata blanca,
hipando y apestando a vino, agarró a Maslova por la cintura; un hombre alto y barbudo, igualmente de
frac (venían de un baile), apresó a Clara, y durante mucho tiempo estuvie
ron dando vueltas, cantando,
gritando y bebiendo...
Así había pasado un año, luego dos, luego tres. ¡Cómo no cambiar de aspecto!
¡Y únicamente él era la causa de todo aquello! Sentía despertarse su odio contra Nejludov más
intensamente que nunca. Habría querido poderlo insultar, abrumarlo de repro
ches. Se enfadaba consigo
misma por haber dejado escapar aquel día una nueva ocasión de demostrarle que lo conocía bien, que no
le permitiría abusar esta vez de su alma como había abusa
do de su cuerpo, ni servirle de pretexto para
desplegar su generosidad.
Y para ahogar este sentimiento doloroso de lástima hacia ella misma y de cólera insatisfecha contra
él, habría querido be
ber aguardiente. A pesar de su juramento de no beberlo nunca más, no habría
mantenido su palabra y lo habría bebido, si hubiese
estado aún en la celda de la cárcel. Pero el ayudante
del cirujano tenía la custodia del aguardiente, y Maslova le tenía miedo, porque la perseguía con sus
asiduidades, y ahora le causaban horror cualesquiera relaciones con los hombres.
Después de haber permanecido sentada en un banco, en el corredor, volvió a entrar en su
habitacioncita y, sin responder a las palabras de su compañera, lloró largamente por su vida perdida.
XIV
En San Petersburgo, Nejludov tenía que arreglar tres asuntos: en el Senado,
el recurso de casación
de Maslova; en la Cámara de peticiones, el recurso de gracia de Fe
dosia Birukov, y el recado de Vera
Bogodujovskaia, consistente en enterarse en la Dirección de la gendarmería o en la tercera sección de
policía, de los medios para conseguir que fuera pues
ta en libertad Schustova; y también, para una madre,
la sutori
zaci6n para ver a su hijo, detenido político en la fortaleza de Pedro y Pablo. Para él, estos dos
últimos asuntos no formaban más que uno; pero existía aún un cuarto: el
de los sectarios arrancados a
sus familias para ser deportados al Cáucaso porque habían leído y comentado el Evangelio. Se había
prometido más a sí mismo que a ellos hacer todo lo que le fuera posible para poner en claro la cuestión.
Desde su última visita a Maslennikov, y, sobre todo, después de su estancia en el campo, Nejludov
experimentaba una repulsión profunda hacia el ambiente que, hasta éntonces, había sido el suyo; hacia
ese ambiente donde con tanto cuidado se ocultaban todos los sufrimientos que
abruman a millones de
seres humanos, con objeto de asegurar a un pequeño número comodidares y placeres; hacia ese ambiente
donde no se ven y no se pueden ver esos sufrimientos y, por consiguiente, la crueldad y el desatino de
esa vida. Ya no le era posible conser
var la misma desenvoltura en sus relaciones con los hombres de
aquel mundo, y sin embargo se veía arrastrado hacia él por las antiguas costumbres de su vida, por sus
relaciones de amistad o de parentesco, y sobre todo por su preocupación de poder acu
dir en syuda de
Maslova y de todos aquellos cuyos sufrimien
tos conocía; y, para eso, tenía que solicitar el apoyo y los
ser
vicios de gentes a las que no sólo no estimaba en absoluto, sino por las que no sentía sino indignación
y desprecio.
Habiéndose
alojado, a su llegada a Petersburgo, en casa de su tía, hermana de su madre, la condesa
Tcharsky, mujer de un ex ministro, Nejludov se encontraba allí sumido en el centro mismo de aquel
mundo aristocrático que se le había hecho tan extraño; y eso lo desol
aba; pero no podía obrar de otro
modo, porque si se hubiera alojado en un hotel habría ofendido a su tía y se habría privado, para sus
empresas, del concurso más precioso; porque ella tenía numerosas y muy influyentes relaciones.
- Bueno, ¿qué es lo que me han contado de ti? No sé qué cosas maravillosas -
le preguntó la condesa
Catalina Ivanovna, la mañana misma de su llegada, mientras le hacía servir el café-.
Vous posez pour un
Howard (Célebre filántropo inglés.). ¡Socorres a los criminales, visitas a l
os presos! ¿Es que te has
decidido a ir por el buen camino?
- Nunca se me ha ocurrido eso.
- Me parece muy bien. Entonces, ¿de qué se trata? ¿De alguna aventura novelesca? Vamos, cuenta.
Nejludov contó sus relaciones con Maslova tal como habían sido.
-Sí, sí, ya me acuerdo. La pobre Elena me habló vagamen
te de todo eso, después de tu estancia en
casa de las viejas señoritas. ¡Pues no llegaron incluso a pensar en casarte con su pupila...! -
La condesa
Catalina Ivanovna había adoptado siempre una actitud desdeñosa respecto a la familia paterna de Nej-
ludov -. De modo que se trata de ella, ¿eh? Elle est encore jolie?
La tía Catalina Ivanovna era una mujer de unos sesenta años, llena de salud, jovial, enérgica y
charlatana. De alta estatura y muy corpulenta,
su labio superior estaba adornado con un bigote oscuro.
Nejludov la quería mucho. Estaba acostumbrado, desde su infancia, a venir a su casa para hacer provi-
sión de energía y de buen humor.
-No, ma tante; todo eso acabó. Quisiera sólo ayudarla, porque la
han condenado injustamente y yo
mismo soy culpable de haber influido en todo su destino. Por eso estoy obligado a hacer en su favor todo
lo que me sea posible.
- Pero es que me han dicho que querias casarte con ella. -Sí, yo lo he querido, pero es ella qui
en no
quiere.
Catalina Ivanovna, plegando la frente y entornando los ojos, examinó un instante a su sobrino con
aire de asombro y, de pronto, su rostro se tranquilizó.
- ¡Vaya, ella es más sabia que tú! ¡Oh, qué tonto eres! ¿Y verdaderamente tu casarías con ella?
-Sin duda alguna.
- ¿Después de todo lo que ella ha sido?
- Razón de más. ¿No soy yo quien tiene la culpa?
- Eres simplemente un pazguato - declaró la tía sin dejar de sonreír-
, un espantoso pazguato, un
verdadero tonto; pero te quiero justamente porque eres un espantoso pazguato - re
pitió aún, encantada
seguramente con aquella palabra que, a su juicio, definía de manera perfecta el estado intelectual y mo-
ral de su sobrino -. Mira, has llegado muy a propósito. Precisamente acaba de abrir Aline un
soberbio
asilo de arrepenti
das. Un día fui por allí. ¡Son repugnantes! Después de la visita tuve que bañarme. Pero
Aline se ha entregado a su asilo en corps et âme.
Le confiaremos a tu protegida. Nadie mejor que Aline
es capaz de volverla al buen camino.
-
Pero es que la han condenado a trabajos forzados. He venido aquí precisamente para procurar que
anulen el juicio. Es el primer asunto por el que querría que usted se interesara.
- ¡Ah!, ¿sí? ¿De quién depende su asunto?
- Del Senado.
- ¿Del Senado? Pero
allí está mi querido primo León, en el Senado. Bueno, me olvidaba de que está
en la sección de heráldica. Y entre los verdaderos senadores no conozco a nadie. Son gentes que vienen
sabe Dios de dónde, o incluso alemanes: ge, efe, de... tout l'alphabet!, o
bien toda clase de Ivanov, de
Semenov, de Nikitin; o Ivanenkos, Simonenkos, Nikitenkos, pour varier! Des gens de l'autre monde!
No importa; le hablaré de eso a mi marido. Él los conoce; conoce a toda clase de gen
te. Le hablaré. Pero
será preciso que le expliques tú mismo todo el asunto: a mí no me comprende nunca. C'est un parti-pris.
Todo el mundo me comprende; solamente él no me comprende.
En aquel momento, un lacayo de librea, medias y pantalo
nes cortos trajo una carta en una bandeja
de plata.
Precisamente una carta de Aline. Oirás también a Kieseweter.
- ¿Quién es Kieseweter?
-
¿Kieseweter? No dejes de venir a casa esta noche y verás quién es. Habla tan bien, que los
criminales más endurecidos se arrojan a sus rodillas, y lloran, y se arrepienten.
Por extraño que aquello pudiera parecer y por poco en ar
monía que estuviese con su carácter, la
condesa Catalina Ivanovna era una ferviente adepta de la doctrina que coloca la esen
cia misma del
cristianismo en la Redención. Frecuentaba las asambleas donde
se predicaba esta doctrina entonces de
moda, y reunía en su casa a los fieles de la misma. Aunque aquella enseñanza rechazase multitud de
ceremonias, los iconos a incluso los sacramentos, la condesa Catalina Ivanovna tenía ico
nos en todas las
habitacion
es de su apartamento a incluso en la cabecera de su cama; cumplía todas las ceremonias
exigidas por la Iglesia, sin ver en eso la más mínima contradicción.
- ¡Ah, si tu arrepentida pudiera oírlo, se convertiría inmediatamente! - continuó la condesa-. Pero
ven sin falta esta noche; lo oirás. Es un hombre asombroso.
-Es que, tía, esas cosas apenas me interesan.
-
Pues sí, te aseguro que eso te interesará. Y no tienes más remedio que venir. Ahora dime qué más
deseas de mí. Videz votre sac!
- Tengo un asunto que concierne a la fortaleza.
- ¿A la fortaleza? ¡Ah! En ese caso puedo darte una carta para el barón Kriegsmuth.
C'est un très
brave homme! Tú lo conoces bastante bien, además: es un antiguo camarada de tu padre.
Il donne dans
le spiritisme; pero es igual, es bueno. ¿Y qué tienes que hacer allí?
-
Tengo que pedir que se le permita a una madre ver a su hijo que está allí encerrado. Pero me han
dicho que eso no dependía de Kriegsmuth, sino de Tcherviansky.
- ¡Tcherviansky! A ése no le tengo la menor simpa
tía. Pero es el marido de Mariette. Puedo
dirigirme a ella. Haría por mí cualquier cosa. Elle est très gentille!
- Quiero pedir que pongan en libertad a una mujer, en
carcelada desde hace varios meses sin que
nadie sepa por qué.
- ¡Vamos, la misma mujer de
be de saberlo muy bien! ¡Esas mujeres lo saben todo! ¡Mujeres de
cabellos cortos que no tienen más que lo que se merecen!
-
Ignoramos si se lo merecen o no; pero el caso es que sufren. ¿Y usted, que es cristiana y que cree
en el Evangelio, puede mostrarse tan implacable?
-
Lo uno no impide lo otro. El Evangelio es el Evangelio, y lo que es repugnante es repugnante.
Peor sería decir que me gustan los nihilistas, las mujeres sobre todo, con sus cabellos cortos, cuando en
realidad no puedo sufrirlas.
- ¿Y por qué no puede usted sufrirlas?
-¿Y todavía me preguntas por qué después del atentado del primero de marzo?
- Pero no todos participaron en él.
-
No importa. ¿Para qué mezclarse en lo que no es asunto de ellas? Y no es un papel que
corresponda a las mujeres.
- Pero ahí tiene usted por ejemplo a Mariette: usted mis
ma acaba de reconocer que ella sí puede
intervenir en los asuntos.
- ¡Mariette es Mariette!
¡Pero que una Dios sabe qué, una cualquiera que no es ninguna gran cosa,
pretenda darnos una lección a todos...!
- No se trata de darnos una lección, sino de acudir en ayuda del pueblo.
-No necesitamos de ellas para saber que hay que ayudar al pueblo.
-
Pero el caso es que el pueblo sufre. Acabo de volver del campo. ¿Le parece a usted justo que los
mujiks se a
goten más allá de sus fuerzas y no tengan bastante para comer según les pide el hambre,
mientras nosotros vivimos en medio de un lujo desenfrenado?-prosiguió Nejludov, animado por la bo-
nachonería de su tía hasta el punto de comunicarle todos sus pensamientos.
- ¿Qué quieres entonces? ¿Que me ponga a trabajar y que no coma nada?
- No, no quiero en modo alguno dejarla sin comer - dijo Nejludov sonriendo--
; quiero solamente
que trabajemos todos y que todos comamos.
- Mon cher, vous finirez mal! - dijo.
- ¿Y por qué?
En aquel momento, un alto y robusto general acababa de penetrar en el comedor. Era el marido de la
condesa, Tcharsky, el ex ministro.
- ¡Ah, Dmitri, buenos días! - dijo el general tendiendo a Nejludov su mejilla recién afeitada -
.
¿Cuándo has llegado?
Besó en silencio la frente de su mujer.
- Bueno, il est impayable! - dijo la condesa a su mari:do -
. Quiere que vaya a lavar mi ropa al río y
que me alimente sólo de patatas. Es un terrible tonto, un espantoso pazguato - continuó ella -
. Pero, de
cu
alquier forma, haz lo que te pida. A propósito, dicen que la señora Kamenskaia se halla en tal estado
de desesperación, que se teme por su vida: deberías it a visitarla.
- Sí, es espantoso - respondió el marido.
- Y ahora, id a hablar de vuestras cosas. Tengo unas cartas que escribir.
Apenas hábía salido Nejludov del comedor cuando ella le gritó desde la otra habitación:
- ¿Quieres que le escriba a Mariette?
- Se lo ruego, tía.
-Entonces dejaré en blanco la explicación de lo que tienes que pedirle a su mar
ido a propósito de tu
pelicorta. Ella le or
denará que haga lo que tú pidas, y él lo hará. Pero, oye, no vayas a creer que soy
mala. Tus protegidas no me son nada simpáticas; mais je ne leur veux pas de mal!
¡Que Dios las proteja!
Y después puedes irte, pero vuelve sin falta esta no
che. Oirás a Kieseweter. Y luego rezarás por
nosotros. Y si lo haces de buena fe, ça vous fera beaucoup de bien. Sé perfecta
mente que Elena y todos
vosotros nunca os habéis preocupado mucho de eso. Bueno, hasta la vista.
XV
El conde Iván Mijailovitch, el ex ministro, era un hombre de convicciones firmes.
Desde su juventud, esas convicciones se habían ba
sado en los principios siguientes: lo mismo que el
pájaro se alimenta de gusanos, está vestido de plumas y vuela por el e
spacio, así él mismo debia
naturalmente alimentarse con los platos más rebuscados, preparados por cocineros pagados muy caros, ir
vestido de la manera más elegante y más cómoda posible, ser llevado por caballos tranquilos y rápidos,
y por consiguiente todo eso debía estar a su disposición. Además, el conde Mijailo
vitch consideraba que
cuanto más dinero percibiese del tesoro público, más adornado estaría con condecoraciones, más fre-
cuentaría a altos personajes de los dos sexos y tanto más le valdría eso. T
odo lo demás, comparado con
esos dogmas fun
damentales, le parecía al conde Iván Mijailovitch nulo y sin interés; y le importaba poco
que las cosas fuesen de una manera a otra. Conformándose a esta fe, el conde Iván Mijailo
vitch había
vivido y actuado en
Petersburgo durante cuarenta años, después de los cuales había llegado al puesto de
ministro.
Las cualidades principales que le habían permitido llegar a aquel cargo consistían en esto:
primeramente, sabía comprender el sentido de los reglamentos y de otras disposiciones oficia
les y
redactar, en un estilo poco elegante, es verdad, documentos inteligibles y exentos de faltas de ortografía;
en segundo lugar, era muy expresivo y podía, según las circunstancias, dar la impresión de dignidad, de
altivez y de
inaccesibilidad, o bien de flexibilidad, llegando hasta la bajeza y la infamia; en tercer lugar,
estaba liberado de cualesquiera reglas de moralidad per
sonal o social y, por consiguiente, podía, si era
preciso, estar de acuerdo o en desacuerdo con todo el
mundo. Al obrar así, no tenía más que un solo
objetivo: dejar creer que era consecuente consigo mismo; y no le importaba lo más mínimo la mo
ralidad
o la inmoralidad de sus actos, como tampoco la cuestión de saber si esos actos constituían el mayor bien
o el mayor mal para Rusia o para el mundo entero.
Cuando llegó a ser ministro, todos sus subordinados, la ma
yor parte de sus conocidos, y más todavía
él mismo, tuvieron la convicción de que se mostraría como un hombre de Estado de los más inteligentes.
Pe
ro después de un cierto tiempo, cuando hubo que comprobar que él no había organizado nada ni había
creado nada nuevo, que, según las leyes de la lucha por la vida, otros hombres análogos a él, que sabían
comprender y redactar documentos oficiales, funciona
rios tan expresivos y tan poco escrupulosos, lo
hubieron suplantado y obligado a retirarse, se reconoció unánimemente que en lugar de ser una inteli-
gencia excepcional era un hombre muy limitado, poco instruido, a pesar de su tono de suficiencia, y que
apenas sobrepasaba en sus opiniones el nivel de los artículos de fondo de los perió
dicos conservadores.
Se cayó en la cuenta de que nada lo dis
tinguía de las otras mediocridades vanidosas y limitadas que lo
habían suplantado. Él mismo se daba cuenta de eso,
lo que no le impedía en modo alguno creerse con
derecho a recibir, de año en año, un sueldo cada vez mayor y nuevas condecoracio
nes para su uniforme
de gala. Esta convicción estaba tan profundamente arraigada en él, que nadie tenía valor para llevarle l
a
contraria. Y de año en año percibía, en forma de pen
sión de retiro, de honorarios como consejero de
Estado y como presidente de toda clase de comisiones o juntas, varios millares de rublos; además, cada
año tenía el derecho, por él tan aprecia do, de ma
ndar coser nuevos galones a su cuello y a su pantalón y
a su frac y nuevas cintas y estrellas de esmalte. De este modo ampliaba el círculo de sus relaciones
sociales.
El conde Iván Mijailovitch escuchó las explicaciones de Nejludov con la misma gravedad y
la
misma atención que con
cedía en otros tiempos a los informes de sus jefes de servicios. Hecho esto, dijo
a su sobrino que iba a darle dos cartas de re
comendación, una de ellas para el senador Wolff, del
departamento de casación.
-Se dicen muchas cosas de él - explicó -,
pero, dans tous les cas, c'est un homme très comme il faut.
Me está agradecido y hará todo lo que esté en su mano.
La segunda carta iba destinada a un miembro de la comi
sión de gracia. El asunto de Fedosia
Birukov, que le había contado Nejludov, lo había conmovido mucho. Habiéndole di
cho éste que quería
escribir a la emperatriz, le respondió que era, en efecto, un asunto digno de interés y que se podría hablar
de él cuando se presentase la ocasión, pero no se arriesgaba a prometerlo.
La petición debía seguir su
trámite, y añadió, después de reflexionar un instante, que si un jueves lo in
vitaban al salón de la
emperatriz, en petit comité, tal vez en
contrara la oportunidad de deslizar unas palabras a propósito de la
protegida de Nejludov.
Nejludov, provisto de las dos cartas del conde y de otra de su tía para Mariette, se puso en camino
inmediatamente para iniciar sus gestiones
Por lo pronto, empezó por Mariette. La había conocido de muchachita, perteneciente a una familia
aristocrática de escasa fortuna. Se había casado con un hombre que había sabido ele
varse rápidamente,
gracias a medios sospechosos, y, como siempre, a Nejludov le resultaba desagradable solicitar el apoyo
de un hombre al que despreciaba. En este caso, sentía un desa
cuerdo interior, un descontento de sí
mismo y una vacilación: ¿debía o no dirigirse a él? Y siempre llegaba a la conclusión de que debía
hacerlo. Por otra parte, comprendía lo que de falso había en su actitud de peticionario ante gente con la
que no tenía ya ninguna solidaridad y que, sin embargo, continua
ban considerándolo como a uno de los
suyos. En aquel ambien
te se sentía recaer en la horma antigua y habitual y, a pesar suyo, volvía a
adoptar el tono ligero a inmoral que reinaba en aquella sociedad.
Ya por la mañana, en casa de su tía
Catalina Ivanovna, lo había notado al adoptar un tono burlesco para hablar de las cosas más serias.
Petersburgo, adonde hacía mucho tiempo que no había veni
do, ejercía sobre él su acción habitual:
físicamente excitante y moralmente embotadora.
Todo era tan limpio, tan cómodo, estaba tan desprovisto de escrúpulos morales, que la vida allí
parecía más ligera que en ninguna otra parte.
Un soberbio cochero, limpio y correcto, condujo a Nejludov, pasando ante soberbios agente
s de
policía, limpios y correctos, por una calle elegante y limpia, bordeada de casas limpias y elegantes, hasta
la casa donde vivía Mariette.
Vio ante la escalinata a un par de caballos ingleses engan
chados y enjaezados; en el pescante, con
aire grave y
digno, un cochero de librea, de orgulloso talante, el látigo en la mano, semejando a un
inglés por las patillas, que le llegaban casi hasta la boca.
Un portero, con uniforme de un púrpura muy vivo, abrió la puerta del vestíbulo, donde se hallaban
apostados
, con librea galoneada, un lacayo de espléndidas patillas y un centinela de servicio con
uniforme nuevo.
- El general no recibe. La generala, tampoco: va a salir.
Nejludov sacó de su cartera una tarjeta de visita y se acercó a una mesita donde se disponía
a
escribir algunas palabras con lápiz, cuando de pronto el lacayo hizo un movimiento, el por
tero se lanzó
hacia la escalinata gritando: «¡Avance!», y el centinela se puso firme, las manos en las costuras del
pantalón, siguiendo con los ojos a una mujer jo
ven, bajita y delgada, que bajaba por la escalera con un
paso rápido que contrastaba con la importancia de su rango.
Mariette, tocada con un gran sombrero de plumas, llevaba sobre su vestido negro una esclavina del
mismo color. Iba enguantada de negro y el rostro cubierto por un velillo.
Al ver a Nejludov, se levantó el velillo y descubrió un rostro encantador y grandes ojos brillantes.
Y, después de unos momentos de examen, exclamó con voz familiar y gozosa:
- ¡Ah, el príncipe Dmitri Ivanovitch! Lo habría reconocido...
- ¿Cómo? ¿Se acuerda usted incluso de mi nombre?
- ¡Naturalmente! Mi hermana y yo hasta llegamos a estar enamoradas de usted -
respondió en
francés -. Pero, ¡cómo ha cambiado usted! Es una lástima que no tenga más remedio que salir. Aunque
quizá pudiéramos entrar todavía un instante -dijo con aire de vacilación.
Consultó con los ojos el reloj de la antecámara.
-
¡Ay, no, no es posible! Voy a casa de Kamenskaia para el servicio fúnebre. La pobre mujer está
muy abatida.
¿Qué le pasa a esa Kamenskaia?
-
¿Cómo? ¿No está usted enterado? ¡Su hijo acaba de ser muerto en duelo! Se había batido con
Posen. ¡Hijo único! ¡Es espantoso! La madre está abatidísima.
- Sí, ya he oído hablar de eso.
Pero no tengo más remedio que marcharme; venga, pues, mañana o esta noche -
continuó ella. Y,
con paso ligero, se dirigió hacia la salida.
-Desgraciadamente, no podré esta noche-dijo Nejludov, acompañándola hasta la escalinata -
. Venía
a hablarle de un asunto - añadió al mismo tiempo que miraba el par de caballos
alazanes que se detenían
ante la escalinata.
- ¿Qué es?
- Aquí tengo una carta de mi tía respecto a ese asunto -
dijo Nejludov tendiéndole un sobre
alargado, cerrado con un sello enorme -. Esto le explicará de qué se trata.
- Ya sé, la condesa Catalina Iva
novna se cree que ejerzo influencia sobre mi marido. Se equivoca
completamente. No puedo conseguir nada de él y para nada quiero mezclarme en sus asuntos. Pero, por
la condesa y por usted, estoy dispuesta con mucho gusto a infringir esta regla. Bueno, ¿de qué se trata? -
preguntó, buscando vanamente en el bolso con su manecita enguantada.
- De una joven encarcelada en la fortaleza. Está enferma y la han detenido por error.
- ¿Cómo se llama?
- Schustova, Lidia Schustova. Todo está anotado en la carta.
- Bueno, haré todo lo que me sea posible - dijo, subien
do con pie ligero al elegante coche
blandamente tapizado cuyo barniz centelleaba al sol.
Se sentó y abrió su sombrilla. El lacayo trepó a la parte trasera, hizo signos al cochero de que podía
arrancar, y el
coche se puso en movimiento. Pero, en el mismo instante, con la punta de su sombrilla,
Mariette tocó el hombro del cochero: los soberbios caballos de finas patas, curvando la cabeza bajo la
presión del bocado, se detuvieron piafando.
- Pero usted volverá a verme, y esta vez de un modo desinteresado -
dijo ella con una sonrisa cuyo
encanto conocía.
Y como si juzgase terminada la representación, bajó su ve]i
llo y tocó de nuevo al cochero con la
punta de la sombrilla.
Nejludov se quitó el sombrero. Martille
ando el pavimento con sus nerviosos cascos, los caballos
arrastraron a un paso vivo al coche, que se deslizaba ligeramente sobre las silenciosas ruedas,
traqueteado apenas por la desigualdad del suelo.
XVI
Pensando en aquella sonrisa que acababa de camb
iar con Mariette, Nejludov meneó la cabeza
desaprobándose a sí mismo: «No tendrás tiempo de darte cuenta y de nuevo quedarás atrapado en el
engranaje de esta vida» , se decía. Y sintió en él aquel desacuerdo interior y las dudas provocadas por la
necesidad de recurrir a los buenos oficios de gente a la que no estimaba en absoluto.
Después de reflexionar sobre la cuestión de saber adónde iría primero, Nejludov se dirigió al
Senado. Lo guiaron a la cancillería, donde, en un magnífico local, distinguió a un gr
an número de
funcionarios bien vestidos y muy corteses. Allí se enteró de que el recurso de Maslova había sido
enviado, a fin de que lo examinase, a aquel mismo senador Wolff para quien su tío le había dado una
carta.
- Esta semana habrá sesión del Senado - le dijeron -
; pero es dudoso que el asunto de Maslova
pueda ser discutido en esta sesión. Sin embargo, usted siempre puede pedir que lo pasen al miércoles
siguiente.
En la cancillería del Senado, mientras Nejludov aguardaba diversos informes, oyó hablar
de nuevo
del desgraciado duelo en que el joven Kamensky había hallado la muerte. Y allí se enteró por primera
vez de los detalles completos de aquella historia que apasionaba a todo Petersburgo. Su principio tuvo
lugar en un restaurante, en una mesa de ofi
ciales que comían ostras y bebían copiosamente, según su
costumbre. Uno de ellos hizo alusiones ofensivas sobre el regimiento en que servía Kamensky, y éste lo
trató de mentiroso; el oficial injuriado replicó con una bofetada, y el duelo se celebró al día
siguiente.
Kamensky había recibido un balazo en el vientre, a consecuen
cia del cual murió dos horas después. El
matador y los testigos habían sido detenidos; pero, aunque estuviesen arrestados, se aseguraba que los
pondrían en libertad antes de transcurridos quince días.
Desde el Senado, Nejludov se dirigió a la comisión de peti
ciones de gracia, con la esperanza de
encontrar allí a un alto funcionario, el barón Vorobiev, quien ocupaba un lujoso apar
tamento en un
edificio del Estado. Pero el portero y el
lacayo le hicieron saber, con tono severo, que el barón no estaba
vi
sible más que los días de recepción; aquel día estaba con el emperador y debía regresar allí al día
siguiente para presentar su informe. Nejludov dejó la carta que le estaba destinada al
barón y se dirigió a
casa del senador Wolff.
El senador acababa de comer. Como de costumbre, estimu
laba su digestión fumando un cigarro y
caminando de arriba abajo por el despacho; y durante este ejercicio recibió a Nejludov.
Vladimir Vassilievitch Wolff era sin disputa un hombre très comme il faut
; para él, esta cualidad
tenía la primacía so
bre las demás y desde su altura miraba a sus semejantes; por lo demás, le era
imposible no apreciar esta cualidad, porque gracias a ella había realizado una brillant
e carrera, la misma
que había deseado realizar; mediante ella había adquirido, por un rico casamiento, dieciocho mil rublos
de renta y, por su propio esfuerzo, un escaño de senador. Sin embargo, no con
tento con ser un hombre
très comme il faut, se jactaba igual
mente de ser un tipo de honor caballeresco. Y por este honor entendía
la negativa a aceptar clandestinamente vasos de vino de particulares, en tanto que no encontraba nada
deshonroso solicitar toda clase de dietas por viajes y explotar las propieda
des del Estado, realizando
servilmente, en reconocimiento, todo lo que le pedía el gobierno.
Arruinar, deportar o encarcelar a centenares de inocentes, sólo porque aman al pueblo y siguen
permaneciendo fieles a la religión de sus padres, y todas las exacciones que había co
metido cuando era
gobernador de una provincia de Polonia, eran cosas que no solamente él no consideraba nefandas, sino
en las que veía, por el contrario, una proeza de valentía y de patriotismo. Tampoco consideraba indigno
haberse apropia
do de toda la fortuna de su mujer, que estaba enamorada de él, y de la de su cuñada. Por
el contrario, aquello constituía para él la organización racional de su vida de familia.
La familia de Vladimir Vassilievitch se componía de su dócil mujer, de su cuña
da, cuya propiedad
había vendido para poner el dinero en el banco a su propio nombre, y de su hija, poco bonita, tímida y
que no tenía otras distracciones en su existencia aislada y triste que las de asistir a las reuniones evan-
gélicas en casa de Aline y en la de la condesa Catalina Ivanovna.
El hijo del senador era un buen muchacho que, a los quince años, barbudo ya como un hombre,
había empezado a beber y a llevar una vida de desenfreno. A los veinte años, su padre lo había
expulsado de casa, porque lo comprometía al no ter
minar sus estudios, frecuentar malas compañías y
contraer deudas. Una vez había pagado por él doscientos treinta rublos; otra vez, seiscientos, pero
advirtiéndole que sería la última y que, si no se corregía, lo echaría y terminaría
con él toda clase de
relaciones. Pero, lejos de enmendarse, contrajo una nueva deuda de mil rublos y se permitió decir a su
padre que bas
tante sufría ya con vivir en aquella casa. Vladimir Vassilievitch le había declarado
entonces que ya no podía consider
arlo como padre suyo. Desde aquella fecha vivía como si no tuviese
hijo, y en su casa nadie se atrevía a hablarle de él. No por eso de
jaba de estar menos convencido de que
sabía organizar de una manera perfecta su vida de familia.
Wolff acogió a Nejludov
con esa sonrisa amable, ligeramente burlona, que le servía para expresar
sus sentimientos de hombre comme il faut , frente al común de los mortales. Detenién
dose en su paseo en
medio del despacho, saludó a Nejludov y luego leyó la carta.
- Siéntese, se lo ruego. Le pido permiso para continuar caminando -
dijo, metiéndose las manos en
los bolsillos de la chaqueta, y se puso a recorrer en diagonal, con ligeros y cortos pasos, su gran
despacho de severo estilo -. Encantado de conocerlo, y, naturalmente, de p
oder ser agradable al conde
Iván Mijailovitch - continuó después de haber exhalado una colum
na de humo azul y perfumado y de
haberse quitado con precaución el cigarro de la boca para impedir que la ceniza se desprendiera.
- Querría solamente rogarle que el asunto quedase resuelto lo antes posible - dijo Nejludov -
, a fin
de que, si la acusada tiene que ir a Siberia, su partida se realice sin tardanza.
- Sí, sí, con los primeros paquebotes de Nijni; sí, ya sé -
dijo Wolff con su sonrisa protectora de
hombre que sabe de antemano lo que van a decirle -. ¿Y cómo se llama ella?
- Maslova.
Wolff se acercó a su mesa y abrió un legajo atiborrado de papeles.
-
Eso es, Maslova. Desde luego; hablaré del asunto a mis colegas. La cuestión será discutida el
miércoles.
- ¿Puedo telegrafiárselo a mi abogado?
- ¡Ah, tiene usted un abogado! ¿Para qué? Pero, en fin, si usted quiere...
-Temo que los motivos de casación no sean suficientes - dijo Nejludov -
; pero el solo proceso verbal
de los debates proporciona la prueba de que la condena se basa en un error.
- Sí, sí, es posible; pero el Senado no tiene nada que ver con el fondo del asunto - replicó Wolff con
severidad y vigilando la ceniza de su cigarro -
. El Senado debe limitarse a controlar la interpretación y la
aplicación de la ley.
- Pero aquí, el caso me parece tan excepcional...
-
¡Ya sé, ya sé! Todos los casos son excepcionales. En fin, se hará lo necesario. Quedamos de
acuerdo.
La ceniza seguía manteniéndose, pero presentaba ya una fisura que la ponía en peligro.
- Y usted no viene con frecuencia a Petersburgo, ¿verdad? -
preguntó Wolff, sujetando el cigarro de
modo que la ceniza no cayese; pero como de todos modos se balanceaba, fue a de
positarla con
precaución en el cenicero -. ¡Qué terrible accidente el sucedido
a ese Kamensky! ¡Un joven excelente,
hijo único! Sobre todo, la madre es digna de compasión - añadió, repitien
do casi al pie de la letra lo que
decía todo Petersburgo.
Habló luego de la condesa Catalina, de su manía por la doctrina religiosa de moda, qu
e Vladimir
Vassilievitch ni aprobaba ni desaprobaba, pero que él, homme comme il faut
, juzgaba superflua. Y
finalmente tiró de la campanilla.
Nejludov se puso en pie para despedirse.
- Venga, pues, si le conviene, a comer uno de estos días conmigo - dijo W
olff, tendiendo la mano a
Nejludov -. El miércoles, por ejemplo; le daré al mismo tiempo la respuesta definitiva.
Era ya tarde, y Nejludov regresó a casa, es decir, a casa de su tía.
XVII
En casa de la condesa Catalina Ivanovna se cenaba a las siete y
media. A ella le gustaba que la
sirvieran según un método nuevo que Nejludov desconocía aún: una vez los manjares traídos a la mesa,
los lacayos se retiraban inmediatamente después, y los comensales se servían ellos mismos.
Los hombres evitaban a las damas la molestia de hacer un movi
miento inútil y, en su calidad de
representantes del sexo fuerte, se encargaban marcialmente de todo el peso del servicio de los manjares
y de las bebidas a las damas y a ellos mismos. Cuando se había comido su plato, la cond
esa apretaba el
botón del timbre incrustado en la mesa; los criados entraban sin ruido, reti
raban rápidamente el servicio,
cambiaban los platos y traían la continuación. La minuta era de las más rebuscadas. En una gran cocina
clara trabajaban un chef fra
ncés y dos syudantes, todos vestidos de blanco. A la mesa estaban sentados
seis comensales: el conde, la condesa, su hijo (joven oficial de la Guardia, tosco, que apoyaba los codos
en la mesa), Nejludov, la lectora francesa y el intendente principal del conde, llegado del campo.
También aquí la conversación versó sobre el duelo. Se co
mentaba la actitud del emperador respecto
a aquel asunto. Sa
biendo que se había apiadado de la suerte de la madre, todos se apiadaban igualmente
por la suerte de la madre. Sabiendo igual
mente que, aunque apiadándose de la madre, el zar no quería
mostrarse severo con el matador, quien había defendido el honor del uniforme, todo el mundo se
mostraba indulgente con el matador, que había defendido el honor del uniforme. Sólo la c
ondesa
Catalina Ivanovna, con su independencia y su ligereza, se mostraba severa respecto al matador.
- ¡No admitiré nunca que jóvenes de la buena sociedad se embriaguen y se maten después! - afirmó.
- No lo comprendo - dijo el conde.
- Ya lo sé. Tú no comprendes nunca lo que yo quiera decir -
respondió la condesa, y se volvió hacia
Nejludov -. Todo el mundo me comprende, excepto mi marido. Digo que me da lás
tima de la madre y
que, en cuanto al otro, no me parece bien que haya matado y que esté satisfecho de su acción.
El hijo de la condesa, mudo hasta entonces, intervino po
niéndose a favor del matador. Bastante
groseramente; replicó a las palabras de su madre demostrándole que un oficial no po
día obrar de otra
manera, so pena de ser expulsado del regimiento por un tribunal de honor.
Nejludov escuchaba sin mezclarse en la conversación. A títu
lo de ex oficial, y aun sin admitirlos,
comprendía los argumen
tos del joven Tcharsky; pero, por otra parte, el caso de aquel oficial que había
matado a uno de sus c
amaradas le recordaba involuntariamente el de un guapo muchacho al que había
visto en la cárcel, condenado a trabajos forzados por haberse conver
tido en homicida en el curso de una
pelea.
Ahora bien, la causa incial de estos dos homicidios había sido la embriaguez. El otro, el mujik
,
había matado en un mo
mento de excitación. Y he aquí que lo habían separado de su mujer, de su
familia, de sus padres, le habían puesto grilletes, rapado la cabeza, y lo enviaban a trabajos forzados. Y
éste, por el contrario,
está arrestado en una bonita habitación, le llevan buenas comidas, bebe buen vino,
lee libros, lo soltarán, si no hoy, todo lo más mañana, vivirá como antes a incluso se con
vertirá por eso
mismo en un objeto de interés.
Nejludov dijo entonces lo que pensaba. Primeramente, la condesa Catalina Ivanovna lo aprobó, y
luego guardó silencio. Y, como los demás, Nejludov comprendió que acababa de co
meter algo así como
una inconveniencia.
Después de la comida, los comensales pasaron al salón grande. Se habían col
ocado allí, como para
una conferencia pública, filas de sillas de respaldos esculpidos, un sillón y una mesi
ta, con un jarro de
agua para el orador. Y los invitados llegaban ya en gran número, encantados por el hecho de que iban a
oír al predicador Kieseweter.
Ante la escalinata se alineaban vehículos suntuosos. En el salón, espléndidamente adornado, se
sentaban damas vestidas de seda, de terciopelo, de encajes, con peinados postizos, talles estrangulados
por el corsé, y pechos amplificados por el algo
n. Entre ellas, algunos hombres civiles y militares, y
cinco hombres del pueblo: dos porteros, un tendero, un criado y un cochero.
Kieseweter era un hombre bajito, corpulento y encanecido. Hablaba en inglés mientras una joven
flacucha, con lentes sobre la nariz, traducía correcta y rápidamente sus palabras.
El decía que nuestros pecados son tan grandes y tan grande y tan inevitable el castigo que les está
reservado, que vivir tranquilos esperando este castigo es para nosotros cosa imposible.
- ¡Queridas he
rmanas y hermanos! Pensemos solamente en nosotros mismos, en nuestra manera de
obrar, en nuestra manera de irritar la cólera de Dios todo misericordioso y de aumentar el sufrimiento de
Cristo, y comprenderemos que para nosotros no hay perdón, ni salida, ni salvación, que todos esta
mos
destinados a una pérdida cierta. Nos aguarda la más espantosa perdición, los eternos tormentos -
clamaba con una voz temblequeante, lacrimosa -
. ¿Cómo salvarnos, hermanos míos? ¿Cómo escapar de
este terrorífico incendio? ¡Ya nuestra casa es un brasero sin salida!
Se calló, y verdaderas lágrimas inundaron sus mejillas.
Desde hacía ya ocho años, sin fallarle nunca, cada vez que llegaba a este pasaje de su discurso, que
era para él el favorito, un espasmo le apretaba la garganta
, un picor le subía a la nariz y el llanto
inundaba su rostro, tanto que llegaba a conmoverse él mismo de sus propias lágrimas.
En la sala se dejaron oír unos sollozos. La condesa Catalina Ivanovna estaba sentada cerca de la
mesa de mosaico y se había acodado allí, con la cabeza entre las manos y los hombros sacu
didos por un
temblor. El cochero examinaba al orador con una mezcla de desconcierto y de espanto, como si se viera
amenazado por el choque contra la vara de un coche del que no pudiera librarse.
La mayor parte de los
asistentes había adop
tado la misma postura que la dueña de la casa. La hija de Wolff, que se parecía a su
padre, vestida a la última moda, se había puesto de rodillas, con la cara oculta entre las manos.
E1 orador descubrió de pronto su rostro sobre el cual apa
reció algo que se parecía a ura verdadera
sonrisa, la que sirve a los actores para expresar la alegría, y dijo con una voz dulce y tierna:
-Sin embargo, la salvación existe. ¡Hela aquí, impalpable, gozosa! Esta salvación es la
sangre del
Hijo único de Dios derramada por nosotros. Su martirio, su sangre derramada nos sal
van. ¡Hermanos
míos, hermanas mías - añadió con nuevas lágrimas en la voz -
, demos gracias a Dios que se dignó
sacrificar a su Hijo único por la redención de la especie humana! Su sangre sacratisima...
Nejludov sintió una repugnancia tan intolerable, que, arru
gando la frente y ahogando gemidos de
vergüenza, salió de puntillas y subió a su habitación.
XVIII
A la mañana siguiente, Nejludov acababa de vestirse cuan
do el ayuda de cámara vino a entregarle la
tarjeta del abogado de Moscú. Éste había venido primeramente por razones personales y, al mismo
tiempo, para asistir a la revi
sión por el Senado del proceso de Maslova, si es que iba a celebrarse pronto.
El telegrama que Nejludov le había enviado se había cruzado con él. Pero al enterarse por este último de
la fecha fijada y de los nombres de los senadores, sonrió.
- Precisamente los tres tipos de senadores - exclamó -. Wolff es el funcionario petersburgué
s;
Skovorodnikov, el ju
rista sabio, y Be, el jurists práctico. Éste es el que está menos momificado y con el
que más podemos contar. Bueno, ¿y qué hay de la comisión de gracias?
- Precisamente tengo que hacer esa gestión en casa del barón Vorobiov. Ayer n
o pude conseguir que
me concediese una audiencia.
- ¿Sabe usted por qué ese Vorobiov es barón? -
preguntó el abogado a Nejludov, quien había puesto
cierta ironía al pro
nunciar aquel título de «barón> (En la jerarqula de los títulos nobiliarios de origen
puramente ruso no existe el de barón.) unido a un nombre esencialmente ruso -
. Este baronazgo le fue
dado por el empera
dor Pablo a su abuelo, ayuda de cámara, que le había prestado algunos servicios de
carácter íntimo. El emperador lo nombró, pues, barón porque así lo quiso, y desde entonces tenemos ba-
rones Vorobiov. Éste está muy orgulloso de ello y por lo demás es un camastrón que no tiene igual.
- Pues a su casa me dirijo.
-Perfectamente. Entonces, venga; yo lo llevaré.
En el vestíbulo, al momento de salir, un criado entregó a Nejludov un billete de Mariette:
Por agradarle a Vd. he obrado completamente contra mis principios y he intercedido ante mi marido a
favor de su protegida. Resulta que a esta persona pueden ponerla en libertad inmediatamente. Mi
marido ha escrito al comandante de la f ortaleza. Venga, pues, sin motivo interesado. Le espero.
M.
- ¿Qué me dice usted de esto? ¡Es terrible! - dijo Nejludov al abogado-
. He aquí una mujer a la que
tienen encarcelada, en secreto, desde hace siete mes
es, y ahora descubren que no ha hecho nada. Y una
palabra ha bastado para hacerle recobrar su libertad.
- Pero siempre pasa lo mismo. Por lo menos, usted ha conseguido lo que quería.
- Si. Pero este éxito me apena. ¿Qué es lo que ocurre entonces? ¿Por qué la retenían?
- Será mejor no profundizar en eso. Bueno, ¿quiere que lo lleve? -
preguntó el abogado, saliendo
con Nejludov mientras un excelente coche de alquiler se detenía ante la escalínata.
El abogado dijo al cochero a dónde tenía que ir, y los viva
rachos caballos transportaron rápidamente
a Nejludov a la casa habitada por el barón Vorobiov.
Éste estaba visible. En la primera habitación se hallaba un joven funcionario con uniforme de media
gala, con un cuello de longitud desmesurada, nuez muy saliente y paso extraordina
riamente rápido.
Había también allí dos señoras.
- ¿Se llama usted? - preguntó, abandonando a las seño
ras y avanzando ágilmente hacia Nejludov.
Éste dijo su nombre.
- E1 barón ha hablado de usted. Haga el favor de esperar un momento.
El funcionario entró en la habitación contigua y salió pronto de ella en compañía de una dama
enlutada y toda llorosa, que, con sus huesudos dedos, bajó su velo para ocultar su llanto.
- Haga el favor de entrar - dijo el joven empleado; y, con paso ligero,
avanzó hacia la puerta del
despacho, la abrió y dejó pasar a Nejludov.
Nejludov se encontró en presencia de un hombre de esta
tura mediana, rechoncho, con los cabellos
cortados a cepillo, vestido con redingote y sentado en un síllón ante una mesa enorme d
esde la cual
miraba delante de él con aire de satisfac
ción. Su rubicundo rostro, que contrastaba con su blanca barba y
sus blancos bigotes, se iluminó con una sonrisa benévola al ver a Nejludov.
-Encantado de verle. Su madre y yo fuimos viejos amigos. Le
vi cuando no era más que niño y
luego de oficial. Vamos, siéntese y dígame en qué puedo servirle... Sí, sí -
decía meneando su blanca y
rapada cabeza mientras Nejludov le contaba la historia de Fedosia -. ¡Hable, hable! Ya compren
do. Sí;
es, en efecto, muy conmovedor. ¿Ha elevado usted un recurso de gracia?
- Traigo uno preparado - respondió Nejludov sacando el papel del bolsillo -
. Pero he querido
presentarle mi ruego personalmente con la esperanza de que conceda a este asunto una atención especial.
- Y ha hecho usted muy bien. Yo mismo redactaré el informe. Es realmente muy conmovedor -
dijo
el barón, cuyo orondo rostro se esforzaba en fingir compasión -. Evidente
mente se trata de una niña a la
que su marido habrá vuelto loca con su brutalidad, y los dos, al cabo del tiempo, con re
mordimientos, se
han enamorado. Sí, yo haré el informe.
- El conde Iván Mijailovitch me decía que quería rogarle...
Pero apenas había pronunciado Nejludov aquellas palabra
cuando la espresión del rostro del barón se
modificó.
- Por lo demás - declaró a Nejludov -, entregue usted la instancia y yo haré lo que pueda.
En aquel momento entró el joven funcionario, que, evi
dentemente, ponía todo su amor propio en la
gracia de su manera de andar.
- Esa señora solicita aún dos palabras.
-
Bueno, dígale que entre. ¡Ah, querido amigo, cuántas lágrimas se ven aqul! Si al menos fuera
posible secarlas todas... Uno hace lo que puede.
La señora entró.
- Me había olvidado de rogarle que le impidiese casarse con nuestra hija, pues de lo contrario...
- Ya le dije a usted que lo haría.
-¡Barón, por favor, salvará usted a una madre!
Ella se apoderó de la mano de él y la cubrió de besos.
- Todo se hará.
Cuando la señora salió, Nejludov se puso en pie para despedirse.
- Se hará lo que se pueda. In
formaremos al Ministerio de Justicia. Nos responderán, y entonces se
obrará en consecuencia.
Nejludov salió y pasó a la cancillería. También allí, como en el Senado, encontró, en un local
magnífico, magníficos funcionarios, limpios, corteses, correctos, d
esde los trajes hasta las palabras,
pulidos y graves.
«¡Cuán numerosos son! ¡Cuán espantosamente numerosos y bien nutridos! ¡Cómo llevan
almidonadas las camisas y relu
cientes sus botines! ¿Quién les concede todo esto? ¡Y pensar que se
encuentran bien, en
comparación no sólo con los presos, sino incluso con los ciudadanos corrientes! »,
se decía, a pesar suyo, Nejludov.
XIX
El hombre del que dependía la mejora de la suerte de los presos de San Petersburgo era un veterano
general, descendiente de barone
s alemanes y del que se decía que era un poco tonto. Tenía una larga
hoja de servicios y numerosas condecoraciones, de las que únicamente llevaba la cruz Blan
ca en la
pechera. Había ganado aquella cruz, particularmente halagadora, en el Cáucaso, por habe
r obligado a
mujiks, rapa
dos y vestidos de uniforme, armados de fusiles con bayoneta calada, a matar a millares de
personas del país que defendían sus libertades, sus casas y sus familias. Seguidamente prestó servicio en
Polonia, donde de nuevo había obligado a los cam
pesinos rusos a cometer diversos crímenes, lo que le
valió nuevas condecoraciones y nuevos adornos en su uniforme; y también había servido en otras partes.
Ahora ocupaba este puesto, el cual le proporcionaba buen alojamiento, buen sueldo y
honores. Ejecutaba
las órdenes llegadas de arriba con rigor in
flexible y consideraba que la ejecución de las mismas era cosa
eminentemente apreciable. Y como les atribuía un alcance to
talmente particular, consideraba que todo
podía cambiarse en la tierra, excepto aquellas órdenes.
Los deberes de su cargo consistían en mantener en las ca
samatas y en secreto a detenidos politicos,
de uno a otro sexo, y eso de forma tal que la mitad de entre ellos desapareciera en el espacio de diez
años: algunos perdían la
razón, otros morían de tisis o se suicidaban dejándose morir de hambre,
abriéndose las venas con un pedazo de cristal, ahorcándose o quemándose vivos.
El viejo general sabía todo eso, porque diariamente lo veía ante sus ojos; pero todos estos accidentes
n
o afectaban más a su conciencia de lo que podían conmoverlo los accidentes producidos por tormentas,
inundaciones, etcétera. Provenían de órdenes llegadas de arriba en nombre del emperador, y estas ór-
denes debían ejecutarse al pie de la letra; por tanto, era abso
lutamente inútil preocuparse de sus
consecuencias.
El viejo general no pensaba, pues, en ello, prohibiéndole su deber de militar patriota cualquier
reflexión que hubiese podido producir alguna debilidad en las obligaciones de su car
go, muy
import
antes, a su juicio. Conforme al reglamento, una vez por semana giraba una visita por todas las
celdas, infor
mándose si los presos tenían alguna petición que presentarle. A menudo se las presentaban;
las escuchaba tranquilamente, sin decir palabra, pero nu
nca les daba curso, porque sabía de antemano
que eran incompatibles con el reglamento.
En el instante en que el coche de Nejludov se detenía ante el edificio donde vivía el viejo general, el
reloj de la torre tocó, con una sonería cascada, el canto «¡Alaba
do sea Dios!». Luego repicaron los
toques de las dos. Al escuchar aquella sonería, Nejludov se acordó de lo que había leído en las memorias
de los decembristas respecto a la impresión producida sobre los detenidos por aquella dulce música que
se repetía a cada hora.
El viejo general estaba sentado en un saloncito oscuro, con un joven pintor, hermano de uno de sus
subordinados, ante una mesita con incrustaciones, y los dos hacían girar un platito sobre una hoja de
papel. Los dedos delgados y ahusados del jov
en artista y los dedos gruesos, arrugados, osificados a
trozos, del viejo general se entrelazaban, y aquellas manos entremez
cladas giraban con el platito, con un
movimiento intermitente, por encima de la hoja de papel, sobre la cual estaban inscritas toda
s las letras
del alfabeto. El platito respondía a la pregunta formulada por el general de saber cómo las almas se
reconocen después de la muerte.
En el momento en que uno de los ordenanzas, que hacía funciones de ayuda de cámara, entraba con
la tarjeta de Nejlu
dov, el alma de santa Juana de Arco, que hablaba por medio del platito, acababa ya de
decir: «Se reconocen entre ellas...», y aquello había sido anotado. El platito se había detenido sobre la
letra P, luego sobre la O y, llegado a la S, había cesado
de girar, oscilando de derecha a izquierda. Y
vacilaba porque, se
gún el general, la letra siguiente debía de ser una L. A su juicio, santa Juana de Arco
debía de decir que las almas se reconocerán solamente después de (poslié) su purificación, o algo pare-
cido; el artista, por su parte, pretendía que la letra siguiente debía de ser V y que santa Juana de Arco
quería decir que las almas se reconocerán por la luz (po svetu) que se despren
derá de sus cuerpos
etéreos.
Frunciendo con aire malhumorado sus espe
sas cejas blancas, el general mantenía los ojos fijos en sus
manos y, persuadido de que el platito se movía por su cuenta, lo atraía hacia la L, en tanto que el pálido
artista, con su ralos cabellos colgando detrás de las orejas, miraba, con sus mates ojos
azules, el rincón
sombrío de la estancia y, moviendo nerviosamente los labios, atraía al platito hacia la V. El general
frunció la frente, dis
gustado de que lo molestaran; luego, después de un instante de silencio, recogió la
tarjeta de Nejludov, se puso
los lentes y, quejándose de los riñones, se levantó con su impresionante
estatura y se frotó los entumecidos dedos.
- Hágalo entrar en mi despacho.
- Permítame vuecencia. Acabaré yo solo - dijo el artista, poniéndose en pie -
. Noto que vuelve el
fluido.
- Está bien, acabe usted solo -
respondió el general con su voz severa; luego, con su paso igual y
resuelto, se dirigió a su despacho.
- Me alegro de verlo -
dijo a Nejludov, pronunciando con voz ronca palabras amables a indicándole
una butaca cerca de su mesa -. ¿Lleva usted mucho tiempo en Petersburgo?
Nejludov respondió que no.
- ¿Y su señora madre, la princesa, sigue bien?
- Mi madre murió.
-
¡Perdóneme! Estoy verdaderamente desolado. Mi hijo me dijo que se había encontrado con usted.
El hijo del general
seguía la misma carrera que su padre, y, salido de la Escuela de Guerra para entrar en
la Oficina de Información, estaba muy orgulloso de los trabajos que le con
fiaban. Tenía atribuciones en
el servicio del espionaje.
- ¡Ah, sí, hice el servicio con el p
adre de usted! Fuimos amigos, camaradas. ¿Y usted, está en el
servicio?
-No, no estoy en el servicio.
El general tuvo un movimiento desaprobador de cabeza.
- Tengo un ruego que hacerle, general - dijo NejIudov.
- ¡Ah, ah! Muy bien. ¿Y en qué puedo servirle?
-
Si mi ruego le parece inoportuno, tenga la bondad de disculpármelo. Pero me creo en la obligación
de formulárselo.
- ¿De qué se trata?
-
Entre los detenidos confiados a la custodia de usted se encuentra un tal Gurkevitch. Su madre desea
verlo y, en caso de que eso sea imposible, solicita poderle mandar al menos libros.
Ante estas palabras de Nejludov, el general no expresó ni contento ni descontento: se limitó a
inclinar la cabeza, en actitud de reflexión. A decir verdad, no reflexionaba en modo alguno
y ni siquiera
se interesaba por la petición de Nejludov, sabiendo de antemano que le respondería conforme a las ór-
denes. Simplemente dejaba descansar su espíritu, sin fatigarlo con pensamiento alguno.
- Es que nada de eso depende de mí - respondió -. Un
reglamento imperial determina las condiciones
de las visitas. En cuanto a los libros, tenemos aquí una biblioteca: se da a los detenidos los libros que
están autorizados.
- Sí, pero él tiene necesidad de obras científicas; querría estudiar.
- No crea usted nada de eso. - Y el general se calló -. No es para estudiar - continuó -
; sino
simplemente para soliviantar a la gente.
- Pero es que en su penosa situación les hace falta un quehacer cualquiera - dijo Nejludov.
- Siempre están quejándose - replicó el general -. ¿Dejaremos de conocerlos nosotros?
Hablaba siempre de ellos como de una raza de hombres mala y colocada aparte.
- La verdad es que en ninguna cárcel encontraría usted las comodidades que ellos tienen aquí -
prosiguió.
Y se puso a describir con pormenores aquellas «comodida
des» ; al oírlo, se habría podido suponer
que la detención de los presos en la fortaleza tenía por único objeto proporcionar
les un descanso
agradable.
- Antiguamente, es verdad que los trataban con bastante dureza, pero hoy se
los trata lo mejor
posible. Para comer se les dan tres platos y siempre uno de carne: picadillo o albón
digas. Los domingos,
añadimos un plato suplementario, un pos
tre. ¡Ojalá todos los rusos estuvieran alimentados como lo están
ellos!
Una vez arrastrado
por su tema, el general, siguiendo la costumbre de los viejos, repetía cosas
dichas cien veces para demostrar la ingratitud de los presos.
- En cuanto a los libros - decía -
, disponemos para ellos de obras religiosas y también de revistas
viejas. Tenemos toda una biblioteca; a menudo incluso fingen interesarse por la lec
tura, y poco tiempo
después nos devuelven los libros sin haber cortado las páginas, y que no han tocado en absoluto. En
cuanto a los libros viejos, ni siquiera los hojean; para convencerno
s de eso, con frecuencia hemos puesto
una señal casi invisible - añadió el general con semblante risueño -
. Tampoco se les prohíbe escribir. A
este efecto les proporcionamos pizarras, so
bre las cuales pueden entretenerse en escribir, borrar, escribir
de n
uevo..., pero tampoco eso va con ellos. Sólo al principio muestran un poco de agitación; después,
engordan y cada vez se hacen más tranquilos -
decía el general sin ni siquiera darse cuenta del terrible
significado de sus palabras.
Nejludov escuchaba aquel
la voz cascada, examinaba aquellos miembros fofos, aquellos párpados
hinchados bajo las cejas hir
sutas, aquellas mejillas colgantes y rasuradas, sostenidas por el cuello
militar; aquella crucecita blanca de la que aquel hombre se sentía tan orgulloso porq
ue era la
recompensa de una cruel carnicería en masa; y Nejludov comprendía que era inútil ex
plicar nada a un
hombre semejante.
Hizo sin embargo un esfuerzo para hablarle de otro asunto: de la presa Schustova, respecto a la cual
le habían dicho que se había cursado la orden para que la pusieran en libertad.
- ¿Schustova? ¿Schustova...? No los conozco a todos por el nombre. Son tan numerosos... -
respondió con aire de reprocharles aquella abundancia.
Tocó la campanilla y dijo que llamasen al secretario. Mien
tras iban a buscar a éste, aconsejaba a
Nejludov que volviese a entrar en el servicio, diciendo que los hombres honrados y honorables, y él se
contaba entre ellos, eran indispensables para el zar... y para la patria -
añadía, evidentemente sólo por la
sonoridad de la frase.
-Así, he aquí que yo soy viejo, y sigo sirviendo mientras me lo permitan mis fuerzas.
El secretario, un hombre enjuto, de ojos inquietos y ma
lignos, entró a informó que Schustova estaba
detenida en un recinto fortificado y que ninguna orden había llegado respecto a ella.
- En cuanto la recibamos, la pondremos en libertad el mis
mo día; no solemos retenerlos. No
procuramos en absoluto prolongar su visita - dijo el general con un nuevo intento de son
risa estúpida
que consiguió únicamente dibujar una mueca en su viejo rostro.
Nejludov se levantó, costándole gran trabajo disimular la repulsión, mezclada con lástima, que le
inspiraba aquel horrible viejo. Y éste consideraba que por su parte no debía mostrarse demasiado severo
con el hijo descarriado de su antiguo camarada y creía su deber darle una lección.
-
¡Adiós, querido mío! No tome a mal lo que le digo; es por pura amistad; pero no se mezcle usted
en los asuntos de nuestros presos. No hay ninguno que sea inocente. Todos son unos dep
ravados y
nosotros los conocemos muy bien - dijo con un tono que no dejaba lugar a dudas.
Y él no dudaba, en efecto; no porque fuese la realidad, sino porque, en el caso contrario, lejos de
considerarse un bravo héroe que acaba dignamente una vida ejemplar
, habría tenido que reconocerse un
miserable que vendió su conciencia y continuaba vendiéndola durante su vejez.
-
Y, créame, lo mejor es estar en el servicio. El zar tiene necesidad de gente honrada..., la patria
también... Piense un poco en lo que ocurr
iría si yo, si todos los hombres de nuestra índole, no
prestáramos servicio. ¿Qué quedaría entonces? Sería tanto como desaprobar las instituciones, sin querer
nosotros mismos ayudar al gobierno.
Nejludov suspiró, se inclinó profundamente, estrechó la manaza anquilosada del anciano y se retiró.
Después de un movimiento de cabeza desaprobador, el ge
neral se frotó los riñones y volvió al
saloncito donde lo aguar
daba el joven artista que había anotado ya la respuesta de santa Juana de Arco.
El general se caló los lentes y leyó: «...se re
conocen una a otra según la luz que se desprende de su
cuerpo etéreo...»
- ¡Ah! - exclamó el general, cerrando los ojos con satisfacción -
. Pero si la luz es la misma para
todas, ¿cómo es posible distinguirla? - preguntó.
Y entremezclando de nuevo sus dedos con los del
artista, volvió a sentarse ante la mesita.
El cochero de Nejludov franqueó la puerta de la fortaleza.
- ¡Ah, barin, cómo se aburre uno aquí! - dijo -. Por poco me marcho sin esperarlo.
-Sí, se aburre uno convino Nejludov, respirando a ple
no pulmón y fijando, para calmarse, los ojos
en las vaporosas nubes que pasaban por el cielo, así como sobre el espejeo del Neva sobre el cual se
deslizaban barcas y vapores.
XX
El día siguiente era el fijado para el exa
men del asunto de Maslova, y Nejludov se dirigió al Senado.
Ante la majestuosa escalinata del palacio, donde estaban ya ali
neados numerosos coches, encontró al
abogado, que asimismo acababa de llegar. Después de subir la suntuosa escalera hasta el segundo
piso,
el abogado, que conocía las interioridades del lugar, se dirigió hacia la puerta de la izquierda, sobre la
cual estaba pintada la fecha de la promulgación del nuevo código. En el vestíbulo principal se quitaron
los abrigos, y, habiéndose enterado po
r el portero de que todos los senadores estaban allí y que el último
acababa de llegar, Fánarin, de frac y cor
bata blanca sobre una pechera almidonada, pasó con suficiencia
y aire jovial a la habitación contigua. Allí se encontraban: a la derccha, un gran
armario y una mesa; a la
izquierda, una escalera de caracol por la que bajaba en aquel momento un funcionario de elegante
uniforme y con la cartera bajo el brazo. La atención general se centraba en un viejecito de aspecto pa-
triarcal, de largos cabellos b
lancos y chaqueta y pantalones grises; dos escribientes permanecían ante él
en una actitud particularmente respetuosa. El viejecito entró en el armario guar
darropa y desapareció
allí.
Mientras tanto, Fanarin, que había divisado a uno de sus colegas, igual
mente de frac y con corbata
blanca, entabló con él una animada conversación mientras Nejludov examinaba a los que se encontraban
en la sala. Había allí una quincena de personas, entre ellas dos señoras: una muy joven, con imperti-
nentes; la otra ya encanec
ida. Aquel día tenían que examinar un asunto de difamación cometida por
medio de la prensa, lo que había atraído a un público más numeroso que de costum
bre, perteneciente en
su mayor parte al mundo de los periodistas.
El ujier, un hombre soberbio y rubic
undo, vestido con un imponente uniforme y que llevaba un
papel en la mano, se acercó a Fanarin para preguntarle en qué asunto debía abogar. Al enterarse de que
se trataba del asunto de Maslova, tomó nota y se alejó. La puerta del armario se abrió y salió d
e él el
viejecito de aspecto patriarcal, no ya con chaqueta, sino vistiendo un uniforme adornado de galones y de
pasamanería que lo hacían parecerse a un pájaro.
Por lo demás, aquel disfraz ridículo debía de molestarle a él también, porque atravesó la habi
tación
más rápidamente que de costumbre.
- Es Be, un hombre respetable - dijo el abogado a Nejludov.
Y después de haber presentado este último a su colega, ha
bló del asunto que se iba a juzgar y que, a
su juicio, era muy interesante.
Pronto se abrió la se
sión. Nejludov penetró en la sala con el resto del público. Todo el mundo,
incluyendo a Fanarin, se acomodó en la habitación reservada al público, detrás de la rejilla. Sólo la
franqueó el abogado de Petersburgo y fue a sentarse ante un pupitre. La sala er
a menos amplia y de una
or
namentación más simple que la de la Audiencia Provincial. Se distinguía de ésta en que la mesa a la
que estaban sentados los senadores estaba cubierta, en lugar de con paño verde, con terciopelo color de
cereza galoneado de oro.
Se veían allí los atributos habituales de las cámaras de justicia: la estatua
vendada, el icono y el retrato del soberano. El ujier, también él todo solemne, anunció:
- ¡El tribunal!
Inmediatamente todo el mundo se puso en pie; al punto entraron los senad
ores con uniforme de
gala, quienes pasaron a sentarse en sus sillones de alto respaldo y, apoyando los codos en la mesa,
trataron de adoptar una actitud natural.
Los senadores eran cuatro: el presidente, Nikitin, un hombre sin barba, de rostro alargado y
ojos de
acero; Wolff, con los labios significativamente apretados, que hojeaban el sumario con sus blancas y
pequeñas manos; Skovorodnikov, alto, pesado, marcado el rostro por la viruela, y sabio jurista, y, final-
mente, Be, el viejecito de aspecto patriar
cal, que había llegado el último. Detrás de los senadores
entraron el escribano en jefe y el sustituto del fiscal general, joven, enjuto, rasurado, con una tez sombría
y ojos negros llenos de tristeza. A pesar de la extraña vestimenta que llevaba y aunque
no se hubiesen
vuelto a ver desde hacía seis años, Nejludov reconoció en él a uno de sus mejores condiscípulos de la
universidad.
- ¿No se llama Selenin el fiscal? - preguntó al abogado.
- Sí, ¿por qué?
- Lo conozco mucho: es un hombre excelente.
- Y un buen fiscal interino, muy enterado. A él es a quien debía usted haberle pedido su apoyo -
dijo
el abogado.
- ¡Oh, éste no actuará nunca más que de acuerdo con su conciencia! -
dijo Nejludov, acordándose de
sus relaciones íntimas con Selenin y de las cualid
ades encantadoras de pureza, honradez y corrección de
éste, en el mejor sentido de la palabra.
- Por lo demás, ahora sería demasiado tarde -
murmuró Fanarin, dedicando ya toda su atención al
asunto.
Nejludov se puso a escuchar igualmente, esforzándose en
comprender lo que ocurría ante sus ojos.
Pero, lo mismo que en la Audiencia Provincial, chocaba con el procedimiento mis
mo de la discusión,
que versaba no sobre el fondo, sino sobre circunstancias accesorias del proceso. La causa de aquel juicio
era un a
rtículo de periódico denunciando la malversación del presidente de una sociedad montada por
acciones. Parecía evi
dente que lo importante habría sido investigar primeramente si en verdad había
existido robo y, en caso afirmativo, poner fin a aquello. Pero
de eso, ni una sola palabra. Se discutió
sobre la cuestión de saber si tal o cual párrafo del código daba derecho al director del periódico para
imprimir el artículo de su colaborador y, una vez impreso, si había habido difamación o calumnia, y,
además, si difamación implica calumnia, y la calum
nia implica difamación; luego, otras .innumerables
cosas muy poco -
inteligibles para el común de los mortales, respaldadas por una multitud de artículos y
de ácuerdos tomados por todas las cámaras reunidas.
Nejludo
v comprendió sin embargo que Wolff, ponente del asunto, quien la víspera misma le había
dado a entender muy claramente que el Senado no tenía nunca que juzgar sobre el fondo, se empeñaba
por el contrario en invocar argumentos de fondo para hacer anular la
sentencia del tribunal de apelación,
en tanto que Selenin, tan frío de ordinario, sostenía con el mismo ardimiento la tesis opuesta.
Aquel calor de Selenin, notado por Nejludov, procedía de que consideraba al presidente de la
sociedad anónima como a un hombre poco escrupuloso y a que se había enterado de la pre
sencia de
Wolff en una comida suntuosa ofrecida por aquel fi
nanciero casi en vísperas del proceso. Como hoy
Wolff exponía el asunto con una gran prudencia, pero con una parcialidad no menos evident
e, Selenin se
animó y expresó su opinión con un nerviosismo exagerado en aquellas circunstancias. Visiblemente, sus
palabras chocaron a Wolff, quien enrojeció, hizo gestos de sorpresa y, con aire digno y vejado, se retiró
con los demás senadores a la sala de deliberaciones.
- ¿Por qué caso viene usted? -
preguntó de nuevo el ujier a Fanarin en cuanto los senadores
hubieron salido.
- ¡Pero si ya se lo he dicho: el caso Maslova!
- Está bien. E1 caso debe verse hoy, pero...
- ¿Qué pasa?
-Mire, este asunto hab
ía que resolverlo sin que estuviese en presencia el abogado defensor; por
tanto es dudoso que los señores senadores salgan de su cámara después de dictada la sentencia. Pero lo
anunciaré a usted.
- ¿Cómo? ¿Qué quiere decir eso?
- Lo anunciaré, lo anunciaré, diré que está usted aquí.
Y el ujier tomó nota en un papel.
En efecto, los senadores tenían la intención, después de ha
ber pronunciado su veredicto en el asunto
de difamación, de terminar los otros asuntos, inluyendo el de Maslova, sin salir de su sala
de
deliberaciones, fumando y tomando el té.
XXI
Una vez sentados los senadores ante su mesa de delibe
raciones, Wolff, con animación, se puso a
exponer los motivos adecuados para anular la sentencia.
El presidente, ya de por sí poco benévolo, se encontra
ba peor dispuesto aquel día. Durante el curso
de la sesión había previamente paralizado su opinión y se engolfaba ahora en sus pensamientos sin
escuchar a Wolff. Ahora bien, sus pensamientos se concentraban sobre un pasaje de sus memorias, es-
crito la vís
pera, donde contaba cómo había sido suplantado por Vilianov en un puesto importante que
anhelaba desde hacía mucho tiempo.
Este presidente Nikitin estaba, en efecto, íntimamente con
vencido del valor documental que tendría,
para la Historia, su opinión sob
re los altos funcionarios a los que se preciaba de conocer. En un capítulo
redactado la víspera vituperaba a al
gunos de estos altos personajes, acusándolos, según su propia
expresión, de haberle impedido salvar a Rusia de la ruina a la que la arrastraban
los dirigentes actuales;
y eso significaba que le habían impedido apelar a un tratamiento mucho más enér
gico. De momento se
preguntaba si su redacción era bastante clara para que, gracias a él, todos aquellos hechos llegasen a la
posteridad con una significación completamente nueva.
- Desde luego - respondió, sin escucharlo, a Wolff, que le había dirigido la palabra.
Be, por su parte, escuchaba a Wolff con tristeza, dibujando guirnaldas sobre un papel colocado
delante de él. Este Be era un liberal de la má
s pura cepa. Conservaba cuidadosamente las tradiciones del
decenio de 1860, y, si se apartaba de su rigurosa imparcialidad, era siempre en un sentido liberal. En esta
ocasión, además de que el financiero pleiteante era un hombre poco honrado, Be estaba a
favor de la
confirmación de la sen
tencia, porque aquella acusación de libelo esgrimida contra un periodista
restringía la libertad de prensa.
Cuando Wolff hubo terminado su argumentación, Be, aban
donando su guirnalda, se puso a hablar
con melancolía (su tris
teza se la causaba el hecho de tener que pasar por semejantes trivialidades), y con
una voz dulce, agradable, demostró con evidencia y simplicidad lo mal fundado de la queja; luego bajó
su blanca cabeza y continuó dibujando su guirnalda.
Skovorodnikov
, sentado frente a Wolff y constantemente ocupado en meterse en la boca los pelos
de su bigote y de su barba, intervino, en cuanto Be terminó de hablar, para declarar con voz alta y
agresiva que, aunque el presidente de la sociedad anónima fuese un perfect
o canalla, no por eso dejaba
él de tener la opinión de que se casase la sentencia, si existían vicios de procedimiento. Pero como no
existía ninguno, se puso del lado de Iván Semionovitch (Be), satisfecho por aquel picotazo que asestaba
a Wolff. El preside
nte, habiéndose atenido a la opinión de Skovorodnikov, dio como resultado que la
queja estaba mal fundada.
Wolff se sentía tanto más descontento cuanto que, por diver
sas alusiones, había comprendido que
sus colegas sospechaban en él una cierta parcialidad. Por eso, adoptando un aire indife
rente, abrió el
legajo del asunto Maslova y se engolfó en él. Los senadores, después de haber llamado para pedir té,
encauzaron la conversación sobre un tema que casi con el mismo in
terés que el duelo de Kamensky
preocupaba a todo Petersburgo. Un director de ministerio había sido sorprendido en el flagran
te delito de
cometer un acto previsto en el artículo 955.
- ¡Qué porquería! - dijo Be con repugnancia.
- ¿Qué encuentra usted en eso de malo? Le mostraré en nuestra li
teratura el proyecto de un autor
alemán que propone tranquilamente que el casamiento entre hombres no se considere un crimen -
replicó Skovorodnikov, aspirando con avidez el humo de un cigarrillo arrugado que sujetaba entre la
palma de la mano y la raíz de los dedos, y estallando en una gran risotada.
- ¡No es posible! - exclamó Be.
- Ya se lo enseñaré -
respondió Skovorodnikov, citando el titulo completo de la obra, la tirada y el
lugar de edición.
- Se asegura que va a ser enviado como gobernador a no sé qué parte, en el fondo de Siberia-
dijo
Nikitin.
-
Será algo perfecto. Me estoy imaginando al obispo que sale a su encuentro con la cruz. No haría
falta más sino que el obispo fuera demasiado comprensivo -
dijo Skovorodnikov, arrojando su colilla en
el platillo.
Luego apresó en la boca todo lo que pudo de su barba y de su bigote y se puso a masticar.
En aquel momento, el ujier entró en la sala de deliberacio
nes para advertir a los senadores que el
abogado y Nejludov deseaban asistir al examen de la instancia de Maslova.
- He aquí el asunto: ¡es todo una novela! -
dijo Wolff, quien contó a sus colegas lo que sabía de las
relaciones entre Nejludov y Maslova.
Cuando hubieron hablado, fumado cigarrillos y bebido té, los senadores volvieron a entrar en la sala
de sesiones y die
ron a conocer su decisión respecto al asunto de libelo; luego pasaron a examinar el de
Maslova.
Con su voz meliflua, Wolff emitió un informe muy claro sobre la solicitud de casación presentada
por Maslova, y de nuevo, con una parcialidad
visible, manifestó el deseo de que la sentencia quedase
anulada.
- ¿Tiene usted algo que añadir? - preguntó el presidente volviéndose hacia Fanarin.
Este se levantó, alisó la inmaculada pechera de su camisa y, metódicamente, con una precisión y
una convicción notables, se puso a probar que los debates de la Audiencia Provincial ha
bían presentado
seis puntos contrarios a la interpretación exacta de la ley; luego se permitió rozar el fondo del asunto, a
fin de demostrar hasta qué punto el veredicto de la Audiencia Provin
cial había sido de una injusticia
flagrante. Bajo el tono breve pero firme de su discurso parecía excusarse por tener que insistir sobre
aquello ante los señores senadores, que con su perspi
cacia y su sabiduría jurídicas veían y comprendían
mejor que él; pero su deber lo obligaba a hacerlo. Después de aquel alegato, parecía que era imposible
dudar de la anulación de la sentencia. Cuando Fanarin hubo terminado, tuvo una sonrisa de triun
fo, y esa
sonrisa proporcionó a Nejludov la certidumbre
del éxito. Pero al mirar a los senadores, vio que Fanarin
era el único que sonreía y que triunfaba. Porque ellos y el fiscal in
terino estaban lejos de sonreír y de
triunfar: tenían, por el contrario, el aire aburrido de la gente que pierde el tiempo, y to
dos parecían decir
al abogado: «Siga hablando. Ya hemos escuchado a otros muchos, y es perfectamente inútil.»
Su satisfacción apareció simplemente cuando el abogado con
cluyó y dejó de importunarlos. El
presidente concedió a continuación la palabra al sus
tituto del fiscal general. Pero Selenin se limitó a
declarar brevemente, aunque con claridad y preci
sión, que los diversos motivos de casación invocados
estaban mal fundados y que la sentencia debía ser mantenida, tras de lo cual los senadores se levantar
on
y se retiraron para deliberar.
De nuevo se dividieron las opiniones: Wolff insistía a favor de la casación; Be, que había sido el
único que había comprendido de qué se trataba, opinaba en el mismo sentido y pre
sentaba a sus colegas
un vívido cuadro d
el error de los jurados. Nikitin, partidario como siempre de la severidad en general y
de las formas en particular, se oponía a la casación. Todo que
daba, pues, subordinado al voto de
Skovorodnikov. Pero éste se opuso a la casación, principalmente porque
el proyecto de Nejludov de
casarse con aquella mujer por imperativos de su conciencia moral, lo escandalizaba hasta el más alto
punto.
Skovorodnikov era materialista, darwinista; cualquier mani
festación de la moral abstracta, y con más
motivo de la moral
religiosa, le parecía no solamente una vil insania, sino casi una injuria personal.
Todos aquellos avatares con semejante prosti
tuta, la defensa de ésta ante el Senado por un abogado de
renombre, y la presencia misma de Nejludov, todo aquello le repugnaba
. Por eso, metiéndose la barba en
la boca y haciendo muecas, fingiendo con una naturalidad perfecta no saber nada del asunto, sino tan
sólo que los motivos de casación eran insuficientes, opinó, como el presidente, que la petición no debía
aceptarse.
En consecuencia, la instancia de Maslova fue rechazada.
XXII
Pero es horrible! - exclamó NejIudov saliendo con el abogado a la sala de espera -
. En un asunto de
una claridad tal, respetan la forma y rechazan... ¡Es espantoso!
- El asunto se ha presentado mal - respondió el abogado.
- ¡Y el mismo Selenin opuesto a la casación! ¡Es terrible! - exclamó Nejludov -. ¿Qué hacer ahora?
-
Presentar un recurso de gracia. Ocúpese de eso usted mismo mientras está aquí. Voy a
redactárselo.
En aquel momento, el senador Wol
ff, con su uniforme atiborrado de cruces, entró en la sala y se
acercó a Nejludov.
- ¿Qué hacer, querido príncipe? Los motivos de casación eran insuficientes -
dijo, encogiendo sus
estrechos hombros y bajando los párpados. Y pasó de largo.
Detrás de Wolff apareció Selenin, quien se había enterado por los senadores de la presencia de su
antiguo amigo Nejludov.
- No esperaba encontrarte por aquí - le dijo, con una sonrisa en los labios mientras sus ojos seguían
tristes.
- Y, por mi parte, ignoraba que fueses fiscal general.
- Sustituto - rectificó Selenin -. ¿Cómo es que estás en el Senado? - preguntó.
-
He venido con la esperanza de encontrar aquí justicia y piedad para una desgraciada mujer
condenada injustamente.
- ¿Qué mujer?
- Pues esa cuyo destino acabáis de decidir.
- ¡Ah, el asunto Maslova! - recordó Selenin -. Su instancia carecía de fundamento.
- No se trataba de su instancia, sino de ella misma. Es inocente, y la castigan.
Selenin exhaló un suspiro.
- Sí, es posible, pero...
-No solamente posible; es rigurosamente cierto.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque yo formaba parte del jurado. Y sé que nuestro veredicto adolecía de error.
Selenin reflexionó un instante.
- Había que haberlo declarado en seguida - dijo.
- Lo declaré.
- Habia que haberlo inscrito en el
proceso verbal. Si ese motivo hubiese venido adjunto a la
instancia...
- ¡Pero bastaba examinar el asunto para ver la incoherencia del veredicto! - exclamó Nejludov.
- El Senado no tenía derecho para decirlo. Si se arriesgaba a anular una sentencia basán
dose sobre el
modo como concibe la rectitud de ésta, no solamente podría suceder que a veces aumentase la parte de
injusticia - replicó Selenin, pensando en Wolff y en el asunto que se acababa de juzgar -
, sino que las
decisiones de los jurados no tendrían ya razón de ser.
-
Todo lo que sé es que esta mujer es inocente y que en lo sucesivo se ha perdido para ella toda
esperanza de escapar a un castigo monstruoso. ¡La justicia suprema ha confirmado una flagrante
injusticia!
- En modo alguno; no ha confirmado nada, puesto que no tenía que juzgar el asunto a fondo -
arguyó Selenin, dejando pasar una mirada entre los párpados entornados.
Selenin, siempre muy ocupado y frecuentando poco el mun
do, ignoraba sin duda la novela de
Nejludov. Habiéndolo notado éste, juzgó inútil hablarle de sus relaciones particulares con Maslova.
- Probablemente te habrás alojado en casa de tu tía, ¿no? -
preguntó Selenin con objeto de cambiar
de conversación -Me dijeron ayer que estaban aquí. La condesa me invitó la otra noche a asi
stir contigo,
en su casa, a la conferencia del nuevo predicador - añadió con la sonrisa en los labios.
- Estuve allí, en efecto, pero el desagrado hizo que me alejara-
dijo Nejludov con malhumor,
descontento por el hecho de que Selenin se hubiese puesto a hablar de otra cosa.
-
¿Disgustado por qué? Por limitado y fanático que sea eso, no deja de ser manifestación de un
sentimiento religioso.
- ¡Vamos! ¡Una monstruosa locura! - exclamó Nejludov.
- Nada de eso. Lo extraño y molesto es el hecho de que nuestra i
gnorancia de los preceptos de la
Iglesia es tal, que la exposición de nuestros dogmas fundamentales nos parece una novedad -
dijo
Selenin como si tuviese prisa en expresarle a su antiguo amigo opiniones tan insólitas.
Nejludov lo examinó con una mezcla de atención y de sor
presa mientras Selenin bajaba los ojos,
que expresaban no solamente tristeza, sino casi hostilidad.
- ¿Tú crees, pues, en los dogmas de la Iglesia? - le preguntó Nejludov.
- Desde luego, creo en ellos - respondió Selenin, mirando a Nejl
udov con una mirada recta pero
apagada.
- ¡Qué cosa más rara! - murmuró éste suspirando.
- Por lo demás, volveremos a hablar de eso otra vez - continuó Selenin -. Ya voy -
dijo al ujier, que
se le había acercado con aire respetuoso -. Es absolutamente preciso que vol
vamos a vernos, pero,
¿cuándo volveré a encontrarte? A mi me encontrarás siempre cenando a las siete en la calle Nadejdins-
kaia. - E indicó el número -
. ¡Vaya, cuánta agua ha pasado bajo los puentes desde nuestra última
conversación! - acabó, antes de alejarse, sonriendo solamente con los labios.
- Iré a verte si me es posible - respondió Nejludov.
Pero en el fondo de si mismo comprendía que Selenin, an
tes tan querido y tan próximo, se convertía
para él, después de esta breve conversación, no
solamente en un ser extraño e incomprensible, sino
hostil.
XXIII
En la época en que Nejludov era estudiante con Selenin, éste era un hijo excelente, un fiel
camarada, y, para su edad, un hombre de mundo muy instruido, de un tacto perfecto, siempre eleg
ante y
guapo y al mismo tiempo franco y honrado. Estudiaba con facilidad, sin la menor pedantería, y ob
tenía
medallas de oro por sus trabajos. El objetivo de su joven vida era servir a los hombres, no solamente con
palabras, sino con actos. Y no se repres
entaba esta misión de otra manera que bajo la forma de servicio
al Estado. Asi, apenas termi
nados sus estudios, examinó metódicaménte todos los géneros de actividad a
los que podia dedicarse; y tras decidir que podría emplear con la mayor utilidad sus facultades en la se-
gunda sección de la cancillería imperial privada, que tenía entre sus atribuciones la redacción de las
leyes, allí fue donde entró.
A pesar del más estricto y más escrupuloso cumplimiento de todo lo que exigía de él su función, no
encontró
allí ni la satisfacción de ser útil conforme a su deseo, ni la conciencia de cumplir con su deber.
Este descontento de sí mismo se sumentó además a consecuencia de sus tiranteces con su jefe inmediato,
hombre mezquino y vanidoso. Tuvo, pues, que abandonar
la cancillería privada para entrar en el Senado,
donde se sintió más a sus anchas. Pero el mismo descontento lo per
seguía allí; porque no dejaba de
sentir que lo que hacía no era lo que habría querido hacer, no era lo que habría debido ser.
Durante su servicio en el Senado, sus parientes habían ob
tenido para él el nombramiento de
gentilhombre de Cámara, y había tenido que ir, con uniforme bordado, delantal de tela blanca, y en
calesa, a presentarse en casa de numerosas personas para darles las gracias
por haberlo elevado a la
dignidad de lacayo. A pesar de todos sus esfuerzos, no pudo encontrar una explicación razonable para
este cargo. Y, más aún que sus servicios de funcionario, sentía que « no era eso». Sin embargo, por una
parte, no podía rehusar aq
uel nombramiento, so pena de entristecer a los que estaban persuadidos de
haberle hecho un gran favor; por otra parte, aquello halagaba los instintos inferiores de su propia
naturaleza, y se sentía encantado de ver reflejarse en el espejo su uniforme bordado de oro y go
zar del
respeto provocado en algunas personas por aquel nuevo título.
Lo mismo le había ocurrido en cuanto a su casamiento. Desde el punto de vista mundano, le habían
encontrado un brillante partido. Se había casado principalmente por la mis
ma razón de que al negarse
habría ofendido o apenado, tanto a la novia, que deseaba aquel casamiento, como a los que lo habian
arreglado, y porque la unión con una joven de buena familia, por lo demás encantadora, halagaba su
amor propio y le resultaba ag
radable. Pero, menos aún que su empleo y su cargo en la corte, su
matrimonio « no era eso». Después del primer hijo, su mujer no había querido tener más y había
empezado a llevar una existencia mundana y agitada en la que, a pesar suyo, él debía tomar parte.
No muy bonita, su mujer le era fiel, y aunque no extraía de su vida mundana más que una extrema
fatiga, se sometía a ella con puntualidad, envenenando al mismo tiempo la existencia de su marido.
Todas las tentativas de éste por cambiar cualquier cosa e
n aquello chocaban contra una certidumbre
firme como una roca en su mujer, sostenida además por sus parientes y sus amigos, en el sentido de que
era así como había que vivir.
La hija, una niña de largos bucles dorados, de pantorrillas desnudas, era un ser
completamente
extraño para su padre, porque su educación no era en absoluto la que él habría de
seado. Entre los
esposos reinaba una incomprensión permanen
te, incluso la ausencia de todo deseo de comprenderse, una
lucha sorda, silenciosa, oculta a los des
conocidos y suavizada por las conveniencias. Todo esto hacía
penosa para Selenín la vida de familia. Y ésta «no era eso», como no lo eran tam
poco el matrimonio, el
empleo y el cargo en la corte.
Pero, por encima de todo, lo que «no era eso» era la cuesti
ón creencia. Como todos los hombres de
su mundo y de su tiempo, había desgarrado sin el menor esfuerzo, por su desa
rrollo intelectual, los
vínculos de las creencias religiosas que le había imbuido su educación, y ya ni él mismo se acordaba de
en qué momento se había liberado de aquello. Hombre jo
ven, honrado y serio en el tiempo de sus
estudios universita
rios y de su amistad con Nejludov, no hacía ningún secreto de la independencia que
había conquistado en lo referente a los dogmas de la religión oficial.
Con los años y el ascenso en la jerarquía, y sobre todo des
pués del período reaccionario que había
sucedido al de libera
lismo, esta libertad moral se le había convertido en una traba. Por un lado, la muerte
de su padre, las ceremonias eclesiásticas qu
e la habían acompañado, el deseo de su madre de verlo
comulgar, deseo que respondía igualmente a las exigencias de la opinión pública, y, por otra parte, su
cargo de funcionario, lo habían obligado a cada instante a asistir a numerosas ceremonias religios
as:
inauguraciones, acciones de gracias, etcétera, tanto, que raramente pasaba un día sin que tuviera que
tomar parte en alguna manifestación exterior del culto. Al asistir a ellas, le era preciso pues: o fingir
creer en lo que no creía, cosa que le estaba
prohibida por la rectitud de su carácter, o bien considerar
como mentiroso aquel culto exterior y organi
zar su vida de tal forma que no se viese obligado a
participar en aquella mentira. Pero por poco importante que pudiese pa
recer una a otra de estas
r
esoluciones, imponía muchas trabas: aparte de que habría tenido que verse en antagonismo continuo
con todos sus parientes y las personas más próximas, le habría hecho falta cambiar enteramente su
situación, abandonar su empleo y sacrificar todo aquel deseo
que creía poder realizar ya en su función de
ser útil a los hombres, con la esperanza de conseguirlo mejor en el porvenir. Y para hacer eso le habría
hecho falta estar bien seguro de seguir el buen camino. Cierto que no podía ignorar que estaba en el
cami
no recto al negar el principio de la Iglesia oficial; pero, bajo la presión de la vida ambiente, él, el
hombre justo, se dejaba seducir por una ligera mentira diciéndose que para afirmar la irracionalidad de
lo que es irracional, ante todo hacía falta estu
diarlo. Era ésa una pequeña mentira, pero lo había llevado
hacia la gran mentira en la que actualmente estaba sumido.
Inmediatamente después de haberse planteado la pregunta relativa a conocer la justeza de la
ortodoxia en la que había nacido y había sid
o criado, cuya creencia estaba exigida por todo el mundo
que lo rodeaba y sin la cual no podía continuar ha
ciéndose útil a los hombres, no había recurrido a las
obras de Voltaire, de Schopenhauer, de Spencer o de Comte, sino a los libros filosóficos de He
gel, a las
obras religiosas de Vinet y de Jomiakov, y, naturalmente, había encontrado en ellas lo que buscaba: una
apariencia de justificación de la doctrina religiosa en la que lo habían criado, aunque, desde hacía mucho
tiempo, su razón no la admitiese y
a, pero cuya aceptación debía apartar una serie de molestias que de
otro modo llenarían su vida toda Había hecho suyos todos los sofismas a los cuales se suele re
currir, a
saber: que la razón de un solo individuo es incapaz de conocer la verdad; que la ve
rdad no se revela más
que al conjunto de los hombres; que el. único medio de conocerla es la revelación; que la revelación está
bajo la custodia de la Iglesia, etcétera. Y, desde aquel momento, sin tener conciencia de la mentira,
podía asistir con toda tra
nquilidad a las misas, vísperas y maitines, y podía comulgar, persignarse ante
los iconos y continuar su servicio de funcionario que le procuraba la satisfacción del deber cumplido y el
consuelo de sus fastidios de familia.
Creía tener fe y, sin embargo, m
ás que nunca, sentía con todo su ser que su fe aún «no era eso». De
ahí que su mirada estuviera siempre llena de tristeza. Por eso, al divisar a Nejlu
dov, al que había
conocido antes de estar penetrado ya por todas aquellas mentiras, volvió a verse tal co
mo era en otros
tiempos; y, en el momento en que aludió presurosamente a sus puntos de vista sobre la religión, sintió
con más fuerza aún que «no era eso», y una pena desgarradora lo invadió. Es lo que sintió igualmente
Nejludov en cuanto se hubo disipado
la primera impresión gozosa de su encuentro con su antiguo
amigo.
Y por eso, aun prometiéndose volver a verse, no procura
ron ni uno ni otro llevar a cabo esa
entrevista y no llegaron a encontrarse durante la estancia de Nejludov en Petersburgo.
XXIV
Al salir del Senado, Nejludov y el abogado caminaron juntos por la acera. E1 abogado, después de
haber orde
nado a su cochero que lo siguiese, le contó a Nejludov la aventura de aquel director de
ministerio del que los senadores habían hablado entre ello
s; le dijo cómo después de estar convicto de su
crimen, en lugar de mandarlo a la cárcel, como exigía el código, iban a ponerlo a la cabeza de una
provincia en Siberia. Luego, acabada aquella repugnante historia, contó aún, con un placer particular,
cómo a
ltos personajes habían robado el dinero recogído para erigir un monumento y que se quedó así
inacabado, personajes ante los cuales habían pasado aquella misma mañana; cómo la amante de fulano
ganaba millones en la Bolsa; cómo uno había vendido a su mujer
y otro la había comprado; luego inició
otro relato sobre las estafas y toda clase de crímenes cometidos por altos funcionarios que, lejos de estar
en prisión, se hallaban instalados en los sillones presidenciales de diversas instituciones. El abogado
parecía extraer de aquellos relatos (cuya fuente era por lo visto inagota
ble) una gran satisfacción: le
permitían, en efecto, demostrar que los medios de que usaba él mismo para ganar dinero eran
absolutamente legítimos a irreprochables en comparación con los
que empleaban los más altos
personajes de Petersburgo. Por eso fue grande su sorpresa cuando, en la mitad misma de una de sus
anécdotas, vio que Nejludov se despedía de él y llamaba a un coche de punto para marcharse.
Nejludov estaba muy triste. Lo estaba
sobre todo porque el Senado había confirmado el martirio
insensato impuesto a la inocente Maslova, y también porque aquella condena hacía más difícil para él la
realización de su proyecto de casamiento con ella. Su tristeza aumentaba aún por aquellas mons
truosas
his
torias sobre el mal imperante del que el abogado hablaba con tanta complacencia. En fin, seguía
viendo la mirada glacial y hostil de Selenin, en otros tiempos tan afectuoso, tan franco y tan noble.
Cuando entró en casa de su tía, el portero le
entregó, con un cierto matiz de desdén, una carta que
«cierta mujer», según su expresión, había traído para él. Era de la madre de Schusto
va y escribía que
había venido a dar las gracias al «bienhechor», al «salvador» de su hija, y le suplicaba que fuera
a verlas
a la calle Vassili-
Ostrov, en el número tal, piso cual. Añadía que era por algo que interesaba a Vera
Efremovna.
Le rogaba que no temiese un desbordamiento de gratitud, pues ni siquiera se hablaría de aquello,
pero que simplemente se sentirían di
chosas pudiéndolo ver y, si era posible, al día siguiente por la
mañana.
Había otra carta de uno de sus antiguos camaradas, ayudan
te de campo del emperador, Bogatyrev, a
quien Nejludov le había rogado que entregase personalmente al soberano una solicitud
dirigida por él en
nombre de los sectarios. Con su gran letra firme, Bogatyrev le informaba que, según su promesa, en-
tregaria en propias manos la instancia al emperador, pero que se le había ocurrido una idea. ¿No
convendría más itra ver primeramente al personaje del que dependía aquel asunto y solicitárselo?
Después de todas las impresiones experimentadas durante su estancia en Petersburgo, Nejludov se
sentía profundamente desalentado. Los proyectos que había formado en Moscú se le aparecían ahora
como e
sos sueños juveniles que se desvanecen al contacto con la vida real. Pero, de cualquier forma,
consi
deró como un deber llevar a cabo todo lo que tenía que hacer en Petersburgo y decidió que,
después de visitar a Bogatyrev, seguiría su consejo y al día sig
uiente iría a ver al personaje del que
dependía el asunto de los sectarios. Mientras reflexionaba, sacó la solicitud de su cartera y se disponía a
releerla cuando un lacayo vino a decirle que la condesa Catalina Ivanovna le rogaba que subiese para
tomar el té.
Nejludov dijo que iría en seguida y, después de volver a meter la instancia en su cartera, subió a las
habitaciones de su tía. Durante el trayecto distinguió por la ventana de la escalera el par de alazanes de
Mariette parados delante de la casa; y de
pronto sintió en el corzón un hálito de alegría y el deseo de
sonreír.
Tocada esta vez con un sombrero claro y ataviada con un vestido de matices diversos, Mariette
estaba sentada en una silla cerca de la butaca de la condesa; con una taza de té en la man
o, charlaba,
brillándole sus hermosos ojos risueños. En el instante en que Nejludov penetró en el salón acababa de
de
cir algo tan gracioso y tan atrevido (Nejludov lo adivinó por su manera de reír), que a la buena
condesa bigotuda Catalina Ivanovna la lle
nó de una alegría loca que sacudía su corpachón de pies a
cabeza, mientras Mariette, con una expresión mali
ciosa, la risueña boca ligeramente contorneada y la
cabeza enérgica y gozosa un poco ladeada, examinaba a su amiga sin decir nada.
Por algunas pala
bras, Nejludov comprendió que hablaban de aquella segunda noticia que acaparaba
actualmente las conversaciones de Petersburgo, el episodio del nuevo gobernador si
beriano, a propósito
del cual Mariette había contado un chiste tan gracioso que provocaba en
la condesa aquella hilaridad tan
prolongada.
- ¡Me harás morir de risa! - exclamaba entre dos carcajadas.
Después de haberlas saludado, Nejludov se sentó cerca de ellas. Pero apenas había tenido tiempo
para tomar a mal la ligereza de Mariette, cuando est
a misma, notando la expresión severa de su rostro y
deseando agradarle (deseo que le había entrado desde que había vuelto a verlo), modificó no sólo la ex-
presión de su rostro, sino también su disposición de ánimo. Inmediatamente se puso seria, se sintió
descontenta de su vida, llena de vagas aspiraciones, y todo esto con sinceridad, sin hi
pocresía y sin
esfuerzo. Por instinto, se puso al unísono del es
tado de ánimo de Nejludov, aunque ella no habría podido
definir exactamente en qué consistía.
Lo interr
ogó sobre el resultado de sus gestiones, y él contó eel fracaso de sus esfuerzos en el Senado y
su encuentro con Selenin.
- ¡Ah, qué alma tan pura! ¡He ahí verdaderamente al chevalier sans peur et sans reproche...!
¡Qué
alma tan pura! - exclamaron las dos
damas, usando aquella designación con la que se conocía a Selenin
en la buena sociedad.
- ¿Cómo es su mujer? - preguntó Nejludov.
- ¿Ella? No quiero juzgarla, pero no lo comprende. ¿Y tam
bién él ha sido de los que ha rechazado el
recurso? - prosiguió Mariette con franca compasión -. ¡Es espantoso, y qué lástima me da de ella! -
añadió con un suspiro.
Nejludov, con un pliegue en la frente y deseoso de cam
biar de conversación, habló de Schustova,
que acababa por fin de salir de la fortaleza. Después de hab
er dado las gracias a Mariette por su
intervención, se disponía a decir lo horrible que era pensar en lo que había sufrido aquella pobre mucha-
cha y su familia, simplemente porque nadie se había ocupado de ellos. Pero Mariette no lo dejó acabar y
ella misma expresó toda su indignación.
- ¡No me hable usted de eso! - exclamó-. En cuanto mi marido me dijo que la podían poner en
libertad, tuve el mismo pensamiento que usted. ¿Por qué la han detenido entonces, si era inocente? ¡Es
indigno, es indigno! - repitió, expresando así el pensamiento de Nejludov.
La condesa Catalina Ivanovna se dio cuenta en seguida de que Mariette coqueteaba con su sobrino,
y eso la divirtió.
- ¿Sabes lo que vas a hacer? - dijo a Nejludov -. Vas a venir con nosotras mañana por la noche
a
casa de Aline. Estará allí Kieseweter. Y tú también - dijo a Mariette -. Il vous a remarqué -
continuó,
dirigiéndose a su sobrino -. Insiste en que todas las ideas que me has expuesto y que yo le he comu-
nicado, son a sus ojos un signo excelente y que con toda se
guridad no tardarás en venir a Cristo. ¡Es
absolutamente necesario que asistas a la velada! Mariette, dile que venga y ven tú también.
- Pero, primeramente, condesa, no tengo ningún derecho para darle consejos al príncipe -
replicó
Mariette, cam
biando con Nejludov una mirada que la ponía de acuerdo con él sobre la manera de
entender las palabras de la condesa y sobre su evangelismo en general -
. Y además, usted sabe que a mí
no me gusta mucho...
- Sí, ya lo sé, tú eres diferente de las demás y piensas a tu modo sobre todas las cosas.
- ¿Cómo a mi modo? Tengo la misma creencia que una simple campesina - replicó sonriendo -
. Por
otra parte -continuó -, mañana voy al teatro francés.
- ¡Ah! ¿Has visto a esa...? ¿Cómo se llama? - preguntó la condesa.
Mariette indicó el nombre de una célebre actriz francesa.
- Tienes que ir a verla sin falta. ¡Es asombrosa!
- ¿A quién debo ir a ver primero, tía? ¿A la actriz, o al predicador? -
preguntó Nejludov con una
sonrisa.
- Te lo ruego, no des un doble sentido a mis palabras.
- Creo que más vale ir a ver primero al predicador, y después a la actriz - continuó Nejludov -
; de lo
contrario, se podría perder todo el gusto por la predicación.
- No, vale más empezar por el teatro y arrepentirse después - dijo Mariette.
- Bueno, no os burléis de mí. ¡La predicación es la predica
ción, y el teatro es el teatro! Para salvarse
no hay necesidad en absoluto de tener la cara larga de una beata y llorar sin cesar. Lo que hay que tener
es fe, y entonces ya se es más que feliz.
- Pero, tía, usted predica mucho mejor que cualquier misionero.
- A propósito, mire usted - dijo Mariette después de un instante de reflexión -
. Venga mañana a mi
palco.
- Me temo no poder...
El lacayo interrumpió la conversación para anunciar a la condes
a la visita del secretario de una obra
de beneficencia de la que que ella era presidenta.
-
¡Oh, qué hombre tan insoportable! Voy a recibirlo un instante en el saloncito y luego volveré con
ustedes. Mariette, sírvele tú el té - dijo la condesa, alejándose con su paso rápido y ágil.
Mariette se quitó uno de sus guantes y dejó al desnudo una manecita alargada y vigorosa, llena de
sortijas.
- ¿Quiere usted? -
preguntó a Nejludov, poniendo la mano, apartado el dedo meñique, sobre la tetera
de plata calentada con alcohol.
Su rostro se puso grave y triste.
-
Nada en el mundo me resulta tan penoso como pensar que algunas personas, cuya estimación me
interesa mucho, me confundan con la posición en que me veo obligada a vivir - dijo.
Parecía estar a punto de echars
e a llorar al pronunciar estas palabras. Y aquella frase, a pesar de su
significado tan vago, le pareció a Nejludov llena de profundidad, de franqueza y de bondad, tanto lo
impresionaba la mirada de los ojos centelleantes que acompañaba las palabras de la
bonita y elegante
joven.
Nejludov la contemplaba en silencio y no podía apartar sus miradas de aquel rostro.
-
Usted cree quizá que yo ni lo comprendo a usted ni lo que le está pasando, ¿verdad? Lo que usted
ha hecho, todo el mundo lo sabe: c'est le secret de Polichinelle. Estoy entusias
mada por eso, lo admiro y
lo apruebo.
- Verdaderamente, no hay motivo alguno. Es muy poco lo que he hecho.
-
¡No importa! Comprendo los sentimientos de usted y los de ella... Bueno, no le hablaré más de eso
- se reportó, al creer notar un ligero descontento en el rostro de Nejludov-
. Y lo que comprendo también
es que, habiendo visto de cerca el horror y los sufrimientos de esa vida de los presos - decía Ma
riette,
adivinando con su instinto femenino todo lo que era para él
precioso e importante, y con el único
pensamiento de conquistarlo -
, haya sentido usted el deseo de acudir en ayuda de esas víctimas de la
crueldad y de la indiferencia de los hombres...
Comprendo que una persona pueda dedicar su vida a esa obra. Yo habr
ía hecho lo mismo; pero cada
cual tiene su destino...
- ¿Es que no está usted satisfecha del suyo?
- ¿Yo? - exclamó, como si la dejaran atónita al hacerle semejante pregunta -
. Sí, debo estar
satisfecha, y lo estoy. Pero hay un gusano roedor que se despierta.
- No hay que dejar que se duerma y hay que creer en esa voz-dijo Nejludov, cayendo en la trampa.
Muy a menudo, posteriormente, sintió vergüenza al acor
darse de aquella conversación, de aquellas
palabras de Mariette que eran menos una mentira que una c
omedia; de aquel rostro de la joven que
expresaba una atención falsamente enternecida mientras él le contaba los horrores de las cárceles y las
impresiones de su contacto con los campesinos.
Cuando la condesa volvió, Mariette y Nejludov hablaban no solame
nte como viejos amigos, sino
como amigos íntimos, únicos en comprenderse entre la multitud que los rodeaba.
Su conversación versaba sobre la injusticia de los podero
sos, los sufrimientos de los débiles, la
miseria del pueblo; pero en realidad, bajo el mur mullo de las palabras, sus ojos no ce
saban de
interrogarse mutuamente: «¿Puedes amarme?», y de responder: « ¡Puedo! » Y el deseo sexual,
revistiendo las formas más insospechadas y más radiantes, los atraía mutuamente.
Antes de marcharse, Mariette repitió a Nejludov que siem
pre tendría el mayor agrado secundándolo
en sus proyectos; insistió para que fuese, aunque sólo fuera un momento, a verla al día siguiente por la
noche, en su palco, en el teatro, donde tendría que hablarle, aseguraba ella, de un asunto muy impor-
tante.
- Por lo demás, ¿quién sabe cuándo volveremos a vernos? -
suspiró ella al mismo tiempo que se
ponía con precaución el guante en su mano cubierta de sortijas -. Prométame que vendrá.
Nejludov se lo prometió.
Aquella noche, una vez solo e
n su habitación, se acostó, apagó la vela y tardó mucho tiempo en
dormirse. Al acordarse de Maslova, de la decisión del Senado, de su proyecto de se
guirla a todas partes,
del abandono de sus tierras, veía, en respuesta a estos pensamientos, alzarse ante él el rostro de Ma
riette,
su suspiro y su mirada cuando ella le había dicho: « ¿Quién sabe cuándo volveremos a vernos? » Y él
volvía a ver tan clara, tan vivamente aquella sonrisa, que, durante la noche, tam
bién él se sorprendió a
veces sonriendo. «¿Haré bien marchán
dome a Siberia? ¿Haré bien despojándome de toda mi fortuna?»,
se preguntaba.
Y eran vagas las respuestas que se presentaban a su espíritu, en aquella clara noche de Petersburgo
que se filtraba a través de la celosía incompletamente bajada. Tod
o se embrollaba en su cabeza. Evocaba
sus sentimientos de antes y resucitaba sus ideas de otros tiempos; pero estas ideas no tenían ya la misma
fuerza convincente.
«¿Y si todo eso no hubiera sido más que imaginación por mi parte, y no tengo fuerzas para vi
vir
así? ¿Me arrepentiré entonces de haber obrado bien?», se preguntaba. Y al no en
contrar respuesta,
experimentaba una angustia y un descorazo
namiento que nunca había sentido hasta entonces. Impotente
para resolver todos aquellos problemas, se durmió co
n aquel sueño pesado con que se dormía en otros
tiempos cuando había perdido grandes cantidades jugando a las cartas.
XXV
A la mañana siguiente, al despertar, el primer sentimiento que experimentó Nejludov fue la
impresión de haber cometido la víspera alguna villanía.
Reunió sus recuerdos: no, no había cometido ninguna vi
llanía, pero había tenido villanos
pensamientos respecto a sus intenciones actuales, a saber: que su casamiento con Katucha, el abandono
de sus tierras a los campesinos, no eran más
que quimeras; que él no podría permanecer mucho tiempo
en esa disposición de ánimo; que todo aquello era ficticio y que hacía falta vivir como vivía. No había
allí actos malos, pero había lo que es peor: los pensamientos que engendran todos esos actos. Se
puede
no repetir un acto malo y arrepentirse de él; en cambio, los malos pensamientos hacen nacer estos actos.
Un acto malo abre simplemente el camino a otros, igualmente malos, en tanto que los malos
pensamientos arrastran irresistiblemente por ese camino.
Después de haber repasado en su espíritu sus pensamientos de la víspera, Nejludov se preguntó
cómo había podido, aunque sólo fuera algunos instantes, prestarles atención. Por des
conocida y
dificultosa que le resultase la nueva vida que se había propue
sto, sabía que era para él la única posible en
lo sucesivo, y por fácil que le fuese reanudar su antigua existen
cia, sabía que eso sería para él la muerte.
La seducción de la víspera le causó en aquel momento un efecto semejante al que siente un hombre,
t
odavía lleno de sueño, que se despierta y querría volver a dormirse, o por lo menos quedarse aún en la
cama, aun sabiendo que ha llegado la hora de levantarse para un asunto muy importante y muy
agradable.
Aquel día, el último que debía pasar en Petersburgo, Nejlu
dov se dirigió por la mañana a la calle.
Vassili-Ostrov, donde vivía la madre de Schustova.
El alojamiento estaba en el segundo piso. Valiéndose de las indicaciones del portero, Nejludov
avanzó por sombríos corredores, subió por una empinada esca
lera y penetró en una cocina
sobrecalentada y llena de un fuerte olor de alimentos que es
taban cociéndose. Una mujer de edad, con
delantal, arrezagadas las mangas y con gafas, en pie delante del hornillo, removía con una cuchara el
contenido de una cacerola humeante.
- ¿Qué desea usted? - preguntó ella con voz severa, mirando por encima de sus gafas.
Apenas Nejludov hubo dicho su nombre, el rostro de la mujer expresó a la vez alegría a
intimidación.
- ¡Ah, príncipe! - exclamó, secándose las manos en el delantal -
. Pero, ¿por qué ha venido usted por
la escalera de servicio? ¡Usted, nuestro bienhechor! Yo soy la madre. Sin usted, mi hijita estaría perdida.
Es usted nuestro salvador- continuó ella, agarrando la mano de Nejludov y tratando de besarla -. Fui
ayer a casa de usted; mi hermana me lo había ro
gado insistentemente. Mi hija está en casa. Por aquí,
haga el favor de seguirme -
decía la madre de Schustova, guiando a Nejludov, por una puerta estrecha, a
un pequeño corredor sombrío y arreglándose por e
l camino ora el jubón arremangado, ora los sueltos
cabellos.
- Mi hermana es Kornilova - decía en voz baja, deteniéndose ante la puerta-
; sin duda ha oído usted
hablar de ella. Ha estado mezclada en varios asuntos politicos. Es una mujer muy inteligente.
Abrió una puerta que daba al corredor a introdujo a Nejlu
dov en una estrecha habitación donde, ante
una mesa, sobre un pequeño diván, estaba sentada una joven, fuerte y de pe
queña estatura, vestida con
una camisola de indiana a rayas, con cabellos rubios
ligeramente rizados que encuadraban un rostro
redondo, de una extremada palidez y que se parecia al de la madre. Un joven, con bigote negro y barbita,
vestido con una blusa rusa de bordados adornos, estaba sentado frente a ella, echado adelante en la sill
a,
y hablaba con tanta animación, que ni uno ni otro vieron entrar a Nejludov.
- ¡Lidia! Es el príncipe Nejludov, el que ha...
La pálida joven se estremeció nerviosamente. Echando hacia atrás de su oreja, con un movimiento
maquinal, un bucle de cabellos, miró temerosamente, con sus grises ojos, al recién llegado.
-Entonces, ¿usted es esa mujer peligrosa por la que intercedía Vera Efremovna?-
dijo Nejludov,
quien le tendió la mano sonriendo.
- Sí, yo soy - dijo la joven. Y, con una bondadosa sonrisa infantil
, su boca descubrió una fila de
blancos dientes -. Es mi tía quien deseaba verlo. ¡Tía! -
gritó hacia una puerta, con su voz dulce y
agradable.
- Vera Efremovna estaba muy apenada por que la hubieran detenido a usted - dijo Nejludov.
- Aquí, siéntese aquí -
interrumpió Lidia, señalando con el dedo la silla de enea que acababa de
abandonar el joven -. Mi primo Zajarov -
añadió, para responder a la mirada que Nejludov había lanzado
al visitante.
Éste estrechó la mano del príncipe con una sonrisa tan bondadosa
como la de Lidia. Cuando
Nejludov se hubo sentado en el sitio que ocupaba antes el joven, éste cogió otra silla y se sentó cerca de
él; luego, de la habitación vecina salió un co
legial de rubios cabellos de unos dieciséis años, quien, sin
decir palabra, se instaló en el alféizar de la ventana.
En el umbral de la habitación contigua apareció en el mismo instante una mujer de blusa blanca,
ceñida por un cinturón de cuero, y que tenía un aire inteligente y simpático.
- ¡Buenos días! ¡Muchas gracias por haber venido! - ex
clamó colocándose en el diván, al lado de su
sobrina -. Bueno, ¿cómo está Vera? ¿La ha visto usted? ¿Cómo soporta su situación?
- Ella no se queja - respondió Nejludov -. Dice que no podría encontrarse mejor en el Olimpo.
- ¡Ah, Vera! ¡Qué propio de ella! - dijo la tia sonriendo y meneando la cabeza -
. No hay más
remedio que quererla: ¡qué carácter tan espléndido! Todo para los demás, nada para ella.
- La verdad es que no me pidió nada para ella y no pensó más que en la sobrina de usted. L
o que
más la afligía, me dijo, era la monstruosa injusticiá de esta detención.
- ¡Sí, monstruosa, en efecto! La infeliz ha sufrido por mi.
- ¡Nada de eso, tía! - exclamó Lidia -. Yo habría reco
gido esos papeles aunque usted no me lo
hubiese dicho.
- Permíteme decirte que estoy mejor enterada que tú de eso - replicó la tía -. Mire usted -
dijo a
Nejludov -
, todo pasó porque cierta persona me rogó que guardase sus papeles en depósito. Como yo no
tenía alojamiento, se los dejé a mi sobrina. Pero he aquí que a
quella misma noche la policía vino a esta
casa y se llevó los papeles y a ella; y ha estado detenida hasta ahora, porque se negaba a decir de quién
provenían esos papeles.
- ¡Y no lo he dicho! - exclamó Lidia con vivacidad, retorciéndose un bucle de los c
abellos que sin
embargo no la molestaba en absoluto.
- Nunca he pensado que lo hayas dicho - dijo la tía.
- Si han cogido a Mitin no es por culpa mía - replicó Li
dia, ruborizada y mirando en torno de ella
con inquietud.
- Pero no tienes necesidad de decirnos eso, Lidia - comentó la madre.
- ¿Por qué no? Por el contrario, quiero hablar de eso - declaró Lidia.
Ya no sonreía. Toda arrebolada, enrollaba sus cabellos alre
dedor de un dedo y no dejaba de lanzar
miradas inquietas en torno de ella.
- ¿Y te has olvidado de lo que ocurrió ayer cuando empezaste a hablar de eso?
-
En absoluto. Déjame hablar, mamá. ¡Yo no lo dije! Me limité a callarme. Cuando me interrogaron
sobre mi tía y sobre Mitin, no respondí nada y declaré que nada respondería. Entonces, ese... Petrov...
- Petrov es un soplón, un gendarme y un miserable -
dijo la tía para explicar a Nejludov las palabras
de su sobrina.
- Entonces, ese Petrov - continuó Lidia con emoción y vo lubilidad -
se puso a querer convencerme:
«Lo que usted diga no podrá perjudicar a nadie, al contrario. Si usted habla, liber
tará a unos inocentes a
los que tal vez estamos haciendo sufrir sin motivo.» Sin embargo seguí . afirmando que no diría nada.
Entonces, me dijo él: «Bueno, está bien, no diga nada; pero por lo menos no
diga que no a lo que yo
diga.» Y se puso a citar nombres, entre los cuales estaba el de Mitin.
- Pero no hables más de eso - interrumpió la tía.
- Se lo ruego, tía, déjeme que lo diga...
Y Lidia no dejaba de tirarse del bucle de cabellos, mirando en torno de ella.
-
Y figúrense ustedes que al día siguiente me entero de que han detenido a Mitin. Me lo hicieron
saber unos camara
das con golpecitos dados contra la pared. Yo me dije: «He sido yo quien lo ha
entregado.» Y este pensamiento me ha torturado tanto, tanto, que he creído que me volvía loca.
- Pero está demostrado que tú nada tienes que ver con su detención - dijo la . tía.
-
Sí, pero yo lo ignoraba. Y no dejaba de pensar: he sido yo quien lo ha entregado. Iba de arriba abajo
por la celda y pensaba: ¡Yo lo he entregado! Me acostaba, me tapaba la ca
beza y, a mis oídos, una voz
gritaba: ¡tú lo has entregado! ¡Tú has entregado a Mitin! Y por mucho que yo supiera que aque
llo eran
alucinaciones, me resultaba imposible no escucharlas. Quería dormir, no pens
ar en eso: ¡imposible! ¡Era
horrible! - exclamó Lidia, cada vez más agitada y sin dejar de enrollar
se alrededor de un dedo una
crencha de sus cabellos, para desenrollarla después, lanzando miradas inquietas alrededor.
- Lidia, cálmate - le repetía la madre, dándole palmaditas en el hombro.
Pero Lidia no podía ya contenerse.
- Y lo más espantoso de todo es que... - empezó a decir.
Pero un sollozo la impidió acabar. De un salto, se levantó del diván y, después de haber tropezado
con el sillón, escapó fuera de la estancia. Su madre la siguió.
- ¡Habría que ahorcar a todos esos miserables! -dijo el colegial.
- ¿Qué te pasa? - preguntó la tía.
- ¿A mí? Nada - respondió; y cogió de la mesa un cigarrillo y lo encendió.
XXVI
Sí, para la gente joven, este encarcelamiento en celda es una cosa horrible-
dijo la tía, meneando la
cabeza y encendiendo a su vez un cigarrillo.
- Creo que para todo el mundo - replicó Nejludov.
- No, para todo el mundo no. Para los verdaderos revolucionarios, y me lo ha dicho más de uno, l
a
cárcel representa por el contrario un reposo y una seguridad. Los sospechosos viven en una perpetua
angustia, en la privación, en el temor por ellos, por los demás y por la causa común. Y he aquí que un
buen día los detienen y se ha acabado todo: nada de res
ponsabilidad; no tienen más que acostarse y
descansar. Conozco a algunos a los que su encarcelamiento ha proporcionado una alegría auténtica. Pero
con los jóvenes, con los inocentes (y son siempre inocentes como Lidia a los que empiezan a detener), l
a
cosa es distinta: el primer choque es terrible. No a causa de la privación de libertad, de los malos tratos,
de la falta de ventilación y de alimento; todo eso no sería nada. In
cluso si las privaciones fueran tres
veces mayores, se las soportaría basta
nte bien sin ese choque moral que se experimenta con ocasión de
un primer encarcelamiento.
- ¿Lo ha experimentado usted?
- A mí me han cogido dos veces - dijo la tía con una sonrisa dulce y triste -
. La primera vez fue sin
motivo alguno. Tenía veintidós a
ños, era madre de un niño y además estaba encinta. Por penosas que
fuesen entonces para mí la privación de libertad, la separación de mi hijo y de mi marido, todo aquello
no era nada comparado con el sentimiento que yo experimentaba al dejar de ser una cr
iatura humana
para convertirme en una cosa: quise decir adiós a mi tita y me ordena
ron que subiese al coche; pregunté
adónde me conducían y me respondieron que cuando hubiese llegado lo sabría; pre
gunté de qué me
acusaban y no me respondieron. Cuando, des
pués del interrogatorio, me desnudaron para ponerme el
uni
forme carcelario con un número, cuando me hicieron pasar bajo bóvedas, abrieron una puerta, me
empujaron adentro, hicieron funcionar la cerradura y se alejaron, no dejando más que a un centinela
,
fusil al hombro, quien se paseaba silenciosamente y miraba de vez en cuando por la mirilla de mi puerta,
un peso me cayó en el corazón. Me acuerdo de haberme sentido espe
cialmente impresionada por el
hecho de que el oficial de policia que me había inte
rrogado me hubiese propuesto fumar. Él sabía, pues,
que la gente tiene necesidad de fumar; sabía tam
bién que los hombres aman la libertad y la luz; sabía
que las madres aman a sus hijos, y los hijos a sus madres. ¿Cómo han podido entonces arrancarme
implacablemente de todo lo que me es querido y encerrarme como a una bestia feroz? Es ím
posible
pasar semejante sacudida sin que queden de ella huellas muy profundas. El que creía en Dios y en los
hombres y en el amor de los hombres entre sí, no cree ya despué
s de eso. Luego, dejé de creer en los
hombres y les guardé rencor - concluyó. Y se puso a sonreír.
En la puerta por donde había salido Lidia reapareció su madre, quien anunció que la muchacha
estaba demasiado nerviosa y no podría volver.
-Sin motivo alguno, han echado a perder esta vida joven - dijo la tía --
. Y sufro más aún al pensar
que he sido la causa involuntaria de eso.
- No será nada. El aire del campo la restablecerá. La enviaremos con su padre.
- Desde luego, sin usted, seguramente habría perecido -dijo la tía-
. Le estoy muy agradecida por
eso. En cuanto a la razón por la que deseaba verlo era para rogarle que en
tregase esta carta a Vera
Efremovna - dijo, sacando un sobre de un bolsillo -
. No está cerrada: puede usted leerla y romperla si
sus o
piniones le impiden aprobar su contenido. pero no he escrito en ella nada que pueda ser
comprometedor.
Nejludov cogió la carta y, después de haber prometido que la entregaría, se levantó, se despidió y
salió. En la calle cerró el sobre sin leer la carta y decidió entregársela a su destinataria.
XXVII
El último asunto que retenia a Nejludov en San Pe
tersburgo era el de los miembros de la secta
religiosa, a favor de los cuales tenía la intención de hacer llegar una instancia al zar, por conducto de su
antiguo camarada de regimiento el ayudante de campo Bogatyrev.
Fue, pues, a verlo y lo encontró almorzando, dispuesto ya a salir.
Bogatyrev era un hombre bajito y vigoroso, de una fuerza física poco común (era capaz de doblar
una herradura), bueno, leal, fr
anco, liberal incluso. A pesar de estas cualidades, era un íntimo de la corte;
amaba al zar y a su familia y llegaba, no se sabe cómo, a vivir en aquellas altas esferas no viendo en las
mismas más que el lado bueno y sin participar en nada malo ni sucio. N
o condenaba nunca a los
hombres ni los actos; pero, o bien se callaba, o bien hablaba valerosamente, muy alto, casi gritaba lo que
quería decir, acompañando a menudo sus palabras con una risa igualmente ruidosa. No lo hacía por
táctica, sino porque ése era su temperamento.
- Has hecho muy bien en venir. ¿Quieres almorzar? Va
mos, siéntate. El bistec es suculento. Yo
siempre empiezo y termino por lo substancial. Bueno, por lo menos toma un vaso de vino -
exclamaba
señalando el jarro de vino tinto -. Y he pen
sado en tu asunto. Entregaré la instancia yo mismo, en
propias manos; es más seguro. Sin embargo, me he preguntado si no te convendría más it a ver a
Toporov.
Al escuchar aquel nombre, Nejludov frunció las cejas. Su amigo continuó:
- Todo depende de él; de
un modo a otro, el asunto tiene que pasar siempre por sus manos y tal vez él
mismo pueda complacerte.
- Puesto que me lo aconsejas, iré.
- Perfectamente. Bueno, ¿qué efecto te produce Petersburgo? - tronó Bogatyrev.
- Me siento hipnotizado.
- ¡Hipnotizado! - repitió Bogatyrev, riéndose a carcajadas -
. Bueno, ¿de verdad que no quieres
tomar nada? Lo que quieras. - Se secó el bigote con la servilleta -
. Entonces irás, ¿eh? Si él no hace
nada, me vuelves a traer la instancia y ma ñana mismo la entregaré - clamó -
. Y, levantándose de la
mesa, hizo una amplia señal de la cruz, con el mismo gesto in
consciente con que se había secado la
boca; luego se ciñó el sable -. Y ahora, adiós, tengo que irme.
-Te acompaño - dijo Neiludov, estrechando con agrado la mano a
ncha y fuerte de Bogatyrev; y,
como le pasaba cada vez que lo veía, se separó de él en la escalinata de la casa bajo la impresión
agradable de algo sano, inconsciente y fresco.
Aunque no esperase nada bueno de su visita a Toporov, Nejludov, siguiendo los c
onsejos de
Bogatyrev, se dirigió sin embargo a casa del personaje de quien dependía el asunto de los miembros de
la secta.
El puesto que ocupaba Toporov presentaba, por su carác
ter, una contradicción de la que únicamente
no podía darse cuenta un hombre limitado y carente de sentido moral. Topo
rov poseía estas dos
cualidades negativas. Esta contradicción inherente a su cargo era la de sostener y defender, con diversos
medios y formas, entre los cuales no se excluía la violencia, a la Iglesia instituida, se
gún la definición de
la misma, por el mismo Dios, y que no puede ser derribada ni por las embestidas del infierno ni por
ningún esfuerzo humano. Y esta indestructible institución divina era a la que debía sostener y de
fender
la institución humana a la cabeza de la cual se encon
traban Toporov y sus funcionarios. Toporov no veía
o no quería ver esta contradicción y, además, tenía el grave cuidado de impedir que un cura o un sectario
destruyesen esa Iglesia a la cual no podían tambalear todas las embestidas
del infierno. Como todos los
hombres desprovistos de verdaderos sentimien
tos religiosos, basados sobre la conciencia de la igualdad
y de la fraternidad, estaba convencido de que el pueblo se componía de seres absolutamente distintos de
él, a los cuales les hace falta aquello de lo que él mismo podia perfectamente prescin
dir. En el fondo, era
un incrédulo, y encontraba ese estado de ánimo muy cómodo y agradable; pero temía que la gente lle-
gase a ese mismo estado, y, según su expresión, consideraba un deber sagrado impedirlo.
Lo mismo que en un libro de cocina se dice que a las gambas les gusta que las cuezan vivas, estaba
perfectamente convencido, y eso no en el sentido figurado del libro culina
rio, sino al pie de la letra, de
que a la gente le gusta ser supersticiosa.
Trataba la religión, cuya defensa tenia encomendada, como el granjero trata la carroña con la que
alimenta a sus gallinas: la carroña es muy desagradable, pero a las gallinas les gusta y la comen. Por
tanto hay que proporcionársela.
Desde
luego, el culto rendido a todos esos iconos de Ileria, de Kazán, Smolensko, es una idolatría
de las más groseras, pero a la gente le gusta eso, cree en ellos, y por eso es préciso ali
mentar esas
supersticiones.
Así pensaba Toporov, sin caer en la cuenta d
e que la gente ama las supersticiones precisamente
porque siempre hubo y hay aún hombres crueles como él, Toporov, que, instruidos, emplean sus luces
no para ayudar al pueblo a salir de las tinieblas de la ignorancia, sino, al contrario, para hundirlo mejo
r
en ellas.
En el momento en que Nejludov entró en la sala de espera de Toporov, éste hablaba en su despacho
con la superiora de un convento, una aristócrata alerta que propagaba y sostenía la ortodoxia en Polonia
entre los Uniates (Cismáticos de la Iglesia ortodoxa, que reconocen la supre
macía del papa aunque
conservando el culto exterior del rito griego. - N. del T.) llevados a viva fuerza a la Iglesia griega.
Un subordinado de Toporov, que se encontraba en la sala de espera, preguntó a Nejludov para qu
é
había venido, y al enterarse de que éste tenía la intención de enviar al soberano una instancia en favor de
los sectarios, le preguntó si no podía enseñársela. Nejludov se la tendió, y el empleado entró en el
despacho de su jefe. La monja, de alta cofia,
con un largo velo y una cola negra no menos larga,juntando
sobre el pecho sus blancas manos de uñas bien cuidadas y entre las cuales su
jetaba un rosario de
topacios, abandonó el despacho y se dirigió hacia la salida. Nejludov seguía aguardando a que lo hicie-
ran pasar.
Toporov leía la súplica y meneaba la cabeza. Se sentía agra
dablemente sorprendido al observar la
redacción clara y firme.
«Si cayese en manos del emperador, podría provocar pre
guntas desagradables y equívocos», pensó
después de haber aca
bado su lectura; y, depositando el papel en la mesa, tocó el timbre y dijo que
hicieran pasar a Nejludov.
Se acordaba del asunto de aquellos sectarios que ya le ha
bían dirigido una petición. He aquí de qué
se trataba. Unos cristianos que se habían separa
do de la ortodoxia habían sido primeramente reprendidos
y juzgados luego; pero el tribunal los había absuelto. El arzobispo y el gobernador habían deci
dido
entonces aprovechar el hecho de que el casamiento cele
brado conforme a sus ritos era ilegal para
deportar a maridos, esposas a hijos, separando a unos de otros. Y eran estos pa
dres, estos hijos, maridos
y esposas los que solicitaban estar juntos.
Toporov se acordaba de que al enterarse por primera vez de este asunto había vacilado sobre la
solución que convendría darle. Finalmente había pensado que ningún daño había en con
firmar la orden
de diseminar por diversos lugares a los miem
bros de una misma familia de estos campesinos. Por otra
parte, la estancia de aquéllos en el país natal habría podido ten
er consecuencias molestas, al arrastrar
igualmente al cisma al resto de la población; y, además, este asunto ponía en evidencia el celo del
arzobispo. Por eso lo había dejado seguir su curso.
Ahora, con un defensor como Nejludov, que tenía poderosas relaci
ones en Petersburgo, el asunto
podía ser presentado al soberano con una luz particular, que haría resaltar la crueldad de la medida; o
bien la prensa extranjera podría apoderarse del escándalo. Por eso su resolución fue rápida.
- ¡Buenos días! - dijo con a
ire de hombre muy ocupado, recibiendo a Nejludov de pie y abordando
inmediatamente la cuestión -
. Conozco este desgraciado asunto. Apenas he leido los nombres, me he
acordado de todos los detalles-dijo, tomando la solicitud y mostrándosela a Nejludov -. Le agradez
co
mucho que me lo haya recordado. Estas autoridades provinciales han cometido un exceso de celo.
Nejludov guardaba silencio. Con un sentimiento de hostili
dad, miraba la máscara impasible de
aquel rostro descolorido.
- Y daré orden de que se dej
e en suspenso la medida para que esas personas puedan volver a sus
casas.
- ¿Es inútil entonces enviar esta súplica?
- En absoluto. ¡Yo se lo prometo! -
dijo, recalcando la palabra «yo», convencido de que su lealtad y
su palabra eran los fiadores más seguros -. Por lo demás, voy a escribirlo in
mediatamente. Haga el favor
de sentarse.
Se puso a la mesa y empezó a escribir. Nejludov, quien se había quedado en pie, dominaba con su
mirada el cráneo estrecho y calvo de Toporov, su gran mano venosa que guiaba r
ápidamente la pluma, y
se preguntaba por qué este hombre indiferente a todo y a todos hacía lo que estaba haciendo. ¿Por qué?
- ¡Bueno, ya está! - dijo Toporov, cerrando el sobre -. Anuncie esto a sus clientes -
añadió, plegando
sus labios en una sonrisa forzada.
- ¿Por qué se ha hecho entonces sufrir a esta pobre gente?-preguntó Nejludov, recogiendo el sobre.
Toporov levantó la cabeza y sonrió como si la pregunta de Nejludov le causara agrado.
- Eso no puedo decírselo. Lo único que puedo responderle es qu
e los intereses del pueblo, confiados
a nuestra custodia, son tan importantes, que un celo exagerado en las cuestiones de fe es menos
peligroso y menos perjudicial que una indiferencia exagerada respecto a estas mismas cuestiones que se
propagan en los últimos tiempos.
-
Pero, entonces, ¿cómo se puede, en nombre de la religión, olvidar los principios fundamentales del
bien? ¿Cómo se puede separar a los miembros de una misma familia?
Toporov continuaba sonriendo con condescendencia, como si encontrara encant
ador lo que le decía
Nejludov. Dijera éste lo que dijese, él, desde lo alto de la posición social donde creía dominar, lo habría
encontrado siempre encantador, pero obtuso.
- Desde el punto de vista de la humanidad particular, eso puede en efecto parecer a
sí; pero desde el
punto de vista de los intereses del Estado, la cuestión se presenta muy distinta. Por lo demás, tengo
mucho gusto en saludarle - dijo Toporov inclinando la cabeza y tendiendo la mano.
Nejludov la estrechó y salió sin decir nada, muy poco satis
fecho por haber tenido que estrechar
aquella mano.
« ¡Los intereses del pueblo! - se decía, repitiendo las palabras de Toporov -
. ¡Tus intereses, los
tuyos solamente! » Y volviendo a ver en su espíritu aquella cantidad de gentes sometidas a la acc
ión de
las instituciones que administran la justicia, sos
tienen la fe y educan al pueblo, desde la tabernera
castigada por haber vendido aguardiente sin licencia, y el niño por su robo, y el vagabundo por su
vagabundeo, y el incendiario por haber prendido
fuego, y el banquero por dilapidación, hasta esa
desgraciada Lidia encarcelada simplemente porque se le pedían sacar informes útiles, hasta los sectarios,
por su oposición a la ortodoxia, y a Gurkevitch por su deseo de una constitución, Nejludov comprendi
ó
con una claridad perfecta que todos aque
llos hombres habían sido cogidos, encarcelados y deportados no
porque quebrantaban la justicia o violaban la ley, sino simple
mente porque impedían a los funcionarios
y a los ricos poseer la fortuna extraída en perjuicio del pueblo.
Y esto se lo impedían tanto la tabernera que traficaba sin li
cencia como el ladrón que erraba por la
ciudad, y Lidia con sus proclamas, los sectarios que destruían las supersticiones, y Gur
kevitch con sus
sueños de parlamentarismo. As
í Nejludov veía muy claramente que todos aquellos funcionarios, desde
el mari
do de su tía, los senadores y los Toporov, hasta los pequeños señores limpios, correctos, sentados
ante sus mesas en los ministerios, no se turbaban en absoluto por el hecho de
que, en aquel orden de
cosas, tuviesen que sufrir inocentes, sino que se preocupaban sólo de la manera de hacer desaparecer a
los adversarios.
Lo mismo que, para extirpar una parte gangrenada, los ciru
janos se ven obligados a cortar en la
carne fresca, a
sí, lejos de observar el principio de absolución de diez culpables para evitar condenar a un
inocente (Precepto de la emperatriz Catalina II.), se ponía fuera de la ley a diez personas inofensivas
para llegar a castigar a un solo individuo verdaderamente peligroso.
Esta explicación de todo lo que ocurría en torno de él le parecía a Nejludov muy simple y muy
clara; pero precisamente esta simplicidad y esta claridad lo llevaban a dudar de su exac
titud. Era
imposible que un fenómeno tan complicado pudiese te
ner una explicación a la vez tan simple y tan
espantosa; era imposible que todas aquellas palabras sobre la justicia, el bien, la ley, la fe, Dios, etcétera,
no fuesen más que palabras que ocultaban una venalidad y una crueldad flagrantes.
XXVIII
Nejlu
dov se habría ido de Petersburgo muy gustosamente aquella misma tarde, pero le había
prometido a Ma
riette ir a verla al teatro. Y aunque pensaba que no debía hacerlo, se mentía a sí mismo,
con el pretexto de que estaba comprometido por la palabra dada. «
¿Puedo resistir sus encantos? Voy a
probarlo por última vez», se decía con poca sinceridad.
Después de ponerse el frac, llegó al teatro cuando empezaba el segundo acto de la eterna Dama de
las camelias, donde la actriz de turno acababa de mostrar la nueva
manera como deben morir las mujeres
tuberculosas.
El teatro estaba abarrotado, pero en seguida le indicaron a Nejludov el palco de Mariette, con un
respeto particular hacia quien lo había preguntado. En el pasillo había un lacayo con librea que saludó a
Nejludov con aire de conocimiento y le abrió la puerta del palco.
Todos los palcos estaban ocupados, con los espectadores sen
tados o de pie, y, sobre la barandilla,
espaldas de mujeres; en el patio de butacas, cabezas blancas, grises, calvas, rizadas, llen
as de pomada.
Las miradas de toda aquella concurrencia con
vergían en una contemplación unánime hacia una actriz
delgada y huesuda, vestida de seda y de encajes, quien, con contorsiones amaneradas y una voz afectada,
declamaba un monólogo. Se dejó oír un «
chist» cuando Nejludov entró y las dos corrientes de aire, una
caliente y otra fría, le golpearon en el rostro. En el palco de Mariette se encontraban una dama con
mantilla roja y enorme rodete, y dos hombres: el general, esposo de Mariette, un hombre apue
sto,
vigoroso, de rostro impenetrable y severo, de nariz ganchuda y de pecho bombeado, relleno de algodón,
a lo militar; el otro, rubio, de cabellos ralos, con un mentón hendido, afeitado, entre dos solemnes
patillas. Mariette, graciosa, fina, elegante, e
scotada, dejando ver sus firmes y musculosos hombros, con
un lunar apuntándole a la base del cuello, se volvió inmediatamente hacia Nejludov y, señalándole con
el abanico una silla vecía detrás de ella, tuvo para él una sonrisa acogedora, agradecida y sig
nificativa.
Su marido, tranquilo como siempre, miró a Nejludov a inclinó la cabeza. En la mirada que cam
bió con
su mujer se reconocía claramente que él era el dueño, el propietario de una mujer bonita.
Acabado el monólogo, el teatro retumbó con los aplausos.
Mariette se levantó y, sujetando con una mano su falda de seda, pasó al fondo del palco para
presentar a Nejludov a su marido.
Sin dejar de sonreír con los ojos, el general respondió que estaba encantado, luego guardó silencio y
volvió a mostrarse tranquilo a impenetrable.
- Habría debido marcharme esta tarde, pero, como le había prometido a usted... -
dijo Nejludov,
dirigiéndose a Mariette.
- Sí no quiere usted verme, verá por lo menos a una artista maravillosa -
dijo Mariette,
respondiéndole en el sentido que ella atribuía a sus palabras -. ¿Verdad que ha estado ad
mírable en esta
última escena? - preguntó a su marido, quien aprobó con la cabeza.
- A mí eso no me impresiona mucho - dijo Nejludov -. He visto hoy tanta miseria, que...
- ¿De verdad? Siéntese y cuente.
El marido prestaba oídos a la conversación con una sonrisa en los ojos cada vez más irónica.
-
He ido a ver a esa desgraciada que por fin ha recobrado la libertad, después de haber estado tanto
tiempo en la cárcel. Una criatura absolutamente destrozada.
- Es la mujer de que te hablé - dijo Mariette a su marido.
- ¡Ah, sí, me he sentido muy dichoso al poder conseguir que la pusieran en libertad! -
respondió con
calma; y bajo su bigoto se esbozó una sonrisa que a Nejludov le pareció bastante irónica --
. Voy a fumar
- añadió.
Nejludov permaneció sentado, a la espera de aquel algo que Mariette tenía que decirle. Pero ella no
le decía nada, no trata
ba siquiera de decirle lo más mínimo; bromeaba y no hablaba más que de la obra,
creyendo que a Nejludov le parecía muy interesante.
Éste se dio cuenta muy pronto de que ella nunca había te
nido nada que decirle, sino que
simplemente había querido que él la viera esplendorosa con su traje de noche, con los hombros desnudos
adornados por un lunar. Y s
intió a la vez placer y aversión. No solamente el velo de encanto que antaño
recubría todo aquello fue levantado por Nejludov, sino que vio todo lo que ocultaba. Le agradaba ver a
Mariette, pero sabía que era una mentirosa que vivía con un marido que subía en el escala
fón a costa de
las lágrimas y de la vida de millares de hombres; y que aquello importaba poco a la joven; y que todo lo
que ella le había dicho la víspera era falso, pero que quería (él ignoraba con cuáles fines, y sin duda ella
misma lo igno
raba también) obligarlo a amarla, lo que a él le resultaba a la vez seductor a intolerable.
En varias ocasiones tuvo deseos de marcharse, a incluso llegó a tomar su sombrero, pero luego se que-
daba.
Mas al fin, cuando el marido entró en el palco, impregna
dos sus espesos bigotes de un fuerte olor a
tabaco, y dejó caer sobre Nejludov una mirada aburrida y protectora, éste no pudo resis
tir más y, viendo
la puerta abierta, salió al pasillo, donde recogió su abrigo, y abandonó el teatro.
Al pasar por la avenida Nevsky para volver a su casa distin
guió delante de él, tranquila y caminando
sobre el asfalto de la ancha acera, a una mujer alta, muy bien formada, de una ele
gancia provocativa. En
su rostro, como en todo el conjunto de su persona, se leía el convenc
imiento que ella tenía de su poder
de seducción. Todos los viandantes se volvían hacia ella y la miraban. Nejludov, cuyo paso era más
rápido, la alcanzó e, in
voluntariamente, la miró a su vez. Aunque maquillada, su cara era bonita. Sonrió
a Nejludov y sus
ojos se encendieron. Cosa extraña, Nejludov se acordó inmediatamente de Mariette,
porque acababa de experimentar un sentimiento de seducción y de aversión idéntico al que había
experimentado en el teatro.
Después de haber rebasado rápidamente a la joven,
Nejludov se dirigió hacia el Morskaia y avanzó
hasta el muelle, donde se puso a caminar de arriba abajo para gran asombro del agente de policía.
«Me ha sonreído como la otra me sonrió en el teatro cuando entré - se decía -
, y las dos sonrisas
tienen un si
gnificado análogo. La única diferencia es que ésta habla francamente y sin rodeos: "¿Me
necesitas? ¡Tómame! ¿No? ¡Continúa tu ca
mino! " En tanto que la otra finge tener otros pensamientos,
experimentar sentimientos elevados y refinados. Es lo mismo en el
fondo, pero ésta es franca y la otra
miente. Más aún, a ésta es la necesidad la que la ha conducido a su situación; la otra se deleita y se
divierte con esta pasión que es bella, repugnante y terrible. Esta mujer de la calle es semejante al agua
sucia y pú
trida que se ofrece a aquellos cuya sed es más fuerte que la repugnancia; la otra, en su palco,
es el veneno que emponzoña imperceptiblemente todo lo que penetra.»
Nejludov se acordó entonces de sus relaciones con la mujer del mariscal de la nobleza, y a
quellos
vergonzosos recuerdos se presentaron en oleada: «¡Es repugnante esta bestialidad del hombre! Pero,
cuando se manifiesta francamente, desde la ele
vación de tu vida moral puedes verla y despreciarla. Que
sucumbas o no, sigues siendo lo que has sido
. Pero cuando esta bestialidad se esconde bajo apariencias
mal llamadas poéticas y estéticas y fuerza tu admiración, te hundes entonces completa
mente y,
divinizando lo animalesco, no sabes ya distinguir el bien del mal. Y entonces es cuando la cosa se hac
e
terrible.»
En aquel momento, Nejludov veía tan claramente todo aque
llo como veía ante él los palacios, la
fortaleza, los centinelas, la Bolsa, el río y los bancos. Y lo mismo que no había aquella noche, una noche
blanca, tinieblas apaciguadoras que otor
gan el reposo, sino una luz vaga, triste, ficticia, fuera de su
origen, el Sol, así en el alma de Nejludov no existían ya las tinieblas tran
quilizadoras de la ignorancia,
de la falta de conocimiento.
Todo estaba claro. Estaba claro que todo lo que sé conside
ra como importante y bueno es vil a
insignificante, y que todo aquel brillo, todo aquel lujo, recubren vicios antiguos y habituales que, lejos
de ser expulsados, triunfan y resplandecen con todos los encantos que pueden inventar los hombres.
Nejludov h
abría querido olvidar, no ver; pero ya no le era posible no ver. Aunque no viese la fuente
de la luz que le reve
laba su saber, como no veía la fuente de la luz esparcida sobre Petersburgo, y
aunque esta claridad le pareciese vaga, triste, ficticia, sin em
bargo le era imposible no darse cuenta de lo
que le revelaba aquella luz, y sentía al mismo tiempo inquietud y gozo.
XXIX
En cuanto regresó a Moscú, la primera visita de Nejludov fue la enfermería de la cárcel, a fin de
anunciar a Maslova la triste no
ticia de que el Senado había confirmado la sentencia del tribunal y que le
era preciso prepararse para partir a Siberia. En cuanto al recurso de gracia redactado por el abogado y
que él llevaba a Maslova para que lo firmase, Nejludov no tenía ninguna espe
ranza y, cosa extraña, no
deseaba ya que tuviese éxito. Se había hecho a la idea de la marcha a Si
beria, de la existencia entre los
deportados y los forzados, y se representaba, no sin pena, lo que habría hecho de sí mismo y de Maslova
si la hubiesen absu
elto. Se acordaba de las palabras del autor norteamericano Thoreau diciendo que en
un país don
de reina la esclavitud, como en otros tiempos en Norteamérica, el único sitio que conviene a
un hombre honrado es la cárcel. Después de todo lo que había visto y
aprendido en Petersburgo,
Nejludov no tenía más remedio que pensar lo mismo.
«Sí, el único sitio conveniente para un hombre honrado, en la Rusia de hoy, es la cárcel», se decía; y
eso era lo que sentía al acercarse a la prisión y al penetrar en ella.
El portero de la enfermería, habiéndolo reconocido inme
diatamente, le comunicó que Maslova no
estaba ya allí.
- ¿Y dónde está?
- Otra vez en la cárcel.
- Pero ¿por qué la han llevado allí?
- ¡Oh, es que se trata de una mujer muy especial, excelencia! - respo
ndió el portero con una sonrisa
despreciativa -. Se hizo cortejar por el ayudante del cirujano. Entonces, el mé
dico jefe la echó sin
contemplaciones.
Jamás Nejludov habría supuesto que Maslova y sus senti
mientos le llegasen tan al corazón. Pero
aquella noticia lo dejó estupefacto. Experimentó el mismo sentimiento que se expe
rimenta cuando nos
anuncian una gran desgracia inesperada. Lo invadió un cruel sufrimiento y por lo pronto sintió ver-
güenza. Se juzgó ridículo por haberse sentido contento al creer e
n un cambio del estado de espíritu de
Maslova. Todas las hermosas palabras con las que ella había rechazado su sacrificio; sus lágrimas, todo
aquello no era más que una comedia inter
pretada por una vil criatura para engañarlo y hacerse valer. En
su última conversación con ella (ahora se acordaba) había sos
pechado ya esa perversidad que, a partir de
este momento, no dejaba lugar a dudas. Y todos aquellos pensamientos, todos aquellos recuerdos se
aglomeraban en él mientras maquinalmente volvía a ponerse el sombrero y salía de la enfermería.
«¿Y qué hacer ahora? - se preguntaba -
. ¿Estoy todavía ligado a ella? ¿O bien su conducta no ha
roto ya todos los vínculos? »
Pero apenas se formuló esta pregunta, comprendió que abandonar a Maslova era castigarse a sí
mismo y no a ella. Y esa idea lo espantó.
« ¡No, lejos de modificar mi resolución, este incidente no puede más que reforzarla! Que ella haga
lo que le sugiera su estado de ánimo. Se ha hecho cortejar por el ayudante del ciru
jano. Bueno, eso es
asunto de ella. El asunto mío es el de obe
decer la voz de mi conciencia. Ahora bien, mi conciencia exige
el sacrificio de mi libertad por el rescate de mi pecado. Mi de
cisión de casarme con ella, aunque sea
ficticiamente, y seguirla adonde quiera que vaya, continúa
inquebrantable», se dijo con obstinación
irritada, dirigiéndose con paso firme hacia la puerta principal de la prisión.
Rogó al guardián de servicio que avisase al director que de
seaba ver a Maslova. Pero aquel hombre,
que lo conocía ya, le respondió comu
nicándole una gran noticia: el capitán había pedido su retiro, y otro
director mucho más severo acababa de reemplazarlo.
- ¡Oh, lo derechas que se han puesto las cosas ahora! - añadió el guardián-
. Él no está lejos de aquí;
ahora van a anunciarlo a usted.
En efecto, el director estaba en la cárcel y acudió pronto a recibir a Nejludov. Era un hombre alto y
delgado, de pómulos salientes, adusto y de movimientos lentos.
- Imposible ver a los presos excepto en las horas de visita reglamentaria - dijo a Nejlud
ov sin
mirarlo.
- Es que quisiera que firmase una súplica dirigida al poder supremo.
- Puede usted entregármela.
- Tengo una necesidad imprescindible de ver personal
mente a la reclusa. Antes, siempre se me
permitía.
- Eso era antes - dijo el director lanzando sobre Nejludov una mirada rápida.
- Pero es que tengo una autorización del gobernador - replicó Nejiudov sacando su cartera.
- Permítame - dijo entonces al director.
Agarró el papel entre sus largos dedos huesudos, cuyo índice estaba adornado con
una sortija, y lo
leyó lentamente.
- Sírvase pasar al despacho - dijo.
El despacho estaba desierto. El director se sentó ante una mesa y se puso a hojear papeles con la
intención evidente de asistir a la entrevista, Habiéndole preguntado Nejludov si podrí
a ver igualmente a
una detenida política, Bogodujovskaia, respondió con tono cortante que era imposible.
-Las entrevistas con los presos politicos están prohibidas -
declaró, engolfándose en la lectura de sus
papelotes.
Nejludov, quien tenía en el bolsillo la carta para Bogodu
jovskaia, se sintió en la situación de un
hombre cogido en falta, cuyos planes se ven descubiertos a inutilizados.
Cuando Maslova entró en el despacho, el director levantó la cabeza y, sin mirar a Nejludov ni a ella,
se limitó a decir:
- Pueden ustedes empezar.
Y se hundió de nuevo en sus papelotes.
Maslova llevaba su antiguo vestido carcelario: falda y cami
sola blanca y el pañolón a la cabeza. La
expresión fría y hostil de los rasgos de Nejiudov la hizo enrojecer y, agarrando el bord
e de su camisola,
bajó los ojos. Para Nejludov, su turbación sivió para confirmar el relato del portero.
Con todo su corazón habría deseado tratarla de la misma manera que antes. Pero ella le repugnaba
tanto, que no pudo, como quería, tenderle la mano.
- Le traigo una mala noticia - le dijo con una voz tranquila, pero sin mirarla -
. Han rechazado su
solicitud.
- Lo sabía de antemano - respondió ella con una voz rara, como si se ahogase.
En otros tiempos, Nejludov le habría preguntado por qué decía eso; e
sta vez, no pudo más que
mirarla. Y vio sus ojos llenos de lágrimas.
Pero, lejos de enternecerlo, aquella visión no hizo más que exasperarlo contra ella.
El director se levantó y se puso a caminar por la estancia.
A pesar de su irritación, Nejludov creyó q
ue era su deber expresarle su pesar a Maslova respecto a
la negativa del Senado.
- No se desespere usted - dijo -. Se puede contar todavía con el recurso de gracia, y espero que...
- ¡Oh, no es eso...! - respondió ella mirándolo con sus húmedos ojos que bizqueaban un poco.
- ¿Qué es entonces?
- Usted habrá ido a la enfermería y probablemente le ha brán hablado de mí...
- Bueno, pero eso es asunto suyo - replicó fríamente NejIudov.
Al hablar de la enfermería, ella había despertado en él, con una nueva fuerza, la sensación
escocedora de su orgullo ofen
dido. «Yo, un hombre de mundo con el que la joven hija de la mejor
familia se sentiría dichosa de casarse, he ofrecido el casamiento a esta mujer y, no pudiendo esperar, se
ha dejado cortejar por un ayudante de cirujano», pensaba mirándola con verdadero odio.
- Tenga, he aquí la súplica que debe firmar - dijo él, colo
cando sobre la mesa una gran hoja de papel
que acababa de sacarse del bolsillo.
Con un pico de su pañolón, Maslova se enjugó las lágrimas y, hab
iéndose sentado ante la mesa,
preguntó dónde debía firmar.
Él le mostró el sitio; mientras ella escribia, Nejludov, en pie ante ella, observaba su espalda
inclinada, sacudida de vez en cuando por sollozos reprimidos.
Y en su alma luchaban los buenos y los
malos sentimientos: su orgullo ofendido y su lástima por el
sufrimiento de aquella mujer. Y este último sentimiento triunfó.
¿Qué pasó en su alma, antes y después? ¿La compadeció primero con su corazón o se acordó ante
todo de sus propios pecados, de aquel
la misma villanía que le reprochaba? Ya no sabía nada. Pero de
pronto, y al mismo tiempo, se sintió culpable y se puso a compadecerla.
Ella, mientras tanto, había acabado de escribir, y habiéndose secado en la falda los dedos
manchados de tinta, se levantó y lo miró.
- ¡Pase lo que pase, nada hará cambiar mi resolución! - le dijo Nejludov.
Al pensar que la perdonaba, sentía crecer aún más su pie
dad, su ternura por ella, y experimentó la
necesidad de consolarla.
- Haré lo que le dije. Adonde quiera que la envien, la seguiré.
- ¡Es inútil! - respondió ella vivamente, tranquilizándose.
- Y piense usted en lo que necesitará para el viaje.
- Creo que nada de particular. Gracias.
Habiéndose acercado a ellos el director, Nejludov no aguardó su invitación, se d
espidió de Maslova
y salió, experimentan
do un sentimiento hasta entonces desconocido: la alegría dulce, la calma profunda
y el amor hacia todos los hombres. Lo que lo alegraba y lo elevaba a una cumbre hasta entonces
inaccesible, era la conciencia de que
ningún acto de Maslova podría en lo sucesivo modificar su amor
hacia ella. « Que se haga cortejar; es asunto suyo. El mío es el de quererla, y no por mí mismo, sino por
ella y por Dios.»
En realidad, he aquí cómo Maslova se había hecho cortejar por el ay
udante de cirujano y cómo, por
esto, había sido ex
pulsada de la enfermería. Enviada un día por la enfermera jefe a buscar té pectoral en
la farmacia, situada al extremo de un pasillo, se había encontrado con Ustinov, alto, de rostro lleno de
barrillos, qu
ien, desde hacía tiempo, la asediaba con sus galanterías. Como la había agarrado, ella se
debatió, rechazándolo de modo tan brusco, que él tropezó contra una repisa, ha
ciendo caer dos frascos,
que se rompieron.
El médico jefe, que pasaba por el corredor,
oyó el ruido de los cristales, y viendo a Maslova que
huía, toda arrebolada, le gritó:
- Bueno, madrecita, si te dedicas a hacerte abrazar, pron
to tendré que despedirte de aquí. ¿De qué se
trata? - preguntó el médico al ayudante de cirujano mirándolo severamente por encima de sus gafas.
Éste, con una sonrisa, empezó a justificarse. Pero el jefe no lo dejó acabar; levantó la cabeza para
mirarlo, esta vez a través de sus gafas, y se alejó. El mismo día dijo al director de la cárcel que le
enviase, en lugar de Maslova, a una ayudante de enfermera más seria.
Eso era lo que había pasado entre Maslova y el ayudante de cirujano. El pretexto de que había
tenido tratos con hom
bres le resultaba particularmente penoso; porque, después de su reencuentro con
Nejludov,
las relaciones carnales con ellos se le habían hecho odiosas. Pensar que por motivo de su
pasado y en su situación actual, todos, incluyendo al ayudante de cirujano lleno de barrillos, podían
arrogarse el derecho de ofenderla y de asombrarse de su repulsa
, la desolaba hasta el punto de hacerla
verter lágrimas de enternecimiento por ella misma. Así, en la oficina, al acercarse a Nejludov, había
tenido la firme intención de justificarse a sus ojos de la injusta acusa
ci6n de la que él debía da estar
informad
o. Pero a las primeras palabras había comprendido que él no la creería y que todas sus excusas
no harían más que aumentar sus sospechas; el llanto le había apretado la garganta y se había quedado ca-
llada. Maslova continuaba imaginándose que, como ella le
había dicho en su segunda visita, no
perdonaba a Nejludov y lo odiaba. Pero en realidad había empezado de nuevo desde hacía mucho
tiempo a quererlo, y a quererlo con un amor tal, que invo
luntariamente hacía todo lo que él deseaba:
había dejado de beber, de fumar, de coquetear y de negarse a entrar como sir
vienta en la enfermería.
Todo lo que ella hacía era únicamente porque sabía que era lo que él deseaba. Y si en todas las
ocasiones rechazó la oferta de Nejludov de casarse con ella, fue por amor propio y
para no ponerse en
contradicción con su deci
sión primera; aquello provenía también de su deseo de repetirle las orgullosas
palabras que le había dicho una vez; y sobre todo, porque sabía que su casamiento con él representaría la
desgracia de Nejludov. As
í, aun estando firmemente resuelta a no aceptar el sacrificio de aquel hombre,
la entristecía pen
sar que él la despreciaba, creyéndola destinada a seguir siendo siempre lo que había
sido y que nunca reconocería el cambio que se había operado en ella.
La i
dea de que él sospechase que había cometido alguna villanía en la enfermería la atormentaba
infinitamente más que la noticia de que no tendría más remedio que cumplir su con
dena de trabajos
forzados.
XXX
Como Maslova podía quedar incluida en el primer con
voy para Siberia, Nejludov se preparaba,
pues, para la marcha. Pero tenía que arreglar algunos asuntos, tan numerosos aún, que, por mucho
tiempo que le quedase, dudaba poder rematarlos todos.
La situación era completamente distinta a la de otros tiemp
os. Antes, en efecto, le habría costado
trabajo encontrar algo con lo que ocuparse; y todas sus ocupaciones no tenían más que un solo y único
objeto: Dmitri Ivanovitch Nejludov. Y aun
que se concentrasen sobre Dmitri Ivanovitch, sus ocupaciones
le parecían
fastidiosas. Ahora, por el contrario, esas ocupaciones no tenían ya por objeto a Dmitri
Ivanovitch, sino a los demás hombres; y sin embargo le interesaban, y le apasionaban, y su número era
considerable.
Más aún: antes, los asuntos de Dmitri Ivanovitch provocaban siempre en él despecho a irritación, en
tanto que ahora los problemas de los demás lo ponían casi siempre en un estado de ánimo alegre.
Había cuatro asuntos en los que se ocupaba actualmente, y, con sus hábitos de orden un poco
pedantescos, había dividido y clasificado los temas en cuatro cartapacios.
El primer asunto concernía a Maslova y a los medios para poder acudir en su ayuda. Consistia
actualmente en las gestiones que había que hacer para apoyar el recurso de gracia, y en los preparativos
del viaje a Siberia.
El segundo asunto se refería a la organización de sus propie
dades. En Panovo, Nejludov había
cedido sus tierras a los campesinos, con la condición de pagar una renta destinada a las propias
necesidades generales de ellos mismos. Mas, para san
cionar esta cesión, tenía aún que redactar y firmar
el contrato y su testamento. En Kuzminskoie había dejado las cosas en el estado en que se encontraban
cuando salió de allí, es decir, que la renta de la tierra debía pagársele a él mismo. No le
quedaba más que
fijar los plazos, así como la parte que guardaría para él y la que dejaría a los mujiks.
Ignorando los gastos
que exigiría su viaje a Siberia no podía decidirse, por el mo
mento, a abandonar sus ingresos, aunque los
hubiese reducido a la mitad.
La tercera ocupación era la ayuda que podría aportar a los presos, cada vez más numerosos, que se
dirigían a él. Al principio, en cuanto le solicitaban su apoyo, se ponía inmediata
mente con celo a hacer
gestiones en favor de ellos. Pero después, e
l número se hizo tan grande, que había comprendido la
imposibilidad de acudir en ayuda de cada uno de ellos por se
parado. Así, fue llevado al cuarto asunto,
que, en aquellos últimos tiempos, lo tenía más preocupado que todos los demás.
Se trataba de saber por qué y cómo había podido nacer aque
lla extraña institución llamada el
tribunal criminal, el cual tiene como consecuencia las cárceles, a cuyos inquilinos él había aprendido a
conocer en parte, y todos los lugares de detención, desde la fortaleza de Pe
dro y Pablo hasta la isla de
Sajalín, donde languidecían cientos de millares de victimas de esa ley de criminalidad, tan sorprendente
para él.
De sus relaciones personales con los presos, de los informes suministrados por el abogado, por el
capellán, por e
l director de la cárcel y también por listas de presos, Nejludov había extraído la
conclusión de que el conjunto de los detenidos ca
lificados de criminales podía dividirse en cinco
categorías.
A la primera pertenecían aquellos que eran claramente inocent
es, víctimas de errores judiciales,
como el falso incendiario Menchov, Maslova y otros. Según el capellán, el número era bastante
reducido, de un siete por ciento aproximadamente; pero, en cambio, su situación era de las más
acongojadoras.
La segunda categ
oría comprendía a los hombres condenados por crímenes cometidos en
circunstancias especiales: furor, celos, embriaguez, etcétera, actos de los cuales sus jueces se ha
brían sin
duda hecho culpables si se hubieran encontrado en los mismos casos. En proporc
ión, estas gentes eran
numerosas, más de la mitad, según el cálculo de Nejludov.
En la tercera categoría se encontraban los hombres condo
nados por actos no culpables, incluso
buenos a sus ojos, pero considerados criminales por los hombres encargados de el
aborar y de aplicar las
leyes. Así, los que habían vendido aguardiente de contrabando y los que habían robado hierba o leña en
propiedades públicas o privadas. Igualmente pertenecían a esa ca
tegoría los montañeros del Cáucaso,
acostumbrados al pillaje, y los irreligiosos, desvalijadores de iglesias.
En la cuarta categoría podían alinearse aquellos a los que se había condenado únicamente porque su
valor moral era su
perior al valor moral medio de la sociedad. Así, los miembros de diferentes sectas
religiosas, lo mismo que los polacos y los quirguices, que defendían su independencia; y también los de-
tenidos políticos, socialistas y huelguistas, condenados por in
subordinación contra la autoridad. La
proporción de estos miembros, los más nobles de la socied
ad, era muy grande, como había podido
comprobar Nejludov.
En fin, la quinta categoría abarcaba a desgraciados infini
tamente menos culpables para con la
sociedad de lo que ella lo era para con ellos por haberlos abandonado y deprimido por una constante
opresión; así el joven de las alfombras y cente
nares de casos semejantes, llevados casi sistemáticamente
por las condiciones de su existencia al acto que se consideraba cri
minal. La prisión contenía gran
cantidad de ladrones y de homicidas de esta categoría, en la que Nejludov incluia igual
mente a esas
gentes fundamental y naturalmente pervertidas, llamadas «criminales natos» por una nueva escuela y
cuya exis
tencia sirve de justificación a los defensores de la necesidad del código y del castigo. Estas
muestras del supuesto tipo crimi
nal, anormal y perverso, eran, para Nejludov, hombres menos culpables
para con la sociedad de lo que ésta lo era para con ellos, tanto más cuanto que, siéndolo para con ellos,
lo había sido ya para con sus padres y sus abuelos.
Así, Nejludov había tenido ocasión de entablar conocimien
to en la cárcel con un ladrón reincidente
llamado Ojotin. Hijo natural de una prostituta, criado en el hospicio y no habiendo seguramente
encontrado, hasta los treinta años, a un hombre dotado de s
entimientos morales superiores a los de un
agente de policía, se había afiliado desde su juventud a una banda de ladrones. Pero a pesar de eso tenía
un cierto talento de có
mico que le granjeaba simpatías. Aun solicitando la protección de Nejludov, no
podí
a abstenerse de burlarse de él mismo y de sus compañeros, de los jueces y de la cárcel y de todas las
leyes humanas y divinas.
Otro detenido, Fedorov, guapo muchacho, había matado, a la cabeza de una banda, a un viejo
funcionario. Era un campesino cuyo pa
dre había sido desposeído injustamente de su casa. Luego,
estando en el regimiento, había sufrido por haber amado a la querida de un oficial. Era una naturaleza
ardiente y simpática, siempre ávida de goces; en el curso de su exis tencia no había visto una
sola vez a
hombres preocupados de otra cosa que de gozar ni había oído decir que para el hombre hubiese otra cosa
que el placer.
Nejludov había visto claramente que aquellas dos natura
lezas estaban pervertidas por haber sido
descuidadas, como plantas a las que se abandona y se atrofian. Había visto tam
bién a un vagabundo y a
una presa, repulsivos por su embru
tecimiento y su casi crueldad; pero en ninguno de ellos habría podido
reconocer a ese «tipo criminal» imaginado por la escuela italiana; no veía en
ellos más que a seres
personalmente anti
páticos, en la misma proporción que los que veía en libertad, de frac, con uniforme o
con encajes.
La preocupación de Nejludov consistía, pues, en estudiar las causas del encarcelamiento de estas
diversas categorías de individuos, comparados con otros hombres, semejantes en to
dos los aspectos, que
se pasean libremente y que llegan incluso a juzgar a los primeros.
Nejludov había tenido primeramente la esperanza de encon
trar en los libros respuesta a estas
preguntas,
y había comprado todas las obras sobre la materia. Había leído con la mayor atención a
Lombroso, Garofalo, Ferri, List, Maudsley, Tarde; pero, cuanto más los leía, mayor era su decepción. Le
pasaba lo que le ocurre a cualquier hombre que estudia una cienc
ia no para figurar entre los sabios ni
para escribir, discutir o en
señar, sino para encontrar una respuesta a preguntas simples, prácticas y
vitales: esta ciencia que él estudiaba resolvía nume
rosos problemas de los más sutiles relacionados con
las leyes de la criminalidad, pero no proporcionaba ninguna respuesta al asunto que lo traía preocupado.
Esta pregunta, sin embargo, era bien simple: ¿por qué al
gunos hombres se arrogaban el derecho de
encerrar, de torturar, de deportar, de golpear, de matar a ot
ros hombres, siendo así que ellos mismos eran
semejantes a esos hombres a los que torturaban, golpeaban y mataban? Pero, en lugar de contestar a esta
pregunta, los sabios cuyas obras consultaba se pregun
taban si la voluntad humana es libre o no, si la
for
ma del cráneo puede hacer catalogar a un hombre como criminal, qué papel desempeña la herencia en
el crimen y si el instinto de imitación no desempeña en él igualmente un papel. ¿Hay una inmoralidad
atávica? ¿Qué es la moralidad? ¿Qué es la locura? ¿Qué es
la degeneración? ¿Qué es el temperamento?
¿Qué acción ejercen sobre el crimen el clima, la alimentación, la igno
rancia, la imitación, el hipnotismo,
la pasión? ¿Qué es la sociedad? ¿Cuáles son sus deberes?, etcétera, etcétera.
Todas estas consideraciones recordaban a Nejludov la res
puesta que en otros tiempos le había dado
un niño que volvía de la escuela y al que había preguntado si sabía ortografía. «Perfectamente», había
respondido el niño. «Pues bien, deletréame la palabra hoja.» «Pero, ¿qué clase
de hoja? ¿Una hoja de
árbol?», había preguntado el niño con aire malicioso. En forma de pregunta, era la misma respuesta a su
única y primordial interrogación, lo que Nejludov encontraba en las obras de los sabios.
Encontraba en ellas muchas reflexiones su
tiles, profundas, interesantes, pero ninguna respuesta a
esta pregunta fundamental: ¿con qué derecho castigan unos a otros? Lejos de respon
der, aquellas
reflexiones tendían, por el contrario, a explicar y justificar el castigo, cuya necesidad no podía se
r puesta
en duda.
Nejludov continuaba leyendo mucho, pero solamente en sus ratos perdidos. Atribuía la
imposibilidad en que se hallaba de instruirse a su estudio superficial, y esperaba encontrar, en
consecuencia, la respuesta buscada. De este modo no se c
reía autorizado para estimar que era exacta la
respuesta que había encontrado él mismo y que se ofrecía a su espíritu con una evidencia creciente.
XXXXI
La partida del convoy de los forzados en el cual estaba incluida Maslova había quedado fijada para
el 5 de julio. Nejludov resolvió seguirla el mismo día. La víspera de su marcha, su hermana y el marido
de ésta habían venido a verlo. La hermana de Nejludov, Natalia Ivanovna Ragoyinskaia, que le llevaba
diez años, había tenido una gran influencia en su e
ducación. Lo había querido mucho cuando él era niño;
luego, poco antes de su casamiento, ella con veinticinco años, él con quince, se habían compenetrado en
una perfecta igualdad de humor, como si fuesen de la misma edad. Ella estaba entonces enamorada de
Nicolenka Irteniev, el difunto amigo de su hermano. Los dos querían a Nicolenka, y, en él y en ellos
mismos, amaban todo lo que es bueno y todos los sentimientos que unen a los hombres.
Después, los dos se habían depravado: él, durante su estancia en el
regimiento; ella, por su
casamiento con un hombre al que amaba con un amor completamente sensual, pero que no tenía gusto
ninguno por lo que ella y Dmitri consideraban antaño como el ideal de lo bueno y de lo bello. Y no
solamente su marido no se sentía a
traído en modo alguno por aquel ideal, sino que incluso era incapaz
de comprenderlo. Esta aspiración hacia la perfección moral, este deseo de ser útil a los hombres, en que
Natalia había vivido antaño, eran interpretados por su marido de la única manera qu
e estaba a su
alcance, en el sentido de una hinchazón de amor propio y por la necesidad de distinguirse.
Ragoyinsky era un hombre sin fortuna y de cuna mediocre; pero, funcionario muy hábil, que
maniobraba diestramente entre el liberalismo y la reacción, aprovechándose de estas dos co
rrientes
según las circunstancias y la época, y poseyendo sobre todo algo especial que agradaba a las mujeres,
había hecho en la magistratura una brillante carrera. Ya con una cierta edad, había entablado en el
extranjero con
ocimiento con la familia de Nejludov, había conseguido que Natacha lo quisiera y se
había casado con ella contra el deseo de la madre de la joven, quien consideraba aquél un casamiento
desigual.
Aunque tratara de disimularse a sí mismo aquel sentimiento,
Nejludov detestaba a su cuñado. Éste
le era antipático por la vulgaridad de su alma y su suficiencia de hombre limitado; pero lo detestaba más
aún por el hecho de que su hermana hubiera podido prendarse con un amor tan egoísta y tan sen
sual, de
aquella na
turaleza miserable, ahogando así todo lo que había de bello y de noble en ella misma. Nunca
podía pensar sin sufrimiento en que Natacha se hubiera convertido en la mu
jer de aquel corpulento
hombre velludo, de cráneo reluciente. Ni siquiera podía reprimir
la repulsión hacia sus hijos. Y cada vez
que se enteraba de que ella tenía un nuevo embarazo, a pesar suyo experimentaba la impresión de que su
hermana se había contaminado de nuevo con alguna enfermedad repugnan
te al contacto de aquel
hombre que en nada se le parecía.
Los Ragoyinsky habían venido a la ciudad sin sus niños, y se habían alojado en el mejor
apartamento del mejor hotel. Na
talia Ivanovna se dirigió inmediatamente a la antigua morada de su
madre; no habiendo encontrado allí a su hermano y hab
iéndose enterado por Agrafena Petrovna de que
se había alo
jado en una habitación amueblada, se hizo conducir allí. Un criado grasiento le salió al
encuentro por un corredor oscuro, incluso en pleno día, y lleno de malos olores y le comunicó que el
príncipe no estaba en su habitación.
Como Natalia Ivanovna manifestó el deseo de penetrar en la habitación de su hermano para
escribirle algunas palabras, el criado la dejó entrar.
Ella examinó con curiosidad las dos habitacioncitas que ocupaba su hermano. En to
das partes
encontraba la limpieza y el orden minucioso que eran tan característicos de él; pero sobre todo se sentía
impresionada por la simplicidad de aquella insta
lación sorprendente. Sobre la mesa distinguió el viejo
pisapapeles de mármol adornado con un perro de bronce, y los cartapa
cios, el papel, el tintero, etcétera,
que no le resultaban menos conocidos; y el código penal, y el libro de Henry George, y el de Tarde; y,
dentro de este último, la gran plegadera curvada de marfil, de la que se acordaba también.
Se sentó a la mesa y escribió un billete en el que rogaba a su hermano que fuese a verla sin falta el
mismo día. Y, me
neando la cabeza de asombro por todo lo que acababa de ver, salió y se dirigió de
nuevo a su hotel.
Dos cosas interesaban parti
cularmente a Natalia Ivanovna en lo que se refería a su hermano: aquel
casamiento con Katucha del que todo el mundo hablaba en la ciudad donde ella vi
vía, y aquella cesión
de tierras a los campesinos, conocida igualmente por todos y a la que muchos atribuían incluso un ca-
rácter político y peligroso.
Por una parte, el casamiento con Katucha agradaba bastante a Natalia Ivanovna. Apreciaba su
decisión en aquella circuns
tancia en que ella volvía a encontrarlo totalmente como era su hermano y en
que volvía
a encontrarse a sí misma como habían sido en el tiempo hermoso de su juventud. Mas, por
otra parte, no podía dominar su espanto al pensar que su hermano iba a casarse con una criatura tan
abominable; y, habiendo predominado este último sentimiento, decidi
ó influir sobre Dmitri todo lo que
pudiera para disuadirlo, aun sabiendo que sería difícil.
En cuanto a la entrega de las tierras a los campesinos, no la preocupaba tanto; pero, por el contrario,
su marido se había turbado mucho por aquello y había exigido
que usase ella de su influencia sobre su
hermano. Ignaty Nikiforovitch Ragoyins
ky afirmaba que esa decisión de Nejludov era el colmo del
desatino, de la ligereza y de la vanidad, porque era imposible ex
plicarse una acción semejante, si es que
se pudiera explicar, más que por el deseo de singularizarse y de hacer que hablaran de él.
-
¿Qué sentido tiene entregar las tierras a los campesinos, obligándolos a que paguen los impuestos
ellos mismos? - repetía él -. Si le interesaba desembarazarse de sus tier
ras, ¿por qué no venderlas por
intermedio del Banco Rural? Eso tendría por lo menos un sentido. Pero todo el conjunto de su conducta
hace sospechar un estado de espíritu anormal -
añadía Ignaty Nikiforovitch, previendo ya para él la
posibilidad de quedarse
con la tutela de los bienes de Nejludov. Y exigía de su mujer que hablase
seriamente con Dmitri de su extraña resolución.
XXXII
Al regresar, Nejludov encontró en su mesa el billete de A su hermana, y se apresuró a dirigirse a su
alojamiento.
Era ya po
r la tarde; Ignaty Nikiforovitch reposaba en la habitación contigua y sólo Natalia acudió al
encuentro de su hermano. Estaba vestida con una bata de seda negra ceñida por el talle, con una cinta
roja sobre el pecho; iba peinada a la última moda, con los n
egros cabellos realzados. Se adivinaba que
hacía esfuerzos para rejuvenecerse y agradar más a su marido.
Al ver a su hermano abandonó vivamente el diván en el que estaba sentada y corrió a su encuentro
con un paso rápido que hacía susurrar su falda de seda
. Se besaron, y luego, sonriendo, se miraron a los
ojos. Misteriosa, significativa a inexpresable, la mirada de ambos se intercambió, y todo en esa mirada
era verdad; pero inmediatamente empezó un cambio de palabras donde la verdad estaba ausente.
No habían vuelto a verse desde la muerte de la madre.
-Has engordado y tu has rejuvenecido - le dijo él.
Los labios de Natacha se estremecieron de placer.
- Pues lo que es tú, estás más delgado.
- ¿Dónde está Ignaty Nikiforovitch? - preguntó Nejludov.
-Descansa. Esta noche ha dormido muy mal.
Muchas cosas habrían debido decirse entre ellos, pero las palabras no decían nada, en tanto que las
miradas decían que lo que se habría debido decir no fue dicho.
- ¿Sabes que he ido a tu alojamiento?
- Sí, lo sé. No he tenido más remedio que abandonar nues
tro piso. Es demasiado grande; me sentía allí
muy solo y me aburría. Todos los muebles, todo lo que está allí me resulta inútil: quédate con todo.
- Sí, Agrafena Petrovna me ha hablado ya de eso. Te lo agradezco infinitamente. Pero...
Como en aquel momento el camarero del hotel trajo el ser
vicio de té en una bandeja de plata,
guardaron silencio hasta que hubo salido.
Natalia Ivanovna se sentó en un sillón cerca de la mesita y se puso a preparar silenciosamente el té.
También Nejludov permanecía callado.
- Bueno, Dmitri; lo sé todo - dijo con decisión Natacha mirándolo.
- Más vale así.
- Pero, verdaderamente, ¿puedes tener la esperanza de ha
cerla mejor después de la vida que ella ha
llevado? - le preguntó su hermana.
Nejlu
dov permanecía sentado muy rígido en una silla y la escuchaba con atención, tratando de
comprender bien y de responder bien. El estado de ánimo provocado por su última en
trevista con
Maslova continuaba manifestándose por una alegría tranquila y una buen
a disposición hacia todos los
hombres.
-No es a ella a quien quiero hacer mejor; es a mí -dijo por fin.
Natalia Ivanovna lanzó un suspiro.
- Pero, ¿no dispones para eso de otros medios que el casamiento?
- Yo creo, por mi parte, que es el medio mejor, sob
re todo porque me abre la entrada a un mundo
donde puedo hacerme útil.
- Dudo - dijo Natalia Ivanovna - que eso pueda hacerte feliz.
- No es cuestión de mi felicidad.
- Sí, comprendo. Pero si ella tiene corazón, un casamiento así no la haría dichosa: no p
uede
desearlo.
- Y así es, no lo desea.
- Pero, en fin..., la vida...
- ¿Qué le pasa a la vida?
-La vida exige otra cosa.
- No exige nada más sino que cumplamos nuestro deber -
respondió Nejludov, observando el bello
rostro de su hermana, marcado ya por los años con algunas arrugas alrededor de los ojos y de la boca.
- No lo comprendo - dijo ella con un nuevo suspiro.
« ¡La pobre, la querida, cuánto ha cambiado! », pensaba Nejludov recordando a Natacha cuando
jovencita, y experimentando por ella un tierno sentimiento al que se mezclaban nume
rosos recuerdos de
la infancia.
En aquel momento, Ignaty Nikiforovitch entró en la habita
ción, llevando, como siempre, la cabeza
alta y el pecho bombeado, caminando lentamente, pero con un paso ágil, y sonriendo mient
ras brillaban
sus gafas, su calvicie y su barbs negra.
-Buenos días. ¿Cómo está usted? -
dijo con afectación. Aunque inmediatamente después del
casamiento habían tratado de tutearse, se habían quedado con el «usted».
Se estrecharon la mano a Ignaty Nikiforovitch se dejó caer dulcemeñte en una butaca.
- ¿No os molesto en vuestra conversación?
- No. No oculto a nadie ni lo que digo ni lo que hago.
Al volver a ver aquel rostro, aquellas manos peludas, al oír aquel tono de voz condescendiente y que
rebosaba suficiencia, las disposiciones amistosas de Nejludov se habían desvanecido de repente.
- Sí, hablamos de su proyecto - dijo Natalia Ivanovna -. ¿Quieres que te sirva? -
añadió, cogiendo la
tetera.
- Si me haces el favor... ¿Y de qué proyecto se trata?
- El de ir a Siberia con el convoy de presos donde se en
cuentra la mujer para la cual me considero
culpable - declaró Nejludov.
- Incluso he oído decir que no se trataba solamente de acompañarla, sino de algo más.
- Sí, de casarme con ella, si ella consiente.
- ¡Ah!, ¿sí? Pues, si no tiene usted inconveniente, le agra
decería que me explicase los motivos. Yo
no los comprendo.
-Los motivos son que esta mujer... su primer paso en el camino del vicio...
Nejludov no llegaba a encontrar una expresión conveniente, y eso no hacía más que irritarlo en
mayor grado.
- El motivo es que soy yo el culpable, y es a ella a quien castigan.
- ¡Oh, si la han castigado, es que probablemente tampoco ella es inocente!
- ¡Es absolutamente inocente!
Y Nejludov, con una agitación superfiua, contó toda la historia del proceso.
- Sí, negligencia del presidente y, como consecuencia, irre
flexión de los jurados. Mas para ese caso
está el Senado.
- E1 Senado ha rechazado el recurso.
- Entonces, es que los motivos de casación eran insuficientes -
replicó Ignaty Nikiforovitch, quien
por lo visto era de la opinión de los que creen que la verdad es el resultado de la actuación judicial -
. El
Senado no tiene por qué examinar los asuntos en cuanto al fondo. Pero si verdaderamente hubo error, se
habría debido presentar un recurso de gracia.
- Lo hemos presentado ya, pero no hay ninguna probabili
dad de éxito. Harán una pregunta al
Ministerio, el Ministerio se dirigirá al Senado, y el Senado confirmará su decision. Y, como siempre, el
inocente será castigado.
- Por lo pronto, el Ministerio no se dirigirá al Senado -
dijo Ignaty Nikiforovitch con una sonrisa
condescendiente -
. Pedirá el expediente del caso y, si reconoce su error, tomará las conclusiones que
procedan. Además, los inocentes nunca son con
denados, o lo son muy rara vez. Solo se condena a los
culpables - añadió tranquilamente, con una sonrisa de suficiencia.
- Pues bien, yo tengo la prueba de lo contrario -
afirmó Nejludov, cada vez de peor talante hacia su
cuñado -. He adquirido la certidumbre de que casi la mitad condenados por los tribunales son inocentes.
- ¿Cómo puede ser eso?
-
Son inocentes en el sentido más estricto de la palabra, como esta mujer lo es de haber envenenado
al comerciante; como lo es ese campesino condenado, como he sa
bido, por un asesinato que no ha
cometido; como lo son un hijo y una madre, acusados de un incendio del que el autor es otro al cual, no
han condenado.
- Sin duda, siempre hubo y siempre seguirá habiendo erro
res judiciales. La justicia humana no
puede tener aspiraciones de ser infalible.
-
Y además, en su mayoría, los condenados son inocentes, porque, criados en determinados medios,
no consideran criminales los actos que han cometido.
- Perdón; eso no es exacto. Cualquier ladrón sabe muy bien que el robo
no es una buena action, que
no debe robar, que es inmoral robar -
dijo Ignaty Nikiforovitch con aquella misma sonrisa tranquila,
segura y desdeñosa, que tanto irritaba a Nejludov.
- ¡No, no lo sabe! Le dicen que no robe, pero él ve y sabe que sus patronos
le roban su trabajo o no
le pagan bastante; que el gobierno, con todos sus funcionarios, le roba en forma de impuestos.
- ¡Eso es anarquismo! - dijo Ignaty Nikiforovitch, defi
niendo así, con impasibilidad, el sentido de
las palabras de su cuñado.
- Poco me importa cómo se llame lo que digo, pero lo que digo es lo que es - replicó Nejludov -
.
Ese hombre sabe que el gobierno le roba; sabe que nosotros, los propietarios rústicos, le hemos robado
desde hace mucho tiempo, despojándolo de su tierra, que debería
ser propiedad común. Y cuando,
después de eso, coge en nuestros bosques algunas ramas de leña muerta para encender su fuego, lo
metemos en la cárcel, haciéndole creer que es un ladrón. Pero él sabe que no es él el ladrón, sino el que
le ha robado a él la tierra, y, con respecto a su familia, con
sidera como un deber cualquier restitution de
la cosa robada.
- No le comprendo a usted, o más bien, no estoy de acuer
do con usted. La tierra tiene que ser
forzosamente propiedad de un dueño. Si hoy la reparte ust
ed en panes iguales, mañana habrá ido a parar
a los más trabajadores y a los más hábiles -
dijo Ignaty Níkiforovitch, seguro esta vez de que Nejludov
era un socialista; no menos seguro de que la doctrina socialista consiste en el reparto igual de la tierra
entre todos, que es perfectamente estúpida y que esa teoría es fácil de refutar.
-
Pero nadie le está hablando a usted de repartir la tierra en partes iguales. La tierra no debe
pertenecer a nadie y no debe ser un objeto de venta ni de compra ni de arriendo.
-
E1 derecho de propiedad es natural al hombre. Si no existiera, nadie se preocuparía de cultivar el
suelo. Suprimir el derecho de propiedad es volver inmediatamente al estado salvaje -
declaró con
autoridad Ignaty Nikiforovitch, repitiendo el conocid
o argumento a favor de la propiedad rústica,
argumen
to considerado como irrefutable, porque la principal razón de la propiedad rústica es la sed de
poseer.
- Al contrario, el suelo no estaría en barbecho como lo está hoy, puesto que los propietarios rústi
cos,
que no saben cultivarlo ellos mismos, al menos no impedirían trabajarlo a los que saben.
- Escuche, Dmitri Ivanovitch; lo que usted dice es absolu
tamente desatinado. ¿Es posible, en nuestra
época, suprimir el derecho de propiedad? Ya sé que es la man
ía de usted. Pero permítame decírselo
francamente...
De pronto, el rostro de Ignaty Nikiforovitch se había pues
to completamente pálido, y su voz había
empezado a temblar. Sin duda alguna, aquella cuestión lo afectaba de modo especial.
- Con toda sincerida
d, le aconsejaría que reflexionase aún sobre sus proyectos antes de llevarlos a la
práctica.
- ¿Quiere usted hablar de mis asuntos personales?
-
Sí, estimo que todos noostros, los que ocupamos una cierta situación, debemos asumir los deberos
que de la mism
a se derivan para nosotros. Debemos conservar las condiciones de existencia que resultan
de nuestro nacimiento, que nuestres padres nos han legado y que es nuestro deber transmitir a nuestros
descendientes...
- Yo considero como deber mío...
- Permítame - dijo Ignaty Nikiforovitch sin dejarse interrumpir -
. Mi interés, o el de mis hijos, no
tienen nada que ver con lo que le estoy diciendo. La suerte de ellos está ase
gurada y, en cuanto a mí,
gano lo suficiente para vivir con holgura. Por eso mi protesta contra la conducta de usted, insufi-
cientemente meditada, permítame decírselo; no puede tener por motivo un interés personal, sino una
convicción de princi
pio y, por consiguiente, yo no sabría compartir su manera de ver las cosas. Le
ruego, pues, que reflexione un poco más, que lea...
-
Le agradeceré que me deje resolver mis asuntos por mi cuenta, así como el saber lo que me hace
falta o no me hace falta leer -
dijo Nejludov palideciendo. Sintió que las manos se le ponían frías y que
no era ya dueño de sí. Se calló y se puso a beber su taza de té.
XXXIII
Bueno, ¿y los niños? - preguntó Nejludov a su herma
na, después de haber recobrado un poco la
calma.
Ella respondió que los niños se habían quedado con su abuela paterna; y, encantada de que hubiese
cesado la dis
cusión de su hermano con su marido, contó como sus hijos jugaban a los viajes con sus
muñecas, exactamente como Nejlu
dov jugaba, en su infancia, con su negro y una muñeca a la que él
llamaba «La Francesa».
- ¿Todavía te acuerdas de eso? - dijo Nejludov sonriendo.
- Sí, y precisamente ellos juegan de la misma manera.
La impresión penosa había desaparecido. Natalia, tranquili
zada, pero queriendo evitar hablar
delante de su marido de cosas que sólo ella y su hermano comprendían, encauzó la conver
sación sobre la
desgracia de la señora Kamensky, quien había perdido en duelo a su hijo único.
Ignaty Nikiforovitch desaprobó las costumbres que permiten que un homicidio en duelo esté
excluido de la categoría de los crímenes de derecho común.
Este comentario provocó una réplica de Nejludov, y de nue
vo se enzarzó una discusión en la que
ninguno de los dos adversarios pudo expresar todo su pensamiento, y cada uno per
maneció con sus
convicciones opuestas a las del otro.
Ignaty Nikiforovitch comprendía que
Nejludov desaprobaba y despreciaba sus ocupaciones; y, por
su parte, tenía el mayor interés en demostrarle la injusticia de esa desaprobación. A Ne
jludov, a su vez,
lo irritaba ver como su cuñado se mezclaba en sus asuntos, aunque, en el fondo de su coraz
ón, reconocía
que, en tanto que herederos suyos, su cuñado, su hermana y los hijos de ambos tenían derecho a hacerlo.
Pero lo que más lo irritaba era la seguridad y la suficiencia con que aquel hombre obtuso se empeñaba
en admitir como razonables unos principios que él, Nejludov, consideraba absurdos a incluso criminales.
- Entonces, ¿qué debería hacer la justicia? - preguntó.
- Pues condenar al duelista superviviente a trabajos forzados como a un simple homicida.
Nejludov sintió en seguida que las manos se le ponfan frías, y dijo con irritación:
- ¿Y qué objeto tendría eso?
- Sería sencillamente justo.
- ¡Como si la organización judicial que existe ahora tuviera algo que ver con la justicia! -
dijo
Nejludov.
- Pues ¿qué otro fin tiene, si no?
- Mantener l
os intereses de castas. Para mí, la justicia es simplemente un medio administrativo para
conservar el actual orden de cosas, beneficioso para nuestra clase.
- He aquí un punto de vista muy nuevo - respondió Ignaty Nikiforovitch con su tranquila sonrisa-
.
Por lo general, se atribuye a la justicia un papel muy distinto...
-
En teoría, pero no en la práctica: me he dado cuenta muy bien. Nuestros tribunales no sirven más
que para mantener a la sociedad en su estado presente; resulta de ello que persiguen y c
astigan lo mismo
a quienes están por encima del nivel común y quieren elevarlo, aquellos a quienes se llama criminales
politicos, que a los que están por debajo, aquellos a quienes se llama criminales natos.
- Primeramente, no puedo estar de acuerdo en que a los criminales políticos se les castigue -
porque
estén por encima del nivel medio. En su mayor parte son desechos de la sociedad tan pervertidos,
aunque de otra manera, como los tipos criminales que usted coloca por debajo del nivel medio.
- Y yo conoz
co a hombres incomparablemente superiores a sus jueces. Todos los afiliados a sectas
son gente de una moralidad absoluta, de una firmeza...
Pero Ignaty Nikiforovitch no era hombre que se dejase arre
batar la palabra. Continuó hablando sin
escuchar a Nejludov e irritándolo por tanto sún más.
-
Tampoco puedo estar de acuerdo en que los tribunales tengan por objeto mantener el orden de
cosas existente. Tienen un objeto doble: primeramente, corregir...
- ¡Bonita, la corrección en las cárceles! - interrumpió NejIudov.
-...o mantener apartados - continuó Ignaty Nikiforovitch, sin dejarse desviar -
a esos hombres
depravados o feroces que amenazan la vida social.
-
Pero es que precisamente los tribunales no hacen ni una cosa ni otra. La sociedad no puede nada
contra eso.
- ¿Qué quiere decir? No comprendo.
- Quiero decir que por lo que se refiere a castigos razona
bles no hay más que dos, los dos únicos
que se empleaban antiguamente: el látigo y la muerte, que, a consecuencia de la suavización de las
costumbres, cada vez se usan menos.
- ¡Eso sí que es original, y sorprende mucho que sea usted quien lo diga!
-Pues sí: es lógico hacer sufrir a un hombre para impedir
le renovar un acto que le ha acarreado
sufrimientos; es lógico también cortar la cabeza a aquel de los miembros de la socie
dad que resulta
peligroso para ésta. Pero, ¿qué sentido tiene agarrar a un hombre, depravado ya por la pereza y el mal
ejemplo, para encerrarlo en una cárcel donde la pereza se le convier
te en algo obligatorio y donde está
rodeado po
r doquier de malos ejemplos? ¿Qué sentido tiene transportarlo a expensas del Estado (cada
deportado cuesta más de quinientos rublos) desde el gobierno de Tula al de Irkutsk o al de Kursk...?
- Sin embargo, los hombres temen estos viajes a expensas del Esta
do; sin ellos y sin las cárceles, no
estaríamos séntados tranquilamente aquí como lo estamos en estos momentos.
-
Pero es que esas cárceles de ustedes no garantizan en absoluto nuestra seguridad, puesto que los
criminales no quedan allí perpetuamente, sino que se les suelta. Por el contra
rio, en esos
establecimientos, los hombres se hacen más viciosos y, por consecuencia, más peligrosos.
- Quiere usted decir que nuestro sistema penitenciario tiene necesidad de perfeccionamiento, ¿no?
- ¡Imposible perfeccionarlo! Si se quisiera hacerlo, se per
dería más dinero aún que el que se pierde
extendiendo la instrucción pública, y sería una nueva carga para el mismo pueblo.
- Pero los defectos del sistema penitenciario no tienen nada que ver con los tribunales - c
ontinuó
Ignaty Nikiforovitch sin escuchar a su cuñado.
- ¡Es absolutamente imposible remediar esos defectos! - replicó Nejludov alzando la voz.
- Pero, entonces, ¿qué, que se mate? ¿O bien, como pro
puso recientemente un estadista, que se saquen
los ojos a los criminales? -preguntó Ignaty Nikiforovitch con una sonrisa triunfal.
-
Eso sería cruel, pero por lo menos sería consecuente. En cambio, lo que se hace ahora no sólo es
cruel a inconsecuente, sino tan estúpido que es imposible comprender cómo hombres
de espíritu sano
pueden participar en una obra tan cruel y tan insensata como la del tribunal de lo criminal.
- ¡Sin embargo, yo formo parte de esa obra! -dijo, palideciendo, Ignaty Nikiforovitch.
- Eso es asunto suyo. Por mi parte, no lo comprendo.
-Hay muchas cosas, creo, que usted no comprende - dijo Ignaty Nikiforovitch con voz temblorosa.
-
He visto, en la Audiencia, cómo un fiscal se empeñó en hacer condenar a un pobre muchacho que
no habría inspirado más que lástima a cualquier hombre de juicio rect
o. Sé cómo otro fiscal, después de
interrogar a un «sectario», le aplicaba la ley criminal por una simple lectura del Evangelio. Por lo de
más,
la obra entera de los tribunales no consiste más que en actos crueles o estúpidos.
- Yo no sería magistrado si tuviese esa opinión - respondió Ignaty Nikiforovitch poniéndose en pie.
Nejludov creyó ver brillar algo tras las gafas de su cuñado. «¿Serán lágrimas?», pensó.
Efectivamente, eran lágrimas, vertidas por un hombre ofendido. Ignaty Nikiforovitch se acercó a
la
ventana, sacó su pañuelo, tosió, se limpió las gafas y seguida
mente se secó los ojos. Luego se sentó en el
diván, encendió un cigarro y se quedó callado.
Al pensar que había herido tan profundamente a su cuñado y. a su hermana, Nejludov se puso tanto
más triste y avergonzado cuanto que partía al día siguiente y sabía que ya no ten
dría ocasión de volver a
verlos. Muy turbado, se despidió de ellos.
«Quizás es verdad lo que le he dicho; por lo menos no ha podido objetarme nada; pero yo no habría
debido
hablarle de esa manera. Entonces, ¿es que el cambio que se ha operado en mí no es tan profundo,
que he podido irritarme tanto, ofenderlo así y causar tanta pena a mí probre Natacha? »; pensó.
XXXIV
Al convoy de deportados del que formaba parte Maslova
debía salir de la estación al día siguiente a
las tres de la tarde. Nejludov resolvió por tanto encontrarse ante la puerta de la cárcel antes del
mediodía, para verlo salir y acompañarlo hasta el ferrocarril.
Al poner, antes de acostarse, orden en sus efectos y sus pa
peles, habiéndole caído entre las manos
su diario, releyó algu
nos pasajes, entre otros las últimas notas tomadas antes de su partida para
Petersburgo: «Katucha rechaza mi sacrificio, pero se obstina en el suyo. Ella ha triunfado y yo he
triunfado. Es
toy encantado del cambio interior que me parece (tengo miedo de creer demasiado en eso)
operarse en ella. Tengo miedo de creerlo, pero tengo la impresión de que ella renace.» Debajo estaba
escrito: « He vivido un momento muy penoso y muy feliz: m
e he enterado de que ella se había
comportado mal en la enfermería. Y he sentido un sufrimiento horrible: nunca habría creído poder sufrir
tanto. La traté con odio y repulsión; luego me acordé de que tantas veces yo había cometido, aun
que no
fuese más que
con el pensamiento, el pecado que me la hacía odiosa; y de pronto, y en el mismo
instante, me desprecié a mí mismo, y le tuve lástima, y sentí bienestar. Si pudiése
mos ver siempre la
viga que está en nuestro ojo, seríamos mucho mejores.» Y, en la fecha
del día, anotó: «He ido a ver a
Natacha, y simplemente, por contentarme a mí mismo, no me he mostrado bueno, sino malvado; y eso
me ha dejado una impresión penosa. Entonces, ¿qué hacer? Mañana empieza para mí una vida nueva.
¡Adiós a la vida antigua, y pa
ra siempre! ¡Cuántas impresiones se amontonan! Pero todavía no puedo
extraer de ellas una conclusión única.»
A la mañana siguiente, al despertar, su primer sentimiento fue el de arrepentirse vivamente de su
conducta para con su cuñado. «Imposible marcharse así - se dijo -
. Hay que ir a verlos y borrar todo
eso.»
Pero al consultar su reloj se dio cuenta de que ya no ten
dría tiempo para eso si quería asistir a la
salida del convoy. Habiendo acabado, a toda prisa, de empaquetar sus efectos y habiéndolos hecho
llevar
a la estación por el portero y por Tarass, el marido de Fedosia, que partía con él, llamó al primer coche
de punto que vio vacío y se dirigió a la cárcel.
El tren de los presos partía dos horas antes que el tren correo que debía tomar Nejludov. No
teniendo ya intención de volver al hotel, pagó la cuenta de su habitación.
Era en el momento de los pesados calores de julio. El pavi
mento, las piedras de las casas, el hierro
de las techumbres, no habiendo podido enfriarse durante la cálida noche, devol
vían el calor al aire
abrasador y estancado. No soplaba ni la más leve brisa, a incluso si se elevaba una ligera neblina, era
como un soplo tórrido, lleno de polvo y de violentas emanaciones de pin
tura al aceite. Casi todas las
calles estaban desiertas,
excepto algunos raros transeúntes que pasaban pegados a las paredes, buscando
un poco de sombra. Únicamente los trabajadores en
cargados de arreglar el pavimento, calzados con
botas de fieltro, achicharrados por el sol, estaban sentados en medio de la cal
zada, golpeando con sus
martillos adoquines que introducían en la arena caliente.
O también, lentos agentes de policía, con uniforme de tela cruda, cruzado por el cordón naranja de
su revólver, caminaban con pereza por la acera mientras los tranvías, con l
as cortinillas bajadas por un
lado y los caballos encapuchados de tela blanca que dejaba pasar por una abertura las orejas, subían y
bajaban a lo largo de las calles, repiqueteando sin cesar.
Cuando Nejludov llegó ante la cárcel, el convoy no había salido
aún. En el interior, desde las cuatro
de la madrugada, se ocupaban en contar y revisar a los deportados que debían par
tir. Había allí 623
hombres y 64 mujeres a quienes había que llamar. según el registro, separar los enfermos y los débiles y
luego entregarlos todos a la escolta.
El nuevo director, sus dos ayudantes, el médico, el ayudante de cirujano, el jefe de escolta y el
empleado administrativo es
taban sentados ante una mesa repleta de papelotes y colocada en el patio, a la
sombra de un muro. Las aut
oridades llamaban a los presos uno a uno, los examinaban, los interrogaban
y los iban anotando.
La mesa estaba ya iluminada a medias por el sol; el calor crecía y se hacía sofocante, a
consecuencia de la falta de viento y del vapor que se desprendía de la muchedumbre de los presos.
- ¡Pero esto no acabará jamás! -exclamó el jefe del con
voy, un mocetón alto y vigoroso, de rostro
rubicundo, anchos hombros y brazos cortos que no dejaba de ahumarse de tabaco el bigote que le cubría
el labio -. ¡Me abruman ustedes! ¿Dónde habéis atrapado tantos? ¿Quedan todavía muchos?
El escribiente consultó su registro:
-Todavía veinticuatro hombres, y las mujeres.
- Bueno, ¿qué pasa? ¿Por qué os habéis parado? ¡Avanzad! -
gritó el oficial a los presos a los que no
se había exa
minado aún y que se amontonaban. Estaban allí desde hacía tres horas, en las filas, a pleno
sol, aguardando su turno.
Mientras en el interior se procedía a esta operación, ante la puerta principal de la cárcel estaba,
como siempre, un centinela con el f
usil al hombro. En la placita había una veintena de carritos
destinados a transpottar los efectos de los presos y a conducir a la estación a los débiles y a los
enfermos. En la esquina de la cárcel, un grupo de parientes y de amigos aguardaba la salida d
e los
deportados para volverlos a ver por última vez y entregarles lo que pudieran. Nejludov se incorporó a
aquel grupo.
Permaneció ante la puerta casi una hora. Por fin percibió cómo llegaban del interior de la cárcel
ruidos de pasos y de cadenas, las voces de las autoridades, toses y el murmullo con
fuso de una multitud
numerosa. Aquello duró cinco minutos, durante los cuales los guardianes no cesaron de aparecer a la
puerta, para desaparecer acto segido.
Luego se oyó una orden; la puerta se abrió con es
trépito, el ruido de las cadenas se acentuó, y un
destacamento de sol
dados, vestidos con guerreras blancas, con el fusil al hombro, vino a formar a los
dos lados de la puerta un amplio semicírculo. Luego resonó una nueva voz de mando, y, dos a dos, em-
pezaron a salir los presos tocados con gorras planas comes tor
tas, colocadas sobre sus rapadas cabezas,
el saco a la espalda, arrastrando los pies cargados de hierros, balanceando un brazo y sujetando con la
otra mano la extremidad del saco que colgaba tras sus hombros. Primero avanzaron los forzados, unifor-
memente vestidos de gris con pantalones y capotes, estos últimos con una mochila a la espalda. Todos,
jóvenes, viejos, delgados, altos, pálidos, sonrosados, morenos, bigotudos, barbudos, imberbes, rusos
,
tártaros, judíos, salían haciendo resonar sus cadenas y balanceando el brazo como si se preparasen para
una larga marcha. Pero, después de una docena de pasos, se detuvie
ron con sumisión y se pusieron en
columna de a cuatro. En pos de ellos venían otros hombres análogamente vestidos a igualmen
te rapados,
pero no tenían hierros en los pies, sino esposas en las muñecas: eran los condenados a deportación. Con
el mismo aire desenvuelto, salieron, se detuvieron y se colocaron de a cuatro en fondo. Luego vení
an los
condenados por las comunidades locales. Por fin, en el mismo orden, las mujeres: primera
mente las
condenadas a trabajos forzados, con capotes grises carcelarios y pañuelos a la cabeza; luego las
deportadas y por último las mujeres que partían volu
ntariamente para seguir a sus maridos y que iban
vestidas con sus ropas de ciudad o de campo. Varias llevaban niños en brazos. Otros niños y niñas cami-
naban a pie, apretándose contra los presos, como potrillos jó
venes en una manada de caballos. Los
homb
res permanecían silenciosos, cambiando apenas una palabra de vez en cuando. Entre las hileras de
las mujeres había por el contrario un incesante ruido de voces.
A la salida, Nejludov creyó reconocer a Maslova, pero la perdió pronto de vista y no distingu
ió ya
sino una masa confusa de criaturas vestidas de gris, todas semejantes, todas privadas igualmente de
apariencia humana, sobre todo de feminidad, y que, con los niños, con el saco a la espalda, se colocaban
detrás de los hombres.
Aunque ya hubieran con
tado a los deportados en el patio de la cárcel, los soldados de la escolta se
pusieron a contar
los de nuevo, repasando las listas que les habían entregado. Esta comprobación duró
bastante tiempo, porque ciertos presos cambiaban de sitio y perturbaban así el recuento. Los soldados in-
juriaban y empujaban a los presos, sumisos pero llenos de odio, y proseguían su comprobación. Cuando
el recuento hubo terminado, el oficial del convoy dio una orden, y un cierto tumul
to agitó a la multitud.
Los enfermos, hombres y mujeres, y los niños, salieron de las columnas y se precipitaron hacia los ca-
rros para instalarse en ellos cerca de los sacos. En estos carri
tos, en confusión, las madres amamantaban
a sus hijos; los mayorcitos, alegres, se peleaban por los puesto
s, en medio de los enfermos, sombríos y
tristes.
Algunos otros presos, destocados, se acercaron a hablarle al oficial encargado del convoy. Nejludov
se enteró posteriormente de que le habían pedido permiso para subir a los carros. Sin mirarlos, el oficial
aspiró el humo de su cigarrillo y, de pronto, alzó la mano sobre uno de ellos, quien encogió la cabe
za
entre los hombros para esquivar el golpe y luego dio un salto atrás.
- ¡Vas a ver cómo te hago noble (Independientemente de los enfermos autorizados, los de
portados
políticos de origen noble tenían derecho a realizar el traslado en coche. -
N. del T.)! ¡Vas a acordarte!
¡Llegarás muy bien a pie! - gritó el oficial.
Únicamente un alto anciano todo tembloroso, cargado de hierros, fue admitido a hacer el
trayecto en
coche. Se quitó su gorra plana, hizo la señal de la cruz, depositó su saco en un carrito y durante mucho
tiempo estuvo haciendo esfuerzos para subir él mismo, estorbado como estaba por sus hierros. Desde el
vehículo, una mujer lo ayudó a subir agarrándolo por los brazos.
Una vez llenos los carros, el oficial se quitó la gorra, se secó con el pañuelo la frente, el calvo
cráneo y el grueso cuello rojo, a hizo la señal de la cruz.
- ¡En marcha el convoy! - ordenó.
Resonó un ruido de báculos; los pr
esos, quitándose sus gorras, se persignaron, algunos con la mano
izquierda; los parientes y los amigos les gritaron sus adioses, a los que respon
dieron; de las columnas de
las mujeres se elevaron lamentaciones, y el cortejo, flanqueado por los soldados de blancas guerre
ras, se
puso en movimiento, levantando el polvo a cada paso de las piernas cargadas de cadenas. A la cabeza,
detrás de los sol
dados, caminaban los condenados a trabajos forzados; luego, los deportados; después,
los condenados por las com
unidades, las esposas en las muñecas y por parejas, y luego las mujeres. Por
último, cuatro a cuatro, los carros cargados de sacos y de en
fermos cerraban el cortejo, y en uno de ellos
iba sentada una mujer toda arrebujada que sin descanso chillaba y sollozaba.
XXXV
El cortejo era tan largo, que ya las primeras filas habian dado la vuelta a la esquina de la calle
cuando los carros se pusieron en movimiento. Nejludov volvió a subir en
tonces a su coche y dio orden al
cochero de avanzar lentamente, para ver si, entre los hombres, había presos a los que conocie
ra, y, entre
las mujeres, para localizar a Maslova y preguntarle si había recibido los efectos que él le había enviado.
El calor había aumentado aún más: no había siquiera el menor soplo de aire, y e
l polvo, levantado
por un millar de pies, planeaba sin cesar por encima de los presos. Éstos camina
ban con paso firme, y el
caballito del coche de alquiler que llevaba a Nejludov apenas conseguía rebasarlos.
Fila a fila, los pies idénticamente calzados y
con un paso cadencioso, caminaban seres que ofrecían
un aspecto extraño y aterrador y que balanceaban su brazo libre como para darse ánimos. Eran tan
numerosos, tan semejantes, colocados en condiciones tan especiales y extrañas, que se le aparecían a
Nejlu
dov no ya como hombres, sino como criaturas fantásticas. Esta impresión desapareció en parte
cuando, en el grupo de forzados, distinguió al asesino Fedorov y, entre los deporta
dos, al chistoso Ojotin
y a otro vagabundo que se había dirigido a él. Casi todos los presos lanzaban una mirada hacia el co
che
de Nejludov y hacia el señor que los examinaba. Fedorov inclinó la cabeza para indicarle a Nejludov que
lo había reconocido; Ojotin le guiñó el ojo; pero, creyendo que estaba prohibido, ni uno ni otro lo
saludaron.
Una vez que llegó cerca de las mujeres, Nejludov distinguió inmediatamente a Maslova. Caminaba
en la segunda fila; la primera de esta fila era una mujer fea, toda colorada, de ojos negros, piernas cortas
y con el capote ceñido a la cintura: era la Hermosa
; cerca de ella caminaba la mujer encinta, que se
arrastraba con trabajo; la tercera era Maslova, que llevaba su saco al hombro y miraba delante de ella, la
serenidad y la decisión pintadas en su rostro. La cuarta de la fila era una mujer joven
y bonita con capote
corto, cubierta la cabeza por un pañuelo anudado, y que caminaba resueltamente: era Fedosia.
Nejludov bajó del coche y se acercó a las mujeres con la inten
ción de preguntar a Maslova cómo se
encontraba; pero un suboficial que marchaba al flanco de la columna corrió hacia él.
- ¡Prohibido acercarse al convoy, caballero! - gritó.
Luego, viendo a Nejludov, a quien todo el mundo conocía en la cárcel, se llevó la mano a la gorra y
explicó respetuosamente:
- Imposible ahora. En la estación
podrá usted hablarle; aquí está prohibido. ¡Vamos, en marcha!
-
gritó a los presos como si quisiera darse ánimos a sí mismo a pesar del calor, y vivamente regresó a su
puesto con sus elegantes botas nuevas.
Nejludov se apartó y, después de decir al cochero
que lo siguiera, se puso a caminar por la acera sin
perder de vista -
al convoy. Por todas partes, al paso de éste, se manifestaba una atención temerosa y
compasiva. Las cabezas se inclinaban con curiosidad fuera de los coches para ver a los deportados. Los
transeúntes se detenían y, con ojos abiertos de par en par, mira
ban el espantoso espectáculo. Algunos se
acercaban y daban limosnas, que eran recibidas por los guardianes de la escolta. Otros, como
hipnotizados, caminaban detrás de la columna, luego se
detenían y, meneando la cabeza, no la seguían
ya más quo con los ojos. Llamándose uno a otro, acudían vecinos a las puertas o se asomaban por las
ventanas y miraban, inmóviles y silenciosos.
En una bocacalle, el convoy obstruyó el paso a un rico landó cuyo pescante estaba ocupado por un
cochero de grandes posaderas, con hileras de botones a la espalda y cara reluciente. En el coche iban un
hombre y una mujer: ella, flaca y pálida, con sombrero claro y una sombrilla de vistoso matiz; él, con
sombrero de copa
y elegante sobretodo canela. Frente a ellos estaban sus hijos: una niña de largos bucles
rubios, toda ador
nada, fresca como una flor, con una sombrilla parecida a la de su madre, y un
muchachito de unos ocho años, de largo cuello flacucho, de clavículas
salientes y tocado con un
sombrero de paja adornado con largas cintas. El padre reprochaba con malhumor al cochero no haber
pasado antes que el convoy, en tanto que la madre hacía una mueca de repulsión y se tapaba la cara con
su sombrilla para defenderse
del sol y del polvo. El cochero de voluminosa grupa fruncía las cejas al
escuchar los injustos reproches de su dueño, que era quien le había dado la orden de ir por aquella calle,
y sujetaba con esfuerzo a los dos potros negros, relucientes y cubiertos de
espuma. El agente de tráfico
deseaba con todo su corazón prestar servicio al propieta
rio del lujoso coche, deteniendo al convoy para
dejarlo. pasar, pero comprendía que la marcha de aquel cortejo era demasiado lúgubremente solemne
para turbarla, ni siqui
era en favor de un señor tan rico. Se contentó con llevar, en saludo militar, la mano
a su gorra, en signo de respeto ante la opulencia, y mirar severamente a los presos, como si estuviera
dispuesto a defender contra ellos a los notables paseantes. E1 coc
he tuvo, pues, que aguardar a que toda
la columna hubiese desfilado y no se puso en movimiento más que después del paso del último carro
cargado de sacos y de presas, entre las cuales se encontraba la mujer histérica, que se había callado, pero
que al divi
sar el vehículo estalló de nuevo en fuertes sollozos. El cochero tocó las riendas, y los bonitos
caballos negros, haciendo resonar sus herraduras sobre la calzada, arrastraron al coche de cauchutadas
ruedas hacia la casa de campo donde iban a divertirse el mari
do, la mujer, la hijita y el niño de cuello
largo y de clavículas salientes.
Ni el padre ni la madre dieron la menor explicación a la niña y al niño respecto al espectáculo al que
acababan de asistir. Así, los niños se vieron obligados a explicarse ellos mis
mos la significación de
aquel espectáculo.
Juzgando según el rostro de sus padres, la niña compren
dió que aquellos hombres eran distintos que
su padre y su madre y que los amigos de ambos, que era una gente mala y que había razón para tratarlos
así; por eso le causaban simplemente miedo, y se sintió muy a sus anchas cuando hubieron desaparecido.
El flacucho muchachito, sin un parpadeo y con la mirada fija en aquel cortejo, resolvió la cuestión
de muy distinto modo. Sabía, y con certidumbre, por h
aberlo aprendido directamente de Dios, que
aquellos hombres eran semejantes a él y a todos los hombres; que, por consiguiente, les habían hecho
algo malo, que no habrían debido hacerles; y les tenía lástima, y experimentaba menos horror hacia
aquellos homb res encadenados y rapa
dos que hacia los que los habían encadenado y rapado. Por eso los
labios se le hinchaban cada vez más, porque tenía que hacer un gran esfuerzo para no llorar, creyendo
que sería vergonzoso para él llorar en aquellos momentos.
XXXVI
Nejludov marchaba con el mismo paso rápido que los presos, y, a pesar de la ligereza de su traje, el
calor le resultaba cada vez más insoportable; se ahogaba so
bre todo a causa del aire caliente, pesado, y
del polvo que se arrastraba por las calles. Después de un cuarto de hora de mar
cha, subió de nuevo a su
coche y dijo al cochero que avanzase; pero, sentado, el calor le parecía aún más penoso. Quiso pen
sar en
su discusión de la víspera con su cuñado, pero aquel recuerdo que tanto lo había turbado p
ocas horas
antes, ya ni siquiera le interesaba. Todos sus pensamientos estaban concen
trados en el emocionante
espectáculo del que acababa de ser testigo. Y, más que nada, el calor lo abrumaba.
Cerca de un seto, a la sombra de los árboles, vio a dos coleg
iales, sin nada a la cabeza, en pie junto
a un vendedor am
bulante de helados: uno de ellos se deleitaba ya lamiendo el barquillito; el otro espiaba
los movimientos del vendedor, ocupado en llenar otro barquillo con una masa amarillenta.
- ¿Dónde podría beber algo? -preguntó Nejludov al co
chero con un deseo irresistible de tomar algo
fresco.
- Cerca de aquí hay un buen traktir - respondió el co
chero, y después de dar la vuelta a una esquina,
dejó a Nejludov ante una escalinata adornada con un gran letrero.
Un encargado mofletudo, en mangas de camisa, y dos cama
reros vestidos con blusas que antaño
fueron blancas ofrecieron sus servicios a aquel cliente desconocido, no sin haberlo mirado con
curiosidad. Nejludov pidió agua de Seltz y se sentó en el fondo
de la sala, ante una mesita cubierta por
un mantel grasiento.
Dos hombres estaban sentados a una mesa próxima ante un servicio de té y una botella blanca; se
enjugaban el sudor de la frente y, con calma, ajustaban cuentas. Uno de ellos, moreno, tenía una
corona
de cabellos que bordeaban su calva nuca, se
mejante a la de Ignaty Nikiforovitch. Aquella semejanza
incitó de nuevo a Nejludov a pensar en su conversación de la víspera y en su deseo de ver de nuevo a su
cuñado y a su hermana antes de su partida. «N
o tendré tiempo antes de la partida del tren. Pero, ¿y si
escribiera?», se dijo. Pidió papel, un sobre y un sello; luego, saboreando a sorbitos el agua fresca y bur-
bujeante, reflexionó sobre lo que iba a escribir. Pero las ideas se le embrollaban y no pod
ía llegar a
redactar su carts.
« Querida Natacha: No quisiera abandonarte bajo la impre
sión penosa de mi entrevista de ayer con
Ignaty Nikiforovitch...», empezó. «¿Qué decir luego? ¿Pedir perdón por mis palabras? Pero yo dije lo
que pensaba, y él creería
que me retracto. Y además, ¡esa manera de mezclarse en mis asuntos! ¡No, no
puedo! » Y sintiendo de nuevo reavivarse en él su odio hacia aquel hombre desconocido, lleno de
suficiencia a incapaz de comprenderlo, Nejludov se metió en el bolsillo la carta empe
zada, pagó y volvió
a subir a su coche para reunirse con él convoy.
Del pavimento y de las paredes de las casas, tan fuerte era el calor, parecía brotar un soplo tórrido.
Se hubiera dicho que los pies se cocían al contacto con el suelo, y Nejludov, al ap
oyar la mano sobre el
barnizado reborde del coche, sintió como una quemadura.
El caballo se arrastraba con un paso pesado sobre el pavi
mento lleno de polvo; el cochero iba
muerto de sueño; el mismo Nejludov, derrengado por el calor, miraba el vacío, inca
paz de pensar. En
una cuesta de la calle, frente a la puerta cochera de una gran casa, divisó de pronto a un grupo de hom-
bres, entre los cuales se hallaba un soldado del convoy con el fusil colgado al hombro.
Nejludov ordenó al cochero que parase.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó al portero.
- Uno de los presos, que se ha sentido mal.
Nejludov bajó del coche y se acercó al grupo. Sobre el desi
gual adoquinado, al borde de la acera y
con la cabeza más baja que los pies, yacía un deportado, un hombre con el ro
stro inyectado de sangre, la
nariz roma, la barbilla roja, con capote y pantalones grises. Tendido boca arriba, cubiertas las palmas de
las manos con manchas rojizas y tumbado en el suelo, al
zaba a sacudidas su ancho pecho, suspiraba y,
con los ojos fijos, encarnizados, parecía mirar al cielo. Alrededor de él estaban agru
pados un guardia de
preocupado rostro, un buhonero, un mozo de cuerda, un dependiente de comestibles, una anciana con
una sombrilla y un chiquillo que llevaba una cesta vacía.
- Están deb
ilitados por su encarcelamiento y los hacen caminar con todo el peso del calor, eso es lo
que pasa - dijo el dependiente, volviéndose hacia Nejludov.
- ¡Va a morirse, seguro! - gemía la vieja con voz quejumbrosa.
- ¡Pronto, destaparle el pecho! - gritaba el mozo de cuerda.
Con sus grandes dedos torpones, el guardia se apresuró a desatar el cordón que cerraba la camisa, a
fin de descubrir el cuello venoso y rojizo del preso. Era seguro que estaba con
movido y triste, pero no
por eso se creyó menos obligado a reprender a los circunstantes.
- ¡Vamos, circulen! ¡Bastante calor hace ya! Están ustedes impidiendo que el aire llegue hasta aquí.
- El deber del médico es examinarlos antes de que aban
donen la cárcel, y hacer que se queden los
enfermos. Y a éste lo ha n examinado cuando ya estaba medio muerto -
insistía el dependiente, encantado
al mostrar que conocía el reglamento.
El guardia, habiendo acabado de descubrir el pecho del preso, se puso en pie y miró en torno de él.
- ¡Les he dicho que circulen! No es asunto que les incumba. ¿Qué queréis ver aquí? -
dijo como si
tomase a Nejlu
dov por testigo. Pero no habiendo encontrado, en la mirada de éste, simpatía alguna, se
volvió hacia el soldado de la escolta.
Éste se mantenía apartado, mirando su tacón despegado,
y del todo indiferente a la agitación del
guardia.
- Y aquellos a quienes incumbe no cumplen su deber. De
jar morir a la gente, ¿es que eso está en la
ley? Será todo lo preso que se quiera, pero no deja de ser un hombre -
decían algunas voces entre la
multitud.
- Levántenle la cabeza y dénle un poco de agua - dijo Nejludov.
- Ya he enviado a buscar agua - respondió el guardia.
Luego, levantando al preso por un brazo, consiguió, des
pués de algunos esfuerzos, colocarle la cabeza
sobre el bordillo de la acera.
- ¿Qué significa este tropel? -
gritó de pronto una voz basta y autoritaria. Era un oficial de
municipales que acudía con aire irritado; iba vestido con un uniforme deslumbrante y calzado con botas
altas más resplandecientes aún -. ¡Circulen, circulen, y aprisa! - continuó, dirigiéndose a la muche-
dumbre y sin saber siquiera todavía de qué se trataba.
Cuando distinguió, yaciendo sobre el empedrado, al preso moribundo, hizo un signo de aprobación,
como si esperase encontrarse con aquello, y, dirigiéndose al guardia, preguntó:
- ¿Qué ha pasado?
El otro contó que, al paso del convoy, aquel preso había caído, y el oficial de la escolta había
ordenado dejarlo allí.
- Bueno, pues ya está. No hay más que llevarlo a la comisaría. ¡Que vayan a buscar un coche!
- Acaba de ir el portero - dijo el guardia, llevándose la mano a la gorra.
El dependiente había vuelto a hablar del calor.
- ¿Es que te incumbe a ti este asunto? ¡Continúa tu camino! -
le gritó el oficial de municipales,
mirándolo tan seve ramente, que el otro se calló en seguida.
-Hay que darle de beber agua - repitió Nejludov.
El oficial lanzó igualmente sobre él una mirada severa, pero no dijo palabra. Cuando el portero
volvió con un cubo de agua, el oficial dio orden al guardia de hacer beber al preso.
E1 subordinado
levantó de nuevo la cabeza del pobre diablo y se empeñó en verterle agua en la boca; pero el moribundo
se resistía a tragarla, y el agua se le derramó sobre la barba, inundando su camisa y su capote
impregnados de polvo.
- ¡Échale el cubo por la cabeza! - ordenó el oficial.
El agente le quitó el gorro al deportado y vació toda el agua del cubo sobre su calvo cráneo, rodeado
de rojizos cabellos rizados.
Los ojos del infeliz se abrieron de par en par, como dilatados por el espanto, pero su c
uerpo
permaneció inerte. E1 agua, manchada de polvo, corría por su rostro; penosos suspiros continuaban
saliendo de sus labios, y todo el cuerpo se le estremecía.
- ¿Y éste? ¡Tomadlo! - gritó el oficial, señalando al cochero de Nejludov -. ¡Vamos, tú, ven aquí!
- No estoy libre - respondió el cochero con aire de disgusto, sin levantar los ojos.
- ¡Vamos!, ¿por qué os quedáis parados? ¡Transportadlo!
El agente de policía, el portero y el soldado levantaron al moribundo, lo metieron en el coche y lo
instalaron en los co
jines. Pero no le era posible mantenerse sentado; la cabeza se le cayó hacia atrás y el
cuerpo resbaló del asiento.
- ¡Que lo tiendan! - ordenó el oficial.
- No se preocupe usted, yo lo llevaré así - declaró el guardia.
Se sentó en el coche y
agarró al preso por debajo de los brazos mientras el soldado le levantaba los
pies calzados con botas de fieltro y se los colocaba detrás del asiento.
El oficial divisó sobre el pavimento el gorro del depor
tado; lo recogió y cubrió con él la cabeza
mojada y caída.
- ¡En marcha! - ordenó.
El cochero se volvió con malhumor, agachó la cabeza y giró las riendas en dirección al cuartelillo
de policía. En el coche, el agente trataba en vano de enderezar la cabeza del detenido, que
inmediatamente volvía a caer s
obre el hombro. El soldado le colocaba bien las piernas, sin dejar de
caminar al lado del vehículo. Nejludov, a pie, seguía detrás del coche.
XXXVII
Llegando al puesto de policía, ante el cual estaba de centinela un bombero, el coche, cargado con el
preso, penetró en el patio y se detuvo delante de una de las escalinatas.
En aquel patio, unos bomberos, en mangas de camisa, lim
piaban algunos carros, riendo y hablando
ruidosamente. Tan pronto se detuvo el coche, lo rodearon algunos guardias, agarraron p
or los brazos y
por las piernas el cuerpo inerte del preso y lo sacaron del vehículo. El agente de policía que lo
acompañaba bajó, sacudió el brazo, que se le había entume
cido, se quitó la gorra e hizo la señal de la
cruz. Subieron al muerto al primer piso, y Nejludov lo siguió.
En la sucia habitacioncita adonde había sido trasladado el cadáver se veían cuatro camastros, dos de
los cuales estaban ocupados por enfermos: uno que tenía la boca torcida y el cuello vendado; el otro, un
tísico. Depositaron el cu
erpo en uno de los camastros vacíos. Un hombrecillo de ojos brillantes y que
movia las cejas sin cesar, que no llevaba puesto más que la ropa interior y calcetines, se acercó a la cama
con paso rápido, miró al muerto, luego a Nejludov y se echó a reír. Era
un loco retenido en la enfermería
del cuartelillo.
- Quieren meterme miedo - dijo -, pero no lo conseguirán.
Detrás del agente de policía que había traído al muerto entraron un oficial y un practicante.
Éste, habiéndose acercado a su vez a la cama, tocó
la mano amarilla cubierta de manchas rojas,
blanda aún, pero ya fría, la levantó y la soltó. Volvió a caer inerte sobre el vientre del muerto.
- Éste ya está listo -
declaró, meneando la cabeza. Eso no le impidió, para conformarse al
reglamento, abrir la c
amisa y, separando de su oreja los rizados cabellos, aplicarla sobre el pecho
amarillento, bombeado a inmóvil del muerto. Todos ca
llaban. El practicante se enderezó, meneó de
nuevo la cabeza y bajó uno tras otro los dos párpados sobre los azules ojos abiertos de par en par.
- ¿Qué hacemos? - preguntó el oficial.
-Hay que bajarlo al depósito de cadáveres - respondió el practicante.
- Veamos, ¿es seguro? - preguntó aún el oficial.
- Desde luego. Ya lo he comprobado - respondió el practicante, volviendo a c
errar la camisa sobre
el pecho del cadáver -. Por lo demás, voy a mandar llamar a Matvei Ivano
vitch para que él lo examine.
¡Petrov, ve a buscarlo!
- Que lo bajen al depósito - ordenó el oficial -. Y tú ven a presentar tu informe a la oficina -
dijo al
soldado, quien permanecía de pie cerca del preso confiado a su custodia.
- A sus órdenes - dijo el soldado.
Unos agentes de policía agarraron el cadáver y lo transporta
ron a la planta baja. Nejludov iba a
seguirlos cuando el loco lo detuvo.
- Usted no estará en connivencia con ellos, ¿verdad? Pues bien, déme un cigarrillo.
Nejludov se lo dio. Agitando sin cesar las cejas, el loco se puso a contarle todas las persecuciones
de que era víctima.
- Están todos contra mí, y por medio de sus esbirros me torturan, me persiguen.
- Excúseme -
dijo Nejludov, y sin esperar el final de la historia, salió de la habitación deseoso de
saber lo que hacían con el muerto.
Los agentes habían atravesado ya todo el patio y se ha
bían detenido ante la puerta de un sótano.
Nejludov quiso reunirse con ellos, pero se lo impidió el oficial.
- ¿Qué desea usted?
- Nada.
- ¿Nada? Pues entonces, márchese.
Nejludov se sometió y volvió a su coche. Despertó al coche
ro, que se había quedado dormido en el
pescante, y le ordenó que lo llevase a la estación.
Pero apenas habían avanzado cien pasos, encontró de nuevo, escoltado por un soldado del convoy,
un carro sobre el cual estaba tendido otro preso, ya muerto y que yacía boca arriba. La gorra se le había
deslizado hasta la nariz, y su rapada cabe
za, con un mechón negro, se movía con los bamboleos del
carro. El carrero, con grandes botas, caminaba al lado de su caballo. Un agente de policía seguía detrás.
Nejludov tocó en el hombro a su cochero.
Nejludov bajó del coche y, en pos del carro, volv
ió a entrar en el patio del cuartelillo. Los bomberos
habían terminado la limpieza de sus vehículos, y en el sitio que ocupaban había ahora un capitán alto,
huesudo, con un galón en el gorro, las manos en los bolsillos; examinaba gravemente a un gran caba
llo
overo de cruz gastada, que un bombero paseaba delante de él. El caballo renqueaba de una mano, y el
capitán hablaba con malhumor al veterinario que se encontraba cerca de él.
Al distinguir al segundo cadáver, el oficial de policía, también presente, se acercó al carrero.
- ¿Dónde lo han encontrado? - preguntó, moviendo la cabeza con descontento.
- En la vieja Gorbatovskai - respondió el agente.
- ¿Un preso? - preguntó el capitán de los bomberos.
- Así es. Es el segundo hoy.
-Bueno, vaya un desorden. Por lo demás, ¡qué calor! -
dijo el capitán. Y, volviéndose hacia el
bombero que llevaba el caballo cojo, le gritó-
: ¡Ponlo en la cuadra de la esquina! ¡Ya te enseñaré yo,
hijo de perro, a estropear caballos que valen más que tú! ¡So inútil!
Lo mismo que el
primero, el cadáver del preso fue llevado a la enfermería. Como hipnotizado,
Nejludov lo siguió también.
- ¿Qué quiere usted? - preguntó uno de los agentes.
Sin responder, Nejludov prosiguió su camino.
El loco, sentado en su cama, fumaba con avidez el cigarrillo que le había dado Nejludov.
- ¡Ah, ha vuelto usted! - dijo, y soltó una risotada. Al divisar al muerto, hizo una mueca -
. ¡Otra vez!
Terminarán por aburrirme. No soy un niño, ¿verdad? - le preguntó sonriendo a Nejludov.
Pero éste miraba el cadáver
sin que nada se lo impidiese, y cuyo rostro no estaba ya cubierto por la
gorra. Tan feo como era el otro preso, éste por el contrario era extraordinariamente bello, de rostro y de
cuerpo. Era un hombre en toda la plenitud de sus fuerzas. A pesar del afeamiento de su cabeza medio ra-
pada, la pequeña frente enérgica que dominaba sus negros ojos, ahora inmóviles, era muy hermosa.
Hermosa igualmente su na
riz delgada y arqueada encima de un fino bigotillo negro. Sus labios, azules
ya, estaban plegados en una s
onrisa; su barbilla no hacía más que sombrear su mandíbula inferior, y en
el lado rapado de su cráneo aparecía una oreja fina y firme. La expre
sión de su rostro era al mismo
tiempo tranquila, austera y bondadosa. Y no solamente aquel rostro testimoniaba posibilida
des de vida
moral que se habían perdido en aquel hombre, sino que las delicadas junturas de sus manos y de sus pies
car
gados de cadenas, la armonía del conjunto, el vigor de los miembros, todo aquello probaba también
qué bella, fuerte y hábil bestia humana había sido, bestia en su especie infinita
mente más perfecta que el
caballo overo cuya torcedura tanto había irritado al capitán de bomberos. Y he aquí que lo ha
bían
matado, que nadie lo echaba de menos, no ya como hombre, sino ni siquiera co
mo bestia de carga
perdida inútilmente. E1 único sentimiento provocado por esta muerte en todas aque
llas gentes era de
despecho por las molestias que iba a causarles.
El médico, el practicante y el comisario de policía entraron en la sala. El médico, un
hombre
fornido, iba con chaqueta de alpaca y pantalón de la misma tela, ceñido, moldeándole las formas. El
comisario era un hombrecillo gordo, de cara hin
chada y roja, que él ponía más esférica aún a
consécuencia de su costumhre de llenar las mejillas de aire y de vaciarlas seguidamente.
El médico se sentó sobre el camastro donde estaba tendido el cadáver y, como anteriormente había
hecho el practicante, palpó las manos y auscultó el corazón; luego se \evantó estirándose los pantalones.
- No se podría estar más muerto.
El comisario hinchó la boca de aire y la deshinchó.
- ¿De qué prisión? - preguntó al soldado de escolta.
El soldado le respondió y se inquietó por los hierros que ceñían los tobillos del cadáver.
- Ya diré que se los quiten. Gracias a Dios tenemos herreros -
comentó el comisario con su habitual
movimiento de mejillas.
- ¿Y por qué ha sido esto? - preguntó Nejludov al médico.
Éste lo examinó por encima de sus gafas.
- ¿Cómo? ¿Que por qué? ¿Tiene algo de raro morir de una insolación? Es muy
sencillo: encerrados
durante todo el invierno, sin movimiento, sin luz, luego conducidos de pronto con un calor semejante y
en manada, y encima la insolación...
- Entonces, ¿por qué los envían?
- ¡Ah, eso pregánteselo usted a ellos! Pero, a propósito, ¿quién es usted?
- Un transeúnte.
- ¡Ah, ah, excúseme, no tengo tiempo! -
dijo el médico estirándose los pantalones con malhumor y
acercándose al lecho de los enfermos.
- Bueno, ¿cómo va tu asunto? - preguntó al hombre pálido de la boca torcida y el cuello ve ndado.
Durante este tiempo, el loco, sentado en su cama, había dejado de fumar y escupía en dirección al
médico.
Nejludov bajó al patio; luego, después de haber pasado ante los caballos de los bomberos, las
gallinas y los centinelas con casco de bronce, sa
lió, volvió a subir a su coche y le dijo al cochero, que
dormitaba, que lo llevase a la estación.
XXXVIII
Cuando llegó allí, todos los presos estaban ya instalados en vagones de ventanillas enrejadas. En el
andén había algunas personas que acudieron pa
ra decirles adiós a parientes o a amigos, y a las cuales no
se permitía acercarse a los vagones.
Los encargados del convoy estaban muy preocupados. En el trayecto desde la cárcel a la estación,
cinco presos habían muerto de insolación. Además de los dos q
ue vio Nejludov, hubo otros tres. Como
los dos primeros, a uno de ellos lo habían llevado al cuartelillo más próximo de policía, y otros dos ca-
yeron en la estación misma (A principios del año 1880, en Moscú, cinco presos murie
ron de insolación,
en un mismo día, durante el trayecto entre la prisi6n de Butyra y la estación de Nijni-Novgorod. -
N. del
A ). Pero lo que preocupaba a los guardianes del convoy no era en modo alguno que aquellos cinco
hombres confiados a sus cuidados y que hubiesen podido vivir,
hubieran muerto; se inquietaban
únicamente por tener que cumplir todas las formalidades exigidas en semejante caso por los
reglamentos: entregar los cadáveres en manos de las autoridades competentes, así como sus papeles y
sus efectos; borrar sus nombres de la lista de deportados conducidos a Nijni-
Novgorod; y todo aquello
les causaba grandes molestias, más desagradables todavía bajo el sofocante calor.
Era, pues, debido a aquello por lo que los guardianes esta
ban preocupados; así, mientras todas
aquellas formalidades no se hubiesen cumplido, no querían dejar ni a Nejludov ni a los de
más que se
acercasen a los vagones. Nejludov, sin embargo, obtuvo la autorización para ello, dando algún dinero a
uno de los suboficiales encargados del convoy, con la condic
ión de que no se quedaría mucho tiempo, a
fin de que no lo viese el jefe.
El tren se componía de dieciocho vagones, todos ellos, ex
cepto el reservado a las autoridades,
completamente atestados de presos. A1 pasar ante las ventanillas de estos vagones, Nejlu
dov oía por
doquier ruidos de cadenas, querellas, discusiones esmaltadas de palabrotas; pero en ninguna parte, como
él en cambio se había imaginado, hablaba nadie de los camaradas caídos durante el trayecto. Las
conversaciones giraban ante todo sobre los sacos de equipaje, el agua para beber y la elec
ción de los
sitios.
Habiendo lanzado una ojeada al interior de un vagón, Ne
jludov vio allí, en pie en el pasillo central,
a dos guardianes ocupados en librar a los presos de sus esposas. Éstos tendían sus
manos por turnos; uno
de los guardianes, con ayuda de una llave, abría el candado que sujetaba las esposas, y el otro las
recogía.
Después de los vagones de los hombres, Nejludov llegó a los de las mujeres. En el segundo oyó una
voz cascada que ge mía con ritmo monótono:
- ¡Oh, oh, padrecito; oh, oh, padrecito!
Nejludov lo rebasó y, siguiendo la indicación de uno de los guardianes, se acercó a la ventanilla del
tercer vagón. Apenas lo hubo hecho, sintió subir hacia él un espeso olor a sudor y oyó voces estr
identes.
En todos los bancos había sentadas mujeres en capote y camisola, la cara roja y chorreando sudor; habla-
ban con animación. Les llamó la atención la figura de Nejludov al aparecer ante la ventanilla enrejada.
Las más cercanas a la ventanilla se cal
laron y se acercaron. Maslova, en camisola, con la cabeza al
descubierto, estaba sentada cerca de la reja opues
ta. Junto a ella, la blanca y sonriente Fedosia, al
reconocer a Nejludov, le dio un codazo a Maslova indicándoselo.
Ésta se levantó vivamente, volvió a colocarse al pañuelo so
bre los negros cabellos y, con el rostro
animado, rojo y cubierto de sudor, se acercó a la ventana y agarró los grandes barrotes de hierro.
- ¡Vaya un calor! -dijo con aire muy alegre.
- ¿Recibió usted los efectos?
- Los recibí. Gracias.
- ¿No necesita usted nada? - preguntó Nejludov, sintien
do el calor que subía, como de una estufa,
del vagón sobrecalentado.
- No necesito nada, gracias.
- A mí me gustaría mucho beber - murmuró Fedosia.
- ¡Ah, sí, beber! - repitió Maslova.
- ¿Es que no tienen ustedes agua?
- Sí, pero ya la hemos bebido toda.
- Ahora hablaré de eso con uno de los encargados del convoy - dijo Nejludov -
. Y ya no volveremos
a vernos hasta llegar a Nijni.
- ¿Es que va usted? - exclamó Maslova, mirando a Nejlu
dov con ojos gozosos y como si no
estuviera enterada de aquello.
- Salgo en el tren siguiente.
Maslova no respondió nada y, algunos segundos después, lanzó un profundo suspiro.
- ¿Es verdad, barin, que han hecho morir a doce presos? - preguntó, con una gruesa voz de mujik,
una vieja reclusa.
Era Korableva.
- No he oído decir que fueran doce; pero he visto cómo transportaban a dos - respondió Nejludov.
- Dicen que ha habido doce. ¿Es que no van a hacerles nada? ¡Vaya unos demonios!
- ¿Y entre las mujeres, no ha habido enfermas? - preguntó Nejludov.
- Nosotras las mujeres tenemos la vida más dura - replicó, riendo, otra deportada -
. Pero lo curioso
es que a una se le ha ocurrido dar a luz al llegar aquí. ¿No oye usted los gritos? -
añadió, señalando el
vagón contiguo, de donde salían quejas.
- Me preguntó usted si necesitaba algo -
dijo Maslova, haciendo un esfuerzo para contener la alegría
de su sonrisa -
. Pues bien, ¿no habría modo de que dejasen a esa mujer aquí, ya que verdaderamente está
sufriendo? Si dijese usted algo a los jefes...
- Sí, lo haré.
- Y luego, ¿no habría medio de que ella pudiese ver a su marido, Tarass? - añadió, señalando con
los ojos a la sonriente Fedosia -. Él lo acompañará a usted, ¿verdad?
- ¡Vamos, caballero, está prohibido hablar con los presos! -
dijo un suboficial del convoy, uno
distinto del que había dejado pasar a Nejludov.
Éste se alejó. Se dedicó a buscar al jefe del convoy para in
tervenir en favor de la parturienta y de
Tarass; pero durante mucho tiempo no pudo encontrarlo
ni obtener de los soldados noticias de dónde
estaba. Los soldados erraban de acá para allá; unos conducían a un preso; otros corrían a comprarse
provisiones y a colocar sus sacos en los vagones; otros, por último, ofre
cían sus servicios a una dama
que viajaba con el oficial jefe del convoy y respondían apresuradamente a las preguntas de Nejludov.
Había sonado ya el segundo toque de campana cuando Nej
ludov distinguió por fin al oficial. Éste se
enjugaba con su corto brazo el bigote que casi le tapaba la boca y, levantados los hom
bros, reprendía a
un sargento.
- ¿Qué quiere usted? -preguntó a Nejludov.
-Hay una mujer que está dando a luz en uno de los vagones, y he pensado que...
- Bueno, que dé a luz. Ya después se verá - dijo el oficial, subiendo a su
vagón con un resuelto
balanceo de sus cortos brazos.
En el mismo instante pasó el maquinista con su silbato en la mano. El último toque de campana, y
luego el silbato, se dejaron oír. En el andén, entre los parientes y los amigos que acu
dieron a la
despedida, y en los vagones de las mujeres, se alza
ron gritos y lamentos. Nejludov, con Tarass a su lado,
vio arrastrarse delante de él los pesados vagones de enrejadas ventanillas tras las cuales -
distinguía los
cráneos rapados de los hombres. Luego aparec
ió el primer vagón de las mujeres; después, el segundo, de
donde salían los gemidos de la parturienta, y luego por fin el vagón donde se encontraba Maslova con
otras presas. Ella se mantenía cerca de la ventanilla y, acongojada, miraba a Nejludov.
XXXIX
Nejludov tenía que esperar aún dos horas hasta la salida de su tren. A1 principio se le ocurrió la idea
de emplear aquel tiempo en ir a ver a sú hermana; pero estaba tan conmovido, tan fatigado por todas las
impresiones sufridas durante la mañana, que no se sentía con fuerzas para moverse
. Entró en la sala de
espera de primera clase, se sentó en un canapé y pronto se quedó dormido, apoyada la cabeza en la
mano.
Lo despertó un lacayo de frac, con una insignia en el ojal y una servilleta bajo el brazo.
- ¡Caballero! ¡Caballero! ¿No será usted el príncipe Nejludov? Hay una dama que lo está buscando.
Se sobresaltó, se frotó los ojos, recordó dónde estaba y reme
moró las diversas escenas que había
presenciado por la mañana.
Volvió a ver el convoy de los depor
tados, los dos cadáveres, los vagones de ventanillas enrejadas,
las mujeres, una de las cua
les sufría, sin ningún socorro, los dolores del parto, y la otra que le sonreía,
acongojada, tras los barrotes de hierro. La realidad presente era del todo distinta
: una mesa cargada de
botellas, de vasos, de candelabros y de platos, camareros bien vestidos afanándose alrededor de la mesa,
y, al fondo del salón, ante un mostrador igualmente atestado de botellas y de fruteros, las espaldas de los
viajeros que compraban provisiones.
Cuando volvió completamente en sí, Nejludov notó que to
das las personas presentes en la sala
miraban con curiosidad algo que ocurría en la puerta. Al mirar hacia ese lado, vio a unos hombres que
llevaban en una silla de manos a una dama cuya cabeza estaba cubierta por un velo ligero.
El primero de los porteadores era un lacayo cuyo rostro cre
yó reconocer. Y reconoció igualmente al
segundo porteador, el portero de librea, con gorra galoneada. Detrás de la silla de ma
nos caminaba una
elegante doncella de rizados cabellos que lle
vaba un maletín, cierto objeto de forma redonda en un
estuche de cuero y sombrillas. Y detrás de ella avanzaba el viejo prín
cipe Kortchaguin, con su labios
belfos, su cuello de apoplético, con gorra de viaje, el pech
o bombeado y seguido a su vez por Missy, por
su primo Micha y por el diplomático Osten, cono
cido de Nejludov, con su largo cuello, su nuez saliente
y su continua alegría. Caminaba al lado de la sonriente Missy y le contaba seguramente algo gracioso. El
dico, fumando con malhumor su cigarrillo, cerraba el cortejo. Los Kortchaguin abandonaban sus
propiedades de los alrededores de Moscú para trasladarse a casa de la hermana de la princesa, en una
finca que se encontraba en la ruta de Nijni-Novgorod.
Los porteadores, la doncella y el médico pasaron al salón reservado a las damas, provocando a su
paso la curiosidad y el respeto. En cuanto al viejo príncipe, se sentó en seguida a la mesa, llamó a un
camarero y ordenó el menú. Missy y Osten se habían detenido ig
ualmente y se disponían a sentarse a la
mesa cuando distinguieron, a la entrada, a una persona a la que conocían y avanzaron a su encuentro.
Era Natalia Ivanovna. En compañía de Agrafena Petrovna, caminaba moviendo los ojos en todas
direcciones, buscando a alguien. Habiendo divisado al mismo tiempo a Missy y a Nejlu
dov, se acercó
primero a la muchacha, a la vez que le ha
cía una señal con la cabeza a su hermano. Luego, después de
haber besado a Missy, se volvió inmediatamente hacia él:
¡Por fin lo encuentro!
Nejludov se acercó, estrechó las manos de Missy, de Micha y de Osten y se puso a charlar con ellos.
Missy les contó el incendio que habían tenido en su casa de campo, lo que los obligaba a trasladarse a
casa de su tía. A propósito de esto, Osten contó alegremente una anécdota de incendios.
Pero, sin escucharlo, Nejludov se volvió hacia su hermana:
- ¡Cuánto me alegra que hayas venido!
- Hace mucho tiempo que he llegado - dijo ella -. Agra
fena Petrovna y yo lo hemos estado buscando
por todas partes.
Seña
ló al ama de llaves, que, vestida con un traje sastre y tocada con un sombrero adornado de
flores, saludó desde lejos, con aire afable y modesto, para no molestar a nadie.
- Pues yo, es que me he quedado dormido aquí. ¡Cuánto me alegra que hayas venido! - repitió -
Precisamente había empezado a escribirte una carta.
- ¿De verdad? - preguntó ella con aire inquieto -. ¿Y qué me decías?
Missy, viendo que se engolfaban en una conversación ínti
ma, creyó su deber alejarse con sus
caballeros. Nejludov condujo a
su hermana a un rincón algo apartado y se sentaron en una banqueta
tapizada de terciopelo sobre la cual estaban depositadas una manta de viaje y unas sombrereras.
- Ayer, al salir de vuestra casa, tuve el pensamiento de volver para ofrecerle excusas a tu marido -
dijo Nejludov -. Pero no sabía cómo me recibiría. Ayer me porté mal con tu ma
rido, y eso me tenía
desazonado.
- Yo lo sabía, yo estaba segura de que lo decías todo sin mala intención - respondió su hermana -
.
Tú sabes que...
Le subieron lágrimas a los ojos y apretó la mano de Nejlu
dov. Este comprendió inmediatamente el
sentido de la frase que ella no había acabado y se sintió conmovido. Natalia que
ría decir que, aparte de
su amor por su marido, el cariño por él, su hermano, le era igualmente imp
ortante y precioso y que
cualquier antagonismo entre ellos la hacía sufrir cruelmente.
- ¡Gracias, muchas gracias! ¡Ah, si supieras lo que he visto hoy! -
continuó diciendo, al recordar
bruscamente a los dos presos muertos -. ¡He visto cómo mataban a dos hombres!
- ¿Qué dices, que los mataban?
- Lisa y llanamente. Les han hecho atravesar toda la ciu
dad, con este calor, y dos han muerto de
insolación.
- ¿Es posible? ¿Cómo? ¿Ahora mismo?
Sí. Hace un rato. He visto sus cadáveres.
- Pero, ¿por qué los han matado? ¿Quién los ha matado? - preguntó Natalia Ivanovna.
- ¿Quiénes? ¡Los que los han obligado a caminar a la fuerza, bajo este sol! -
replicó Nejludov,
irritado ante el pensamiento de que su hermana miraba todo aquello con los mismos ojos que su marido.
- ¡Oh Dios mío! - dijo Agrafena Petrovna, que se había acercado.
-
Sí, no tenemos la menor idea de lo que hacen sufrir a esos desgraciados; y, sin embargo,
deberíamos saberlo - prosiguió Nejludov volviendo involuntariamente los ojos hacia el viejo príncipe
,
sentado a la mesa ante un jarro, con la servilleta al cuello, y que, en aquel mismo momento, levantó la
cabeza y vio a Nejludov.
-¡Nejludov! - gritó -. ¿No quiere usted refrescarse? Es excelente para el viaje.
Nejludov rehusó y se volvió de espaldas.
- Bueno, ¿y qué vas a hacer? - preguntó Natalia Ivanovna.
- Lo que pueda. En cualquier caso, siento que debo hacer algo. Y lo que pueda hacer, lo haré.
- Sí, sí, lo comprendo. ¿Y con ellos? - preguntó ella señalando con los ojos a los Kortchaguin -
. ¿Es
que todo ha acabado verdaderamente?
- Todo, y creo que sin pena por parte suya ni mía.
-
¡Es una lástima, una lástima muy grande! ¡Quiero tanto a Missy! En fin, no tengo nada que decir.
Pero, ¿qué objeto tiene ligarte de nuevo? -preguntó ella tímidamente-. ¿Por qué te vas?
- Me voy porque debo hacerlo -
respondió Nejludov con un tono frío y tajante, como si quisiera
cortar la conversación.
Pero inmediatamente se reprochó esta frialdad para con su hermana. «¿Por qué no decirle todo lo
que pienso? ¡Y que Agrafen
a Petrovna lo oiga! » , pensó lanzando una mirada de soslayo a la anciana
ama de llaves. La presencia de ésta no hacía más que incitarlo a explicar una vez más su decisión a su
hermana.
- ¿Te refieres a mi proyecto de casarme con Katucha? Pues bien, mira:
resolví hacerlo, pero ella se
ha negado categóricamente - dijo con un temblor de la voz como cada vez que hablaba de aquello -
. Ella
no quiere aceptar mi sacrificio, pero, por su parte, en su situación, sacrifica mucho. Ahora bien, tampoco
yo quiero acept
ar ese sacrificio suyo, si continúa realizándose, bajo la impresión del momento. Y ahora
me voy con ella; adonde ella vaya, iré yo. Y con todas mis fuerzas pro
curaré ayudarla y mejorar su
suerte.
Natalia Ivanovna no respondió nada. Agrafena Petrovna, movi
endo la cabeza con aire de turbación,
clavaba en aquélla un mirada interrogativa.
En aquel momento, en la puerta del salón de las señoras reapareció el cortejo. El guapo lacayo
Felipe y el portero llevaban a la princesa, quien les dio orden de pararse, hi
zo una señal a Nejludov para
que se acercara y, con suspiros, le tendió su blanca mano cargada de sortijas, pareciendo esperar con
terror un apretón demasiado vigoroso.
-Épouvantable! - dijo, hablando del calor -. No puedo soportarlo. Ce climat me tue!
Cua
ndo hubo acabado de hablar de los horrores del clima ruso a invitado a Nejludov a ir a verlos en
el campo, hizo señal a los porteadores para que volvieran a ponerse en marcha.
- Bueno, quedamos en que vendrá sin falta, ¿verdad? - le insistió a Nejludov, vo
lviendo hacia él su
largo rostro, mientras la llevaban.
Nejludov salió al andén. El cortejo de la princesa se dirigía a la derecha, hacia los coches de primera
clase. Nejludov, seguido del factor que llevaba su equipaje, y de Tarass, con su saco al hombro
, tomó
por el contrario hacia la izquierda.
- He aquí mi compañero de ruta - dijo Nejludov a su her
mana, señalándole a Tarass, cuya historia
ya le había contado.
- ¿Cómo? ¿En tercera? - preguntó Natalia Ivanovna al ver a su hermano pararse ante un vagón d
e
esta clase, al que subían ya el factor con las maletas y Tarass.
- Sí, eso me resulta más cómodo; así estoy con Tarass - respondió él -. Escucha ahora esto -
continuó, después de un silencio -. No he dado a los campesinos mis tierras de Kuzminskoie, de
forma
que, si muero, retornarán a tus hijos.
-Dmitri, basta... - dijo Natalia Ivanovna.
-
E incluso si se las doy, no puedo decirte sino que todo el resto pasará a manos de ellos, ya que es
dudoso que me case. Por lo demás, si me casase, no tendría hijos... Así, pues...
- ¡Dmitri, te lo ruego, no me hables de eso! -
repitió Natalia Ivanovna. Pero Nejludov notó que lo
que él acababa de decirle la había complacido.
Más allá, ante un vagón de primera, un grupo de curiosos seguía mirando el departamento adonde
habían subido a la princesa Kortchaguin. Pero casi todos los viajeros estaban ya instalados en sus sitios;
algunos retrasados corrían, con un ruido de tacones sobre las planchas del andén; los revisores cerraban
las portezuelas, invitando a los viajeros a
subir y a retirarse a los que habían ido a despedirlos. Nejlùdov
entró en el vagón maloliente y achicharrado por el sol y volvió a salir en seguida a la pequeña
plataforma.
Natalia Ivanovna, en compañía de Agrafena Petrovna, seguía en el andén, buscando e
videntemente
un tema de conversación, sin conseguir encontrarlo. No podía ni siquiera decir: «Ecrivez»
, porque desde
hacía mucho tiempo ella y su hermano se burlaban de esa frase que es proverbial de las despedidas. Su
corta charla sobre la cuestión de di
nero y de herencia había destruido de golpe las relaciones tiernamente
fraternales que se habían establecido entre ellos. Ahora se sentían éxtraños uno a otro.
Y así, en el fondo de su corazón, Natalia Ivanovna se sintió feliz cuando el tren se puso en
movimiento y ella pudo decir a su hermano, con un movimiento de cabeza y el rostro afec
tuosamente
triste:
- ¡Adiós, adiós, Dmitri!
En cuanto el tren desapareció, ella no pensó más que en la forma como contaría a su marido todos
los detalles de su conversación con su hermano, y sus rasgos adoptaron una expresión seria.
Nejludov, por su parte, aunque experimentase buenos sen
timientos para con su hermana, aunque no
tuviese cosa ninguna que ocultarle, se había sentido molesto ante ella y había experimentado u
na especie
de prisa por abandonarla. Se daba cuenta de que ya no subsistía nada de aquella Natacha, antaño tan
próxima; que no quedaba más que la esclava de un marido negruzco y velludo que a él le repugnaba.
Había visto demasiado claramente cómo el rostr
o de su hermana sólo se animaba y se iluminaba cuando
él le había hablado de cosas que interesaban a su marido: el arrendamiento de sus tierras a los cam-
pesinos y su sucesión. Y eso lo entristecía.
XL
En el gran vagón de tercera, atestado de viajeros y ex
puesto al sol desde por la mañana, el calor era
tan insoportable, que Nejludov no entró; se quedó en la plataforma exterior. Pero allí se asfixiaba uno lo
mismo, y no pudo respirar libremente más que cuando el tren llegó al aire libre de los campos.
« ¡Sí, han matado! », se decía, al recordar las palabras que había pronunciado ante su hermana. Y de
todas las impresiones sentidas desde por la mañana, sólo una subsistía: volvía a ver, con una precisión y
una intensidad incomparables, el bello rostro del segundo muerto, sus labios sonrientes, su frente se
vera,
su pequeña oreja finamente dibujada que aparecía bajo la parte azul del cráneo rapado.
«Pero lo más espantoso - pensó -
es que han matado, y nadie sabe quién ha matado. Y sin embargo
han matado. Co
mo todos los demás presos, éstos fueron conducidos a la estación en virtud de una orden
de Maslennikov. Pero es evidente que éste no ha hecho más que cumplir una formalidad. Ha firmado,
con su más hermosa rúbrica de imbécil, un papel con membrete, y, desd
e luego, no podía considerarse
culpable. Todavía menos se juzgará responsable el médico de la cárcel, quien exa
minó a los deportados.
Éste ha cumplido puntualmente su de
ber: ha puesto aparte a los enfermos y no podía prever ni este calor
tórrido ni que s
e los conduciría tan tarde y en tan gran número. ¿El director? Él no ha hecho más que
ejecutar órdenes consistentes en disponer la partida, tal día, de tantos forzados, tantos deportados, tantos
hombres, tantas mujeres. Imposible igualmente acusar al jefe
del convoy: se le ha ordenado recibir
presos en tal número, en tal sitio, y entregar el mismo número en tal otro sitio. Ha dirigido su convoy
hoy como de costumbre, y no podía prever apenas que hombres robustos y nada invá
lidos, como los dos
que he visto,
no resistirían a la fatiga y sucumbirían en el camino. Nadie es culpable. Y, sin embargo, a
esos hombres los han matado, los han matado estos mismos hombres que no son culpables de su
muerte.»
«Y eso -siguió diciéndose Nejludov- resulta de que todos esto
s hombres, gobernadores, directores,
municipales, agen
tes de policía, estiman todos que hay en la vida situaciones en que la relación directa
de hombre a hombre no es obligatoria; porque todos, tanto Maslennikov como el director y el jefe del
convoy, si no fuesen gobernador, director, oficial, habrían re
flexionado veinte veces antes de poner en
marcha un convoy con semejante calor y semejante gentío; veinte veces habrían detenido el convoy en
el camino; y, al ver que un preso se sentía mal, que estaba sin
aliento, lo habrían hecho salir de la
columna, lo habrían llevado a la sombra, le habrían dado agua, lo habrían dejado descansar; y, en caso
de accidente, habrían sentido lástima de él. Pero no han hecho nada de eso y ni si
quiera han permitido
que lo hag
an otros. Y eso, porque no ven ante ellos a hombres y las obligaciones que tienen en cuanto a
los mismos como tales hombres, sino que ven únicamente su servicio, es decir, obligaciones que, según
ellos, son más importantes que las obligaciones de humanidad. Todo consiste en eso - pensó Nejludov -
.
Cuando, aunque sea un instante so
lamente, aunque sea en un caso excepcional, se reconoce que un acto
cualquiera es más importante que el sentimiento de humanidad, no hay crimen que no pueda cometerse
con el prójimo, sin creerse responsable de ello.»
Nejludov estaba tan profundamente sumido en sus reflexio
nes, que no se había dado cuenta de
cómo había cambiado el tiempo: el sol se había enmascarado con una nube baja y den
tada, y, desde el
fondo del horizonte, p
or el Oeste, llegaba poco a poco un nubarrón gris que ya se expandía en lluvia
cerrada sobre los campos y los bosques. La humedad rezumaba de la nube, que por instantes se veía
surcada por un relámpago, y, al estrépito de los vagones en marcha se mezclaba,
cada vez con más
frecuencia, el rolar lejano del trueno. Sin parar, el nuba
rrón avanzaba, y grandes gotas de lluvia,
empujadas por el viento, venían a manchar la plataforma del vagón y el abrigo de Nejludov. Se pasó al
lado opuesto, aspirando el frescor
del viento y el olor bienhechor de la tierra sedienta de agua; miró los
jardines, los bosques, los amarillos campos de cebada, los campos de avena todavía verdes y las
manchas negras de las plantas de patatas. Todo se había guarnecido como con una capa de
laca: el verde
se había hecho más verde; el amarillo, más amarillo; el negro, más negro.
- ¡Más, más! -
murmuraba Nejludov, contento al ver los campos y los jardines revivificados por el
agua bienhechora.
La lluvia, abundante, duró poco. Después de haber descar
gado en parte, la nube se trasladó más
lejos. Y sobre el suelo húmedo no cayeron ya más que gotitas rectas y espaciadas. El sol reapareció,
todo resplandeció mientras al oeste del horizon
te surgió un arco iris, bajo pero brillante, roto sólo en uno
de sus extremos y en el cual predominaban las tintas violeta.
«¿En qué pensaba yo hace un momento? -
se preguntó Nejludov cuando terminaron todos aquellos
cambios de la naturaleza y el tren se adentró por un profundo talud-. ¡Ah, sí!, pensaba en el modo co
mo
ese director, ese jefe de convoy y todos esos funcionarios, en su mayor parte hombres buenos e
inofensivos, se transformaban en hombres malvados.»
Y Nejludov se acordó de la indiferencia con que Maslenni
kov había acogido su relato de lo que
pasaba en l
a cárcel; de la severidad del director, de la dureza del jefe del convoy, quien había prohibido
a uno de los presos subir a un carro, y dejado que una mujer sufriera los dolores del parto sin socorro.
«Sin duda, todos estos hombres son impermeables al más
elemental sentimiento de compasión,
simplemente porque son funcionarios; impermeables a todo sentimiento de humanidad, como lo son a la
lluvia esas tierras pizarrosas - pensaba, mi
rando las goteras que caían por los taludes entre los cuales se
deslizaba el tren -. Y quizás es indispensable abrir estos talu
des, revestirlos de un estucado; pero uno
sufre al ver esta tierra privada de la lluvia que espera y que tan bien habría podido producir trigo, hierba,
matorrales y árboles, tal como existen en los alrededores. Así ocurre también entre los hom
bres. Quizá
todos estos gobernadores, estos directores, estos agentes de policía son necesarios, aunque despojados de
esa cualidad primordial del hombre que es el amor y la piedad hacia sus semejantes.»
«Todo el mal - seguia pensando Nejludov -
radica en que estos hombres reconocen como leyes
cosas que no lo son y nie
gan por el contrario la ley que es eterna a inmutable y que el mismo Dios ha
inscrito en nuestros corazones. Seguramente por eso me resulta tan penoso
verme ante ellos. Los temo,
pura y simplemente. En realidad, esos hombres son temibles. Más peli
grosos que bandidos. Incluso un
bandido puede sentir lástima: ¡ésos, jamás! Están amurallados contra la piedad, como esas piedras contra
la vegetación, y por e
so son terribles. Se habla de las hazañas horribles de Pugatchev y de Razin
(Famosos jefes de cosacos, el priniero de los cuales quiso hacerse pasar por Pedro III. -
N. del T.), pero
aqué llos son mil veces más terribles. Si se propusiera como problema psi
cológico: ¿cómo podría
transformarse a hombres de nuestro tiempo, que son cristianos, humanitarios o simplemente buenos, en
los criminales más atroces sin que se consideren responsa
bles?, la única solución seria ésta: habría que
instituir eso que precisamente existe: gobernadores, directores de cárceles, oficia
les, policías. Dicho de
otra manera, hacer que esos hombres estén convencidos de que existe una obra llamada servicio al Es-
tado, que consiste en tratar a los hombres como cosas, sin relaciones de
hombre a hombre; y
seguidamente, que estos funcio
narios se encuentren en una situación en que la responsabilidad de las
consecuencias de sus actos no pueda recaer sobre un in
dividuo aislado. Fuera de esas condiciones, no
sería posible, en nuestro tiempo,
ver producirse hechos tan horribles como los que he visto hoy. Todo el
mal reside en que los hombres creen en la existencia de condiciones que permiten tratar a sus seme
jantes
sin amor. Ahora bien, esas condiciones no existen. Para con las cosas, se pued
e obrar sin amor: se
puede, sin amor, romper la leña, cocer ladrillos, forjar hierro; pero, en las rela
ciones de hombre a
hombre, el amor es tan indispensable como lo es, por ejemplo, la prudencia en las relaciones del hombre
con las abejas. Tal es la naturaleza de las abejas: si no eres pru
dente con ellas, perjudicarás a las abejas y
te perjudicarás a ti mismo. Así pasa con las relaciones entre los hombres. Y eso no es más que justicia,
porque el amor recíproco entre los hombres es la ley fundamental de
la vida humana. Sin duda, a un
hombre no se le puede obligar al amor como al trabajo, pero de aquí no se deduce en modo alguno que
alguien pueda obrar sin amor a los hombres, sobre todo si él mismo tiene necesidad de ellos. Si no
sientes ese amor por tus semejantes, quédate quieto - decía Nejludov dirigiéndose a si mismo -
. Ocúpate
de tu persona, de cosas inanimadas, de no importa qué, pero no de los seres humanos. Lo mismo que no
se sabría comer sin daño y con provecho más que si se experimenta el deseo d
e comer, no se sabría
obrar sin daño y con provecho hacia los hombres si no se comienza por amarlos. Permitete solamente
obrar res
pecto a ellos sin amarlos, como hiciste ayer con tu cuñado, y no habría límite a tu crueldad y a
tu ferocidad, como he podido
convencerme hoy; ni límite a tu propio sufrimiento, como lo he aprendido
por todo el curso de mi vida. ¡Si, si, es desde luego eso! ¡Está bien!», se repetía Nejludov, contento al
mismo tiempo por percibir un poco de fresco después del calor abrumador, y
contento por la claridad
mayor que se hacía en él respecto al problema que lo preocupaba desde hacía tanto tiempo.
XLI
El vagón donde se encontraba Nejludov estaba medio lleno de viajeros. Había allí criados,
artesanos, obreros de fábrica, carniceros, judíos, empleados, mujeres del pue
blo; había también un
soldado, dos señoras: una joven, otra de edad, con brazaletes en su desnuda muñeca; y un hombre de
aspecto severo con una escarapela en su negra gorra.
Después de haberse agitado mucho para instalarse a la par
tida, toda aquella población permanecía
ahora apaciblemente sentada. Unos mascaban pepitas de girasol, otros fumaban, y conversaciones
animadas se trataban entre vecinos.
Tarass, con aire feliz, estaba sentado a la derecha del pasillo central,
guardando un sitio para
Nejludov, y hablaba largo y tendido con un hombre musculoso, vestido con un amplio caf
tán de tela,
que estaba sentado frente a él; era un jardinero que se dirigía a su nuevo destino, como se enteró luego
Nejludov. Antes de llegar j
unto a Tarass, Nejludov se detuvo en el pasillo ante un venerable anciano de
barba blanca con caftán de ma
hón, que estaba charlando con una joven vestida de campesina. Al lado de
ésta había sentada una niña de siete años, sus piernecitas lejos del suelo
de madera; vestida con un
trajecito nuevo, tenía una delgada trenza de cabellos casi blancos y no dejaba de mascar semillas de
girasol. Volviendo la cabeza hacia Nejludov, el anciano levantó los faldones de su caftán, que se exten-
dían sobre la brillante banqueta donde estaba sentado, y dijo con afabilidad:
- Siéntese, se lo ruego.
Nejludov le dio las gracias y se sentó al lado de él. Después de haberse callado un instante, la
campesina continuó el relato que acababa de interrumpir.
Contaba la manera como la había recibido en la ciudad su marido, de cuya casa volvía ella.
- Fui a verlo durante la semana de carnaval y he aquí que Dios me ha permitido regresar -
decía ella
-. Por Navidad, si Dios vuelve a permitirlo, nos veremos de nuevo.
- Eso está muy bien - aprobó el anciano volviéndose hacia Nejludov-
. Hay que ir a verlo, porque,
sin eso, un hombre joven se estropea pronto en la ciudad.
-
No, padrecito, mi marido no es de ésos. No es él quien hará nunca tonterías: es como una
muchachita. Todo su dinero, hasta el último copec, lo envía a casa. ¡Y que alegría ha mostra
do al ver a
su hija; una alegría imposible de explicar! - decía la mujer con una sonrisa encantadora.
La niña, que escuchaba sin dejar de mascar las pepitas de girasol, levantó sus ojos tranqu
ilos a
inteligentes, como para confirmar las palabras de su madre.
- Si es prudente, mucho mejor aún - continuó el anciano -. ¿Y eso no le gusta? -
añadió, señalando
con los ojos a una pareja, marido y mujer, seguramente obreros de fábrica, sentados al ot
ro lado del
pasillo. El marido, la cabeza echada hacia atrás, se había llevado a los labios una botella de aguar
diente
y bebía a grandes sorbos, mientras su mujer le veía ha
cer, sujetando la bolsa de donde había sacado la
botella.
- No, el mío no bebe nunca -
respondió la campesina, complacida por la nueva ocasión que se le
ofrecía de alabar las cualidades de su marido -
. No hay muchos hombres como él, padrecito; la tierra no
produce muchos. Ésa es la verdad - dijo aún, dirigiéndose a Nejludov.
- Muchísimo mejor - comentó el anciano, mirando al obre
ro que bebía. Éste había pasado la botella
a su mujer, quien, después de una risa y de menear la cabeza, se la había llevado a su vez a los labios. Al
ver las miradas de Nejludov y del viejo clavadas en él, el obrero se volvió hacia ellos.
- ¿Qué, barin? ¿Nos miran porque bebemos? Cuando tra
bajamos, nadie se fija, pero cuando
bebemos, todo el mundo lo ve. He trabajado lo mío; ahora bebo y obsequio a mi mujer. Eso es todo.
- Sí, sí - murmuró Nejludov, no sabiendo qué responder.
- ¿No es verdad, barin? Mi mujer es todo un carácter. Es
toy contento con ella; así puede tener
cuidado conmigo. ¿No es verdad lo que digo, Mavra?
- Vamos, coge la botella, no quiero más - replicó la mujer, devolviéndole la botella -. Y de
ja de
decir tonterías.
- ¿Ven ustedes cómo es? - dijo el obrero -
. Es buena, es buena. Pero, cuando de pronto se pone a
reñir, rechina como una carreta a la que no le han engrasado las ruedas. ¿No es verdad lo que digo,
Mavra?
Mavra, animada, hizo un ademán con el brazo y se echó a reír.
- ¡Ea, ya está disparado!
-
Para que vean ustedes cómo es. Buena, buena. Pero, como los caballos, si por casualidad le pica la
grupa, le hace a uno la cosa menos pensada. Es verdad lo que digo. Perdóneme usted, barin. He be
bido
un poco más de la cuenta, ¿qué quiere usted que yo haga? - dijo el obrero, quien se tendió para dor
mir,
poniendo la cabeza sobre las rodillas de su risueña mujer,
Nejludov permaneció todavía algún tiempo cerca del anciano, quien le contó su historia
. Su
profesión era la de arreglar estufas. Trabajaba en eso desde hacía cincuenta y tres años; ha
bía reparado
una cantidad innumerable de estufas y ahora habría querido tomarse un pequeño descanso, pero nunca
tenía tiempo. Había dejado a sus hijos en la
obra, en la ciudad, y él se iba al pueblo para volver a ver a
sus parientes.
Cuando hubo acabado su relato, Nejludov se levantó y se di
rigió hacia el sitio que le había
reservado Tarass.
-Bueno, barin, siéntese usted. Vamos, retiraremos de aquí este saco -
dijo el jardinero con una
mirada bondadosa.
- Un poco apretados, pero como amigos -
comentó Tarass con su voz cantarina; levantó su enorme
saco como si fuese una pluma y lo colocó cerca de la ventanilla-. Sitio no falta, a in
cluso si faltase
podría uno ir a acostarse debajo del banco; vamos a nuestras anchas - dijo irradiando felicidad todo él.
A Tarass le gustaba decir de sí mismo que, cuando no había bebido, no sabía hablar; pero que
cuando había bebido un vaso encontraba en seguida buenas palabras y p
odía decirlo todo. Y, en efecto,
Tarass era más bien silencioso por lo general; pero en cuanto bebía (cosa que le ocurría en casos excep-
cionales) se .mostraba agradablemente locuaz. Hablaba enton
ces con facilidad y con encanto, con
sencillez y franqueza
, y sobre todo con una dulzura que brillaba en sus bondadosos ojos azules y en sus
risueños labios. En aquel estado se encontraba aquel día. La llegada de Nejludov había interrumpido al
principio su discurso; pero en cuanto hubo colocado bien su saco y vo
lvió a sentarse en su sitio, con sus
robustas manos de obre
ro sobre las rodillas, siguió contándole al jardinero todos los detalles de la
historia de su mujer y por qué la habían condenado y por qué él la seguía a Siberia.
Nejludov no conocía los detalle
s de aquella historia y por eso se preparaba a escucharla con interés.
Tarass había llegado ya a las circunstancias del envenenamiento, cuando la familia había descubierto
que la autora era Fedosia.
- Estoy contando mi desgracia - dijo Tarass a Nejludov, con tono amistoso-
. He conocido aquí a este
buen hombre; entonces nos hemos puesto a charlar y yo he empezado a contar.
- Me parece muy bien - dijo Nejludov.
-
Así, pues, hermano, de esta manera se descubrió todo. Mi madre cogió aquel panecillo y dijo:
«Voy a casa del comisario.» Pero mi padre es un viejo ordenado. «¡Espera, vieja! - dijo -
. No es una
mujer, es todavía una niña. Ni siquiera ha sabido lo que hacía. Hay que tener lástima de ella. Quizá se
arrepienta.» Pero mi madre no quiso oír hablar de eso.
Dijo: «Mientras la tengamos aquí, nos
envenenará a todos como a cucarachas.» Y entonces fue a casa del comisario. El comisario vino a
nuestra casa y llamó a testigos.
- ¿Y tú, qué hacías?
- Yo, hermano, retorcerme por el suelo con cólicos y vó mitos. Todo
el vientre lo tenía revuelto y me
era imposible decir una palabra. Y mi padre enganchó la carreta. para llevar a Fedosia al cuartelillo y de
allí al juez de instrucción. Y ella, hermano, en seguida lo confesó todo. Dijo dónde se había procurado el
veneno
y cómo había preparado el panecillo. «¿Por qué has hecho eso?», le preguntaron. Y a ella se le
ocurre decir que porque yo le inspiraba horror. «¡Prefiero ir a Siberia que vivir con él! » Quería decir
conmigo - añadi6 Tarass sonriendo.
Luego continuó:
- Po
r fin, ella se acusa de todo. Entonces, en seguida: a la cárcel. Mi padre volvió. Pero he aquí que
llega el tiempo de la cosecha. Y la única mujer que tenemos es mi madre y además debilitada ya.
Pensamos si no podrían ponerla en libertad con garantía de f
iadores. Mi padre se pone en busca de un
jefe, luego de otro; llegó a ver a cinco seguidos. Iba ya a renunciar a sus gestiones cuando conoció a un
hombrecillo, listo como una ardilla. «Dame cinco rublos - le dice -
, y yo te arreglaré el asunto.» Se
pusieron de acuerdo en tres rublos. Pues bien, hermano, para conseguirlos empeñé las propias ro
pas de
mi mujer. Y cuando hubo escrito aquel papel -
dijo Tarass, como si hablase de la detonación de un fusil
-, todo se arregló. Yo ya empezaba a estar mejor y fui en persona a recogerla a la ciudad.
»Así, hermano, llego a la ciudad, dejo el caballo en el alber
gue, agarro el papel y voy a la cárcel.
"¿Qué quieres tú? ", y yo digo: "Mi parienta está aquí encerrada con ustedes." “ ¿Tienes tú un papel?",
me dicen. Doy e
l papel. Lo miran. "Espera", me dicen. Me siento en un banco. Luego he aquí que llega
un su
perior: "¿Eres tú el que te llamas Varbuchov?", me dice. "El mismo." "Bueno, hazte cargo", dice él.
Se abre una puerta: la traen con sus ropas de ella, como es debido. «Bueno, en mar
cha", le digo. " ¿Has
venido a pie? " "No, tengo mi caballo: Volvemos al albergue, pago lo que debo por la estancia del
caballo, lo ensillo, pongo debajo de la silla el heno que queda. Ella se sienta, se envuelve en su chal y ya
estamos
en marcha. Se calla y yo me callo. Pero al acercarnos a casa ella me dice: "¿Y tu madre, todavía
vive?" "Todavía vive", le respondo. "¿Y tu padre, todavía vive?" "Todavía vive." Entonces ella me dice:
"Tarass, perdóname mi tontería. Ni yo misma supe lo que
estaba haciendo." Y yo le respondo: "No hay
que ha
blar de eso; hace ya mucho tiempo que te perdoné." Y luego, ya no ha dicho nada. Al llegar a
casa, hela aquí que se echa a los pies de la madre. " ¡Dios te perdone! ", le dice mi madre. Mi padre le
dice:
"Lo pasado, pasado está. Ahora vive para lo mejor. No es el momento de hablar de eso. Hay
mucho trabajo en el campo. Dios nos ha dado tanta cebada, que no se puede recogerla ni siquiera con el
rastrillo, tan enredada está. Hay que cosechar. Mañana irás con Tarass." Y desde aquel momen
to,
hermano, se puso al trabajo. Y no puede creerse cómo tra
bajaba. Teníamos entonces tres deciatinas de
tierra en arriendo. Y, gracias a Dios, la cebada y la avena habían salido en abundancia. Mientras yo
siego, ella hace la
s gavillas. Por mi parte, yo soy hábil en el trabajo; ella se ha hecho más hábil aún, en
cual
quier trabajo. Una mujer de fuerza y joven y fresca. Tan celosa del trabajo se hizo, que me veía
obligado a retenerla. Volvíamos a casa con los dedos hinchados y
los brazos entumecidos; yo pienso en
descansar, pero ella, antes de la sopa, hela aquí que corre al huerto y se pone a hacer vencejos para el día
siguiente. ¡Qué cambio!
- ¿Y para ti, se ha hecho más cariñosa? - preguntó el jardinero.
- ¡No me hables de
eso! Se pegó tanto a mí, que los dos no éramos más que una sola alma. No tengo
más que pensar y ella lo comprende. Mi madre, que sin embargo no es contentadiza, dice también: «A
nuestra Fedosia nos la han cambiado: ya no es la misma mujer.» Un día, al ir l
os dos a recoger gavillas,
le pregunto: «Dime, Fedosia, ¿cómo pudo ocurrírsete una cosa semejante?» Y he aquí que ella me dice:
«Yo no quería vivir contigo. Yo me decía: preferible morir.» « ¿Y ahora?» «Ahora - me dice ella -
, tú
estás en mi corazón.»
Tarass se detuvo y meneó la cabeza con una sonrisa gozosa y asombrada.
-Y luego - prosiguió -
, he aquí que un día, al volver del campo, yo traía un carro de cáñamo para
enriarlo, llego a casa... - Y Tarass se detuvo -. ¿Qué veo? ¡Una citación! Era para el juicio.
- Desde luego, no puede haber sido obra más que del Maligno - dijo el jardinero -
. ¿Es que una
persona puede pensar por sí misma en perder un alma? Es como en nuestro pueblo, donde había un
muchacho...
Cuando empezaba la historia, el tren redujo la marcha.
- Creo que es una estación - dijo el jardinero -. Voy a tomar algo fresco.
Así se interrumpió la conversación, y Nejludov bajó del va gón a las mojadas planchas del andén.
XLII
Antes de bajar del vagón, Nejludov había visto, en el patio de la es
tación, varios coches de lujo
tirados por tres o cuatro caballos bien nutridos que hacían tintinear sus cascabeles; y cuando puso los
pies en el andén vio un grupo ante un vagón de primera clase. En el centro del grupo descollaba una
dama alta y corpulenta
vestida elegantemente y con un sombrero adornado de costosas plumas; estaba
acompa
ñada por un joven larguirucho de delgadas piernas, en traje de ciclista, y de un perro alto y gordo
que tenía un magnífico collar. Lacayos, con impermeables y paraguas, y c
ocheros se apretaban en torno
de ellos. Todo aquel grupo, desde la dama alta hasta el cochero, que se levantaba los faldones de su
largo caftán, expresaba la tranquila satisfacción y la abundancia. Alrededor no había tardado en
congregarse un círculo de curio
sos, servilmente atraídos por el espectáculo de la riqueza. Estaba allí el
jefe de estación, con gorra roja, un guardia, una mucha
cha delgada, con vestido de campesina, que, en
verano, asistía a la llegada de todos los trenes, un telegrafista y viajeros de uno y otro sexo.
En el joven con traje de ciclista, Nejludov reconoció al es
tudiante Kortchaguin. La dama alta era la
hermana de la prin
cesa, en cuya casa los Kortchaguin iban a pasar el verano. El revisor jefe del tren,
todo galoneado y con botas
relucientes, abrió la portezuela del vagón y, con mil muestras de deferencia,
la tuvo abierta hasta que el lacayo Felipe y un mozo de la estación, con delantal blanco, hicieron
descender con precaución a la princesa de largo rostro en su silla plegable. L
as dos hermanas se besaron
y cambiaron en francés varias frases re
ferentes a si la princesa prefería montar en la calesa o en el cupé.
Y las dos damas se pusieron en marcha, seguidas por la doncella rizada, cargada de sombrillas, de chales
y de sombrereras.
Queriendo evitar encontrarse de nuevo con los Kortchaguin, Nejludov se detuvo a cierta distancia
de la salida de la esta
ción, aguardando a que el cortejo hubiera pasado. La princesa, su hijo, Missy, el
médico y la doncella tomaron la delantera, mientr
as el príncipe se detenía con su cuñada. Nejludov, aun
permaneciendo apartado, pudo oírles cambiar algunos fragmen
tos de frases francesas. Una de ellas,
pronunciada por el principe, se fijó, como pasa a veces no se sabe por qué, en el recuerdo de Nejlud
ov,
conservando incluso la entonación y el timbre mismo de la voz que la había emitido: «
Oh! il est du vrai
grand monde, du vrai grand monde!
», decía el príncipe con su voz sonora y llena de suficiencia, en el
momento en que franqueba con su cuñada la pue
rta de salida, saludada por una doble fila de revisores y
factores.
En el mismo instante apareció, por la esquina del edificio de la estación, un grupo de obreros con
alpargatas y botas de fieltro, con sacos a la espalda. Con paso resuelto y silencioso, av
anzaron hacia el
primer vagón que encontraron ante ellos, disponiéndose a penetrar en él; pero inmediatamente fueron
expulsados por un revisor. Continuaron su apresurada marcha, pisándose los talones para acercarse al
vagón siguiente. Ya comenzaban a subi
r, tropezando sus sacos contra la jamba de la portezuela, cuando,
desde el umbral de la estación, otro revisor les dio la orden de bajar. Con un mismo paso silencioso,
fueron a un tercer vagón, aquel donde se encontraba Nejludov. De nuevo el revisor los de
tuvo, y de
nuevo se disponían a marchar
se cuando Nejludov les dijo que había sitio y que podían subir. Subieron,
pues, y Nejludov entró en pos de ellos.
Iban a tomar asiento en el vagón cuando el señor de la escarapela y las dos damas, considerando sin
duda su intru
sión como una afrenta personal, se opusieron enérgicamente a su admisión y les dieron la
orden de marcharse cuanto antes. Inmediatamente, los obreros (eran una veintena: viejos, joven
citos, de
rostros fatigados, curtidos, resecos), dando trope
zones a cada paso con sus sacos, iban a dirigirse al
vagón siguiente como si se sintieran cogidos en falta y estuvieran dispuestos a ir así hasta el fin del
mundo y a sentarse donde les ordenaran, aunque fuese sobre clavos.
- ¿Adónde corréis, demonios? ¡Colocaos aquí! -les gritó el revisor, avanzando hacïa ellos.
-Voilà encore des nouvelles! -
dijo en francés la señora joven, muy convencida de que ese francés
elegante atraería sobre ella la atención de Nejludov. En cuanto a la dama de los brazaletes, se lim
itaba a
oler un frasco de sales, a fruncir las cejas y a hacer ver el desagrado que experimentaba viajando con
mujiks que olían mal.
Sin embargo, con el alivio y la alegría de hombres que acaban de escapar sanos y salvos de un
peligro terrible, los obrer
os se habían detenido y empezaban a distribuirse, soltando con un movimiento
de hombros sus pesados sacos, que colocaban luego bajo los bancos.
El jardinero, que había ido allí para hablar con Tarass, vol
vió a ocupar su sitio, de forma que en el
compartimiento, tan
to al lado como enfrente de Tarass, había tres sitios libres. Así, tres de los obreros
los ocuparon; pero cuando Nejludov se acercó a ellos, la vista de su traje de barin
los turbó tanto, que
instintivamente los tres se levantaron para buscar
sitio en otra parte. Nejludov les rogó que se quedasen;
por su parte, se apoyó en el brazo de la banqueta.
Uno de los tres obreros, de unos cincuenta años de edad, cambió con un camarada más joven una
mirada de sorpresa e incluso de temor. En realidad, en
lugar de lanzarles invectivas y expulsarlos, como
convenía a un barin
, Nejludov, al cederles su propio asiento, los asombraba y los turbaba. Hasta tenían
miedo de que fuese a resultar de eso algo malo para ellos.
Pero cuando se dieron cuenta de que no hab
ía allí ninguna astucia ni ningún peligro, y que Nejludov
hablaba familiarmente con Tarass, se tranquilizaron. Dijeron al muchachillo más jo
ven que se sentase en
el saco, cerca de la ventana, y rogaron a Nejludov que volviese a ocupar su asiento. Al prin
cipio, el viejo
obrero sentado frente a él pareció estar muy turbado y recogió todo lo que pudo los pies bajo la banqueta
para no rozar al barin
; pero pronto fue cobrando ánimos y se puso a hablarles a Nejludov y a Tarass con
tanta familiaridad, que, para
recalcar el alcance de sus palabras, más de una vez dio con la mano en la
rodilla de Nejludov.
Le contó a éste todo lo que hacía: sus trabajos en las turbe
ras, de donde volvía con sus compañeros
después de diez semanas de laboreo. Cada uno traía una suma de diez rublos, por
que una parte de su
ganancia se la habían anticipado al entrar.
El trabajo del que hablaba se efectuaba con agua hasta las rodillas y duraba desde el alba hasta la
noche, con un descanso de dos horas para la comida del mediodía.
- Para los que no están acostumbrados, es duro hacerse a eso - decía -
, pero, una vez acostumbrados,
la cosa se sopor
ta. Únicamente, si la comida fuera buena... En los primeros tiempos, no había modo de
tragar nada. Pero un día los obreros se plantaron y la co
mida se ha hecho mejor, y el trabajo resulta más
fácil.
Contó también que trabajaba así, día tras día, desde hacía más de veintiocho años y que siempre
había entregado en su casa el dinero que ganaba: primero a su padre y luego a su hermano mayor; ahora
se
lo daba a un sobrino que dirigía los trabajos de la casa. En cuanto a él, de los cincuenta o sesenta
rublos que ganaba por año, se reservaba dos o tres para sus placeres menudos: comprar tabaco y cerillas.
- Y después, a veces uno peca: hay ocasiones, cuando so
bra un poco de dinero, en que se bebe un
vasito de aguardiente - añadió con una sonrisa contrita.
Dijo también que las mujeres de los obreros se ocupan, en lugar de ellos, con los trabajos del
campo; y cómo, aquel día, antes de despedirlos, el patr
ón les había pagado para todos ellos medio cubo
de aguardiente; dijo también que uno de sus compañeros había muerto y que llevaban otro muy enfermo.
Este último estaba sentado en un rincón del mismo vagón. Era un muchacho muy joven, flaco y
pálido, con labios azulados. Seguramente había contraído el paludismo trabajando en el agua.
Nejludov se acercó a él, pero fue acogido por una mirada a la vez tan severa y tan llena de
sufrimiento, que no tuvo valor para fatigarlo con sus preguntas; recomendó simplemente
al viejo que le
comprara un poco de quinina, cuyo nombre le es
cribió en un papel, ofreciendo igualmente dinero, pero
el viejo obrero rehusó, diciendo que él mismo pagaría.
- Bueno, yo he viajado mucho. No he visto nunca a un señor como éste. No sólo no t
rata de echar a
uno, sino que incluso le cede su sitio. Y es que hay señores de todas clases - dijo, dirigiéndose a Tarass.
«¡Sí, un nuevo mundo, completamente nuevo, completamen
te distinto!», pensó Nejludov observando los
miembros musculosos y secos de los obreros, sus rostros curtidos, afables y fati
gados; sus groseros
trajes confeccionados por sus mujeres. Y se sentía rodeado de hombres nuevos que tenían respetables in-
quietudes, que tenían las alegrías y los sufrimientos de una vida humana verdadera y laboriosa.
«¡Helo aquí, le vrai grand monde! », se dijo Nejludov, re
cordando la frase del príncipe Kortchaguin. Y
volvió a ver aquel mundo ocioso y opulento de los Kortchaguin, con sus intereses bajos y mezquinos. Y
experimentó la alegría de un viajero que descubre una tierra nueva, un mundo desconocido y magnífico.
TERCERA PARTE
I
El convoy de forzados del que formaba parte Maslova ha
bía recorrido ya cerca de cinco mil verstas.
Hasta Perm, Maslova viajó, tanto en ferrocarril como en barco, con l
os condenados de derecho común;
solamente a su llegada a esta ciudad Nejludov consiguió que la incorporaran al grupo de los condenados
políticos, siguiendo el consejo de Bogodujovskaia, quien se encontraba entre estos últimos.
Hasta Perm, el trayecto fue m
uy penoso para Maslova, tanto moral como físicamente. Físicamente:
la suciedad y los repug
nantes insectos, que no le dejaban ningún respiro; moralmente: hombres no
menos repugnantes que los insectos, y aunque diferentes después de cada etapa, todos lo mi
smo de
desvergon
zados, todos tan pegajosos y sin concederle un momento de tranquilidad. La costumbre del
desenfreno más cínico se había hecho tan general entre las presas, los presos, los carceleros y los
soldados de la escolta, que toda mujer joven debía constan
temente mantenerse en guardia si le
repugnaba aprovecharse de su cualidad de mujer. Y este estado constante de temor y de lucha pesaba en
Maslova, sobre todo en razón del atractivo que ejercía su encanto exterior y su pasado conocido por
todos. La
oposición firme y resuelta que los hombres encontraban en ella les parecía como una ofensa
personal y los tornaba más hostiles aún. Sus miserias estaban sin embargo aliviadas un poco gracias a la
amistad de Fedosia y de Tarass; este último, al enterarse d
e las molestias a que estaba sometida
igualmente su mujer, había pedido acompañarla en calidad de preso, a fin de poder protegerla, y, desde
Nijni-Novgorod, viajaba con los condenados.
El traslado de Maslova a la sección polltica había mejorado su situació
n en todos los aspectos.
Además de que los «políti
cos» estaban mejor alojados, mejor nutridos y sufrían un trato menos rudo, la
situación de Maslova se había hecho mejor tam
bién en el sentido de que se encontraba al abrigo de los
atrevimientos de los ho
mbres y evitaba así verse obligada a cada instante a sufrir el recuerdo de un
pasado que tanto deseaba olvidar. Pero la principal ventaja de este traslado consistía para ella en el
hecho de haber entablado conocimiento con algunas personas llamadas a ejerc
er en su ánimo una feliz y
decisiva influencia.
Autorizada a alojarse, durante los altos, con los condenados políticos, debía sin embargo, en su
calidad de mujer en buen estado de salud, seguir a los condenados criminales; había ca
minado así desde
Tomsk, en compañía de dos condenados po
líticos: María Pav1ovna Stchetinina, la hermosa joven de
ojos de oveja, y un cierto Simonson, deportado de Yakuskt, aquel mismo hombre moreno, de
abundantes cabellos y ojos hundidos, cuyo aspecto ya había impresionado a Nej
ludov en ocasión de su
entrevista con Bogodujovskaia.
Maria Pavlovna iba a pie porque había cedido su puesto, en la carreta de los políticos, a una
condenada criminal encinta. Simonson, por su parte, porque cónsideraba injusto gozar de un privilegio
de cas
ta. Estos tres condenados se ponían en marcha por la mañana, temprano, con los criminales,
mientras los políticos partían más tarde, en los coches.
Las cosas habían transcurrido así hasta la última etapa, ante la gran ciudad, donde un nuevo jefe de
escolta debía tomar el mando del convoy.
Era por la mañana temprano, en el mes de septiembre; la nieve alternaba con la lluvia y las
borrascas de viento helado. Todos los condenados del convoy, cuatrocientos hombres y cer
ca de
cincuenta mujeres, se encontraban en el patio de la cár
cel de tránsito; un cierto número rodeaba al
suboficial de la es
colta que distribuía a los presos, delegados por sus camaradas, el dinero destinado a la
compra de provisiones, para cuarenta y ocho horas, a las vendedoras autorizadas a penetrar en el pa
tio
de la cárcel. Se oían las voces de los que contaban el dinero y regateaban en las compras, y los gritos de
las vendedoras.
Katucha y Maria Pavlovna, las dos con botas y con pellizas de piel de carnero, envuelta la cabeza en
sendos pañuelos, salio
ron igualmente al patio y se dirigieron hacia las vendedoras, que se abrigaban
contra el viento a lo largo de la pared y pro
curaban atraer a los clientes; vendían pastas, pescado, sopa,
hígado, carne, huevos, leche; una ofrecía incluso lechó n asado.
Simonson, con chaquetilla y polainas de caucho, estas últi
mas atadas con cuerdas sobre medias de
lana (era vegetariano y no empleaba pieles de animales), aguardaba igualmente en el patio la puesta en
marcha del convoy. En pie cerca de la escalina
ta, anotaba en su carnet un pensamiento que acababa de
germinar en su espíritu:
«Si una bacteria - escribía - pudiera observar y examinar la uña del hombre, llegaría a la conclusión
de que el objeto estudiado pertenece al mundo inorgánico. Lo mismo nosotr
os hemos llegado a esta
conclusión, a propósito de nuestro planeta, examinando su corteza. ¡Es falso! »
En el momento en que Maslova, quien había comprado hue
vos, una ristra de rosquillas, pescado y
pan fresco, colocaba sus provisiones en un saco mientras
María Pavlovna pagaba a las vendedoras, se
produjo un movimiento entre los presos. To
dos se callaron y se alinearon. El jefe del convoy salió y dio
las últimas instrucciones.
Todo transcurría como de ordinario: pasaban lista, se comprobaba la solidez de
las cadenas y se
emparejaba a los que de
bían caminar con esposas. Pero de pronto se elevaron la voz autoritaria y
gruñona del oficial y el ruido producido por golpes sobre un cuerpo humano y llantos infantiles. Y
después de un instante de completo silencio, un murmullo indignado que recorrió toda la muchedumbre.
II
Maria Pavlovna y Katucha se acercaron al sitio de donnde procedía el ruido; vieron al oficial, un
hombre fornido, de grandes bigotes rubios, que fruncía las cejas y frotaba la palma de la
mano izquierda
contra la mano dere
cha, que le escocía a causa de la violencia de la bofetada que acababa de propinar a
un preso, y no dejaba de proferir jura
mentos groseros y obscenos. Delante de él, enjugándose con una
mano el rostro ensangrentado, mie
ntras sostenía con la otra a una niñita envuelta en un chal, y que
lanzaba gritos agudos, se erguía, vestido con un corto capote carcelario y unos pan
talones más
mezquinos aún, un preso larguirucho y flaco con la cabeza semirrapada.
- ¡Yo te enseñaré... (una palabrota obscena), yo te ense
fiaré a hacer comentarios...! (otra palabrota).
¡Dásela a las mujeres! - gritaba el oficial -. ¡Vamos, ponédselas en seguida!
El oficial exigía que se pusiera las esposas a aquel condenado a la deportación por el consej
o rural.
Desde la muerte de su mujer, en Tomsk, era él quien, durante todo el trayecto, ha
bía llevado a su hijita.
La razón que había invocado de no po
der hacerlo con las esposas puestas había irritado al oficial, de mal
humor en aquel momento, y éste ha
bía golpeado hasta hacerle sangre al preso que no había obedecido
inmediatamente (Este hecho lo cita Linev en su libro: Por etapas. N. del A.).
Frente al preso golpeado se mantenía un soldado de la es
colta; otro condenado, de gran barba negra,
metida una
mano en las esposas, lanzaba de soslayo miradas hacia su camarada, el padre de la niñita.
Habiendo repetido el oficial la orden de llevarse a la niña, murmullos más violentos se elevaron entre la
multitud de presos que asistían a aquella escena.
- Desde Tomsk venía andando sin esposas -
dijo una voz ronca en una de las últimas filas de la
columna.
- Es una criatura lo que lleva, no es un perro. ¿Dónde va a poner a la niña?
- ¡Es contra el reglamento! -protestó otro.
- ¿Quién ha dicho eso? - gritó el oficia l, como si le hu
bieran dado un mordisco, lanzándose sobre la
multitud -. ¡Ya te enseñaré yo el reglamento! ¿Quién ha hablado? ¿Tú? ¿Tú?
- Todo el mundo lo dice, porque... - dijo un preso fornido, de anchos hombros.
No pudo acabar; con los dos puños, el oficial se puso a golpearlo en la cara.
-
¿Una revuelta entonces? ¡Yo os enseñaré lo que es una revuelta! ¡Os haré fusilar como a perros!
¡Y las autoridades me lo agradecerán! ¡Llévate la niña!
Un silencio planeó sobre la multitud. La niña, que lloraba des
esperadamente, fue arrancada por un
soldado de los brazos de su padre, mientras otro ponía las esposas al preso, quien tendía ahora sus brazos
con sumisión.
- ¡Llévasela a las mujeres! -vociferó el oficial al soldado, volviéndose a colocar bien su tahalí.
La niña, sujetas las manos en su chal, procuraba sacarlas y, con el rostro congestionado, no dejaba
de lanzar gritos desgarradores.
Maria Pavlovna se apartó de la multitud y se acercó al soldado que sujetaba a la niña.
- Señor oficial, permítame que la recoja yo.
El soldado se detuvo.
- ¿Quién eres tú? - preguntó el oficial.
- Una condenada política.
El bonito rostro de María Pavlovna, con sus bellos ojos redondos (él ya se había fijado en ella en el
momento de hacerse cargo de la dirección del convoy), i
mpresionó visiblemente al oficial. Examinó en
silencio a la joven, como si estuviera pesando el pro y el contra.
- A mí me da igual. Recójala si quiere - dijo por fin -
. A ustedes les es muy fácil tenerles lástima;
pero, ¿quién sería el responsable si se escaparan?
- ¿Cómo iba a poder escaparse con su hija? - preguntó María Pavlovna.
- ¡No tengo tiempo de discutir con usted! ¡Llévesela, si se empeña!
- ¿Ordena usted que se la dé? - preguntó el soldado.
- ¡Dásela!
- ¡Ven conmigo! - dijo María Pavlovna con voz acariciadora.
Pero, en brazos del soldado, la niña seguía gritando, se in
clinaba hacia su padre y se negaba a ir
hacia la joven.
- Espere un momento, María Pavlovna; quizá se venga conmigo -
dijo Maslova, sacando una
rosquilla de su saco.
En efecto, el rostro ya conocido de Maslova y el señuelo de la rosquilla decidieron a la niña.
Todos se habían callado. Se abrió la puerta cochera; el con
voy salió a la calle y se alineó; los
soldados de la escolta contaron de nuevo a los presos, ataron los sacos y
los colocaron en las carretas;
luego hicieron sentarse allí a los débiles. Maslova, con la niña en brazos, fue a colocarse entre las
mujeres, al lado de Fedosia. Con paso firme y resuelto, Simonson, que había asistido a toda la escena, se
acercó al oficial; éste había dado todas sus órdenes y subía ya a su tarentass.
- Ha obrado usted mal, señor oficial - le dijo Simonson.
- ¡Vuelva a su sitio! ¡Esto no es de su incumbencia!
- Es de mi incumbencia decirle, y se lo digo, que ha obrado usted mal - insistió S
imonson, mirando
fijamente al oficial con sus ojos sombreados de espesas cejas.
- ¿Está todo listo? ¡En marcha el convoy! - gritó el ofi
cial sin prestar ya atención a Simonson. Y,
apoyándose en el hombro del soldado-cochero, subió al tarentass.
El convoy
se puso en movimiento, desenrollándose en larga columna sobre la fangosa carretera,
bordeada a ambos lados por estrechas zanjas y abierta en pleno bosque.
III
Después de la existencia lujosa, confortable y fácil de aquellos seis últimos años, y los dos
meses
pasados en la cárcel con las presas comunes, su vida actual con los «políticos», aunque en condiciones
penosas, le parecía a Katucha muy superior. Las etapas de veinte a treinta verstas, a pie, con un descanso
durante el día, después de dos jornadas de marcha y una alimentación substanciosa, la fortificaban físi-
camente; por otra parte, el trato con nuevos camaradas le abría sobre la vida horizontes insopechados.
No sólo ella no conocía, sino que ni siquiera había podido imaginar que pudiesen existi
r personas tan
excelentes, siguiendo su propia expresión, como aquellas con las que caminaba.
«Lloraba por haber sido condenada - se decía -
, pero toda mi vida tendré que darle gracias a Dios
por haberme permitido conocer lo que siempre habría ignorado.»
S
in esfuerzo había comprendido los motivos que impulsaban a aquellos hombres, y, como mujer del
pueblo, simpatizaba completamente con ellos. Había comprendido que ellos estaban a favor del pueblo
contra los dirigentes; que ellos mismos eran privilegiados, y
no por eso dejaban de sacrificar a favor de
sus ideas, sus privilegios, su libertad, incluso su vida: eso la maravillaba y la entusiasmaba.
Estaba encantada con sus nuevos compañeros, pero por en
cima de todos admiraba a María Pavlovna
y la quería con un afecto particular, a la vez respetuoso y apasionado. La impresio
naba el hecho de que
aquella hermosa muchacha, muy instruida, que hablaba tres lenguas, de una familia rica y de alta situa-
ción, conservase la sencillez de modales de una obrera, diese a los
demás todo lo que enviaba su
acaudalado hermano, llevase vestidos no solamente simples, sino pobres, y no se preocupase en absoluto
de su aspecto. Esta ausencia completa de coquete
ría femenina asombraba y, en consecuencia, seducía
más que nada a Maslova.
Y se daba cuenta muy bien de que María Pavlovna sabía, a incluso le resultaba
agradable saber, que era bella, y sin embargo, lejos de alegrarla la impresión que causaba en los
hombres, la temía, experimentaba incluso repulsión y miedo de provocar declarac
iones amorosas. Sus
compañeros, conociendo sus sentimientos, aunque atraídos hacia ella, no se permitían mostrárselos y la
trataban en plan de camarada; por el contrario, los demás hombres la molestaban con frecuencia; pero,
como ella misma decía, se desem
barazaba de ellos gracias a su fuerza física, de la que se ufanaba muy
orgullosa.
- Un día - contaba riendo a Katucha -
, un hombre me molestaba en la calle y no se decidía a dejarme
en paz; lo zarandeé entonces con tanta fuerza, que me cogió miedo y huyó.
Se había hecho revolucionaria porque, desde la infancia, había experimentado una repulsión
instintiva hacia la vida mundana. Siempre había querido a la gente del pueblo, y mu
chas veces la habían
reñido por sus asiduidades en la repostería, en la cocina y en las cuadras.
-
Sin embargo, con las cocineras y los cocheros era con quienes me sentía a mis anchas, en tanto
que me aburría horriblemente con los señores y las señoras - contaba ella -
. Y posteriormente, cuando
empecé a comprender, me di cuenta de qu
e nuestra vida era, en efecto, muy mala. Ya no tenía madre, a
mi padre no lo quería, y a los diecinueve años aban
doné la casa con una amiga y me empleé como
obrera de fábrica.
Después de haber abandonado la fábrica vivió entre los mujiks, luego volvió a
la ciudad y fue
detenida en su aloja
miento, donde se encontraba una imprenta clandestina, y la condenaron a trabajos
forzados.
María Pavlovna nunca hablaba ella misma de su pasado; pero Katucha se había enterado por los
demás de que la ha bían condenado p
or haberse declarado culpable de un disparo hecho en la oscuridad,
durante un registro, por uno de los revolucionarios.
Katucha la conoció luego más ampliamente: en cualquier circunstancia, en cualquier situación que
se encontrase, no pensaba nunca en el
la misma y no tenía otro cuidado que el de acudir en ayuda de
alguien y servir al prójimo. Uno de sus compañeros actuales, Novodvorov, decía bromeando «que ella se
dedicaba al deporte de la abnegación». Y era verdad. Todo el interés de su vida era estar al
acecho,
como un cazador tras la pieza, de una ocasión de hacerse útil a los demás. Así, ese «deporte» se había
convertido en un hábito y era su razón de vivir. Se entregaba a eso tan naturalmente, que los que la
conocían no apreciaban ya sus servicios, sino que se los exigían.
Cuando Maslova fue trasladada a la sección de los «políti
cos», María Pavlovna sintió primero
repulsión hacia ella. Ka
tucha se dio cuenta; pero también vio el esfuerzo hecho por la joven para tratarla
con una benevolencia y una bondad par
ticulares. La expresión de estos últimos sentimientos, en un ser
tan extraordinario, conmovió tan vivamente a Katucha, que se había entregado a ella de todo corazón,
asimilando inconscientemente sus ideas a imitándola en todo.
Esta devoción de Katu
cha conmovió igualmente a María Pavlovna, quien le había tomado cariño a
su vez. Por otra par
te, la repugnancia que sentían las dos mujeres hacia el amor carnal influía también
mucho en su amistad. Una odiaba aquel amor porque había experimentado todo el
horror del mismo; la
otra, sin haberlo conocido, lo miraba como algo incom
prensible y, al mismo tiempo, repulsivo,
degradante para la humanidad.
IV
La influencia de María Pavlovna sobre Katucha tenia su origen en que ésta amaba a la joven. La
influencia de Simonson era distinta: procedla de que Simonson amaba a Katucha.
Todos los hombres viven y obran, en parte, según su propia iniciativa, y en parte por la influencia
de las ideas de otros. Los hombres se diferencian según que sufran más o menos la inf
luencia de sus
propias ideas o la de las ideas de otros: unos hacen más a menudo de sus pensamientos un juego
intelectual; para ellos la razón se convierte en una especie de rueda privada de su correa de transmisión,
en tanto que en sus actos sufren la influencia de las costumbres, de las tradiciones y de las le
yes; otros,
por el contrario, considerando sus pensamientos como los motores principales de su actividad, siguen
casi siempre las indicaciones dadas por su razón y se someten a ellas, adoptando más
raramente, y
después de un examen crítico, lo que ha sido pensado por los demás.
Asfí era Simonson. Sometía todos sus actos al control de su razón, y cumplía lo que había resuelto.
Ya de colegial había decidido que la fortuna ganada por su padre, un antig
uo intendente, no era de
origen puro y le había pedido restituir esa fortuna al pueblo. Pero, lejos de seguir su consejo, su padre lo
había sermoneado; entonces él abandonó la casa y dejó de recurrir a los subsidios paternos. Convencido
de que todo el mal existente proviene de la igno
rancia popular, había entrado, inmediatamente después
de su salida de la universidad, en relaciones con los miembros de1 «Partido del pueblo»; se había hecho
maestro de escuela en una aldea y había predicado audazmente a sus a
lumnos y a los campesinos todos
lo que él consideraba justo, estigmatizando todo lo que consideraba mentiroso.
Lo detuvieron y lo entregaron a la justicia.
Ante el tribunal pensó en su fuero interno que el juez no tenía derecho a juzgarlo, y así lo declaró
.
Pero como los ma
gistrados siguieron adelante, decidió no responder, y opuso un mutismo absoluto a las
preguntas que se le hicieron. Lo depor
taron al gobierno de Arkangel. Allí se formó por su cuenta una
doctrina religiosa que debía regir toda su activi
dad. Según esta doctrina, todo lo que existía en el
universo estaba vivo, no había nada inerte. Todos los objetos que consideramos como muertos,
inorgánicos, eran simplemente partes de un inmenso cuerpo orgánico que nos es imposible abarcar; por
consiguien
te, la misión del hombre, partícula de este gran cuerpo, consistía en mantener la vida de este
organismo y de todas sus partes vivas. Por eso Simonson consideraba como un crimen el aniqui
lamiento
de todo ser vivo: estaba contra la guerra, contra la pena d
e muerte, contra todo asesinato, no sólo de los
hombres, sino de los animales. Tenía igualmente una concepción especial del matrimonio: la
reproducción de la especie era una función inferior; era superior la de acudir en ayuda de los seres ya
existentes. Encontraba la confirmación de su teoría en la fun
ción de los fagocitos de la sangre. Según él,
los célibes eran esos fagocitos, cuya misión consistía en acudir en ayuda de las partes orgánicas debiles
o enfermas. Y había vivido de acuerdo con esta teoría d
esde que la creó, aunque antes se hubiese
entregado a la lujuria. Atribuía a María Pavlovna y a él mismo esta calidad de fagocitos sociales.
Su amor por Katucha no contradecía esta teoría, porque él la amaba platónicamente y consideraba
que semejante amor, lejos de paralizar su actividad de fagocito, la exaltaba aún más.
Él no resolvía a su manera únicamente las cuestiones mo
rales, sino que trataba con la misma
independencia las cuestiones prácticas. Tenía para todos los actos de este orden una teoría: re
glas sobre
la cantidad de horas de trabajo y de reposo, sobre la manera de alimentarse, de vestirse, de encender la
estufa, de alumbrarse.
Al mismo tiempo, Simonson era tan tímido como modesto. Pero, en cuanto decidía algo, nada era
ya capaz de detenerlo.
Este hombre, por su amor, ejercía una influencia decisiva sobre Maslova. Por intuición femenina,
ella lo había adivinado pronto, y la conciencia de que podía provocar el amor de un hombre tan
extraordinario la elevaba a sus propios ojos. Nejludov le ofrec
ía el casamiento por generosidad y a causa
del co
mún pasado de ambos; Simonson, por su parte, la amaba tal como era ella hoy, y simplemente
porque la amaba. Ella veia además que él la consideraba una mujer poco ordinaria, dife
rente de las otras
y con alt as cualidades morales. Ella no habría podido precisar qué cualidades le atribuía él, pero en cual-
quier caso, para no desengañarlo, aplicaba todos sus esfuerzos a poner de manifiesto las mejores
facultades que podían ocurrírsele. Y eso la obligaba a ser tan perfecta como le era posible.
Estas relaciones entre los dos jóvenes habían empezado ya en la cárcel, en ocasión de las entrevistas
comunes de los «po
líticos»; entonces ella había notado, bajo la frente bombeada y las espesas cejas de
Simonson, sus oj
os inocentes de un azul sombrío clavados en ella. Desde entonces había comprobado
que era un hombre singular y que la miraba de una manera completamente especial; había quedado
impresionada por la reunión, en un mismo rostro, de expresiones diversas: severi
dad, producida por los
cabellos ásperos y las cejas hirsutas; bondad a infantil castidad de la mirada. Posteriormente, cuando la
trasladaron junto a los políticos, en Tomsk, ella había vuelto a verlo. Y aunque ninguna palabra se
hubiese cambiado entre el
los, sus miradas, al cruzarse, contenían la confesión de que no se habían
olvidado y de que se interesaban mutuamente. Después, sus conversaciones tampoco fueron más
significativas; pero cuando él hablaba en su presencia, Maslova comprendía que hablaba par
a ella y de
forma que ella lo comprendiese.
Sus relaciones se hicieron más frecuentes a partir del día en que empezaron a caminar juntos entre
los presos.
V
Desde Nijni-
Novgorod hasta Perm, Nejludov no había podido ver a Katucha más que dos veces:
una vez en Nijni, antes del embarque del convoy en un buque ro
deado por una red de hierro, y una
segunda vez en Perm, en la oficina de la cárcel. Durante estas dos entrevistas, él la en
contró reservada y
de mal humor. Cuando le preguntó si no tenía necesidad
de nada, ella respondió evasívamente; parecía
sentirse turbada, y, en aquella turbación, Nejludov creyó ver una hostilidad que ya se había manifestado
otras veces. Esta disposición taciturna, provocada por las solicitudes de los hombres, le había causado
p
ena a Nejludov. Temió que, bajo la influencia de las condiciones penosas y corruptoras en que ella se
encontraba en el curso del viaje, volviese a caer de nuevo en ese estado de desesperación y de
desacuerdo consigo misma que la habría incitado a irritars
e contra él, a fumar con exceso y a beber
aguardiente. Pero no había podido ayu
darla en nada, porque durante la primera parte del recorrido le
había sido imposible verla. Hasta después del traslado de Katucha a la sección politica no pudo
convencerse de l
a falta de fundamento de sus temores; más aún, en cada entrevista había ido notando
más y más, observándolos progresivamente, esos cambios interiores que tanto deseaba ver producirse en
ella.
Desde su primera entrevista en Tomsk, volvió a verla tal como er
a antes de la partida. No había
fruncido el ceño ni se había turbado al verlo; por el contrario, lo acogió con una alegre simplicidad y le
dio las gracias por lo que había hecho por ella y sobre todo por haberla puesto en relaciones con
hombres como sus compañeros actuales.
Después de dos meses de marchas por etapas, su aspecto exterior se había modificado también:
había adelzagado y la piel se le había puesto morena; parecía como envejecida; patas de gallo se
mostraban en sus sienes, y arruguitas junto a l
as comisuras de los labios; no llevaba ya los cabellos sobre
la frente, sino que se los tapaba bajo un pañuelo anudado; y ni en sus ropas, ni en su peinado, ni en
ninguno de sus modales subsistía nada de la antigua coquetería.
Este cambio progresivo alegró
particularmente a Nejludov. Experimentaba ahora respecto a ella un
sentimiento más pro
fundo que nunca. Y este sentimiento no tenía ninguna relación con su primer amor
poético, menos aún con la pasión sensual que había experimentado seguidamente, y ni siq
uiera con la
conciencia del deber cumplido, unida a su propia satisfacción de haber decidido, después del juicio,
casarse con Katucha. Ese sentimiento había sido simple lástima y enternecimiento, sen
tidos ya con
ocasión de su primers entrevista con ella e
n la cárcel; luego, posteriormente, con una amistad mayor,
cuando, dominando su repulsión, le había perdonado su supuesta aven
tura en la enfermería con el
ayudante del cirujano, aventura de cuya falsedad se enteró más tarde; era el mismo sentimiento, con
la
diferencia de que entonces fue pasajero, en tanto que ahora se había hecho constante. Pensara lo que
pensase, hicie ra lo que hiciese, ese sentimiento de piedad y de enternecimien
to, no solamente hacia ella,
sino hacia todos los hombres, no le abandonaba ya.
Ese sentimiento, además, parecía abrir en el alma de Nejlu
dov una fuente de amor que hasta
entonces no había encon
trado salida y que ahora se derramaba sobre todos aquellos a quienes conocía.
En todo el curso del viaje sintió una exaltación que,
a pesar suyo, lo tornaba compasivo y atento con
todos sus semejantes, desde el cochero de posta y el soldado de la escolta hasta el jefe de la cárcel, el
gobernador, todos aquellos con los que tenía algo que ver.
Una vez trasladada Maslova a la sección de
los «políticos», Nejludov tuvo que entablar
conocimiento con varios de los compañeros de aquélla, primero en Ekaterineburg, donde los po
líticos
gozaban de una mayor libertad y estaban encerrados todos juntos en una gran sala; y luego, durante el
trayecto, se encontró en relaciones con los cinco hombres y las cuatro mu
jeres a quienes habían
agregado a Maslova. Y este contacto de Nejludov con los condenados politicos modificaba
completamente su opinión respecto a ellos.
Desde el comienzo del movimiento revo
lucionario en Rusia, y sobre todo después del atentado del
1.° de marzo (1° de marzo de 1881, fecha del fallecimiento de Alejandro II, muerto por una bomba
lanzada por los nihilistas.- N. del T.), Nejludov había profesado hacia los revolucionarios hostilidad e in-
cluso desprecio. Lo que le había horrorizado primeramente había sido la crueldad y los procedimientos
misteriosos, espe
cialmente los asesinatos, a los que recurrían en su lucha contra el gobierno; lo que le
repugnaba después era su presunción, ra
sgo común en todos ellos. Pero al verlos más de cerca, al
enterarse de cuán a menudo habían sufrido injustamente, com
prendía la imposibilidad para ellos de ser
distintos de como eran.
Por terriblemente estúpidos que fuesen los sufrimientos de aquellos a q
uienes se llama delincuentes
comunes, no por eso dejaban de ser, antes y después de su condena, objeto de una apariencia de
procedimiento legal; pero en los asuntos politi
cos, incluso esa apariencia de legalidad faltaba; Nejludov
había podido verlo por el
ejemplo de Schustova y, seguidamente, por el de muchos de sus nuevos
amigos. Se procedía, respecto a esta gente, como para la pesca de peces con red: lo que con
siste en
depositar en la orilla todo lo que se ha dejado pescar y en elegir a continuación el
gran pez que se
necesita, despreciando los pececillos, que se secan y perecen en el suelo. Pren
dían a centenares de
hombres, no sólo con toda seguridad inocentes, sino que ni siquiera podían perjudicar en nada al
gobierno; se les mantenía, a veces durante años, en las cárce
les, donde contraían la tisis, se volvían locos
o se suicidaban, y se les mantenía simplemente porque no se tenían razones inmediatas para soltarlos, y
se los guardaba para dilucidar ciertos puntos de un sumario cualquiera. La suerte de todos aque
llos
desgraciados, con frecuencia inocentes incluso a los ojos del gobierno, estaba subordinada a la
arbitrariedad, a los ca
prichos, a la disposición de ánimo del oficial de gendarmería o de policía, del
soplón, del fiscal, del juez de instr
ucción, del gobernador, del ministro. Cuando uno de estos
funcionarios se aburría o quería mostrar celo, detenía a gente y, según su deseo o el de sus superiores, la
mantenía en prisión o la soltaba. Y, según el jefe tuviera necesidad de distinguirse o de
tener tales o
cuales relaciones con el ministro, los hacía deportar al fin del mundo, o los guardaba en secreto, o los
enviaba a los trabajos forzados o a la muerte, a menos que los liberase a ruegos de alguna dama.
Se los trataba como a beligerantes, y na
turalmente oponían los mismos medios que se empleaban
contra ellos. Lo mismo que los militares están rodeados, en la opinión pública, de una atmósfera que no
solamente les oculta el carácter criminal de sus actos, sino que incluso atribuye a éstos el valor
de una
hazaña, así, en los grupos revolucionarios, existía para los adeptos una atmósfera de opinión pública,
gracias a la cual los actos crueles que cometían a riesgo de su libertad, de su vida, despreciando todo lo
que es querido para el hombre, lejos d
e aparecérseles como condenables, les parecían por el contrario
heroicos. Por eso Nejludov se explicaba este fenómeno sorpren
dente: hombres por lo demás dulces,
incapaces de causar y ni siquiera de ver sufrimientos de seres vivos, se preparaban tranquila
mente para
el homicidio y reconocían, en ciertos casos, el asesinato como cosa legítima y justa, ora como medio de
defen
sa, ora para alcanzar el objetivo supremo: el bien general. En cuanto a la alta opinión que tenían de
su obra y, en consecuencia, de e
llos mismos, procedía de la importancia que les atribuía el gobierno y de
la crueldad de las represalias que se les aplicaban. Tenían necesidad de aquel pedestal para tener la
fuerza de soportar aquello con que se les abrumaba.
Al verlos más de cerca, Nejl
udov se convenció de que no eran ni uniformemente feroces como
algunos se imaginaban, ni uniformemente héroes, como pensaban otros, sino hombres or
dinarios, entre
los cuales, como en todas partes, los había bue
nos, malos y medianos. Unos se habían hecho
revolucionarios porque consideraban como un deber luchar contra el mal exis
tente; otros habían elegido
esta actividad por razones de egoís
mo y de vanidad; pero la mayoría se sentía atraida hacia la revolución
por el deseo, conocido de Nejludov cuando la
guerra, de desafiar el peligro y los riesgos, de poner en
juego la vida, sentimientos todos propios de los seres jóvenes y enérgicos, La diferencia entre ellos y los
demás hombres residía en que sus necesidades morales eran más elevadas que aquellas con la
s que se
contentan los demás. Consideraban como obligatorio, no solamente la sobriedad, la sencillez de la vida,
la franqueza, el desinterés, sino también la disposición inmediata a sacrificarlo todo, incluso su
existencia, por la obra común. Así, entre es
tos hombres, los que estaban por encima del término medio
pare
cian muy superiores y ofrecían el modelo de una rara elevación moral; aquellos, por el contrario,
que estaban por debajo del término medio aparecían muy inferiores y presentaban a menudo el ca
rácter
de hombres falsos, hipócritas y al mismo tiempo fanfa
rrones y arrogantes. De este modo, entre aquellos
con los que había entablado conocimiento, Nejludov estimaba a algunos y los quería de todo corazón;
para con los otros no tenía más que indiferencia.
VI
Nejludov había sentido un afecto muy especial por un joven forzado político, Kryltsov, quien
caminaba con aquella misma sección de la que formaba parte Katucha. Nejludov había entablado
conocimiento con él en Ekaterine burg, lo había vuelto a v
er después en ruta y había charlado en varias
ocasiones con él.
Un día de verano, durante un alto prolongado (habían pasa
do juntos casi toda una jornada), Kryltsov
le había contado todo su pasado y cómo se había hecho revolucionario. Su historia, hasta s
er
encarcelado, podía referirse en pocas palabras. Era todavía un niño cuando murió su padre, rico
propietario en una pro
vincia meridional; hijo único, había sido educado por su madre. Tenía buenas
dotes, había terminado fácilmente sus estudios en el cole
gio y había salido con el número uno de la
Facultad de ciencias matemáticas. Le habían ofrecido quedarse en la Facultad con objeto de llegar al
profesorado e ir a este efecto a perfeccionarse al extranjero; pero él había vacilado. Estaba enamora
do,
soñab
a con casarse y dedicarse a los asuntos del Zemtsvo (Consejo electivo de provincia o de
distrito.-
N. del T.). Tenía muchas cosas a la vista, y no se decidía por ninguna. En aquel momento, sus
camaradas de la universidad le habían pedido cierta suma para l
a obra común. Sabía que esta obra era la
revolución, por la que entonces no sentía interés alguno; pero, por camaradería y por amor propio, no
queriendo dejar suponer que tenía miedo, había dado el dinero. Los que lo recibieron fueron detenidos;
en casa de
ellos se encontró un escrito gracias al cual se supo que el dinero lo había dado Kryltsov; lo
detuvieron y lo llevaron primero al cuartelillo y luego a la cárcel.
Kryltsov, al contar su historia a Nejludov, estaba sentado sobre las tablas de su camastro,
encogido
el pecho, los dos codos sobre las rodillas; con sus hermosos ojos, lanzaba a veces sobre su interlocutor
una mirada centelleante y febril.
-
No eran muy severos en aquella cárcel; no sólo podíamos comunicarnos unos con otros dando
golpecitos en la pared, sino incluso pasear por el corredor, cambiar algunas palabras, com
partir las
provisiones, el tabaco a incluso, por las tardes, cantar a coro. Yo tenía una bonita voz. Sí, si no hubiera
sido por la gran pena de mi madre, me habría sentido muy bien en la cár
cel; incluso la habría encontrado
agradable a interesante. Hice conocimiento allí, entre otros, con el célebre Petrov (posterior
mente, en la
fortaleza, se cortó la garganta con un pedazo de cristal) y con otros. Pero yo no era revolucionario en
absoluto. Allí entablé conocimiento igualmente con dos vecinos de celda. Habían sido detenidos por un
mismo asunto, descubiertos como portadores de proclamas polacas, y habían sido juzgados por su
tentativa de evasión en el momento en que los conducían a
la estación de ferrocarril. Uno de ellos era
polaco, Lozynsky; el otro, un israelita, Rozovsky. Sí... Este Rozovsky era todavía un niño. Decía que
tenía diecisiete años, pero no se le podían calcular más de quince: delgaducho, bajito, vivo, con ardientes
ojos negros y, como todos los judíos, muy aficionado a la mú
sica. Su voz aún estaba cambiando, pero
cantaba muy bien. Sí... Yo estaba todavía en la cárcel cuando los llevaron ante sus jue
ces. Los llevaron
por la mañana, y por la tarde ya estaban de regres
o diciéndonos que los habían condenado a la pena de
muer
te. Nadie se esperaba aquello, vista la poca importancia de su asunto. Habían tratado simplemente
de desembarazarse de su escolta sin ni siquiera herir a nadie. Y además, ¡era tan mons truoso ver ej
ecutar
a un niño como Rozovsky!
»Todo el mundo se decía, en la cárcel, que aquélla era una simple sentencia de intimidación, pero que no
sería confirmada. Al principio nos conmovimos mucho; luego nos calmamos poco a poco y nuestra vida
recobró su ritmo. Sí
... Pero una tarde, el guardián se acercó a mi puerta y me dijo con misterio que los
carpinteros habían venido para montar la horca. Al principio, no comprendí: ¿cómo?, ¿qué horca? Pero
el viejo guardián estaba tan emocionado, que al mirarlo comprendí que era para nues
tros dos camaradas.
Quise golpear en la pared, para ponerme en comunicación con mis vecinos; pero temí que me oyésen los
condenados. Los otros camaradas se callaban igualmente; sin duda alguna, todo el mundo lo sabía. Toda
la tarde, un sombrío silencio reinó en el, corredor y en las celdas. Nos absteníamos de hablar y de cantar.
»A eso de las diez de la noche, el guardián se acercó de nue
vo y me confió que acababan de traer de
Moscú al verdugo; luego se alejó inmediatamente. Lo llamé para seguirle pregun
tando, y de pronto oí a
Rozovsky que me gritaba desde su celda, a través de todo el corredor: "¿Qué pasa? ¿Por qué llama us-
ted?" Le respondí que me habían traído tabaco; pero él parecía presentir algo y me preguntó por qué no
habíamos cantado ni hablado. No me acuerdo ya de mi respuesta; me apresuré a ale
jarme de la puerta,
para interrumpir la conversación.
»Sí, fue una noche horrible. Toda la noche estuve con el oído atento a los más pequeños rumores.
Al amanecer oí abrirse la puerta del co
rredor y numerosos pasos que avanzaban. Me acerqué a la mirilla.
Una lámpara ardía en el corredor. El direc
tor pasó el primero: era un hombre alto que parecía siempre
seguro de sí, resuelto. En aquel momento estaba pálido, encorvado, con aire de constern
ación. Iba
seguido por su adjunto, ceñudo, pero de aire más descompuesto; luego, la escolta. Pasa
ron ante mi
puerta para detenerse ante la de la celda vecina. Oí que el adjunto gritaba con una voz extraña:
"¡Lozynsky, levántese usted! ¡Póngase ropa inter
ior limpia!" Luego la puerta rechinó, y entraron en su
celda; después, el paso de Lozynsky. Yo no veía más que al director. Palidísimo, abotonaba y desa-
botonaba su uniforme y movía los hombros. Sí... De pronto, como asustado de algo, se pegó a la pared:
era Lozynsky que pasaba delante de él y se acercaba a mi puerta. ¡Un guapo mu
chacho! Ya usted sabe,
uno de esos hermosos tipos polacos: frente ancha y recta, sombreada por abundantes y finos cabellos
rubios y con unos encantadores ojos azules. Era un adolescente en todo su florecimiento primaveral.
»Se detuvo ante la mirilla de mi puerta, de forma que no distinguí más que su rostro: un rostro
desencajado y color ce
niza, horroroso. "Kryltsov, ¿tiene cigarrillos?" Yo iba a darle uno, cuando el
adjunto del director, por miedo sin duda a re
trasarse, sacó vivamente su pitillera y se la tendió. Él cogió
un cigarrillo; el adjunto frotó una cerilla. Lozynsky se puso a fumar y pareció meditar. Luego, como si
se acordara de algo, se puso a hablar: "¡Es cruel e injus
to! No he cometido ningún crimen; yo..." Por su
cuello joven y blanco, del que yo no podía apartar mis miradas, pasó un estremecimiento; y él se
interrumpió...Sí... En el mismo momento, con su voz bien timbrada de judío, oí a Rozovsky gritar en el
corredor
. Lozynsky tiró su cigarrillo y se alejó de mi puerta. Rozovsky lo reemplazó ante la mirilla. Su
rostro infantil, de negros ojos húmedos, estaba arrebolado y sudoroso. Llevaba igualmente ropa limpia,
se sujetaba con la mano el pantalón demasiado ancho y temblaba. Acercó su las
timero rostro y dijo:
"Anatolf Petrovich, ¿no es verdad que el médico me había recetado tisana? Estoy indispuesto y la se-
guiría bebiendo." Nadie respondió y, con aire inquisitivo, mira
ba unas veces a mí, otras al director. ¿Qué
quer
ía decir? Nunca lo he comprendido. De pronto el adjunto adoptó un aire severo y gritó con voz
aguda: "¿Qué es esta broma? ¡En marcha!"
»Evidentemente, Rozovsky no comprendía lo que querían hacer con él y se fue por el corredor con
un paso rápido, casi corr
iendo. Luego se detuvo en seco y se oyeron sus llantos y su voz penetrante.
Ruidos de pasos y de lucha. El pobre muchacho continuaba llorando y gritando. Luego, todo se
amortiguó gradualmente; resonó la puerta del corredor y se hizo el silencio... Sí... ¡
Y los ahorcaron! ¡Los
estrangularon a los dos con cuerdas!
»Otro guardián, que lo había visto todo, me contó que Lozynsky no había opuesto ninguna
resistencia, pero que en cambio Rozovsky había luchado mucho tiempo, tanto que ha
bían tenido que
arrastrarlo
al cadalso y meterle a la fuerza la cabeza en el nudo corredizo. Sí... Aquel guardián era un
poco tonto: "Me habían dicho, barin, que era un espectáculo espan
toso. Pues no, no impresiona mucho;
cuando estuvieron colgados, no hicieron más que estó con los hombros.-
E imitó el sobresalto de los
hombros -
. Luego el verdugo tiró, a fin de que el nudo, por así decirlo, estrangulase mejor. Y eso es
todo. No hicieron un solo movimiento más." Eso no impresiona mucho -
repitió Kryltsov reproduciendo
la entonación del guardián. Y quiso sonreír, pero estalló en sollozos.
Permaneció mucho tiempo silencioso, jadeando y reprimiendo el llanto que le cerraba la garganta.
-Desde entonces me convertí en revolucionario. Sí...-
dijo después de haberse calmado, y acabó su
relato.
A su salida de la cárcel se había afiliado al partido de « Liberadores del pueblo» a incluso había sido
jefe del grupo de «de
sorganización», que tenía por objeto aterrorizar al gobierao, a fin de que
abandonase el poder para llamar a él al pueblo. C
on este designio, se dirigía bien a Petersburgo, bien al
extranjero, bien a Kiev o a Odesa, y en todas partes obtenía resultados. El hombre en quien había puesto
toda su confianza lo había traicionado; lo detuvieron, lo juzgaron y lo tuvieron dos años en
la cárcel,
condenándole a muerte, pena que le fue conmutada por la de trabajos forzados a perpetuidad.
En la cárcel había contraído la tisis, y ahora, en las condi
ciones en que se encontraba, no le
quedaban evidentemente más que algunos meses de vida. Lo
sabía y no lo lamentaba en absoluto lo que
había hecho; afirmaba, por el contrario, que si dispusiera de otra vida la dedicaría a la misma causa: la
des
trucción de una organización social que dejaba que se realizasen hechos como aquellos de los que
había sido testigo. La historia de este hombre y sus conversaciones explicaron a Nejludov mu
chas cosas
que no comprendía antes.
VII
El día del altercado entre el jefe del convoy y los presos a propósito de la niña, Nejludov, que se
había alojado en el albergue, se levantó tarde; había dedicado ade
más la mayor parte de la mañana a las
cartas que preparaba para el centro principal de la provincia; por lo que, puesto en camino más tarde que
de costumbre, no había podido alcanzar al convoy durante la ruta, como
lo hacía generalmente, y llegó a
la caída de la tarde al pueblo donde el convoy se había detenido, para un alto.
Aquí, el albergue estaba regido por una viuda, una mujer de cuello blanco y muy grueso. Nejludov,
después de haber tomado el té en la habita
ción reservada para los huéspedes de calidad y adornada con
numerosos iconos y cuadros, se apresuró a ir a ver al jefe del convoy para pedirle que lo autorizara a
comunicarse con los presos.
Durante las seis etapas precedentes, los jefes de convoy, aunque
cambiados en cada etapa, habían
negado uniformemente a Nejludov el acceso a la cárcel de tránsito, de forma que hacía ya más de una
semana que no había podido ver a Katucha. Esta severidad se debía a que se esperaba el paso de un alto
funcionario de la a
dministración penitenciaria. Ahora que éste había pasado sin inspeccionar nada,
Nejludov esperaba obtener del oficial que había tomado el mando por la mañana, como lo ha
bía
obtenido de sus colegas, autorización para ver a los presos.
La patrona del albergue ofreció a Nejludov un tarentass
para trasladarse hasta la cárcel de tránsito,
situada al otro extremo del pueblo; pero él prefirió dirigirse allí a pie. Un muchacho joven, hércules de
anchos hombros, con enormes botas recién embreadas, empleado en el al
bergue, le propuso conducirlo
has
ta allí. Caía la escarcha y había tanta oscuridad, que a tres pasos Nejludov no distinguía ya a su
compañero; en cuanto la luz dejaba de filtrarse por las ventanas, no oía más que el chapoteo de las botas
del campesino en un fango espeso y pegajoso. Des
pués de haber atravesado una plaza donde se alzaba
una iglesia y cogido por una larga calle bordeada de casas con ventanas iluminadas, Nejludov, en pos de
su guía, se encontró en la extremidad del pueblo, en una oscuridad c
ompleta. Pero pronto, allí también,
divisó el resplandor de los faroles en la niebla. Las manchas rojizas se alargaban y alumbraban cada vez
más. Empezó a distinguir los postes del recinto, la silueta negra de un centinela que hacía guardia
caminando de arriba abajo y de abajo arriba, los mojones pintados a rayas y la garita.
El centinela lanzó su reglamentario «¡Alto!, ¿quién vive?» Y al enterarse de que eran desconocidos,
llevó la severidad hasta el extremo de no permitirles ni siquiera aguardar cerca de
l vallado. Pero esto no
consiguió turbar lo más mínimo al guía de Nejludov.
- ¡Vamos, muchacho, qué desconfiado eres! - le dijo -. ¡Vamos, llama a un cabo y esperaremos!
Sin responderle, el centinela gritó algo por la puertecita del patio, y luego se puso
a mirar con
atención cómo, a la luz del farol, el robusto muchacho se las ingeniaba para desembarrar, con la ayuda
de un trozo de madera, las botas de Nejludov. Detrás de la valla se oía un ruido de voces masculinas y
femeninas. Tres minutos después sonaro
n los cerrojos de la puertecita y ésta se abrió; un cabo, el capote
echado sobre los hombros, sur
gió de la penumbra a la zona iluminada por la luz del farol y preguntó qué
querían. Nejludov le entregó su tarjeta de visita en la que previamente había escri
to algunas palabras
rogando al oficial que lo recibiese para un asunto personal.
El cabo era menos severo que el centinela, pero, en com
pensación, muy curioso. Se empeñaba en
saber para qué quería el príncipe ver al oficial, porque evidentemente husmeaba
algún beneficio y no
quería perder la ocasión. Nejludov le dijo que se trataba de un asunto particular, le pidió que hiciese el
favor de transmitir su mensaje y le aseguró que sabría agradecérselo. El otro cogió la tarjeta y se alejó
después de una señal de aquies
cencia con la cabeza. Algunos instantes después, la puertecita rechinó de
nuevo y salieron mujeres cargadas de cestos, de jarras de leche y de sacos. Hablando ruidosamente en su
idioma siberiano, una a una cruzaban la puerta. Iban todas vestidas n
o de campesinas, sino con abrigo y
pelliza de ciudad; tenían arremangadas las faldas, y las cabezas envueltas en pañuelos. A la luz del farol
miraban con curiosidad a Nejludov y a su guía. Una de ellas, evidentemente contenta por encontrarse
con el muchacho de anchos hombros, le lanzó inmediatamente una imprecación afectuosa.
- ¿Qué demonios haces tú por aquí? -le preguntó ella.
-He traído a un viajero. ¿Y tú, qué llevabas?
-Leche; esta mañana me dijeron que la trajera.
- ¿Y no te han dejado pasar la noche?
- ¡Qué sinvergüenza eres, barbián! - gritó ella riendo -. ¡Vamos, acompáñanos hasta el pueblo!
El muchacho le lanzó una réplica que hizo reír no solamente a las mujeres, sino también al
centinela; luego, volviéndose hacia Nejludov, le preguntó:
- ¿Sabrá usted volver solo? ¿No se perderá?
- Vete tranquilo, ya sabré.
-
Cuando haya usted pasado la iglesia, después de la casa de dos pisos, será la segunda a la derecha.
Y quédese con mi cachiporra - dijo, entregando a Nejludov un bastón más largo que un hombre;
luego,
haciendo resonar sus enormes botas, desapareció en las tinieblas, en compañía de las mujeres.
Mezcladas a las de éstas, su voz se oía aún cuando la puer
tecita rechinó de nuevo; el cabo salió a
invitó a Nejludov a seguirlo al cuarto del oficial.
VIII
El edificio de la cárcel de tránsito estaba construido según el modelo de todos los que jalonan la
gran ruta de Siberia. En el patio, rodeado de una empalizada de afila
dos postes, había tres
construcciones de un piso: una, la mayor, de ventanas con rejas, estaba reservada para los presos; la se-
gunda, pará la escolta, y la tercera, para el oficial jefe del con
voy y para la oficina. Las tres casas estaban
iluminadas en ese momento, y esas luces, como siempre, y sobre todo aquí, daban la ilusión de
algo
bueno, íntimo y caliente. Ante las escalinatas brillaban unos faroles, y otros cinco, colgados de las
paredes, iluminaban el patio.
Siguiendo una plancha colocada en tierra, el cabo condujo a Nejludov al alojamiento del oficial.
Después de haber franquea
do los tres peldaños de la escalinata, se apartó ante el príncipe y lo hizo entrar
en un vestíbulo alumbrado por una lamparita humeante. Cerca de la estufa, un soldado en mangas de
camisa, con corbata y pantalón negros, se había quitado una de sus pola
inas y se servía de ella como de
un soplillo para activar el fuego del samovar. Al divisar a Nejludov, suspendió su trabajo, lo ayudó a
quitarse su chaquetón de cuero y entró en la estancia contigua.
-Ya ha llegado, mi teniente.
- Bueno, hazlo entrar - respondió una voz regañona.
- Entre usted - dijo el soldado, volviendo a cuidarse de su samovar.
En la segunda habitación, alumbrada por una lámpara col
gante, ante una mesa cargada con los
restos de una cena y de dos botellas, estaba sentado el oficial; un dulimán austríaco mol
deaba su ancho
pecho y sus hombros, y grandes bigotes rubios cortaban su rostro, muy rojo. En la estancia, demasiado
calurosa, un tufillo de tabaco se mezclaba a un violento olor a colonia barata.
A la vista de Nejludov, el oficial s
e levantó y clavó en él una mirada medio burlona, medio
suspicaz.
- ¿Qué desea usted? -dijo. Y, sin esperar la respuesta, gritó hacia la puerta -
: ¡Bernov! ¿Cuándo
estará listo el samovar?
- ¡Al instante!
- Voy a darte tantos al instante, que te vas a acordar mucho tiempo -
gritó el oficial con un
relámpago en la mirada.
- Ya lo llevo.
Y el soldado entró con el samovar.
Nejludov esperó a que el soldado lo hubiese colocado sobre la mesa. El oficial, espiando a éste con
sus ojillos malignos como si lo enfil
ara y buscase el sitio donde golpearle, preparó el té; luego sacó de su
maletín un frasco cuadrado y bizco
chos. Habiendo colocado todo sobre el mantel, se volvió hacia
Nejludov:
- Bueno, ¿en qué puedo servirle?
- Desearía que me autorizase a ver a una presa - dijo Nejludov, todavía en pie.
- ¿Es una upolítica»? El reglamento lo prohíbe.
-Esa mujer no es una condenada política,
- Pero, siéntese usted, se lo ruego - dijo el oficial.
Nejludov se sentó.
-No es una «política» -explicó-, pero, a instancias mías,
la autoridad superior le ha permitido hacer
la ruta con la sección política...
- ¡Ah, sí, ya sé! - interrumpió el oficial -
. ¿Una bajita, morenita? Bueno, eso si es posible. ¿Quiere
usted fumar?
Tendió a Nejludov una lata de cigarrillos y, después de ha b
er llenado con cuidado dos vasos de té,
alargó uno a Nejludov.
-Tome usted.
- Gracias. Desearía verla cuanto antes.
- Pero la noche es larga; tendrá usted tiempo de sobra. Diré que la traigan.
- ¿No sería posible it a verla donde está?
- ¿En la sección de los políticos? Es contrario al regla mento.
-
Ya me han autorizado varias veces. Si se teme que yo entregue algo, podría hacerlo también por
conducto de ella.
- ¡Ah, no, a ella la registrarán! - dijo el oficial con una risa desagradable.
- Pues entonces, que me registren a mí.
- Bueno, no hará falta - dijo el oficial inclinando el fras
co, una vez que le quitó el tapón, encima del
vaso de Nejludov -
. ¿Quiere usted? ¿No? Como guste. Cuando se vive en esta Siberia, se recibe siempre
una alegría al encontrar a
un hombre de mundo; usted sabe cuán triste es nuestro servicio. Y cuando se
está acostumbrado a otra cosa, resulta verdade
ramente muy penoso. Sin embargo, nosotros, los oficiales
de convoyes, pasamos por ser hombres groseros, ignorantes, sin que a nadie s
e le ocurra pensar que
quizás uno había nacido para una ocupación completamente distinta.
El rostro carmesí del oficial, sus perfumes, su sortija, y par
ticularmente su risa desagradable,
disgustaban a Nejludov; pero, aquella noche, como durante todo su vi
aje, se encontraba en esa
disposición de espíritu seria y reflexiva que no le permitía tra
tar a nadie con ligereza y desprecio;
juzgaba necesario hablar a cada hombre con el corazón en la mano, como decía él mismo. Después de
haber escuchado al oficial y comprendido su estado de ánimo, le dijo gravemente:
- Creo que, incluso en la función de usted, se puede in
tentar un consuelo aliviando los sufrimientos
de los presos.
- ¿Y cuáles son sus sufrimientos? ¡Es una ralea tal...!
- ¿Por qué una ralea? - preguntó Nejludov -. Son hom
bres como los demás. Incluso hay inocentes entre
ellos.
- Desde luego, los hay de todas clases. Y uno les tiene lás
tima. Otros no dejan pasar nada; pero yo,
siempre que puedo, trato de aliviarlos. Otros, a la menor cosa.., el reglame
nto e incluso el fusilamiento.
Por mi parte, tengo piedad... ¿Quiere usted? Tome, entonces - dijo, sirviendo un nuevo vaso de té -. ¿Y
qué es esa mujer a la que usted quiere ver?
- Es una desgraciada caída en una casa pública y allí falsamente acusada de
envenenamiento. Sin
embargo, es una mujer muy buena.
El oficial meneó la cabeza con aire compasivo.
-
Sí, son cosas que pasan. Mire usted, había una en Kazán que se llamaba Emma. Húngara de origen
y con verdaderos ojos de persa - dijo, sonriendo ante ese recuerdo -
, y chic, como una verdadera
condesa...
Nejludov interrumpió al oficial para volverlo a llevar a la idea primera.
- Creo que usted puede aliviar la situación de estos hom
bres mientras están bajo su mando. Y estoy
seguro de que al obrar así experimentaría usted una gran satisfacción-
dijo Nejludov, procurando
pronunciar aquellas palabras lo más claramente posible, como se habla cuando se dirige uno a extran-
jeros o a niños.
El oficial miraba a Nejludov con sus brillantes ojillos y, con visible im
paciencia, esperaba que
terminase para reanudar el re
lato de su húngara con ojos de persa, que, sin duda alguna, lo tenía
obsesionado y absorbía toda su atención.
- Desde luego, es verdad - dijo -; por eso les tengo lástima. Pero lo que quería contarle a
usted a
propósito de esa Emma es que en una ocasión...
- Es cosa que no me interesa - dijo Nejludov -. E inclu
so le diré a usted francamente que aunque yo
haya sido muy distinto en otros tiempos, hoy detesto esa manera de considerar a la mujer.
El oficial miró a Nejludov con estupefacción.
- ¿Otro poco ae té? -dijo.
- No, gracias.
-!Bernov - gritó el oficial -
, lleva al señor a Valculov! Dile que deje entrar al señor en la celda de los
«políticos», donde podrá permanecer hasta la hora de retreta.
IX
Acompañado del asistente, Nejludov volvió a salir al pa
tio oscuro, débilmente iluminado por la luz
rojiza de los faroles.
- ¿Adónde vas? - preguntó un soldado al ordenanza.
- A la sala número cinco.
- No podrás pasar por aquí: está cerrado con llave; hay que entrar por la otra escalinata.
- ¿Y por qué está cerrado?
-Ha cerrado el suboficial y se ha marchado al pueblo.
- Por aquí, entonces. Siguiendo la pista de planchas, el soldado condujo a NejIu
dov hacia la
escalinata de otra entrada. Desde el pati
o se oía un bordoneo de voces y el rumor de la agitación interior,
como cerca de una colmena en pleno trabajo. Cuando Nejludov se aproximó y la puerta se abrió, aquel
rumor creció aún más y oyó un tumulto de voces que se apostrofaban, se injuriaban, gritab
an; a ese ruido
se mezclaban los tintineos variables y cambiantes de las cadenas, en tanto que el pesado tufo que se
había hecho familiar para Nejludov le golpeaba en la nariz.
Estas dos impresiones, el ruido sordo de las voces mezclado al tintineo de las
cadenas y aquel olor
horrible provocaban en Nejludov un solo y único sentimiento penoso, una especie de desfallecimiento
moral que llegaba hasta las náuseas físicas. Y esas dos sensaciones se confundían para reforzarse una a
otra.
Al entrar en el vestíbul
o donde estaba colocado un tonel hediondo, la primera cosa que vio
Nejludov fue a una mujer sentada al borde mismo de la cubeta. Frente a ella estaba un hombre, la gorra,
en forma de plato, puesta de lado en su rapada cabeza. Los dos hablaban en voz baja.
Al divisar a
Nejludov, el preso le guiñó un ojo y dijo:
- Hasta el zar tiene que hacerlo.
La mujer dejó caer los faldones de su capote y bajó los ojos.
Al vestíbulo daba un corredor en el que se abrían las puer
tas de las celdas. La primera era la de las
parejas casadas, luego seguía una gran sala para los solteros y, al extremo del corre
dor, dos celdas
pequeñas para los condenados políticos. El edi
ficio de la cárcel de tránsito, preparado para ciento
cincuenta hombres, contenía cuatrocientos cincuenta, y estaba tan abarro
tado, que los presos, no
habiendo encontrado sitio en las cel
das, llenaban el corredor. Unos estaban sentados o acostados en el
suelo; otros iban y venían con teteras vacías o llenas de agua caliente.
Entre ellos se encontraba Tarass.
Corrió detrás de Nejludov y lo abordó con afectuosa solicitud. La
bondadosa cara de Tarass estaba llena de cardenales y tenía un ojo hinchado.
- ¿Qué te pasa? - preguntó Nejludov.
- He tenido un asuntillo - dijo Tarass sonriendo.
- No hacen más que pelearse - dijo el asistente con desdén.
- Es a causa de su mujer - añadió un preso que caminaba detrás de ellos -
. Se ha pegado con Fedka,
el tuerto.
- ¿Cómo está Fedosia? - preguntó Nejludov. '
- Está bien; le llevo agua caliente para el té - respondió Tarass,
entraado en la celda de los presos
casados.
Desde la puerta, Nejludov lanzó un vistazo: toda la sala estaba llena de mujeres y de hombres, sobre
los camastros o de
bajo. Las ropas mojadas que habían puesto a secar despedían un espeso vapor, y las
voces de las mujeres formaban una algarabía ininterrumpida.
La celda siguiente, la de los solteros, estaba más abarrotada aún; la ruidosa muchedumbre se
desbordaba hasta el corredor y se agitaba con sus mojadas ropas. El ordenanza explicó a Nej
ludov que el
preso más antiguo entregaba a los croupiers, a cam
bio de fichas, el dinero destinado a las provisiones y
prematu
ramente perdido por los jugadores. A la vista del ordenanza y del «señor» , los más próximos se
callaron y examinaron a los intrusos con miradas ma lévolas. Entre los distribuidores, Nejlu
dov
distinguió a Fedorov, el forzado al que conocía y que lle
vaba siempre cerca de él a un lastimoso
jovencito, pálido y abo
tagado, de cejas fuertemente arqueadas; vio también a un repulsivo vagabundo de
rostro marcado por la viruela, sin na
riz; como sabían todos, durante una evasión por la taiga, había
matado a su camarada para alimentarse con su carne. Se mante
nía en el corredor con el mojado capote
echado sobre los hombros, y, con aire burlón a insolente, mir
aba a Nejludov, sin apartarse para dejarle
paso.
Nejludov le dio un rodeo.
Por familiar que le resultara aquel espectáculo, por frecuen
temente que, durante aquellos tres meses,
hubiese visto a los cuatrocientos presos comunes en circunstancias distintas:
bajo el calor, en la nube de
polvo levantada por sus cadenas, durante las paradas a lo largo del camino, durante los altos; en el patio,
donde transcurrían libre y abiertamente escenas de de
senfreno; cada vez que aparecía entre ellos y
sentía, como ahora, que fijaban en él su atención, experimentaba una vergüenza es
cocedora y tenía
conciencia de su culpabilidad para con ellos. Y este doble sentimiento de vergüenza y de culpabilidad le
parecía más penoso aún por el hecho de que se mezclaba al mismo una ins
uperable sensación de
repugnancia y de horror. En la situación en que estaban, sabía él que no podían ser de otra manera, y, sin
embargo, no podía dominar la repulsión que le inspiraban.
- ¡Buena vida se dan los holgazanes! -dijo una voz ronca que profirió
además una palabrota obscena
en el momento en que Nejludov se acercaba a la puerta de la sección política.
A aquello, los presos respondieron con una risotada que resonó maligna y burlona.
X
Después de haber rebasado la celda de los solteros, el subo
ficial que guiaba a Nejludov le dijo que
volvería a buscarlo después del toque de retreta. Apenas se había alejado, cuando un preso, descalzo,
recogiendo sus ca
denas con las manos, corrió hacia Nejludov, se colocó muy cerca de él, exhalando el
acre tufo de su sudor, y le sopló misteriosamente al oído:
- ¡Venga en nuestra ayuda, barin! Han engañado comple tamente al muchacho; lo emborracharon, y
esta mañana, al pasar lista, durante el relevo del mando del convoy, ha respon
dido en el sitio y lugar de
Karamanov. ¡Venga en su ayuda! ¡Nosotros no podemos, nos matarían! -
y el preso, mirando con
inquietud en torno de él, se alejó inmediatamente.
He aquí de qué se trataba: el forzado Karamanov había per
suadido a un preso que se le parecía y
que iba simplemente
deportado a que hicieran el cambio de sus respectivas penas: el forzado se
convertiría en deportado y el deportado iría a ieemplazar al otro en los trabajos forzados.
Nejludov conocía ya aquel asunto, porque el mismo preso lo había informado ocho días ant
es. Hizo
señas de que había comprendido y de que haría lo que le fuera posible; luego, sin volverse, prosiguió su
camino.
Nejludov había visto por primera vez en Ekaterineburg a aquel preso que le había rogado que
obtuviese para su mujer la autorización para seguirlo. Era un hombre de estatura me
diana, con aire de
campesino ruso ordinario, de unos treinta años, condenado a trabajos forzados por tentativa de asesina
to
que tenía por móvil el robo. Se llamaba Makar Dievkin. Su crimen era bastante extraño. Se
gún Makar,
no era acción de el mismo, sino del «espíritu maligno» . Le había contado a Nejludov que un viajero
había ido a casa de su padre y le había alquilado por dos rublos un trineo para dirigirse a un pueblo que
estaba a una distancia de 40 verstas; M
akar debía llevarlo allí. Había enganchado el caballo, se había
preparado para la partida y se había puesto a beber té en compañía del viajero. Éste le había contado que
iba a casarse y que llevaba encima quinientos rublos que había ganado en Moscú. Al oí
r esta noticia,
Makar había salido al patio y había escondido un hacha bajo la paja del trineo.
- Ni yo mismo sabía por qué cogía el hacha - contaba -. « ¡Coge el hacha! », me dijo él
, y la cogí.
Subimos, el trineo se puso en marcha, avanzábamos. La cosa v
a bien. Yo me había olvidado
completamente del hacha. Pero he aquí que nos acer
camos al pueblo. Quedaban todavía unas seis
verstas; antes de la unión del camino vecinal con la carretera, hay una cuesta arriba. Bajé del trineo y
caminé al lado. Y él me sop
laba: «¿En qué piensas? En lo alto de la cuesta, la carretera está llena de
transeúntes. Después viene el pueblo, y él se llevará el dinero. Si quieres hacerlo, no debes vacilar.»
Entonces, me agaché hacia el trineo como para arreglar la paja, y he aquí qu
e el hacha se me viene sola a
las manos. El viajero se volvió: «¿Qué pasa?», dijo. Blandí el hacha, con la intención de matar
lo; pero el
hombre saltó vivamente del trineo y me agarró los brazos. «¿Qué estás háciendo, bandido...?» Me
derribó en la nieve. Y
o ni siquiera luchaba y dejaba que hiciera conmigo lo que quisiese. Me ató las
manos con su cinturón, me echó al trineo y me condujo directamente al cuartelillo. Me encarcela
ron y
me juzgaron. En mi aldea dieron de mí buenos informes; mi patrón habló tamb
ién de mí en buenos
términos; pero yo no tenía para pagar a un abogado. Así, pues, me condenaron a cuatro años -
concluyó
Makar.
Y he aquí que este hombre, queriendo salvar a uno de sus paisanos y sabiendo que al hacer esa
comunicación se jugaba la vida, r
evelaba sin embargo a Nejludov el secreto de los presos. Si éstos se
hubiesen enterado, con seguridad lo habrían estrangulado.
XI
El local de los « políticos» se componía de dos pequeñas celdas, cuyas puertas se abrían a la parte
del corredor separada por un tabique. Después de haberlo franquea
do, Nejludov divisó primeramente a
Simonson, con un leño en la mano, acurrucado ante la portezuela de la estufa.
Al ver a Nejludov, sin levantarse y mirándolo por debajo de sus espesas cejas, le tendió la mano.
- Me alegro mucho de verlo, porque tengo necesidad de hablarle -
dijo con tono expresivo mirando
a Nejludov derechamente a los ojos.
- ¿De qué se trata?
- Un momento. Ahora estoy ocupado.
Y Simonson volvió a dedicarse a su estufa, que él calentaba según s
u teoría particular, basada en la
menor pérdida posible de energía calorífica.
Nejludov iba a franquear la primera puerta, cuando, de la de enfrente, salió Maslova, encorvada,
con una escoba en la mano, empujando delante de ella un montoncito de basura y
de polvo. Iba con
camisola blanca, la falda arremangada dejando al des
cubierto sus medias; la cabeza la tenía envuelta
hasta las cejas en un pañuelo para resguardarse del polvo. Al ver a Nejludov, se enderezó, arrebolada y
animada, soltó la escoba, se secó las manos en la falda y se detuvo erguida delante de él.
- ¿Está usted haciendo limpieza? - preguntó Nejludov, tendiéndole la mano.
- Sí, mi ocupación de otros tiempos - respondió ella con una sonrisa -
. Y hay una suciedad tal que parece
inconcebible. Ya hemos limpiado y requetelimpiado... -Luego, dirigiéndose a Simonson -
: Y la manta,
¿está ya seca?
- Casi - respondió Simonson lanzándole una mirada especial que extrañó a Nejludov.
- Entonces, voy a buscarla y llevaré las pellizas a secar. Los nuestros están todos por aquí -
dijo ella
a Nejludov señalándole la puerta más próxima y dirigiéndose por su parse hacia la más alejada.
Nejludov abrió y entró en una habitacioncita débilmente alumbrada por una lamparilla de hierro
colocada sobre un camastro. Hac
ía frío allí y se respiraba el polvo levantado por el barrido, y el olor a
humedad y a tabaco. La lámpara arrojaba una viva luz sobre lo que la rodeaba, pero las camas permane-
cían sumidas en la oscuridad, y sobre las paredes, las sombras bailaban indecisas.
Todo el grupo estaba reunido, excepto dos hombres encar
gados del aprovisionamiento, que habían
ido a buscar. Estaba allí la antigua conocida de Nejludov, Vera Efremovna, más delgada y más amarilla
que nunca, con sus grandes ojos pasmados, una vena sa
liente en el entrecejo, los cabellos cortos y
vestida con una camisola gris. Permanecía sentada ante un perió
dico abierto, sobre el cual había tabaco
desparramado, y, con movimientos convulsivos, iba llenando tubos de cigarrillos.
Estaba allí también una condenada política a la que Nejlu
dov veía con el mayor placer: Emilia
Rantseva, encargada del arreglo interior y que, en las condiciones más penosas, sabía dar a todo una
intimidad femenina llena de atractivo. Se sentaba cerca de la lámpara, con las mang
as arrezagadas, y con
sus bellas manos morenas enjugaba y colocaba con agilidad los va
sos y las tazas sobre el camastro,
donde había una toalla exten
dida a modo de mantel. Aquella joven no era bonita, pero su rostro
inteligente y dulce tenía la facultad
de transformarse en una sonrisa abierta y seductora. Con esa sonrisa
acogió a Nejludov.
- Ya creíamos que se había vuelto a Rusia - le dijo ella.
En un rincón apartado y oscuro estaba también María Pav
lovna, cuidándose de una niñita de
cabellos de un rubio muy claro que no dejaba de balbucear con su encantadora voz infantil.
- Ha hecho usted muy bien en venir. ¿Ha visto usted ya a Katucha? - preguntó a Nejludov -
. Mire la
invitada que tenemos - añadió, señalando a la niñita.
También estaba presente Anat
olii Kryltsov. Enflaquecido, pálido, calzado con botas de fieltro
endurecido, encorvado y tembloroso, se acurrucaba al filo de un camastro; metidas las manos en las
mangas de su pelliza, miraba a Nejludov con ojos febriles.
Este tenía la intención de acerc
ársele. Pero se apresuró primero a tenderle la mano a un hombre de
cabellos rojos e hirsutos, con gafas y vestido con una chaqueta de hule. Era el famoso revolucionario
Novodvorov, quien, a la derecha de la puerta, rebuscaba en un saco, sin dejar de hablar
con la bonita y
sonriente Grabetz. Nejludov se había apresurado a saludarlo porque, de todos los condenados políticos
de aquella sección, era el único que le resultaba antipático. Novodvorov, por encima de sus gafas, le
lanzó una mirada con sus azules ojos y, frunciendo las cejas, le tendió su estrecha mano.
- ¿Qué, sigue usted viajando agradablemente? - le preguntó con tono de burla.
- Sí, hay muchas cosas interesantes - replicó Nejludov, fin
giendo no haber notado la ironía y
dirigiéndose hacia Kryltsov.
Aunque Nejludov se mostrase indiferente a aquellas pala
bras, en realidad la intención de
Novodvorod de serle desa
gradable no dejaba de turbar la buena disposición en que se encontraba. Y se
sintió como entristecido.
- Bueno, ¿cómo va esa salud? - preguntó a Kryltsov estrechándole su mano fría y temblorosa.
- Vamos tirando. Pero no consigo calentarme; me he riojado -
respondió Kryltsov volviendo a meter
vivamente la mano en la manga de su pelliza -. Y aquí hace un frío de perros. Los cristales están rotos. -
Indicó en la ventana dos agujeros que se abrían tras la reja de hierro-
. ¿Cómo es que no ha venido usted
antes?
-No me lo permitían: severidad de los jefes. Solamente hoy he podido encontrar a un oficial amable.
- Sí, sí, amable... ¡Que se cree uste
d eso! Pregúntele a María Pavlovna lo que ha hecho esta mañana
el tal oficial.
María contó desde el principio la escena de por la mañana, a la partida del convoy.
- A mi juicio, habría que dirigir una protesta colectiva -dijo con voz resuelta Vera Efremovn
a, no
sin mirar con vacilación y como con espanto, ora a uno, ora a otro de sus compañeros -
. Vladimir
Simonson lo ha hecho, pero eso no basta.
- ¿Otra protesta más? - dijo Kryltsov con tono de malhumor.
Por lo visto, la afectación y el nerviosismo de Vera Efre
movna lo irritaban desde hacía ya algún
tiempo.
- ¿Busca usted a Katucha? - preguntó él a Nejludov -
. No hace más que trabajar. Ha limpiado ya
esta celda de los hombres, y ahora está en la de las mujeres; pero por más que haga, no podrá barrer las
pulgas que nos devoran. ¿Y María Pavlovna, qué hace tan alejada? -
preguntó, señalando con la cabeza
el rincón donde se encontraba la muchacha.
- Está peinando a su hija adoptiva - respondió Rantseva.
- ¿No nos va a llenar a todos de piojos? - preguntó Kryltsov.
- No, no, lo estoy haciendo con cuidado. Ahora está muy limpita -
dijo María Pavlovna. Y,
dirigiéndose a Rantseva -. Tenla tú. Yo iré a ayudar a Katucha. Al mismo tiempo traeré la manta.
Rantseva cogió a la niña y, con ternura maternal, apretando lo
s gordezuelos y desnudos bracitos de
la pequeña, se la colocó en las rodillas y le dio un terrón de azúcar.
María Pavlovna salió a inmediatamente después entraron dos hombres trayendo las provisiones y el
agua caliente.
XII
Uno de ellos era un jovencit
o bajo y delgado, con pelliza de piel de carnero y botas altas. Avanzaba
con paso ligero y rápido, portando dos grandes teteras llenas de agua humeante y sujetando bajo el brazo
un pan envuelto en una servilleta.
- ¡Vaya, he aquí de vuelta a nuestro príncipe! - dijo co
locando las teteras en medio de las tazas y
entregando el pan a Rantseva -. ¡Cuántas cosas buenas hemos comprado! - aña
dió, quitándose la pelliza,
que lanzó luego sobre una cama, por encima de las cabezas -. Markel ha comprado leche y huevos
: es un
verdadero banquete, Y aquí tenemos a Rantseva, que sabe arreglarlo todo con limpieza y con estética -
dijo, mirando a aquella mujer con una sonrisa llena de simpatía -. Vamos, ya se puede hacer el té.
Todo en aquel hombre: su aspecto exterior, sus movimien
tos, el timbre de su voz, su mirada,
respiraba vigor y alegría.
Su compañero, también de baja estatura, huesudo, de pómu
los salientes en su rostro hinchado y gris,
con bonitos ojos verdosos, separados de la nariz, y labios delgados, tenía por el
contrario un aire
taciturno y melancólico. Vestido con un viejo abrigo enguatado, puestas las polainas por encima de las
botas, traía dos jarros, dos barrilitos y una cesta. Después de haber depositado su carga delante de
Rantseva, saludó con la cabeza a
Nejludov sin quitarle los ojos de encima. Luego, habiéndole tendido
negligentemente la mano, se puso con lentitud a retirar las provisiones de la cesta.
Estos dos presos políticos: el primero, el campesino Naba
tov, y el segundo, el obrero Markel
Kondrati
ev, eran gente del pueblo. Markel tenía ya treinta y cinco años cuando se afilió al partido
«populista»; Nabatov, por su parte, lo había hecho a los dieciocho años. Gracias a sus dotes poco
ordinarias, este último había podido pasar de la escuela primaria al colegio su
perior y dar clases para
cubrir sus necesidades; había abandona
do el colegio con una medalla de oro y no había proseguido sus
estudios en la universidad porque desde los diecisiete años ha
bía resuelto regresar al seno del pueblo de
donde ha
bía salido e instruir a sus desgraciados compañeros. Y así lo hizo. Primero escribiente en un
gran pueblo, lo habían detenido pronto por haber leído ciertos libros a los campesinos y organizado entre
ellos sociedades de producción y consumo. Aquella primer
a vez había pasado ocho meses en la cárcel;
luego lo habían soltado, pero manteniéndolo bajo la vigilancia secreta de la policía.
Nada más ser puesto en libertad, partió para otro pueblo que no pertenecía a la misma provincia.
Instalado allí como maestro de escuela, había continuado su obra. Volvieron a de
tenerlo y a meterlo en
la cárcel, esta vez durante catorce me ses. Aquello no había servido más que para afianzar sus con-
vicciones.
Después de aquel segundo encarcelamiento lo deportaron al gobierno de P
erm, de donde se evadió.
Lo cogieron de nuevo y lo tuvieron siete meses en la cárcel, y luego lo deportaron al gobierno de
Arkangel. De allí se evadió por segunda vez, y, detenido nuevamente, lo condenaron a la deportación en
el territorio de Yakutsk, de forma que había pasado la mitad de su vida como preso o como deportado.
Lejos de agriarlo o de debilitar su energia, todas estas peri
pecias no habían hecho sino estimulársela
más. Era un hombre activo, de estómago sólido, siempre en movimiento, alegre y v
igoroso. Nunca
lamentaba nada, apenas se preocupaba del por
venir, y usaba todas las fuerzas de su inteligencia y de su
habilidad práctica para obrar en el presente. Cuando estaba en liber
tad, trabajaba con vistas al fin que se
había propuesto: la ins tr
ucción y la unión de los obreros, principalmente los de origen campesino;
privado de su libertad, no por ello dejaba de obrar de modo enérgico y práctico para conservar relaciones
con el mundo exterior y organizar la vida lo mejor posible en las condicione
s existentes, y no sólo para
él, sino también para su grupo.
Comunista ante todo, parecía no tener necesidad de nada y con cualquier cosa le bastaba; mas, para
su comunidad, para sus camaradas, exigía mucho y podía trabajar en una labor física o intelectua
l
ininterrumpidamente, hasta el punto de olvidarse de dormir y comer. Verdadero campesino, era
laborioso, precavido, hábil en el trabajo, sobrio, amable sin esfuerzo, aten
to no sólo a los sentimientos,
sino a la opinión de los demás. Su vieja madre, una
campesina analfabeta, supersticiosa, vivía aún;
Nabatov acudía a ayudarla y la visitaba cuando estaba en liber
tad. Durante su estancia en casa de ella,
entraba en todos los detalles de su vida, la secundaba en los trabajos campestres, no rompía sus
relaciones con sus antiguos camaradas, jóvenes mujiks: fumaba con ellos el tutun
(Tabaco en hojas, de
calidad inferior, utilizado por el pue blo. -
N. del T. ) en una «pata de perro» (Especie de pipa
confeccionada con papel grueso en la que fuman los mujiks y los obreros. -
N. del A.), discutía con ellos
y les explicaba cuán engañados estaban y cómo debían librarse de la mentira en que se les mantenía.
Cuando pensaba en lo que daría la revolución al pueblo y habla
ba de ello, se imaginaba el nuevo estado
de aquel pueblo del que había salido y que conservaría casi todas las antiguas con
diciones de vida,
añadiendo solamente la posesión de la tierra, de la que excluiría a los propietarios y funcionarios. A su
juicio, la revolución no debía cambiar las formas primit
ivas de la vida popular (sobre este punto no
estaba de acuerdo con Novodvorov y el partidario de éste, Markel Kondratiev); la revolución, según él,
no debía demoler todo el edificio, sino simplemente disponer de otra manera los locales de ese viejo
edificio, que él juzgaba excelente, sólido y amplio, y que amaba con ardor.
Desde el punto de vista religioso, presentaba igualmente el tipo del campesino; le tenían sin cuidado
las cuestiones metafísicas: la causa inicial y la vida extraterrestre. Dios era para
él, como para Laplace,
una hipótesis de la que hasta ahora no había sentido necesidad. Se cuidaba poco del modo como haya
comen
zado el mundo: según Moisés o según Darwin, y el darwinismo. que tenía tan gran importancia a
los ojos de sus camaradas, él lo
consideraba una diversión intelectual, una fantasía del mismo género
que la creación en seis días. La cuestión del origen del mundo no le preocupaba, precisamente porque se
borraba delante de la pregunta que se planteaba sobre cómo instalarse lo mejor posible en ese mundo.
Apenas pensaba tampoco en la vida futura, pero guardaba en el fondo del alma la convicción firme
y serena, legada por sus antepasados y común a todos los trabajadores, de que en el mundo animal y en
el mundo vegetal nada se anula, sino
que se cambia indefinidamente de una forma en otra: el abono, en
grano; el grano, en gallina; el renacuajo, en rana; la oruga, en mariposa; la bellota, en roble; lo mismo el
hombre, estimaba él, no desaparece y no hace más que cambiar. Creía en eso firmem
ente y por ello
miraba siempre sin miedo, incluso con buen humor, la muerte cara a cara y soportaba los sufrimientos
que conducen a ella, pero ni queriendo ni sabiendo hablar de eso. Le gustaba trabajar, se absorbía sin
pausa en alguna ocupación práctica y empujaba por esta vía a sus camaradas.
Markel Kondratiev, el otro preso político del partido «popu
lista», era de un temple diferente. A la
edad de quince años, tra
bajando en la fábrica, había comenzado a fumar y a beber para ahogar en él una
vaga concie
ncia de la humillación que le había sido impuesta. Experimentó por primera vez aquel
sentimiento un día de Navidad en que habían llevado a los niños a la fiesta del árbol, organizada por la
mujer del fabricante; como todos sus camaradas, había recibido una flauta de un copec, una man
zana,
una nuez dorada y un higo, en tanto que a los hijos del patrón les habían dado juguetes que le parecían
regalos de un cuento de hadas y que posteriormente supo que habían costado más de cincuenta rublos.
Tenía cerca de treinta años cuando una muchacha; revolu
cionaria inveterada, entró como obrera en
la fábrica; al notar las dotes de Kondratiev, le dio a leer libros y folletos, le ex
plicó su situación, las
causas de esta situación y los medios de mejorarla. Él vio claram
ente la posibilidad de liberarse, así
como de liberar a los demás, del estado de opresión en que se encontraba y cuya injusticia le parecía aún
más cruel y más aterradora que antes. Deseó no solamente la liberación, sino también el castigo de
quienes han e
stablecido y mantienen esta cruel injusticia. Le enseñaron que la ciencia proporciona este
medio, y Kondratiev se dedicó con ardor al estudio. No com
prendía claramente, es verdad, cómo el ideal
socialista podría realizarse por la ciencia; pero creía que l
a ciencia, lo mismo que le revelaba lo injusto
de su situación, podría remediar esta injusticia. Además, en su propia opinión, la instrucción lo ele
vaba
por encima de los demás hombres. Así, pues, dejó de beber y de fumar, y, al pasar a ser encargado del
almacén, por consiguiente con más tiempo libre, dedicó todos sus ocios al estudio.
La revolucionaria que lo instruía estaba impresionada por la facilidad asombrosa con que él
absorbía insaciablemente todos los conocimientos. En dos años aprendió álgebra, geome
tría, historia,
que le gustaba de modo muy especial, y leyó la mayor parte de las novelas clásicas y de los libros de
crítica, sobre todo las obras socialistas.
Detuvieron a la joven, y con ella a Kondratiev, por tenencia de obras prohibidas; los m
etieron en la
cárcel y los deportaron al gobierno de Vologda. Allí, Kondratiev entabló conoci
miento con Novodvorod,
leyó una gran cantidad de otros li
bros revolucionarios, de los cuales retuvo la mayor parte de su
contenido, y se afianzó más en sus convicciones socialistas. Des
pués de su deportación organizó una
gran huelga obrera que terminó con el saqueo de la fábrica y el asesinato del director; lo detuvieron de
nuevo y de nuevo lo condenaron a la pérdida de sus derechos civiles y a un nuevo período
de
deportación.
En materia religiosa, era tan intransigente como cuando se trataba de la organización de la sociedad
actual. Habiendo com
prendido la falta de sentido de la fe en la que se había criado y habiéndose liberado
de ella, primero con temor, lueg
o con alegría, se vengaba, por así decirlo, de la mentira en la que los
habían mantenido a él y a sus antepasados, y no dejaba de burlarse con rencor de los popes y de los
dogmas religiosos.
Ascético por costumbre, satisfecho con poca cosa, tenía, como tod
os los hombres ejercitados en el
trabajo, bien desarro
llados los músculos; podía fácilmente y durante mucho tiempo, diestramente
también, entregarse a cualquier labor física, pero apreciaba sobre todo los ratos de ocio que le permitían,
bien en la cárcel, bien durante los altos del convoy, perfeccionar su instrucción.
Estaba estudiando ahora el primer volumen de El capital, de Karl Marx, y conservaba ese libro tan
celosamente como si fuera una reliquia. Para con todos sus camaradas mantenía una actitud res
ervada,
incluso indiferente, excepto con Novodvorod, del cual era muy devoto y del que aceptaba, no importa
sobre qué cuestión, su juicio como algo infalible a insustituible.
En cuanto a las mujeres, las consideraba como un obstáculo a cualquier obra útil
y no sentía por
ellas más que desprecio. Sin embargo, sentía lástima de Maslova y se mostraba afectuo
so con ella,
porqúe veía en aquella mujer un ejemplo de la explotación de la clase inferior por la clase superior. Por
este mismo motivo no apreciaba a N
ejludov, le hablaba poco y no le estrechaba la mano, limitándose a
dejarse estrechar la suya cuando Nejludov lo saludaba.
XIII
La leña se había consumido y había calentado la estufa; el té estaba hecho, servido en los vasos y en
las tazas, y luego, blanqueado con leche; después salieron los pa
necillos, el pan fresco de trigo, los
huevos duros, la mantequi
lla y cabeza y patas de ternera. Todos se acercaron a la cama que hacía veces
de mesa y se pusieron a beber, a comer y a charlar. Rantseva se había s
entado en una caja y servía el té.
Alrededor de ella se agruparon todos los demás, a excepción de Kryltsov, quien se había quitado su
pelliza mojada para envolverse en una manta seca traída por María Pavlovna y que, acostado, charlaba
con Nejludov.
Después
de la humedad y el frio sufridos durante la marcha; después del fango y del desorden que
habían encontrado allí; después de haber comido y bebido té caliente, todo el mundo experimentaba una
feliz predisposición a la alegría y una agradable sensación de bienestar. Los pasos, los gritos y los jura-
mentos de los presos comunes que se oían detrás del muro y que les recordaban a cada instante lo que
ocurría alrededor de ellos, hacían resaltar aún más la sensación de su intimidad. Como sobre un islote en
alta
mar, aquellas personas se sentían, por un instante, al abrigo de las olas de humillaciones y de
sufrimientos que hervían en torno de ellos, y, por consiguiente, se en
contraban en un estado de
animación, de elevación de espíritu. Hablaban de todo, except
o de su situación y de lo que les
aguardaba. Además, como ocurre siempre entre hombres y mujeres jóvenes, en particular cuando están
reunidos a la fuerza, entre ellos se habían formado simpatías y antipatías.
Casi todos estaban enamorados: Novodvorod lo estaba de la bonita y sonriente Grabetz, joven
estudiante que no profundi
zaba en nada, ni en política ni en ninguna otra cosa. Habia seguido la
corriente de la época, se había comprometido no se sabe en qué asunto y la habían condenado a la
deportación. Lo mismo que en libertad, el principal interés de su vida estri
baba en agradar a los
hombres: ese interés lo había tenido tanto durante los interrogatorios como en la cárcel y durante el
trayecto. En aquel momento experimentaba un consuelo por la inclinació
n de Novodvorov hacia ella, y
ella misma se ha
bía enamoriscado de él. Vera Efremovna, muy inflamable, pero desgraciadamente poco
apta para inspirar amor, no perdia sin embargo las esperanzas: ora se prendaba de Nabatov, ora de
Novodvorod. Kryltsov sentía
igualmente una secreta inclinación por María Pavlovna: la amaba como los
hombres aman a las mujeres, pero, sabiendo las ideas de la joven sobre el amor, le ocultaba sus
sentimientos bajo la apariencia de amistad y gratitud por los cuidados especialmente t
iernos que recibía
de ella.
Nabatov y Rantseva tenían relaciones amorosas muy com
plicadas. Lo mismo que María Pavlovna
era una joven abso
lutamente casta, Rantseva igualmente era una mujer casada absolutamente casta. A
los dieciséis años, estando aún en e
l liceo, había amado a Rantsev, estudiante de la universidad de San
Petersburgo; a los diecinueve años se había casado con él antes de que él hubiese terminado sus
estudios. Estando en cuarto curso, su marido se había mezclado en una revuelta de la univer
sidad; le fue
prohibida la estancia en San Petersburgo y se hizo revolucionario. Para acompañarlo, ella tuvo entonces
que abandonar los estudios de medicina que estaba cursando, y, a ejemplo de su marido, se hizo
revolucionaria. Si su marido no hubiese sid
o para ella el mejor y el más inteligente de todos los
hombres, no se habría enamorado de él y no se habría casado con él. Pero como lo amó y se casó con él,
había considerado con toda naturalidad que el objeto de su vida tenía que ser el mismo que el obje
to del
mejor y más inteligente de los hom
bres. Ahora bien, viendo su marido en el estudio el objetivo de la
vida, también ella lo vio así. Habiéndose hecho él revolucio
nario, ella tenía que hacer igual. Podía luego,
de una manera perfecta, demostrar que
las cóndiciones de la sociedad actual son detestables, que el
deber de todos los hombres es luchar para tratar de modificarlas y establecer el régimen político y eco-
nómico gracias al cual el ser pensante podría seguir un camino fibre..., etcétera, etcéter
a. Y le parecía
que pensaba y sentía realmente lo que decía; en realidad, pensaba solamente que las ideas de su marido
eran la verdad misma, y ella no buscaba más que una cosa: una completa comunión de almas entre ella y
su marido, que era lo único que le daba una satisfacción moral.
Le había resultado penoso separarse de él y de su hijo, con
fiado a la custodia de la abuela. Pero
sufría esta prueba con calma y firmeza, sabiendo que lo hacía por su marido y por una causa
indudablemente justa, puesto que era
la causa a la que él servía. Siempre estuvo con él con el
pensamiento, y, no ha
biendo amado nunca antes a nadie, no podía ahora amar a otra persona que no
fuese él. Sin embargo, el amor puro y abnegado de Nabatov la impresionaba y la conmovía. Él, hombr
e
de moralidad y de firmeza, amigo de su marido, se esforzaba en tratarla como a una hermana; pero en
sus relaciones comu
nes se deslizaba algo más, y ese «más» los espantaba a los dos, al mismo tiempo que
llenaba de sol las tristezas de su vida en aquellas citcunstancias.
Así, en aquel grupo, los únicos libres de todo amorío eran María Pavlovna y Kondratiev.
XIV
Esperando que podría hablar a solas con Katucha, como lo hacía de ordinario después del té y de la
cena en común, Nejludov se había sentado ce
rca de Kryltsov y charlaba con él. Le habló, entre otras
cosas, de la confidencia que le había hecho Makar al contarle la historia de su crimen. Kryltsov
escuchaba atentamente, su mirada febril clavada en su interlocutor.
-- dijo -, un pensamiento me p
reocupa a menudo: he aquí que caminamos al lado de ellos, al lado
de estos mismos hombres por los cuales lo hemos sacrificado todo. Y sin em
bargo, no solamente no los
conocemos, sino que ni siquiera queremos conocerlos. Por parte de ellos es peor aún: nos
odian, nos
consideran como a enemigos. Y esto es espantoso.
- No hay en eso nada de espantoso - dijo Novodvorod, que había escuchado la conversación -
. Las
masas no respetan más que el poder - añadió con su sonora voz -. Hoy, el poder es el gobierno, y po
r eso
ellas lo respetan y nos odian; maña
na estaremos nosotros en el poder y será a nosotros a quienes
respetarán.
En el mismo instante se oyeron detrás del tabique jura
mentos, el empujón de gente que chocaba
contra el muro, un ruido de cadenas, gritos agudos. Golpeaban a alguien y este al
guien gritaba pidiendo
socorro.
- ¡He ahí a las bestias feroces! ¿Qué relaciones podemos nosotros tener con ellos? -
dijo
Novodvorod con tono tranquilo.
- ¿Bestias feroces, dices? ¿Y la acción que me contaba hace un momento Nejludov? -dijo Kryltsov
con tono irritado, repitiendo cómo, con peligro de su vida, Makar había querido salvar a uno de sus
paisanos-. Eso no es bestialidad, sino una hazaña.
- Sentimentalismo - replicó Novodvorod con ironia -. Nos es difícil compre
nder los impulsos de
esos hombres y los motivos de sus actos. Tú ves generosidad donde tal vez no hay más que envidia hacia
el otro forzado.
- ¿Por qué quieres negar todo buen sentimiento en los demás? -
preguntó Pavlovna, acalorándose
repentinamente.
Ella tuteaba a todos sus compañeros.
- No puedo ver lo que no existe.
- ¿Cómo? ¿Es que no existe eso? ¿No se arriesga ese hombre a sufrir una muerte horrible?
- En mi opinión - dijo Novodvorod -, cuando queremos cumplir nuestra obra, la primera condición
es desterrar las quimeras y ver las cosas tal como son. -
Kondratiev había soltado el libro que leía, para
escuchar atentamente a su maestro -
. Es preciso hacer todo por las masas populares y no esperar nada de
ellas. Esas masas son el objeto de nuestra acti
vidad, pero no pueden colaborar con nosotros mientras
permanezcan inertes como están ahora - continuó, como si estuviera dando una conferencia -
. Por eso es
completamente ilusorio contar con su colaboración mientras no esté acabado el proceso de desarroll
o de
esas masas, proceso en la realización del cual trabajamos.
- ¿Qué proceso de desarrollo? - preguntó Kryltsov animándose de improviso -
. Afirmamos estar
contra el despotismo, ¿y no hacemos use nosotros mismos de un despotismo igualmente espantoso?
- No veo en eso ningún despotismo - respondió Novodvorod, siempre tranquilo -
. Digo solamente
que conozco la vía que debe seguir el pueblo y que puedo indicársela.
- Pero, ¿cómo sabes tú que la vía indicada por ti es la verdadera? ¿No es ése el despotismo
que
engendró tanto la Inquisición como las matanzas de la Revolución francesa? Y sin em
bargo, ésta
declaraba también que conocía científicamente la vía única y verdadera.
- El hecho de esos errores no prueba que yo esté en un error. Y además, nada más l
ejos que los
sueños de los ideólogos de las conclusiones de la ciencia económica.
La voz de Novodvorod llenaba toda la celda. Hablaba solo y los demás guardaban silencio.
- Discuten siempre - dijo María Pavlovna cuando también Novodvorod se calló.
- ¿Y usted qué piensa de eso? - preguntó Nejludov a María Pavlovna.
- Yo creo que Anatolii tiene razón y que es imposible imponer nuestros puntos de vista al pueblo.
- ¿Y usted, Katucha? - preguntó Nejludov con una sonrisa y un vago temor de que ella dijera lo q
ue
no convenía decir.
- Yo creo que el pobre pueblo está aplastado - dijo ella ruborizándose -
. Está demasiado aplastado el
pobre pueblo.
- ¡Exacto, Mijailovna! - exclamó Nabatov -. Aplastan ru
damente al pueblo. Y no es justo que ocurra
así. ¡En eso consiste nuestra obra!
- Una extraña idea de nuestra misión revolucionaria -
dijo malhumorado Novodvorod, quien se puso
a fumar en silencio.
- ¡Me es imposible hablar con él! -dijo Kryltsov en voz baja. Y se calló.
- Y vale más no discutir - comentó Nejludov.
XV
Aunque Novodvorod fuese apreciado por todos los revo
lucionarios, aunque fuese muy sabio y lo
considerasen muy inteligente, Nejludov lo colocaba entre los hom
bres de su partido que, estando desde
el punto de vista moral por debajo del término medio,
descienden incluso más bajo. Grande era su
potencia intelectual, su numerador; pero la opinión que tenía de sí mismo, su denominador, era infinita-
mente mayor y desde hacía mucho tiempo había sobrepasado sus fuerzas intelectuales.
Era un hombre de un carácter moral completamente opues
to al de Simonson. Este último era de
esos temperamentos más bien masculinos en los que las acciones están, determinadas por la actividad
del pensamiento. Novodvorod, por su parte, pertenecía a los temperamentos más bien femen
inos, en los
que la actividad intelectual está dirigida en parte hacia la reali
zación del objetivo propuesto por el
sentimiento y en parte hacia la justificación de los actos provocados por el sentimiento.
Toda la actividad de Novodvorod, aunque él no supiera pre
sentarla con elocuencia ni apoyarla con
argumentos convincentes, se le aparecía a Nejludov como basada sólo en la vanidad y en el deseo de
predominar. Al principio, en el período de sus estudios, había asimilado, gracias a sus facultades, los
pensamientos de otros y, al repetirlos fielmente, había destacado en
tre los profesores y los estudiantes en
aquellos sitios donde esas facultades eran muy apreciadas: en el colegio, en la universidad y en el
doctorado. Pero cuando recibió su diploma y termi
nó sus estudios, este dominio desapareció, según supo
Nejludov por boca de Kryltsov, quien no le tenía simpatía a Novodvorod.
Para seguir descollando en un nuevo ambiente, había mo
dificado por completo sus ideas, y, de
evolucionista, se había convertido e
n «rojo». Gracias a la ausencia, en su carácter, de las cualidades
morales y estéticas que hacen nacer dudas y vacilaciones, pronto adquirió la situación de jefe de partido,
que satisfacía ampliamente a su amor propio. Una vez escogida su tendencia, no va
cilaba ya, y de ahí su
seguridad de no equivocarse nunca. Todo le parecía extraordinariamente simple, claro y cierto. Y, con
su estrechez de miras, todo debía en efecto ser muy simple, muy claro y, según su expresión, no le
quedaba más sino ser lógico. Tan firme era su seguridad, que necesi
taba o rechazar a los hombres o
dominarlos. Y evolucionando su actividad en un medio de gentes muy jóvenes, que tomaban su
inconmensurable seguridad por profundidad y sabiduría, la mayoría se sometía a su ascendiente, y
de ahí
su autoridad.
Su actividad consistía en preparar la revolución que le daría el poder y permitiría establecer una
Asamblea Constituyente. Debía someter a esta asamblea su programa, y estaba absoluta
mente
convencido de que este programa resolvía todas las cuestiones y que forzosamente había que realizarlo.
Sus camaradas lo estimaban por su audacia y su resolución, pero no lo querían. Por su parte, él no
quería a nadie; trataba como rivales a todos los hombres que destacaban de lo corriente y, si hu
biera
podido, habría obrado hacia ellos como el viejo mono macho trata a los jóvenes. Habría arrancado a esos
hom
bres toda su inteligencia, y todas sus aptitudes, a fin de que no pudiesen estorbar la manifestación de
sus propias facultades; no trataba bie
n más que a aquellos que se inclinaban ante él. Así obraba ahora
con Kondratiev y con Vera Efremovna y con la bonita Grabetz, las dos enamoradas de él. Aunque en
principio fuera partidario de la emancipación de la mujer, en el fondo las consideraba a todas
tontas a
insignificantes, excepto aquellas de las que, a menudo, se enamoraba sentimentalmen
te, como ahora de
Grabetz; las consideraba entonces como mu
jeres superiores de las que únicamente él sabía apreciar las
cualidades.
Lo mismo que todos los problemas, el de las relaciones en
tre los sexos se le aparecía como muy
simple, muy claro y perfectamente resuelto por el reconocimiento del amor libre.
Tenía una mujer ficticia y otra verdadera; de ésta se había separado después de haber adquirido la
convicción de que en
tre ella y él no existía amor real; y ahora se proponía entrar en una nueva unión
libre con Grabetz (Entre la gente joven rusa de ideas avanzadas estaba extendida por aquellos años la
costumbre de casarse ficticiamente, que era la expresión em
pleada, con una muchacha joven con el
único objeto de substraerla a la autoridad de su familia y permitirle así que se dedicara a la actividad por
ella elegida. No era en modo alguno la mujer efectiva de su marido, y cada uno de ellos podía, por su
parte,
entrar seguidamente en «unión libre» con un compañero o compañera elegidos, esta vez en
realidad. - N. del T. ).
Desdeñaba a Nejludov porque, según su expresión, éste «ha
cía teatro» con Maslova, y sobre todo
porque se permitía discernir no solamente punt
o por punto, como él, Novodvorod, los defectos de la
organización de la sociedad actual y los medios de modificarla, sino también porque lo hacía
completamente a su manera, a la manera «principesca», es decir, tonta. Nejludov conocía muy bien esta
opinión profesada por Novodvorod res
pecto a él y, a pesar de las excelentes disposiciones que lo
animaban durante todo aquel viaje, le pagaba con la misma moneda: no podía, con gran pena por su
parte, dominar su fuerte antipatía hacia aquel hombre.
XVI
Las vo
ces de las autoridades se dejaron oír en la celda contigua. Todos guardaron silencio a
inmediatamente después entró el vigilante jefe seguido de dos soldados. Era retreta. El suboficial contó a
los presos, señalando a cada uno con el dedo. Cuando llegó delante de Nejludov, le dijo familiarmente:
- Ahora, príncipe, ya no puede quedarse usted después de la retreta. Va a tener que marcharse.
Nejludov, sabiendo lo que aquello significaba, se acercó a él y le deslizó en la mano tres rublos que
tenía preparados.
-Bueno, no hay modo de discutir con usted; quédese todavía un poco.
El suboficial iba a salir cuando entró otro suboficial segui
do por un preso alto y delgado, de barba
rala, con un ojo hinchado.
- Vengo a ver a mi niña - dijo el preso.
- ¡Oh, ha venido papá! - gritó de pronto una sonora vo
cecita. Y una cabeza rubia se asomó detrás de
Rantseva, quien, ayudada por María Pav1ovna y Katucha, confeccionaba de una de sus faldas un nuevo
vestido para la niña.
- ¡Soy yo, hijita, soy yo! -dijo Buzovkin con ternura.
- La niña está bien aquí -
dijo María Pavlovna mirando con compasión el amoratado rostro del
preso.
- Las barinias me están haciendo un vestido -
dijo la niña, mostrando a su padre el trabajo de
Rantseva -, un vestido lindo, precioso.
- ¿Quieres acostarte con nosotras? - preguntó Rantseva acariciando a la niña.
- Sí. ¿Papá también?
Uná sonrisa iluminó el rostro de Rantseva.
- Papá. no pùede - dijo -. Entonces, nos la deja usted, ¿verdad? - preguntó ella al padre.
- Vamos, déjela - dijo el suboficial parado a la puerta; luego salió con su colega.
En cuanto los soldados se hubieron marchado, Nabatov se acercó a Buzovkin y le preguntó,
tocándole en el hombro:
- Bueno, hermano, ¿es verdad que Karamanov quiere cambiar con otro?
El rostro amable y bonachón de Buzovkin se puso sombrío inmediatamente y sus ojos se velaron.
- No hemos oído decir nada. No es probable. - Y, siempre con la misma mirada huidiza, añadió -
:
Bueno, hijita, quédate aquí con las barinias. -Y se apresuró a salir.
- Está enterado de todo, y es verdad que han hecho el cambio - dijo Nabatov -
. ¿Qué va usted a
hacer, pues?
-Cuando lleguemos a la ciudad informaré a la autoridad superior. Conozco a los dos de vista -
respondió Nejludov.
Todos se callaban, con el deseo evidente de no abrir de nuevo la discusión.
Simonson, quien durante todo aquel tiempo había estado silencioso, tendido en el rincón de una
cama, con las manos tras la cabeza, se incorporó con decisión y, abriéndose paso a través de sus
compañeros, se acercó a Nejludov.
- ¿Puede usted atenderme ahora?
- Desde luego - respondió Nejludov, quien se levantó para seguirlo.
Dirigiendo los ojos a Nejludov y encontrando su mirada, Ka
tucha enrojeció y agachó la cabeza con
aire perplejo.
Simonson salió con Nejludov al corredor. Los ruidos y
las explosiones de voces de los presos
comunes se dejaban oír sin más. Nejludov hizo una mueca, pero Simonson no pareció tur
barse lo más
mínimo.
- He aquí de qué se trata - empezó este último, mirando con sus bondadosos ojos, con atención y
bien de frente, el rostro de Nejludov-. Conociendo sus relaciones con Catalina Mijai
lovna, considero que
es mi deber...
Pero tuvo que interrumpirse, porque a la puerta misma del corredor dos voces gritaban a la vez:
- ¡Te digo, imbécil, que no es mío! - gritaba una vo z.
- ¡Ahórcate con él, miserable! - respondía el otro.
María Pavlovna salió en aquel momento al corredor.
- Pero es imposible hablar aquí- indicó ella -. Pasad a esa celda; no está más que Vera.
Los precedió, entró por una puerta vecina a una estrecha celd
a, evidentemente pensada para un solo
preso y por el mo
mento asignada a los condenados políticos. En la cama, con la cabeza tapada, estaba
tendida Vera Efremovna.
-Tiene jaqueca; duerme y no oye nada. Yo os dejo.
- Al contrario, quédate - dijo Simonson -. No tengo secretos para nadie y muchísimo menos para ti.
-Está bien -
dijo Maria Pavlovna; y, con un movimiento de caderas típico de los niños, balanceando
su cuerpo a derecha a izquierda, se sentó en la cama y se dispuso a escuchar, la mirada de sus herm
osos
ojos de oveja perdida en el vacio.
-
Bueno, he aquí el asunto: conociendo las relaciones de usted con Catalina Mijailovna, creo mi
deber decirle cuáles son las mías.
- ¿Qué quiere decir eso? - preguntó Nejludov, admirando a pesar suyo la simplicidad
y la franqueza
con que le hablaba Simonson.
- Quiere decir que deseo casarme con Catalina Mijailovna...
- ¡Asombroso! - exclamó Maria Pavlovna, clavando su mirada en Simonson.
-...y he resuelto pedirle que sea mi mujer.
- Pero, ¿qué puedo hacer yo? Eso depende de ella - replicó Nejludov.
- Sí, pero ella no tomará ninguna resolución sin contar con usted.
- ¿Y por qué?
- Porque en tanto que no se aclare la cuestión de las rela
ciones entre ustedes, ella no tomará ninguna
decisión.
- Por mi parte, la cuest
ión está completamente resuelta. Yo quería hacer lo que considero mi deber
y, además, mejorar su situación; pero en ningún caso tengo el propósito de estor
bar su libertad de
acción.
- Pero ella no acepta que usted se sacrifique.
- No hay en eso ningún sacrificio.
- Y sé que la resolución que ella ha tomado es inquebrantable.
- Entonces, ¿para qué pedir mi parecer?
- Ella querría que usted lo reconociese también.
-
Pero, ¿cómo puedo reconocer que no debo hacer lo que considero un deber? Lo único que puedo
decirle a usted es que yo no soy libre y ella sí lo es.
Simonson permaneció pensativo algunos instantes.
- Está bien, se lo diré. Pero no crea usted que estoy enamorado de ella -prosiguió-
. La quiero como a
una bella y rara criatura que ha sufrido mucho.
No le pido nada; pero tengo unos deseos terribles de
acudir en su ayuda, de aliviar su sit...
Nejludov observó con sorpresa el temblor de la voz de Simonson.
- ...de aliviar su situación. Si ella no quiere aceptar su ayuda, ¡que acepte la mía! Si ella con
sintiera,
pediría ser depor
tado al mismo sitio donde la encarcelen. Cuatro años no es una eternidad. Viviré cerca
de ella y quizá pueda mejorar su suerte...
La emoción le obligó a detenerse de nuevo.
-Pero, ¿qué puedo decir yo?-preguntó Nejludov-. Me alegro de que ella haya encontrado un
protector como usted.
-
Es lo que yo quería saber. Quería saber si, amándola como usted la ama, deseándole todo el bien
posible, juzga usted nuestro casamiento como un bien para ella.
- ¡Oh, desde luego! -exclamó Nejludov con firmeza.
-
No se trata más que de ella. Todo lo que yo querria es que esa alma que tanto ha sufrido pudiera
reposar - dijo Si
monson mirando a Nejludov con una ternura infantil que no se habría podido esperar de
un hombre tan reservado.
Se levantó, agarró la mano de Nejludov, se inclinó hacia él y, con una sonrisa tímida, lo besó.
- Entonces, así se lo diré - concluyó, ya saliendo.
XVII
Ah, fíjese usted! - dijo María Pavlovna -
. ¡Enamorado, completamente enamorado! No lo habría
creído en mi vida. Vladimir Simonson enamoriscándose de una ma
nera tan tonta, tan pueril. Es
sorprendente, y se lo digo a usted con toda franqueza, eso me apena - dijo con un suspiro.
-Pero, ¿qué piensa usted de Katucha? ¿Cómo toma ella la cosa?
- ¿Ella? -Maria Pavlovna se d
etuvo, buscando sin duda una respuesta tan precisa como convincente
¿Ella? Mire usted, a pesar de su pasado, es una naturaleza de las más mo
rales... y sus sentimientos son
tan refinados... Ella lo quiere a usted con un cariño bueno, se siente dichosa pud
iendo hacerle un bien,
aunque sea un bien negativo: el de no ligarse usted a ella. En lo que la concierne, su casamiento con
usted sería una terrible caída, sería peor que todo lo que le ha pasado; por tanto no consentirá nunca. Y,
sin embargo, la presencia de usted la turba.
- Entonces, ¿debo desaparecer? - preguntó Nejludov.
María Pavlovna sonrió con su dulce sonrisa infantil.
- Sí, en cierta medida.
- ¿Qué quiere decir eso de desaparecer en cierta medida?
- No le he dicho a usted la verdad... Pero en fi
n, en lo que a ella se refiere, yo queria decirle a usted
que probablemen
te ella ve toda la insensatez del amor entusiasta de Simonson, aunque él no le haya
dicho todavía nada de eso, y se siente a la vez halagada y aterrada. Mire usted, yo no soy compete
nte en
estas cuestiones, pero me parece que, por parte de Simonson, lo que hay es un sentimiento humano muy
ordinario, por en
mascarado que esté. Él insiste en que su amor estimula sus energías y que es platónico.
Pero yo sé que si bien es un amor especial
, no deja de tener en el fondo una cosa sucia, como le pasa a
Novodvorod con Grabetz.
Arrastrada por su tema favorito, Maria Pavlovna se había desviado de la cuestión.
- Pero yo, ¿qué debo hacer? - preguntó Nejludov.
- Creo que usted debe hablarle. Siempre
vale más que la situación sea clara. Voy a llamarla, ¿quiere
usted?
- Se lo ruego.
María Pavlovna salió. Un sentimiento extraño invadió a Ne
jludov cuando se quedó solo en la
pequeña celda, escuchando la respiración apacible, entrecortada a veces por susp
iros, de Vera
Efremovna, así como el estrépito incesante producido por los forzados al otro lado de la puerta.
Las palabras de Simonson desligaban a Nejludov del compro
miso que había contraído y que, en los
momentos de debilidad, le parecía pesado y aterrador; sin embargo, aquel cambio le re
sultaba
desagradable, incluso penoso. En este sentimiento en
traba también la conciencia de que la propuesta de
Símonson destruía la superioridad de su acción, disminuía a sus ojos y a los de los demás el valor de su
s
acrificio: si un hombre, por lo demás, excelente, pero que no tenía ningún vínculo con ella, quería unir
su destino al de Katucha, el sacrificio por parte de él, de Nejludov, no era ya tan completo.
Quizá también había en él un simple sentimiento de celos:
estaba tan acostumbrado al amor de
Katucha hacia él, que no admitía la posibilidad de que ese amor se dirigiese a otro. Aque
llo arruinaba,
además, un proyecto formado desde hacia mucho tiempo: vivir cerca de ella mientras cumpliese su pena.
Si ella se ca
saba con Simonson, su presencia se haría inútil y tendría que combinar un nuevo plan de
vida.
Aún no había tenido tiempo de desmenuzar sus sentimien
tos cuando la puerta se abrió y entró el
barullo creciente que llegaba de las celdas de los forzados (había
aquel día entre ellos una agitación
especial), y Katucha penetró en la celda.
Se acercó a él con paso rápido.
- María Pav1ovna me ha enviado aquí - dijo, deteniéndose muy cerca.
-Si, tengo que hablarle. Pero siéntese. Vladimir Ivanovitch ha estado conversando conmigo.
Ella se sentó, colocó las manos sobre las rodillas, muy tran
quila en apariencia. Pero al oír el nombre
de Simonson se puso toda arrebolada.
- ¿Y qué le ha dicho? - preguntó.
- Me ha dicho que quería casarse con usted.
El rostro de Katucha se contrajo de pronto en una expre
sión de sufrimiento; pero bajó los ojos sin
decir nada.
-
Me ha pedido mi consentimiento o mi consejo. Le he contestado que todo dependía de usted y que
era usted la única que tenia que decidir.
- ¡Ah, qué locura! ¿Por qué, por qué? - exclamaba mi
rando a Nejludov a los ojos con aquella mirada
que bizqueaba de una forma muy especial y que a él lo dejaba siempre tan impresionado.
Durante algunos segundos permanecieron así, los ojos en los ojos; y, para los dos, aquella mirad
a
era elocuente.
- Es usted quien tiene que decidir - repitió Nejludov.
- ¿Qué he de decidir yo? - dijo ella -. ¡Todo está decidido hace ya mucho tiempo!
- No, es usted quien tiene que decir si acepta la proposición de Vladimir Ivanovitch.
- ¿Cómo pensar
en el casamiento, yo, una «forzada»? ¿Por qué habría además de estropear la vida de
Vladimir Ivanovitch? - dijo ella, poniéndose de pronto de humor tétrico.
- Sí, pero si la indultan...
- ¡Ah, déjeme! ¡No tenemos nada más que decirnos! Se levantó y salió.
XVIII
Cuando, en seguimiento de Katucha, Nejludov volvió a la celda de los hombres, reinaba allí una
cierta emoción. Nabatov, que husmeaba por doquier, observaba todo y entraba en relaciones con todo el
mundo, había traído una noticia que había deja
do estupefacta a la concurrencia: había encontrado en una
pared un billete escrito por el revolucio
nario Petline, condenado a trabajos forzados. Todo el mundo lo
creía desde hacía mucho tiempo en Kara, y he aquí que se enteraban de su reciente paso por es
te sitio
mismo, solo, en medio de un convoy de condenados de derecho común.
« 17 agosto - se leía en aquel billete -
. Me conducen a mí solo entre los presos comunes. Neverov
estaba conmigo, pero se ha ahorcado en Kazán, en el manicomio. Yo estoy bien, teng
o valor y espero
todo el bien que el porvenir nos reserva.»
Se discutía la situación de Petline y las causas del suicidio de Neverov. Kryltsov, con aire absorto,
permanecía mudo y miraba fijamente ante él con ojos febriles.
-Mi marido me dijo que Neverov ya tenía alucinaciones en la fortaleza de Pedro y Pablo -
comentó
Rantseva.
- Sí, un poeta, un fantasioso. Hombres así no saben soportar el aislamiento - dijo Novodvorod -
. Yo,
por ejemplo, cuando me dejaban incomunicado, ponía frenos a mi imaginación y d
ividía mi tiempo de la
manera más simétrica. Así, soportaba perfectamente todo.
-
¿Quién habla de soportar? Por lo que a mí se refiere, muy a menudo me he sentido sencillamente
feliz por estar en la cárcel - exclamó Nabatov con su voz enérgica y con la in
tención manifiesta de
disipar la sombría preocupación de sus compañeros -
. En libertad, siempre está temiendo uno algo: o que
lo cojan, o comprometer a los demás, o comprometer la causa. Una vez encerrado, se acaba la
responsabilidad. Se puede descansar. No hay más que estarse allí y fumar.
- ¿Tú lo conocías íntimamente? - preguntó María Pavlov
na, viendo con inquietud el rostro
repentinamente descompuesto de Kryltsov.
- ¡Neverov, un fantasioso! - dijo Kryltsov sofocándose de improviso como si hubiera est
ado mucho
tiempo gritando o cantando -
. Neverov era un hombre como la tierra produce pocos, como decía nuestro
portero. Sí, era un hombre de cristal cuya alma se transparentaba. No solamente no mintió nunca, sino
que nunca supo ni siquiera fingir; no sólo
su epidermis era fina, sino que era como los que se han
quemado, todos los nervios al descubierto. Sí, una naturaleza rica, compleja... Pero ¿de qué sirve
hablar...? - Se calló un instante-. Discutimos para saber qué conviene más - añadió con aire sombrío
e
irritado -
. Si es preciso primero instruir al pueblo y cambiar luego las condiciones de la existencia, o
empezar primeramente por cambiar éstas; luego nos preguntamos cómo luchar: ¿por la propaganda
pacífica o por el terror? Discutimos, sí... Pero ellos
, ellos no discuten, saben lo que se hacen. Les
importa poco que decenas y centenares de hombres tengan o no que ser sacrificados, ¡y qué hombres! Es
más, les hace falta precisa
mente que sean los mejores los sacrificados. Sí, Hertzen decía que cuando se
r
etiró de la circulación a los decembristas, se rebajó el nivel general de la sociedad. ¡Claro que se rebajó!
Luego retiraron de la circulación a Hertzen mismo y a sus com
pañeros. ¡Ahora les toca el turno a los
Neverovs!
- ¡No los destruirán a todos! - dijo Nabatov con voz viril -
. Siempre quedarán los suficientes para
hacer pequeños.
- No, no quedarán si tenemos lástima de los tiranos - dijo Kryltsov elevando la voz -
. Dame un
cigarrillo.
- Pero tú no estás.bien, Anatolii- dijo María Pavlovna-. Te lo ruego, no fumes.
- ¡Déjame en paz! - exclamó él con mal humor. Y encen
dió el cigarrillo; pero inmediatamente le dio
un ataque de tos y sintió como deseos de vomitar. Después de haber escupido, continuó -
: No, no hemos
hecho lo que hacía falta. Basta de discusiones: ¡todos unidos... y aniquilarlos!
- Pero ellos también son hombres - dijo Nejludov.
-
No, no son hombres. No son hombres quienes pueden hacer lo que ellos hacen. Se dice ahora que
acaban de inventar bombas y globos. Pues bien, montar en globo y espolv
orearlos con bombas como si
fueran chinches, hasta que todos revienten... Sí, porque... -
pero no acabó; todo enrojecido, tuvo un
ataque de tos más violento aún y le salió sangre por la boca.
Nabatov corrió a buscar nieve. Maria Pavlovna vertió en un vaso
unas gotas de tintura de valeriana
y se lo llevó a Kryltsov. Pero él, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, apartaba a la joven
con su mano delgada y blanca. Cuando la nieve y el agua fría lo hubieron calmado un poco, y lo acos-
taron para p
asar la noche, Nejludov se despidió y salió con el suboficial, que lo esperaba desde hacía
mucho tiempo.
Los presos comunes se habían callado y la mayor parte dormía. Aunque en las celdas había gente en
las camas, y debajo, y en los pasillos, los presos n
o habían podido acomodarse todos, y muchos se
habían tendido en el corredor, la cabeza sobre sus sacos y tapados con sus húmedos capotes.
Por la puerta de las celdas y en el corredor se oían ronqui
dos, suspiros, palabras pronunciadas en
sueños. únicamente no dormían, en la celda de los solteros, algunos hombres agrupa
dos alrededor de un
cabo de vela, apagada aprisa al acercarse el suboficial; y, en el corredor, cerca de una lámpara, un viejo
desnudo que quitaba piojos de su ropa. El aire hediondo del loca
l de los condenados políticos parecía
puro en comparación con la podredumbre sofocante que reinaba aquí. La humeante lámpara ardía como
en medio de una neblina y se respiraba con dificultad. Para pasar por el corredor sin pisar a algún dur-
miente hacía fal
ta antes buscar un sitio vacío donde poner el pie, y eso a cada paso. Tres hombres que no
habían podido colocarse ni siquiera en el corredor se habían tendido en el vestíbulo, cerca de la cubeta
de la que rezumaba un líquido infecto. Uno de ellos era un vi
ejo idiota que Nejludov había encontrado a
menudo durante el trayecto; un niño de diez años estaba acostado entre dos presos, sobre la pierna de
uno de ellos, y la mejilla apoyada en su mano.
En cuanto estuvo en la calle, Nejludov se detuvo y aspiró largo
tiempo a pleno pulmón el aire
helado.
XIX
El cielo se había estrellado. Caminando sobre el fango helado, endurecido a medias solamente a
trechos, Nejludov regresó al albergue; golpeó en el cristal negro; el mozo de anchos hombros vino,
descalzo, a abrirle la puerta y lo introdujo en el vestíbulo. Allí, a la derecha, se oía el ron
quido ruidoso
de los carreteros en la sala común. Al fondo, detrás de la puerta que daba al patio, se percibía el ruido de
las mandíbulas de los caballos masticando la cebada; a la iz
quierda estaba la puerta que daba paso a la
habitación de los viajeros de calidad. Aquí se percibía un olor a ajenjo seco y a sudor. E1 ronquido
regular de poderosos pulmones se elevaba por detrás de un biombo, y, en un jarrito de cristal rojo, una
lamparilla ardía ante los iconos.
Nejludov se desnudó, tendió su manta de viaje sobre el diván de piel de topo, colocó su cojín de
cuero y se acostó.
Rememoró todo lo que había visto y oído en el curso de aquella jornada. A pesar de lo inesperado e
importa
nte de su conversación con Simonson y Katucha, no se detuvo en este acontecimiento: sus ideas
sobre el tema eran demasiado complicadas y demasiado confusas para que no tratase de apartar
las. Pero
se acordaba con tanta más claridad del espectáculo de aque
llos desgraciados asfixiándose a
consecuencia de la fal
ta de aire y en revuelta confusión en medio de aquel líquido escapado de la cubeta.
Se acordaba sobre todo de aquel niño de rostro inocente acostado sobre la pierna del forzado.
Saber que en alguna pa
rte, muy lejos, hay hombres que torturan a otros, sometiéndolos a toda clase
de humillaciones y de sufrimientos, es una cosa muy distinta a asistir, durante tres meses, al espectáculo
incesante del martirio de los unos por los otros. Ahora Nejludov se daba
cuenta. Más de una vez, durante
aquellos tres meses, se había preguntado: «¿Soy yo quien estoy loco, quien veo lo que los otros no ven,
o bien los locos son los que hacen lo que veo?», pero los hombres, y había muchísimos, cometían los
actos que lo asombr
aban y lo aterraban, con una certidumbre tan tranquila de la necesidad de esos actos,
a incluso de su importancia y de su utilidad, que era difícil tenerlos a todos por locos; sin embargo,
tampoco podía creer en su propia locura, porque tenía la absoluta con
vicción de que su pensamiento era
claro. Por eso permanecía perplejo.
Lo que había visto durante aquellos tres meses se había condensado en la forma siguiente: con la
ayuda de los tribunales y de la administración, se elegía, entre todos los hombres q
ue vivían en libertad,
a aquellos que eran los más ner
viosos, ardientes, impresionables, bien dotados, fuertes, menos astutos y
menos prudentes que los demás, en modo alguno más culpables y más peligrosos para la sociedad que
aquellos a los que se dejaba
en libertad; se les prendía, se les encerraba en las cárceles, se los colocaba
en los lugares de deportación y de trabajos forzados, donde se los mantenía durante meses, años, en una
ociosidad completa, en la despreocupación de la vida material, lejos de l
a naturaleza, de la familia, del
trabajo, es decir, fuera de toda condición de vida natural y moral.
En segundo lugar, en estos diversos establecimientos, esos hombres eran sometidos a toda clase de
humillaciones inútiles: cadenas, uniformes degradantes, c
abellos rapados, es decir, que se les quitaba el
principal motor de la vida recta de los débiles: el cuidado de la opinión de los hombres, la vergüenza, la
conciencia de la dignidad humana.
En tercer lugar. estando su vida constantemente amenazada, sin ha
blar de los casos excepcionales,
tales como las insolacio
nes, las inundaciones, el incendio, las epidemias, los golpes tan prodigados en
las cárceles, se encontraban en ese estado de es
píritu en que el hombre mejor, el más moral, comete, por
instinto de conservación, los actos más crueles y los excusa en los demás.
En cuarto lugar, esos hombres estaban obligados a sufrir la promiscuidad de hombres
excepcionalmente pervertidos (pre
cisamente por esas mismas instituciones): viciosos, asesinos,
malhechores q
ue actuaban, como la levadura en la masa, sobre sus compañeros todavía
incompletamente depravados por los medios repetidos que se utilizaban para con ellos.
En quinto lugar, en fin, martirizando a los niños, a las mujeres, a los viejos, golpeando, azotand
o,
dando premios a los que entregaban a los fugitivos, vivos o muertos, separando a los maridos de las
mujeres y emparejando mujeres desconocidas con hombres desconocidos, fusilando, ahorcando, se
persuadía a los perseguidos, con los medios más convincente
s, de que las violencias y las crueldades de
toda índole, lejos de estar prohi
bidas, están autorizadas por el gobierno cuando se cometen en interés
suyo y son de un empleo tanto más legítimo por parte de los que sufren el yugo, la necesidad y la
desgracia.
«Se diría que estas instituciones han sido inventadas ex
presamente para condensar en el más alto
grado todo el vicio, toda la depravación que no se habría podido alcanzar de ninguna otra manera, y eso,
con el fin de esparcirlos seguidamente lo más posib
le en la masa popular. Se diría que se han planteado
el problema de encontrar el medio mejor y más seguro de co
rromper al mayor número posible de
hombres», pensaba Nejlu
dov, reflexionando sobre lo que ocurría en las cárceles y en los
establecimientos pen
itenciarios. Centenares y millares de hombres son llevados cada año al más alto
grado de deprava
ción; luego se les suelta a fin de que propaguen los gérmenes de perversidad en las
capas populares.
Nejludov había visto de sobra en las cárceles de Tumen, Ek
atetineburg, Tomsk, y durante los altos,
con qué éxito se logra este objetivo que la sociedad parece perseguir. Hombres sencillos, que poseen los
principios habituales de la moral social rusa, campesina y cristiana, abandonaban estas concepcio
nes y,
en las cárceles, asimilaban otras nuevas, consistentes so
bre todo en reconocer como lícita y provechosa
cualquier vio
lencia ejercida sobre la criatura humana. Los hombres que habían vivido en la cárcel
aprendieron en ella, con todo su ser, que, en vista del
trato que sufrían, todas las leyes de respeto y de
compasión al prójimo, predicadas en las cátedras eclesiás
ticas o laicas, estaban en realidad abrogadas y
que no tenían por qué cumplirlas. Nejludov había comprobado esta acción deprimente sobre todos los
presos que él conocía: sobre Fedo
rov, sobre Makar a incluso sobre Tarass, quien, después de haber
vivido durante dos meses la vida de las etapas, lo había dejado estupefacto por la inmoralidad de sus
razonamientos.
En ruta, se había enterado igualmente de cómo los presos que se fugan por la taiga arrastran con
ellos a compañeros, luego los matan y se alimentan con su carne. Él mismo había visto a un hombre
vivo acusado de esta monstruosidad y que la confesaba. Y lo terrible de esta situación era que ese ca
so
de antropofagia no era un caso aislado, sino bastante frecuente.
Sólo por un cultivo particular del vicio, cultivo al que se dedicaban en estas instituciones, se había
podido llevar al ruso al estado al que había llegado de vagabundo, precursor de la r
ecentísima doctrina
de Nietzsche, que considera que todo es posible y que todo está permitido, cultivo que propaga esta
doctrina primero entre los presos y luego en el pueblo ruso.
La única explicación de todos estos procedimientos represivos podía ser el
deseo de limitar los
crímenes, de espantar, de corregir y de vengar legalmente, como se escribe en los libros; pero en
realidad nada de aquello existía. En lugar de limitar los crímenes, no se hacía más que propagarlos; en
lugar de intimidar, no se hacía
más que alentar a los criminales, muchos de los cuales, principalmente
los vagabundos, buscaban el encarcelamiento; en lugar de corregir, se desarrollaba el con
tagio
sistemático de todos los vicios, y lejos de reducir el deseo de la venganza con los casti
gos
administrativos, se lo hacía pacer en el pueblo, allí donde no existía antes.
«Pero entonces, ¿por qué hacen todo eso?», se preguntaba Nejludov, sin encontrar respuesta alguna.
Lo que más le asombraba era que todo aquello no se hacía por puro azar, po
r equivocación, una vez,
sino siempre, desde hacía siglos, con esta sola diferencia: que antiguamente se arran
caba a los presos la
nariz, se les cortaba las orejas, se les mar
caba con hierro al rojo y se los trasladaba en carretas, en tanto
que ahora se los conducía con esposas y en máquinas de vapor.
La razón invocada por los funcionarios de que los hechos por los que él se indignaba procedían de
la imperfección de los lugares de detención y de deportación y que todo aquello podía ser mejorado con
la cre
ación de cárceles de un nuevo modelo, no satisfacía en absoluto a Nejludov. Comprendía, en
efecto, que su indignación no tenía por causa el arreglo más o menos confortable de las cárceles y de las
prisiones. Los libros le habían enseñado, desde luego, la existencia de cárceles perfeccio
nadas, con
timbres eléctricos, y el suplicio eléctrico recomendado por Tarde; pero estas violencias perfeccionadas
sólo conseguían indignarlo aún más.
Lo que le indignaba sobre todo era que los tribunales y los ministerios
estaban compuestos por
hombres que recibían crecidos sueldos, sacados del pueblo, en recompensa de que con
sultaban libros
escritos por funcionarios como ellos y por el mismo motivo; que en esos libros encontraban un artículo
correspondiente a cada acci
ón que viola las leyes que ellos han escrito y que en virtud de ese artículo
enviaban a hombres a alguna parte, muy lejos, allí donde no los veían ya y donde esos desgraciados,
abandonados a los plenos poderes de directores, vigilantes, guardianes crueles
y embrutecidos, perecían
a millones, moral y físicamente.
Por la frecuentación más asidua a las prisiones y a las pe
nitenciarías, Nejludov había podido darse
cuenta de que todos los vicios que se desarrollan entre los presos: la embriaguez, el juego, la
insensibilidad, y todos los espantosos crímenes come
tidos por ellos, incluyendo la antropofagia, no son
en modo alguno efecto del azar o resultado de la degeneración, de la monstruosidad del tipo criminal,
como afirman sabios miopes, en provecho del gobie
rno, sino consecuencia forzosa de un error
inexplicable, que consiste en creer que unos hombres pueden castigar a otros. Nejludov se daba cuenta
de que la antropofagia empieza, no en la taiga, sino en los ministerios, en las comisio
nes y
subcomisiones, y
que en la taiga no hace más que acabar; se daba cuenta de que, por ejemplo, su
cuñado, como por lo demás todos los magistrados y los funcionarios, desde el algua
cil al ministro, no se
cuidaban de la justicia o del bien del pueblo, como decían, sino de los
rublos que les pagaban por
cumplir la obra de la que resultaban toda aquella depravación y toda aquella miseria. Eso era evidente.
«¿Es posible, pues, que este estado de cosas sea consecuen
cia de una equivocación? ¿Cómo hacer
entonces para asegurar a tod
os esos funcionarios sus sueldos, a incluso darles una prima, para que no
hagan lo que hacen?», pensaba Nejludov. Y, tras esta pregunta, después del segundo canto del gallo, a
pesar de las pulgas que, al menor movimiento, surgían alrededor de él como de un
a fuente, se durmió
con un profundo sueño.
XX
Cuando Nejludov se despertó, los carreteros se habían marchado desde hacía mucho tiempo; la
patrona había tomado ya el té y, secándose con el pañuelo el grueso cuello sudoroso, entró para decirle
que un soldado de la escolta había traído una carta. Era de María Pavlovna, quien le escri
bía para
informarlo de que la crisis de Kryltsov era más seria de lo que se había creído: «Primeramente,
queríamos dejarlo aquí y quedarnos con él, pero no nos lo han permitid
o. Lo llevamos por tanto con
nosotros, corriendo el riesgo de un desen
lace fatal. Procure usted, en cuanto llegue a la ciudad, actuar de
forma que, si lo dejan allí, dejen con él a alguno de noso
tros. Si para eso fuera necesario casarse con él,
yo lo haría.»
Nejludov envió al muchacho del albergue a la estación de postas para buscar caballos, y se apresuró
a hacer sus maletas. No había acabado todavía su segundo vaso de té cuando ya el coche de postas,
enjaezado como una troika, con todos los cascabeles
sonando y las ruedas rebotando sobre la tierra
endurecida como piedra, se detuvo ante la escalinata. Pagó la cuen
ta, se apresuró a salir y subió a la
telega, dando la orden de ir lo más aprisa posible, con objeto de alcanzar al convoy. No lejos del puebl
o
llegó, en efecto, junto a las carretas abarrotadas de sacos y de enfermos. El oficial había marchado
adelante.
Los soldados, que seguramente habían bebido un poco, char
laban con regocijo caminando detrás y a
los dos costados de la carretera. Las carreta
s eran numerosas. En cada una de las de delante iban
amontonados seis «criminales» enfermos, y en cada una de las tres carretas de atrás, tres «políticos». En
la última del todo estaban sentados Novodvorod, Grabetz y Kon
dratiev; en la segunda, Rantseva,
Nabatov y aquella mujer en
ferma a la que María Pavlovna había cedido su plaza. En la primera, sobre
heno y cojines, estaba tendido Kryltsov, teniendo cerca de él a María Pavlovna.
Nejludov detuvo su coche junto a Kryltsov y se acercó a él. Uno de los solda
dos de la escolta, muy
achispado, hizo señas, agitando los brazos, para que no se acercara, pero Nejludov no le hizo caso y
caminó al lado de la carreta apoyándose en ella con una mano. Kryitsov, con túnica de piel de carnero
con la lana por la parte de de
ntro, y gorro de astracán, tapada la boca con un pañuelo de cuello, parecía
más delgado y más pálido que nunca; sus hermosos ojos se agrandaron y centellearon. Débilmente
sacudido por los traqueteos, no apartaba los ojos de Nejludov; y a la pregunta de ést
e sobre su salud, se
limitó a bajar los párpados y a sacudir la cabeza con mal humor; por lo visto, toda su energía se gastaba
en soportar los traqueteos. María Pavlovna estaba sentada al otro extremo de la carreta. Cambió con
Nejludov un mirada significat
iva que expresaba su inquietud en cuanto al estado de Kryltsov, a
inmediatamente dijo con tono jovial:
- El oficial ha debido de avergonzarse -
gritó, lo bastante alto para que su voz dominase el ruido de
las ruedas -. Le han quitado las esposas a Buzovkin
. Él mismo lleva a su hijita y camina con Katucha,
Simonson y Vera, a la que he sustituido.
Kryltsov pronunció algunas palabras confusas señalando a María Pavlovna; su rostro se contrajo en
el esfuerzo que hizo por retener la tos, y de nuevo agachó la cabeza. Nejludov apro
ximó el oído para
escuchar mejor. El enfermo liberó su boca del pañuelo y murmuró:
- Ahora estoy mucho mejor. Con tal que no coja frío...
Nejludov inclinó la cabeza en señal de asentimiento y cambió una mirada con María Pavlovna.
- Bueno, ¿y el problema de los tres cuerpos? - murmuró Kryltsov, sonriendo penosamente -
.
Solución espinosa.
Como Nejludov no comprendía, María Pavlovna le explicó que se trataba del famoso problema
matemático sobre la relación de los tres cuerpos: el Sol, la L
una y la Tierra, y que Kryltsov, bromeando,
había imaginado hacer de eso un punto de comparación con las relaciones existentes entre Nejludov,
Katucha y Simonson. Kryltsov meneó la cabeza para aprobar la explicación de María Pavlovna.
- No soy yo quien tengo que resolverlo - dijo Nejludov.
- ¿Recibió usted mi billete? ¿Lo hará usted? - preguntó la joven.
- Desde luego -
respondió Nejludov. Y viendo algo de descontento en el rostro de Kryltsov, se alejó
y volvió a subir a su telega; con las manos en los bord
es, para sujetarse, se esforzó en adelantar al
convoy de capotes grises y de pellizas de los encadenados, que se extendía a lo largo de una versta.
Después de un rato de camino, Nejludov reconoció el pañuelo de Katucha, el abrigo negro de Vera
Efremovna, l
a chaqueta y el gorro de punto de Simonson, así como las medias de lana blanca de este
último, ceñidas por correas a modo de sanda
lias. Caminaba al lado de las dos mujeres y parecía hablar
con calor. Al distinguir a Nejludov, las mujeres lo saludaron mien
tras Simonson levantaba su gorro con
aire solemne. Nejludov, no teniendo nada que decides, los rebasó sin detenerse.
Dejando el convoy atrás y volviendo a encontrar la carrete
ra principal, el cochero aligeró la marcha,
pero a cada momento tenía que apart
arse para dejar paso a carros que circulaban en gran número. El
camino, todo lleno de profundos surcos, atra
vesaba un sombrío bosque de chopos y de alerces que, por
los dos lados, ostentaban sus hojas de color de arena próximas a caer. A mitad de camino,
el bosque
cesaba; a derecha á izquierda aparecieron campos; luego, las cruces doradas y las cú
pulas de un
monasterio. El día prometía ser hermoso, y las nubes se disipaban; el sol se levantó por encima del
bosque, y el follaje húmedo, los charcos de agua
, las cúpulas, las cruces, se pusieron a centellear bajo
sus rayos. Al frente y a la derecha, en la lejanía violácea, blanquearon unas montañas.
La troika
penetró en un gran pueblo que ya hacía presentir la ciudad. La calle estaba llena de gente,
rusos y siberianos, éstos con su extraño gorro y su amplia levita; hombres y mu
jeres, con algunos que
otros borrachos, pululaban y bordonea
han ante las tiendas, las posadas, las tabernas y las carretas. La
ciudad no estaba lejos.
Azotando y recogiendo a su caballo por la derecha a incli
nándose de lado en su asiento para llevar
igualmente las guías a la derecha, el cochero de postas, queriendo seguramente lu
cirse, lanzó el coche
por la carretera principal y llegó así cerca del río, al sitio donde se encontraba la
balsa. Ésta se hallaba en
aquel momento en medio del curso de agua rápida y regre
saba hacia este lado, donde la aguardaban una
veintena de carretas. Nejludov no tuvo que esperar mucho tiempo. Los remeros bogaban contra
corriente, contrarrestando la rapidez del agua, con lo que la balsa atracó pronto a las planchas del em-
barcadero. Los balseros, altos muchachotes musculosos, de anchos hombros, con pellizas de piel de
carnero, lanzaron silenciosamente las amarras, con un ademán hábil y familiar, y las fij
aron a los postes;
habiendo bajado seguidamente la pasarela, dejaron salir a la orilla las carretas que habían transpor
tado;
luego se pusieron a embarcar las demás, apretando una al costado de otra, así como a los caballos, que se
espantaban del agua. El
ancho y rápido río golpeaba en los flancos de las barcas que sostenían la balsa, y
el cable se tensaba. Cuando ya no hubo más sitio y la telega de Nejludov, desenganchados los caballos y
aprisionados en medio de las carretas, fue colocada cerca de un bord
e, los balseros, sin preocuparse ya
de los ruegos de quienes no habían podido encontrar sitio, alzaron la pasarela, soltaron las amarras y se
lanzaron a navegar. En la balsa reinaba el silencio, entrecortado solamente por los pasos de los balseros
y los go
lpes, sobre las planchas, de los cascos de los caballos, que cambiaban alternativamente el apoyo
de sus patas.
XXI
Nejludov estaba en pie al borde de la balsa y contemplaba la corriente fugitiva. Dos imágenes
pasaban una y otra vez ante sus ojos: la cab
eza oscilante de Kryltsov, que, con acrimonia, se moría; y el
rostro de Katucha, caminando con paso firme al borde de la carretera, al lado de Simonson. La primera
impresión: la vista de Kryltsov que se moría y que no se resignaba a la muerte, resultaba pe
nosa y triste;
y en cuanto a la segunda: la visión de Katucha, beneficiándose del amor de un hombre como Simonson
y metida en lo sucesivo en la vía firme y segura del bien, habría debido alegrar a Nejludov, y sin
embargo le resultaba tan penosa, que no podía soportar su peso.
Sobre la superficie del agua vibraba, llegado de la ciudad, un tañido, un temblor de cobre que
brotaba de una gran cam
pana. El cochero de posta y todos los carreteros se quitaron sucesivamente el
gorro a hicieron la señal de la cruz.
Un viejecillo harapiento, colocado más cerca del borde que los
demás, no se persignó y, levantando la cabeza, clavó los ojos en Nejlu
dov, quien aún no se había fijado
en él. Aquel viejecillo iba vestido con un caftán remendado, un pantalón de paño y zapa
tos con los
tacones comidos. Del hombro le colgaba un saquito y se tocaba la cabeza con un alto gorro de piel todo
raído.
- ¿Y tú, viejo, por qué no rezas? -
le preguntó el cochero de Nejludov, volviendo a encasquetarse el
gorro-. ¿Es que no estás bautizado?
- ¿Y a quién rezar? - replicó, con aire resuelto y provo
cativo, el viejo harapiento, machacando las
sílabas.
- Ya se sabe a quién: a Dios - dijo el cochero con tono irónico.
- Pues muéstrame dónde está tu Dios.
Los rasgos del anciano expresaron tanta se
riedad y firmeza, que el cochero, comprendiendo que
tenía que enfrentarse con alguien más astuto que él, se turbó ligeramente; pero no dejó traslucir nada, y,
para no parecer que quedaba por debajo ante el público atento a la discusión, replicó vivamente:
- ¿Dónde? Ya se sabe: en el cielo.
- ¿Es que tú has ido allí?
- Que yo haya ido o no, poco importa; todo el mundo sabe que hay que rezarle a Dios.
-
Nadie ha visto a Dios en ninguna parte. Su Hijo, de la misma esencia, y que está en el seno del
Padre, es el que lo ha revelado- dijo el viejo con la misma vivacidad y aire grave y sombrío.
-Sin duda, tú no eres cristiano. Eres un pagano, rezas al vacío -
dijo el cochero, metiéndose el
mango del látigo en el cinto y arreglando los arneses de sus caballos.
Alguien se echó a reír.
- Bueno, padrecito, ¿de qué religión eres tú? -
preguntó un campesino de cierta edad que se
mantenía al borde de la balsa, al lado de su carreta.
- No tengo religión ninguna. Tampoco creo en nadie, sino en mí mismo - respondió el anciano con
la misma pronta decisión.
- ¿Y cómo puede creer uno en sí mismo? - dijo NejIudov, interviniendo -. Uno puede equivocarse.
- ¡Nunca jamás! - dijo el viejo, sacudiendo la cabeza.
- ¿Por qué hay entonces varias religiones? - insistió Nejludov.
- Pues pre
cisamente porque se cree a los demás en lugar de creer uno en sí mismo. Por mi parte, creí
en los hombres y anduve sin rumbo como si estuviera en la taiga. Me perdí hasta el punto de temer que
ya no podría salir de allí. Lo mismo los viejos creyentes que los nuevos creyentes, y los Su
botniki, y los
llysty, y los Popovtsy, y los Bezpopovtsy, y los Austriaks, y los Molokanes, y los Skoptsy, todos alaban
su reli
gión como si fuera la única, y todos se han extraviado como una jauría de perros jóvenes todavía
c
iegos. La fe es múltiple, pero el Espíritu es uno. En ti, en mí, en él: eso quiere decir que cada cual debe
creer en su espíritu y así todos estarán unidos. Que cada cual sea él mismo, y todos se asemejarán.
El viejo hablaba alto, sin dejar de mirar en tor
no de él, con el deseo manifiesto de ser oído por el
mayor número posible.
- ¿Hace mucho tiempo que opina usted así? - preguntó Nejludov.
- ¿Yo? Sí, hace mucho tiempo. Hace más de veintidós años que me persiguen.
- ¿Cómo es eso?
- Lo mismo que persiguieron
al Cristo. Me cogen y me llevan ante los tribunales, ante los popes, los
doctores, los fa
riseos; incluso me encerraron en un manicomio. Pero no pueden nada contra mí, porque
soy libre. «¿Cómo lo llaman?», me dicen. Ellos creen que me daré cualquier títul
o, pero no acepto
ninguno. He renegado de todo: nombre, región, patria, no ten
go nada: soy yo mismo. ¿Que cómo me
llaman? ¡Un hombre! « ¿Y qué edad? » No cuento los años, digo yo, y me es imposible contarlos,
porque siempre he sido y siempre seré. «¿Quién
es son tu padre y tu madre?», dicen. No tengo ni padre
ni madre, respondo, excepto Dios y la Tierra: Dios es el padre, la Tierra es la madre. «¿Y al zar, lo
reconoces?», dicen ellos. ¿Por qué no reconocerlo? Él es su zar, y, por mi parte, yo soy mi zar. «V
amos,
ya has hablado bastante», dicen. No te pido que ha
bles conmigo, respondo yo. Y entonces me cargan de
miserias.
- ¿Adónde va usted ahora? - le preguntó Nejludov.
- Adonde Dios me lleve. Cuando tengo trabajo, lo hago; cuando no lo tengo, mendigo - res
pondió,
al notar que la balsa se acercaba a la otra orilla, y paseando sobre todos sus oyentes una mirada triunfal.
La balsa atracó. Nejludov sacó su portamonedas y tendió al viejo una moneda, que éste rehusó.
- No acepto eso; tomo pan.
- Entonces, perdone.
- No hay nada que perdonar. No me has ofendido. Y sería difícil ofenderme-
dijo el viejo,
volviéndose a colocar al hombro el saco que había soltado en el suelo.
Una vez en tierra la telega de postas, volvieron a enganchar los caballos.
- ¿Para qué hablarle, barin? -
dijo el cochero a Nejludov cuando éste, después de haber dado una
propina a los balseros, volvía a subir al coche -. ¡Un vagabundo despreciable!
XXII
Después de haber subido la cuesta, el cochero volvió la cabeza.
- ¿A qué hotel hay que llevarlo?
- ¿Cuál es el mejor?
-El mejor es el «Siberiano»; pero tampoco se está mal en casa de Dukov.
- Donde tú quieras.
El cochero volvió a mirar al frente y aceleró la marcha.
La ciudad era como todas las ciudades: las mismas casas con tejados verdes, la
misma catedral, las
mismas tiendas y almacenes en la calle principal y hasta los mismos agentes de policía. La única
diferencia consistía en que todas las casas eran de madera y en que las calles no estaban pavimentadas.
En una de las más animadas de esta
s calles, la troika se detuvo ante la escalinata de un hotel. Pero no
había ninguna habitación libre y hubo que ir a buscar una en otro hotel.
Por primera vez, después de dos meses, Nejludov volvió a hallarse en las condiciones de limpieza y
de comodidad relati
vas a las que estaba acostumbrado. Por poco lujosa que fuese la habitación, se sintió
sin embargo complacido después de los coches de postas, los albergues y los relevos. Sobre todo, tenía
que quitarse los piojos, de los que nunca se había podido li
brar por completo desde que visitaba a los
presos.
Después de haber abierto sus maletas, se dirigió inmediata
mente al baño; luego volvió a ponerse su
ropa de ciudad: camisa almidonada, pantalón, redingote y abrigo, que tenía la huella de los pliegues, y
se
dirigió a casa del gobernador general.
Llamado por el portero del hotel, un coche, tirado por un caballo quirguiz de buena talla y bien
nutrido, depositó a Nejlu
dov ante un amplio y hermoso edificio guardado por centinelas y por un agente
de policía.
Delante y detrás se extendía un jardín donde, entre las desnudas ramas de los álamos y de los
chopos verdeaban, espesos y oscuros, pinos y abetos.
El general estaba indispuesto y no recibía. Pero Nejludov le insistió al lacayo para que pasase su
tarjeta de visita; el lacayo volvió con una respuesta favorable.
-El general le ruega que entre.
El imponente vestíbulo, el lacayo, los centinelas, la escale
ra, el gran salón con su brillante parqué
encerado, todo aquello recordaba a Petersburgo, salvo que era un
poco más sucio y más majestuoso.
Hicieron entrar a Nejludov en el despacho.
Ligeramente abotagado, con una nariz como una patata, pro
tuberancias en la frente y en el calvo
cráneo, bolsas bajo los ojos, el general, hombre sanguíneo, estaba sentado, envuelt
o en un batín tártaro
de seda; con el cigarrillo en los dedos, bebía té en un vaso con soporte de plata.
- Buenos días, padrecito. Perdóneme que lo reciba en batín. Por lo menos es mejor que no recibirlo -
dijo, cerrando la prenda sobre su poderoso cuello -
. No estoy muy bien y no salgo. ¿Qué buen viento lo
trae por estos confines del mundo?
-
Vengo acompañando al convoy de presos entre los cuales se encuentra una persona que me
interesa muchísimo - replicó Nejludov-, y he venido a solicitar una gracia de
vuecencia, tanto en favor
de esa persona como por otro motivo.
El general aspiró el humo de su cigarrillo, bebió un sorbo de té, apagó el cigarrillo en el cenicero de
malaquita y, sin apartar de Nejludov sus ojos estrechos y chispeantes ahogados por la gra
sa, lo escuchó
con aire grave. No lo interrumpió más que para preguntarle si deseaba fumar.
El general pertenecia a esa categoria de militares sabios que creen posible conciliar el espíritu
liberal, humanitario, con su profesión. Pero, inteligente y bueno
por naturaleza, pronto se había dado
cuenta de la imposibilidad de esta conciliación y, para ocultarse el desacuerdo interior en que se
encontraba cons
tantemente, se entregaba cada vez más a la costumbre, tan extendida entre los militares,
de beber mucho
alcohol; y esta costumbre se había hecho en él tan inveterada, que, después de treinta y
cinco años de servicios militares, se había conver
tido en lo que los médicos llaman un alcohólico. Estaba
todo empapado en alcohol. Le bastaba tomar un poco de licor
para sentir inmediatamente los efectos de
la embriaguez. Pero el alcohol era para él una cosa indispensable, y a la caída de la tarde se encontraba
completamente borracho, pero lo bastante entrenado para no titubear ni divagar. Incluso si se le
escapaba alguna extravagancia, ocupaba un puesto tan elevado, que cual
quier tontería dicha por él era, a
pesar de todo, considerada cosa sensata. Solamente por las mañanas, como Nejludov lo en
contraba en
aquellos momentos, tenía toda su razón, podía comprender lo
que le decían y llevar a cabo con más o
menos éxito el proverbio ruso que le gustaba repetir: «Borracho, pero inte
ligente: ¡dos cualidades en él!
» En las esferas gubernamentales se conocía su vicio, pero sabían también que era más instruido que los
demás -
aunque su instrucción se hubiese detenido en el punto donde había empezado a predominar la
botella -
, atrevido, hábil, representativo, con tacto, incluso en estado de embriaguez; por eso lo habían
nombrado para la plaza que ocupaba y lo mantenían en ella.
Nejludov contó al general que la persona por la que se in
teresaba era una mujer, condenada
injustamente, y que había presentado en favor de ella un recurso de gracia al emperador.
- Perfectamente, y entonces, ¿qué? - dijo el general.
- Me habían prometido, de Petersburgo, que me informa
rían sobre la suerte de esa mujer lo más tarde en
el mes actual, y aquí mismo...
Sin apartar los ojos de Nejludov, el general avanzó sus cortos dedos sobre la mesa, llamó y continuó
escuchando, fumando y tosiendo ruidosamente.
-
Quisiera pedirle a usted, si la cosa es posible, retener a esa mujer aquí hasta la llegada de la
respuesta.
El lacayo, un asistente con uniforme militar, entró.
- Pregunta si está ya levantada Ana Vassilievna - dijo el general - y trae más té. ¿Y qué más? -
preguntó, volviéndose hacia Nejludov.
- Mi segundo ruego se refiere a un preso, politico que forma parte del mismo convoy.
- ¡Ah, caramba! - dijo el general con un significativo mo vimiento de cabeza.
- Está gravemente enfermo, moribundo, y sin duda lo de
jarán aquí en el hospital. Pues bien, una de
las condenadas políticas querría quedarse a cuidarlo.
- ¿Le toca algo?
-No; pero está dispuesta a casarse con él si ésa es una condición para poder quedarse.
Con sus brillantes ojos, el general escr
utó fijamente y en silencio a su interlocutor, con un visible
deseo de turbarlo, y sin dejar de fumar.
Cuando Nejludov hubo acabado de hablar, el gobernador co
gió un libro que tenía sobre la mesa; se
humedeció los dedos para hojearlo rápidamente, encontró el artículo relativo al casamiento y lo leyó.
- ¿A qué pena está ella condenada? - preguntó, apartando la vista del libro.
- A trabajos forzados.
- Entonces, la situación no mejoraría con el casamiento.
- Pero...
- Permítame. Si ella se casara con un ho
mbre libre, tendría de todos modos que purgar su pena. Se
trata de saber cuál de los dos está condenado a la más fuerte.
- Los dos están condenados a trabajos forzados.
- Entonces, están empatados - dijo, riendo, el general -. A él se le puede dejar, a cau
sa de su
enfermedad - prosiguió -
, y ni que decir tiene que se hará todo lo posible por curarlo; pero en cuanto a
ella, aunque se casase con él, no puede quedarse aquí.
- La generala está tomando el café - anunció el lacayo.
El general aprobó con la cabeza y continuó:
- Por lo demás, voy a reflexionar. ¿Cómo se llaman? Apúntelo usted aquí.
Nejludov hizo la anotación. .
- Tampoco puedo concederle eso -
respondió el general cuando Nejludov le rogó que le dejase ver al
enfermo -. Desde luego, no sospecho nad
a de usted; pero usted se interesa por él y por los demás, y
usted tiene dinero. Y aquí se compra todo. Me dicen que extirpe la concusión. ¿Cómo extirparla, si todos
son concusionarios? Y cuanto menor es la categoría del funcionario, tanto más toma. ¿Qué q
uiere usted?
¿Cómo puedo controlar a un hombre a una distancia de cinco mil verstas? Él es allí un pequeño zar
como, por lo demás, lo soy yo aquí - y se echó a reír-
. Sin duda, usted ha tenido entrevistas con los
condenados politicos; usted ha dado dinero y le han dejado pasar, ¿no es así? - dijo con una sonrisa.
- Sí, es verdad.
-
Le comprendo; se veía usted obligado a obrar así. Usted quiere ver a un «político», del que tiene
usted lástima. Entonces, el vigilante jefe, o un suboficial de la escolta, acep
ta su propina, porque él
recibe por todo sueldo algunos miserables copeques, tiene una familia y no sabría negarse. En su lugar,
lo mismo que en el de usted, yo haría lo mismo; pero en el mío, no puedo permitirme apartarme lo más
mínimo del reglamento, pre
cisamente porque soy un hombre y puedo ser accesible a la piedad. Ahora
bien, soy el ejecutor de las órdenes dadas; han tenido confianza en mí bajo ciertas condiciones y debo
justificar esa confanza. Esta cuestión queda, pues, zanjada. Y ahora, cuénteme
lo que pasa entre ustedes,
en la metrópoli.
El general se puso a preguntar, a contar, con el doble deseo de enterarse de noticias y de hacer valer
toda su importancia y todo su humanitarismo.
XXIII
Bueno, y hablando de otra cosa, ¿dónde se ha alojado u
sted? ¿En casa de Duc? Se está allí tan mal
como en los demás hoteles. Pero venga a cenar -
dijo el general, acompañando hasta la puerta a
Nejludov-. A eso de las cinco. ¿Habla usted inglés?
- Sí.
- Entonces, perfecto. Mire usted, ha llegado aqua un turist
a inglés. Estudia los lugares de
deportación y las prisiones de Siberia. Cena con nosotros; así, pues, venga usted también. Cenamos a las
cinco, y a mi mujer le gusta la puntualidad. Le daré al mismo tiempo la respuesta respecto a esa mujer y
también respecto al enfermo. Quizá pueda dejarse a alguien con él.
Nejludov se despidió del general. En vena de actividad, se dirigió a la oficina de correos.
La oficina donde éntró era baja y abovedada; detrás de los pupitres estaban sentados los empleados,
que distri
buían la correspondencia a un numeroso público. Uno de ellos, la cabeza inclinada a un lado,
no dejaba de golpear con un matasellos los sobres que hacía deslizar hábilmente. Al decir su nombre,
atendieron inmediatamente a Nejludov y le entregaron una correspon
dencia bastante voluminosa. Había
allí paquetes, varias cartas, libros y el último ejemplar del Mensajero de Europa. En pose
sión de su
correspondencia, se apartó y se acomodó en un banco donde, en actitud expectante, estaba sentado un
soldado porta
dor de un registro; Nejludov se colocó junto a él y examinó los envíos. Entre sus cartas
había una certificada, en un hermoso sobre cerrado por un sello muy limpio de deslumbrante lacre rojo.
Lo abrió y, al ver que era una carta de Selenin, acompañada de
un papel administrativo, sintió que la
sangre le afluía al rostro y que se le apretaba el corazón. Era la solución del asunto de Katucha. ¿Cuál
podría ser esa solución? ¿Sería una negativa? Nejludov recorrió rápidamente la letra fina, poco legi
ble,
rota, pero firme, y lanzó un suspiro de alivio: la solución era favorable.
«Querido amigo - escribía Selenin -: Nuestra última con
versación me dejó profundamente
impresionado. Tenías razón en lo que se refiere a Maslova. He examinado atentamente los autos y he
comprobado que se había cometido una atroz injus
ticia con ella. Pero no se podía remediarla más que
dirigiendo, como tú has hecho, una instancia a la comisión de gracias. He podido ayudar a la solución
del asunto y te incluyo aquí copia de la gracia a la
dirección que me ha indicado la condesa Catalina
Ivanovna. El acta auténtica ha sido enviada a la sede del tribunal que juzgó a tu protegida y sin duda la
transmitirán urgentemente a la cancillería de Siberia. Me apresuro a comunicarte esta agradable not
icia.
Te estrecho cordialmente la mano.
»Tuyo, Selenín.»
El documento administrativo estaba concebido así:
«Cancillería encargada de las peticiones dirigidas a S. M. Imperial. -
Tal asunto, tal jurisdicción, tal
departamento, tal fecha -. Por orden del di
rector de la Cancillería encargada de las peticiones dirigidas a
S. M. Imperial, se hace saber a la mestchanka Catalina Maslova que S. M. el Emperador, sobre el
informe que le ha sido humildemente presentado con relación a la instancia de Maslova, se ha di
gnado
ordenar que su condena a trabajos forzados sea conmutada por la pena de depor
tación en un lugar
cercano a Siberia.»
La noticia era feliz e importante. Era todo lo que Nejludov podia desear para Katucha y para él
mismo. Desde luego, este cambio en l
a situación de la joven daba nacimiento a nuevas complicaciones
en sus relaciones mutuas. Mientras ella seguía siendo «forzada», el casamiento que él le proponía no
podia ser más que ficticio y no tenía otro objeto que el de mejorar su situación. Ahora nad
a impedía que
los dos hicieran vida ma
trimonial. Y Nejludov no estaba preparado para eso. Luego estaba también el
incidente Simonson. ¿Qué significaban las palabras pronunciadas el día anterior por Katucha? Y, si con-
sentía en unirse a Simonson, ¿sería es
o un bien o un mal? No llegaba a poner en claro aquellos
pensamientos, y los apartó.
«Todo se irá aclarando poco a poco - pensó -
. Lo más urgente es verla, comunicarle la feliz noticia y
hacer que la pongan en libertad.»
Creía suficiente para eso la copia
que poseía. Al salir de la oficina de correos, dijo al cochero que lo
llevara a la cárcel.
Aunque, por la mañana, el general no lo hubiera autorizado a visitar la cárcel, Nejludov, sabiendo por
experiencia que lo que a menudo es imposible obtener de la aut
oridad superior se obtiene fácilmente de
los inferiores, quiso intentar ver sin tardanza a Katucha, anunciarle la buena noticia, quizás incluso
hacerla salir de la cárcel, preguntar al mismo tiempo por el estado de salud de Kryltsov y comunicarle,
lo mismo que a María Pavlovna, la respuesta del general.
El director de la cárcel era un hombre alto y grueso, impo
nente, bigotudo, con patillas que le
llegaban hasta las comisuras de la boca. Acogió muy severamente a Nejludov y le partici
pó que, sin la
autoriz
ación de los jefes, las entrevistas estaban prohibidas a los extraños. Al comentario de Nejludov de
que lo habían dejado entrar, incluso en la capital, el director respondió:
- Es muy posible. Pero yo me opongo.
Su entonación significaba: «Ustedes, señore
s de la capital, creen asombrarnos; pero nosotros,
incluso en la Siberia oriental, conocemos bastante los reglamentos para decir que no.»
La copia del oficio de la Cancillería particular tampoco ejer
ció efecto alguno. El director se negó
rotundamente a ad
mitir a Nejludov en el recinto de la prisión. En cuanto a la ingenua suposición de
Nejludov de que Maslova podía quedar en li
bertad a la vista de aquella simple copia, respondió con una
sonrisa desdeñosa, declarando que para poner a un preso en libertad l
e hacía falta una orden de su jefe
directo; todo lo que podía prometer era informar a Maslova de su gracia y no detenerla ni un solo minuto
en cuanto hubiera recibido la comunicación de sus jefes.
Se negó igualmente a dar detalles sobre la salud de Krylts
ov, arguyendo que ni siquiera tenía
derecho a decir que estaba en la cárcel un preso de ese nombre.
Así, sin haber obtenido nada, Nejludov volvió a subir a su coche y regresó al hotel.
Es cierto que la severidad del director tenía otro motivo: era que la p
risión estaba atestada con doble
número de presos del que debía contener normalmente, lo que había producido una epidemia de fiebre
tifoidea. -
En ruta, el cochero habló de eso:
- La población disminuye mucho en la cárcel; no sé qué enfermedad se los llev
a, pero están
enterrando hasta veinte personas por día.
XXIV
A pesar de su fracaso en la cárcel, Nejludov, siempre bajo el impulso de una actividad febril, se
dirigió a la Cancillería del gobierno para preguntar si había llegado la comunicación oficial
de la gracia
de Maslova. No se había reci
bido nada, y Nejludov, al volver al hotel, escribió sin tardanza a Selenin y a
su abogado para informarlos. Después de haber terminado sus camas, miró su reloj. Era hora de ir a
cenar a casa del general.
Durante e
l trayecto, lo obsesionó de nuevo el pensamiento de la acogida que Katucha haría a su
gracia. ¿Adónde la en
viarían? ¿Cómo viviría él con ella? ¿Y Simonson, qué actitud adoptaría respecto a
él? Recordó el cambio sobrevenido en ella y rememoró el pasado de la joven.
« ¡Hay que olvidar, hacer tabla rasa! - pensó, deseoso de alejar aquellos pensamientos -
. Más
adelante veremos.» Y se puso a reflexionar sobre lo que diría al general.
Aquella cena en casa del gobernador, en medio del fausto de la gente rica, ent
re funcionarios de alta
categoría, cosas to
das tan familiares para Nejludov, le resultaba particularmente agradable después de la
larga privación, no sólo de aquel lujo, sino incluso del confort más elemental.
La dueña de la casa era una gran dama petersb
urguesa de los viejos tiempos; antigua dama de honor
en la corte de Nicolás I, hablaba naturalmente el francés, y el ruso en raras ocasio
nes. Su actitud era
rígida y, en los movimientos que hacían sus manos, no separaba sus codos del talle. Testimoniaba
a su
marido un respeto tranquilo, ligeramente melancólico, y se mos
traba afable con sus visitantes, pero con
ciertos matices según la categoría de los mismos. Acogió a Nejludov en plan familiar, con un halago
fino, imperceptible, lo que le recordó a él to
dos sus méritos y lo llenó de una agradable satisfacción. Ella
le dio a entender que conocía el motivo un poco singular, pero digno, de su viaje a Siberia y que lo
consideraba un hombre excepcional. Aquel elogio delicado y el lujo elegante que reinaba en
la casa del
general indujeron a Nejludov a abandonarse por completo al placer de saborear aquella rica decoración,
la buena mesa, el agrado de la charla con personas distinguidas y de su mundo; como si todo lo que
había ocurrido aquellos últimos días no fuera más que un sueño del que salía para volver a la realidad.
Además de los familiares de la casa (la hija del general con su marido y el ayudante de campo),
estaban invitados a la cena el inglés que ya se ha mencionado, un propietario de minas de oro y un
gobernador en tránsito, llegado del fondo de Siberia. A Nejludov le agradaba encontrarse con ellos.
El inglés, un hombre bien parecido, de vivos colores, que hablaba detestablemente el francés, pero,
por el contrario, ma nejaba con gran elocuencia su len
gua materna, había viajado mucho, visto muchas
cosas, a interesaba al auditorio por sus relatos sobre América, la India, el Japón y Siberia.
El joven propietario de minas de oro, hijo de mujik
, tenía en la camisa botonadura de brillantes y se
hacía vestir en Lon
dres; poseedor de una rica biblioteca, era también muy generoso con las obras de
caridad y profesaba opiniones liberales. Era agradable a interesante para Nejludov, en el sentido de que
representaba un tipo completamente nuevo: un injerto feliz de l
a cultura europea en el robusto árbol
silvestre que es el mujik.
El gobernador de la lejana ciudad de Siberia era aquel mis
mo ex jefe de departamento en un
ministerio del que tanto se había hablado durante la estancia de Nejludov en Petersburgo. Era un ho
mbre
orondo, de escasos cabellos rizados; los ojos, de un azul tierno; el vientre abombado, manos blancas y
cui
dadas, adornadas de sortijas, y sonrisa amable. El gobernador general, dueño de la casa, lo estimaba
porque no se dejaba sobornar. La generala; por su parte, gustándole mucho la mú
sica y pianista de
talento, lo apreciaba profundamente porque él sabía muy bien acompañarla a cuatro manos. Y el buen
humor de Nejludov era tal, que aquel hombre tampoco le desagradaba.
Alegre, enérgico, azulado el mentón, ofreciendo a cada mo
mento sus servicios, el ayudante de
campo lo atraía por su aire de niño bueno.
Pero Nejludov se sentía seducido sobre todo por la hija del general y por su marido, pareja joven y
encantadora. Ella no era bonita, pero sí muy simpática, y estaba absorbida por com
pleto por sus dos
primeros hijos; el marido, con quien se había casado por amor, después de una larga lucha contra sus
padres, se había licenciado en la Facultad de Derecho de Moscú; mo
desto a inteligente, era un
funcionari
o de opiniones liberales; se ocupaba de estadísticas, sobre todo de la relativa a las tribus de
Siberia, que estudiaba con ardor, esforzándose en salvarlas de la desaparición progresiva.
No solamente se mostraban todos amables y afectuosos con Nejludov, si
no que se les notaba
claramente que se sentían felices por la imprevista llegada de un hombre tan interesante. El general se
presentó de uniforme para cenar, la cruz blanca al cuello; saludó a Nejludov como a un viejo amigo y
luego invitó a los convidados
a tomar aguardiente y entremeses. A la pregunta del general sobre lo que
había hecho después de su visita de la mañana, Nejludov le contó que había estado en Correos y había
tenido la noticia de la gracia concedida a la persona de la que le había hablado,
y pidió de nuevo
autorización para visitar la cárcel.
Descontento por tener que hablar de asuntos de servicio durante la cena, el general frunció las cejas
sin responder nada.
- ¿Quiere usted aguardiente? - preguntó en francés al inglés, que se acercaba.
Éste bebió un vasito y
contó que durante el día había visitado la catedral y una fábrica y que deseaba ver todavía la cárcel
principal.
- ¡He aquí una combinación perfecta! - exclamó el general dirigiéndose a Nejludov -
. Irán ustedes
juntos. Extiéndales un pase - dijo al ayudante de campo.
- ¿Cuándo quiere usted ir? - preguntó Nejludov al inglés.
-
Prefiero visitar las cárceles al anochecer, cuando todos los presos están en sus celdas, nadie espera
una visita y todo está como de costumbre.
- ¡Ah, quiere ve
r la cosa en toda su belleza! ¡Pues que la contemple! Por mi parte, escribo y advierto
y no me escuchan. ¡Que aprendan ahora por los periódicos extranjeros! -
dijo el general, acercándose a la
gran mesa donde ya la dueña de la casa iba colocando a sus invitados.
Nejludov estaba sentado entre ella y el inglés; tenía enfrente a la hija del general y al ex jefe de
departamento.
Se empezó a conversar sin orden ni concierto: ora se ha
blaba de la India, que el inglés conocía
bastante a fondo; ora de la expedición de Tonkín, juzgada severamente por el gene
ral; ora de las
malversaciones sistemáticas en Siberia, cosas todas que sólo a medias interesaban a Nejludov.
Pero después de la cena, tomando el café en el saloncito, se entabló una discusión interesante entre
l
a dueña de la casa y el inglés a propósito de Gladstone. Habiendo tomado parte Nejludov, pudo
enorgullecerse de haber dicho cosas inteligentes y admiradas por su auditorio. Después de una buena
comida acompañada de vino y de café, Nejludov, hundido en una blan
da butaca, entre gente afable y
distinguida, se sintió invadido de un bienestar cada vez más agradable. Y cuando, a ruegos del inglés, la
generala se puso al piano con el ex jefe de departa
mento y atacaron con maestría la quinta sinfonía de
Beethoven
, Nejludov experimentó un contento de sí mismo como no lo había sentido desde hacía mucho
tiempo, como si hasta entonces no acabara de descubrir qué excelente hombre era.
El piano era perfecto, y la ejecución de la sinfonía no le cedía en nada. Por lo men
os, Nejludov,
quien conocía y amaba aquella sinfonía, lo juzgó así. Al escuchar el admirable andante, sintió un
temblor en las aletas de la nariz provocado por su enternecimiento sobre sus propias cualidades.
Dio las gracias a la virtuosa por aquel placer
que no había saboreado desde hacía tanto tiempo; se
levantaba para despe
dirse, cuando la hija del general se acercó a él con aire resuelto y, toda ruborizada,
le dijo:
- Me preguntó usted por mis hijos; ¿le gustaría verlos?
- Ella cree que todo el mundo se interesa por sus hijos -
dijo la madre, sonriendo ante la encantadora
falta de tacto de su hija -; eso le tiene sin cuidado al príncipe.
- Al contrario, me interesa muchísimo -
replicó Nejludov, conmovido por aquel desbordante amor
maternal -. ¡Enséñemelos, se lo ruego!
- ¡Ella conduce al príncipe para mostrarle sus retoños! -
exclamó riendo el general, desde la mesa de
juego donde estaba sentado en compañía de su yerno, del propietario de minas de oro y del ayudante de
campo -. ¡Pague, pague usted su tributo!
Pero la joven, emocionada ya por el juicio que iban a dar sobre sus hijos, precedía a Nejludov con
paso rápido, dirigién
dose hacia las habitaciones particulares. En la tercera estancia, alta, tapizada de
blanco, alumbrada por una lámpara de mesa co
n pantalla oscura, estaban colocadas dos camitas; entre
ellas se encontraba sentada, con pelerina blanca, la niñera, una sibe
riana de pómulos salientes. Se
levantó y saludó con deferencia. La madre se inclinó encima de la primera cama.
- Ésta es Katia - d
ijo, apartando la colcha de punto que envolvía a una niñita de dos años, de largos
cabellos, que dormía apaciblemente con la boquita abierta -. ¿Qué le parece?
No tiene más que dos años. -
- Encantadora.
- Y éste se llama Vassili, como su abuelo. Es de u
n tipo completamente distinto, un verdadero
siberiano, ¿verdad?
- Sí, un chiquillo espléndido - dijo Nejludov contemplando al niño, que dormía boca abajo.
- ¿Verdad que sí? - dijo la madre, con una sonrisa significativa.
Nejludov se acordó de pronto de l
as cadenas, de las cabezas rapadas, los golpes, el desenfreno, el
moribundo Kryltsov, Katu
cha; y le invadió el deseo de una felicidad análoga, tan elegante y que le
parecía tan pura.
Después de haber, en cierto modo, encantado a la madre con alabanzas rep
etidas a sus hijos, la
siguió al saloncito, donde el inglés lo aguardaba para it con él a la cárcel, como habían convenido.
Cuando se hubieron despedido de sus agradables compañeros, viejos y jóvenes, Nejludov y el insular
salieron a la escalinata.
El tiem
po había cambiado. Los copos de nieve caían rápidos y ya habían recubierto las alamedas,
los tejados, los árboles del jardín, la escalinata, la capota de los coches y el lomo de los caballos. El
inglés tenía su calesa, y Nejludov indicó al cochero de ésta
que se dirigiese a la cárcel; luego montó en
su coche y, con el sentimiento de quien cumple una penosa obligación, siguió al inglés.
XXV
El sombrío edificio de la cárcel, con su centinela y su farol bajo la bóveda de la puerta, producía, a
pesar del velo blanco quo ahora lo recubría por completo, una impresión lúgubre.
El imponente director bajó hasta la puerta y leyó a la luz del farol el pase entregado a Nejludov y al
inglés y manifestó su sorpresa con un movimiento de hombros, pero como se trataba
de una orden,
invitó a los visitantes a seguirlo. Los condujo primeramente al patio, y luego, por la puerta de la dere
cha
y por una escalera, hasta el despacho. Los invitó a sentarse y les preguntó en qué podía servirlos; ante el
deseo expresado por Nejludov de ver inmediatamente a Maslova, la mandó lla
mar y se preparó a
responder a las preguntas que el inglés quería hacerle antes de visitar las celdas.
- ¿Cuántos detenidos debe contener esta prisión? - preguntó el inglés por intermedio de Nejludov-
.
¿Cuántos presos hay
actualmente? ¿Cuántos hombres, mujeres y niños? ¿Cuántos forzados, deportados y
parientes que siguen libremente a los condenados? ¿Cuántos enfermos?
Nejludov traducía las palabras del inglés y del director sin fijarse en su sentido, tu
rbado como
estaba de antemano, con gran sorpresa suya, por la conversación que iba a tener. Cuan
do, en medio de la
frase quo traducía, oyó pasos quo se acer
caban y la puerta del despacho quo se abría, aunque eso había
ocurrido ya tantas votes y ésta sin duds debía de ser la últi
ma, cuando el vigilante entró seguido por
Katucha en camisola de presa, la cabeza envuelta en un pañuelo, sintió a su vista un sentimiento penoso
y hostil.
«¡Quiero vivir!, ¡quiero tener una familia, hijos; quiero una existencia d
e hombre!» Todo aquello
atravesó rápidamente su cerebro mientras, con paso seguro, ella entraba en la estancia.
Él se levantó y fue a su encuentro. Ella no dijo nada aún, pero su animado rostro lo impresionó. Aquel
rostro irradiaba una decisión entusiasta. Nunca la había visto él asi: ella enro
jecta y palidecía; sus dedos
enrollaban febrilmente el borde de su camisola mientras sus ojos se levantaban hacia el y se bajaban
alternativamente.
- ¿Sabe usted que le han concedido la gracia? - le preguntó Nejludov.
- Sí, me lo dijo el vigilante.
-
De forma que, en cuanto se reciba el aviso oficial, podrá usted salir de la cárcel a instalarse donde
quiera. Tendremos quo pensar en ello...
- No hay nada que pensar. Estaré donde esté Vladimir Ivanovitch - le interrumpió ella con viveza.
A pesar de toda su emoción y de toner los ojos alzados hacia Nejludov, había dicho aquello con una
voz breve y clara, como si todo lo quo tuviera que decir lo hubiese ya preparado.
- ¿De verdad? - preguntó Nejludov.
- Sí, porque Vladimir Ivanovitch quiere que yo viva con él... -
se detuvo, como espantada, y,
reprimiéndose, continuó -
: Quiere que esté con él. ¿Qué más puedo pedir? Debo considerar eso como
una felicidad. ¿Qué más necesito?
«Una de dos: o ella ama a Simonson y no desea en
modo alguno aceptar el sacrificio quo yo creía
hacerle, o bien conti
núa queriéndome y, si renuncia a mí, lo hace por mi bien. Quema para siempre sus
naves uniendo su destino al de Simonson», pensó Nejludov. Y le dio vergüenza, ruborizándose.
- Si usted lo ama... - dijo él.
-
¿Amar, no amar? ¡Ya no pienso en eso! Por lo demás, Vladimir Ivanovitch no es un hombre como
los otros.
- Sí..., desde luego... - balbuceó Nejludov -, es un hombre excelente y, a mi juicio...
Ella volvió a interrumpirlo, como si tuvi
ese miedo de oírle pronunciar una palabra de más o que ella
misma no pudiese decir todo lo quo tenía que decir.
- Perdóneme, Dmitri Ivanovitch, si no obro conforme a los deseos de usted -
le dijo ella, clavándole
en los ojos su mirada indirecta y misteriosa -
. Sí, es el destino. Usted tiene necesidad de vivir, usted
también.
Estaba diciéndole precisamente lo quo él mismo acababa de decirse hacía unos momentos.
Pero ahora ya no pensaba así; por el contrario, sus senti
mientos y sus pensamientos eran
completamente distintos. No solamente tenía vergüenza, sino que lamentaba todo lo que perdía con ella.
-No me esperaba esto - dijo.
- Pero usted, por su parte, ¿para qué seguir aquí y atormentarse? Bastante se ha atormentado ya.
-No me he atormentado lo más míni
mo. Al contrario, me sentía muy bien y quisiera aún ser de
alguna utilidad, si eso es posible.
- ¿Sernos de alguna utilidad? - ella dijo « sernos» y miró a Nejludov -
. No tenemos necesidad de
nada. Bastante en deuda estoy ya con usted: si no hubiese sido por usted...
Ella quería añadir algo, pero su voz se alteró.
- No es usted quien tiene que estarme agradecida...
- ¿Para qué hablar de eso? Dios ajustará nuestras cuentas -
murmuró ella. Y las lágrimas
humedecieron sus negros ojos.
- ¡Qué mujer tan excelente es usted!
- ¿Yo, excelente? - dijo ella a través de sus lágrimas, y una sonrisa turbada apareció en su rostro.
- Are you ready? - preguntó el inglés en aquel momento.
- Directly! - respondió Nejludov: E interrogó a Katucha a propósito de Kryltsov.
Ella
se recuperó de su emoción y contó con calma lo que sabía. Muy debilitado por el viaje,
Kryltsov había sido llevado inmediatamente al hospital. María Pavlovna había pedido ins
talarse junto a
él como enfermera; pero le habían negado la autorización.
- Entonces, ¿me retiro? - preguntó ella al ver que el inglés aguardaba.
- No le digo adiós. Volveré a verla - dijo Nejludov tendiéndole la mano.
- Perdone- murmuró ella, con una voz apenas perceptible.
Sus ojos se encontraron y, en su extraña y vaga mirada, de
spués de la sonrisa turbada que había
subrayado aquel «perdone» y no «adiós» (En ruso, las palabras «adiós» y «perdone» son tan parecidas -
casi idénticas -, true pueden tomarse una por otra según el tono. -
N. del T.), Nejludov comprendió que
de las dos
causas a las que había pensado poder atribuir la decisión de Katucha, la segunda era la
verdadera: lo quería a él, a Nejlu
dov, y creía que le estropearía la existencia uniéndose con él; en
cambio, siguiendo a Simonson, liberaba a Nejludov. Y ahora se sen
tía dichosa por haber cumplido lo
que había deseado, pero al mismo tiempo sufría por tener que separarse de él.
Le estrechó la mano, se apartó vivamente y se fue.
Nejludov se volvió hacia el inglés, dispuesto a seguirlo; pero éste tomaba apuntes en su libr
o de
notas.
Sin molestarlo, Nejludov se dejó caer sobre un banco de madera colocado cerca de la pared y sintió
de pronto un pro
fundo cansancio. Estaba cansado, no por las noches sin sueño, las fatigas del viaje y las
emociones vividas, sino cansado horri
blemente de la vida toda. Se apoyó en el respaldo, cerró los ojos y
se durmió de pronto con un sueño de muerte.
- Bueno, ¿quiere usted ahora visitar las celdas? - preguntó el director.
Nejludov volvió en sí y paseó una mirada de asombro por los alrededore
s. El inglés había acabado
de tomar notas y quería ver las celdas. Nejludov, fatigado, indiferente, se dispuso a seguirlo.
XXVI
Después de haber franqueado el vestíbulo y el corredor, infectos hasta la náusea, y donde, con gran
asombro para ellos, vie
ron a dos presos orinar sin reparo sobre el entarimado, el director, el inglés y
Nejludov penetraron en la primera sala de los condenados de derecho común.
Allí, sobre camastros de tablas que ocupaban todo el centro, había presos ya acostados. Eran
aproxim
adamente unos setenta, tendidos cabeza contra cabeza, costado contra costado. A la entrada de
los visitantes, todos, con un tintineo de cade
nas, se levantaron vivamente y se alinearon junto a las
camas; recién rapados, sus cráneos relucían. Dos de ellos habían segui
do acostados: un joven que ardía
de fiebre y un viejo que no dejaba de gemir.
El inglés preguntó si el preso joven estaba enfermo desde hacía tiempo. El director respondió que
solamente desde por la mañana; en cuanto al viejo, sufría del estóma
go desde hacía cierto tiempo, pero
no había otro sitio donde colocarlo, porque la enfermería estaba atestada. El inglés hizo un movimiento
de cabeza desaprobador y expresó el deseo de decir algunas pala
bras a aquellos hombres. Le rogó a
Nejludov que le si
rviese de intérprete. Su viaje tenía, pues, dos fines: describir los lugares de
deportación de Siberia y predicar la salvación por la Fe y la Redención.
- Dígales que Cristo ha tenido piedad de ellos, los ha amado y ha muerto por ellos. Si creen en Él, se
salvarán.
Mientras hablaba, todos los presos permanecían silenciosos ante sus camas, en una actitud
militarmente respetuosa.
- Dígales - concluyó - que en este libro está dicho todo. ¿Hay algunos que sepan leer?
Había más de veinte. El inglés sacó de su b
olsa algunos ejemplares encuadernados del Nuevo
Testamento; manos muscu
losas, de uñas negras y sólidas, se tendieron hacia él procurando apartarse
mutuamente. En aquella celda dio dos evangelios, y pasó a la siguiente.
Aquí, todo transcurrió lo mismo. La
misma falta de aire, la misma hediondez; igualmente, entre las
ventanas, había colgado un icono, y a la izquierda de la puerta estaba la cubeta; lo mismo, amontonados
uno contra otro, estaban tendidos los presos; con los mismos movimientos se levantaron y
adoptaron la
misma actitud rígida; aquí igualmente tres hombres no aban
donaron sus camas: dos se incorporaron y se
sentaron, en tanto que el otro permanecía acostado, sin mirar siquiera a los visí
tantes. Estaban enfermos.
El inglés repitió el mismo discurso y dio igualmente dos evangelios.
En la tercera sala se oían vociferaciones y ruidos. El director llamó y gritó: «¡Silencio!» Cuando se
abrió la puerta, todos se alinearon análogamente al lado de las camas, excepto algunos enfermos; dos de
los presos estaban golpeándose, el rostro des
figurado por la cólera, agarrando éste los cabellos, aquél la
barba de su adversario, y no se soltaron más que cuando se interpuso un vigilante. Uno tenía la nariz
ensangrentada y por la cara le corrían mocos, saliva y san
gre, que se secaba con la manga del caftán. El
otro se retiraba los pelos arrancados de su barba.
- ¡El starosta! ( Jefe de sala. N. del T.) - gritó severamente el director.
Avanzó un mocetón guapo y fuerte.
- Imposible dominarlos, señoría - dijo con una alegre sonrisa en los ojos.
- Bueno, yo los dominaré - replicó el director frunciendo las cejas.
- What did they fight for? - preguntó el isleño.
NejIudov preguntó al starosta la causa de aquella riña.
- Se ha metido en lo que no le importaba - respondió el starosta, siempre sonriendo-
. Le dio un
empujón y el otro le ha pagado con la misma moneda.
Nejludov tradujo al inglés.
- Quisiera decirles algunas palabras - dijo este último, dirigiéndose al director.
Habiendo traducido Nejludov, el director respondió:
- Puede hacerlo.
E1 inglés sacó entonces su evangelio encuadernado en tafilete.
-
Traduzca usted entonces esto, por favor: «Vosotros os habéis peleado, os habéis golpeado. Y
Cristo, que murió por nosotros, nos dio otro medio de resolver nuestras querell
as.» Pregúnteles si saben
cómo, según la ley de Cristo, hay que tratar a un hombre que nos ofende.
Nejludov tradujo las palabras y la pregunta del inglés.
-Presentar queja a la autoridad; ella impondrá la justicia -
respondió uno de ellos, mirando de
soslayo al imponente director.
Pegar fuerte, y entonces ya no te ofenderá más otro.
Se dejaron oír algunas ligeras risas de aprobación, y Nejludov tradujo estas respuestas al inglés.
- Dígales que, según la ley de Cristo, hay que hacer precisamente lo contra
rio. Si lo golpean en una
mejilla, ofrece la otra - dijo el inglés, avanzando la suya para recalcar sus palabras.
Nejludov tradujo.
- ¡Que lo pruebe entonces! -dijo una voz.
- Y si lo abofetea en la otra también, ¿qué hay que ofrecer luego? - dijo uno de los enfermos.
- ¡Pues lo convertirá en un guiñapo entonces!
- ¡Que haga la prueba un poco! -
gritó una voz por la parte de atrás, con una risa que contagió a toda
la sala; el golpeado mismo rió a través de su sangre y de sus mocos, y el enfermo igualmente.
Sin inmutarse, el inglés le respondió que lo que les parecía imposible se hacía posible y fácil para el
creyente.
- Y pregúnteles si beben.
- Desde luego - respondió una voz que suscitó nuevas carcajadas.
En aquella sala había cuatro enfermos. Habiendo pre
guntado el inglés por qué no los reunían a
todos en una sola habitación, el director respondió que ellos mismos no lo que
rían. Por lo demás, sus
enfermedades no eran contagiosas, y el practicante les prestaba sus cuidados.
- Ya hace dos semanas que no se le ve el pelo por aquí -dijo una voz.
El director no respondió y condujo a los visitantes a otra sala. De nuevo todos los presos se
alinearon en silencio y de nuevo el inglés distribuyó sus evangelios. Igual operación en la quinta y en la
sexta sala, a derecha a izquierda.
Después de visitar a los forzados, hubo la visita a los de
portados, luego a los desterrados por sus
ayuntamientos, y a continuación a los que seguían voluntariamente a sus parientes presos. En todas
partes el mismo espectáculo: por d
oquier los mismos hombres que padecían frío y hambre, ociosos,
enfermos, degradados, encerrados y mostrados como bestias salvajes.
El inglés, que había distribuido el número fijado de sus evangelios, no daba ya nada ni tampoco
pronunciaba discursos. El pen
oso espectáculo, y sobre todo la pesada atmósfera, habían acabado por
apagar su ardor, y caminaba a través de las celdas acogiendo simplemente con un «All right!
» las
explicaciones suministradas por el director sobre la clase de los presos.
Nejludov caminaba como en un sueño y, víctima de la mis
ma fatiga y de la misma desesperanza, no
tenía fuerzas para abandonar a su compañero.
XXVII
En una de las celdas de deportados, Nejludov, con gran asombro por su parte, vio al extraño
viejecillo al que había conocido por la mañana en la balsa. El harapien
to, todo arrugado, iba vestido
ahora con una camisa grisácea, sucia, desgarrada por el hombro, y con un pantalón de la misma tela;
descalzo, estaba sentado en el suelo, con aire grave, y su mirada escrutaba a lo
s visitantes. Su cuerpo
esquelético, que se divisaba por el desgarrón de su camisa, era un espectáculo lastimoso; pero el rostro
tenía una expresión aún más reflexiva y animada que por la mañana.
Como en las demás celdas, todos los presos se levantaron bru
scamente y adoptaron una actitud
militar ante la autoridad. Pero el viejo se había quedado sentado. Sus ojos chispeaban y sus cejas se
fruncían bajo el imperio de la cólera.
- ¡Levántate! -le gritó el director.
El viejo no se movió y se limitó a sonreír con desprecio.
-Son tus lacayos los que se ponen en pie delante de ti, y yo no soy lacayo tuyo. Llevas la marca... -
exclamó el viejo, señalando la frente del director.
- ¿Cómo? - rugió éste con tono amenazador y avanzando hacia él.
- Yo conozco a ese hombre - se apresuró a decir Nejludov -. ¿Por qué te han detenido?
-
La policía nos lo ha enviado por vagabundo. Aunque les pedimos que no nos traigan más gente,
siguen haciéndolo-dijo el director, lanzando al viejo una mirada de soslayo.
-Así, pues, también tú eres del ejército del Anticristo, por lo que veo -
dijo el viejo, volviéndose
hacia Nejludov.
-No, soy un visitante.
- Entonces, has venido para ver cómo el Anticristo ator
menta a los hombres, ¿no? Pues bien, contempla.
Ha recogido todo un ejército de ho
mbres y los ha encerrado en una jaula. Los hombres deben comer su
pan con el sudor de su frente, y he aquí que él los ha amontonado como a cerdos y los alimen
ta sin
hacerlos trabajar, para que se conviertan en bestias feroces.
- ¿Qué dice? - preguntó el inglés.
Nejludov explicó que el viejo criticaba al director de la prisión porque retenía a los hombres en
cautividad.
- Pregúntele cómo entonces, a juicio suyo, habría que tratar a los que no cumplen la ley -
dijo el
inglés.
Nejludov tradujo la pregunta.
El viejo tuvo una sonrisa singular que descubrió sus apretados dientes.
- ¡La ley! - repitió con desprecio -
. Primeramente él ha despojado a todo el mundo, les ha quitado a
todos toda la tierra, todas las riquezas, ha derrotado a todos aquellos que se le opo
nían; y luego, ha
escrito su ley, que prohíbe despojar y matar. ¡Habría debido empezar escribiendo esa ley!
Nejludov tradujo. El inglés se puso a sonreír.
- Pero, de cualquier forma, pregúntele qué se debe hacer ahora con los ladrones y los asesinos.
Habiendo traducido de nuevo Nejludov, el viejo se ensombreció.
-
Dile que se quite la señal del Anticristo; entonces no habrá para él ni ladrones ni asesinos. Díselo
asi.
- He is crazy! (Está loco! N. del T) - dijo el inglés, quien salió de la sala encogiéndose de hombros.
-
Haz lo que debes y no te preocupes de los demás. Cada uno para sí. Dios sabe qué hay que castigar
y qué hay que perdonar, y nosotros no lo sabemos - siguió diciendo el viejo -
. Sé tú mismo tu amo;
entonces no habrá ya necesidad de amos. ¡Vete, vete! -
añadió con mal humor, con los ojos encendidos,
vuelto hacia Nejludov, quien se demoraba-
. ¿Has visto ya como los servidores del Anticristo nutren los
piojos con carne humana? ¡Vete, vete!
Nejludov salió al corredor y se reunió con el inglé
s, quien se había detenido con el director cerca de
una puertecita abierta y le hacía preguntas sobre el destino de aquella habitación. Era el depósito de
cadáveres.
- ¡Ah! - dijo el inglés, y quiso entrar.
En la estrecha celda, una lamparita adosada a la pared alum
braba débilmente cuatro cuerpos tendidos
sobre las tablas, las plantas de los pies dirigidas hacia la puerta. El primer cadáver, con camisa de tela
basta y en calzoncillos, era el de un hombre de gran estatura, con una barbita puntiaguda y el cráneo se-
mirrapado. El cadáver estaba ya frío; tenía las azulencas manos cruzadas sobre el pecho; los pies,
descalzos, estaban apartados y abiertos hacia afuera. A su lado se encontraba una vieja con falda y
camisola blancas, igualmente descalza, con una es
casa y corta mata de cabellos, cara arrugada, amarilla
como el aza
frán. Cerca de ella, otro cadáver de hombre, con una blusa malva. Este color llamó la
atención de Nejludov.
Se acercó y se puso a examinar el cadáver.
Una pequeña barbita se alzaba al aire,
una bonita nariz firme, una frente alta y blanca, cabellos ralos
y ondulados. Empezaba a reconocer aquellos rasgos y no podía dar crédito a sus ojos. El día anterior
había visto aquel rostro animado por la indignación y el sufrimiento; lo volvía a encontrar hoy tran
quilo,
inerte y terriblemente bello. Sí, era desde luego Kryltsov, o por lo menos los restos de su existencia
material. «¿Para qué ha sufrido? ¿Para qué ha vivido? ¿Lo comprendió, en el último momento?» ,
pensaba Nejludov. Y le parecía que no ha
bía respuesta, que no había nada, excepto la muerte; y le
invadió un gran malestar. Abandonó bruscamente al inglés, rogó al vigilante que lo guiara al patio y,
sintiendo la necesidad de estar solo a fin de meditar sobre todo lo que había experimentado a
quella
tarde, regresó a su hotel.
XXVIII
En lugar de acostarse, Nejludov estuvo mucho tiempo andando de un lado a otro por su habitación.
Sus rela
ciones con Katucha habían terminado, y el pensamiento de serle inútil en lo sucesivo lo llenaba
de tristeza y de ver
güenza. Pero no era aquello lo que ahora lo inquietaba. Una obra diferente, lejos de
estar acabada, lo atormentaba por el contrario con más fuerza que nunca y exigía que pasara a la acción.
Todo el mal horrible que había visto y comprobado en aq
uellos últimos tiempos, particularmente aquella
tarde, en aquella horrible prisión, todo aquel mal que había aniquilado, entre otros, al buen Kryltsov,
triunfaba y reinaba sin que él entreviese el medio, no ya de vencerlo, sino ni siquiera de combatirlo.
Volvía a ver aquellos centenares y aquellos míllares de hom
bres degradados, encerrados en un
medio pestilente por gene
rales, fiscales, directores de cárceles acorazados de indiferencia. Se acordó del
extraño viejo que afrentaba libremente a las autoridad
es y al que se tenía por loco, y, entre los cadáveres,
se acordaba del bello rostro de cera de Kryltsov, muerto en el odio. Y su pregunta frecuente, de saber
quién estaba loco, si él o los demás que hacían todo aquello jactándose de su cuali
dad de seres
razonables, esa pregunta se le planteaba con nueva fuerza, sin que hallase respuesta para la misma.
Cansado de caminar, se sentó en el diván, ante la lámpara, y maquinalmente abrió el evangelio que
el inglés le había dado y que había arrojado sobre la mesa al vaciar sus bolsillos.
«Dicen que aquí se encuentra una solución a todo», pensó. Y, después de abrir al azar, se puso a leer la
página que cayó bajo sus ojos. Era el capítulo XVIII según San Mateo:
1. En aquel momento se acercaron los discípulos a jesú
s, diciendo: ¿Quién será el más grande en el
reino de los cielos?
2. Él, llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos,
3. y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hicie
reis como niños, no entraréis en el reino
de los cielos.
4. Pues el qu
e se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino
de los cielos.
« ¡Sí, sí, qué verdad es eso!», se dijo, al recordar la calma la alegría de vivir que había
experimentado en la medida en ie se había humillado.
5. Y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe;
6. y al que escandalízare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le
colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar.
«¿Por qué dice aquí: a mí me recibe? ¿Y dónde recibe Él? ¿Y qué significa el que por mí
?», se
preguntó, sintiendo que aquellas palabras no le decían nada. « ¿Y qué significa
al cuello una piedra de
molino y al fondo del mar?», siguió diciéndose, recordando que en varias ocasion
es, en el curso de su
vida, había empezado a leer el evangelio y que, todas las veces, la oscuridad de semejantes pasajes lo
había apartado de él.
Leyó también los versículos 7, 8, 9 y 10, que tratan de las seducciones, de su necesidad sobre esta
tierra, del castigo por la gehenna
del fuego adonde serán precipitados los hombres, y de ciertos ángeles
de los niños que ven la faz del Padre celestial.
« ¡Qué lástima que esto sea tan ambiguo! - pensaba él -
. Sin embargo, siento que hay aquí algo
hermoso.» Continuó leyendo:
11. Porque el Hijo del hombre ha venido a salvar lo perdido.
12. ¿Qué os parece? Si uno tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no dejará en el monte las
noventa y nueve a irá en busca de la extraviada7
13. Y si logra hallarla, cierto que
se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se
habían extraviado.
14. Así os digo: En verdad que no es voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, que se
pierda ni uno solo de estos pequeñuelos.
«Sí, no es la voluntad del Padre que perezcan, y sin embar
go helos aquí que perecen por centenares y
por millares. Y no hay ningún medio de salvarlos.»
21. Entonces se le acercó Pedro y le preguntó: Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mí hermano si
peca contra mí? ¿Hasta siete veces?
22. Dícele jesús: No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
23. Por esto se asemeja el reino de los cielos a un rey que quiso tomar cuentas a sus siervos.
24. A1 comenzar a tomarlas se le presentó uno que le debía diez mil talentos.
25. C
omo no tenía con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo
cuanto tenía, y saldar la deuda.
26. Entonces el siervo, cayendo de hinojos, dijo: Señor, dame espera y te lo pagaré todo.
27. Compadecido el señor del siervo aquel, le despidió, condonándole la deuda.
28. En saliendo de allí, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios,
y agarrándole le ahogaba, diciendo: Paga lo que debes.
29. De hinojos le suplicaba su compañero, diciendo: Dame espera y lo pagaré.
30. Pero él se negó, y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la deuda.
31. Viendo esto sus compañeros, les desagradó mucho, y fueron a contar a su señor todo lo que pasaba.
32. Entonces hizole llamar el señor, y le dijo: Mal s
iervo, te condoné yo toda tu deuda, porque me lo
suplicaste.
33. ¿No era, pues, de ley que tuvieses tú piedad de tu compañero, como la tuve yo de ti?
- ¿Será entonces únicamente eso? -
exclamó de repente Nejludov después de la lectura de aquellas
palabras. Y una voz interior, emanada de todo su ser, le respondió: «Sí, no es más que eso.»
Y le ocurrió a Nejludov lo que ocurre a menudo a los hom
bres que viven la vida del espíritu.
Ocurrió que el pensamiento que le parecía al principio extraño, paradójico, c
asi fantástico y del que se
encuentra en la vida una confirmación cada vez más frecuente, se presentó a él, de pronto, como una
verdad muy simple y de una absoluta certeza. Así, comprendió dara
mente, en aquel instante, aquel
pensamiento de que el medio ún
ico y cierto de salvar a los hombres del espantoso mal que sufren
consiste simplemente en que se reconozcan siempre cul
pables para con Dios, y, por consiguiente,
indignos de castigar o de corregir a sus semejantes. Para Nejludov se puso en claro que el te
rrible mal
del que había sido testigo en las cárceles, y la calma, la seguridad de quienes lo cometían, provienen de
que los hombres quieren cumplir una obra imposible: reprimir el mal, siendo así que ellos mismos son
malos.
Hombres viciosos quieren hacer
mejores a otros hombres viciosos y creen poder lograrlo con
procedimientos mecánicos. Y de eso se sigue que seres codiciosos y rapaces que han esco
gido como
profesión aplicar esos supuestos castigos y mejoramientos humanitarios, se pervierten ellos mismo
s
hasta el último extremo, al igual que pervierten a quienes hacen sufrir.
Ahora veía claramente cuál era el origen de aquellos horro
res a los que había asistido y lo que era
preciso hacer para suprimirlos. La respuesta que él no había podido encontrar e
ra la que Cristo le había
dado a Pedro: perdonar siempre, todos, una infinidad de veces; porque no existe hombre que esté in-
demne de toda falta y a quien, por consiguiente, le esté permitido castigar o corregir.
«¡No, es imposible que la cosa sea tan sim
ple!», se decía Nejludov. Y, sin embargo, comprobaba
con evidencia que, por extraño que aquello le hubiera parecido al principio, y acos
tumbrado como
estaba a lo contrario, fuera ésa la solución verdadera, no solamente teórica, sino absolutamente práctic
a,
de la cuestión.
Aquella objeción habitual: «¿Qué hacer de los criminales? ¿Habría, pues, que dejarlos impunes?»
no lo turbaba ya. Ha
bría podido tener un valor si se hubiese demostrado que el castigo disminuye la
criminalidad o corrige a los criminales;
pero cuando se ha probado que ocurre lo contrario, cuando se
comprende que no está en las facultades de unos corregir a otros, la única cosa razonable que se puede
hacer es renunciar a actos inútiles, incluso perjudiciales, así como inmorales y crueles. «
Hace siglos que
os encarnizáis contra hombres a los que llamáis criminales. Y qué, ¿habéis reducido su número? No
solamente no lo habéis disminuido, sino que habéis aumentado, tanto el número de los criminales a los
que los castigos han pervertido, como el número de esos magistrados, fiscales y car
celeros que juzgan y
que condemn a los hombres.»
Desde entonces, Nejludov comprendió que el estado social actual existe, no gracias a que criminales
legales juzgan a sus semejantes, sino porque, a despecho de est
a perversión, los hombres tienen, a pesar
de todo, piedad y amor unos por otros. Con la esperanza de encontrar la confirmación de este pen-
samiento en aquel mismo evangelio, Nejludov se puso a leerlo desde el principio. Después del Sermón
de la montaña, que siempre lo había conmovido, leyó por primers vez aquella no
che, no ya bellos
pensamientos abstractos que exigen de noso
tros una conducts imposible de seguir, sino mandamientos
simples, claros, prácticamente realizables, y que bastaría cumplir para est
ablecer una organización social
completamente nueva y no solamente hacer desaparecer, por la fuerza de las cosas, la violencia que
indignaba tanto a Nejludov, sino realizar además la mayor felicidad que le sea dado alcanzar a la
humanidad: el reino de Dios sobre la tierra.
Estos mandamientos eran en número de cinco:
El primer mandamiento (San Mateo, 5, 21-
26) enseña al hombre que no solamente no debe matar a
su hermano, sino también que no debe irritarse contra él, ni considerar a nadie como estando por deb
ajo
de él, «raca», y que, si se querella con alguien, debe reconciliarse con él antes de hacer a Dios alguna
ofrenda, es decir, antes de rezar.
El segundo mandamiento (San Mateo, 5, 27-
32) enseña al hombre que no solamente no debe
cometer adulterio, sino a
bstenerse también de desear la belleza de la mujer; y que debe, una vez unido a
una mujer, no traicionarla nunca.
El tercer mandamiento (San Mateo, 5, 33-
37) prohíbe al hombre prometer lo que quiera que sea por
juramento.
El cuarto mandamiento (San Mateo, 5, 38-
42) prescribe al hombre no solamente no devolver ojo
por ojo, sino también, después de haber sido golpeado en una mejilla, ofrecer la otra; perdonar las
ofensas, soportarlas con resignación, no negar a sus semejantes nada de lo que le piden.
El quinto mandamiento (San Mateo, 5, 43-
48) no solamente prohíbe odiar al enemigo, sino que
prescribe también amarlo, acudir en su ayuda y servirlo.
Nejludov clavó su mirada en la luz de la lámpara y perma
neció inmóvil. Recordó toda la bajeza de
nuestra vida y se
imaginó con claridad lo que ella podría ser si los hombres fuesen educados en estos
preceptos, y un entusiasmo que hacía mucho tiempo que no experimentaba invadió su alma. Se hubiera
dicho que después de largos sufrimientos, recobraba de pronto la calma y la libertad.
No durmió en toda la noche, y, como sucede a mucha gente que lee el evangelio, comprendía por
primera vez todo el alcance de aquellas palabras hasta entonces insospechadas. Como la esponja hace
con el agua, se empapaba con todo lo que aquel l
ibro revelaba de necesario, de importante y de
consolador. Y todo lo que él leía confirmaba lo que sabía ya desde hacía mucho tiempo, pero en lo que
no había creído hasta entonces. ¡Y ahora creía!
No solamente creía que, siguiendo esos mandamientos, los ho
mbres deben alcanzar la mayor
felicidad posible, sino que, además, tenía conciencia de que cualquier hombre no tiene otra cosa que
hacer que seguirlos, porque en ellos reside el único sentido razonable de la vida, y apartarse de ellos es
una falta que recl
ama inmediatamente el castigo. Esto resultaba de lá doctrina entera, pero había sido
expresado sobre todo, con una claridad y una fuerza particulares, en la parábola de los viñadores. Los
viñadores se habían imaginado que el huerto adonde se les envió a fi
n de trabajar allí para su dueño era
propiedad de ellos; que todo lo que allí se encontraba era de ellos solos; que toda su obra consistía en
gozar allí de la exis
tencia, olvidando al dueño, matando a los que se lo recordaban y liberándose de todo
deber para con él.
«Es lo que hacemos también nosotros - pensaba Nejludov -
. Vivimos en esta seguridad insensata de
que somos nosotros mismos los dueños de nuestra vida y que nos es dada únicamente para gozar de ella.
Sin embargo, eso es un evidente desatino. Si somos enviados aquí, es gracias a una voluntad cual
quiera
y con un fin fijado. Nos imaginamos que vivimos para nuestra propia alegría, y si nos encontramos mal
es porque, como los viñadores, no cumplimos la voluntad del dueño. Ahora bien, la voluntad del
dueño
está expresada en estos manda
mientos. Que los hombres sigan solamente esta doctrina, y el reino de
Dios se establecerá sobre la tierra, y los hombres po
drán adquirir la mayor felicidad que les es
accesible.»
«Buscar el reino de Dios y su verdad, y el resto os será dado por añadidura
«Pero nosotros buscamos el resto y no lo encontramos.»
«¡He aquí, pues, la obra de mi vida! ¡Una acaba, la otra comienza! »
Desde aquella noche empezó para Nejludov una vida nueva y no tanto desde el punto de vista de
las
condiciones de vida diferentes con que se rodeó, sino porque todo lo que le ocurri
ría en lo sucesivo
tendría para él una significación muy distinta que en el pasado.
El porvenir mostrará cómo acabará este nuevo período de su vida.
FIN
RESURRECCIÓN
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