El cuarto de Nissen, el timonel, tenia un ventanillo, desde donde podia
mirar la brujula, y una trampa que comunicaba con la camara del capitan.
En casos de sublevacion, la sobrecamara del alcazar de popa, las camaras
del capitan, del teniente y la nuestra se cerraban y quedaban
incomunicadas. Estas tres ultimas estaban blindadas.
Debajo del cuarto del capitan se encontraba la sala de armas y la Santa
Barbara; debajo del cuarto del teniente, el panol del pan, y debajo de
nuestro cuarto, que se llamaba "Camara de los vascos", la despensa.
Como he dicho, fuera de la camarilla vasca, el resto de la tripulacion
lo formaban ingleses, holandeses, portugueses, un espanol, dos o tres
chinos, un malayo y un negro.
Nosotros haciamos la guardia de popa. No pasabamos casi nunca de la
escotilla grande hacia la proa, mas que cuando habia alguna sublevacion.
Desde la ballenera hasta el baupres, mandaban realmente el contramaestre
y el cocinero. El equipaje alternaba las guardias de cuatro en cuatro
horas, dividiendose en guardias de babor y estribor, y Tommy, el
grumete, avisaba con campanadas cuando se tenian que renovar los de un
lado y los de otro.
El capitan no debia de tener mucha confianza en aquella gente, porque
habia tomado grandes precauciones. Para llegar a su camarote era
necesario pasar por nuestra camara, en donde dormiamos gentes de su
confianza, y luego seguir por un pasillo en zig-zags, forrado de
hierro, con agujeros pequenos y redondos para disparar por ellos en caso
de ataque.
Los respiraderos de nuestra camara estaban cruzados por rejas: las
paredes y las puertas, chapeadas de hierro; teniamos en medio una mesa,
sujeta al suelo, que se podia desarmar y adaptar a la pared; unas
cuantas sillas de tijera, una estufa de Plymouth, varios ganchos para
las hamacas, colgadores para cada uno de nosotros y los cofres de cinc.
Las lamparas se apagaban, por reglamento, a las ocho de la noche. Para
esta hora habia que tener colgadas las hamacas; las descolgabamos al
salir el sol. La marineria y el contramaestre se alojaban a proa, en el
sollado, y en las zonas calidas, cerca del Ecuador, dormian en la
cubierta y guardaban las telas de los coys arrolladas sobre las bordas.
Los vascos, por disposicion del capitan, comiamos solos. Zaldumbide nos
regalaba fiambres y postres para tenernos contentos.
Todos los dias tomabamos un cafe muy fuerte, que hacia Arraitz, un
companero nuestro, y una copa de ron. La vida material era buena;
comiamos bien, teniamos tabaco; los dias de mal tiempo nos encerrabamos
en la camara a hablar y a jugar.
El capitan era un barbaro, como todo capitan negrero de esa epoca. Alli,
al que faltaba, ya se sabia, lo azotaban como a un perro. Zaldumbide
tenia un chicote retorcido, con el cual el mismo daba un castiguillo.
Llamaba asi a pegarle a uno hasta dejarle desmayado. En general,
Zaldumbide castigaba la mala intencion, pero casi nunca la torpeza.
Cuando Zaldumbide se encontraba alegre y con ganas de pasar el rato,
pegaba el mismo; cuando estaba displicente, pegaba Demostenes el negro,
un marinero que con frecuencia hacia de verdugo. Para los delitos de
robo, Zaldumbide empleaba el cepo y la barra.