nunca regresaré junto al hombre a quien la falsedad y las rígidas costumbres me han elegido por esposo.
Apresurémonos, amado mío, y abandonemos este sitio al amparo de la noche. Vayamos a la costa y
subamos a una nave que nos llevará a tierras lejanas donde podamos vivir juntos sin ser molestados.
Vayámonos ahora para que al alba estemos lejos de las garras del enemigo; tengo suficientes joyas como
para que podamos vivir tranquilos el resto de nuestros días... ¿Por qué no hablas Saleem? ¿Por qué no me
miras? ¿Acaso no escuchas los gemidos de mi alma y el llanto de mi corazón? ¡Habla, y apurémonos a
irnos de aquí! Los minutos que se escurren son más valiosos que los diamantes, y más preciados que las
coronas de los reyes.
Su voz era más calma que el susurro de la Vida, y más angustiada que el quejumbroso llamado de la
Muerte, y más tenue que el crujido de las alas, y más profunda que el mensaje de las olas... era una voz que
vibraba de esperanza y desesperación, de placer y dolor, de felicidad y desdicha, con deseos de vida y
deseos de muerte. El joven escuchaba con atención, pero en su interior el Amor y el Honor libraban una
intensa batalla... El Honor que reconforta el espíritu, y el Amor que Dios puso en cada corazón humano...
Tras un silencio prolongado, el joven alzó la cabeza y desvió los ojos de los de la novia, que lo miraba
trémula de ansiedad, y respondió quedamente:
-Regresa a tu destino, ya es demasiado tarde. La sobriedad ha borrado lo que la embriaguez ha escrito.
Vuelve antes de que los invitados te descubran aquí y diles que has traicionado a tu marido en la noche de
bodas de la misma forma en que me traicionaste a mí en mi ausencia.
Al oír estas palabras, la joven se estremeció como una trémula rosa ante la tempestad y dijo dolorida:
-Jamás regresaré a la casa que he abandonado para siempre. Ahora me siento como un prisionero que
abandona el desierto... No me eches de tu lado diciendo que te he traicionado. Las manos que unieron
nuestros corazones son más fuertes que las manos del emir y de los sacerdotes que entregaron mi cuerpo a
mi asqueante cónyuge. No hay poder capaz de separarme de ti... ni siquiera la Muerte puede separar
nuestras almas, porque sólo los Cielos pueden torcer la voluntad de los Cielos.
Fingiendo desinterés y tratando de librarse de la presión de los brazos que lo rodeaban, Saleem replicó:
-¡Aléjate de mí! Amo a otra con intensidad que me hace olvidar que existes. Najeebee estaba en lo cierto
cuando te dijo que la amaba. Regresa junto a tu esposo y sé una esposa fiel como la ley manda.
-¡No, no! ¡No te creo, Saleem! -protestó desesperadamente la novia-. Bien sabes que me amas, puedo
leerlo en tus ojos; percibo tu amor cuando me acerco a ti; nunca te dejaré para ir junto a mi esposo mientras
palpite mi corazón; vine aquí para seguirte hasta el fin del mundo. Muéstrame el camino, Saleem, o déjame
morir aquí.
-Déjame -dijo Saleem sin alterar el tono de su voz-, o llamaré la atención de la gente a este jardín y te
pondré en ridículo ante Dios y ante los hombres y dejaré que mi amada Najeebee se ría de ti y se
enorgullezca de su triunfo. Mientras Saleem luchaba por librarse de sus brazos, la esperanzada, tierna y
suplicante mujer se transformó en una leona que ha perdido sus cachorros, y gritó:
-¡Nadie me vencerá jamás ni me quitará mi amor! Después de haber pronunciado estas palabras, extrajo
una daga oculta bajo su traje nupcial, y la clavó en la garganta del joven con la rapidez del relámpago.
Cayó sobre la hierba como un retoño arrancado por la tormenta, y ella se inclinó sobre el cuerpo
sosteniendo la daga manchada de sangre en una mano. Él abrió los ojos y con labios trémulos susurró:
-Acércate ahora, amada mía; ven, Lyla y no me abandones. La Vida es más débil que la muerte, y la
Muerte más débil que el Amor. Escucha la risa cruel de los invitados en la casa, oye cómo tintinean y
se quiebran las copas de cristal, amada mía. Lyla, me has rescatado del sufrimiento de la vida. Déjame
besar la mano que rompió las cadenas y me liberó. Bésame y perdóname, pues no he sido fiel.
"Posa tus manos manchadas de sangre sobre mi triste corazón, y cuando mi alma se eleve al vasto
firmamento pon la daga en mi mano derecha y di que yo mismo me he quitado la vida. Se detuvo para
tomar aliento y dijo en un susurro:
-Te amo, Lyla, y jamás he amado a otra. El autosacrificio es más noble que huir contigo. Bésame,
oh Lyla... Apoyó la mano sobre su herido corazón y dio el último suspiro. La novia miró hacia la casa
y gritó en desgarrante agonía
-¡Salid de vuestro estupor, que aquí se celebra la boda! ¡La novia y el novio os aguardan! ¡Venid a
ver nuestro mullido lecho! ¡Despertad, insano y bebedores; corred a este sitio para que podamos
revelaros la verdad del Amor, la Muerte y la Vida!
Su histérico grito atravesó la casa y retumbó en los oídos de los invitados. Como en un trance, todos
se precipitaron a la puerta y salieron mirando hacia todos lados. Al aproximarse a la escena de tan
trágica belleza y al ver a la novia llorando sobre el cuerpo de Saleem, retrocedieron temerosos y nadie
se atrevía a acercárseles. Parecía como si el hilo de sangre que brotaba del corazón del joven y la daga